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viernes, 21 de junio de 2019

EJERCICIO DE PERFECCION Y VIRTUDES CRISTIANAS POR EL V. PADRE ALONSO RODRIGUEZ,


PRIMERA TENTACION DE JESUCRISTO
En la primera parte (2) tratamos largamente de este medio de la oración; ahora solamente recogemos a algunas oraciones jaculatorias, de que nos podamos ayudar e n semejantes tiempos. Llena tenemos la Sagrada Escritura, especialmente los Salmos, de oraciones acomodadas para esto. Cuales son: Domine, vim patior, responde pro me: *Señor, violencia padezco, responded por mí (3).* Levantaos, Señor, ¿por qué dormís? * levantaos, no nos desamparéis para siempre* ¿por qué apartáis vuestro rostro, y os olvidáis de nuestra pobreza y tribulación? Tomad armas y escudo, y levantaos en nuestra ayuda; decid a mi alma: yo soy tu salud (5). ¿Hasta cuándo, Señor, me habéis de olvidar? ¿Hasta cuándo habéis de apartar de mí vuestro rostro? ¿Hasta cuándo se ha de gloriar mi enemigo sobre mí? Miradme, Señor, y oídme, y alumbrad mis ojos para que no duerma sueño de muerte, ni pueda decir mi enemigo que prevaleció contra mí (1). Vos sois, Señor, nuestro refugio y amparo en el tiempo de la necesidad y tribulación (2). *Mi esperanza, Señor, y mi gozo será verme a la sombra y al abrigo de vuestras alas (3).* Así como los pollitos se guarecen debajo de las alas de su madre, cuando viene el milano, así nosotros, Señor, estaremos bien guarecidos y guardados debajo de vuestras alas. San Agustín se alegraba mucho con esta consideración, y decía a Dios: Señor, pollito soy, tierno y flaco, y si vos no me amparáis, arrebatadme el milano. Amparadme, Señor, debajo de vuestras alas (5). Particularmente es maravilloso para este efecto aquel principio del Salmo sesenta y siete: Levántese Dios y sean desbaratados sus enemigos; huyan delante de él los que le aborrecen (6); porque como les ponemos delante, no nuestra virtud, sino la de Dios, desconfiando de nosotros e invocando contra ellos el favor de su Majestad, desfallecen y huyen viendo que ha de salir él a la causa contra ellos en favor nuestro.
San Atanasio afirma (7) que muchos siervos de Dios han experimentado mucho provecho en sus tentaciones, diciendo este verso.
Una veces con estas u otras semejantes palabras de la Sagrada Escritura, que tienen particular fuerza: otras veces con palabras salidas de nuestra necesidad (que también suelen ser muy eficaces), siempre habremos de tener muy a la mano este remedio de acudir á Dios con la oración. Y así solía decir el Padre Maestro Ávila: La tentación a vos, y vos a Dios. Levantaré mis ojos a aquellos montes soberanos, de donde me ha de venir todo el socorro y favor. *Mi socorro es del Señor, que hizo el cielo y la tierra (1).* Y habernos de procurar que estos clamores y suspiros salgan, no solamente de la boca, sino de lo íntimo del corazón, conforme a aquello del Profeta: *De lo más profundo clamé á tí, Señor (2).* Dice San Crisóstomo sobre estas palabras: No dijo, ni clamó solamente con la boca, porque estando el corazón distraído, puede la lengua hablar; sino de lo profundísimo y más íntimo de sus entrañas y con grande fervor clamaba a Dios (3).

CAPÍTULO XVII
De otros dos remedios contra las tentaciones.

