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miércoles, 17 de julio de 2019

LA PASION DEL CORAZON y el Corazón de la Pasión




LA PASION DEL CORAZON y el Corazón de la Pasión

En Cristo nuestro Señor podemos distinguir como dos pasiones: la exterior y la interior, la de su Cuerpo Sacratísimo y la de su Corazón Divino. Entendemos la primera fácilmente ya que, por decirlo así, se nos entra por los ojos y podemos leerle escrita en el Crucifijo desgarrado y sangrante; pero la otra, incomparablemente más dolorosa y profunda, es también por lo mismo más desconocida y arcana. Pudiéramos decir que esta pasión de su Corazón, es al mismo tiempo, como el corazón de la Pasión, es decir, lo central, lo íntimo, lo más doloroso los más hondo de la Pasión de Cristo. Es pues, según la expresión de Mons. Gay, la Pasión del Corazón y el corazón de la Pasión.
La devoción a la Pasión exterior ha sido desde un principio muy conocida y propagada. La numerosa y secular familia franciscana tiene esta devoción entre los elementos de su espíritu. Más tarde, deseando Nuestro Señor aumentarla, sucito a San Pablo de la Cruz que con sus beneméritos pasionistas la ha propagado por todas partes.
Pero era necesario dar un paso más. Así como la revelación, sustancialmente invariable, ha ido sin embargo progresando en la sucesión de los siglos, enriqueciéndose y aclarándose  con las definiciones de la Iglesia; así también la devoción  a la Pasión de Cristo Nuestro Señor. Con las revelaciones a Santa Margarita Mari entro en una nueva etapa. Cuando Jesús le mostro su Corazón herido, no pretendía otra cosa sino hacer comprender al mundo que había sufrido mucho en su Cuerpo, mas, incomparablemente más había sufrido en su Corazón.
La causa de todo este sufrimiento noble sobre la tierra es siempre el amor; y por eso Jesús dijo en aquella celebre aparición: “¡He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, no recibiendo en cambio de ellos sino ingratitudes y desprecios!” He aquí su amor y su dolor; he aquí revelado al mundo el secreto de sus dolores íntimos. Porque ama sufre; sufre por la ingratitud de los hombres; sufre, sobre todo, por la ingratitud de los que más debieran amarlo.
Pero aun esta devoción al Sagrado corazón de Jesús, que tanto se ha extendido por el mundo, tiene como dos etapas; en su evolución va cada vez aclarándose más. La primera idea, el primer deber que despertaron las revelaciones de Paray-le-Monial, fue la reparación. Era un Dios ultrajado, ofendido; por consiguiente, debía el hombre, como un deber a la más estricta justicia, reparar esos ultrajes y ofensas. Tal fue el primer aspecto de la devoción al Sagrado Corazón; fue una devoción reparadora.
¡Hermoso fue entonces el espectáculo que ofreció el mundo como respuesta al Corazón Divino! Multitud de almas se ofrecieron como victimas reparadoras para satisfacer los derechos de la justicia divina ultrajados. ¿No nacieron así múltiples congregaciones religiosas cuyo fin principal es la reparación, como por ejemplo, el Instituto de María Reparadora, como las Religiosas victimas del Corazón de Jesús?
Y esta etapa de la devoción al Sagrado Corazón tuvo todo su apogeo, toda su plenitud y su sanción más solemne con la encíclica de S. S. Pío XI, “Miserentissimus Redemptor”, en la que la idea central es la reparación, como lo es también el nuevo Oficio y Misa del Sagrado corazón (En esta misma encíclica no solo se proclama el deber de la reparación, sino que también se afirma la necesidad de consolar al Corazón Sagrado: más aun S. S. explica magistralmente como podemos efectivamente consolar a Nuestro Señor, pues si nuestros pecados futuros fueron causa de su tristeza de su tristeza mortal, nuestros consuelos futuros también fueron parte para consolarlo, porque unos y otros fueron previstos y para Cristo eran como presentes. Y así “a este Corazón Sagrado a quien no cesan de herir los pecados de los ingratos, ahora podemos y debemos consolarlo de una manera misteriosa, pero real…”)
Pero poco a poco se ha ido acentuando una nueva etapa de la devoción al Sagrado Corazón, más elevada y más intima, que entraña no un deber de justicia sino un deber de caridad exquisita. Si Jesús es ultrajado, si su corazón está herido, la justicia divina, la majestad, la santidad de Dios exige reparación. Pero, si su Corazón está herido, precisamente porque ama, ¿no es lo más necesario que haya almas que lo consuelen?
Después de la reparación debe venir el consuelo, después de las almas reparadoras, las almas consoladoras; y esta es la segunda etapa de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús (En las revelaciones de santa Margarita María se encuentran ya estos dos caracteres de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús cuando Nuestro Señor le pidió que la acompañara una hora la noche de los jueves a los viernes, le indico que eran los dos fines de esta Hora Santa; aplacar la cólera divina y pedir misericordia para los pecadores; y segundo, suavizar la amargura de su corazón abandonado)
El deber de la reparación se extiende a todas las almas, porque si todas hemos pecado, todos debemos en cierto grado, reparar por nuestras propias faltas, y aun por las de los demás, a causa de la solidaridad que debe haber entre los cristianos. Pero esta otra misión, la de consolar, supone cierta intimidad.
Si una persona de elevada dignidad es ofendida, por ejemplo, por todo un pueblo, todo el pueblo está obligado, de una manera o de otra a reparar esa ofensa. Pero si al mismo tiempo su corazón se siente herido y necesita consuelo, no lo buscara en todos sino en los más allegados, en los íntimos, en los más amados. ¡Felices las almas a quienes Jesús escoge para que sean su consuelo!
De dos maneras podemos consolar al que sufre, o suprimiendo las causas de su pena-y este modo es propio de Dios  que tiene a su servicio la omnipotencia- o compartiendo esas penas, compadeciéndolas, que es un modo más propio de la impotencia humana.
Pero en uno y otro caso necesitamos primeramente conocer esos sufrimientos; ignorándolos, ¿Cómo podríamos compadecerlos o aliviarlos?
Ahora bien, de dos modos podemos conocer también esos dolores íntimos del Coraza de Jesús; ambos son, pues no tratamos de de un conocimiento puramente científico: uno es por la fe ordinaria, ilustrada por la lectura del Santo Evangelio y de sus comentadores, profundizada por las meditaciones y reflexiones personales, esclarecida por las ilustraciones que Nuestro Señor Jesucristo suele comunicar en la oración; el otro es un conocimiento que pudiéramos llamar experimental y que se tiene cuando Nuestro Señor hace sentir al alma un reflejo de sus propios dolores, cuando le participa como una gota del océano de amargura que llevo en su Corazón divino ( De esta manera experimental, Nuestro Señor dio a conocer a Santa Margarita los dolores internos de su Corazón divino, “Todas las noches, del jueves al viernes, te hare participar de aquella mortal tristeza que tuve a bien sentir en el jardín de los Olivos; esta tristeza te reducirá, sin que tú puedas comprenderlos, a una agonía mas difícil que la muerte. Otro tanto podríamos comprobar en algunas almas privilegiadas como santa Gema Galgani)
Un ejemplo nos mostrara mejor la diferencia que hay entre estos dos conocimientos. Una persona que tiene la dicha de vivir al lado de su madre, sabe que una amiga suya acaba de perderla. El dolor de aquella pérdida, la desgracia de la orfandad, la soledad del hogar vacio, puede sin duda alguna comprenderla aquella persona poniéndose en el lugar de su amiga. Pero un día llega a tener ella la desgracia de perder a su propia madre. ¡Qué diferencia ahora! Ya no conoce ese dolor por reflexiones o comparaciones, no; lo conoce porque está sintiendo, lo sabe sin ningún recurso, de una manera intima, experimentalmente.
Lo mismo pasa con los doleré internos del Corazón de Cristo: los podemos conocer: los podemos conocer, como decía, por reflexiones y consideraciones, ponderándolos, interrogando nuestro propio corazón, pensando en lo que sufriríamos puestos en las mismas circunstancias en que se vio Cristo. Pero este conocimiento por precioso que sea y aunque engendrado por la gracia al calor de la oración, no es más que una pálida imagen de la realidad.
Más si el alma es generosa, si en lo que está de su parte procura prepararse haciendo grandes progresos en el camino del sacrificio, quizá llegue un día en que Jesús de una manera misteriosa le haga beber de su propio cáliz…
Así como Nuestro Señor no puede hacer mayor gracia en la eternidad que participándonos de su gozo infinito; así no puede darnos mayor prueba de mayor intimidad. Cuando queremos comunicar nuestras alegrías secretas si duda que buscamos un corazón amigo; pero cuando deseamos confiar nuestros dolores, sobre todo los más secretos, los más personales, buscamos al amigo de mayor confianza; y cuando hemos hecho semejante confidencia, hemos revelado el ultimo secreto, hemos dado la prueba suprema de amistad.
Así Jesús; cuando a un alma le ha hecho sentir algo de sus propios dolores, puede decirle con verdad: “ya no te llamare sierva, sino amiga, porque te he revelado el fondo mismo de mi Corazón…” ¡Bienaventurada el alma a quien Jesús encuentra tan olvidada de sí misma, tan generosa en el sacrificio, tan delicada en el amor, que la convierten en el Cirineo de su corazón: esa alma será verdaderamente el consuelo de Jesús.
Sea de ella lo que fuere, toda alma noble y delicada desea hacer lo que este de su parte para consolar a nuestro Señor, y ya que ese conocimiento experimental no está en su mano alcanzarlo, como don gratuito que es de Dios; por lo menos debe aplicarse por adquirir el que si está en su poder.
Para ayudar a este objeto ponemos a vuestra meditación las siguientes sencillas reflexiones. ¡Ojala que fecundadas por la gracia hagan brotar en algún alma de buena voluntad un sentimiento siquiera de compasión que consuele al Corazón de Cristo, hoy como nunca ultrajado de propios y extraños!
Él mismo nos ha dejado entrever: cuando agonizó en Getsemaní, cuando expiro en la Cruz y en esta vida de oculto sacrificio, de inmolación perpetua que lleva en la Eucaristía. De ahí tres series de consideraciones: el Corazón de Cristo en Getsemaní, el Corazón de Cristo en el Calvario y el Corazón de Cristo en la Eucaristía.
Solamente trataremos por ahora de la primera serie, dejando para otra ocasión tratar de las otras dos, si Nuestro Señor nos presta su
Ayuda.

