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sábado, 15 de febrero de 2020

EL MODERNISMO DESTRUYE LA VERDADERA NOCION DE LA FE CATOLICA. ENC. PASCENDI GREGIS.



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SU SANTIDAD SAN PÍO X AUTOR DE LA ENCICLICA PASCENDI GREGIS
Nota. Los párrafos encerrados entre corchetes y subrayados en azul solo están para aclarar lo que San Pío X dice, no son palabras de él sino de vuestro servidor.

14. Otro punto hay en esta cuestión de doctrina en abierta contradicción con la verdad católica.
Pues el principio de la experiencia se aplica también a la tradición sostenida hasta aquí por la Iglesia, destruyéndola completamente. A la verdad, por tradición entienden los modernistas cierta comunicación de alguna experiencia original que se hace a otros mediante la predicación y en virtud de la fórmula intelectual; a la cual fórmula atribuyen, además de su fuerza representativa, como dicen, cierto poder sugestivo que se ejerce, ora en el creyente mismo para despertar en él el sentimiento religioso, tal vez dormido, y restaurar la experiencia que alguna vez tuvo; ora sobre los que no creen aún, para crear por vez primera en ellos el sentimiento religioso y producir la experiencia. (No encuentro sencillo para explicar esta aberración de tradición nueva que en nada tiene que ver con la católica, sin embargo tratare de explicarlo mediante un fenómeno natural: la Aurora Boreal Una aurora se produce cuando una eyección de partículas solares cargadas choca con la magnetosfera de la Tierra. Esta «esfera» que nos rodea obedece al campo magnético generado por el núcleo de la Tierra, formada por líneas invisibles que parten de los dos polos, como un imán. Si un sacerdote o seminarista presenta a los fieles desconocedores del tema tratara de decir cómo se produce y porque se origina con pruebas fehacientes hasta lograr su objetivo, que surja un sentimiento como este ¡Que hermoso cuán grande es Dios en sus obras! Pero esto no es fe y menos la tradición CATOLICA) Así es como la experiencia religiosa se va propagando extensamente por los pueblos; no sólo por la predicación en los existentes, más aún en los venideros, tanto por libros cuanto por la transmisión oral de unos a otros.
Pero esta comunicación de experiencias a veces se arraiga y reflorece; a veces envejece al punto y muere. El que reflorezca es para los modernistas un argumento de verdad, ya que toman indistintamente la verdad y la vida. De lo cual colegiremos de nuevo que todas las religiones existentes son verdaderas, (dado que también ellos tienen estas experiencias) pues de otro modo no vivirían.
15. Con lo expuesto hasta aquí, venerables hermanos, tenemos bastante y sobrado para formarnos cabal idea de las relaciones que establecen los modernistas entre la fe y la ciencia, bajo la cual comprenden también la historia.
Ante todo, se ha de asentar que la materia de una está fuera de la materia de la otra y separada de ella (objetivamente hablando Pedro o es Juan y viceversa Pedro esta fuera de Juan y Juan fuera de Pedro). Pues la fe versa únicamente sobre un objeto que la ciencia declara serle incognoscible; de aquí un campo completamente diverso: la ciencia trata de los fenómenos, en los que no hay lugar para la fe; ésta, por lo contrario, se ocupa enteramente de lo divino, que la ciencia desconoce por completo. De donde se saca en conclusión que no hay conflictos posibles entre la ciencia y la fe; porque si cada una se encierra en su esfera, nunca podrán encontrarse ni, por lo tanto, contradecirse.
Si tal vez se objeta a eso que hay en la naturaleza visible ciertas cosas que incumben también a la fe, como la vida humana de Jesucristo, ellos lo negarán. Pues aunque esas cosas se cuenten entre los fenómenos, mas en cuanto las penetra la vida de la fe, y en la manera arriba dicha, la fe las transfigura y desfigura, son arrancadas del mundo sensible y convertidas en materia del orden divino. Así, al que todavía preguntase más, si Jesucristo ha obrado verdaderos milagros y verdaderamente profetizado lo futuro; si verdaderamente resucitó y subió a los cielos: no, contestará la ciencia agnóstica; sí, dirá la fe. Aquí, con todo, no hay contradicción alguna: la negación es del filósofo, que habla a los filósofos y que no mira a Jesucristo sino según la realidad histórica; la afirmación es del creyente, que se dirige a creyentes y que considera la vida de Jesucristo como vivida de nuevo por la fe y en la fe. (Niegan su divinidad o naturaleza divina por donde Jesucristo es hombre y no Dios, cuando los católicos decimos que es Dios y hombre a la vez)
16. A pesar de eso, se engañan muy mucho el que creyese que podía opinar que la fe y la ciencia por ninguna razón se subordinan la una a la otra; de la ciencia sí se podría juzgar de ese modo recta y verdaderamente; mas no de la fe, que, no sólo por una, sino por tres razones está sometida a la ciencia. Pues, en primer lugar, conviene notar que todo cuanto incluye cualquier hecho religioso, quitada su realidad divina y la experiencia que de ella tiene el creyente, todo lo demás, y principalmente las fórmulas religiosas, no sale de la esfera de los fenómenos, y por eso cae bajo el dominio de la ciencia. (Error intencional, es la ciencia la que debe sujetarse a la fe que es lo correcto y no la fe a la ciencia dado que la fe es una virtud sobrenatural infundida por Dios en nuestras almas) Séale lícito al creyente, si le agrada, salir del mundo; pero, no obstante, mientras en él viva, jamás escapará, quiéralo o no, de las leyes, observación y fallos de la ciencia y de la historia.
Además, aunque se ha dicho que Dios es objeto de sola la fe, esto se entiende tratándose de la realidad divina y no de la idea de Dios. Esta se halla sujeta a la ciencia, la cual, filosofando en el orden que se dice lógico, se eleva también a todo lo que es absoluto e ideal. Por lo tanto, la filosofía o la ciencia tienen el derecho de investigar sobre la idea de Dios, de dirigirla en su desenvolvimiento y librarla de todo lo extraño que pueda mezclarse; de aquí el axioma de los modernistas: «la evolución religiosa ha de ajustarse a la moral y a la intelectual»; esto es, como ha dicho uno de sus maestros, «ha de subordinarse a ellas».
Añádase, en fin, que el hombre no sufre en sí la dualidad; por lo cual el creyente experimenta una interna necesidad que le obliga a armonizar la fe con la ciencia, de modo que no disienta de la idea general que la ciencia da de este mundo universo. De lo que se concluye que la ciencia es totalmente independiente de la fe; pero que ésta, por el contrario, aunque se pregone como extraña a la ciencia, debe sometérsele.
Todo lo cual, venerables hermanos, es enteramente contrario a lo que Pío IX, nuestro predecesor, enseñaba cuando dijo: «Es propio de la filosofía, en lo que atañe a la religión, no dominar, sino servir; no prescribir lo que se ha de creer, sino abrazarlo con racional homenaje; no escudriñar la profundidad de los misterios de Dios, sino reverenciarlos pía y humildemente»(9). Los modernistas invierten sencillamente los términos: a los cuales, por consiguiente, puede aplicarse lo que ya Gregorio IX, también predecesor nuestro, escribía de ciertos teólogos de su tiempo: «Algunos entre vosotros, hinchados como odres por el espíritu de la vanidad, se empeñan en traspasar con profanas novedades los términos que fijaron los Padres, inclinando la inteligencia de las páginas sagradas… a la doctrina de la filosofía racional, no fiara algún fprovecho de los oyentes, sino para ostentación de la ciencia… Estos mismos, seducidos por varias y extrañas doctrinas, hacen de la cabeza cola, y fuerzan a la reina a servir a la esclava»(10). La fe, que es la reina, sometida a l ciencia, que es la esclava.  
17. Y todo esto, en verdad, se hará más patente al que considera la conducta de los modernistas, que se acomoda totalmente a sus enseñanzas. Pues muchos de sus escritos y dichos parecen contrarios, de suerte que cualquiera fácilmente reputaría a sus autores como dudosos e inseguros. Pero lo hacen de propósito y con toda consideración, por el principio que sostienen sobre la separación mutua de la fe y de la ciencia. De aquí que tropecemos en sus libros con cosas que los católicos aprueban completamente; mientras que en la siguiente página hay otras que se dirían dictadas por un racionalista. (El ffilosofo modernista es ambiguo y sofista con intención porque maneja a gusto la verdad católica y el error modernista. Como dice san Pío X “dicen una verdad como que Jesucristo es hombre y Dios a la vez lo cual coincide con el sentir católico verdadero, pero a la vuelta de la hoja escriben todo lo contrario) Por consiguiente, cuando escriben de historia no hacen mención de la divinidad de Cristo; pero predicando en los templos la confiesan firmísimamente. Del mismo modo, en las explicaciones de historia no hablan de concilios ni Padres; mas, si enseñan el catecismo, citan honrosamente a unos y otros. De aquí que distingan también la exégesis teológica y pastoral de la científica e histórica.
Igualmente, apoyándose en el principio de que la ciencia de ningún modo depende de la fe, al disertar acerca de la filosofía, historia y crítica, muestran de mil maneras su desprecio de los maestros católicos, Santos Padres, concilios ecuménicos y Magisterio eclesiástico, sin horrorizarse de seguir las huellas de Lutero(11); y si de ello se les reprende, quéjense de que se les quita la libertad.
Confesando, en fin, que la fe ha de subordinarse a la ciencia, a menudo y abiertamente censuran a la Iglesia, porque tercamente se niega a someter y acomodar sus dogmas a las opiniones filosóficas; por lo tanto, desterrada con este fin la teología antigua, pretenden introducir otra nueva que obedezca a los delirios de los filósofos.