El bienaventurado San Bernardo dice (4) que el demonio cuando quiere engañar a uno, primero mira muy bien su natural, su condición e inclinación, y a donde le ve más inclinado, por allí le acomete. Y así, a los blandos y de suave condición, les acomete con tentaciones deshonestas y de vanagloria; y a los que tienen condición áspera, con tentaciones de ira, de soberbia, de indignación e impaciencia. Lo mismo nota San Gregorio, y trae una buena comparación.
Dice que así como uno de los principales avisos de los cazadores es saber a qué linaje de cebo son más aficionadas las aves que quieren casar, para armarles con eso, así el principal cuidado de nuestros adversarios los demonios, es saber a qué género de cosas estamos más aficionados y de qué gustamos más, para armarnos y entrarnos por ahí. Y así vemos que acometió y tentó el demonio a Adán por la mujer, porque sabía la afición grande que le tenía; y a Sansón también por ahí le acometió y le venció, para que declarase el enigma y para que dijese en qué estaba su fortaleza. Anda el demonio como diestro guerrero rodeando y buscando con mucha diligencia la parte más flaca de nuestra alma, la pasión que reina más en cada uno, y aquello a que es más inclinado, para combatirle por allí. Y así esta ha de ser también la prevención y remedio que nosotros habernos de poner de nuestra parte contra este ardid del enemigo; reconocer la parte más flaca de nuestra alma y más desamparada de virtud, que es donde la inclinación natural, o la pasión, o costumbre mala más nos lleva, y poner ahí mayor cuidado y defensa.
Otro remedio muy conforme a este nos ponen los Santos y maestros de la vida espiritual. Dicen que habernos de tener por regla general, cuando somos combatidos de alguna tentación, acudir luego a lo contrario de ella, y defendernos con ello. Porque de esa manera curan acá los médicos las enfermedades del cuerpo (1); cuando la enfermedad procede de frío, aplican cosas calientes, y cuando de sequedad, cosas húmedas: y de esa manera los humores se reducen a un medio, y se ponen en conveniente proporción.
Pues de esa misma manera habremos nosotros de curar y remediar las enfermedades y tentaciones del alma. Y eso es lo que nos dice nuestro Padre: «Débense prevenir las tentaciones con los contrarios de ellas, como es, cuando uno se entiende ser inclinado a soberbia, ejercitándole en cosas bajas que se piensa le ayudarán para humillarse; y así de otras inclinaciones siniestras (2).»

CAPÍTULO XVIII
De otros dos remedios muy principales, que son, resistir á los principios, y nunca estar ociosos.

Otro remedio muy bueno y general nos dan aquí los Santos; y es que procuremos resistir a los principios.
Dice San Jerónimo: Cuando el enemigo es pequeño, matadle: ahogadle en su principio, y deshacedle e n su raíz antes que crezca, porque después por ventura no podréis (3). Es la tentación como una centella de fuego, que si una vez prende, crece y abrasa (4). Y así dijo muy bien el otro: Resiste a los principios: tarde viene el remedio, cuando la llaga es muy vieja (5). Y mucho mejor nos avisa de esto el Espíritu Santo por el profeta David: *Dichoso aquel que cogiere tus pequeñuelos y los desmenuzare en una piedra (l).* Y por su hijo Salomón: * Caladnos las raposas pequeñas, que asuelan las viñas (2).* Cuando las raposillas de las tentaciones son pequeñas, cuando comienzan los pensamientos de juicios, de soberbia, de la aficioncilla, de la amistad y de la singularidad, entonces los habéis de quebrantar en la piedra firmísima, que es Cristo, con su ejemplo y consideración, para que no crezcan y vengan a destruir la viña de vuestra alma. No podemos excusar que nos vengan tentaciones y pensamientos malos; pero bienaventurado aquel que al principio, cuando comienzan a venir, se sabe sacudir de ellos. Así declara San Jerónimo (3) este lugar. Importa mucho resistir a los principios, cuando el enemigo es flaco y tiene pocas fuerzas; porque entonces el resistir es fácil, y después muy dificultoso.
San Crisóstomo declara esto con una comparación: Así como si a un enfermo le viene apetito de comer una cosa dañosa, y vence aquel apetito, se libra del daño que le había de hacer aquella mala comida y sana más presto de la enfermedad; mas si por tomar aquel poco de gusto come el manjar dañoso, agrávasele la enfermedad y viene a morir de ella o a tener muy grande pena en la cura, todo lo cual pudiera excusar con tomar un poco de trabajo en refrenar al principio aquel apetito de gula de comer aquel manjar dañoso; así, dice, si cuando al hombre le viene el mal pensamiento o el deseo de mirar, se vence en eso al principio, refrenando la vista y desechando luego el mal pensamiento, se librará de la molestia y pena de la tentación que de allí se le había de levantar, y del daño en que consintiendo podría caer; pero, si no se vence y refrena al principio, por aquel pequeño descuido y por aquel poquito de gusto que recibió mirando, o pensando, viene después a morir en el alma, o a lo menos, a tener gran trabajo y pena resistiendo. De  manera, que lo que al principio le costara poco o casi nada, le viene después a costar mucho. Y así concluye el Santo que importa grandemente resistir a los principios.
En las vidas de los Padres (1) se cuenta que el demonio se le apareció una vez al abad Pacomio en figura de una mujer muy hermosa, y riñéndole el Santo porque usaba de tanta malicia para engañar a los hombres, le dijo el demonio: si comenzáis a dar alguna entrada a nuestras titilaciones, luego os ponemos mayores incentivos para provocaros más a pecar; empero si vemos que al principio resistís y no dais entrada a las imaginaciones y pensamientos que os traemos, como humo desfallecemos.