lunes, 15 de julio de 2019

AUDI, FILIA, ET VIDE, ETC. SAN JUAN DE LA CRUZ

DAVID Y GOLIAT
Y como Dios tenga sus ojos puestos en el corazón contrito y humillado (Ps., 50, 19), y dé su gracia a los tales humildes (Jac., 4, 6), da mayor gracia a los más humildes. Y la ocasión de ello fue haber pecado muchos pecados, los cuales ellos confiesan y gimen; mas no desesperan, y alegan delante la misericordia de Dios, qué pues su miseria y daño es muy grande, sea con ellos la misericordia de Él copiosa y muy grande. Y así decía David: Ten, Señor, misericordia de mí según tu gran misericordia. Y como Dios, según hemos dicho, mira con ojos de misericordia al pecador contrito y humillado, da aquí mayor perdón y mayor gracia, que donde no hay tantos pecados ni tanta humildad; cumpliéndose lo que dijo San Pablo (Rom., 5), que donde el pecado abundó, la gracia sobrepujó; y resulta la mayor caída del nombre en mayor alabanza de Dios, pues le da mayor perdón y más gracia.
¿Quién, pues, habrá que esto entienda, que se desespere por tener muchas deudas, pues que ve que la liberalidad y merced del Señor es manifestada y más glorificada en dar mayor suelta, y que toma Dios por honra de su nombre el perdonar, y perdonar mucho?
Antes, conociendo que es cosa justa que el Señor y su nombre sean glorificados, diremos, no con desesperación, más muy confiados (Ps., 24): Por tu nombre, Señor, me perdonarás mi pecado, porque es mucho. Y la gloria que de aquí Dios saca, no nace de nuestro pecado, pues que de sí mismo es desprecio y desacato de Dios; mas procede de la omnipotente bondad divinal, que saca bien de los males, y hace que le sirvan sus enemigos con dar materia para que sus amigos le alaben.
Acordaos, que estando el pueblo de Dios, cuando de Egipto salió, en muy grande aprieto, y que esperaban la muerte de mano de los enemigos que tras ellos venían, díjoles Moisés (Ex., 14, 13): No temáis, porque estos gitanos (gitanos: egipcios) perecerán, y nunca más los veréis. Y como la mar ahogase a los gitanos (gitanos: egipcios) y los echase a la orilla, se pararon a mirar los hijos de Israel; y aunque los vieron, los vieron muertos, y tan sin temor de mirarlos, como si nunca más los miraran; y tomaron ocasión de dar gloria a quien los mató, y dijeron (Ex., 15, 1): Cantemos al Señor, porque gloriosamente ha sido engrandecido: que al caballo y al caballero ahogándolos ha en el mar. Todo lo cual es figura de aquel aprieto en que nuestros pecados nos ponen, representándosenos como enemigos muy fuertes que nos quieren matar y tragar; mas la divina palabra, llena de toda buena esperanza, nos esfuerza diciendo que no desesperemos ni tornemos atrás a los vicios de Egipto, más que siguiendo el propósito bueno, con que comenzamos el camino de Dios, estemos en pie confortados con su socorro, para que veamos sus maravillas; las cuales son, que en la mar de su misericordia, y en la sangre bermeja de Jesucristo su Hijo, son ahogados nuestros pecados; y también el demonio que caballero en ellos venía, para que ni él ni ellos nos puedan dañar; antes acordándonos de ellos, aunque nos duelan como es razón, nos den ocasión que demos gracias y gloria al Señor Dios nuestro por habernos sido piadoso Padre en nos perdonar, y sapientísimo en sacar bienes de nuestros males, matando de verdad el pecado que nos mataba. Y lo que queda
vivo de él que es la memoria de lo haber cometido, hace que sirva para que sus escogidos sean más aprovechados que antes, y ensalzadores de la honra de Dios.
CAPITULO 22
Donde se prosigue el tratar de la misericordia que el Señor usa con nosotros, venciendo su Majestad nuestros enemigos por admirable manera.

Esta admirable hazaña de Dios, que saca triaca de la ponzoña contra la misma ponzoña, sacando del pecado la destrucción del mismo pecado, nace y tiene semejanza de otra hazaña que el Altísimo hizo, no menor, sino mayor que ésta y que todas; la cual fue la obra de su Encarnación y Pasión. En la cual no quiso Dios pelear con sus enemigos con armas de la grandeza de su Majestad, mas tomando las armas de nuestra bajeza, vistiéndose de carne humana, que aunque limpia de todo pecado, fue semejante a carne de pecado (Rom., 8, 3), pues fue sujeta a penas y muerte, lo cual el pecado metió en el mundo. Y con estas penas y muerte, que sin deberlas tomó, venció y destruyó nuestros pecados; destruidos los cuales, se destruyen penas y muerte, que entraron por ellos; como si uno pegase fuego a un tronco de un árbol con los mismos ramos del árbol, y así quemase el tronco y los ramos. ¡Cuán engrandecida, Señor, es tu gloria! Y ¡con cuánta razón te debemos cantar y alabar, mejor que al otro David, pues sales al campo contra Goliath que ponía en aprieto al pueblo de Dios, sin haber quien lo pudiese vencer, ni aun osase entrar en campo con él! (1 Reg., 17.) Mas tú, Señor, Rey nuestro y honra nuestra, disimulando las armas de tu omnipotencia y vida divina, que en cuanto Dios tienes, peleaste con él; tomando en tus manos el báculo de tu cruz, y en tu santísimo cuerpo cinco piedras, que son cinco llagas, lo venciste y lo mataste. Y aunque fueron cinco las piedras, sola una bastaba para la victoria; porque aunque menos pasaras de lo que pasaste, había merecimientos en Ti para nos redimir. Mas Tú, Señor, quisiste que tu redención fuese copiosa y que sobrase, para que así fuesen confortados los flacos y encendidos los tibios, con ver el excesivo amor con que padeciste y mataste nuestros pecados; figurados en Goliath, al cual mató David, no con espada propia que él llevase, mas con la misma que el gigante tenía; por lo cual la victoria fue más gloriosa, y el enemigo más deshonrado. Mucha honra ganara el Señor si, con sus propias armas de vida y omnipotencia divina, peleara con nuestros pecados y muerte, y los deshiciera; mas mucha más ganó en vencerlos sin sacar Él su espada, antes tomando la misma espada y efecto del pecado, que son penas y muerte, condenó al pecado en la carne (Rom., 8, 3) ofreciendo Él su carne para que fuese penada y tratada como si fuera carne de pecador, siendo carne de justo y de Dios, para que por esta vía, como dice San Pablo, la justificación de la Ley se cumpliese en nosotros, que no andamos según la carne, mas según el espíritu.
Y pues la justificación de la Ley se cumple en nosotros, por andar según el espíritu, claro es que estas tales obras con que se cumple la Ley son cuales ella las pide, y con las cuales ella se satisface. Y así consta haber falsamente hablado quien dijo que «todas las obras que hacía un justo eran pecado» (Tal es el error grande y herético de Martín Lutero, que desconoció el efecto santificador producido el alma por la gracia divina y sobrenatural que Jesucristo nos mereció con su preciosísima sangre). Cristo venció perfectamente al pecado, mereciéndonos perdón para los hechos, y fuerza para no los hacer. Y así libró nuestra ánima de la Ley del pecado, pues no le tenemos ya por señor. Y nos libró del daño de las penas, pues que, dándonos gracia para sufrirlas, satisfacemos con ellas la pena que en purgatorio debemos, y ganamos en el cielo coronas (en esta vida presente y mortal, ya que en el purgatorio ya no se puede merecer).
Y también nos libró de la Ley de la muerte; porque aunque hayamos de pasar por ella, no hemos de permanecer en ella, mas como quien se echa a dormir, y después recuerda, nos ha el Señor de resucitar para vivir una vida que nunca más muera, y tan bienaventurada que reformará el cuerpo de nuestra bajeza, y lo hará conforme al cuerpo de su claridad (Phil., 3, 21). Y entonces, alegres y asegurados del todo, despreciando nuestros enemigos y triunfando, diremos (1 Cor., 15, 55): Muerte, ¿qué es de tu victoria? Muerte, ¿qué es de tu aguijón? El cual es el pecado, en quien la muerte tiene su fuerza para herir, como la abeja en su aguijón, pues por el pecado entró la muerte en el mundo (Rom., 5, 12).


