utfidelesinveniatur

domingo, 23 de diciembre de 2018

CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO


Homilía del glorioso San Gregorio Papa, sobre el Evangelio que se canta el sábado de las cuatro Témporas, y en el domingo cuarto del Adviento: el cual escribe San Lucas en el capítulo 3. v. 1. Dice así: en el año quince, -Por la memoria y cuenta de quién era Emperador entre los Romanos, y qué Reyes había entre los Judíos, viene el Santo Evangelio a declararnos el tiempo en que el gran Precursor de Cristo Redentor nuestro tomó el oficio de la predicación, diciendo : en el año quince del imperio de Tiberio César, siendo Procurador de Judea Poncio Pilato, y Herodes Tetrarca de Galilea , y siendo Filipo su hermano Tetrarca de Iturrea, y de la región Traconitida, siendo Lisania Tetrarca de Abilina, bajo los Príncipes de los Sacerdotes Anás y Caifás fue inspirada la palabra de Dios sobre Juan hijo de Zacarías en el desierto. Señálense los tiempos de la predicación del gran Bautista por los Reyes de los Gentiles, y por los Príncipes de los judíos; porque él venía a predicar un Señor que había de redimir con efecto algunos de los Judíos, y muchos de los gentiles, y para mostrarnos que la gentilidad había de ser recogida, y los Judíos derramados y desbaratados por su infidelidad: el Santo Evangelio nos señala solo un Príncipe de la gentilidad, muchos y diversos de los Judíos: sentencia es de nuestro Redentor, que todo reino que en sí mismo es dividido, será desolado.
Claro está, pues, que Judea iba ya al fin de su reinado y señorío, pues estaba sujeta a tantos Reyes: y con razón, no solo se nos muestra debajo de qué Reyes estaba repartida, mas también debajo de qué Sacerdotes, porque aquel Señor que el glorioso Bautista había de predicar, juntamente había de ser Rey y Sacerdote; y así el Santo Evangelista Lucas señaló los tiempos de esta predicación por Reyes y Sacerdotes. Prosigue: y vino a toda la región del Jordán, predicando el Bautismo de la penitencia en remisión de los pecados, v. 3. A todos los que leen es notorio, que el glorioso Bautista, no solo predicó el Bautismo de la penitencia, más que aun a algunos se le dio. Pero el Bautismo de agua que él daba, no le pudo dar en remisión de los pecados, porque el perdón de los pecados se nos da por solo el Bautismo de Jesucristo, y así es bien que se noten estas palabras del Santo Evangelio en que se dice: predicando el Bautismo de la penitencia en remisión de los pecados. Ibid.
Y es así verdad, que no pudiendo dar Bautismo que quitase los pecados, se contentaba con solo predicarle. Y como con la palabra de su predicación era Precursor del Hijo de Dios Encarnado, palabra eterna del Padre, así también lo fuese del Bautismo verdadero que había de quitar los pecados, con su Bautismo, que solo servía de figura. Y como su palabra venia antes que la presencia de nuestro Redentor, también su Bautismo, viniendo primero, fuese sombra de la verdad que le seguía. Prosigue: así como está escrito en el libro de las palabras de Isaías Profeta: voz del que da voces en el desierto, aparejad el camino del Señor, y haced sus sendas derechas. v. 4. Siendo preguntado el mismo glorioso Juan Bautista quién era, respondió, yo soy voz del que a grandes voces clama en el desierto; y como ya arriba lo dijimos, por esto el Profeta le llamó voz, porque iba primero que la palabra.
El hombre que predica la fe recta, y buenas obras, no hace otra cosa sino aparejar el camino por donde el Señor venga a los corazones de los hombres; porque formando con la palabra de la santa predicación limpios pensamientos en las almas de los que le oyen, hace que la fuerza de la gracia penetre, y la lumbre de la verdad los alumbre, para que hagan derechas las sendas por donde el Señor ha de venir, y conforme a esto dice: todo valle será lleno, y todo collado será humillado. 5. Muy claro está que el Santo Evangelio en este lugar por los valles no nos señala sino los humildes, y por los collados y montes quiere que entendamos los soberbios. Viniendo, pues, Cristo Redentor nuestro a nosotros, los valles muy bajos fueron todos llenos, los montes y collados soberbios fueron humillados; porque la voz de su Majestad así lo significa cuando dice: cualquiera que se ensalzare, será abatido, y el que se humillare, será ensalzado. El valle cuando le llenan crece, y el monte cuando le rebajan es disminuido. Así, pues, la gentilidad, recibiendo la fe sacratísima de Jesucristo medianero entre Dios y los hombres, recibió con ella todo complemento de gracia; y Judea con el error falso de su incredulidad perdió aquel bien con que ella estaba tan soberbia. Todos los valles, pues, serán llenos, porque los corazones de los humildes serán llenos de gracia y virtudes por medio de la doctrina y santa predicación, según está escrito por el gran Profeta: el Señor es el que envía las fuentes en los valles, y luego se sigue; y los valles abundarán de trigo: vemos que el agua corriendo naturalmente desampara los montes, y así la doctrina de la verdad desampara las almas de los soberbios; y las fuentes nacen en los valles, porque las almas de los humildes reciben con amor la doctrina de la santa predicación. Ya vemos, hermanos míos, y la experiencia nos muestra que muchos valles abundan de trigo; porque están llenas del pasto de la verdad las bocas de aquellos que son humildes y sencillos, a quienes el mundo tiene en poco. Y viendo el pueblo al glorioso Bautista armado de santidad tan admirable, creía verdaderamente que él fuese un monte firme y muy alto, como el Profeta Miqueas lo significó, diciendo: en los últimos días será un monte casa del Señor, aparejado en la altura de los montes; porque á la verdad el pueblo creía que él fuese el Cristo verdadero que esperaban, según el Sagrado Evangelio lo testifica, diciendo: pensaba el pueblo, y tenía gran sospecha en sus corazones, si por ventura Juan era Cristo, tanto que se lo preguntaban a él mismo , diciendo: ¿por ventura eres tú Cristo? Si en este caso el glorioso Bautista no fuera en sí valle, nunca se viera tan lleno del Espíritu Santo como se vio; pero él para mostrar lo que era, dio: "sabed que viene después de mí otro más fuerte, que yo; no merezco desatar la correa de su zapato, y dijo mas : el que tiene esposa es esposo, y el amigo del esposo es el que le está presente, y oye con alegría la voz del esposo; y sabed que este gozo mío ya es cumplido, y a Él conviene crecer, y á mí ser disminuido." Si con atención miráis lo que el Santo Bautista dice, hallareis que las maravillas de su vida, y de sus obras eran tantas, que vinieron a creer que él fuese Cristo. Pero él usando de su profundísima humildad, y santidad maravillosa, responde: que no solo no es Cristo, mas que no es merecedor de desatar la correa de su zapato, que fue decir: no soy merecedor de entender el soberano misterio de su Encarnación.
Creían también los pueblos que la Santa Iglesia fuese esposa suya, porque creían que él fuese Cristo. Pero él como que estaba muy apartado de sus pensamientos, les responde: el que tiene esposa es esposo , como si dijera: sabed que yo no soy el esposo, mas soy amigo del esposo: y aun mas les dijo, que su alegría era oír la voz del esposo; porque en la verdad el glorioso Bautista no sentía la alegría en su corazón, porque los pueblos le oían con mucha humildad y devoción: su verdadera alegría era, porque dentro de su alma oía la voz del Señor que le entonaba lo que había de predicar a los pueblos; y esto llamó su gozo cumplido con mucha razón, porque sin duda no puede tener ninguno gozo cumplido oyendo su propia voz. Dice más: a él conviene crecer, y á mí ser disminuido. Razón es que sepamos cómo Cristo Redentor nuestro creció, y cómo el Bautista bienaventurado fue disminuido, y es la solución: que viendo todo el pueblo la vida del Santo Bautista tan áspera, con tanta soledad y perfección de penitencia, vino a creer que él fuese Cristo: y viendo a nuestro Redentor que comía con los publícanos, y conversaba con los pecadores, no creían que fuese Cristo sino algún Profeta. Pero andando el tiempo, Cristo que era tenido por Profeta, fue conocido ser Cristo verdadero, y Juan glorioso que era tenido por Cristo, fue conocido ser verdadero Profeta; y así se cumplió lo que el Bautista bienaventurado había dicho hablando de Cristo, conviene que él crezca, y que yo sea disminuido. Porque en la reputación del pueblo creció Cristo nuestro Redentor, y fue conocido por lo que era; y el Precursor Santo decreció, porque ceso de ser tenido por lo que no era. Viendo, pues, como vemos que Juan glorioso perseveró en la santidad, porque tuvo constancia verdadera en humildad de su corazón; y que otros muchos cayeron, porque ciegos con sus vanidades se ensoberbecieron dentro de sí mismos; digamos con razón que todos los valles serán llenos, y todos los montes y collados serán rebajados; porque vienen a manos de los humildes las mercedes que los corazones de los soberbios arrojan de sí. Prosigue: y serán enderezadas las cosas malas y torcidas, lbid. T las cosas ásperas serán rectas caminos llanos. Enderécense las cosas torcidas, cuando los corazones de los malos, torcidos por el pecado, se enderezan por medio de la penitencia: y se mudan los lugares ásperos en caminos llanos, cuando las almas llenas de soberbia y de ira, recibiendo la gracia del Espíritu Santo, se hacen humildes y mansas; porque no es otra cosa no querer el alma soberbia recibir la palabra de la verdad, sino camino áspero y pedregoso que contradice al que quiere caminar.
Y cuando el alma del soberbio, allanada por la virtud de la mansedumbre, recibe con amor las palabras de la reprehensión y exhortación, decimos que ya el predicador halla el camino llano, por donde primero no podía caminar, impedido con su aspereza. Prosigue: y verá toda carne la salud de Dios: v. 6. Lo mismo es decir toda carne, que si dijese todos los hombres. Cierto es que no todos los hombres pudieron ver a Cristo en la vida presente; diremos, pues, que la intención del Profeta en estas palabras es señalar el día del juicio cuando se verán los cielos abiertos, y vendrán los Ángeles por ministros, estarán los Apóstoles juntamente sentados, y aparecerá Cristo Redentor nuestro, Juez Soberano, sentado en la silla de su Majestad, y le verán todos los buenos y los malos. Y de esta vista resultará, que los buenos gocen sin fin, recibiendo el galardón de sus trabajos, y los malos, castigados por sus culpas, lloren para siempre en los tormentos infernales. Y para mostrar que esta sentencia es conforme a lo que ya hemos declarado sobre ella, dice luego: decía a las turbas que salían para ser bautizados por él o generaciones de víboras quién os ha mostrado huir de la ira que está por venir? v. 7. Verdaderamente la ira que ha de venir, no es otra cosa sino el castigo grande que se hará en la venganza final; de la cual el pecador entonces no se podrá librar, si ahora no se remedia con lágrimas de verdadera penitencia. Y hemos de notar, que siguiendo los malos hijos los ejemplos de los malos padres, son llamados hijos de víboras; porque teniendo, como siempre tienen envidia contra los buenos, y persiguiéndolos como los persiguen, y haciendo como siempre hacen, mal á todos los que pueden, siguiendo en fin los caminos malos de sus antepasados, decimos que nacen hijos envenenados de padres ponzoñosos. Pero ya que nos vemos envueltos en pecados, y nos vemos puestos en grande necesidad, es bien que sepamos lo que el Santo Bautista nos aconseja para huir de la ira que ha de venir. Prosigue: haced frutos dignos de penitencia, v.8. Hemos de notar en estas palabras, que el amigo del esposo nos avisa, no solo que hagamos frutos de penitencia, más que hagamos frutos dignos, porque una cosa es hacer fruto, otra cosa es hacer fruto digno de penitencia. Y para que esto se entienda mejor, se debe notar que el que no ha caído jamás en culpa alguna, licencia tiene para proseguir, guardando justicia en sus obras. Pero si alguno por su flaqueza ha caído en simple fornicación, o en culpa de adulterio, que es más grave: debe estrechar mas su vida, guardándose aun de las cosas que lícitamente podría hacer, a proporción que fueren más feas las cosas que se acuerda haber cometido contra Dios. No están igualmente obligados a la penitencia los que nunca pecaron, y los que han cometido algunos pecados; ni tienen tanta necesidad los que han caído en algunas, y no tan graves culpas, como los que antes se han enredado en muchos y mas graves pecados. Diciendo, pues, haced frutos dignos de penitencia, parece que convida las conciencias de todos, para que cada uno, conforme a los daños que por los pecados ha recibido, procure los remedios de la penitencia. Bien es verdad que los judíos, muy vanos con la nobleza de su linaje, en ninguna manera se querían confesar pecadores, diciendo que venían del linaje de Abraham: a los cuales el Santo Evangelio reprehende, en lo que se sigue: no empecéis a decir, tenernos por padre á Abraham. En verdad os digo que tiene Dios poder para hacer de estas piedras hijos de Abraham. Ibid.


