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sábado, 8 de febrero de 2020

CARTA A LOS CATÓLICOS PERPLEJOS



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Escuela Mixta
EL MODERNISMO DESTRUYE LAS ESCUELAS CATOLICAS

Pío IX llamó a esto "delirio" y "una libertad de perdición". León XIII condenó el indiferentismo del Estado en materia religiosa. ¿Ya no es cierto lo que era válido en aquella época? No se puede afirmar la libertad de todas las comunidades religiosas de la sociedad humana, sin otorgar igualmente la libertad moral a esas comunidades. El islamismo admite la poligamia, los protestantes tienen según las iglesias, posiciones más o menos laxistas sobre la indisolubilidad de los vínculos conyugales y sobre la anticoncepción. .. Así desaparece el criterio del bien y de mal. En Europa, el aborto ya no está prohibido por la ley más que en la Irlanda católica. No es posible que la Iglesia de Dios cubra de alguna manera estos excesos al afirmar la libertad religiosa. Otra consecuencia: las escuelas libres. El Estado ya no puede comprender que existan escuelas católicas ni que estas representen la mayor parte del sector de la enseñanza privada. Como se ha visto recientemente, el Estado las coloca en el mismo plano que las escuelas fundadas por diversas sectas y dice: "Si os permitimos existir, debemos proceder de la mismo manera con Moon y con todas las otras comunidades de esta índole que tienen tan mala reputación". ¡Y ahora la Iglesia no tiene argumentos que oponer! El gobierno socialista ha sacado muy buen partido de la declaración sobre la libertad religiosa. De conformidad con el mismo principio, se pensó en fusionar escuelas católicas con otras ¡siempre que éstas observen el derecho natural! Otras escuelas católicas están abiertas para niños de cualquier religión y algunas se jactan de tener más alumnos musulmanes que cristianos. De esta manera la Iglesia, al aceptar una situación jurídica común en las sociedades civiles, corre el riesgo de convertirse en una secta entre otras. Corre el peligro de desaparecer pues es evidente que la verdad no puede dar sus derechos al error sin renegar de sí misma. Las escuelas libres adoptaron en Francia para hacer manifestaciones en las calles un himno muy hermoso cuyas palabras empero revelan el contagio de este detestable espíritu: "Libertad, tú eres la única verdad". La libertad considerada como un bien absoluto es quimérica. Aplicada al orden religioso conduce al relativismo doctrinal y a la indiferencia práctica. Los católicos perplejos deben aferrarse a las palabras de Cristo que cité antes: "La verdad os hará libres".
Resumamos. La nueva religión, en todos sus aspectos, choca al buen sentido cristiano. El católico está expuesto a una desacralización general; se lo han cambiado todo, todo está adaptado. Le han dado a entender que todas las religiones aportan la salvación, que la Iglesia acoge indistintamente a los cristianos separados y aun al conjunto de creyentes que se inclinan ante Buda o ante Krishna. Se le explica que los clérigos y los laicos son miembros iguales del "pueblo de Dios" hasta el punto de que ciertos laicos designados para cumplir determinadas funciones asumen las tareas clericales (se los ve celebrar solos los entierros y administrar el viático a los enfermos) en tanto que los religiosos asumen las tareas de los laicos. Se visten como ellos, van a trabajar a fábricas, se afilian a los sindicatos, hacen política. El nuevo derecho canónico fortalece esta concepción. Confiere prerrogativas inéditas a los fieles al reducir la diferencia entre éstos y los sacerdotes y al instituir lo que se llaman "derechos": teólogos laicos pueden ocupar cátedras de teología en las universidades católicas, los fieles participan en el culto divino en funciones (que estaban reservadas antes a ciertas órdenes menores) y en la administración de ciertos sacramentos; distribuyen la comunión, comparten el testimonio ministerial en las ceremonias nupciales. Por otra parte, se lee que la Iglesia de Dios "subsiste" en la Iglesia católica, fórmula sospechosa, pues la doctrina de siempre enseña que la Iglesia de Dios es la Iglesia católica. Si se considera esta fórmula reciente, parecería que las comunidades protestantes y ortodoxas forman también parte de ella, lo cual es falso puesto que esas comunidades están separadas de la única Iglesia fundada por Jesucristo: Credo in unam sactam Ecclesiam. El nuevo derecho canónico fue redactado con tal prisa y confusión que habiéndose promulgado en enero de 1983, en noviembre del mismo año ya tenía ciento catorce modificaciones. Esto también desconcierta al cristiano que tenía la costumbre de remitirse a la legislación eclesiástica como a algo fijo. Si un padre de familia se preocupa por educar bien a sus hijos, sea él mismo un practicante asiduo o esté alejado de la práctica de los sacramentos, experimentará muchas decepciones. En numerosos casos, las escuelas católicas adoptaron el régimen mixto, en ellas se imparte educación sexual, la enseñanza religiosa desaparece en las clases importantes y no es raro encontrar profesores de orientación socialista si no ya comunista. En un asunto que hizo mucho ruido en el oeste de Francia, uno de esos educadores, eliminado por los padres de los alumnos y luego reintegrado por la dirección diocesana, exponía así su defensa: "Seis meses después de haber vuelto a Notre-Dame, el padre de un alumno quiso separarme simplemente porque al comienzo del año me había presentado desde todos los puntos de vista político (de izquierda), social, religioso... Según ese padre no era posible ser profesor de filosofía y socialista en un establecimiento privado".
Veamos otro caso que ocurrió en el norte de Francia: un nuevo director es nombrado en una escuela por la dirección diocesana; al cabo de un tiempo los padres advierten que el hombre milita en un sindicato de izquierda, que se trata de un sacerdote reducido al estado laico y casado, que sus hijos no parecen haber sido bautizados. En Navidad, organiza una fiesta para los alumnos y los padres con la participación del Socorro Popular que es, como se sabe, una organización comunista. Entonces los católicos de buena voluntad se preguntan si vale la pena hacer esfuerzos para que sus hijos asistan a la escuela libre. En un establecimiento para señoritas del centro de París, la catequista se presenta una mañana con el capellán de Fresnes, a quien acompaña un joven preso de dieciocho años. Se explica a las alumnas que los presos se sienten muy solos, que tienen necesidad de afecto, de contactos con el exterior y de correspondencia. Si alguna de las alumnas quiere convertirse en madrina, puede dar su nombre y su dirección. Pero sobre todo no hay que decir nada de esto a los padres, pues ellos no comprenden esas cosas; éste debe ser un asunto sólo de jóvenes. En otro lugar, una maestra recibió una reprimenda de parte de un grupo de padres por haber hecho aprender a sus alumnos fórmulas del catecismo y del Avemaría. El obispo la apoyó, lo cual parece lo más normal del mundo, pero es tan poco habitual que su carta fue reproducida en La Famille éducatrice y el incidente adquirió las dimensiones de un acontecimiento.