sábado, 13 de julio de 2019

CARTA A LOS CATOLICOS PERPLEJOS

S. S. PIO XII EN LA CONSAGRACION
Estas novedades no son de la índole de aquellas que en el orden humano aparecen con el correr del tiempo, aquellas a las que uno se habitúa, que uno asimila después de un primer período de sorpresa y de vacilación. En el curso de una vida humana muchas maneras de proceder y hacer las cosas se transforman; si yo todavía fuera misionero en África, viajaría en avión y no ya en buque aunque más no fuera por la dificultad de encontrar una compañía marítima que prestara ese servicio. En este sentido se puede decir que hay que vivir con la época y, por lo demás, está uno obligado a hacerlo. Pero los católicos a quienes se quiso imponer novedades en el orden espiritual y sobrenatural, en virtud del mismo principio, comprendieron muy bien que eso no era posible. No se puede cambiar el Santo Sacrificio de la misa, no se pueden cambiar los sacramentos instituidos por Jesucristo, no se cambia la verdad revelada de una vez por todas, no se reemplaza un dogma por otro.
Las páginas que siguen quieren responder a las preguntas que se hacen los católicos, esos católicos que conocieron otro rostro de la Iglesia; quieren también iluminar a los jóvenes nacidos después del concilio y a quienes la comunidad católica no ofrece lo que tienen derecho a esperar. Desearía dirigirme por fin a los indiferentes o a los agnósticos a quienes la gracia de Dios tocará un día u otro, pero que corren el peligro entonces de encontrar iglesias sin sacerdotes y con una doctrina que no corresponde a las aspiraciones de su alma. Además, es evidente que es ésta una cuestión que afecta a todo el mundo, a juzgar por el interés que le presta la prensa de información general, especialmente en nuestro país. Los periodistas también se muestran perplejos. Citemos algunos títulos al azar: "¿Morirá el cristianismo?", "¿Y si el tiempo trabajase contra la religión de Jesucristo?", "¿Habrá todavía sacerdotes en el año 2000?" Quiero responder a estas preguntas, sin aportar a mi vez teorías nuevas, sino ateniéndome a la tradición ininterrumpida y sin embargo tan abandonada estos últimos años, que sin duda a muchos lectores les parecerá nueva.
LA NUEVA MISA, en algún lugar del mundo
II
No tengo doctrina personal en materia religiosa. Toda mi vida me atuve a lo que me enseñaron en el seminario francés de Roma, es decir, la doctrina católica según la transmisión que de ella hizo el magisterio de siglo en siglo desde la muerte del último apóstol, que marca el fin de la Revelación. En esto no debería haber un alimento apropiado para satisfacer el apetito de lo sensacional que sienten los periodistas y a través de ellos la actual opinión pública. Sin embargo, toda Francia se conmovió el 29 de agosto de 1976 al enterarse de que yo iba a decir misa en Lille. ¿Qué había de extraordinario en el hecho de que un obispo celebrara el Santo Sacrificio? Tuve que predicar ante una gran cantidad de micrófonos y cada una de mis palabras era saludada con estrépito. Pero, ¿decía yo algo que no hubiera podido decir cualquier otro obispo? ¡Ah! Aquí está la clave del enigma: desde hace varios años los otros obispos ya no dicen las mismas cosas. ¿Se los ha oído hablar acaso a menudo del reino social de Nuestro Señor Jesucristo, por ejemplo? Mi aventura personal no cesa de asombrarme: esos obispos, en su mayor parte, fueron mis condiscípulos en Roma, se formaron de la misma manera. Y de pronto yo me encontraba completamente solo. Ellos habían cambiado, ellos renunciaban a lo que habían aprendido. Yo no había inventado nada nuevo, continuaba en la línea de siempre. El cardenal Garrone llegó a decirme un día-. "Nos han engañado en el seminario francés de Roma". Engañado, ¿en qué? ¿No hizo él mismo recitar millares de veces a los niños de su catecismo el acto de fe antes del concilio-. "Dios mío, creo firmemente en todas las verdades que habéis revelado y que nos enseñáis por medio de vuestra Iglesia, porque vos no podéis engañaros ni engañamos" ¿Cómo pudieron metamorfosearse de semejante manera todos esos obispos? Encuentro una explicación: ellos se quedaron en Francia y se dejaron infectar lentamente. En África, yo estaba protegido. Regresé a Francia justamente en el año del concilio; el mal ya estaba hecho. El concilio Vaticano II no hizo sino abrir las compuertas que contenían la marea destructora. En un santiamén y aun antes de que quedara clausurada la cuarta sesión, el desastre era evidente. Todo o casi todo iba a quedar eliminado y, en primer término, la oración. El cristiano que tiene el sentido y el respeto de Dios se siente chocado por la manera en que se lo hace rezar hoy. Se ha tildado de "machaqueo" a las fórmulas aprendidas de memoria que ya no se enseñan a los niños y que ya No figuran en los catecismos con la excepción del Padre nuestro, en una nueva versión de inspiración protestante que obliga al tuteo. Tutear a Dios de una manera sistemática no es señal de gran reverencia ni procede del espíritu de nuestra lengua que nos ofrece un registro diferente según nos dirijamos a un superior, a un padre, a un camarada. En ese mismo Padrenuestro posconciliar, se le pide a Dios que no nos "someta a la tentación", expresión equívoca puesto que nuestra traducción francesa tradicional representa un mejoramiento por comparación con la fórmula latina calcada bastante torpemente sobre el hebreo. ¿Qué progreso hay aquí? El tuteo invadió el conjunto de la liturgia vernácula: el Nuevo Misal de los domingos emplea el tuteo de manera exclusiva y obligatoria sin que se vean las razones de semejante cambio, tan contrario a las costumbres y a la cultura francesas. En escuelas católicas se hicieron test a niños de doce y trece años. Sólo algunos conocían de memoria el padrenuestro, en francés naturalmente, algunos sabían el Avemaría. Con una o dos excepciones, esos niños ignoraban el Símbolo de los Apóstoles, el Confíteor, los Actos de fe, de esperanza, de caridad y de contrición, el Ángelus. .. ¿Cómo habrían de saber estas cosas si la mayor parte de ellos nunca oyeron ni siquiera hablar de ellas? La oración debe ser "espontánea", hay que hablar a Dios improvisando, se dice ahora, y no se hace ningún caso de la maravillosa pedagogía de la Iglesia que cinceló todas esas oraciones a las que hubieron de recurrir los mayores santos. ¿Qué alienta todavía a los cristianos a decir la oración matinal y vespertina en familia, a recitar el Benedícite y la acción de gracias? Me he enterado de que en muchas escuelas católicas ya no se quiere decir la oración al comenzar las clases tomando como pretexto que hay alumnos no creyentes o miembros de otras religiones y que no hay que chocar su conciencia ni hacer uno alarde de sentimientos triunfalistas. Las autoridades escolares se felicitan de admitir en esas escuelas a una gran mayoría de no católicos y hasta de no cristianos y de no hacer nada para conducirlos a Dios. Niños católicos de esas escuelas deben ocultar su credo bajo el pretexto de respetar las opiniones de sus camaradas. La genuflexión ya no es practicada más que por un número muy restringido de fieles; se la reemplazó por una inclinación de cabeza o más frecuentemente por absolutamente nada. La gente entra en una iglesia y se sienta. El mobiliario ha sido reemplazado, los bancos con reclinatorio se transformaron en leña para calefacción; en muchos lugares se han colocado en su lugar butacas idénticas a las de salas de espectáculos, lo cual por lo demás permite instalar más cómodamente al público cuando las iglesias se utilizan para dar conciertos. Me han citado el caso de una capilla del Santo Sacramento en una gran parroquia parisiense a la que acudían a hacer una visita a la hora del almuerzo muchas personas que trabajaban en los alrededores; un día esa capilla se cerró a causa de los trabajos que debían realizarse; cuando reabrió sus puertas los reclinatorios habían desaparecido, sobre una gruesa y cómoda alfombra se habían instalado asientos acolchados y profundos, de un precio ciertamente elevado y comparables a los que se pueden encontrar en la sala de recepción de las grandes sociedades o de las compañías aéreas. El comportamiento de los fieles cambió completamente; unos pocos se arrodillaban en la alfombra, pero la mayor parte se instalaba cómodamente y con las piernas cruzadas meditaba frente al tabernáculo. Es seguro que en el espíritu de esa parroquia había una intención; no se procede a realizar disposiciones tan costosas sin reflexionar en lo que se hace, se comprueba aquí una voluntad de modificar las relaciones del hombre con Dios en la dirección de la familiaridad, de la desenvoltura, como si se tratara con Dios de igual a igual.