martes, 18 de diciembre de 2018

SAN BERNARDO: DE LAUDE NOVAE MILITIAE AD MILITES TEMPLI.


soldados templarios en orden de batalla
VI. Belén.
12. Comenzaremos con Belén, que significa casa del pan, sustento de las almas santas; en la que primeramente este pan vivo que descendió del cielo se hizo visible después de que la Virgen le diera luz al mundo. Allí se muestra el pesebre que sirvió a los piadosos animales, y en este pesebre lo feo que fue producido en el prado virginal, a fin de que, cuando menos por este medio, reconozca el buey a su Dueño, y el asno el pesebre su señor. En efecto, toda carne es feo y toda su gloria es como la flor del feo.
Pero porque, no comprendiendo el hombre el honor en que fuera creado, fue justamente comparado a los animales irracionales y hecho semejante a ellos, el Verbo, que era pan de los ángeles, se hizo manjar de los animales, para que quien dejara de nutrirse del pan del Verbo tuviera el feo de la carne para comerlo hasta que, devuelto a su primera dignidad por el Dios hecho hombre y cambiado, por segunda vez, de bestia en hombre, pudiera decir con San Pablo: Aunque hemos conocido a Cristo según la carne, ahora ya no lo conocemos así. Pero no creo que alguien pueda afirmar verdaderamente a no ser que, como Pedro, escuchara de boca de la Verdad: Las palabras que os digo son espíritu y vida y la carne no sirve de nada. Verdaderamente, el que haya encontrado la vida en las palabras de Cristo no precisa ya de la carne y seguramente del número de bienaventurados que no vieron y creyeron. Tampoco tiene más necesidad de leche que los niños, y sólo las bestias necesitan el feo. Pero el que no peca por la boca es un varón perfecto, capaz de nutrirse con un alimento más sólido y come el pan del Verbo sin ofensa, aunque con el sudor de su frente. Predica también con seguridad y sin escándalo la sabiduría de Dios, pero sólo los perfectos, distribuyendo las cosas espirituales a los espirituales y no proponiendo a Jesús, a Jesús crucificado, a los niños y a las bestias sino con mucha precaución y según sus capacidades. Con todo ello, no es más que un mismo manjar lo que, habiendo venido de los pastos celestiales, rumia la bestia, y come el hombre con suavidad; lo que nutre a los párvulos y fortifica a los adultos.
VII. Nazaret.
13. Veamos ahora Nazaret, que significa flor, donde el Dios niño que naciera en Belén fue creciendo como un fruto en la flor para que el olor de esta flor precediese al sabor del paladar y su santo licor pasase de la nariz de los profetas a las bocas de los apóstoles; lo cual, contentándose los judíos con sentir su fragancia muy ligeramente, se sacia por entero a los cristianos con las excelencias de su gusto. De hecho, Natanael percibiera que el olor de esta flor era mil veces más suave que los más excelentes aromas, lo que le hacía decir: ¿Es posible que de Nazaret pueda venir cosa buena? Pero insatisfecho con sentir sólo el perfume, siguió a Felipe que le respondiera: Ven y lo verás. De manera que, embriagado de este perfume maravillosamente agradable y por el atractivo, apasionado por el sabor, buscó, siendo ella misma su guía, llegar cuanto antes al gozo del fruto, deseando experimentar con más abundancia lo que no sintiera sino de paso y gustar en persona lo que en otro tiempo no había olido más que superficialmente. Veamos aún si el buen olfato de Isaac no nos quiso vaticinar algo semejante después de sentir la fragancia de los vestidos de Jacob. La Escritura lo narra así: En cuanto percibió el aroma de su traje (de Jacob sin duda), Fijaos, exclamó, el aroma de mi hijo es como el de un campo fértil bendecido por el Señor. Sintió la fragancia del vestido, pero no reconoció a la persona que lo llevaba y, complaciéndose en la fragancia que salía de este vestido, como si fuera de una flor muy olorosa, no saboreó la dulzura del fruto interior al quedar privado a un tiempo del conocimiento del misterio y de su hijo adoptivo. ¿Qué significado tiene esto? El vestido del espíritu es la letra y la carne del Verbo. Los judíos no conocen aún ahora el Verbo en la carne ni la divinidad en el hombre, ni pudieron hasta el presente descubrir el sentido espiritual que está encerrado bajo el velo de la letra. Y, palpando por el exterior el pellejo del cabrito que les pareció lo del Hijo mayor, es decir, del primer y antiguo pecador, no pudieron llegar aún al conocimiento de la verdad desnuda. Ciertamente, aquel que venía al mundo para deshacer el pecado, y no para cometerlo, no se hizo visible en la carne de pecado; para que, como Él mismo ha explicado, aquellos que no ven, vean, y los que ven, caigan en la ceguera. Engañado el profeta por esta similitud y estando ciego aún hoy en día, da su bendición a aquel que no conoce cuando no reconoce por los milagros a lo que las Escrituras Santas les descubren; y, tocándolo con sus propias manos, atándoloazotándolo, y abofeteándolo, permanece en la ignorancia aún cuando haya resucitado. En efecto, si lo hubieran conocido, no habrían crucificado jamás al Señor de la gloria.. Pero discurramos ahora brevemente por los demás lugares santos y, ya que no podemos visitarlos todos, visitemos algunos, hablando sucintamente de los más considerables e insignes, puesto que no estamos en disposición de admirarlos a cada uno en particular
 VIII. El monte de los Olivos y el valle de Josafat.

14. Se sube al monte de los Olivos y se desciende al valle de Josafat a fin de que penséis de tal manera en las riquezas de la divina misericordia, que no perdáis la memoria de los rigores del juicio de Dios. Porque, si bien Dios está dispuesto a perdonar, por la grandeza infinita de su clemencia, sus juicios, con todo ello, son una abismo infinitamente profundo, que nos debe hacer conocer que es extremadamente terrible en los designios que tiene sobre los hijos de los hombres. El propio David nos señala al monte de los Olivos cuando dice: Salvarás a los hombres y a los animales, Señor, lo mismo que multiplicaste tu misericordia, Dios, y alude en el mismo salmo al valle del juicio universal en estos términos: El pie de la soberbia no venga hasta mí; y la mano del pecador no me mueva. Y confiesa que tiene un extremo horror a este precipicio cuando habla de este modo en otro salmo, rezando: Traspasa mi carne tu temor; pues estoy espantado ante la idea de tus juicios. El soberbio se despeña y destroza en este valle; pero el humilde desciende a él y no corre peligro. El soberbio busca excusas a su pecado, y el humilde se acusa de él, sabiendo que Dios no juzga dos veces una misma cosa y que, si nos juzgáramos a nosotros mismos, no seremos.
15. Además, no teniendo conciencia el soberbio del terrible que es caer en manos de Dios vivo, busca fácilmente palabras de maldad para alegar excusas en sus pecados. Y, en verdad, es una extrema maldad no tener lástima de ti mismo, rechazar la confesión, el único remedio que te queda después del pecado, y cerrar el fuego en tu seno en vez de sacudirlo de allí, sin querer prestar atención al consejo del sabio, que te está diciendo: Ten misericordia de tu alma y complace a Dios. ¿Cómo aquél que es malo para sí mismo puede ser bueno para otro? Ahora el mundo va a ser juzgado; ahora el príncipe de este mundo va a ser expulsado fuera, es decir, fuera de tu corazón, si es que, humillándote, te juzgas a ti mismo. El juicio del cielo se hará cuando el cielo mismo sea llamado desde lo alto y la tierra desde lo bajo para hacer la separación de su pueblo.