jueves, 6 de febrero de 2020

EL MODERNISMO ES UN CANCER MALIGNO DENTRO DE LA IGLESIA, ENC. PASCENDI GREGIS


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9. No hemos visto hasta aquí, venerables hermanos, que den cabida alguna a la inteligencia; pero, según la doctrina de los modernistas, tiene también su parte en el acto de fe, y así conviene notar de qué modo.
En aquel sentimiento, dicen, del que repetidas veces hemos hablado, porque es sentimiento y no conocimiento, (el alma humana tiene dos movimientos o acciones que son la inteligencia (dedicada al conocimiento objetivo de las cosas que la rodean entre otras funciones) y la voluntad; decir que el sentimiento corresponde a la parte intelectual del hombre es como afirmar que el círculo es cuadrado. Luego al no formar parte de esta lo será de la voluntad cuya función es es la facultad que permite al ser humano gobernar sus actos, decidir con libertad y optar por un tipo de conducta determinado).  Dios, ciertamente, se presenta al hombre como objeto de la inteligencia o conocimiento y no como sujeto; pero, como es sentimiento de la voluntad y no conocimiento (Dios Nuestro Señor, en su sabiduría divina doto al alma humana de inteligencia y voluntad las dos se complementan muy bien pues la inteligencia como son los ojos del cuerpo que es la voluntad), se presenta tan confusa e implicadamente que apenas o de ningún modo se distingue del sujeto que cree. Es preciso, pues, que el sentimiento se ilumine con alguna luz para que así Dios resalte y se distinga. Esto pertenece a la inteligencia, cuyo oficio propio es el pensar y analizar, y que sirve al hombre para traducir, primero en representaciones y después en palabras, los fenómenos vitales que en él se producen. De aquí la expresión tan vulgar ya entre los modernistas: «el hombre religioso debe pensar su fe».
La inteligencia, pues, superponiéndose a tal sentimiento, se inclina hacia él, y trabaja sobre él como un pintor que, en un cuadro viejo, vuelve a señalar y a hacer que resalten las líneas del antiguo dibujo: casi de este modo lo explica uno de los maestros modernistas. En este proceso la mente obra de dos modos: primero, con un acto natural y espontáneo traduce las cosas en una aserción simple y vulgar; después, refleja y profundamente, o como dicen, elaborando el pensamiento, interpreta lo pensado con sentencias secundarias, derivadas de aquella primera fórmula tan sencilla, pero ya más limadas y más precisas. Estas fórmulas secundarias, una vez sancionadas por el magisterio supremo de la Iglesia, formarán el dogma.
10. Ya hemos llegado en la doctrina modernista a uno de los puntos principales, al origen y naturaleza del dogma. Este, según ellos, tiene su origen en aquellas primitivas fórmulas simples que son necesarias en cierto modo a la fe, porque la revelación, para existir, supone en la conciencia alguna noticia manifiesta de Dios. Más parecen afirmar que el dogma mismo está contenido propiamente en las fórmulas secundarias (de las que hablo más arriba).
Para entender su naturaleza es preciso, ante todo, inquirir qué relación existe entre las fórmulas religiosas y el sentimiento religioso del ánimo. No será difícil descubrirlo si se tiene en cuenta que el fin de tales fórmulas no es otro que proporcionar al creyente el modo de darse razón de su fe. Por lo tanto, son intermedias entre el creyente y su fe: con relación a la fe, son signos inadecuados de su objeto, vulgarmente llamados símbolos; con relación al creyente, son meros instrumentos. Mas no se sigue en modo alguno que pueda deducirse que encierren una verdad absoluta; pues, como símbolos, son imágenes de la verdad no realidades, y, por lo tanto, han de acomodarse al sentimiento (de donde se deriva la religión del sentimentalismo sujeto al capricho humano)  religioso, en cuanto éste se refiere al hombre; como instrumentos, son vehículos de la verdad y, en consecuencia, tendrán que acomodarse, a su vez, al hombre en cuanto se relaciona con el sentimiento religioso. Mas el objeto del sentimiento religioso, por hallarse contenido en lo absoluto, tiene infinitos aspectos, que pueden aparecer sucesivamente, ora uno, ora otro. A su vez, el hombre, al creer, puede estar en condiciones que pueden ser muy diversas. Por lo tanto, las fórmulas que llamamos dogma se hallarán expuestas a las mismas vicisitudes, y, por consiguiente, sujetas a mutación. Así queda expedito el camino hacia la evolución íntima del dogma. (Tan pregonado hoy en día)
¡Cúmulo, en verdad, infinito de sofismas, con que se resquebraja y se destruye toda la religión!
11. No sólo puede desenvolverse y cambiar el dogma, sino que debe; tal es la tesis fundamental de los modernistas, que, por otra parte, fluye de sus principios.
Pues tienen por una doctrina de las más capitales en su sistema y que infieren del principio de la inmanencia vital, que las fórmulas religiosas, para que sean verdaderamente religiosas, y no meras especulaciones del entendimiento, han de ser vitales y han de vivir la vida misma del sentimiento religioso. Ello no se ha de entender como si esas fórmulas, sobre todo si son puramente imaginativas, hayan sido inventadas para reemplazar al sentimiento religioso, pues su origen, número y, hasta cierto punto, su calidad misma, importan muy poco; lo que importa es que el sentimiento religioso, después de haberlas modificado convenientemente, si lo necesitan, se las asimile vitalmente. Es tanto como decir que es preciso que el corazón acepte y sancione la fórmula primitiva y que asimismo sea dirigido el trabajo del corazón, con que se engendran las fórmulas secundarias. De donde proviene que dichas fórmulas, para que sean vitales, deben ser y quedar asimiladas al creyente y a su fe. Y cuando, por cualquier motivo, cese esta adaptación, pierden su contenido primitivo, y no habrá otro remedio que cambiarlas.
Dado el carácter tan precario e inestable de las fórmulas dogmáticas se comprende bien que los modernistas las menosprecien y tengan por cosa de risa; mientras, por lo contrario, nada nombran y enlazan sino el sentimiento religioso, la vida religiosa. Por eso censuran audazmente a la Iglesia como si equivocara el camino, porque no distingue en modo alguno entre la significación material de las fórmulas y el impulso religioso y moral, y porque adhiriéndose, tan tenaz como estérilmente, a fórmulas desprovistas de contenido, es ella la que permite que la misma religión se arruine.
Ciegos, ciertamente, y conductores de ciegos, que, inflados con el soberbio nombre de la ciencia, llevan su locura hasta pervertir el eterno concepto de la verdad, a la par que la genuina naturaleza del sentimiento religioso: para ello han fabricado un sistema «en el cual, bajo el impulso de un amor audaz y desenfrenado de novedades (y apacionado) , no buscan dónde ciertamente se halla la verdad y, despreciando las santas y apostólicas tradiciones, abrazan otras doctrinas vanas, fútiles, inciertas y no aprobadas por la Iglesia, sobre las cuales —hombres vanísimos— pretenden fundar y afirmar la misma verdad(8). (De este “deseo desenfrenado” de oir novedades, San Pablo le dice a San Timoteo: “pues vendrán tiempos en que no sufrirán o soportaran la sana doctrina: antes, por el prurito de oír, se amontonaran maestros conforme a sus pasiones, y apartaran sus oídos de la verdad para volverlos a las fabulas” Thim. 4. 3 y 4) Tal es, venerables hermanos, el modernista como filósofo.
12. Si, pasando al “creyente”, (se refiere al fiel o a la fiel) se desea saber en qué se distingue, en el mismo modernista, el creyente del filósofo, es necesario advertir una cosa, y es que el filósofo admite, sí, la realidad de lo divino como objeto de la fe (no como algo fuera de él, como objeto propiamente hablando según la Escolástica); pero esta realidad no la encuentra sino en el alma misma del creyente, en cuanto es objeto de su sentimiento y de su afirmación: por lo tanto, no sale del mundo de los fenómenos. Si aquella realidad existe en sí fuera del sentimiento y de la afirmación antes dichos, es cosa que el filósofo pasa por alto y desprecia. Para el modernista creyente, por lo contrario, es firme y cierto que la realidad de lo divino existe en sí misma con entera independencia del creyente. Y si se pregunta en qué se apoya, finalmente, esta certeza del creyente, responden los modernistas: en la experiencia singular de cada hombre.   (Mucho cuidado no porque Dios la revela y a quien damos nuestro asentimiento que es distinto de sentimiento sino por la experiencia, experiencia de qué? A que hace referencia esta experiencia, a los años dentro del modernismo? A la experiencia de los años de cada persona? No específica a que experiencia.)
13. Con cuya afirmación, mientras se separan de los racionalistas, caen en la opinión de los protestantes y seudomísticos.
Véase, pues, su explicación. En el sentimiento religioso se descubre una cierta intuición del corazón; (Se trata de una intuición humana que sale de sí misma sin la acción de la gracia divina porque si la gracia actuara ya no sería intuición)  merced a la cual, y sin necesidad de medio alguno llámese la gracia por ejemplo, alcanza el hombre la realidad de Dios, (pero siempre dentro de un acto puramente humano así como el pagano cree que Dios existe por donde la creencia en Dios siempre será imperfecta porque a este acto no lo acompaño la gracia divina o algún otro medio sobrenatural), y tal persuasión de la existencia de Dios y de su acción, dentro y fuera del ser humano, que supera con mucho a toda persuasión científica. Lo cual es una verdadera experiencia, y superior a cualquiera otra racional; y si alguno, como acaece con los racionalistas, la niega, es simplemente, dicen, porque rehúsa colocarse en las condiciones morales requeridas para que aquélla se produzca. Y tal experiencia es la que hace verdadera y propiamente creyente al que la ha conseguido.  (Y, que pasa con quienes no la consiguieron porque al parecer esta experiencia no es como la gracia divina la cual Dios la da gratuitamente a quien se la pida?)
¡Cuánto dista todo esto de los principios católicos! Semejantes quimeras las vimos ya reprobadas por el concilio Vaticano.
Cómo franquean la puerta del ateísmo, una vez admitidas juntamente con los otros errores mencionados, lo diremos más adelante. Desde luego, es bueno advertir que de esta doctrina de la experiencia, unida a la otra del simbolismo, se infiere la verdad de toda religión, sin exceptuar el paganismo. Pues qué, ¿no se encuentran en todas las religiones experiencias de este género? Muchos lo afirman. Luego ¿con qué derecho los modernistas negarán la verdad de la experiencia que afirma el turco, y atribuirán sólo a los católicos las experiencias verdaderas? Aunque, cierto, no las niegan; más aún, los unos veladamente y los otros sin rebozo, tienen por verdaderas todas las religiones. Y es manifiesto que no pueden opinar de otra suerte, pues establecidos sus principios, ¿por qué causa argüirían de falsedad a una religión cualquiera? No por otra, ciertamente, que por la falsedad del sentimiento religioso o de la fórmula brotada del entendimiento. Mas el sentimiento religioso es siempre y en todas partes el mismo, aunque en ocasiones tal vez menos perfecto; cuanto a la fórmula del entendimiento, lo único que se exige para su verdad es que responda al sentimiento religioso y al hombre creyente, cualquiera que sea la capacidad de su ingenio. Todo lo más que en esta oposición de religiones podrían acaso defender los modernistas es que la católica, por tener más vida, posee más verdad, y que es más digna del nombre cristiano porque responde con mayor plenitud a los orígenes del cristianismo.
Nadie, puestas las precedentes premisas, considerará absurda ninguna de estas conclusiones. Lo que produce profundo estupor es que católicos, que sacerdotes a quienes horrorizan, según Nos queremos pensar, tales monstruosidades, se conduzcan, sin embargo, como si de lleno las aprobasen; pues tales son las alabanzas que prodigan a los mantenedores de esos errores, tales los honores que públicamente les tributan, que hacen creer fácilmente que lo que pretenden honrar no son las personas, merecedoras acaso de alguna consideración, sino más bien los errores que a las claras profesan y que se empeñan con todas veras en esparcir entre el vulgo.