jueves, 20 de junio de 2019

AUDI, FILIA, ET VIDE, ETC. SAN JUAN DE AVILA


CAPITULO 18
De otro laso, contrario al pasado, que es la desesperación con que el demonio pretende vencer al hombre; y cómo nos habremos contra él.

Otra arte suele tener el demonio contraria a esta pasada; la cual es, no haciendo ensalzar el corazón, mas abajándolo y desmayándolo, hasta traerlo a desesperación; y esto hace trayendo a la memoria los pecados que el hombre ha hecho, y agravándolos cuanto puede, para que el tal hombre, espantado con ellos, caiga desmayado como debajo de carga pesada, y así se desespere. De esta manera hizo con Judas, que al hacer el pecado le quitó delante la gravedad de él, y después le trajo a la memoria cuan gran mal era haber vendido a su Maestro, y por tan poco precio, y para tal muerte; y así le cegó los ojos con la grandeza del pecado, y dio con él en el lazo, y de allí en el infierno.
De manera que a unos ciega con las buenas obras, poniéndoselas delante y escondiéndoles sus males, y así los engaña con la soberbia; y a otros escondiéndoles que no se acuerden de la misericordia de Dios, y de los bienes que con su gracia hicieron, y tráeles a la memoria sus males, y así los derriba con desesperación.
Mas así como el remedio de lo primero fue, queriéndonos él vanamente alzar en el aire, asirnos nosotros más a la tierra, considerando, no nuestras plumas; de pavón, mas nuestros lodosos pies de pecados que hemos hecho, o haríamos, si por Dios no fuese, así  es otro engaño es el remedio quitar los ojos de nuestros pecados, y ponerlos en la misericordia de Dios y en los bienes que por su gracia hemos hecho. Porque en el tiempo que nuestros pecados nos combaten con desesperación, muy bien hecho es acordarnos de los bienes que hemos hecho o hacemos, según tenemos ejemplo en Job (13, 18), y en el rey Ezequías (4 Reg., 20, 3). Y esto, no para poner confianza en nuestras buenas obras en cuanto son nuestras, porque no caigamos en un lazo huyendo de otro, mas para esperar en la misericordia de Dios, qué pues Él nos hizo merced de que hiciésemos el bien con su gracia, Él nos lo galardonará, aun hasta el jarro de agua que por su amor dimos; y que, pues nos ha puesto en la carrera de su servicio, no nos dejará en la mitad de ella; pues sus obras son acabadas (Deut., 32, 4), como Él lo es; y más hizo en sacarnos de su enemistad, que en conservarnos en su amistad. Lo cual nos enseña San Pablo diciendo (Rom., 5, 10): Si cuando éramos enemigos fuimos hechos amigos con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más ahora que somos hechos amigos, seremos salvos en la vida de Él.