jueves, 13 de febrero de 2020

TIEMPOS APOCALIPTICOS IV DE IV.

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La Iglesia quitada, es decir, eclipsada, en el sentido como explica el P. Castellani al referirse a la vuelta de Cristo y a la perdida de la fe: «…porque fe habrá, aunque sean pocos y perseguidos en los últimos tiempos. Pero la fe en este sentido, significa la fe organizada, es decir la Iglesia. La iglesia dice el teólogo Domingo Soto será quitada del medio». (Catecismo para Adultos, ed. Patria Grande, Buenos Aires 1979, p.36).
«En todas las naciones hay grandes catedráticos de la Anti Iglesia, voceros potentes de la impiedad, es decir, la modernista». (Castellani, Los Papeles de Benjamín Benavides, ed. Dictio Buenos Aires 1978, p. 266).
La Anti Iglesia (Modernista actual) es la que persigue y eclipsa a la Iglesia, pues no la puede totalmente destruir, gracias a la promesa las puertas del infierno no prevalecerán, ya que siempre habrá un pequeño rebaño.
La posibilidad de un antipapa o falso Papa por haber perdido la fe en connivencia con el hombre y el mundo no es algo absurdo, ni contra la fe, como algunos equivocadamente piensan o creen. Claro está que un antipapa no es algo nuevo en la historia de la Iglesia, ha habido al menos unos cuarenta y el primer antipapa terminó muriendo mártir, y fue San Hipólito Mártir. Además en nada afecta a la fe ni a la institución divina de la Iglesia un antipapa, pues queda siempre a salvo la institución del Papado, pues los Papas nacen y mueren, pero el Papado y la Iglesia nacen pero no mueren a lo largo de la historia. El error de Lutero fue aplicarle al Papado lo que las Escrituras decían del Anticristo, otra cosa es que un Papa por un misterio de iniquidad claudique en la fe convierta a Roma en sede del Anticristo y se haga un Anticristo, como la Bestia de la Tierra o Pseudoprofeta: «La segunda bestia, una fiera que surge de la tierra como la otra surgió del mar, es decir, de la Iglesia en contraposición al mundo; la cual aunque habla como dragón “tiene dos cuernos semejantes al Cordero”. Esta bestia es la que “actúa” y reduce a la práctica, es decir, ritualiza todo el poder de la otra, dice el Profeta. (...) Esta bestia es pues evidentemente un movimiento religioso, una herejía parecida al Cristianismo, la última herejía, la más nefanda y sutil de todas, la adoración del hombre; en carnada en un genio religioso, una especie de inmenso Lutero, Focio, o Mahoma. (Por el momento esta herejía modernista es la peor de todas las que ha habido en la historia de la Iglesia, es la herejía del lobo con piel de oveja la que “arrojo” a la Iglesia Católica VERDADERA)
Quizá sea un antipapa y los dos cuernos signifiquen la mitra episcopal no lo sabemos». (Ibíd. p.297).
« ¿Será el reinado de un Antipapa, o Papa falso?» se pregunta nuevamente el P. Castellani, (Cristo ¿Vuelve o no Vuelve?, ed. Dictio, Buenos Aires 1976 p.29).
Nada más judaizante como señala el P. Castellani, que esperar un triunfo de la Iglesia sin la Parusía y lamentablemente es la opinión de muchos hoy en día: « pero ¿qué cosa más judaizante que esperar un gran triunfo terreno de la Iglesia antes de la segunda venida de Cristo?». (El Apokalypsis, p. 87).
Igualmente de judaizante es el Ecumenismo: «El punto focal (...) no es otro que esa unificación triunfal el universo (...) la gran fusión de los pueblos en uno y del advenimiento natural de la Restauración Ecuménica. (...) Todo lo que es internacional es de esencia religiosa. (...) Decir esto es decir que todo lo que hoy día es internacional, o es católico o es judaico. Son las dos únicas religiones universales. La masonería es una invención judaica, el islamismo es una herejía judaica». (Cristo ¿Vuelve... , p.289).
«Hoy día, todo lo que es internacional, si no es católico es judío, incluso la francmasonería». (Ibíd. p. 150). «Si admitimos que la pacificación de la Humanidad en una gran familia es un asunto religioso, no quedan para realizarlo sino dos religiones que son internacionales: la Iglesia Católica y la Anti-Iglesia, o sea la Sinagoga. La Iglesia es internacional por divina vocación. La Sinagoga es internacional por divina maldición. La Iglesia y la Sinagoga representan las dos concreciones más fuertes y focales del sentimiento religioso que existen en el mundo. (...) Todas las demás religiones jerárquicas existentes son herejías de estas dos: el mahometismo es una herejía judaica, el protestantismo es una herejía cristiana. Las religiones panteístas del oriente son formas del paganismo, constituyen el sentimiento religioso informe que no ha llegado a realizarse en sociedad religiosa. (...) El bolchevismo tiene raíz judaica, es mesiánico, anticristiano y profetal, y por tanto está en el plano religioso. El ateísmo ruso está informado de un oscuro soplo religioso. Es una forma provisional, representa una etapa, la etapa de la lucha contra las religiones trascendentes. El mismo es una religión inmanente, la religión del hombre divinizado, el reverso del misterio de la encarnación, el Misterio de iniquidad de que hablo San Pablo...». (Ibíd. p. 151-152).
«La naturaleza del comunismo es religiosa y no solamente política. Es una herejía cristiano judaica. Del cristianismo descompuesto en protestantismo tomó Marx la idea obsesiva de justicia social, que no es sino la primera bienaventuranza vuelta loca ("Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos". Esta es la concepción católica de la bienaventuranza) vaciada de su contenido sobrenatural: los pobres deben reinar aquí, reinar políticamente por el mero hecho de ser pobres, como los santos de Oliver Cromwell. Pero el elemento formal de la herejía es judaico: es el mesianismo exasperado y temporal que constituye el fondo amargo de la inmensa alma del Israel deicida a través de los siglos: Construiremos con la fuerza, con la astucia y con la religiosidad unidas un Reino Temporal del Proletariado, que será el Paraíso en la Tierra. Para eso destruiremos primero todo el orden existente, incurablemente inficionado por el mal». (Ibíd. p. 205).
«El comunismo no es un partido; el comunismo es una herejía. Es una de las tres Ranas expelidas por la boca del diablo en los últimos tiempos, que no son otros que los nuestros. Las otras dos ranas, herejías palabreras que repiten siempre la misma canturria y se han convertido en guías de los reyes, es decir, en poderes políticos, son el catolicismo liberal y el modernismo. Estas tres herejías se van a unir por las colas, (cosa admirable, dado que las ranas no tienen cola) contra lo que va quedando de la Iglesia de Cristo, un día que quizá no está lejano». (Ibíd. p. 204).
«El cuá-cuá del liberalismo es “libertad, libertad, libertad”; el cuá – cuá del comunismo es “Justicia social”; el cuá-cuá del modernismo, de donde nacieron los otros y los reunirá un día, podríamos asignarle éste: “Paraíso en Tierra; Dios es el Hombre; el hombre es dios”. ¿Y la “democracia”? Es el coro de las tres juntas: democracia política, democracia social y democracia religiosa: Demó –cantaba la rana, craciá- debajo del río». (Los Papeles, p. 46). La democracia, como lo definió magistral e insuperablemente Nicolás Gómez Dávila, es una religión antropoteísta, no lo olvidemos.