miércoles, 5 de febrero de 2020

TRATADO DE LA CONFIANZA CRISTIANA CONTRA EL ESPIRITU DE PESIMISMO Y DESCONFIANZA Y CONTRA EL TEMOR EXCESIVO.

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CAPITULO PRIMERO.
   La poca confianza en Dios causa grandísimos males a las almas que quieren progresar en las en las virtudes cristianas.
I. Cuáles son estos males en general.
   Una viva confianza en Dios es un manantial de toda suerte de bienes. Ella arraiga, mantiene y fortifica todas las virtudes, endulza las penas, debilita todas las tentaciones: es un fecundo origen de toda especie de obras buenas, es como un paraíso de bendición y un modelo de la bienaventuranza anticipada. “Bendito el hombre, dice el profeta Jeremías[i], que pone su confianza en el Señor, y de quien el Señor es la esperanza. El será semejante a un árbol trasplantado a la orilla de las aguas, el cual extiende sus raíces hacia el agua que la humedece, y no temerá el calor venga el estío. Su hoja se mantendrá siempre verde; no tendrá pena en el tiempo de sequedad, y no dejará jamás de dar fruto”
   La falta de esta confianza es por el contrario un manantial de un sin número de males: enflaquecen las virtudes, llena al alma de penas y amarguras, excita y fortifica todas las tentaciones, impide el hacer buenas obras, y muchas veces viene a ser como una especie de infierno anticipado. Por esto San Bernardo no teme decir que la desconfianza es el mayor estorbo que podemos poner a nuestra salvación.
   2. Es fácil que la poca confianza en la bondad de Dioses un estorbo para la virtud, para el espíritu de la oración, para el espíritu de reconocimiento, y para el amor de Dios; que a más de esto, es origen de las más molestas tentaciones, robando al alma la paz que le es tan recomendada y es tan necesaria para cumplir todas sus




[i] Jerem., xvii, 7-8      (Bienaventurado el varón que confía en Yahvé y en él pone su confianza. Será como un árbol plantado a la vera de las aguas que echa sus raíces asía la corriente y no teme la venida del calor, conserva su follaje verde, en año de sequía no se inquieta y no deja de dar fruto)


 obligaciones. Se verá en seguida de este capítulo la verdad de todo lo que se acaba de decir.
II. La poca confianza en Dios es un gran estorbo para la verdadera virtud
   Una confianza siempre débil y tímida hace la virtud tremola e inconstante. Y semejante virtud a cada paso se detiene con  las pequeñas cosas, se entibia con los menores contratiempos y se desanima con las más ligeras contradicciones. Es preciso a cada paso darle la mano para sustentarla; y luego que le falta un guía exterior y apoyo visible, se intimida, se cansa y está siempre pronta a caer. Ella se mantiene siempre en una especie de infancia, en la cual no toma otro alimento que la leche: otro más fuerte y más sólido que fortalezca a los demás, la ahogaría. Con esta inercia y flaqueza, que debería ser más vergonzosa en la vida espiritual que en la corporal, se queda incapaz para siempre de aquellas acciones de virtud que necesitan de poca fortaleza y de valor.
2. Un alma en este estado no puede aprovecharse de los motivos de temor, porque se encuentra oprimida de ellos. También saca poco provecho de los motivos de confianza, porque no causan en ella  sino impresiones muy ligeras. Respecto a los sacramentos en cuanto a su reverencia, se llena de turbación y escrúpulo. Las exhortaciones a penitencia y compunción más le perjudican que le aprovechan porque todo lo recrimina; y en vez de encontrar en estos, como en lo demás, motivos de fervor, solo ve razones para reprenderse con una severidad que la oprime el corazón. Si cae, como no es difícil que suceda, en algunas faltas un poco más considerables que las que se hacen sin saber, la represión que le da su conciencia, la pone en tal consternación, y después en una especie de desaliento, que en vez de procurar humillarse delante de Dios con un dolor tranquilo que le haga sacar provecho de sus mismas faltas, la turba y le quita el gusto de los ejercicios devotos; lo cual puede tener funestísimas consecuencias.
III. Es un estorbo para la oración.
   1. La esperanza es el manantial del que nace toda oración cristiana; pero el riachuelo no puede correr a proporción de la abundancia y plenitud del manantial. Una esperanza tímida y trémula, hacen las oraciones que de ella nacen tímidas y trémulas, y por consiguiente incapaces de alcanzar mucho.
El apóstol Santiago nos manda, que pidamos a Dios las virtudes que necesitamos, sin dudar nada ni titubear: “El que duda y titubea ,añade, es semejante a la ola del mar, que es agitada  y llevada de aquí para allá por los vientos. Luego, concluye este santo apóstol, no tiene que imaginarse que conseguirá alguna cosa del Señor.” Al parecer todo se espera de Dios, pues se le pide y se le ruega; y parece que nada se espera o casi nada, pues se titubea con la desconfianza.
   2. También se ve gran número de cristianos que establecen como una obligación capital orar, y aún orar mucho. ¡Pero cuán pocos se hallan que oren y supliquen con aquella fe y confianza a la cual Jesucristo lo ha prometido todo, y que recomienda a todos! “Cualquier cosa que pidáis en la oración, creed que la conseguisteis y se os dará.” Nosotros oramos muchas veces, hacemos oraciones largas; pero mil pensamientos nos vienen a intimidar. Hacemos débiles esfuerzos para salir de nosotros mismos, en donde no encontramos sino toda especie de miserias, y tratar elevarnos hasta el origen de todo bien; pero inmediatamente volvemos dentro de nuestras propias miserias debido al peso de nuestra flaqueza, y mucho más por nuestra desconfianza. Y es muy probable, aunque la mayor bondad de la criatura comparada con la de Dios solo sea malicia, es muy posible que acudamos a este amigo rico, experimentado con tal confianza que aquella que no le tenemos a Dios  aún en las necesidades espirituales, no obstante que nos manda y nos convida Él mismo a que vayamos a Él como a nuestro Padre. Tanto como esto son indignas de Dios nuestras oraciones, y nuestra confianza injuriosa a la ternura del Padre.