Cierto, pues su muerte fue poderosa para resucitar a los muertos, también lo será su vida para conservar en vida a los vivos. Si nos amó desamándole nosotros, no nos desamará, pues le amamos. De manera, que osemos decir lo que dice San Pablo (Philip., 1, 6): Confío que Aquel que comenzó en nosotros el bien, lo acabará hasta el día de Jesucristo. Y si el demonio nos quisiere turbar con agravarnos los pecados que hemos hecho, miremos que ni él es la parte ofendida, ni es tampoco el juez que nos ha de juzgar. Dios es a quien ofendimos cuando pecamos, y Él es el que ha de juzgar a hombres. Y, por tanto, no nos turbe que el acusador acuse; mas consolémonos, que el que es parte y Juez, nos perdona y absuelve, mediante nuestra penitencia, y sus ministros y Sacramentos. Esto dice San Pablo así (Rom., 8): Si Dios está con nosotros, ¿quién será contra nos? El cual a su propio Hijo no perdonó, mas por todos nosotros lo entregó. ¿Pues cómo es posible que dándonos a su Hijo, no nos haya dado con Él todas las cosas? ¿Quién acusará contra los escogidos de Dios? Dios es el que justifica; ¿quién habrá que condene? Todo esto dice San Pablo. Lo cual bien considerado, debe esforzar a nuestro corazón a esperar lo que falta, pues tales prendas de lo pasado tenemos.
Ni nos espanten nuestros pecados, pues el Eterno Padre castigó por ellos a su Unigénito Hijo, para que así viniese el perdón sobre quien merecía el castigo, si el tal hombre se dispusiere a recibirlo. Y pues Él nos perdona, ¿qué le aprovecha al demonio que dé voces pidiendo Justicia? Ya una vez fue hecha justicia en la cruz de todos los pecados del mundo; la cual cayó sobre el inocente Cordero, Jesucristo nuestro Señor, para que todo culpado que quisiere llegarse a Él y gozar de su redención por la penitencia, sea perdonado. Pues ¿qué justicia seria castigar otra vez los pecados del penitente con infierno, pues ya una vez fueron suficientemente castigados en Jesucristo? Y digo castigar con infierno, porque hablo del penitente bautizado, que por vía del Sacramento de la Penitencia recibe perdón y la gracia perdida, conmutándosele ordinariamente la pena del infierno, que es eterna, en pena temporal, que en esta vida satisfaga con buenas obras, o en el purgatorio padeciendo las penas de allá. Mas no piense nadie que no quitarse toda la pena, sea por falta de la redención del Señor, cuya virtud está y obra en los Sacramentos; porque copiosa es, como dice Santo Rey y Profeta David (Ps., 129, 7); mas es por falta del penitente, que no llevó disposición para más. Y tal dolor y vergüenza puede llevar, que de los pies del confesor se levante perdonado de toda la culpa y de toda la pena, como si recibiera el santo Bautismo, que todo esto quita a quien lo recibe aun con mediana disposición. Sepan todos que el óleo que nos dio nuestro grande Elíseo (4 Reg., 4, 1-7), Jesucristo nuestro Señor, cuando nos dio su Pasión, que obra en sus Sacramentos riquísimos, es para poder pagar con él todas nuestras deudas, y vivir en vida de gracia, y después de gloria.
Mas es menester que nosotros, como la otra viuda, llevemos vasos de buenas disposiciones, conforme a los cuales recibirá cada uno el efecto de su sagrada Pasión, que, en sí misma, bastantísima es, y aun sobrada.