domingo, 16 de diciembre de 2018

DOMINGO TERCERO DE ADVIENTO


San Juan bautista y los fariseos
Homilía del bienaventurado San Gregorio Papa, sobre el Evangelio que se canta el tercer Domingo del Adviento, el cual escribe San Juan en el cap. 1. v. 19. Dice así: En aquel tiempo enviaron los Judíos de Jerusalén Sacerdotes, y Levitas a Juan para que le preguntasen, “tú quién eres… y confesó y no negó”, etc.
En las palabras de esta Santa lección, muy amados hermanos míos, nos es notificada y muy encomendada la humildad profundísima del glorioso Bautista, cuya virtud era de tan alta perfección, que pudieron pensar que él fuese Cristo. Pero tuvo por mejor estar constante en ser quien era, que consentir en la humana opinión, y levantarse vanamente a lo que no era: porque confesó y no negó, y confesó diciendo, yo no soy Cristo. v. 20. Diciendo no soy, llanamente y con verdad negó lo que no era, no negando lo que era; porque hablando verdad, con razón quedó hecho miembro de aquel Señor, cuyo nombre no quiso usurpar falsamente.
Y no queriendo tomar el nombre de Cristo, quedó hecho miembro de Cristo, y queriendo con humildad conocer su bajeza, mereció con toda verdad participar y gozar de la grandeza Soberana del Señor. Trayendo, pues, a la memoria la sentencia que nuestro Redentor nos dijo en otra lección, y cotejándola con las palabras que en ésta nos dice, se nos ofrece una cuestión no sin causa suscitada; porque siendo nuestro Redentor preguntado en otro lugar por sus Santos Discípulos de la venida de Elías: les respondió: Elías ya vino, y no le conocieron, antes hicieron contra él todo lo que quisieron, y si lo queréis saber, Juan ese mismo es Elías. Por otra parte el mismo San Juan preguntado, si es Elías, responde: yo no soy Elías. ¿Qué es esto, hermanos míos, que lo que la misma verdad afirma, el Profeta de la verdad lo niega? Porque son cosas entre sí muy diferentes decir: ese es, y decir, no soy. ¿Cómo, pues, podrá llamarse Profeta de la verdad, si no es conforme a las palabras de la misma verdad? Pero examinando con discreción la sentencia de estas palabras, hallaremos que esto que entre sí parece contrario, no lo es. Hablando el Ángel con Zacarías del glorioso Bautista, le dice: él precederá delante del Señor en el espíritu y virtud de Elías. Y si preguntáis cómo se entiende que había de venir en el espíritu, y en la virtud de Elías, es decir, que así como Elías vendrá Embajador y Precursor del Señor en el segundo advenimiento, que será al fin del mundo; así el gran Bautista lo fue del primero, cuando vino a encarnar. Y como Elías ha de venir Precursor del Juez; así el glorioso Juan lo fue del Redentor. Y así Juan era Elías en el oficio, y no lo era en la persona. Y lo que nuestro Redentor afirma por razón del oficio, el glorioso Juan lo niega por razón de la persona. Era conforme a razón que hablando el Señor con sus santos Discípulos, del Bautista glorioso, les diese respuesta espiritual en su sentencia; y el mismo Bautista hablando con los judíos carnales les diese respuesta de su persona.
Por donde aunque parezca contrario a la verdad lo que el Santo Bautista respondió, no lo es, ni se aparta un solo punto de ella , antes negando ser Profeta, mostró con el dedo al Redentor que primero como Profeta había predicado, y así era más que Profeta. Mas por cumplir con los Embajadores que habían venido, les declara quien es, diciendo yo soy voz del que da voces en el desierto, v. 23. Sabéis bien , muy amados hermanos míos, que el Unigénito Hijo de Dios es llamado palabra del Padre por testimonio del glorioso Juan Evangelista que dice: en el principio era la palabra, y la palabra estaba con Dios, y Dios era la palabra. Por experiencia veis cuando habíais, que suena la voz primero, para que
luego se oiga la palabra: por esto a mi ver, el glorioso Bautista se llama voz, porque viene primero que la palabra , y previniendo como Embajador la venida de su Señor, se llama voz, pues por el medio de su servicio la palabra del Padre Eterno, que a él es coeterna, es oída de los hombres, y esta misma voz es la que da voces en el desierto, pues con su predicación notifica a Judea, que estaba sola y desamparada, la venida de su Redentor, para que se alegre y consuele; y si queréis saber qué dice con estas voces, es lo siguiente: enderezad el camino del Señor, así como lo dijo Isaías Profeta. Ibid. No hay mejor modo de enderezar el camino del Señor para que vaya derecho a nuestro corazón, que oír con humildad su santa palabra, y guardar con la obra lo que ella nos manda. Esto es lo que el santo Evangelio nos en enseña de parte del Señor, cuando dice: si alguno me ama, el guardará mis palabras, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y moraremos con él. Sabed, pues, hermanos míos, que cualquiera que tiene el alma levantada con soberbia  o arde en los fuegos de la avaricia, o está encenagado en las vilezas de la sensualidad, este cierto el tal de que cierra la puerta de su corazón a la verdad, y que con cerraduras fuertes de pecados impide que la gracia del Espíritu Santo entre en su alma. Mas los Embajadores prosiguen su demanda con el gran Bautista, diciendo: pues si tú no eres Cristo, ni Elías, ni el Profeta, ¿por qué bautizas? v. 25. Y porque esta pregunta era hecha maliciosamente, y no con celo de saber la verdad, el Santo Evangelista calló la respuesta, diciendo: y los Embajadores eran de los Fariseos.
v. 24. Como si claramente dijese: estos vienen a preguntar al glorioso Bautista su doctrina, siendo tales, que no los mueve el deseo de saber, sino la pura envidia; pero es tal la condición de los Santos, que jamás se mudan de la rectitud de su bondad, por falsos y fingidos que sean los que tratan con ellos, y así el Santo Bautista responde palabras llenas de vida a las preguntas llenas de envidia, y dice: yo bautizo en agua , y en medio de vosotros está el que vosotros no conocéis. v. 26. El glorioso Juan bautiza en agua y no en espíritu, porque no pudiendo quitar los pecados de los que bautizaba, solamente lavaba sus cuerpos con agua, mas no sanaba las almas con el perdón de las culpas.
Pues si no podía lavar los pecados de las almas, ¿para qué bautizaba los cuerpos con agua? Sabed que este glorioso Embajador , guardando la orden de su oficio, así como naciendo primero, fue Precursor del nacimiento de su Señor, también bautizando primero, quiso ser Precursor del bautismo verdadero que su Señor había de dar: y como con su predicación previno la predicación del Redentor, también bautizando quiso ser imitador del Sacramento maravilloso que el Señor había de dar con toda perfección, y por medio de estas palabras les anuncia el alto misterio de la venida de nuestro Redentor, y les afirma que está en medio de los hombres, y que no es conocido; porque mostrándose el Soberano Señor vestido de nuestra humanidad, estaba visible cuanto a Su sacratísimo cuerpo, mas estaba invisible cuanto a la majestad de su divinidad; y hablando del mismo Señor añade y dice: el que viene después de mí, es hecho antes de mí. v. 27. Antes de mí es hecho, quiere decir lo mismo que es antepuesto a mí. Viene, pues, después de mí, el que es nacido después que yo , y hecho antes de mí, quiere decir, tenido en más que yo. Y declarando arriba la causa de esta ventaja que el Señor tenía, dijo el mismo Bautista: porque él era primero que yo. Como si a las claras dijese la razón; porque el ser nacido después de mí, y ser antes de mí, y mucho más que yo, es porque su nacimiento no está determinado por cuenta de años ni meses, ni días, ni horas. Pues naciendo de la madre en cierto tiempo, es engendrado del padre sin principio, y sin madre; y mostrando cuanta humildad y reverencia debe a tan alto Señor, añade y dice: al cual yo no merezco desatar la correa de su zapato. Costumbre antigua fue entre los judíos, que si alguno no quería tomar por mujer la que por razón le convenía, el tal había de descalzar el zapato del otro que conforme a la ley se casase con ella. Pues si queremos considerar este misterio, Cristo Redentor nuestro, cuando se mostró entre los hombres, ¿qué fue sino un esposo verdadero de la santa Iglesia? Según lo que el mismo Juan glorioso dijo arriba: el que tiene esposa, esposo es. Y porque los hombres habían pensado que el glorioso Bautista fuese Cristo, negándolo el Santo, responde estas palabras que quieren decir: yo no merezco descalzar el zapato de mi Señor y Redentor, siendo indigno de esto, no quiero usurpar el nombre de esposo. Pueden estas palabras tener otro sentido maravilloso. Todos saben que los zapatos se hacen de cueros de animales muertos. Pues imaginad que mostrarse nuestro Redentor entre los hombres hecho hombre, fue mostrarse calzado. Porque la divinidad juntó consigo a nuestra mortal humanidad. Así lo había dicho mucho antes el gran Profeta David: no extenderé mi calzado hasta la provincia de Idumea. Por Idumea entendemos la gentilidad: por el calzado se entiende la carne mortal que el Señor tomó. Dice, pues, el Señor que extenderá su calzado hasta Idumea, porque mostrándose entre los hombres vestido de nuestra mortalidad decimos, que fue como venir la divinidad calzada a nosotros; pero no alcanza ningún entendimiento humano a penetrar el secreto misterio de esta Encarnación altísima: no es cosa que por humana industria se pueda conocer, como este Señor Eterno se hace hombre temporal dentro de las entrañas virginales de su Madre sacratísima. La correa, pues, de su zapato es el alto y secreto misterio encerrado en esta merced que Dios nos hizo. Y este secreto tan soberano es el que el glorioso Bautista dice que no alcanza: diciendo que no es digno ni merece desatar la correa de su zapato: ni sabe más de esto que lo que el Señor se ha servido revelarle dándole espíritu de Profeta. Concluimos, pues, que decir el glorioso Bautista : no soy digno de desatar la correa de su zapato , no es otra cosa sino confesar con gran humildad su ignorancia acerca del Señor ; y valen tanto estas palabras como si dijese: no os maravilléis de que este gran Señor me sea preferido y antepuesto, pues yo contemplo como es verdad , que es nacido después de mí, mas no puedo alcanzar con mi entendimiento el alto misterio de su nacimiento. Notad que el gran Bautista estando lleno de espíritu de profecía, de tal modo, que con ella alcanza don de ciencia admirable, con todo eso confiesa humilmente su ignorancia. Doctrina grande es para nosotros, muy amados hermanos míos, la que aquí se nos enseña: ver como los varones santos por guardar bien y como deben la virtud de la humildad, cuando alcanzan algunos secretos admirables de saber, no traen delante de sus ojos sino lo que ignoran: porque viendo en sí esta flaqueza de ignorancia, no tenga la soberbia lugar de levantarlos a la vanidad por causa de las otras cosas grandes que saben. Cierto es que el saberse virtud, y la humildad es la llave con que se guarda. Por tanto es menester que el alma en las cosas de mas perfección, y saber que alcanzare se humille mas allí y se tenga en poco, porque de otra manera el viento vano de la soberbia se llevaría todo cuanto bien juntase con la ciencia y las otras virtudes. Debéis, pues, hermanos míos, en las buenas obras que hiciereis traer a vuestra memoria las flaquezas y defectos en que habéis caído: porque viendo esto con el cuidado que es razón, no se descuidará vuestra alma en alegrarse vanamente del bien que hace. Mirad siempre los que viven mejor que vosotros, especialmente los que no están debajo de vuestra dirección: y acordaos que muchas veces hay virtudes secretas que vosotros no sabéis, en aquellos que juzgáis por malos, aunque se vean en ellos por de fuera algunos defectos. Trabaje cada uno por ser grande en las virtudes, pero de modo, que él ni lo presuma ni lo sepa: porque perdería la perfección secreta que en él se halla, con la vanidad de vanagloria que por lo exterior le vendría. Este peligro nos notificó el Profeta Isaías, cuando dijo: ay de vosotros que sois sabios en vuestros ojos, y prudentes delante de vosotros mismos. El Apóstol glorioso hablando sobre lo mismo, dijo: no queráis ser prudentes acerca de vosotros mismos. Dice la Santa Escritura hablando contra Saúl que se ensoberbecía: cuando eras pequeño en tus ojos fuiste puesto por cabeza de las tribus de Israel, que quiere decir: cuando tú te tenías por pequeño, yo te hice mayor que todos los otros, y ahora que tú te tienes por grande, eres para mí muy pequeño.