sábado, 1 de febrero de 2020

EL SANTO ABANDONO. DOM VITAL




 «pues, bien de dejaros turbar e inquietar por las tentaciones: esta turbación se ha de temer más que las mismas tentaciones. »
Es cierto que hemos de desconfiar de nuestra debilidad, y tomar todas las 
sea por el mérito que resulta de la victoria, sea aun por la humillación que os causan estas ligeras derrotas. Por lo demás, la desconfianza que os hace huir de las tentaciones deseadas por Dios, os proporciona otras más peligrosas de las que no desconfiáis, porque, por ejemplo, ¿qué tentación  más evidente y más baja que el desanimaros, y decir que jamás tendréis éxito en la vida interior?»
Es cierto también que hemos de tener un inmenso horror al pecado y la más exquisita vigilancia para huir de él; empero, no se ha de confundir la tentación con el pecado. Aun los asaltos más persistentes, la rebelión de las pasiones, las repugnancias y las inclinaciones violentas, las imaginaciones, las impresiones, todo esto puede muy bien no tener lugar sino en la parte inferior del alma sin consentimiento alguno libre de la parte superior, y por ende sin culpa alguna, y hasta puede ser muy meritorio. Cuando la tentación no es fuerte se conocemuy bien que, lejos de consentir, se la rechaza. No sucede lo mismo «cuando Dios permite que la tentación llegue a ser violenta, pues, a causa de las violentas agitaciones involuntarias en la parte inferior, la superior, experimenta no pequeña dificultad en discernir sus propios movimientos, y se queda con grandes temores y perplejidades de haber consentido. No es necesario más para envolver a las almas buenas en las penas y espantosos remordimientos, que Dios permite para probar su fidelidad. En esto, más aún que en todo lo demás, deben seguir ciegamente el parecer de los que las dirigen. Un confesor, que juzga con serenidad y sin turbación, discierne mejor la verdad. Conoce la disposición habitual de esas almas, la delicadeza de su conciencia, su  generosidad manifiesta; por este motivo, la aguda pena que experimentan después de la tentación, su excesivo temor de haber consentido, son para el confesor una prueba evidente de que no han prestado el menor consentimiento pleno y deliberado, pues no se pasa tan pronto de un supremo horror al mal a su entera aceptación, y más sin advertirlo; y, por otra parte, sabemos por experiencia que las personas que sucumben no tienen ni estos temores. Cuanto mayores sean unas y otras, más cierta es la garantía que resulta en favor de la persona tentada». El temor de estar enemistado con Dios es una pena extremadamente dura para las almas amantes.
Sucede, empero, que Dios quiere conservarlas en ella a fin de purificarías, crucificándolas y consolándolas momentáneamente por la seguridad que las da su director; a la tentación siguiente volverán a caer en las mismas perplejidades por todo el tiempo que Dios tenga a bien probarlas en el crisol de la aflicción. En esta dolorosa incertidumbre deben repetir el mismo fiat que en las otras pruebas, de las cuales quizá ésta es la más útil.
Artículo 3º.-Temor de Dios justo y sano Cometemos faltas demasiado manifiestas, y en consecuencia, Dios mismo imprime en nuestras almas un vivísimo sentimiento de nuestros pecados, de nuestras miserias, de su infinita santidad, de sus justos juicios. El alma entonces, como dejamos dicho, temblando a los pies de un Dios tres veces santo, se pregunta con dolorosa ansiedad lo que ha de ser de ella, si será posible su salvación. Cuando se prolonga y repite con frecuencia, esta visita penetrante es a la vez una gracia preciosa y un duro purgatorio. El medio de dulcificar la prueba y aprovecharse de esa luz, es conformarnos con toda confianza y generosidad con las miras de Dios, pues El se propone producir así tres efectos de la gracia, todos ellos igualmente deseables: una pureza perfecta, una profundísima humildad, y un heroico abandono.
En primer lugar, se propone completar nuestra purificación por las angustias y ansiedad del amor. Desde hace algún tiempo el alma va recordando con amargura sus pecados, los
borra, los expía, se cura de sus heridas. Ya no hay faltas habituales, las menores negligencias son combatidas, y el alma ha conseguido por fin un grado notable de pureza. Y con todo, el Dios santo y celoso la sumerge y la vuelve a sumergir en el baño del amor de arrepentimiento, para que allí se lave y se cure más y más; ¡tal es la pureza que exige para entrar en la intimidad del divino Maestro! Por lo demás, aun después de haberse desprendido por completo del pecado, quedan tendencias defectuosas que no se veían, como el buscarse a sí misma hasta en las cosas más santas, la aversión al sacrificio, el hambre de los goces delicados, el miedo a las humillaciones, la complacencia en sus méritos, la confianza en sí solo, etc. Tristes residuos del amor propio, mal tanto más funesto, cuanto que es más hábil en ocultarse y hasta en hacerse amar. ¿Quién nos lo dará a conocer y nos librará de su influencia? Nuestras prácticas diarias de oración y penitencia han dado principio a la obra; y a fin de llevarla a feliz término, Dios, que nos ama con amor más fuerte y sapientísimo, nos va a privar de sus dulzuras, va a someternos a un régimen de sufrimientos y de humillaciones interiores, escogidas y dosificadas con impecable sabiduría.
Empleará con profusión las tinieblas del espíritu, la insensibilidad del corazón, las impotencias de la voluntad, y hasta, si fuere necesario, las más humillantes tentaciones. En fin, si es de su agrado, proyectará los rayos de una luz penetrante sobre nuestras faltas y su justicia, sobre nuestras miserias y su santidad. El alma comienza por fin a conocerse y a conocer a Dios; y lo que esta visión le revela con claridad es: en nosotros, un abismo de corrupción, y en Dios, un abismo de pureza. ¿Quién podrá explicar la sorpresa de esta pobre alma, la vergüenza y horror que siente al verse tan despreciable, la necesidad que experimenta de arrojarse temblando y transida de dolor a los pies de Dios tres veces santo, con qué franqueza reconoce sus faltas, con qué sumisión acepta el castigo y cuán reconocida se muestra hacia el buen Maestro que se digna, a pesar de todo, soportarla, honrarla con celosa ternura? Siente como por instinto que Dios no ha dejado de amarla: por enojado que parezca, tan sólo persigue sus miserias y trata de desembarazarla de ellas, a fin de que sea perfectamente bella y toda para El; no hace sufrir sino para curar, sus mismos rigores sólo provienen de su ardiente amor, y nos revelan sus santos celos. Es, pues, este trabajo de la Providencia un purgatorio anticipado, doloroso, pero muy saludable, en donde nuestros pecados, nuestras imperfecciones y nuestros defectos son consumidos poco a poco como la paja en la hoguera.
Quiere también Dios elevarnos a la más alta humildad.
¡Sublime y rara virtud e infinitamente deseable! Asegúranos nuestro Padre San Benito que ella nos elevará pronto a aquel amor que arroja fuera el temor, a aquel feliz estado en que todas las virtudes se nos hacen familiares y las practica como naturalmente en el gozo del Espíritu Santo. Mas hay doce grados que subir, y algunos de ellos muy difíciles. ¿Será posible llegar a ellos sin un especial socorro de Dios? Nos los ofrece en estas penas de espíritu, especialmente en estas luces penetrantes. Cuando nos hace sentir la sequedad y falta de éxito, cuando nos entrega a las tinieblas, a la insensibilidad, a la impotencia; cuando nos hace blanco de las más rudas tentaciones, cuando imprime en nosotros el más vivo sentimiento de su justicia y de nuestras faltas, de su santidad y de nuestra corrupción, llega a ser muy fácil recibir en silencio las contrariedades y las humillaciones, conservar la alegría en cualquier abatimiento, considerarse como pobre obrero, no preferirse a nadie, ponerse de una vez en el último lugar y sin compararse con nadie. Las más bellas meditaciones sobre la humildad y todos los favores divinos no hubieran podido quizá dar el golpe de gracia a nuestro orgullo,  nos hubieran dejado quizá demasiado satisfechos de nosotros mismos; mas las pruebas y las luces de que hablamos, nos inspiran como naturalmente el temor, el desprecio, el horror de  nuestra miseria. He aquí por qué los santos en la cumbre de la misma perfección reputábanse el oprobio de los hombres, basura de la tierra, instrumentos a propósito para echar a perder la obra de Dios, pecadores

miércoles, 29 de enero de 2020

De las Angustias del Huerto al Triunfo del Calvario...Mártires Cristeros.