miércoles, 12 de febrero de 2020

FUERTE DECLARACION CONTRA EL MODERNISMO DE UN ARZOBISPO CATOLICO.


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Monseñor Antonio de Castro Mayer
Mis queridos amigos,
Pienso que ustedes, que están ahora en el Ministerio y que quisieron conservar la Tradición, tienen la voluntad de ser sacerdotes como siempre, como lo fueron los santos sacerdotes de antes, todos los santos párrocos y los santos sacerdotes que nosotros mismos pudimos conocer en las parroquias. Ustedes continúan y representan de verdad la Iglesia, la Iglesia Católica. Creo que es necesario convencerse de esto: ustedes representan de verdad la Iglesia Católica. La Iglesia Visible. No que no haya Iglesia fuera nosotros; no se trata de eso. Pero este último tiempo, se nos ha dicho que era necesario que la Tradición entrase en la Iglesia visible. Pienso que se comete allí un error muy, muy grave. ¿Dónde está la Iglesia visible? La Iglesia visible se reconoce por las señales que siempre ha dado para su visibilidad: es una, santa, católica y apostólica. (Estas cuatro notas son el fundamento de la verdadera Iglesia Católica: una por su fundación, Santa por quien la fundo Nuestro Señor Jesucristo. Católica por ser universal en su fe, en sus dogmas, en su doctrina y en su lengua latina. Apostólica porque procede de los discípulos de Nuestro Señor Jesucristo

Les pregunto: ¿dónde están las verdaderas notas de la Iglesia? ¿Están en la Iglesia oficial (no se trata de la Iglesia visible, se trata de la Iglesia oficial,es, decir, la modernista) o en nosotros, en lo que representamos, lo que somos? Queda claro que somos nosotros quienes conservamos la unidad de la fe, que desapareció de la Iglesia oficial lease modernista Un obispo cree en esto, el otro no; la fe es distinta, sus catecismos abominables contienen herejías. ¿Dónde está la unidad de la fe en Roma? ¿Dónde está la unidad de la fe en el mundo? Está en nosotros, quienes la conservamos.

La unidad de la fe realizada en el mundo entero es la catolicidad. Ahora bien, esta unidad de la fe en todo el mundo no existe ya, no hay pues más catolicidad prácticamente. Habrá pronto tantas Iglesias Católicas como obispos y diócesis. Cada uno tiene su manera de ver, de pensar, de predicar, de hacer su catecismo. No hay más catolicidad. ¿La apostolicidad? Rompieron con el pasado, es decir,con la tradición bimilenaria. Si hicieron algo, bien es eso. No quieren saber más del pasado antes del Concilio Vaticano II.

Vean el Motu Proprio del Papa que nos condena, dice bien: “la Tradición viva, esto es Vaticano II”. No es necesario referirse a antes del Vaticano II, eso no significa nada. La Iglesia lleva la Tradición con ella de siglo en siglo. Lo que pasó, pasó, desapareció. Toda la Tradición se encuentra en la Iglesia de hoy. ¿Cuál es esta Tradición? ¿A que está vinculada? ¿Cómo está vinculada con el pasado? Es lo que les permite decir lo contrario de lo que se dijo antes, pretendiendo, al mismo tiempo, guardar por sí solos la Tradición. Es lo que nos pide el Papa: someternos a la Tradición viva. Tendríamos un mal concepto de la Tradición, porque para ellos es viva y, en consecuencia, evolutiva. Pero, es el error modernista: el santo Papa Pió X, en la encíclica “Pascendi”, condena estos términos de “tradición viva”, de “Iglesia viva”, de “fe viva”, etc., en el sentido que los modernistas lo entienden, es decir, de la evolución que depende de las circunstancias históricas. La verdad de la Revelación, la explicación de la Revelación, dependerían de las circunstancias históricas. (He aquí la "tradición viva de los modernistas)

La apostolicidad: nosotros estamos unidos a los Apóstoles por la autoridad. Mi sacerdocio me viene de los Apóstoles; vuestro sacerdocio les viene de los Apóstoles. Somos los hijos de los que nos dieron el episcopado. Mi episcopado desciende del santo Papa Pío V y por él nos remontamos a los Apóstoles. En cuanto a la apostolicidad de la fe, creemos la misma fe que los Apóstoles. No cambiamos nada y no queremos cambiar nada. Y luego, la santidad. No vamos a hacernos cumplidos o alabanzas. Si no queremos considerarnos a nosotros mismos, consideremos a los otros y consideremos los frutos de nuestro apostolado, los frutos de las vocaciones, de nuestras religiosas, de los religiosos y también en las familias cristianas. De buenas y santas familias cristianas germinan gracias a vuestro apostolado. Es un hecho, nadie lo niega. Incluso nuestros visitantes progresistas de Roma constataron bien la buena calidad de nuestro trabajo. Cuando Mgr Perl decía a las hermanas de Saint Pré y a las hermanas de Fanjeaux que es sobre bases como esas que será necesario reconstruir la Iglesia, no es, a pesar de todo, un pequeño cumplido. Todo eso pone de manifiesto que somos nosotros quienes tenemos las notas de la Iglesia visible. Si hay aún una visibilidad de la Iglesia hoy, es gracias ustedes. Estas señales no se encuentran ya en los otros. No hay ya en ellos la unidad de la fe; ahora bien es la fe que es la base de toda visibilidad de la Iglesia. La catolicidad, es la fe una en el espacio. La apostolicidad, es la fe una en el tiempo. La santidad, es el fruto de la fe, que se concreta en las almas por la gracia del Buen Dios, por la gracia de los Sacramentos. Es totalmente falso considerarnos como si no formáramos parte de la Iglesia visible. Es increíble.

Es la Iglesia oficial la que nos rechaza; pero no somos nosotros quienes rechazamos la Iglesia, bien lejos de eso. Al contrario, siempre estamos unidos a la Iglesia Romana e incluso al Papa por supuesto, al sucesor de Pedro. Pienso que es necesario que tengamos esta convicción para no caer en los errores que se está extendiéndose ahora. ¿Salir de la Iglesia?