jueves, 13 de diciembre de 2018

EL SANTO ABANDONO. DOM VITAL LEHODEY


«Vámonos de aquí, pues no tenemos nada que ganar en donde se nos honra; nuestra ganancia está en los lugares en que se nos vitupera y se nos desprecia.»

Artículo 2º.- Las humillaciones

Recurramos, pues, más a las obras que a las palabras para abatirnos. La mejor humillación activa en nuestros claustros será siempre la leal dependencia de la Regla, de nuestros superiores y aun de nuestros hermanos. Nadie ignora que los doce grados de humildad, según nuestro Padre San Benito, se fundan casi exclusivamente en la obediencia, y es también de esta virtud de la que San Francisco de Sales hace derivar la señal de la verdadera humildad, fundándose en esta expresión de San Pablo, que Nuestro Señor se anonadó haciéndose obediente. «¿Veis -decía- cuál es la medida de la humildad? Es la obediencia. Si obedecéis, pronta, franca, alegremente, sin murmuración, sin rodeos y sin réplica sois verdaderamente humildes, y sin la humildad es difícil ser verdadero obediente; porque la obediencia pide sumisión, y el verdadero humilde se hace inferior y se sujeta a toda criatura por amor de Jesucristo; tiene a todos sus prójimos por superiores, y se considera como el oprobio de los hombres, el desecho de la plebe y la escoria del mundo.» Humillación excelente es también descubrir el fondo de nuestros corazones y de nuestra conciencia a los que tienen la misión de dirigirnos, dándoles fiel cuenta de nuestras tentaciones, de nuestras malas inclinaciones y, en general, de todos los males de nuestra alma. Finalmente, es saludable humillación acusarse ante los Superiores como lo haríamos en presencia del mismo Dios, y cumplir con corazón contrito y humillado las penitencias usadas en nuestros Monasterios. Además de estas humillaciones de Regla, hay otras que son espontáneas.
San Francisco de Sales «quería mucha discreción en éstas, porque el amor propio puede deslizarse en ellas sagaz e imperceptiblemente, y ponía en sexto grado procurarse las abyecciones cuando no nos vinieren de fuera».
El santo estimaba mucho las humillaciones que no son de nuestra libre elección; porque en verdad, las cruces que nosotros fabricamos son siempre más delicadas, además de que serían contadas y apenas tendrían eficacia para matar nuestro amor propio.
Necesitamos, pues, que nos cubran de confusión, que nos digan las verdades sin miramientos, y que nos hagan sentir todo este mundo de corrupción y de miserias que bulle en nosotros. De ahí que Dios nos prive de la salud, disminuya nuestras facultades naturales, nos abandone a la impotencia y oscuridad, o nos aflija con otras penas interiores. Esta misma razón le mueve a abofetearnos por mano de Satanás, a ordenar a nuestros Superiores que nos reprendan, y a la Comunidad que tome parte conforme a nuestros usos en la corrección de nuestros defectos. La acción ruda y saludable de la humillación quiere Dios ejercerla especialmente por aquellos que nos rodean; a todos los emplea en la obra, utilizando para ello el buen celo y el celo amargo, las virtudes y los defectos, las intenciones santas, la debilidad y aun, en caso necesario, la malicia. Los hombres no son sino instrumentos responsables, y Dios se reserva el castigarlos o recompensarlos a su tiempo. Dejémosle esta misión, y no viendo en El sino a. nuestro Dios, a nuestro Salvador, al Amigo por excelencia, y olvidando lo que en ello hay de amargo para la naturaleza, aceptemos como de su mano este austero y bienhechor tratamiento de las humillaciones. De ordinario, éstas son breves y ligeras, y aun cuando fuesen largas y dolorosas, no lo serian sino de una manera más eficaz, dispuestas por la divina misericordia, «y el rescate de las faltas pasadas, la remisión de las fragilidades diarias, el remedio de nuestras enfermedades, un tesoro de virtudes y méritos, un testimonio de nuestra total entrega a Dios, el precio de sus divinas amistades y el instrumento de nuestra perfección».
La humillación fomenta el orgullo cuando se la rechaza con indignación o se sufre murmurando; y esto explica cómo «se hallan tantas personas humilladas que no son humildes». Sólo será provechosa para aquel que le hace buena acogida y en la medida en que la reciba humildemente como si fuera de la mano de Dios, diciéndose, por ejemplo: en verdad que la necesito y bien la he merecido. Y si una ligera ofensa, una falta de consideración, una palabra desagradable es suficiente para lanzarme en la agitación y turbación, señal es que el orgullo se halla todavía lleno de vida en mi corazón, y en lugar de mirar la humillación como un mal, debiera mirarla como mi remedio; bendecir a Dios que quiere curarme, y saber agradecerla a mis hermanos que me ayudan a vencer mi amor propio. Por otra parte, la vergüenza, la confusión, la verdadera humillación, ¿no consiste en sentirme aún tan lleno de orgullo después de tantos años pasados en el servicio del Rey de los humildes? Si conociéramos bien nuestras faltas pasadas y nuestras miserias presentes, poco nos costaría persuadirnos de que nadie podrá jamás despreciarnos, injuriarnos y ultrajarnos en la medida que lo tenemos merecido; y en vez de quejamos cuando Dios nos envía la confusión, se lo agradeceríamos como favor inapreciable, puesto que a trueque de una prueba corta y ligera oculta nuestras miserias de aquí abajo a casi todas las miradas y nos ahorra la vergüenza eterna. Y no digamos que somos inocentes en la presente circunstancia, pues no pocas de nuestras faltas han quedado impunes, y el castigo, por haberse diferido, no es menos merecido.
San Pedro mártir, puesto injustamente en prisión, quejábase a Nuestro Señor de esta manera: «¿Qué crimen he cometido para recibir tal castigo?» «Y Yo, respondió el divino Crucificado, ¿por qué crimen fui puesto en la cruz?» La Iglesia en uno de sus cánticos dice que El «es solo Santo, solo Señor, solo Altísimo con el Espíritu Santo en la gloria del Padre», y con todo, vino a su reino y los suyos no le recibieron, sino que le llenaron de ultrajes y malos tratamientos, le acusaron, le condenaron, le posponen a un homicida, le conducen al suplicio entre dos ladrones, le insultan hasta en la Cruz; es el más despreciado, el último de los hombres; su faz adorable es maltratada con bofetadas, manchada con salivazos. No aparta, sin embargo, su cara, ni les dirige palabra alguna de reprensión, sino que adora en silencio la voluntad de su Padre y la reconoce enteramente justa, y la acepta con amor porque se ve cubierto de los pecados del mundo, ¿y nosotros, viles criaturas suyas, tantas veces culpables, miraríamos con deshonor participar de los abatimientos del Hijo de Dios y recibirlos humildemente sin decir palabra? ¿Sufriremos que la Santa Víctima padezca sola por faltas que son nuestras y no suyas, y no querremos beber en el cáliz de las humillaciones? ¿Es esto justo y generoso? ¿No será más bien una vergüenza? ¿Cómo agradaremos con orgullo semejante a Aquel «que es manso y humilde de corazón»? ¿No tendría derecho a decirnos: «He sido calumniado, despreciado, tratado de insensato, y querrás tú que se te estime, y seguirás siendo todavía sensible a los desprecios»? Por otra parte, el amor quiere la semejanza con el objeto amado, y a medida que aquél crece, se acepta con más gusto y hasta se considera uno dichoso en compartir las humillaciones, las injurias y los oprobios de su Amado Jesús.
Entonces el amor «nos hace considerar como favor grandísimo y como singular honor las afrentas, calumnias, vituperios y oprobios que nos causa el mundo, y nos hace renunciar y rechazar toda gloria que no sea la del Amado Crucificado, por la cual nos gloriamos en el abatimiento, en la abnegación y en el anonadamiento de nosotros mismos, no queriendo otras señales de majestad que la corona de espinas del Crucificado, el cetro de su caña, el manto de desprecio que le fue impuesto y el trono de su cruz, en la cual los sagrados amantes hallan más contento, más gozo y más gloria y felicidad que Salomón en su trono de marfil».
Al hablar así, San Francisco de Sales nos describe sus propias disposiciones. En medio de la tempestad, de los desprecios y de los ultrajes reconocía la voluntad de Dios y a ella se unía sin dilación, en la que permanecía inmóvil sin conservar resentimiento alguno, no tomando de ahí ocasión para rehusar petición alguna razonable; y de seguro que si alguno le hubiera arrancado un ojo, con el mismo afecto le hubiera mirado con el otro. Ante el amago de tenerse que enfrentar con un ministro insolente, que tenía una boca infernal y una lengua en extremo mordaz, decía: «Esto es precisamente lo que nos hace falta. ¿No ha sido Nuestro Señor saturado de oprobios? ¡Y cuánta gloria no sacará Dios de mi confusión! Si descaradamente somos insultados, magníficamente será El exaltado; veréis las conversiones a montones, cayendo a mil a vuestra derecha y diez mil a vuestra izquierda.» San Francisco de Asís respira los mismos sentimientos. Como un día fuese muy bien recibido, dijo a su compañero: «Vámonos de aquí, pues no tenemos nada que ganar en donde se nos honra; nuestra ganancia está en los lugares en que se nos vitupera y se nos desprecia.»