"Dios hace concurrir todas las cosas, para el bien de los que le aman, de los que, según sus designios, son llamados", escribe S. Pablo en su Epístola a los Romanos, y continúa: "Porque a los que antes conoció, a ésos los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que Este sea el primogénito entre muchos hermanos. . . y a los que llamó, los glorificó". La noche del primer Jueves Santo era oscura, y el Huerto de Getsemaní, con su arboleda de olivos y su suelo sin césped, en el silencio de aquella noche, encogía el alma con un sentimiento mezclado de pavor y tristeza. Y allí en un lugar retirado, de rodillas y con las manos apoyadas en el saliente de una roca, Jesucristo, el Hijo del hombre, derramaba lágrimas y sudaba sangre. Una angustia mortal oprimía el Corazón Divino del Salvador y Libertador de la humanidad. Se preparaba para el gran sacrificio de su vida al día siguiente, y había permitido, para hacernos entender a los que en el curso de los siglos por venir leyéramos la divina historia de aquella noche, la medida de aquel su inmenso Sacrificio, que todos los sentimientos humanos que laceran el corazón del hombre se agolparan en su Corazón, hasta hacerle desfallecer de angustia. La traición de uno de los suyos, el abandono de los demás, los furores de sus enemigos y sus ofensas al Padre... y la larga serie de ingratitudes, con que habíamos de pagar ese sacrificio, las veía en su ciencia divina con todo su horror, y de sus labios acabaron por salir aquellas dolientes y humildes palabras: "¡Padre. . . pase de Mí este cáliz!. . . Pero ¡no se haga mi voluntad sino la tuya!".
En la esplendorosa historia de la persecución comunista en México, no podremos menos de encontrar entre las víctimas cristianas, muchos rasgos de semejanza con la soberana figura de Jesucristo, conforme al citado anuncio de San Pablo. Entre esas figuras de mártires hay una cuyo recuerdo no se borrará jamás de mi memoria, ni de todos los que tuvimos la altísima honra de conocerlo: Juan Manuel Bonilla Manzano. Manuel era un joven de un atractivo singular, el atractivo que da la virtud. Todos lo querían, todos lo respetaban. Residente en Tlalpan del O. F., formaba parte del grupo local de la A.C.J.M. que llevaba el título de Emmanuel Ketteler en memoria del gran católico, político y sociólogo alemán. El año de 1923 a 1924 fue electo Presidente del dicho grupo. Con esto está dicho que participaba, de una manera especial, de las ambiciones nobilísimas de aquellos jóvenes, para hacer un México mejor, un México animado otra vez por aquella savia cristiana que le infundieron los forjadores de nuestra nacionalidad, y que el liberalismo del siglo XIX, instrumento perverso de la conspiración contra el orden cristiano, había tratado de secar en su misma fuente, que es la Iglesia de Jesucristo.
Persuadido de que ninguno de esos ideales cristianos, que anidaban en su corazón juvenil y ardiente, podría llevarse a cabo sin la oración, era miembro también de la Adoración Nocturna, y cuando terminaban sus ocupaciones del día, con las que proveía al sustento de su madre viuda y un hermanito menor, no iba a buscar el descanso en las diversiones y locuras de una juventud irreflexiva, sino que se dirigía al templo, para pasar la noche cerca de Jesús Sacramentado, y orar en su respectivo turno al pie del Sagrario. Jesucristo su Maestro, así lo había hecho. . . después del trabajo del día en las noches, se retiraba a hacer oración. . . y Manuel quería ser fiel discípulo suyo.

Cuando comenzó la persecución callista, fue uno de los primeros en alistarse en la "Liga defensora de la libertad religiosa”... y llegadas las cosas al extremo que llegaron, a semejanza de aquellos antiguos monjes soldados sintió el llamamiento de Dios para que sacrificara todos sus afectos, sus comodidades y relativo bienestar, para defender la causa de Dios, alistándose en el Ejército Libertador, cuyas fuerzas andaban en la cercana serranía del Ajusco.
Se conserva una carta de la señorita María de la Luz García, tipo de una virgen cristiana, novia exquisita de Manuel, y hoy ferviente religiosa, que voy a reproducir aquí, porque por ella veremos, cómo lejos de ser un estorbo para el sacrificio del joven, tuvo el mérito que Dios ha apuntado en el libro de sus eternas recompensas, de participar en él y alentarlo con el corazón destrozado, sí, pero ante todo cristiano y nobilísimo. "Tlálpam, 18 de agosto de 1926: —Inolvidable Manuel: —Fue muy gran del gusto que experimenté al leer tu carta; ¿sabes por qué?, porque en ella, al verla, leo los sentimientos de tu corazón, y créeme, no hay cosa que más me haga gozar como el ver que el hombre a quien he dado mi cariño, se entregue de esa manera al buen Dios, sacrificando aun lo más preciado para él. Créeme, Manuel, lejos de sentir tristeza porque no te veo, me alegro en el alma, pues sé, siento, tengo para mí, que el sacrificio que los dos hacemos sube cual incienso perfumado, cual aroma delicioso hasta el trono del buen Dios, y en cambio de esto tan pequeño que ofrecemos, espero que bajarán un sinnúmero de gracias y bendiciones que harán crecer en tu corazón y en el mío los deseos ardientes de sufrir más, de sacrificarnos más, de luchar más por El, que con tanto amor nos dio su vida por nosotros en la Cruz. Si el buen Jesús acepta la ofrenda que le haces de tu vida, y en esta lucha se extingue, espero confiando en El y en su Madre Inmaculada, que te seré fiel hasta la muerte. Las religiosas no me disgustan, al contrario me atraen; así es que dejando de existir tú, creo que lo que haría sería esconderme en un claustro, donde el ruido del mundo no borrara de mi corazón tu recuerdo y donde me dedicara a pedir por ti. En mis pobres oraciones no te olvido nunca, y pido a Dios y a la Morenita del Tepeyac, que te den sus gracias para que sigas luchando valerosamente como hasta ahora lo has hecho. Tuya.
María de la Luz".
La lucha cristera fue heroica, sublime. Pero si en los Altos de Jalisco y en el Volcán de Colima, los soldados de Cristo Rey se anotaron gloriosas victorias, en las sierras del Ajusco, por la cercanía a la capital de la República, los éxitos fueron pocos, y las penalidades extraordinarias, pues esa misma cercanía daba refuerzos de toda especie a los enemigos de Dios y de su Iglesia.
Después de un año de combates y escaramuzas, las esperanzas del triunfo en esta rama del Ejército Libertador se iban esfumando; las hambres, los fríos, la desnudez y la fatiga, desmoralizaron a muchos débiles, que comenzaron a desertar de esas filas. Y comenzaron también para Manuel, imitador de Jesucristo, las horas del Huerto.
Tal se desprende de los siguientes párrafos de su correspondencia con María de la Luz. "No sé la causa de tu tardanza en contestarme, sólo sé que sufro lo que en mi vida había sufrido. . . Mi corazón desborda de amargura, pues al fin es de carne y sus fibras se estremecen al considerar que no está lejos el día del sacrificio. Sacrificio digo, no porque me pese el hacerlo, pues me obliga el deber y me considero dichoso porque cumplo con él; más la reflexión de que quizá abandone para siempre a los seres más queridos, me hace sufrir, para qué negarlo, y sufro porque amo y con todas mis fuerzas: tú lo sabes, porque ocupas el lugar preferente en mi corazón; y a mi madre y a mi hermano se les acaba su ayuda, su sostén. (Eco doliente de aquel: ¡Padre mío, que pase de Mí este cáliz!). Todo esto y menos sería suficiente para hacer retroceder a cualquiera, pero a mí no; pues mis convicciones me gritan: tu lugar no es la inacción y el descanso, tú debes luchar por la libertad, y ante tal grito mi voluntad se doblega y acallo mi corazón para responder al llamado del mismo Dios, y decirle: estoy pronto, nada me detiene, tuyo soy dispón de mí como mejor te plazca, tu voluntad será la mía".
¿No escucháis resonar en la serranía del Ajusco, el eco del clamor que salía hace veinte siglos de entre los árboles de Getsemaní? ¡No se haga mi voluntad sino la tuya! Y pudiera yo multiplicar, tomadas de la correspondencia de ambos jóvenes, María de la Luz y Manuel, las citas de estos dolores y estas angustias, no menos, que el clamor de un alma decidida a cumplir con la voluntad de Dios. Y el día de la consumación del sacrificio llegó por fin.
El 14 de abril de 1927, Jueves Santo, Manuel, cargando a un cristero herido, bajó de la montaña, a la hacienda de San Diego Linares, cercana a Toluca, para como otro Buen Samaritano, encargar a los dueños de la hacienda, con cuya ayuda y benevolencia, prometidas por ellos, contaba, el cuidado del enfermo.
¡Ay, era preciso que Manuel, hasta el último detalle imitara a su Maestro! Como otro Judas, uno de los hacendados, se apresuró a ir a Toluca para denunciar al general Urbalejo que era el jefe de la guarnición de aquella ciudad, que en la hacienda se encontraban dos cristeros inermes. . . Un grueso pelotón de soldados se dirigió a la hacienda inmediatamente. Encontraron a Manuel y a su herido compañero... Sin más averiguaciones lo sacaron a empellones y lo llevaron a la montaña.
¡Era ya Viernes Santo...! Los relojes de Toluca sonaban las tres de la tarde precisamente, cuando los ecos de la montaña fueron sacudidos por una descarga del pelotón de soldados, que acababa de segar para siempre la flor juvenil, lozana y hermosísima de Manuel Bonilla Manzano. ¡Era el Viernes Santo en el Ajusco, como aquel otro Viernes Santo glorioso del Gólgota!
Al cabo de un mes, su cuerpo fue llevado al cementerio de Tlalpan. Estaba aún fresco e incorrupto como si acabara de morir.