Por supuesto, se podrá objetársenos: ¿”Es necesario, obligatoriamente, salir de la Iglesia visible para no perder el alma, salir de la sociedad de los fieles unidos al Papa”? No somos nosotros, sino los modernistas quienes salen de la Iglesia. En cuanto a decir “salir de la Iglesia VISIBLE”, es equivocarse asimilando Iglesia oficial a la Iglesia visible. Nosotros pertenecemos bien a la Iglesia visible, a la sociedad de fieles bajo la autoridad del Papa, ya que no rechazamos la autoridad del Papa, sino lo que él hace. Reconocemos bien al Papa a su autoridad, pero cuando se sirve de ella para hacer lo contrario de aquello para lo cual se le ha dado, está claro que no se puede seguirlo.

¿Salir, por lo tanto, de la Iglesia oficial? En cierta medida, ¡sí!, obviamente. Todo el libro del Sr. Madiran “La Herejía del Siglo XX” es la historia de la herejía de los obispos. Es necesario, pues, salir de este medio de los obispos, si no se quiere perder el alma. Pero eso no basta, ya que es en Roma donde se instala la herejía. Si los obispos son herejes (incluso sin tomar este término en el sentido y con las consecuencias canónicas), no es sin la influencia de Roma. Si nos alejamos de esta gente, es absolutamente de la misma manera que con las personas que tienen el SIDA. No se tiene deseo de contraerlo. Ahora bien, tienen el SIDA espiritual, enfermedades contagiosas. Si se quiere guardar la salud, es necesario no ir con ellos.

¡Sí!, el liberalismo y el modernismo se introdujeron en el Concilio y dentro de la Iglesia. Son ideas revolucionarias; y la Revolución, que se encontraba en la sociedad civil, pasó a la Iglesia. El cardenal Ratzinger, por otra parte, no lo oculta: adoptaron ideas, no de Iglesia, sino del mundo y consideran un deber hacerlas entrar en la Iglesia. Ahora bien, las autoridades no cambiaron de una iota sus ideas sobre el Concilio, el liberalismo y el modernismo. Son anti-tradición, tal como debe entenderse y como la Iglesia lo comprende. Eso no entra en su concepción. El suyo es un concepto evolutivo. Están, pues, en contra de esta Tradición fija, en la cual nos mantenemos. Consideramos que todo lo que nos enseña el catecismo nos viene de Nuestro Señor y de los Apóstoles, y que no hay nada que cambiar.

Para ellos, no, todo eso evoluciona y evolucionó con Vaticano II. El término actual de la evolución es Vaticano II. Esta es la razón por la que no podemos vincularnos con Roma. Suceda lo que suceda, debemos seguir como lo hemos hecho, y el Buen Dios nos muestra que siguiendo esta vía, cumplimos con nuestro deber. No negamos la Iglesia Romana. No negamos su existencia, pero no podemos seguir sus directivas. No podemos seguir los principios del Concilio. No podemos vincularnos. Me di cuenta de esta voluntad de Roma de imponernos sus ideas y su manera de ver. El cardenal Ratzinger me decía siempre: “Pero Monseñor, sólo hay una Iglesia, no es necesario hacer una Iglesia paralela”.

¿Cuál es esta Iglesia para él? La Iglesia conciliar, queda claro. Cuando nos dijo explícitamente: “Obviamente, si se les concede este protocolo, algunos privilegios, deberán aceptar también lo que hacemos; y por lo tanto, en la iglesia Saint-Nicolas-du-Chardonnet será necesario decir una nueva misa también todos los domingos”… Ustedes ven que quería traernos a la Iglesia conciliar. No es posible, ya que queda claro que quieren imponernos estas novedades para terminar con la Tradición. No conceden nada por aprecio de la liturgia tradicional, sino simplemente para engañar a aquellos a quienes lo dan y para disminuir nuestra resistencia; insertar una cuña en el bloque tradicional para destruirlo. Es su política, su táctica consciente. No se equivocan, y ustedes conocen las presiones que ejercen…