viernes, 12 de julio de 2019

EL CREDO COMENTADO POR SANTO TOMAS DE AQUINO



Artículo 8
CREO EN EL ESPÍRITU SANTO
112. —Como ya se dijo, el Verbo de Dios es el Hijo de Dios, así como el verbo del hombre es una concepción de su inteligencia. Pero a veces el hombre tiene un verbo muerto: así es cuando el hombre piensa lo que debe hacer, pero no hay en él la voluntad de hacerlo; como cuando el hombre cree y no obra, se dice que su fe está muerta, como en Santiago 2, 26. Pero el Verbo de Dios está vivo. Hebr 4, 12: "Ciertamente es viva la palabra de Dios"; por lo cual necesariamente Dios tiene en sí voluntad y amor. Por lo cual dice San Agustín en el libro sobre la Trinidad: "El Verbo del que tratamos de dar una idea es un conocimiento con amor". Ahora bien, como el Verbo de Dios es el Hijo de Dios, así el amor de Dios es el Espíritu Santo. De aquí que el hombre posee al Espíritu Santo cuando ama a Dios. Dice el Apóstol en Rom 5, 5: "El Amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado".
113. —Pero hubo algunos que opinando erróneamente acerca del Espíritu Santo, dijeron que es una crea-tura, que es inferior al Padre y al Hijo y que era el esclavo y el servidor de Dios. Por lo cual, para rechazar esos errores, se agregaron cinco palabras en otro símbolo sobre el Espíritu Santo.
114. —Primeramente, que aun cuando hay otros espíritus, los Ángeles, que sí son servidores de Dios, según aquello del Apóstol (Hebr I, 14): "Todos ellos son espíritus servidores"; en cambio, el Espíritu Santo es Señor. Juan 4, 24: "El Espíritu es Dios"; y el Apóstol, en II Cor 3, 17: "El Señor es el Espíritu"; por lo cual donde esté el Espíritu del Señor, allí hay libertad, como se dice en II Cor 3. Y la razón de ello es que hace amar El símbolo de Nicea-Constantinopla a Dios y quita el amor al mundo. Por lo cual se dice: Creo "En el Espíritu Santo, que es Señor".
115. —En segundo lugar, que la vida del alma consiste en unirse a Dios, porque Dios mismo es la vida del alma, así como el alma es la vida del cuerpo. Pues bien, el Espíritu Santo une a Dios por amor, porque El mismo es el amor de Dios, y por eso vivifica. Juan 6, 64: "El Espíritu es el que vivifica". Por lo cual se dice: "Y vivificante".
116. —En tercer lugar, que el Espíritu Santo es de la misma substancia con el Padre y el Hijo; porque como el Hijo es el Verbo del Padre, así el Espíritu Santo es el amor del Padre y del Hijo, y por lo mismo procede del uno y del otro; y así como el Verbo de Dios es de una misma sustancia con el Padre, así también el Amor con el Padre y con el Hijo. Por lo cual se dice: "Que procede del Padre y del Hijo". Luego también por esto consta que no es una criatura.
117. —En cuarto lugar, que es igual al Padre y al Hijo en cuanto al culto. Juan 4, 23: "Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad".
Mt 28, 19: "Enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo". Por lo cual se dice: "Que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración".
118. —En quinto lugar, lo que prueba que el Espíritu Santo es igual a Dios es que los Santos Profetas hablaron por Dios. En efecto, es claro que si el Espíritu no fuese Dios, no se diría que los Profetas hablaran por Dios.
Pero San Pedro dice (Epist. II, cap. I, 21) que "santos hombres de Dios han hablado inspirados por el Espíritu Santo". Isaías 48, 16: "Me envió el Señor Dios y su Espíritu". Por lo cual aquí se dice: "Que habló por los Profetas".
119. —Con esto se destruyen dos errores: el error de los Maniqueos, que dijeron que el Antiguo Testamento no es de Dios, lo cual es falso, porque por los Profetas habló el Espíritu Santo. Y también el error de Priscila y de Montano, que dijeron que los Profetas no hablaron por el Espíritu Santo, sino como dementes.
120. —Pues bien, del Espíritu Santo provienen para nosotros variados frutos.
En primer lugar, nos purifica de los pecados. La razón es que a quien hace una cosa le corresponde rehacerla.
Pues bien, el alma es creada por el Espíritu Santo, porque Dios hace todas las cosas por El. En efecto, amando su propia bondad es como Dios produce todas las cosas. Sab II, 25: "Amas todo lo que existe, y nada de lo que hiciste aborreces". Dice Dionisio en el cap. 4 de Los Nombres divinos: "El amor de Dios no le permitió permanecer sin vástago". Es forzoso, pues, que el corazón del hombre destruido por el pecado sea rehecho por el Espíritu Santo. Salmo 103, 30: "Envía tu Espíritu y los seres serán creados, y renovarás la faz de la tierra". Ni es de admirar que el Espíritu purifique, porque todos los pecados se perdonan por el amor. Luc 7, 47: "Sus muchos pecados le son perdonados porque amo mucho". Prov 10, 12: "La caridad cubre todos los delitos".
Y también I Pedro 4, 8: "La caridad cubre la multitud de los pecados".
121. —En segundo lugar, ilumina el entendimiento, porque todo lo que sabemos, lo hemos aprendido del Espíritu Santo. Juan 14, 26: "Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo, y os recordará todo lo que yo os he dicho".
Y también I Jn 2, 27: "La Unción os enseñará acerca de todas las cosas".
122. —En tercer lugar, el Espíritu Santo nos ayuda y de cierta manera nos obliga a guardar los mandamientos.
En efecto, nadie puede guardar los mandamientos de Dios si no ama a Dios. Juan 14, 23: "Si alguno me ama guardará mi palabra". Pues bien, el Espíritu Santo nos hace amar a Dios, por lo cual nos ayuda. Ezeq 36, 26: "Os daré un corazón nuevo, y en medio de vosotros pondré un espíritu nuevo; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra; y os daré un corazón de carne; y pondré mi espíritu en medio de vosotros; y haré que marchéis según mis preceptos, y observaréis mis leyes y las practicaréis".
123. —En cuarto lugar, confirma la esperanza de la vida eterna, porque El es como la prenda de su herencia.
Dice el Apóstol en Efes I, 13-14: "Fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es prenda de nuestra herencia". El es, pues, como las arras de la vida eterna. Y la razón de ello es que la vida eterna le es debida al hombre en cuanto es hecho hijo de Dios, y viene a serlo haciéndose semejante a Cristo. Ahora bien, se asemeja uno a Cristo por poseer al Espíritu de Cristo, que es el Espíritu Santo. Dice el Apóstol en Rom 8, 15-16: "No recibisteis un espíritu de esclavitud para recaer en el temor, sino que recibisteis el Espíritu de hijos adoptivos, que nos hace exclamar: Abba, Padre. El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios". Y en Gal 4, 6: "Porque sois hijos de Dios, Dios ha enviado a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: Abba, Padre".
124. —En quinto lugar, nos aconseja en nuestras dudas y nos enseña cuál sea la voluntad de Dios. Apoc 2, 7: "El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias". Isaías 50, 4: "Lo escucharé como a Maestro".

jueves, 11 de julio de 2019

SATAN EN EL MUNDO MODERNO.