DIOS NOS AMA. Dom Godofredo Belorgey


"Se humilló a sí mismo hasta la muerte y muerte de cruz"

¿Quién podrá decir algún atisbo de esos divinos coloquios entre él Padre y el Hijo, cuyo solo recuerdo nos arroba enteramente, ayudándonos a orar, es decir, a hablar de corazón a corazón con nuestro Padre del Cielo, tan amante y tan amado? De esta manera el amor del Padre nos afinca en una confianza que se hace más solida y firme de día en día, y nos da, al mismo tiempo, confianza absoluta en el porvenir. Entonces creemos verdaderamente en la Providencia, porque experimentamos más y más los delicados cuidados con que nos previene.
Las palabras de Jesús en el Evangelio, a propósito de la bondad del Padreo nos arrebatan.
Maestro bueno, —le dice un joven rico.— Porque me llamas bueno? —le responde Jesús—. Nadie es bueno, sino solo Dios 64. .No es verdad que dos pájaros se venden por un cuarto y, no obstante, ni uno de ellos caerá en tierra sin que lo disponga vuestro Padre? Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No tenéis, pues, que temer: valéis vosotros más que muchos pájaros” Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni tienen graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. Pues no valéis vosotros mucho mas sin comparación que ellas?... Contemplad los lirios del campo como crecen y florecen: ellos no labran ni tampoco hilan. Sin embargo, yo os digo, que ni
Salomón en medio de toda su gloria se vistió con tanto primor como uno de estos lirios. Pues si a una hierba del campo, —que hoy es y florece, y mañana se echa en el homo,— Dios así la viste !cuanto mas a vosotros, hombres de poca fe! No os acongojéis, pues, que bien sabe vuestro Padre las necesidades que tenéis (de alimento, de bebida, de vestidos...)
El alma que ha llegado a este grado de abandono, no duda ya de Dios, y tiene la convicción de que Dios tampoco duda de ella. Este es uno de los elementos esenciales del caminito de Santa Teresa del Nino Jesús: La santidad...consiste en una disposición del corazón que nos hace humildes y pequeños en los brazos de Dios, conscientes de nuestra debilidad, y confiados hasta la audacia en su bondad de Padre 67. Cuando llegan esos momentos de angustia, que de vez en cuando nos asaltan, el primer movimiento es ponerse en la presencia de Dios y repetir pausadamente al Padre Amado: Dios mío, Vos lo sabéis todo —y en este todo no se exceptúa nada,— Vos lo podéis todo—con una sola palabra vuestra puede cambiar todo,— Vos me amáis !con un amor que esta sobre todo! Con frecuencia, esto solo basta para que vuelva la paz. Dios nos acaricia y anima, ni más ni menos que una madre a su hijo, con lo cual renace la confianza, el amor crece gradualmente y sin cesar, y nos vamos adentrando mas y mas en los secretos de la familiaridad divina, con relaciones pletóricas del respeto y de la adoración, del amor y de la confianza que Jesús sentía por su Padre.
III. — EL PADRE ME AMA
Desasidos ya de todo apego a las cosas creadas, no tenemos más que un deseo, que no es otro que el de revelar estas sublimidades a nuestros hermanos, el de abandonar esta tierra de destierro, para vivir en el cielo, cara a cara con el Padre y con toda la Familia divina. Con todo, los que ya han descubierto el secreto del amor al Padre, permanecen en un abandono completo: No deseo mas morir que vivir; si el Padre me da a escoger, no escogeré nada, no quiero más que lo que El quiere. Amo y me complazco en lo que El haga68. Esperan únicamente la hora de Dios, y cuando todo esté consumado, pondrán con toda confianza su espíritu en las manos del Padre, cuyo amor es lo único que han buscado hasta el fin, hasta el extremo.
! Que vidas más bellas estas! Esta debía ser la vida de todos los cristianos.
¿No es esta la que se nos brinda a nosotros, hijos privilegiados de Dios?
CAPITULO II: EL HIJO NOS AMA
La vida de amor, a la que el Padre convida a todos y a cada uno de sus hijos, se presenta como un ideal, digno de ser el objeto de nuestros más ardientes deseos. Pero no debemos extraviarnos de que no sea la Persona del Padre la que más nos cautiva. El mismo, en su inmenso amor, nos ha dado a su Hijo con el fin especialísimo de llevamos a Él. Nadie viene a Jesús si el Padre no le trae, como tampoco nadie va al Padre sino por Cristo. Así esta ordenado en el plan divino.
El Padre nos prueba su amor especialmente, dándonos a su Hijo; luego parece que se esconde, invitándonos a que nos dirijamos al Verbo encarnado. Este, para conducimos con más seguridad al Padre, pone todo su empeño en ganarse la confianza de todos los hombres en general y de cada uno de ellos en particular, descubriéndoles entonces los secretos de su amor. Va más allá; continúa cada día enseñándonos como nuestra amistad débese mostrar cada vez mas llena de delicadeza y de generosidad: nada es difícil para aquel que ha descubierto a Jesús viviente en el Tabernáculo.
I. — EL AMOR DEL VERBO ENCARNADO A TODOS LOS HOMBRES
I. El amor del Verbo encamado a todos los hombres.
Hemos recordado, en el capitulo precedente, como la segunda Persona de la Santísima Trinidad, por el amor que profesa al Padre y también por el que nos tiene a nosotros, acepto el encamarse, para reparar el pecado de Adán. !Entre los beneficios que el Verbo, al hacerse hombre, nos reporto, fue el principal el que pudiésemos vislumbrar con más facilidad el amor que Dios nos tiene. Sin la Encarnación nos hubiera sido muy difícil sospechar siquiera la grandeza de este misterio, que queda, por decirlo así, muy lejos y hasta fuera de nuestros alcances. Pero después que Cristo hubo nacido en Belén, el Amor infinito se nos presenta en un Corazón de carne, cuyas maravillas podemos contemplar, con respeto sí, pero con entera libertad.
!Corazón de Jesús, lleno de bondad y de amor! !Corazón de Jesús, Rey y centro de todos los corazones! !Corazón de Jesús, horno ardiente de caridad! Así se expresa la Iglesia para decirnos la inmensidad y la plenitud del amor de Cristo. El Divino Corazón es, en efecto, el Corazón de un Hombre Dios, que ama infinitamente como Dios y perfectamente como hombre.
El amor de Jesús posee, al mismo tiempo, todas .las perfecciones divinas y todas las delicadezas humanas. Abramos el Evangelio y descubriremos como en su trato con los hombres se muestra infinitamente tierno y divinamente fuerte.
Parece como que, para cumplir su misión, Cristo se haya esforzado por ganarse la confianza de los hombres. Vemos que inventa mil delicadezas para atraerse sus corazones. No se presenta delante de ellos como un amo majestuoso y altanero, sino como un amigo lleno de compasión, profundamente dulce y humilde; y para revelarles la ternura y la delicadeza de su amor, recurre a imágenes y comparaciones, tan conmovedoras por su inspiración, como sencillas por su léxico, al alcance de todos.
Jesús es el Buen Pastor; conoce por su nombre a cada una de sus ovejas: elige para ellas los pastos mas nutritivos; esta intranquilo por las ausentes, parte inmediatamente en busca de la pobre descarriada, y, para evitarle la fatiga del camino, carga con ella sobre sus hombros y la vuelve arrepentida al rebano.
Jesús es el Padre de familia que colma de caricias a todos sus hijos, a pesar de sus ingratitudes. Vive en la intimidad con el que permanece en casa, a pesar de que conoce la mezquindad de su corazón. Se pasa el día suspirando por el prodigo, y cuando le distingue en lontananza, al regresar avergonzado y contrito, corre a su encuentro, le abraza y, olvidando sus ofensas, le restablece gozoso en todos sus derechos.
Jesús es la madre llena de ternura para sus hijos chiquitos. Del mismo modo que la gallina cobija bajo las alas sus pollitos, así quisiera El guardar en su Corazón todas las almas, para preservarlas del mal. Sabemos cuán expresiva era para Santa Teresa del Nino Jesús esta imagen tan sencilla: He llorado —dice a su hermana—, pensando que Dios ha querido valerse de esta comparación evangélica para que creamos en su ternura paternal. Es lo que ha hecho conmigo durante toda mi vida; me ha escondido completamente bajo sus alas69.
Jesús es el Esposo que promete a las almas vigilantes nupcias misteriosas, alegrías eternas.
Todas estas figuras, y otras muchas, son la expresión de una sublime realidad que Cristo ha procurado poner de manifiesto también por medio de sus actos. Es verdaderamente conmovedor poder comprobar hasta qué punto Jesús se ha inclinado sobre todas las miserias, durante su vida mortal.
Diríase que estas tienen un derecho especial para arrebatar su amor. No hay pobre, no hay enfermo, no hay niño, que no haya conmovido su Corazón; y lo que es más admirable todavía, ya puede ser el pecador mas enfangado en el cenagal mas horrendo, su piedad, y más que su piedad su ternura, le atraen hacia él.
El publicano vuelve justificado; la samaritana recibe el Don de Dios; la mujer adultera, salta de gozo, al oír la voz que perdona; el paralitico recobra a un mismo tiempo la pureza del alma y el vigor del cuerpo; la salvación desciende sobre la casa de Zaqueo; y, finalmente, la Magdalena, la pecadora, escucha a través de sus sollozos, estas palabras divinas: Te son perdonados tus pecados: Vete en paz 70.
Es necesario entrar dentro de nosotros mismos, ante tales muestras de delicadeza, que despiertan las fibras más sensibles de nuestros corazones.
Pero, para comprender bien el amor de Jesús, no se puede separar de su ternura la generosidad que es su compañera inseparable y sobrepuja a todo lo imaginable. Cristo nos amo y se entrego por nosotros y se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz —factus obediens usque ad mortem, mortem autem crucis 77—. Amo a los hombres hasta el punto de sufrir y derramar toda su sangre por su salvación.
Si queremos penetrar en lo intimo de los sufrimientos de Jesús, no hemos, de perder de vista que el amor es el principio y fundamento de todos ellos. En efecto, Dios es caridad; por consiguiente, todo lo que hace, por amor lo hace: esta es su ley que se ha impuesto a Si mismo Jesús —el Dios encamado, ha sufrido, pues, por amor."El amor es el que ha dado a sus sufrimientos su extensión, su duración, su profundidad insondable y su universalidad. Cuando se dirigía a su Pasión, Jesús revelo a sus Apóstoles el sentimiento mas intimo de su Corazón, el que resume toda su vida: Quia diligo... sic facio.
Ciertamente que un solo suspiro, una sola lagrima del Verbo encamado, eran suficientes, en estricta justicia, para rescatar al mundo, porque este suspiro, esta lagrima, procedían de un Hombre-Dios, y tenían, por lo mismo, un valor infinito. Pero el que ama no tiene por ley la estricta justicia, deja hablar al amor. Esta es la razón porque Jesús quiso pagar de una manera sobreabundante; hasta tal punto, que puede decirse de El, que toda su vida fue un prolongado sufrimiento redentor: Tota vita Christi fuit crux et martyrium73. Podemos imaginamos siquiera lo que sería el sufrimiento de uno que viese, de una vez, la masa horrible de los pecados del mundo, y cada uno de ellos al detalle al mismo tiempo que contemplaba, por otra parte, la Santidad perfecta de un Dios absolutamente incompatible con el pecado? Pues Cristo tenía continuamente delante esta doble visión, lo que le ocasionaba un sufrimiento moral que debía llegar al paroxismo en su hora, en el huerto de la agonía y en lo más alto de la cruz.
Pero sería desconocer el amor de Jesús y no comprender bien sus sufrimientos, el limitarlos a su Pasión.