martes, 11 de febrero de 2020

El MARTIRIO DEL BEATO ANACLETO GONZALES FLORES. M. CRISTEROS

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¡ Reee . . . boozos ! . . . ¡Re . . . boozooos finos! ¡Rebozos. . .!
Pregonando así su mercancía, pasaba un muchacho de cabellera hirsuta, rostro vivo y simpático, una blusa colgante, unos pantalones raídos, y unos zapatos que, por la abertura de la punta, dejaban asomar los dedos, y parecían también gritar: ¡ya no podemos cumplir nuestro oficio! Iba el humilde rebocero, por una calleja de Tepatitlán, pueblo del Estado de Jalisco, cercano a Guadalajara, cargando sobre el hombro una buena docena de los clásicos rebozos mexicanos, que él, con todos los de su familia que podían trabajar, fabricaba en un tallercito instalado en una infecta casa de vecindad, un tugurio estrecho y mal oliente, compuesto escasamente de tres piezas: el taller, la alcoba de toda la familia, la cocina que servía al mismo tiempo de comedor, y un patiecillo donde escarbaban el suelo unas cuantas gallinas.
A la puerta de la casa, y obstruyendo el libre paso por la calle, el jefe de la familia, don Valentín González, a su vuelta de una prisión en las tinajas de San Juan de Ulúa, y los campos de Quintana Roo, había establecido un puesto de fierros viejos y cachivaches de toda especie, con cuya venta, bien escasa por cierto, en un poblacho como aquél, sacaba algunos centavos, con los que ayudaba a lo obtenido en el trabajo de los suyos en el telar de rebocería.
El, viejo y cansado, enfermo de la malaria contraída en Quintana Roo, no podía ya trabajar de otra manera, sino sentado a la puerta de su casa, al rayo del sol, huraño, silencioso y meditabundo, cuidando su viejo bazar, y rumiando en su memoria los recuerdos de otros días más felices.
Nadie, en efecto, podía reconocer en aquel viejo arrugado, amarillo por la fiebre, y tembloroso, al valentón de otros años. Un día en que, casado ya, con la señora María Flores y con una docena de hijos de los cuales el segundo era nuestro rebocero, le había entrado en el majín el imitar al Cura Hidalgo, y hacer otra revolución de independencia, de la llamada entonces dictadura porfirista, en compañía de un grupo de vecinos tan exaltados como él montados todos en unos caballejos de mala muerte, y se le vio salir gritando por las calles de Tepatitlán: ¡Muera el mal Gobierno! El resultado fue que aprehendidos inmediatamente los alborotadores con su jefe, fueron a dar todos a las tinajas de San Juan de Ulúa.
Dejó, pues, don Valentín abandonada a su numerosa familia, y para poder subsistir se entregaron todos a la fabricación de rebozos. El hijo mayor era el jefe del taller y el segundo salía a venderlos por el pueblo y las rancherías de los alrededores.
¡Rebozos. . .! ¡ Reeeeboooo zooos . . . finos . . . ! ¡Re . . . bo . . . zoooos ! . . A la puerta de otra casona de vecindad del pueblo, dos comadres se comunicaban las noticias del día, cuando acertó a pasar junto a ellas el rebocero.
—Cómpreme usted un rebozo, doña Concha. . . —¡Adiós! ¿otro? ¡con el que te compré la semana pasada...! ¿para qué quiero dos?
—Pos entonces usted, doña Pomposa. . . —¿Yo? ¿pos no ves que traigo el mío?. . .¡ Pa lo malos y caros que son los tuyos ! . . . —¡Eso sí que no! No hay en todo Jalisco mejores rebozos que los que hacemos en casa, ni más baratos . . . —No; no, ahora no lo necesito.
—Pos entonces me voy, que tengo, que ir muy lejos, al rancho de doña Mariquita, que me va a comprar uno—. Y diciendo y haciendo, el rebocero continuó su camino, seguido por las miradas cariñosas de las dos comadres.
— ¡Has visto a Anacleto, Pomposa. . .! Dime no más; quien lo oye platicar, ni parece, y apenas se sube en un cajón, la labia tan florida que tiene! . . .
Acababa en efecto de pasar el 16 de septiembre, y en el portalillo de la plaza de Tepatitlán, se había celebrado la fiesta cívica de la patria, y el orador oficial había sido aquel muchacho rebocero, aquel Anacleto González Flores, que llegaría a ser una de las figuras más extraordinarias de la Epopeya Cristera y un mártir de Jesucristo.
No se contentaba Anacleto con el trabajo constante, humilde y saludable para el cuerpo. Tenía un alma ardiente y enamorada de ideales más grandes.
Por lo pronto aprendió uno de esos oficios o arte bella, que pule y eleva los sentimientos delicados del espíritu: la música. Y hétele aquí, que pronto formó parte de la banda del pueblo, la que los domingos y fiestas, en la plaza de Tepatitlán, deleitaba, interrumpiendo la monotonía del trabajo servil, a los buenos vecinos del pueblo. ¡La serenata de los domingos! en que Anacleto, vestido con un limpio y reluciente uniforme, tocaba en el kiosco de la plaza, junto con sus compañeros, esos danzones y polkas tan gustadas en aquellos días por nuestro pueblo, dejó en el ánimo de Anacleto un recuerdo imborrable para toda su vida, y entre pieza y pieza, acodado a la barandilla del kiosco, que fue su primera tribuna, se divertía "chuleando" a las pollas, que perifolladas con el traje dominguero, se las arreglaban admirablemente, para pasar con frecuencia cerca de aquel galán que les echaba las flores más lúcidas de su repertorio literario. Porque Anacleto era también poeta "a natura". La cultura en letras, que parecía tener, la había adquirido el pobre rebocero, en la lectura de los periódicos y revistas de la barbería del pueblo, mientras esperaba su turno para la rapada consabida por el peluquero.
Y en esa lectura había aprendido también, las parrafadas líricas de los discursos que, conociendo sus aficiones, le encomendaba el alcalde del pueblo para amenizar las fiestas oficiales de la patria.
Ya se comprenderá, que con tales maestros, su literatura era un tanto ramplona y cursi. El mismo, con su claro talento, se daba cuenta de ello, y por eso, uno de sus más ardientes deseos era estudiar, ¡estudiar! para saber, y poder hablar como los Lozano, los Urueta, los Moheno, figuras cumbres de la oratoria mexicana de aquellos días; pues las palabras relamidas y untuosas que usaba, bien comprendía que traicionaban sus ímpetus oratorios: no era sólo poeta, era orador "a natura". En resumidas cuentas un verdadero diamante en bruto, que aspiraba al pulimento conveniente, para que pudiese lanzar destellos de luz por todas sus facetas.
Pero el único centro de verdadera cultura en aquella región, era el Seminario de S. Juan de los Lagos, ciudad cercana también a Tepatitlán; y los ojos y el corazón de Anacleto estaban siempre puestos en él. ¡Si yo pudiera ir allá!; ¡si yo pudiera. . .! Mas para eso, tendría que dejar el trabajo con que ayudaba a sus hermanos y a sus padres a solventar las crisis de la vida; y luego, por módica que fuera entonces la pensión de un estudiante, era siempre un pequeño desembolso, que sus padres no podían hacer cómodamente.
No era malo el muchacho, aunque un poco distraído, y sobre todo un galanteador empedernido de cuanta pollita se presentaba a su vista; decidor, alegre, parrandero, de buena presencia, aunque el continuo inclinarse sobre los hilos del taller, le había creado una incipiente joroba hasta merecerle el primer apodo de "el camello" que le pusieron sus compañeros de parranda.
Los grandes entusiasmos que bullían en el fondo de su alma, los había dirigido a conquistar el amor de las mujeres. No que fuera uno de esos que llamamos ahora "fifíes" empalagosos y afeminados; por el contrario, la energía de su carácter, que no lograron nunca debilitar sus incesantes devaneos, se mostraba con tanta frecuencia, que insensiblemente lo hacían ya desde esta época frívola de su vida un verdadero jefe entre sus amigos, que le respetaban y temían, aun entre las efusiones de la amistad y del cariño a que se hacía acreedor por el resto de sus cualidades.
Cierto día, un misionero de Guadalajara fue invitado a dar una misión en el pueblo. Como sucede en estos casos, todo el vecindario católico acudió a la misión, y Anacleto entre ellos, no sólo por seguir la corriente, sino también por esa su afición a oír a los oradores.
Dios se valió de ello para los fines de su Providencia, porque Anacleto salió otro de la misión. Cayó entonces en la cuenta de la seriedad de la vida; de que ésta se nos da para glorificar de algún modo a Dios, y no para pasarla entre placeres y devaneos; se hizo reflexivo, piadoso, y sin disminuir en un ápice lo amable y alegre de su carácter, se resolvió a hacer algo que valiese la pena, por Dios y por la patria, tan necesitada en esos días de hombres de valer, capaces de poner un dique a las malas ideas y la corrupción de las costumbres, que podían llevarnos hasta la apostasía nacional.
Para ello, para encontrar fuerzas y luz en la empresa, que sentía como un llamamiento o vocación de Dios, hizo el propósito de asistir cotidianamente al Santo Sacrificio, y comulgar con frecuencia; propósito que nunca más dejó de cumplir.

sábado, 8 de febrero de 2020

CARTA A LOS CATÓLICOS PERPLEJOS



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Escuela Mixta
EL MODERNISMO DESTRUYE LAS ESCUELAS CATOLICAS