Posesión
La China Roja, por otra parte, se ha revelado satánica por su desprecio de la vida humana. Uno de sus principales dirigentes ¿no ha declarado que su país es el único que puede permitirse desatar una guerra? "Podemos perder — dijo —, trescientos millones de chinos. Quedarán todavía trescientos cuarenta millones." ¿Una frase como ésta no es acaso puro satanismo? Y lo que le da verosimilitud es el modo con que se ha tratado hasta hoy a los adversarios del régimen. De acuerdo con las estadísticas británicas, se ha ejecutado entre ochocientos mil y un millón quinientas mil personas en China Roja, desde hace diez años. Las cifras norteamericanas son mucho más elevadas y van desde los cinco a los diez millones, y aún veinte millones. Es probable que la verdad esté entre los dos extremos. Pero; es seguro que la República Popular China ha nacido en un baño de sangre humana! Y lo que ocurrió en el Tíbet nos da una nueva prueba de ello.
Se ha hablado a menudo, desde hace cien años, en nuestro país, del peligro amarillo. Este peligro es ahora inminente. Muy probablemente de la China se propagará el incendio que un día u otro devorará a toda la tierra.
Por todas estas razones, porque pensamos en el millar de millones de chinos hambrientos que habrá en el mundo antes de cuarenta años, porque consideramos la mentalidad china actual, el predominio del comunismo ateo en esta parte del mundo, creemos poder hablar de una posesión diabólica colectiva en esa tierra lejana.
Infestaciones
 Inmediatamente después de la China, aunque muy diferente de ella, nos permitimos colocar a Rusia comunista. Pero entre el caso de la China y el de Rusia, creemos que existe tanta diferencia como entre una posesión y una infestación, ¿Cuál es esta diferencia? Para nosotros es esencial. La China Roja está poseída. Satán es allí el amo. Agita este gran cuerpo en todos sentidos. Establece un orden perverso, una disciplina de hierro, una ambición temible, un apetito de dominio que no cesará, sin duda, de crecer, un furor de destrucción que nuestros sobrinos o sobrinos nietos verán, sin duda, en actividad.
En Rusia, el Demonio está presente en la conducción, en la política, en la enseñanza, en los designios de futuro de los dirigentes.
Pero lo que durante tanto tiempo se ha llamado "la santa Rusia" permanece intacta, en una gran parte. La fe vive, la plegaria actúa.
Los embustes del Demonio no han alterado la fe intensa del pueblo ruso. Las infestaciones son violentas y pérfidas, pero ineficaces en lo concerniente al alma profunda de la nación. Todo lo que sabemos o creemos saber sobre Rusia nos hace llegar a la conclusión de la dualidad esencial entre el partido diabólico que ejerce el poder y las masas populares que siguen siendo cristianas. Por su paciencia, por su fidelidad, por su apego a las viejas tradiciones nacionales, Rusia no sólo resiste a los ataques del Demonio, sino que se prepara, tal vez, por gracia de la Virgen María, la Panagia, Toda-Santa, a una resurrección que asombrará al universo. En todo caso, en un conflicto que abarcara al universo todo, no es seguro que avanzara con los enemigos de Dios y de su Cristo, ¡que obedeciera a la voz de orden de Satán! Si llegamos a algún conflicto gigantesco análogo al que antes de la creación del hombre, opuso a Miguel contra Lucifer, es decir los ángeles fieles a los ángeles rebeldes, es probable que los dos campos
enfrentados no desatarán, como se cree comúnmente, un conflicto puramente político entre dos bloques, entre el este y el oeste, sino un conflicto altamente religioso entre Cristo y Satán, entre el amor y el odio, entre la fe y la incredulidad.
Países de tentación
Una China poseída, una Rusia infestada, esto significa, añadiéndoles un determinado número de países menores que es inútil nombrar, por lo menos la mitad de la humanidad.
Sería absolutamente ridículo creer y decir que la otra mitad está exenta de los ataques de Satán. Todos los capítulos de este libro han hecho ver a Satán actuando en países cristianos, en viejas tierras de civilización cristiana. Ni las posesiones individuales ni las infestaciones son desconocidas en tales regiones. Sin embargo, es lo que podemos llamar el régimen de la tentación diabólica la regla general en nuestro país.
La tentación es cosa de todos los días, casi de todos los instantes.
Asume todas las formas. Varía según los caracteres y los temperamentos. Querer describirla, sería simplemente hacer un tratado de los pecados capitales: el orgullo, la lujuria, la envidia, etc.
Pero no es esto lo que merece retener nuestra atención en el cuadro de conjunto que tratamos de trazar.
No hace mucho —el 20 de febrero de 1959 — un semanario católico importante, La Francia católica, publicó un artículo de María Winowska, en quien todos concuerdan en ver a uno de los espíritus más lúcidos de nuestra época: La tercera tentación.
Se trata de la tentación del Demonio con respecto a Cristo, aquella en que le muestra todos los reinos de la tierra y le dice: "Todo esto será tuyo si postrándote ante mí, me adoras."
María Winowska pone en escena a un joven indio que acaba de recibir el bautismo. Han subido a Montmartre. Bajo su vista se despliega el inmenso y magnífico espectáculo de París. Y el joven indio exclama:
"— ¿Por qué no vivís de acuerdo con vuestra fe? El Evangelio es formal; oración primero, prudencia primero, fe primero, caridad primero. Está en el papel, pero en la práctica"
Y María Winowska contesta: — Tienes razón, pero ¡hay con todo personas en nuestro país, hombres, mujeres, que practican el Evangelio! ¡Te lo aseguro! Y hasta son muchos. Y esto es lo que nos defiende. Pero existen también deficiencias, lagunas, cosas ilógicas.
Y el joven indio prosigue: — ¡En su mayoría los cristianos de Europa viven como si no tuvieran fe. No quiero decir que no la tengan, pero la ocultan bien —y añade sin piedad: —He visto sacerdotes que me han hablado de técnicas de apostolado, de métodos, de adaptaciones, de prensa, de cinematógrafo, de televisión. Seguramente son buenos sacerdotes, pero ¿por qué no dicen lo esencial? ¡Para nosotros la prudencia es más que eso, más que todo en el mundo! ¿Qué proporción hay del Creador a la criatura? Naturalmente María Winowska protesta. No se puede juzgar al clero por un contacto exterior. No es posible acusarlo de activismo sin conocer su vida interior total. Ya hemos hecho dos "revoluciones" en materia religiosa desde hace cincuenta años: una litúrgica que está lejos de haber dado todavía todos sus frutos (Hoy podríamos decir que esta revolución litúrgica pretende acabar con la fe y las costumbres puramente católicas) —una revolución bíblica que está sólo en sus comienzos (Hoy por hoy en su brillante apogeo con la libre interpretación de la misma dejando de lado a los santos Padres de la Iglesia, santos Doctores y exégetas que nos brindaron una sana interpretación de la Santa Biblia) — y queda por cumplir una revolución mística que responderá totalmente a los deseos tan justos de María Winowska y del joven indio.
La tentación grande para los cristianos de nuestra época, no una tentación de detalle, sino la tentación más común, más general, más peligrosa, es preferir las cosas a Dios. El joven indio sostiene que ha tratado de aplicar un "test" a los cristianos que ha encontrado.
Este "test" era justamente la tentación del Demonio en la montaña.
1 Doctrina separatista de los flamencos belgas de tendencia germanófila. (N. de la T.)
"Ahora bien — dijo —, sabéis que eran muy pocos los que no hubieran consentido en hacer una pequeña reverencia, aunque más no fuera que una inclinación pequeñita, al tentador que les ofrecía los reinos de este mundo. Me decían: «Cuando tuviera todo eso, sería para gloria de Dios» o bien: «Es menester hacerle algunas concesiones al mundo para dominarlo mejor», o por fin: «El cristianismo no podrá resistir si no se adapta al progreso.» Abrevio, pero le aseguro que todas esas personas tenían más confianza en las técnicas humanas que en la fe! . . ."
En suma, sobre cuarenta y siete personas prudentemente sondeadas, el indio sólo había encontrado tres o cuatro que prefirieran verdaderamente a Dios antes que las cosas. Y huelga decir que no se había dirigido más que a excelentes católicos.
Tal es, pues, la "tercera tentación". Todos estos buenos católicos tienen fe, hasta tienen las obras de la fe, tienen la esperanza y la caridad. Son de esos que San Pablo llamaba "santos", es decir almas en las cuales habita Dios. Pero son también almas ilógicas — y todos lo somos más o menos —, almas que no van hasta el final de las exigencias de su fe, almas en las cuales, para hablar aún como María Winowska, el haber tiene más importancia que el ser.