lunes, 10 de diciembre de 2018

HOMILÍA DEL DOMINGO II DE ADVIENTO. SAN GREGORIO


SAN GREGORIO MAGNO
Homilía del glorioso San Gregorio Papa sobre el Evangelio que se canta el Domingo segundo del Adviento, el cual escribe San Mateo en el capítulo 11, v. 1. Dice así: En aquel tiempo oyendo Juan en las prisiones las obras de Jesucristo: enviándole dos de sus Discípulos: le dixo, ETC.
Justa cosa es, muy amados hermanos míos, que procuremos saber como el glorioso Bautista, Profeta, y más que Profeta, habiendo notificado y mostrado con su dedo la persona de Cristo nuestro Redentor a las gentes, cuando en la ribera del Jordán vino al santo bautismo, diciendo: "ved aquí el Cordero de Dios; ved aquí el que quita los pecados del mundo" ; y contemplando la grandeza de la Divinidad que en este Señor estaba, y su propia bajeza, dijo con la humildad debida: sabed que el que es de la tierra, de la tierra habla; mas el que viene del cielo es Señor sobre todos; como pues ahora, hallándose en las prisiones le envia con sus Discípulos a preguntar: ¿eres tú el que has de venir, o esperamos otro? v.3. ¿Por ventura no sabía quién era aquel Señor que él había mostrado con el dedo, habiéndolo publicado con grandes voces, profetizando, bautizando, y enseñando? Sí: pero si bien y con atención miramos el tiempo y la orden que se tuvo en este misterio, muy fácil será de resolver esta quistión. El glorioso Bautista en la ribera del Jordán afirmó, mostrando que este Señor era el Redentor del mundo: y ahora puesto en la cárcel pregunta, si es él el que viene. No porque él dude si es este Señor el Redentor del mundo, más quiere saber de él,  si así como por sí mismo vino al mundo, así también por sí mismo ha de bajar a las profundas prisiones del infierno. Quería Juan bienaventurado ser su Precursor, yéndolo a notificar, cuando muriese, en los infiernos, así como lo había sido, notificándolo acá en el mundo: y por esto dice. ¿Eres tú el que has de venir? Es preguntar claramente: Señor hazme saber si así como tuviste por bien nacer por la salvación de los hombres: ¿será también tu voluntad descender por los mismos a los infiernos? porque si es beneplácito de tu majestad, como fui Precursor de tu nacimiento, anunciándole al mundo, lo sea también de tu descendimiento á los infiernos: y así les dé noticia allá de tu maravillosa bajada, como la di al mundo de tu glorioso y bienaventurado nacimiento; y por esto siendo el Señor preguntado , como ya habéis visto, y habiendo contado a los embajadores las maravillas de su omnipotencia, luego les dio noticia de la humildad de su muerte, diciendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres reciben y publican el Evangelio y bienaventurado es el que no fuere escandalizado en mí. V.5. El ver señales tan grandes, y obras tan maravillosas, no era para escandalizarse, sino para maravillarse mucho, y alabar al Señor que las hacía. Los judíos, no obstante, se escandalizaron reciamente, cuando después de haberle visto hacer tantas y tan grandes maravillas, le vieron morir. Esto es lo que el glorioso Apóstol San Pablo nos enseñó cuando dijo: nosotros predicamos  Jesucristo crucificado, cosa de que los judíos se escandalizan: y los Gentiles lo tienen por locura.
Parecióles a los hombres cosa de locura, creer que el hacedor de la vida muriese por los hombres: y tomaron por fundamento de escándalo, lo que si bien lo miraran, era buena prueba para conocer cuánto era mayor su obligación de honrarle y tenerle por Señor.
Porque claro está, que tanto es más digno nuestro Redentor de que le veneremos y sirvamos, cuanto las cosas que por nosotros sufrió fueron mas bajas y mas indignas de que su Majestad las sufriese. Luego qué querrá decir: ¿bienaventurado será el que no se escandalizare en mí* v. 6., sino anunciarnos con palabras claras cuán humilde y llena de injurias había de ser su gloriosa muerte : como si nos dijera : ¿veis cuán poderoso soy, y cuán grandes son mis maravillas? pues mirad bien que no me desdeño de sufrir por el amor que os tengo tantas y tan bajas injurias, y con ellas la muerte.
Y pues yo os seguiré muriendo, mucho deben los hombres que mis maravillas estiman, no escandalizarse de mi muerte cuando la vean. Dejado ya aparte lo que el Señor pasó con los discípulos del glorioso Bautista, vengamos a lo que de él mismo habló con las turbas que allí estaban: ¿qué salisteis a ver en el desierto? La caña movida con el viento?1, v. 7. Hemos de entender que el Señor dice estas palabras, no afirmando, sino negando lo que suenan. 1. a condición de la caña es tal que luego que el aire la toca, la hace doblar hacia otra parte. No es entendida por la caña otra cosa, sino el hombre carnal y mundano. Que luego que es tocado, o por el aire de la vanagloria, si le alaban, o de la impaciencia si le reprehenden, sin tener constancia alguna se dobla a la parte opuesta. Luego que oye elogios de sí, se levanta a una vana y falsa alegría, y como quien  se dobla se conforma con el elogio falso que de sí oye.
Más si de la misma boca de donde salía el aire favorable de alabanzas comienza a correr viento contrario de reprehensiones, luego veréis el tal corazón doblado a la parte de la indignación y furor contra quien le reprehende. Nuestro glorioso Bautista no diremos que era caña movida por el viento; porque ni él se ablandaba con los halagos y alabanzas, ni se exasperaba con las reprehensiones por duras que fuesen: ni alabanzas de lisonjeros le levantaban: ni vientos contrarios de maldicientes le derribaban de la perfecta y santísima constancia de su propósito. No era, pues, caña movida por el viento, el que de su rectitud de estado por ninguna diversidad de cosas se alteró.
Aprendamos, pues, muy amados hermanos míos, a no ser caña movida por el viento, hagamos de manera que nuestra alma esté firme en su justicia, aunque combatida con los aires de las lenguas: no se doble ni mude del verdadero amor que a Dios debe tener, por duros ni contrarios quesean los combates. No por mucho mal que de nosotros digan, nos indignemos, ni airemos contra nuestros prójimos, ni el favor de la gracia que el mundo nos ofreciere, nos incline á vanidad: no nos levanten las prosperidades, ni nos derriben las adversidades; y pues nuestra firmeza está en Dios, no nos alteren ni muevan las cosas transitorias del mundo. Continuando nuestro Redentor el testimonio del gran Bautista, dice: ¿Que salisteis a ver en el desierto, un hombre vestido de vestiduras blandas? mirad que los que se visten de vestiduras blandas, en las casas de los Reyes están, v. 8. Bien sabéis, hermanos, que el glorioso Bautista anduvo vestido de ropa tejida de pelos de camellos. Pues no es otra cosa decir los que de vestiduras blandas se visten en las casas de los Reyes están, sino darnos a entender, que los hombres huyendo de sufrir trabajos y asperezas por el servicio del Señor, no quieren reinar en el cielo sino en el mundo;  y dándose a solos los placeres del cuerpo, solo buscan la gloria y deleites de la tierra. Ninguno se engañe pensando que en el desorden de las vestiduras preciosas y delicadas falta pecado; porque si esto se pudiese hacer sin culpa, nunca el Señor alabaría al glorioso Bautista de la aspereza de sus vestidos. Si en esto no se hallara culpa, el bienaventurado Apóstol San Pablo no refrenara tan de verdad, como refrena en las mujeres el amor a las vestiduras preciosas: diciendo: el atavío de que las mujeres se han de adornar, sea vergüenza, honestidad y templanza: no las vestiduras preciosas. Pensad, pues, cuán grande será la culpa de los hombres, que quieren y desean usar lo que el glorioso pastor de la Iglesia, tan determinadamente manda a las mujeres que no lo usen  bien que estas palabras que del gran Bautista se dicen, es á saber, que no se vestía de vestiduras blandas, pueden entenderse de otra manera. No iba vestido de vestiduras blandas, porque nunca trató con lisonjas ni halagos a los malos y pecadores, antes les decía con ásperas reprehensiones: oh generaciones de víboras, ¿quién os enseñó á huir de la ira que está por venir? Salomón dice así: son las palabras de los sabios como aguijones, o clavos que se introducen muy adentro. Son comparadas las palabras de los sabios a los aguijones., y a los clavos, porque nunca suelen halagar con blandura a las culpas de los malos, sino que punzan con ásperas reprehensiones: dice más el Señor. ¿Qué salisteis a ver en el desierto á un Profeta? En verdad os digo que es más que Profeta, v. 9. El oficio del Profeta es decir lo que está por venir, y no mostrarlo; Juan, pues, es más que Profeta, porque mostró con el dedo aquel Señor, cuya venida primero había notificado como Precursor. Has visto que este gran Varón no es caña movida con el viento, ni es hombre Vestido de vestiduras blandas y delicadas, y que el nombre de Profeta aun es poco para sus méritos: justo