Pío IX llamó a esto "delirio" y "una libertad de perdición". León XIII condenó el indiferentismo del Estado en materia religiosa. ¿Ya no es cierto lo que era válido en aquella época? No se puede afirmar la libertad de todas las comunidades religiosas de la sociedad humana, sin otorgar igualmente la libertad moral a esas comunidades. El islamismo admite la poligamia, los protestantes tienen según las iglesias, posiciones más o menos laxistas sobre la indisolubilidad de los vínculos conyugales y sobre la anticoncepción. .. Así desaparece el criterio del bien y de mal. En Europa, el aborto ya no está prohibido por la ley más que en la Irlanda católica. No es posible que la Iglesia de Dios cubra de alguna manera estos excesos al afirmar la libertad religiosa. Otra consecuencia: las escuelas libres. El Estado ya no puede comprender que existan escuelas católicas ni que estas representen la mayor parte del sector de la enseñanza privada. Como se ha visto recientemente, el Estado las coloca en el mismo plano que las escuelas fundadas por diversas sectas y dice: "Si os permitimos existir, debemos proceder de la mismo manera con Moon y con todas las otras comunidades de esta índole que tienen tan mala reputación". ¡Y ahora la Iglesia no tiene argumentos que oponer! El gobierno socialista ha sacado muy buen partido de la declaración sobre la libertad religiosa. De conformidad con el mismo principio, se pensó en fusionar escuelas católicas con otras ¡siempre que éstas observen el derecho natural! Otras escuelas católicas están abiertas para niños de cualquier religión y algunas se jactan de tener más alumnos musulmanes que cristianos. De esta manera la Iglesia, al aceptar una situación jurídica común en las sociedades civiles, corre el riesgo de convertirse en una secta entre otras. Corre el peligro de desaparecer pues es evidente que la verdad no puede dar sus derechos al error sin renegar de sí misma. Las escuelas libres adoptaron en Francia para hacer manifestaciones en las calles un himno muy hermoso cuyas palabras empero revelan el contagio de este detestable espíritu: "Libertad, tú eres la única verdad". La libertad considerada como un bien absoluto es quimérica. Aplicada al orden religioso conduce al relativismo doctrinal y a la indiferencia práctica. Los católicos perplejos deben aferrarse a las palabras de Cristo que cité antes: "La verdad os hará libres".
Resumamos. La nueva religión, en todos sus aspectos, choca al buen sentido cristiano. El católico está expuesto a una desacralización general; se lo han cambiado todo, todo está adaptado. Le han dado a entender que todas las religiones aportan la salvación, que la Iglesia acoge indistintamente a los cristianos separados y aun al conjunto de creyentes que se inclinan ante Buda o ante Krishna. Se le explica que los clérigos y los laicos son miembros iguales del "pueblo de Dios" hasta el punto de que ciertos laicos designados para cumplir determinadas funciones asumen las tareas clericales (se los ve celebrar solos los entierros y administrar el viático a los enfermos) en tanto que los religiosos asumen las tareas de los laicos. Se visten como ellos, van a trabajar a fábricas, se afilian a los sindicatos, hacen política. El nuevo derecho canónico fortalece esta concepción. Confiere prerrogativas inéditas a los fieles al reducir la diferencia entre éstos y los sacerdotes y al instituir lo que se llaman "derechos": teólogos laicos pueden ocupar cátedras de teología en las universidades católicas, los fieles participan en el culto divino en funciones (que estaban reservadas antes a ciertas órdenes menores) y en la administración de ciertos sacramentos; distribuyen la comunión, comparten el testimonio ministerial en las ceremonias nupciales. Por otra parte, se lee que la Iglesia de Dios "subsiste" en la Iglesia católica, fórmula sospechosa, pues la doctrina de siempre enseña que la Iglesia de Dios es la Iglesia católica. Si se considera esta fórmula reciente, parecería que las comunidades protestantes y ortodoxas forman también parte de ella, lo cual es falso puesto que esas comunidades están separadas de la única Iglesia fundada por Jesucristo: Credo in unam sactam Ecclesiam. El nuevo derecho canónico fue redactado con tal prisa y confusión que habiéndose promulgado en enero de 1983, en noviembre del mismo año ya tenía ciento catorce modificaciones. Esto también desconcierta al cristiano que tenía la costumbre de remitirse a la legislación eclesiástica como a algo fijo. Si un padre de familia se preocupa por educar bien a sus hijos, sea él mismo un practicante asiduo o esté alejado de la práctica de los sacramentos, experimentará muchas decepciones. En numerosos casos, las escuelas católicas adoptaron el régimen mixto, en ellas se imparte educación sexual, la enseñanza religiosa desaparece en las clases importantes y no es raro encontrar profesores de orientación socialista si no ya comunista. En un asunto que hizo mucho ruido en el oeste de Francia, uno de esos educadores, eliminado por los padres de los alumnos y luego reintegrado por la dirección diocesana, exponía así su defensa: "Seis meses después de haber vuelto a Notre-Dame, el padre de un alumno quiso separarme simplemente porque al comienzo del año me había presentado desde todos los puntos de vista político (de izquierda), social, religioso... Según ese padre no era posible ser profesor de filosofía y socialista en un establecimiento privado".
Veamos otro caso que ocurrió en el norte de Francia: un nuevo director es nombrado en una escuela por la dirección diocesana; al cabo de un tiempo los padres advierten que el hombre milita en un sindicato de izquierda, que se trata de un sacerdote reducido al estado laico y casado, que sus hijos no parecen haber sido bautizados. En Navidad, organiza una fiesta para los alumnos y los padres con la participación del Socorro Popular que es, como se sabe, una organización comunista. Entonces los católicos de buena voluntad se preguntan si vale la pena hacer esfuerzos para que sus hijos asistan a la escuela libre. En un establecimiento para señoritas del centro de París, la catequista se presenta una mañana con el capellán de Fresnes, a quien acompaña un joven preso de dieciocho años. Se explica a las alumnas que los presos se sienten muy solos, que tienen necesidad de afecto, de contactos con el exterior y de correspondencia. Si alguna de las alumnas quiere convertirse en madrina, puede dar su nombre y su dirección. Pero sobre todo no hay que decir nada de esto a los padres, pues ellos no comprenden esas cosas; éste debe ser un asunto sólo de jóvenes. En otro lugar, una maestra recibió una reprimenda de parte de un grupo de padres por haber hecho aprender a sus alumnos fórmulas del catecismo y del Avemaría. El obispo la apoyó, lo cual parece lo más normal del mundo, pero es tan poco habitual que su carta fue reproducida en La Famille éducatrice y el incidente adquirió las dimensiones de un acontecimiento.