miércoles, 10 de julio de 2019

EL SANTO ABANDONO. DOM VITAL LEHODEY

Nuestra Señora del Carmen
Artículo 4º.- Nuestras propias faltas

El P. de Caussade hace a este propósito muy atinadas reflexiones: «Dios permite nuestras pequeñas infidelidades, a fin de convencernos más íntimamente de nuestra debilidad, y para hacer morir poco a poco en nosotros esta desdichada estima de nosotros mismos, que nos impediría adquirir la verdadera humildad de corazón. Ya lo sabemos; nada hay más agradable a Dios que este absoluto desprecio de sí, acompañado de una entera confianza puesta solamente en El.
Grande es, pues, la gracia que este Dios de bondad nos hace cuando nos constriñe a beber, las más de las veces a pesar de nuestra repugnancia, este cáliz temido por nuestro amor propio y nuestra naturaleza caída. De no hacerlo así, jamás curaríamos de una presunción secreta y de una orgullosa confianza en nosotros mismos. Nunca llegaremos a comprender, cual conviene, que todo el mal viene de nosotros, y todo bien sólo de Dios; y para hacernos habitual este doble sentimiento, se precisa un millón de experiencias personales, y tanto más, cuanto que estos vicios ocultos en nuestra alma son mayores y más arraigados. Son, pues, para nosotros muy saludables estas caídas, en cuanto que sirven para conservarnos siempre pequeños y humillados delante de Dios, siempre desconfiados de nosotros mismos, siempre anonadados a nuestros propios ojos. Nada más fácil, en efecto, que servirnos de cada una de nuestras faltas para adquirir un nuevo grado de humildad, y de este modo ahondar más en nosotros el fundamento de la verdadera santidad.
¿Por qué no admirar y bendecir la infinita bondad de Dios, que así sabe sacar nuestro mayor bien hasta de nuestras faltas? Basta para esto no amarlas, humillarse dulcemente y levantarse con infatigable constancia después de cada una de ellas, y después trabajar en corregirse.»
En cuanto a las consecuencias penales del pecado, si Dios permite que no las podamos evitar, hemos de recibirlas con humilde aquiescencia al divino beneplácito. Consecuencias del pecado son, por ejemplo, la confusión en presencia de nuestros hermanos, alguna herida causada a nuestra reputación, un quebrantamiento en la salud. Puede acontecer que nuestra negligencia, nuestras indiscreciones, maledicencias, arrebatos, en fin, nuestro mal carácter, nos procuren disgustos, humillaciones, mortificaciones, perjuicios en nuestros intereses. Nuestras faltas nos dejarán tras sí una turbación, preocupación de espíritu, penosas inquietudes. Dios no ha querido el pecado, pero quiere sus consecuencias; nos hace sufrir para curarnos, y nos hiere aquí abajo, a fin de no verse precisado a castigarnos en el otro mundo. ¡Señor!, hemos de exclamar entonces, bien merecido lo tengo; Vos lo habéis permitido, Vos lo habéis querido así, hágase vuestra voluntad, que yo la adoro y a ella me someto. Todo esto lo realizamos sin turbación, sin disgusto, sin inquietud, sin desaliento, recordando que Dios, aunque odia el pecado, sabe hacer de él instrumento muy útil para conservarnos en la abyección y en el desprecio de nosotros mismos.
Con esta misma filial tranquilidad aceptaremos las consecuencias penales de nuestras imprudencias. En opinión del P. dc Caussade, «apenas hay prueba más mortificante para el amor propio; y por lo mismo, no existe quizá otra más santificadora que ésa. No es tan difícil ni con mucho aceptar las humillaciones que vienen de fuera y que en manera alguna hemos provocado. Nos resignamos también más fácilmente a la confusión causada por faltas más graves en sí mismas con tal que se mantengan ocultas; mas una sencilla imprudencia que lleva consigo consecuencias desagradables, patentes a la vista de todos, he aquí sin género de duda la más humillante de las humillaciones, y ved ahí, por consiguiente, una excelente ocasión para herir de muerte al amor propio, y que jamás habremos de desperdiciar. Tómase entonces el corazón con ambas manos y se le obliga, a pesar de su resistencia, a hacer un acto de perfecta resignación, siendo éste el momento más favorable para decir y repetir el fiat de un perfecto abandono; más aún, es preciso esforzarse por llegar hasta la acción de gracias y añadir al fiat el Gloria Patri. Una sola prueba así aceptada hace progresar a un alma más que numerosos actos de virtud».
San Francisco de Sales «jamás se impacientaba contra sí mismo, ni contra sus propias imperfecciones, y el disgusto que experimentaba por sus faltas era tranquilo, reposado y firme; pues juzgaba que nos castigamos mucho más a nosotros mismos con el arrepentimiento tranquilo y constante, que con el agrio, inquieto y colérico; y tanto más, cuanto que estos arrepentimientos de la impetuosidad no obedecen a la gravedad de nuestras faltas, sino a nuestras inclinaciones. En cuanto a mí -decía-, si hubiera dado una caída lamentable, no reprendería a mi corazón de esta forma: ¿no eres un miserable y digno de abominación, tú que, después de tantas resoluciones, aún te dejas arrastrar de la vanidad? Muere de vergüenza, y no levantes ya los ojos al cielo, ciego, desconsiderado, traidor y desleal a tu Dios. Más bien le corregiría razonablemente y por vía de compasión: Vamos, pobre corazón mío; arriba, pues otra vez hemos caído en la fosa que tanto habíamos procurado evitar. ¡Vamos!, levantémonos, abandonémosla para siempre, imploremos la misericordia de Dios y esperemos que ella nos asistirá para ser más firmes en lo sucesivo, y volvamos al camino de la humildad. Animo, pues; velemos sobre nosotros mismos, que Dios nos ayudará. Y como efecto de esta reprensión querría tomar una sólida y firme resolución de no volver a caer, tomando para ello los medios convenientes».
Por su parte, el P. de Caussade aconseja dirigir sin cesar a Dios esta oración interior: «Señor, dignaos preservarme de todo pecado, y de un modo especial en tal materia. Mas, en cuanto a la pena que debe curar mi amor propio, a la humillación, a la santa abyección que hiere mi orgullo y que debe abatirlo, la acepto por el tiempo que os plazca, y os la agradezco como una gracia especial. Haced, Señor, que estos amargos remedios produzcan su efecto, que curen mi amor propio y me ayuden a adquirir la santa humildad, que es el sólido fundamento de la vida interior y de toda perfección.»
A pesar de la oración y de los esfuerzos, se cometerán nuevas faltas, cuyo único remedio estriba en humillarnos siempre más profundamente, volver a Dios con la misma confianza y reanudar el combate sin desanimarnos jamás. «Si de una vez aprendemos a humillamos sinceramente por nuestras menores faltas, levantarnos sin demora mediante la confianza en Dios, con paz y dulzura, será esto seguro remedio para lo pasado, un socorro poderoso para el presente, un eficaz preservativo para el porvenir. Mas el abandono bien comprendido ha de librarnos de esta impaciencia que hace deseemos llegar de un salto a la cumbre de la montaña, de la santidad y que sólo consigue alejarnos de ella. El único camino es el de la humildad; y la impaciencia es una de las formas del orgullo. Trabajemos con todas nuestras fuerzas en la corrección de nuestros defectos, mas resignémonos a no conseguirlo en un solo día. Pidamos a Dios con las más vivas instancias y confianza más filial, esta gracia decisiva que nos arrancará por completo de nosotros mismos para hacernos vivir únicamente en El y dejémosle con filial abandono el cuidado de determinar el día y la hora en que tal gracia ha de sernos otorgada.»
9. LAS PRUEBAS INTERIORES EN GENERAL