"INEFFABILIS DEUS" Epístola apostólica de Pío IX 8 de diciembre de 1854 (dos de dos)




9. El Protoevangelio.

Por lo cual, al glosar las palabras con las que Dios, vaticinando en los principios del mundo los remedios de su piedad dispuestos para la reparación de los mortales, aplastó la osadía de la engañosa serpiente levantó maravillosamente la esperanza de nuestro linaje, diciendo: Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya; enseñaron que, con este divino oráculo, fue de antemano designado clara y patentemente el misericordioso Redentor del humano linaje, es decir, el unigénito Hijo de Dios Cristo Jesús, y designada la santísima Madre, la Virgen María, y al mismo tiempo brillantemente puestas de relieve las mismísimas enemistades de entrambos contra el diablo. Por lo cual, así como Cristo, mediador de Dios y de los hombres, asumida la naturaleza humana, borrando la escritura del decreto que nos era contrario, lo clavó triunfante en la cruz, así la santísima Virgen, unida a Él con apretadísimo e indisoluble vínculo hostigando con Él y por Él eternamente a la venenosa serpiente, y de la misma triunfando en toda la línea, trituró su cabeza con el pie inmaculado.

10. Figuras bíblicas de María.

Este eximio y sin par triunfo de la Virgen, y excelentísima inocencia, pureza, santidad y su integridad de toda mancha de pecado e inefable abundancia y grandeza de todas las gracias, virtudes y privilegios, viéronla los mismos Padres ya en el arca de Noé que, providencialmente construida, salió totalmente salva e incólume del común naufragio de todo el mundo; ya en aquella escala que vio Jacob que llegaba de la tierra al cielo y por cuyas gradas subían y bajaban los ángeles de Dios y en cuya cima se apoyaba el mismo Señor; ya en la zarza aquélla que contempló Moisés arder de todas partes y entré el chisporroteo de las llamas no se consumía o se gastaba lo más mínimo, sino que hermosamente reverdecía y florecía; ora en aquella torre inexpugnable al enemigo, de la cual cuelgan mil escudos y toda suerte de armas de los fuertes; ora en aquel huerto cerrado que no logran violar ni abrir fraudes y trampas algunas; ora en aquella resplandeciente ciudad de Dios, cuyos fundamentos se asientan en los montes santos a veces en aquel augustísimo templo de Dios que, aureolado de resplandores divinos, está lleno, de la gloria de Dios; a veces en otras verdaderamente innumerables figuras de la misma clase, con las que los Padres enseñaron que había sido vaticinada claramente la excelsa dignidad de la Madre de Dios, y su incontaminada inocencia, y su santidad, jamás sujeta a mancha alguna.

11. Los profetas.

Para describir este mismo como compendio de divinos dones y la integridad original de la Virgen, de la que nació Jesús, los mismos [Padres], sirviéndose de las palabras de los profetas, no festejaron a la misma augusta Virgen de otra manera que como a paloma pura, y a Jerusalén santa, y a trono excelso de Dios, y a arca de santificación, y a casa que se construyó la eterna Sabiduría, y a la Reina aquella que, rebosando felicidad y apoyada en su Amado, salió de la boca del Altísimo absolutamente perfecta, hermosa y queridísima de Dios y siempre libre de toda mancha.

12. El Ave María y el Magnificat.

Mas atentamente considerando los mismos Padres y escritores de la Iglesia que la santísima Virgen había sido llamada llena de gracia, por mandato y en nombre del mismo Dios, por el Gabriel cuando éste le anunció la altísima dignidad de Madre de Dios, enseñaron que, con ese singular y solemne saludo, jamás oído, se manifestaba que la Madre de Dios era sede de todas las gracias divinas y que estaba adornada de todos los carismas del divino Espíritu; más aún, que era como tesoro casi infinito de los mismos, y abismo inagotable, de suerte que, jamás sujeta a la maldición y partícipe, juntamente con su Hijo, de la perpetua bendición, mereció oír de Isabel, inspirada por el divino Espíritu: Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre.

De ahí se deriva su sentir no menos claro. que unánime, según el cual la gloriosísima Virgen, en quien hizo cosas grandes el Poderoso, brilló con tal abundancia de todos los dones celestiales, con tal plenitud de gracia y con tal inocencia, que resultó como un inefable milagro de Dios, más aún, como el milagro cumbre de todos los milagros y digna Madre de Dios, y allegándose a Dios mismo, según se lo permitía la condición de criatura, lo más cerca posible, fue superior a toda alabanza humana y angélica.

13. Paralelo entre María y Eva

Y, de consiguiente, para defender la original inocencia y santidad de la Madre de Dios, no sólo la compararon muy frecuentemente con Eva todavía virgen, todavía inocente, todavía incorrupta y todavía no engaña a por as mortíferas asechanzas de la insidiosísima serpiente, sino también la antepusieron a ella con maravillosa variedad de palabras y pensamientos. Pues Eva, miserablemente complaciente con la serpiente, cayó de la original inocencia y se convirtió en su esclava; mas la santísima Virgen aumentando de continuo el don original, sin prestar jamás atención a la serpiente, arruinó hasta los cimientos su poderosa fuerza con la virtud recibida de lo alto.

14. Expresiones de alabanza

Por lo cual jamás dejaron de llamar a la Madre de Dios o lirio entre espinas, o tierra absolutamente intacta, virginal, sin mancha , inmaculada, siempre bendita, y libre de toda mancha de pecado, de la cual se formó el nuevo Adán; o paraíso intachable, vistosísimo, amenísimo de inocencia, de inmortalidad y de delicias, por Dios mismo plantado y defendido de toda intriga de la venenosa serpiente; o árbol inmarchitable, que jamás carcomió el gusano del pecado; o fuente siempre limpia y sellada por la virtud del Espíritu Santo; o divinísimo templo o tesoro de inmortalidad, o la única y sola hija no de la muerte, sino de la vida, germen no de la ira, sino de la gracia, que, por singular providencia de Dios, floreció siempre vigoroso de una raíz corrompida y dañada, fuera de las leyes comúnmente establecidas. Mas, como si éstas cosas, aunque muy gloriosas, no fuesen suficientes, declararon, con propias y precisas expresiones, que, al tratar de pecados, no se había de hacer la más mínima mención de la santa Virgen María, a la cual se concedió más gracia para triunfar totalmente del pecado; profesaron además que la gloriosísima Virgen fue reparadora de los padres, vivificadora de los descendientes, elegida desde la eternidad, preparada para sí por el Altísimo, vaticinada por Dios cuando dijo a la serpiente: Pondré enemistades entre ti y la mujer, que ciertamente trituró la venenosa cabeza de la misma serpiente, y por eso afirmaron que la misma santísima Virgen fue por gracia limpia de toda mancha de pecado y libre de toda mácula de cuerpo, alma y entendimiento, y que siempre estuvo con Dios, y unida con Él con eterna alianza, y que nunca estuvo en las tinieblas, sino en la luz, y, de consiguiente, que fue aptísima morada para Cristo, no por disposición corporal, sino por la gracia original.

A éstos hay que añadir los gloriosísimos dichos con los que, hablando de la concepción de la Virgen, atestiguaron que la naturaleza cedió su puesto a la gracia, paróse trémula y no osó avanzar; pues la Virgen Madre de Dios no había de ser concebida de Ana antes que la gracia diese su fruto: porque convenía, a la verdad, que fuese concebida la primogénita de la que había de ser concebido el primogénito de toda criatura.

15. ¡¡Inmaculada!!

Atestiguaron que la carne de la Virgen tomada de Adán no recibió las manchas de Adán, y, de consiguiente, que la Virgen Santísima es el tabernáculo creado por el mismo Dios, formado por el Espíritu Santo, y que es verdaderamente de púrpura, que el nuevo Beseleel elaboró con variadas labores de oro, y que Ella es, y con razón se la celebra, como la primera y exclusiva obra de Dios, y como la que salió ilesa de los igníferos dardos del maligno, y como la que hermosa por naturaleza y totalmente inocente, apareció al mundo como aurora brillantísima en su Concepción Inmaculada. Pues no caía bien que aquel objeto de elección fuese atacado, de la universal miseria, pues, diferenciándose inmensamente de los demás, participó de la naturaleza, no de la culpa; más aún, muy mucho convenía que como el unigénito tuvo Padre en el cielo, a quien los serafines ensalzan por Santísimo, tuviese también en la tierra Madre que no hubiera jamás sufrido mengua en el brillo de su santidad.

Y por cierto, esta doctrina había penetrado en las mentes y corazones de los antepasados de tal manera, que prevaleció entre ellos la singular y maravillosísima manera de hablar con la que frecuentísimamente se dirigieron a la Madre de Dios llamándola inmaculada, y bajo todos los conceptos inmaculada, inocente e inocentísima, sin mancha y bajo todos los aspectos, inmaculada, santa y muy ajena a toda mancha, toda pura, toda sin mancha, y como el ideal de pureza e inocencia, más hermosa que la hermosura, mas ataviada que el mismo ornato, mas santa que la santidad, y sola santa, y purísima en el alma y en el cuerpo, que superó toda integridad y virginidad, y sola convertida totalmente en domicilio de todas las gracias del Espíritu Santo, y que, la excepción de sólo Dios, resultó superior a todos, y por naturaleza más hermosa y vistosa y santa que los mismos querubines y serafines y que toda la muchedumbre de los ángeles, y cuya perfección no pueden, en modo alguno, glorificar dignamente ni las lenguas de los ángeles ni las de los hombres. Y nadie desconoce que este modo de hablar fue trasplantado como espontáneamente, a la santísima liturgia y a los oficios eclesiásticos, y que nos encontramos a cada paso con él y que lo llena todo, pues en ellos se invoca y proclama a la Madre de Dios como única paloma de intachable hermosura, como rosa siempre fresca, y en todos los aspectos purísima, y siempre inmaculada y siempre santa, y es celebrada como la inocencia, que nunca sufrió menoscabo, y, como segunda Eva, que dio a luz al Emmanuel.