jueves, 6 de febrero de 2020

EL MODERNISMO ES UN CANCER MALIGNO DENTRO DE LA IGLESIA, ENC. PASCENDI GREGIS


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9. No hemos visto hasta aquí, venerables hermanos, que den cabida alguna a la inteligencia; pero, según la doctrina de los modernistas, tiene también su parte en el acto de fe, y así conviene notar de qué modo.
En aquel sentimiento, dicen, del que repetidas veces hemos hablado, porque es sentimiento y no conocimiento, (el alma humana tiene dos movimientos o acciones que son la inteligencia (dedicada al conocimiento objetivo de las cosas que la rodean entre otras funciones) y la voluntad; decir que el sentimiento corresponde a la parte intelectual del hombre es como afirmar que el círculo es cuadrado. Luego al no formar parte de esta lo será de la voluntad cuya función es es la facultad que permite al ser humano gobernar sus actos, decidir con libertad y optar por un tipo de conducta determinado).  Dios, ciertamente, se presenta al hombre como objeto de la inteligencia o conocimiento y no como sujeto; pero, como es sentimiento de la voluntad y no conocimiento (Dios Nuestro Señor, en su sabiduría divina doto al alma humana de inteligencia y voluntad las dos se complementan muy bien pues la inteligencia como son los ojos del cuerpo que es la voluntad), se presenta tan confusa e implicadamente que apenas o de ningún modo se distingue del sujeto que cree. Es preciso, pues, que el sentimiento se ilumine con alguna luz para que así Dios resalte y se distinga. Esto pertenece a la inteligencia, cuyo oficio propio es el pensar y analizar, y que sirve al hombre para traducir, primero en representaciones y después en palabras, los fenómenos vitales que en él se producen. De aquí la expresión tan vulgar ya entre los modernistas: «el hombre religioso debe pensar su fe».
La inteligencia, pues, superponiéndose a tal sentimiento, se inclina hacia él, y trabaja sobre él como un pintor que, en un cuadro viejo, vuelve a señalar y a hacer que resalten las líneas del antiguo dibujo: casi de este modo lo explica uno de los maestros modernistas. En este proceso la mente obra de dos modos: primero, con un acto natural y espontáneo traduce las cosas en una aserción simple y vulgar; después, refleja y profundamente, o como dicen, elaborando el pensamiento, interpreta lo pensado con sentencias secundarias, derivadas de aquella primera fórmula tan sencilla, pero ya más limadas y más precisas. Estas fórmulas secundarias, una vez sancionadas por el magisterio supremo de la Iglesia, formarán el dogma.
10. Ya hemos llegado en la doctrina modernista a uno de los puntos principales, al origen y naturaleza del dogma. Este, según ellos, tiene su origen en aquellas primitivas fórmulas simples que son necesarias en cierto modo a la fe, porque la revelación, para existir, supone en la conciencia alguna noticia manifiesta de Dios. Más parecen afirmar que el dogma mismo está contenido propiamente en las fórmulas secundarias (de las que hablo más arriba).
Para entender su naturaleza es preciso, ante todo, inquirir qué relación existe entre las fórmulas religiosas y el sentimiento religioso del ánimo. No será difícil descubrirlo si se tiene en cuenta que el fin de tales fórmulas no es otro que proporcionar al creyente el modo de darse razón de su fe. Por lo tanto, son intermedias entre el creyente y su fe: con relación a la fe, son signos inadecuados de su objeto, vulgarmente llamados símbolos; con relación al creyente, son meros instrumentos. Mas no se sigue en modo alguno que pueda deducirse que encierren una verdad absoluta; pues, como símbolos, son imágenes de la verdad no realidades, y, por lo tanto, han de acomodarse al sentimiento (de donde se deriva la religión del sentimentalismo sujeto al capricho humano)  religioso, en cuanto éste se refiere al hombre; como instrumentos, son vehículos de la verdad y, en consecuencia, tendrán que acomodarse, a su vez, al hombre en cuanto se relaciona con el sentimiento religioso. Mas el objeto del sentimiento religioso, por hallarse contenido en lo absoluto, tiene infinitos aspectos, que pueden aparecer sucesivamente, ora uno, ora otro. A su vez, el hombre, al creer, puede estar en condiciones que pueden ser muy diversas. Por lo tanto, las fórmulas que llamamos dogma se hallarán expuestas a las mismas vicisitudes, y, por consiguiente, sujetas a mutación. Así queda expedito el camino hacia la evolución íntima del dogma. (Tan pregonado hoy en día)
¡Cúmulo, en verdad, infinito de sofismas, con que se resquebraja y se destruye toda la religión!
11. No sólo puede desenvolverse y cambiar el dogma, sino que debe; tal es la tesis fundamental de los modernistas, que, por otra parte, fluye de sus principios.
Pues tienen por una doctrina de las más capitales en su sistema y que infieren del principio de la inmanencia vital, que las fórmulas religiosas, para que sean verdaderamente religiosas, y no meras especulaciones del entendimiento, han de ser vitales y han de vivir la vida misma del sentimiento religioso. Ello no se ha de entender como si esas fórmulas, sobre todo si son puramente imaginativas, hayan sido inventadas para reemplazar al sentimiento religioso, pues su origen, número y, hasta cierto punto, su calidad misma, importan muy poco; lo que importa es que el sentimiento religioso, después de haberlas modificado convenientemente, si lo necesitan, se las asimile vitalmente. Es tanto como decir que es preciso que el corazón acepte y sancione la fórmula primitiva y que asimismo sea dirigido el trabajo del corazón, con que se engendran las fórmulas secundarias. De donde proviene que dichas fórmulas, para que sean vitales, deben ser y quedar asimiladas al creyente y a su fe. Y cuando, por cualquier motivo, cese esta adaptación, pierden su contenido primitivo, y no habrá otro remedio que cambiarlas.
Dado el carácter tan precario e inestable de las fórmulas dogmáticas se comprende bien que los modernistas las menosprecien y tengan por cosa de risa; mientras, por lo contrario, nada nombran y enlazan sino el sentimiento religioso, la vida religiosa. Por eso censuran audazmente a la Iglesia como si equivocara el camino, porque no distingue en modo alguno entre la significación material de las fórmulas y el impulso religioso y moral, y porque adhiriéndose, tan tenaz como estérilmente, a fórmulas desprovistas de contenido, es ella la que permite que la misma religión se arruine.
Ciegos, ciertamente, y conductores de ciegos, que, inflados con el soberbio nombre de la ciencia, llevan su locura hasta pervertir el eterno concepto de la verdad, a la par que la genuina naturaleza del sentimiento religioso: para ello han fabricado un sistema «en el cual, bajo el impulso de un amor audaz y desenfrenado de novedades (y apacionado) , no buscan dónde ciertamente se halla la verdad y, despreciando las santas y apostólicas tradiciones, abrazan otras doctrinas vanas, fútiles, inciertas y no aprobadas por la Iglesia, sobre las cuales —hombres vanísimos— pretenden fundar y afirmar la misma verdad(8). (De este “deseo desenfrenado” de oir novedades, San Pablo le dice a San Timoteo: “pues vendrán tiempos en que no sufrirán o soportaran la sana doctrina: antes, por el prurito de oír, se amontonaran maestros conforme a sus pasiones, y apartaran sus oídos de la verdad para volverlos a las fabulas” Thim. 4. 3 y 4) Tal es, venerables hermanos, el modernista como filósofo.
12. Si, pasando al “creyente”, (se refiere al fiel o a la fiel) se desea saber en qué se distingue, en el mismo modernista, el creyente del filósofo, es necesario advertir una cosa, y es que el filósofo admite, sí, la realidad de lo divino como objeto de la fe (no como algo fuera de él, como objeto propiamente hablando según la Escolástica); pero esta realidad no la encuentra sino en el alma misma del creyente, en cuanto es objeto de su sentimiento y de su afirmación: por lo tanto, no sale del mundo de los fenómenos. Si aquella realidad existe en sí fuera del sentimiento y de la afirmación antes dichos, es cosa que el filósofo pasa por alto y desprecia. Para el modernista creyente, por lo contrario, es firme y cierto que la realidad de lo divino existe en sí misma con entera independencia del creyente. Y si se pregunta en qué se apoya, finalmente, esta certeza del creyente, responden los modernistas: en la experiencia singular de cada hombre.   (Mucho cuidado no porque Dios la revela y a quien damos nuestro asentimiento que es distinto de sentimiento sino por la experiencia, experiencia de qué? A que hace referencia esta experiencia, a los años dentro del modernismo? A la experiencia de los años de cada persona? No específica a que experiencia.)
13. Con cuya afirmación, mientras se separan de los racionalistas, caen en la opinión de los protestantes y seudomísticos.
Véase, pues, su explicación. En el sentimiento religioso se descubre una cierta intuición del corazón; (Se trata de una intuición humana que sale de sí misma sin la acción de la gracia divina porque si la gracia actuara ya no sería intuición)  merced a la cual, y sin necesidad de medio alguno llámese la gracia por ejemplo, alcanza el hombre la realidad de Dios, (pero siempre dentro de un acto puramente humano así como el pagano cree que Dios existe por donde la creencia en Dios siempre será imperfecta porque a este acto no lo acompaño la gracia divina o algún otro medio sobrenatural), y tal persuasión de la existencia de Dios y de su acción, dentro y fuera del ser humano, que supera con mucho a toda persuasión científica. Lo cual es una verdadera experiencia, y superior a cualquiera otra racional; y si alguno, como acaece con los racionalistas, la niega, es simplemente, dicen, porque rehúsa colocarse en las condiciones morales requeridas para que aquélla se produzca. Y tal experiencia es la que hace verdadera y propiamente creyente al que la ha conseguido.  (Y, que pasa con quienes no la consiguieron porque al parecer esta experiencia no es como la gracia divina la cual Dios la da gratuitamente a quien se la pida?)
¡Cuánto dista todo esto de los principios católicos! Semejantes quimeras las vimos ya reprobadas por el concilio Vaticano.
Cómo franquean la puerta del ateísmo, una vez admitidas juntamente con los otros errores mencionados, lo diremos más adelante. Desde luego, es bueno advertir que de esta doctrina de la experiencia, unida a la otra del simbolismo, se infiere la verdad de toda religión, sin exceptuar el paganismo. Pues qué, ¿no se encuentran en todas las religiones experiencias de este género? Muchos lo afirman. Luego ¿con qué derecho los modernistas negarán la verdad de la experiencia que afirma el turco, y atribuirán sólo a los católicos las experiencias verdaderas? Aunque, cierto, no las niegan; más aún, los unos veladamente y los otros sin rebozo, tienen por verdaderas todas las religiones. Y es manifiesto que no pueden opinar de otra suerte, pues establecidos sus principios, ¿por qué causa argüirían de falsedad a una religión cualquiera? No por otra, ciertamente, que por la falsedad del sentimiento religioso o de la fórmula brotada del entendimiento. Mas el sentimiento religioso es siempre y en todas partes el mismo, aunque en ocasiones tal vez menos perfecto; cuanto a la fórmula del entendimiento, lo único que se exige para su verdad es que responda al sentimiento religioso y al hombre creyente, cualquiera que sea la capacidad de su ingenio. Todo lo más que en esta oposición de religiones podrían acaso defender los modernistas es que la católica, por tener más vida, posee más verdad, y que es más digna del nombre cristiano porque responde con mayor plenitud a los orígenes del cristianismo.
Nadie, puestas las precedentes premisas, considerará absurda ninguna de estas conclusiones. Lo que produce profundo estupor es que católicos, que sacerdotes a quienes horrorizan, según Nos queremos pensar, tales monstruosidades, se conduzcan, sin embargo, como si de lleno las aprobasen; pues tales son las alabanzas que prodigan a los mantenedores de esos errores, tales los honores que públicamente les tributan, que hacen creer fácilmente que lo que pretenden honrar no son las personas, merecedoras acaso de alguna consideración, sino más bien los errores que a las claras profesan y que se empeñan con todas veras en esparcir entre el vulgo.