Hemos considerado ya los bienes y los males temporales, la esencia de la vida espiritual y sus modalidades extrínsecas.
Réstanos estudiar las penas de la vida interior; primero en general, y después algunas en particular, como las tentaciones, las arideces, las oscuridades, etc. Allí en donde el abandono será moneda corriente, pues, estas pruebas son inevitables y muy frecuentes; según San Alfonso, constituyen «la más amarga de todas las penas posibles».


martes, 9 de julio de 2019

Testimonio impresionante de un alma condenada, acerca de lo que la llevó al Infierno. (ultima parte)


No te sorprendas de mis palabras. Es un misterio contrario a las leyes de la naturaleza material: el fuego del infierno quema sin consumir. Nuestro mayor tormento consiste en saber que nunca veremos a Dios. ¿Cómo puede atormentarnos tanto esto, si en la tierra nos era indiferente? Mientras el cuchillo está sobre la mesa, no te impresiona. Le ves el filo, pero no lo sientes. Pero si el cuchillo entra en tus carnes, gritarás de dolor. Ahora, sentimos la pérdida de Dios. Antes, sólo pensábamos en ella.
No todas las almas sufren igual. Cuanto mayor fue la maldad, cuanto más frívolo y decidido, tanto más le pesa al condenado la pérdida de Dios, tanto más lo sofoca la criatura de que abusó. Los católicos que se condenan sufren más que los de otras religiones, porque recibieron y desaprovecharon, por lo general, más luces y mayores gracias. Los que tuvieron mayores conocimientos sufren más duramente que los que tuvieron menos. El que pecó por maldad sufre más que el que cayó por debilidad. Pero ninguno sufre más de lo que mereció. Oh, si esto no fuera verdad, tendría un motivo para odiar!
Un día me dijiste: nadie va al infierno sin saberlo. Eso le habría sido revelado a una santa. Yo me reía, mientras me atrincheraba en esta reflexión: "siendo así, siempre tendré tiempos suficiente para volver atrás". Esta revelación es exacta. Antes de mi muerte repentina, es verdad, no conocía al infierno tal como es. Ningún ser humano lo conoce. Pero estaba perfectamente enterada de algo: "Si mueres, me decía, entrarás en la eternidad como una flecha, directamente contra Dios; habrá que aguantar las consecuencias". Como te dije, no volví atrás. Perseveré en la misma dirección, arrastrada por la costumbre, con la que los hombres actúan cuanto más envejecen.
Mi muerte ocurrió así: Hace una semana - digo según las cuentas que llevan ustedes, porque si calculara por mis dolores, podría estar ardiendo en el infierno desde hace diez años - mi marido y yo salimos en otra excursión dominguera, que fue la última para mí. El día estaba radiante de sol. Me sentía muy bien, como pocas veces. Sin embargo, me traspasaba un presentimiento siniestro. Inesperadamente, en el viaje de regreso, mi marido y yo fuimos enceguecidos por los faros de un automóvil que venía en sentido contrario, a gran velocidad. Max perdió el control del vehículo. Jesús! Se escapó de mis labios, no como oración sino como grito. Sentí un dolor aplastante: comparado con el tormento actual, una bagatela. Después perdí el sentido.
¡Qué extraño! Aquella misma mañana, sin explicación, había surgido en mi mente este pensamiento. "Por una vez, podrías ir a Misa". Era como una súplica. Un "¡no!" claro y decidido cortó el curso de la idea. "Con esas cosas tengo que terminar definitivamente". Es decir, asumí todas las consecuencias. Ahora las soporto.
Lo que ocurrió después de mi muerte lo sabes. La suerte de mi marido, de mi madre, lo que ocurrió con mi cadáver, mi entierro, lo sé por una intuición natural que tenemos todos los que estamos aquí. Del resto de lo que ocurre en el mundo poseemos un conocimiento confuso. Sabemos lo que se refiere a nosotros. De este modo veo el lugar donde vives. Desperté de improviso en el momento de mi muerte. Me encontré inundada por una luz ofuscante. Era el mismo sitio donde había caído mi cadáver. Sucedió como en el teatro, cuando se apagan las luces de la sala, sube el telón y aparece una escena trágicamente iluminada. La escena de mi vida. Como en un espejo, mi alma se mostró a sí misma. Vi las gracias despreciadas y pisoteadas, desde mi juventud hasta el último "no" frente a Dios.
Me sentí como un asesino, al que llevan ante el tribunal para ver a la víctima exánime. ¿Arrepentirme? ¡Nunca! ¿Avergonzarme? ¡Jamás!
Mientras tanto, no conseguía permanecer bajo la mirada de Dios, a quien rechazaba. Sólo tenía una salida: la fuga. Así como Caín huyó del cadáver de Abel, así mi alma se proyectó lejos de esta visión de horror.
Este era el Juicio particular.
Habló el invisible juez: "APÁRTATE DE MI". De inmediato mi alma, como una sombra amarilla de azufre, se despeñó al lugar del eterno tormento.
Epílogo de Clara:
Así terminó la carta de Anita sobre el Infierno. Las últimas palabras eran casi ilegibles, tan torcidas estaban las letras. Cuando terminé de leer la última línea, la carta se convirtió en cenizas. ¿Qué es lo que escucho? En medio de los duros términos de las palabras que imaginaba haber leído, resonó el dulce tañido de una campana. Me desperté de inmediato. Estaba acostada en mi cuarto. La luz matinal entraba por la ventana. Las campanadas de las Avemarías llegaban de la iglesia parroquial. ¿Todo había sido un sueño?
Nunca había sentido antes en el Ángelus tanto consuelo como después de ese sueño. Lentamente, fui rezando las oraciones. Entonces comprendí: la bendita Madre del Señor quiere defenderte. Venera a María filialmente, si no quieres tener el destino que te contó - aunque fuera en sueños - un alma que jamás verá a Dios. Temblando todavía por la visión nocturna, me levanté, me vestí con prisa y huí a la capilla de la casa. Mi corazón palpitaba con violencia. Los huéspedes que estaban más cerca me miraban con preocupación. Quizás pensaban que estaba agitada por correr escaleras abajo.
Una bondadosa señora de Budapest, un alma sacrificada, pequeña como una niña, miope, aún fervorosa en el servicio de Dios, de gran penetración espiritual, me dijo por la tarde en el jardín: "Señorita, Nuestro Señor no quiere ser servido con excitación". Pero ella advertía que otra cosa me había excitado y aún me preocupaba. Agregó, bondadosamente: "Nada te turbe - conoces el aviso de Santa Teresa - nada te espante. Todo pasa. Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta". Mientras susurraba esto, sin adoptar un aire magisterial, parecía estar leyendo mi alma.
"Sólo Dios basta". Sí, El ha de bastarme, en éste o en el otro mundo. Quiero poseerlo allí un día, por más sacrificios que tenga que hacer aquí para vencer. No quiero caer en el infierno.
Conclusión:
Quizás no como objeción, pero no puede eludirse una pregunta: ¿Cómo puede haber recordado Clara con tal precisión todas las palabras de la carta de la condenada? Respondemos: quien hace lo más, puede hacer lo menos. Quien comienza una obra, puede también concluirla. Si la manifestación de ultratumba es un hecho preternatural, Clara debe haber tenido también una asistencia preternatural para escribir con exactitud todas las palabras leídas durante la visión.
La eternidad de las penas del infierno es un dogma. Seguramente, el más terrible de todos. Tiene su fundamento en las Sagradas Escrituras.
De la conveniencia de ilustrar este dogma con un caso particular, nos da ejemplo Nuestro Señor Jesucristo en la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro. Allí se encuentra una descripción del infierno y del peligro de caer en él. No es otra la intención de este trabajo. Expresa también nuestra finalidad el siguiente consejo: "Vayamos al infierno mientras estemos vivos, para no caer allí después de la muerte".

sábado, 6 de julio de 2019

EL MODERNISMO Y LA DESTRUCCIÓN DE LA IGLESIA CATÓLICA.