16. Universal consentimiento y peticiones de la definición dogmática.

No es, pues, de maravillar que los pastores de la misma Iglesia y los pueblos fieles se hayan gloriado de profesar con tanta piedad, religión y amor la doctrina de la Concepción Inmaculada de la Virgen Madre de Dios, según el juicio de los Padres, contenida en las divinas Escrituras, confiada a la posteridad con testimonios gravísimos de los mismos, puesta de relieve y cantada por tan gloriosos monumentos de la veneranda antigüedad, y expuesta y defendida por el sentir soberano y respetabilísima autoridad de la Iglesia, de tal modo que a los mismos no les era cosa más dulce, nada más querido, que agasajar, venerar, invocar y hablar en todas partes con encendidísimo afecto a la Virgen Madre de Dios, concebida sin mancha original. Por lo cual, ya desde los remotos tiempos, los prelados, los eclesiásticos, las Ordenes religiosas, y aun los mismos emperadores y reyes, suplicaron ahincadamente a esta Sede Apostólica que fuese definida como dogma de fe católica la Inmaculada Concepción de la santísima Madre de Dios. Y estas peticiones se repitieron también en estos nuestros tiempos, y fueron muy principalmente presentadas a Gregorio XVI, nuestro predecesor, de grato recuerdo, y a Nos mismo, ya por los obispos, ya por el clero secular, ya por las familias religiosas, y por los príncipes soberanos y por los fieles pueblos. Nos, pues, teniendo perfecto conocimiento de todas estas cosas, con singular gozo de nuestra alma y pesándolas seriamente, tan pronto como, por un misterioso plan de la divina Providencia, fuimos elevados, aunque sin merecerlo, a esta sublime Cátedra de Pedro para hacernos cargo del gobierno de la universal Iglesia, no tuvimos, ciertamente, tanto en el, corazón, conforme a nuestra grandísima veneración, piedad y amor para con la santísima Madre de Dios, la Virgen María, ya desde la tierna infancia sentidos, como llevar al cabo todas aquellas cosas que todavía deseaba la Iglesia, conviene a saber: dar mayor incremento al honor de la santísima Virgen y poner en mejor luz sus prerrogativas.

17. Labor preparatoria.

Mas queriendo extremar la prudencia, formamos una congregación, de NN. VV. HH. de los cardenales de la S.R.I., distinguidos por su piedad, don de consejo y ciencia de las cosas divinas, y escogimos a teólogos eximios, tanto el clero secular como regular, para que considerasen escrupulosamente todo lo referente a la Inmaculada Concepción de la Virgen y nos expusiesen su propio parecer. Mas aunque, a juzgar por las peticiones recibidas, nos era plenamente conocido el sentir decisivo de muchísimos prelados acerca de la definición de la Concepción Inmaculada de la Virgen, sin embargo, escribimos el 2 de febrero de 1849 en Cayeta una carta encíclica, a todos los venerables hermanos del orbe católico, los obispos, con el fin de que, después de orar a Dios, nos manifestasen también a Nos por escrito cuál era la piedad y devoción de sus fieles para con la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios, y qué sentían mayormente los obispos mismos acerca de la definición o qué deseaban para poder dar nuestro soberano fallo de la manera más solemne posible.

No fue para Nos consuelo exiguo la llegada de las respuestas de los venerables hermanos. Pues los mismos, respondiéndonos con una increíble complacencia, alegría y fervor, no sólo reafirmaron la piedad y sentir propio y de su clero y pueblo respecto de la Inmaculada Concepción de la santísima Virgen, sino también todos a una ardientemente nos pidieron que definiésemos la Inmaculada Concepción de la Virgen con nuestro supremo y autoritativo fallo. Y, entre tanto, no nos sentimos ciertamente inundados de menor gozo cuando nuestros venerables hermanos los cardenales de la S.R.I., que formaban la mencionada congregación especial, y los teólogos dichos elegidos por Nos, después de un diligente examen de la cuestión, nos pidieron con igual entusiasta fervor la definición de la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios.

Después de estas cosas, siguiendo las gloriosas huellas de nuestros predecesores, y deseando proceder con omnímoda rectitud, convocamos y celebramos consistorio, en el cual dirigimos la palabra a nuestros venerables hermanos los cardenales de la santa romana Iglesia, y con sumo consuelo de nuestra alma les oímos pedirnos que tuviésemos a bien definir el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen Madre de Dios.

Así, pues, extraordinariamente confiados en el Señor de que ha llegado el tiempo oportuno de definir la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios la Virgen María, que maravillosamente esclarecen y declaran las divinas Escrituras, la venerable tradición, el perpetuó sentir de la Iglesia, el ansia unánime y singular de los católicos prelados y fieles, los famosos hechos y constituciones de nuestros predecesores; consideradas todas las cosas con suma diligencia, y dirigidas a Dios constantes y fervorosas oraciones, hemos juzgado que Nos, no debíamos, ya titubear en sancionar o definir con nuestro fallo soberano la Inmaculada Concepción de la Virgen, y de este modo complacer a los piadosísimos deseos del orbe católico, y a nuestra piedad con la misma santísima Virgen, y juntamente glorificar y más y más en ella a su unigénito Hijo nuestro Señor Jesucristo, pues redunda en el Hijo el honor y alabanza dirigidos a la Madre.

18. Definición.

Por lo cual, después de ofrecer sin interrupción a Dios Padre, por medio de su Hijo, con humildad y penitencia, nuestras privadas oraciones y las públicas de la Iglesia, para que se dignase dirigir y afianzar nuestra mente con la virtud del Espíritu Santo, implorando el auxilio de toda corte celestial, e invocando con gemidos el Espíritu paráclito, e inspirándonoslo él mismo, para honra de la santa e individua Trinidad, para gloria y prez de la Virgen Madre de Dios, para exaltación de la fe católica y aumento de la cristiana religión, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, con la de los santos apóstoles Pedro y Pablo, y con la nuestra: declaramos, afirmamos y definimos que ha sido revelada por Dios, y de consiguiente, qué debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles, la doctrina que sostiene que la santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, salvador del género humano. Por lo cual, si algunos presumieren sentir en su corazón contra los que Nos hemos definido, que Dios no lo permita, tengan entendido y sepan además que se condenan por su propia sentencia, que han naufragado en la fe, y que se han separado de la unidad de la Iglesia, y que además, si osaren manifestar de palabra o por escrito o de otra cualquiera manera externa lo que sintieren en su corazón, por lo mismo quedan sujetos a las penas establecidas por el derecho.

19. Sentimientos de esperanza y exhortación final.

Nuestra boca está llena de gozo y nuestra lengua de júbilo, y damos humildísimas y grandísimas gracias a nuestro Señor Jesucristo, y siempre se las daremos, por habernos concedido aun sin merecerlo, el singular beneficio de ofrendar y decretar este honor, esta gloria y alabanza a su santísima Madre. Mas sentimos firmísima esperanza y confianza absoluta de que la misma santísima Virgen, que toda hermosa e inmaculada trituró la venenosa cabeza de la cruelísima serpiente, y trajo la salud al mundo, y que gloria de los profetas y apóstoles, y honra de los mártires, y alegría y corona de todos los santos, y que refugio segurísimo de todos los que peligran, y fidelísima auxiliadora y poderosísima mediadora y conciliadora de todo el orbe de la tierra ante su unigénito Hijo, y gloriosísima gloria y ornato de la Iglesia santo, y firmísimo baluarte destruyó siempre todas las herejías, y libró siempre de las mayores calamidades de todas clases a los pueblos fieles y naciones, y a Nos mismo nos sacó de tantos amenazadores peligros; hará con su valiosísimo patrocinio que la santa Madre católica Iglesia, removidas todas las dificultades, y vencidos todos los errores, en todos los pueblos, en todas partes, tenga vida cada vez más floreciente y vigorosa y reine de mar a mar y del río hasta los términos de la tierra, y disfrute de toda paz, tranquilidad y libertad, para que consigan los reos el perdón, los enfermos el remedio, los pusilánimes la fuerza, los afligidos el consuelo, los que peligran la ayuda oportuna, y despejada la oscuridad de la mente, vuelvan al camino de la verdad y de la justicia los desviados y se forme un solo redil y un solo pastor.

Escuchen estas nuestras palabras todos nuestros queridísimos hijos de la católica Iglesia, y continúen, con fervor cada vez más encendido de piedad, religión y amor, venerando, invocando, orando a la santísima Madre de Dios, la Virgen María, concebida sin mancha de pecado original, y acudan con toda confianza a esta dulcísima Madre de misericordia y gracia en todos los peligros, angustias, necesidades, y en todas las situaciones oscuras y tremendas de la vida. Pues nada se ha de temer, de nada hay que desesperar, si ella nos guía, patrocina, favorece, protege, pues tiene para con nosotros un corazón maternal, y ocupada en los negocios de nuestra salvación, se preocupa de todo el linaje humano, constituida por el Señor Reina del cielo y de la tierra y colocada por encima de todos los coros de los ángeles y coros de los santos, situada a la derecha de su unigénito Hijo nuestro Señor Jesucristo, alcanza con sus valiosísimos ruegos maternales y encuentra lo que busca, y no puede, quedar decepcionada.

Finalmente, para que llegué al conocimiento de la universal Iglesia esta nuestra definición de la Inmaculada Concepción de la santísima Virgen María, queremos que, como perpetuo recuerdo, queden estas nuestras letra apostólicas; y mandamos que a sus copias o ejemplares aún impresos, firmados por algún notario público y resguardados por el sello de alguna persona eclesiástica constituida en dignidad, den todos, exactamente el mismo crédito que darían a éstas, si les fuesen presentadas y mostradas.

A nadie, pues, le sea permitido quebrantar esta, página de nuestra declaración, manifestación, y definición, y oponerse a ella y hacer la guerra con osadía temeraria. Mas si alguien presumiese intentar hacerlo, sepa que incurrirá en la indignación de Dios y de los santos apóstoles Pedro y Pablo.

Dado el 8 de diciembre de 1854. Pío IX.