CAPITULO 19
Da lo mucho que nos dio el Eterno Padre en darnos a Jesucristo nuestro Señor; y cuánto lo deberíamos agradecer y aprovecharnos de esta merced, esforzándonos con ella para no admitir la desesperación con que el demonio suele combatirnos.

Mucha razón tiene Dios de quejarse, y sus pregoneros para reprender a los hombres, de que tan olvidados estén de esta merced, digna que por ella se diesen gracias a Dios de noche y de día. Porque, como dice San Juan (3, 16): Así amó Dios al mundo, que dio a su Unigénito Hijo, para que todo hombre que creyere en Él y le amare, no perezca, más tenga la vida eterna. Y en esta merced están encerradas las otras, como menores en la mayor, y efectos en causa. Claro es que quien dio el sacrificio contra los pecados, perdón de pecados dio cuanto es de su parte; y quien el Señor dio, también dio el señorío; y, finalmente, quien dio su Hijo, y tal hijo dado a nosotros, y nacido para nosotros (Nobis datus, nobis natus: Hymno --- Pange, lingua), no nos negará cosa que necesaria nos sea. Y quien no la tuviere, de sí mismo se queje, que de Dios no tiene razón. Que para dar a entender esto, no dijo San Pablo: Quien el Hijo nos dio todas las cosas NOS DARÁ con Él; mas dijo: Todas las cosas NOS HA DADO con Él; porque de parte de Dios todo está dado, perdón, y gracia y el cielo. ¡Oh hombres!, ¿por qué perdéis tal bien, y sois ingratos a tal Amador y a tal dádiva, y negligentes a aparejaros para recibirla? Cosa sería digna de reprensión que un hombre anduviese muerto de hambre y desnudo, lleno de males; y habiéndole uno mandado en su testamento gran copia de bienes, con que podía pagar, y salir de sus males, y vivir en descanso, se quedase sin gozar de ellos por no ir dos o tres leguas de camino a entender en el tal testamento. La redención hecha está tan copiosa, que, aunque perdonar Dios las ofensas que contra Él hacen los hombres, sea dádiva sobre todo humano sentido, mas la paga de la Pasión y muerte de Jesucristo nuestro Señor excede a la deuda del hombre en valor, mucho más que lo más alto del cielo y a lo más profundo del suelo. Como dice San Agustín: «Azotes debía el hombre culpado, y ser preso, y escarnecido y muerto; ¿pues no os parece que están bien pagados con azotes y tormentos y muerte de un hombre, no sólo justo, mas que es hombre y Dios? Inefable merced es que adopte Dios por hijos los hijos de los hombres, gusanillos de la tierra. Mas para que no dudásemos de esta merced, pone San Juan (I, 14) otra mayor, diciendo: La palabra de Dios es hecha carne.
Como quien dice: No dejéis de creer que los hombres nacen de Dios por espiritual adopción, mas tomad, en prendas de esta maravilla, otra mayor, que es el hijo de Dios ser hecho hombre, e hijo de una mujer.
También es cosa maravillosa que un hombrecillo terrenal esté en el cielo gozando de Dios, y acompañado de ángeles con honra inefable; mas mucho más fue estar Dios puesto en tormentos y menosprecios de cruz, y morir entre dos ladrones; con lo cual quedó la Justicia divina tan satisfecha, así por lo mucho que el Señor padeció, como principalmente por ser Dios el que padeció, que nos da perdón de lo pasado, y nos echa bendiciones con que nuestra esterilidad haga fruto de buena vida y digna del cielo; figurada en el hijo que fue dado a Sara (Gen., 18, 10), vieja y estéril. Porque el becerro cocido en la casa de Abraham (Gen., 18, 7), que es Jesucristo, crucificado en el pueblo que de Abraham venía, fue a Dios tan gustoso, que de airado se tornó manso y la maldición conmutó en bendición, pues recibió cosa que más le agradó, que todos los pecados del mundo le pueden desagradar. Pues ¿por qué desesperas, hombre, teniendo por remedio y por paga a Dios humanado, cuyo merecimiento es infinito? Y muriendo, mató nuestros pecados, mucho mejor que muriendo Sansón murieron los filisteos (Judi., 16, 30). Y aunque tantos hubieses hecho tú como el mismo demonio que te trae a desesperación, debes esforzarte en Cristo, Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo (Jn., 1, 29); del cual estaba profetizado que había de arrojar todos nuestros pecados en el profundo del mar (Mich., 7, 19), y que había de ser ungido el Santo de los santos, y tener fin el pecado, y haber sempiterna justicia (Dan., 9, 24). Pues si los pecados están ahogados, quitados y muertos, ¿qué es la causa por qué enemigos tan flacos y vencidos te vencen, y te hacen desesperar?