TIEMPOS APOCALIPTICOS II

  

Los acontecimientos mundiales se están precipitando de una manera espantosa en donde lo bueno ahora es malo y lo malo bueno con una astucia diabólica se ha tergiversado la situación que, claramente, se ve obrar el misterio de iniquidad como ya lo había advertido san Pablo. Este misterio consiste también en que "viendo no ven y oyendo no oyen" y con ello muchas almas se estan perdiendo.
es obligación del sacerdote desenmascarar al demonio y sus argucias y también denunciar a aquellos que están dentro de la Iglesia y son ya ministros no de Dios sino del maligno (digo aquellos porque no todos los sacerdotes contribuyen a destruir la Iglesia)
Para  algunos espíritus flacos no lo soporten y otros, segados por el misterio de iniquidad, no logren dicernir los peligros que aquí se anuncian, pero es necesario que invoquen al Espíritu Santo para entender algo de lo aquí escrito.
La unificación mundial propiciada por el poder oculto judío (con sus organizaciones satélites, ONU (Organización de las Naciones Unidas); OEA (Organización de los Estados Americanos); etc.) y la finanza internacional también judía, es la meta del Anticristo: «Hoy día es “un fin político lícito” y muy vigente por cierto, la organización y unificación de las comarcas del mundo en un solo reino que, por ende, se parecerá al Imperio Romano. Esta empresa pertenece a Cristo; y es en el fondo la secuela aspiración de la Humanidad; pero será anticipada malamente y abortada por el Contra -cristo ayudado del poder de Satán. En el Boletín de “Canadian Intelligence Service (enero 1963) podemos ver el poder que tienen actualmente, en E.E.U.U. e Inglaterra sobre todo, los “One-Worlders” o partidarios de la unificación del mundo bajo un solo Imperio. Propician la amalgama del Capitalismo y el Comunismo, que será justamente la hazaña del Anticristo» (Ibíd. p.p. 188-189). «La última herejía será optimista y eufórica “mesiánica” y puede ser el modernismo actual pues a la larga conduce al ateísmo. El bolchevismo se incorporará, será integrado en ella consecuencia lógica propio de esta herejía y de este sistema político». (Ibíd. p. 201).
«El Capitalismo (Sistema económico y social basado en la propiedad privada de los medios de producción, en la importancia del capital como generador de riqueza y en la asignación de los recursos a través del mecanismo del mercado).  y el Comunismo,( Doctrina económica, política y social que defiende una organización social en la que no existe la propiedad privada ni la diferencia de clases, y en la que los medios de producción estarían en manos del Estado, que distribuiría los bienes de manera equitativa y según las necesidades), tan diversos como parecen a simple vista, coinciden en su fondo, digamos, en su núcleo “místico”: ambos buscan el Paraíso Terrenal por medio de la Técnica; y su “mística” es un mecanismo tecnólatra y antropólatra, cuya difusión vemos hoy día por todos lados, y cuya dirección es la edificación del hombre; la cual un día se encarnará en un hombre». (Ibíd. p. 347).
«El Anticristo no será un demonio, sino un hombre “demoniaco”, tendrá “ojos como de hombre”, levantados con la plenitud de la ciencia humana, y hará gala de humanidad y “humanismo”, aplastará a los santos y abatirá la ley, tanto la de Cristo como la de Moisés; triunfará tres años y medio hasta ser muerto “sine manu”, no por mano de hombre; hará imperar “la abominación de la desolación.” O sea, el sacrilegio máximo; que consiste en hacerse adorar como dios, será soberbio mentiroso y cruel, aunque se fingirá virtuoso (...) será ateo y pretenderá el mismo recibir honores divinos; en qué forma, no lo sabemos: como Hijo del Hombre, como verdadero Mesías, como encarnación perfecta y flor de lo humano soberbiamente divinizado, como Fuehrer, Duce, Caudillo y salvador de los hombres; como Resucitado de entre los muertos. (...) Reducirá a la Iglesia a su extrema tribulación, al mismo tiempo que fomentará una falsa Iglesia. Matará a los profetas y tendrá de su lado una manga de profetoides, de vaticinadores y cantores del progresismo y de la euforia de la salud del hombre por el hombre, hierofantes que proclamarán la plenitud de los tiempos y una felicidad nefanda. Perseguirá sobre todo la predicación y la interpretación del Apocalipsis; y odiará con furor aun la mención de la Parusía dado que ella significa su fin. En su tiempo habrá verdaderos monstruos que ocuparan cátedras y sedes, y pasarán por varones píos, religiosos y aun santos; porque el hombre de pecado tolerará y aprovechará un cristianismo adulterado. Abolirá de modo completo la Santa Misa según el rito tridentino o Santa Misa en latín y el culto público durante 42 meses o sea 1260 días – que serán largos de pasar». (Ibíd. p. 198-199).
«La mujer ramera y blasfema es la religión modernista adulterada, ya formulada en Pseudoiglesia en el fin del siglo, prostituida a los poderes de este mundo, y asentada sobre el formidable poder político anticristiano». (Ibíd. p 261).
«Cuando vino Cristo eran tiempos confusos y tristes. La religión estaba pervertida en sus jefes, y consiguientemente en parte del pueblo. (...) Cuando Cristo vuelva la situación será parecida. Solamente el fariseísmo, el pecado contra el Espíritu Santo, es capaz de producir esa magna apostasía que el predijo: “La mayor tribulación desde el Diluvio acá”, será producida por la peor corrupción, la corrupción de lo óptimo. (...) por eso San Juan vio en la frente de la ramera la palabra Misterio, y dice se asombró sobremanera; y el Ángel le dice: “Ven, y te explicaré el misterio de la Bestia”. Es el misterio de iniquidad, la abominación de la desolación: La parte carnal de la Religión ocultando, adulterando y aun persiguiendo la verdad.
“Sinagoga Sátanae». (Ibíd. p. 257). Se comprende así la persecución violenta y silenciosa contra toda la Tradición de la Iglesia, dogma, culto y moral.
«La esposa comete adulterio: cuando su legítimo Señor y Esposo Cristo no es ya su alma y su todo; cuando los gozos de su casa no son ya toda su vida; cuando codicia lo transitorio del mundo en sus diversas manifestaciones; cuando mira sus grandezas, riquezas y honores con ojos golosos (...) Esto es lo que llama el profeta “fornicar con los Reyes de la tierra”. Primero se fornica en el corazón desfalleciendo en la fe; después en los hechos, faltando a la caridad. El error fundamental de nuestra práctica actual y -aun teoría a veces- es que amalgamamos el reino y el mundo, lo cual es exactamente lo que la Biblia llama “prostitución”». (Ibíd. p. 258).
Esto fue lo que instituyo desgraciadamente el Concilio Vaticano II con su «aggiornamento» y su ecumenismo, y no es más que una prostitución. Al pan, pan y al vino, vino. Las cosas son lo que son o dejan de ser. Pero resulta que el Concilio Vaticano II único Concilio Ecuménico en toda la historia de la Iglesia que no fue (no quiso ser) infalible, se impone con dogmatismo doctrinal, y es más respetado que el mismo Dogma de la Fe, que el mismo Deposito de la Fe, que la misma Revelación Divina. ¡Habráse visto mayor confusión y error! Solo cabe una palabra prostitución de la religión, prostitución de la jerarquía de la Iglesia, parte carnal, humana como hombres que son, que fornican con los Reyes de la tierra, amalgamando Iglesia y Mundo.
Aquí está representada la Bestia de la tierra, el Pseudoprofeta, semejante al cordero pero que propaga un culto sacrílego, una religión fornicaria al servicio Anticristo, la otra bestia del mar: «El otro seductor y tirano del mundo que más tarde Juan llamará “el Pseudoprofeta”, tiene un carácter religioso: “semejante al Cordero” y surge de la Tierra firme, la Religión; no como la otra, del mar del mundo mundano.