San Pío X
CARTA ENCÍCLICA PASCENDI SOBRE LAS DOCTRINAS DEL MODERNISMO

Muy a nuestro pesar y dada la gravedad de la situación de la Iglesia, callar seria colaborar con los que sin escrúpulo destruyen a la Iglesia castísima esposa de Nuestro Señor Jesucristo. Antes (de 1960 para atrás) los enemigos obraban atacaban desde afuera a la Iglesia, Luego durante el pontificado de S. S. San Pío X se introdujeron en el mismo seno de la misma Iglesia, hoy ya están dentro de ella ocupándose, con un odio inaudito, en destruir aquello que fue instituido por Nuestro Señor Jesucristo en la persona de San Pedro. Nos desgarra el corazón como, sin compasión de ninguna índole, difunden no solo su “doctrina” MODERNISTA sino también sus purulentos errores y novedades infeccionando a todo el cuerpo místico militante quien, sin darse cuenta aspiran y asimilan tales errores y novedades pensando que es lo que quiere la Verdadera Iglesia fundada por Nuestro divino Maestro. Nada más alejado de esta realidad pues como dice el apóstol san Juan: “Que comunión hay entre la verdad y el error, entre la luz y las tinieblas”. Pero tan diabólicamente lo han sabido inocular el error que aun las almas mas versadas están asombradas de la malicia del demonio que por medio de ellos obra y, si así están estas almas, como lo estarán aquellas almas no instruidas en la verdad? Solo el sentido común les queda a estas últimas para ver los horrores introducidos en la Iglesia que las confunde y desanima por el momento, pero luego piden a Dios que tal situación en la Iglesia llegue a su fin y ver realizada plenamente, si Dios se los permite aquella tan luminosa y consoladora frase de S. S. San Pío X: “Omnia instaurare in Christo”
Precisamente no hay nadie más autorizado para explicar este tema de los modernistas que nuestro gran santo, he aquí su encíclica Paccendi Gregis sobre esta herejía denominada la “cloaca de todas las herejías” como lo es el MODERNISMO
INTRODUCCIÓN
Al oficio de apacentar la grey del Señor que nos ha sido confiada de lo alto, Jesucristo señaló como primer deber el de guardar con suma vigilancia el depósito tradicional de la santa fe, tanto frente a las novedades profanas del lenguaje como a las contradicciones de una falsa ciencia. No ha existido época alguna en la que no haya sido necesaria a la grey cristiana esa vigilancia de su Pastor supremo; porque jamás han faltado, suscitados por el enemigo del género humano, hombres de lenguaje perverso»(1), «decidores de novedades y seductores»(2),«sujetos al error y que arrastran al error»(3).
S. S. PIO XII CELEBRANDO LA MISA
Gravedad de los errores modernistas
1. Pero es preciso reconocer que en estos últimos tiempos ha crecido, en modo extraño, el número de los enemigos de la cruz de Cristo, los cuales, con artes enteramente nuevas y llenas de perfidia, se esfuerzan por aniquilar las energías vitales de la Iglesia, y hasta por destruir totalmente, si les fuera posible, el reino de Jesucristo. Guardar silencio no es ya decoroso, si no queremos aparecer infieles al más sacrosanto de nuestros deberes, y si la bondad de que hasta aquí hemos hecho uso, con esperanza de enmienda, no ha de ser censurada ya como un olvido de nuestro ministerio. Lo que sobre todo exige de Nos que rompamos sin dilación el silencio es que hoy no es menester ya ir a buscar los fabricantes de errores entre los enemigos declarados: se ocultan, y ello es objeto de grandísimo dolor y angustia, en el seno y gremio mismo de la Iglesia, siendo enemigos tanto más perjudiciales cuanto lo son menos declarados.
Hablamos, venerables hermanos, de un gran número de católicos seglares y, lo que es aún más deplorable, hasta de sacerdotes, los cuales, so pretexto de amor a la Iglesia, faltos en absoluto de conocimientos serios en filosofía y teología, e impregnados, por lo contrario, hasta la médula de los huesos, con venenosos errores bebidos en los escritos de los adversarios del catolicismo, se presentan, con desprecio de toda modestia, como restauradores de la Iglesia, y en apretada falange asaltan con audacia todo cuanto hay de más sagrado en la obra de Jesucristo, sin respetar ni aun la propia persona del divino Redentor, que con sacrílega temeridad rebajan a la categoría de puro y simple hombre.
2. Tales hombres se extrañan de verse colocados por Nos entre los enemigos de la Iglesia. Pero no se extrañará de ello nadie que, prescindiendo de las intenciones, reservadas al juicio de Dios, conozca sus doctrinas y su manera de hablar y obrar. Son seguramente enemigos de la Iglesia, y no se apartará de lo verdadero quien dijere que ésta no los ha tenido peores. Porque, en efecto, como ya hemos dicho, ellos traman la ruina de la Iglesia, no desde fuera, sino desde dentro: en nuestros días, el peligro está casi en las entrañas mismas de la Iglesia y en sus mismas venas; y el daño producido por tales enemigos es tanto más inevitable cuanto más a fondo conocen a la Iglesia. Añádase que han aplicado la segur no a las ramas, ni tampoco a débiles renuevos, sino a la raíz misma; esto es, a la fe y a sus fibras más profundas. Mas una vez herida esa raíz de vida inmortal, se empeñan en que circule el virus por todo el árbol, y en tales proporciones que no hay parte alguna de la fe católica donde no pongan su mano, ninguna que no se esfuercen por corromper. Y mientras persiguen por mil caminos su nefasto designio, su táctica es la más insidiosa y pérfida. Amalgamando en sus personas al racionalista y al católico, lo hacen con habilidad tan refinada, que fácilmente sorprenden a los incautos. Por otra parte, por su gran temeridad, no hay linaje de consecuencias que les haga retroceder o, más bien, que no sostengan con obstinación y audacia. Juntan a esto, y es lo más a propósito para engañar, una vida llena de actividad, constancia y ardor singulares hacia todo género de estudios, aspirando a granjearse la estimación pública por sus costumbres, con frecuencia intachables. Por fin, y esto parece quitar toda esperanza de remedio, sus doctrinas les han pervertido el alma de tal suerte, que desprecian toda autoridad y no soportan corrección alguna; y atrincherándose en una conciencia mentirosa, nada omiten para que se atribuya a celo sincero de la verdad lo que sólo es obra de la tenacidad y del orgullo.
A la verdad, Nos habíamos esperado que algún día volverían sobre sí, y por esa razón habíamos empleado con ellos, primero, la dulzura como con hijos, después la severidad y, por último, aunque muy contra nuestra voluntad, las reprensiones públicas. Pero no ignoráis, venerables hermanos, la esterilidad de nuestros esfuerzos: inclinaron un momento la cabeza para erguirla en seguida con mayor orgullo. Ahora bien: si sólo se tratara de ellos, podríamos Nos tal vez disimular; pero se trata de la religión católica y de su seguridad. Basta, pues, de silencio; prolongarlo sería un crimen. Tiempo es de arrancar la máscara a esos hombres y de mostrarlos a la Iglesia entera tales cuales son en realidad.
3. Y como una táctica de los modernistas (así se les llama vulgarmente, y con mucha razón), táctica, a la verdad, la más insidiosa, consiste en no exponer jamás sus doctrinas de un modo metódico y en su conjunto, sino dándolas en cierto modo por fragmentos y esparcidas acá y allá, lo cual contribuye a que se les juzgue fluctuantes e indecisos en sus ideas, cuando en realidad éstas son perfectamente fijas y consistentes; ante todo, importa presentar en este lugar esas mismas doctrinas en un conjunto, y hacer ver el enlace lógico que las une entre sí, reservándonos indicar después las causas de los errores y prescribir los remedios más adecuados para cortar el mal.


LA "MISA NUEVA" En algun lugar del mundo

I. EXPOSICIÓN DE LAS DOCTRINAS MODERNISTAS

Para mayor claridad en materia tan compleja, preciso es advertir ante todo que cada modernista presenta y reúne en sí mismo variedad de personajes, mezclando, por decirlo así, al filósofo, al creyente, al apologista, al reformador; personajes todos que conviene distinguir singularmente si se quiere conocer a fondo su sistema y penetrar en los principios y consecuencias de sus doctrinas.