miércoles, 5 de febrero de 2020

TRATADO DE LA CONFIANZA CRISTIANA CONTRA EL ESPIRITU DE PESIMISMO Y DESCONFIANZA Y CONTRA EL TEMOR EXCESIVO.

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CAPITULO PRIMERO.
   La poca confianza en Dios causa grandísimos males a las almas que quieren progresar en las en las virtudes cristianas.
I. Cuáles son estos males en general.
   Una viva confianza en Dios es un manantial de toda suerte de bienes. Ella arraiga, mantiene y fortifica todas las virtudes, endulza las penas, debilita todas las tentaciones: es un fecundo origen de toda especie de obras buenas, es como un paraíso de bendición y un modelo de la bienaventuranza anticipada. “Bendito el hombre, dice el profeta Jeremías[i], que pone su confianza en el Señor, y de quien el Señor es la esperanza. El será semejante a un árbol trasplantado a la orilla de las aguas, el cual extiende sus raíces hacia el agua que la humedece, y no temerá el calor venga el estío. Su hoja se mantendrá siempre verde; no tendrá pena en el tiempo de sequedad, y no dejará jamás de dar fruto”
   La falta de esta confianza es por el contrario un manantial de un sin número de males: enflaquecen las virtudes, llena al alma de penas y amarguras, excita y fortifica todas las tentaciones, impide el hacer buenas obras, y muchas veces viene a ser como una especie de infierno anticipado. Por esto San Bernardo no teme decir que la desconfianza es el mayor estorbo que podemos poner a nuestra salvación.
   2. Es fácil que la poca confianza en la bondad de Dioses un estorbo para la virtud, para el espíritu de la oración, para el espíritu de reconocimiento, y para el amor de Dios; que a más de esto, es origen de las más molestas tentaciones, robando al alma la paz que le es tan recomendada y es tan necesaria para cumplir todas sus




[i] Jerem., xvii, 7-8      (Bienaventurado el varón que confía en Yahvé y en él pone su confianza. Será como un árbol plantado a la vera de las aguas que echa sus raíces asía la corriente y no teme la venida del calor, conserva su follaje verde, en año de sequía no se inquieta y no deja de dar fruto)


 obligaciones. Se verá en seguida de este capítulo la verdad de todo lo que se acaba de decir.
II. La poca confianza en Dios es un gran estorbo para la verdadera virtud
   Una confianza siempre débil y tímida hace la virtud tremola e inconstante. Y semejante virtud a cada paso se detiene con  las pequeñas cosas, se entibia con los menores contratiempos y se desanima con las más ligeras contradicciones. Es preciso a cada paso darle la mano para sustentarla; y luego que le falta un guía exterior y apoyo visible, se intimida, se cansa y está siempre pronta a caer. Ella se mantiene siempre en una especie de infancia, en la cual no toma otro alimento que la leche: otro más fuerte y más sólido que fortalezca a los demás, la ahogaría. Con esta inercia y flaqueza, que debería ser más vergonzosa en la vida espiritual que en la corporal, se queda incapaz para siempre de aquellas acciones de virtud que necesitan de poca fortaleza y de valor.
2. Un alma en este estado no puede aprovecharse de los motivos de temor, porque se encuentra oprimida de ellos. También saca poco provecho de los motivos de confianza, porque no causan en ella  sino impresiones muy ligeras. Respecto a los sacramentos en cuanto a su reverencia, se llena de turbación y escrúpulo. Las exhortaciones a penitencia y compunción más le perjudican que le aprovechan porque todo lo recrimina; y en vez de encontrar en estos, como en lo demás, motivos de fervor, solo ve razones para reprenderse con una severidad que la oprime el corazón. Si cae, como no es difícil que suceda, en algunas faltas un poco más considerables que las que se hacen sin saber, la represión que le da su conciencia, la pone en tal consternación, y después en una especie de desaliento, que en vez de procurar humillarse delante de Dios con un dolor tranquilo que le haga sacar provecho de sus mismas faltas, la turba y le quita el gusto de los ejercicios devotos; lo cual puede tener funestísimas consecuencias.
III. Es un estorbo para la oración.
   1. La esperanza es el manantial del que nace toda oración cristiana; pero el riachuelo no puede correr a proporción de la abundancia y plenitud del manantial. Una esperanza tímida y trémula, hacen las oraciones que de ella nacen tímidas y trémulas, y por consiguiente incapaces de alcanzar mucho.
El apóstol Santiago nos manda, que pidamos a Dios las virtudes que necesitamos, sin dudar nada ni titubear: “El que duda y titubea ,añade, es semejante a la ola del mar, que es agitada  y llevada de aquí para allá por los vientos. Luego, concluye este santo apóstol, no tiene que imaginarse que conseguirá alguna cosa del Señor.” Al parecer todo se espera de Dios, pues se le pide y se le ruega; y parece que nada se espera o casi nada, pues se titubea con la desconfianza.
   2. También se ve gran número de cristianos que establecen como una obligación capital orar, y aún orar mucho. ¡Pero cuán pocos se hallan que oren y supliquen con aquella fe y confianza a la cual Jesucristo lo ha prometido todo, y que recomienda a todos! “Cualquier cosa que pidáis en la oración, creed que la conseguisteis y se os dará.” Nosotros oramos muchas veces, hacemos oraciones largas; pero mil pensamientos nos vienen a intimidar. Hacemos débiles esfuerzos para salir de nosotros mismos, en donde no encontramos sino toda especie de miserias, y tratar elevarnos hasta el origen de todo bien; pero inmediatamente volvemos dentro de nuestras propias miserias debido al peso de nuestra flaqueza, y mucho más por nuestra desconfianza. Y es muy probable, aunque la mayor bondad de la criatura comparada con la de Dios solo sea malicia, es muy posible que acudamos a este amigo rico, experimentado con tal confianza que aquella que no le tenemos a Dios  aún en las necesidades espirituales, no obstante que nos manda y nos convida Él mismo a que vayamos a Él como a nuestro Padre. Tanto como esto son indignas de Dios nuestras oraciones, y nuestra confianza injuriosa a la ternura del Padre.