martes, 28 de enero de 2020

MARIA CORREDENTORA DE TODAS LAS GRACIAS


*STABAT MATER DOLOROSA JUXTA CRUCEM LACRIMOSA, DUM PENDEBAT FILIUS
En nuestros tiempos apocalípticos donde la religión católica padece grandes ataques de los enemigos, aun de los que están dentro de ella, tanto en su fundación y origen, son atacados sus dogmas más sagrados sin piedad y con un gran desprecio.
Nos compete como católicos militantes defenderla y volver a resaltar el carácter divino de los dogmas con la pasión que solo sea controlada por la caridad y la prudencia que procede de lo alto.
El asunto que nos ocupa en esta ocasión es el ataque artero que Nuestra Señora ha sufrido por altísimo prelado quien debería meditar antes de abrir la boca y decir cosas nefastas que atentan contra la Santísima Virgen María ya de por si tan denostada por los protestantes y algunos sacerdotes y obispos del mundo católico actual. Trátese pues DE LA CORREDENCION DE NUASTRA SEÑORA derecho bien merecido por varias razones para lo cual bástenos tan solo con su MATRNIDAD DIVINA, pero vamos a remachar este privilegio de la corredención desde la vista de un gran santo como lo es Santo Tomas de Aquino con la esperanza se explayarnos más en un futuro.

Esta cuestión exige para su complemento un breve apéndice sobre la parte que a la Virgen María corresponde en esta obra de la salvación humana, ya que es común apellidar a María corredentora y universal mediadora de todas las gracias. Lo de corredentora parece referirse a la obro de Jesucristo en su vida y sobre todo a su pasión redentora la mediación, a la distribución de su gracia a las almas en el curso de la historia hasta el fin de los siglos. Para ver cómo esto conviene a María, es preciso sentar algunos principios indispensables para la recta solución de una verdad que se halla tan grabada en el Corazón de los fieles y que la teología mariana toma muy a pecho estudiar y definir.
Jesucristo, Hijo de Dios e Hijo del hombre, es el único en quien puso Dios la salud del mundo. El ofreció a la justicia divina una satisfacción plenísima por los pecados; Él nos mereció de rigurosa justicia el perdón de los pecados, la gracia de Dios, el don de la filiación divina y la gloria eterna; Él es la cabeza del cuerpo místico, que es la Iglesia, y nadie puede alcanzar de Dios la menor gracia que no sea por su mediación. Tal es la doctrina cristiana, la enseñanza fundamental de la fe.
Pero este Hijo de Dios, para venir a ser Hijo del hombre, nació de madre virgen, que El mismo escogió tal como le plugo, y, en consideración a sus propios merecimientos, la preservó del pecado original, la enriqueció plenísimamente de todo género de gracia y se la incorporó a la obra que El venía a cumplir en la tierra. Y como Él había de cumplir esa obra con su vida, su pasión y su muerte, así la Madre, incorporada a esta vida, pasión y muerte, viviese la suya en intimidad con su Hijo y por los mismos fines que El, la salud del mundo. Este último punto pertenece a la enseñanza actual del magisterio de la Iglesia, mientras que los precedentes son otros tantos dogmas de fe. Pues, siendo la Virgen santa y exenta de todo pecado, ofreció sus obras, sus plegarias, sus dolores, por las intenciones de su Hijo, o sea, por la salud del mundo, y esta ofrenda fue gratísima en la presencia de Dios, mereciendo ella por su parte de condigno  y no en justicia rigurosa como en el caso de su Hijo al decir de los teólogos lo que el Hijo merecía por la suya de rigurosa justicia pues esa era la voluntad del Padre Eterno.
Para entender mejor esta intimidad de vida, conviene recordar un episodio evangélico y señalar su hondo sentido. Jesucristo, desde el primer instante de su ser natural humano, conoció plenamente y hasta en sus ínfimos detalles su destino; por consiguiente, su vida, su pasión y su muerte. Desde entonces se abrazó con todo esto y así vivió llevando siempre la cruz ante sus ojos, Él estando en el vientre virginal de su santísima Madre tuvo concienencia plena de todo lo que pasaba fuera del vientre de su Madre. Pues, para que la Madre se asemejase al Hijo y viviera unida a Él en la cruz, el anciano Simeón, ilustrado por el Espíritu Santo, anunció a María el triste destino de su Hijo y la parte que ella tendría en ese destino: Puesto está para caída y levantamiento de muchos en Israel y, para blanco de contradicción y una espada atravesará tu corazón -para que se descubran los pensamientos de muchos (Le. 2,34S). Estas palabras, dictadas por el Espíritu Santo fueron recibidas por quien gozaba de abundantísima luz para entender las en su más hondo sentido, siendo esta inteligencia causa continua de dolor, hasta ver realizado en el Calvario el sentido pleno, de aquella profecía. Con esto la Madre como Abrahán, ofreció, en el altar de su corazón, el sacrificio de su Hijo, asociándose íntimamente a la oblación de Jesús. Tal ofrenda de María fue en los ojos del Padre celestial sumamente grata, y por ella mereció también de su parte lo que el Hijo,        con mayor derecho merecía de la suya.
De esta suerte quedó la Madre incorporada a la obra redentora del Hijo cooperando a ella en la medida que su condición de pura criatura le permitía pero también con la eficacia que le daba su dignidad de Madre de Dios y la riqueza de su gracia y santidad, Tal es la razón de su título de corredentora y mediadora.

LA MADRE PIADOSA ESTABA JUNTO A LA CRUZ LLORABA MIENTRAS EL HIJO PENDIA.


sábado, 25 de enero de 2020

TIEMPOS APOCALIPTICOS



Estimado lector/a durante mucho tiempo he pospuesto este escrito por atención a ustedes, pero es ya momento de advertir a todos los que esto leen sobre el plan que tienen los enemigos de Cristo y de todo lo que es santo. No se puede adornar la verdad con palabras bonitas que se adapten a nuestro antojo sin faltar gravemente a LA VERDAD ÚNICA. Por lo tanto no modificare el lenguaje utilizado por el autor del presente artículo.

Los Tiempos Apocalípticos están caracterizados por: la Crisis de Fe y la Gran Apostasía, la Abominación de la Desolación en lugar Santo, el Anticristo (en su doble versión) la Bestia del Mar, versión política, y la Bestia de la Tierra o Pseudoprofeta, versión religiosa o carismática, como es lo religioso en el mundo moderno.
Todo esto no es más que la Religión (y por ende los dogmas de la fe) adulterada, falsificada, falseada, falsa, se trata de un cristianismo adulterado por el comercio (trato carnal y mundano) con el mundo, es la relación sacrílega y adultera por la conjunción o compenetración de Iglesia y Mundo, tal como el Ecumenismo sacrílego y adultero propicia, he aquí el famoso «aggiornamento» (puesta al día) de la Iglesia, de lo Sacro, a lo vil y mundano; he aquí la relación adúltera de la connivencia y maridaje entre el Mundo y la Iglesia, y el resultado no puede ser que un fruto bastardo, como lo es todo el culto de la Nueva Iglesia Modernista. Y ahora lo terrible y lo tremendo por si fuera poco con lo ya dicho, todo esto no es más que la obra de un gran falsificador y un gran adultero, de un gran infame y sacrílego como pide, exige y reclama, la realidad de las cosas y de los hechos. Todo efecto tiene su causa, y sus instrumentos. Ahora bien, todo esto no es obra del azar, ni por generación espontánea, nada de eso, hay una causa y esta es la del Anticristo el cual en concreto se personifica en un impostor de carácter religioso y que mejor que en un antipapa. El anticristo en su versión religiosa, bestia de la tierra es un mitrado un obispo de la jerarquía de la Iglesia, está suficientemente señalado para identificarlo, pues tiene cuernos como de cordero o sea la mitra, los dos cuernos de Moisés que simbolizan el Antiguo y Nuevo Testamento.
Un obispo que tenga o pueda tener un poder universal para arrastrar a todos tras la religión falsificada, no puede ser sino la obra del único obispo con poder universal en la Iglesia, y este es el obispo de Roma, el Papa. De aquí lo terrible, pues Satanás se valdrá del Papado para prostituir como la Gran Ramera la Iglesia Santa de Dios.
De aquí que necesariamente tiene que ser un falso Papa, un impostor un antipapa, pues un Papa verdadero no puede ejercer y llevar a cabo tan tremenda acción.
Luego la abominación de la desolación en lugar santo, la adulteración de la religión, la profanación de la Iglesia, la falsificación de la fe y de los dogmas de fe, son la obra del Pseudoprofeta, la Bestia de la Tierra al servicio del mundo y de su poder político la sinarquía judaica, representada en la Bestia del Mar, formado entre ambos el Anticristo completo (que es doble, que son dos) que representan estas dos Bestias o Fieras apocalípticas.
Esta es la esencia del contenido (poco más, poco menos) del 3er. Secreto o Mensaje de Fátima. Y es lo único que justifica o explica el por qué tanto misterio con su revelación.
Citaremos algunos textos de los cuales nos valemos para afirmar lo dicho.
Respecto al culto antropoteísta del Anticristo: «… la adoración sacrílega del hombre por el hombre, que será la herejía del Anticristo». (Castellani, El Apokalypsis, ed. Paulinas, Buenos Aires 1963, p. 38).
La religión del hombre, el humanismo ateo, es la característica de la Nueva Religión antropocéntrica y antropoteísta del actual Ecumenismo de la Nueva Iglesia post-conciliar.
«En el Anticristo habrá dos cosas, un sacrilegio y una herejía (“Segunda Bestia”). Se hará adorar como Dios, lo cual es un sacrilegio, y por cierto el máximo, y para ello se servirá como de instrumento de un culto religioso derivado espuriamente del mismo Cristianismo: Es decir, de una herejía cristiana que pareciera ha nacido ya en el mundo. (...) y así el poder político deificado y encarnado en un “plebeyo genial” y apoyado por un sacerdocio, será la abominación de la desolación y el reinado del Anticristo». (Ibíd. p. 38-39).
La abominación de la desolación se identifica con el reinado del Anticristo. El Anticristo, en su versión religiosa, el Pseudoprofeta y con la Roma Babilónica y Apóstata, como señala Nuestra Señora en La Sallette: “Roma perderá la fe y será la sede del Anticristo”. «La primera herejía, por lo que sabemos de ella, se parece a la última herejía.
Quiero decir, a la de nuestros tiempos; y se puede decir que transcurre transversalmente toda la historia de la Iglesia, y es como el fondo de todas las herejías históricas. Era una especie de gnosticismo dogmático y laxismo moral, un “sincretismo”, como dicen hoy los teohistoriógrafos. Era una falsificación de los dogmas cristianos, adaptándolos a los mitos paganos, sin tocar su forma externa por un lado; y concordantemente, una promiscuación con las costumbres relajadas de los gentiles; nominalmente, en la lujuria y en la idolatría (...) comían de las carnes sacrificadas a los dioses, en los banquetes rituales que celebraban los diversos “gremios”, lo cual era una especie de acto religioso idolátrico o sea, de “comunión”; y se entregaban fácilmente a la fornicación, que entre los paganos no era falta mayor ni vicio alguno, incluso, según parece, después y como apéndice de los dichos banquetes religiosos». (Ibíd. p. 32).
Por esto las vírgenes en el Apocalipsis son los incontaminados: «“Vírgenes” significa que no se manchan con la “Fornicación” (o sea idolatría) de la religión falsificada; la cual fornicación o apostasía propaga la mujer Ramera de la visión 16». (Ibíd. p. 96).
«“Fornicar con los reyes de la tierra” significa la religión ponerse al servicio de la política». (Ibíd. p. 97).
«La Medición del Templo significa la reducción de la Iglesia fiel a un pequeño grupo perseverante y la vasta adulteración de la verdad religiosa en todos los restantes; y en esto están unánimes todos los Santos Padres». (Ibíd. p. 94-95). Es el famoso pusillus grex, pequeño rebaño Luc.12-32. Se comprenden así las palabras que inician el 3er Secreto de Fátima: En Portugal se conservará siempre el dogma de la Fe.
«Solo el Tabernáculo (o Sancta Sanctorum) será preservado: un grupo pequeño de cristianos fieles y perseguidos; el Atrio, que comprende también las Naves (no las había en el Templo de Jerusalén) será pisoteado. Y esa es “la abominación de la desolación”, que dijo Daniel y repitió Cristo». (Ibíd. p. 154). «Todos los Santos Padres han visto en esta visión (Medición del Templo) el estado de la Iglesia en el tiempo de la Gran Apostasía: reducida a un grupo de fieles que resisten a los prestigios y poderes del Anticristo (mártires de los últimos tiempos) mientras la religión en general es pisoteada durante 42 meses o 3 años y medio.
Pisotear no es eliminar: el “Cristianismo será adulterado». (Ibíd. p. 152).
«El mismo Templo y la Ciudad Santa serán profanados, ni serán ya santos. No serán destruidos. La religión será adulterada, sus dogmas vaciados y rellenados de sustancia idolátrica; no eliminada, pues en alguna parte debe estar el templo en que se sentará el Anticristo “haciéndose adorar como Dios”, que dice San Pablo. La Gran Apostasía será a la vez una grande, la más grande Herejía» (Ibíd. p.153).
«Cristo dice en su sermón Esjatológico que la Gran Apostasía haría caer si fuera posible incluso a los elegidos». (Ibíd. p. 125).
«Ni el culto de Satán tiene la sutil malicia y total falsificación de la verdad que tiene esta herejía adulterada de todo el cristianismo. Otros elementos del ejército anticrístico (como la Masonería, la magia y el Satanismo) no se niegan con esto». (Ibíd. p. 188).
«Con retener todo el aparato externo y la fraseología cristiana, falsifica el cristianismo, transformándolo en una adoración del hombre; o sea, sentando al hombre en el templo de Dios, como si fuese Dios. Exalta al hombre como si sus fuerzas fuesen infinitas. Promete al hombre el reino de Dios y el paraíso en la tierra por sus propias fuerzas. La adoración de la Ciencia, la esperanza en el Progreso y la desaforada Religión de la Democracia, no son sino idolatría del hombre; o sea, el fondo satánico de todas las herejías, ahora en estado puro». (Cristo ¿Vuelve o no vuelve? ed. Dictio, Buenos Aires 1976 p.18).
«La fiera del Mar (therion significa fiera y no simplemente “Bestia” como traen nuestras Biblias traducidas) es simplemente el Anticristo (...) La fiera de la tierra es una religión falsa (falsificada) o herejía máxima, con su jefe y conductor: quizás un Obispo apóstata que es también un mago (Solovief)». (El Apokalypsis, p. 95).

FUENTES:
EL SECRETO DE LA SALLETE
APOCALIPSIS DE SAN JUAN
PADRE LEONARDO CASTELLANI