miércoles, 19 de junio de 2019

EL CREDO COMENTADO. SANTO TOMAS DE AQUINO


90. —En tercer lugar, difiere en cuanto al fruto y la eficacia, porque todos resucitan por el poder de la resurrección de Cristo. Mt 27, 52: "Muchos cuerpos de santos difuntos resucitaron". Dice el Apóstol en I Cor 15, 20: "Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron".
Pero notad que por la pasión Cristo llegó a la gloria.
Luc 24, 2ó: "¿No era necesario que Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?". Así nos enseña cómo podemos nosotros llegar a la gloria: Hechos 14, 21: "Es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios".
91.—En cuarto lugar, difiere en cuanto al tiempo: porque la resurrección de los otros hombres es diferida hasta el fin del mundo, si no es que a algunos por privilegio se les concede antes, como a la Santísima Virgen, y, como piadosamente se cree, a San Juan Evangelista; pero Cristo resucitó al tercer día. Y la razón de ello es que la resurrección y la muerte y la natividad de Cristo fueron por nuestra salvación, por lo cual El quiso resucitar cuando nuestra salvación se cumpliera. Por lo cual, si hubiese resucitado al instante, no se habría creído que hubiese muerto. De la misma manera, si hubiese tardado mucho, los discípulos no habrían permanecido en la fe, y así ninguna utilidad habría en su pasión. Salmo 29, 10: "¿Qué utilidad hay en mi sangre si desciendo a la corrupción?". Por lo cual resucitó al tercer día, para que se creyera que había muerto y para que los discípulos no perdieran la fe.
92. —Pues bien, de todo lo anterior podemos sacar cuatro consecuencias para nuestra ilustración.
En primer lugar, que hemos de aplicarnos a resucitar espiritualmente de la muerte del alma, en la que incurrimos por el pecado, a la vida de justicia, que se adquiere por la penitencia. Dice el Apóstol en Ef 5, 14: "Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará". Y esta es la primera resurrección. Apoc 20, 6: "Bienaventurado el que tiene parte en la primera resurrección".
93. —En segundo lugar, que no hemos de diferir para la hora de la muerte el resucitar (del pecado), sino rápidamente, porque Cristo resucitó al tercer día. Eccli 5, 8: "No te tardes en convertirte al Señor, y no lo difieras de un día para otro", porque agobiado por la debilidad no podrás pensar en las cosas que pertenecen a la salvación, y también porque pierdes parte de todos los bienes que se hacen en la Iglesia, e incurres en muchos males por la perseverancia en el pecado.
Además, el diablo, dice San Beda, cuanto por más tiempo posee, tanto más difícilmente deja.
94. —En tercer lugar, que hemos de resucitar a una vida incorruptible, de tal suerte que no volvamos a morir, o sea, con tal propósito, que no pequemos más. Rom ó, 9: "Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte no tiene ya señorío sobre él". Y más abajo (1 1-13): "Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús. No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que obedezcáis a sus concupiscencias. Ni ofrezcáis vuestros miembros como armas de iniquidad al pecado, sino más bien ofreceos a Dios como quienes, muertos, han vuelto a la vida".
95. —En cuarto lugar, que hemos de resucitar a una vida nueva y gloriosa, de tal suerte que desde luego evitemos todo aquello que antes haya sido ocasión y causa de muerte y de pecado. Rom 6, 4: "Así como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva". Y esta vida nueva es la vida de justicia, que renueva el alma y la conduce a la vida de la gloria. Así sea.
Artículo 6
ASCENDIÓ A LOS CIELOS, Y SE SENTÓ A LA DIESTRA
DE DIOS PADRE OMNIPOTENTE
96. —Tras de creer en la resurrección de Cristo es necesario creer en su ascensión, por la cual ascendió al Cielo a los cuarenta días. Y por eso se dice: "Ascendió a los cielos".
Acerca de su ascensión debes notar tres cosas.
Primeramente fue a) sublime, b) racional y c) útil.
97. —a) Fue sublime porque ascendió a los cielos. Y esto se explica de tres maneras.
Primero, por encima de todos los cielos materiales.1 Dice el Apóstol en Ef 4, 10: "Subió por encima de todos los cielos". Cristo fue el primero en realizar tal cosa. Antes, en efecto, el cuerpo terreno no existía sino en la tierra, tanto que aun Adán estuvo en un paraíso terrenal.
En segundo lugar, ascendió por encima de todos los cielos espirituales. Ef I, 20-22: "Sentándole a su diestra en los cielos, por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación y de todo cuanto tiene nombre no sólo en este mundo sino también en el venidero; y bajo sus pies sometió todas las cosas".
En tercer lugar, ascendió hasta el trono del Padre. Dan 7, 13: "Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre, y llegó hasta el Anciano de los días"; y Marc 16, 19: "Y el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo, y se sentó a la diestra de Dios".
98. —Pero no debemos entender lo de "diestra de Dios" de una manera corporal, sino metafóricamente: porque se dice que se sentó a la derecha del Padre, en cuanto Dios, esto es, por su igualdad con el Padre; y en cuanto hombre se sentó a la derecha del Padre, esto es, con los bienes más excelentes. Pero esto afectó al diablo: Is 14, 13: "Al cielo voy a subir, por encima de las estrellas de Dios alzaré mi trono, y me sentaré en el monte de la Alianza, en el extremo norte. Subiré por encima de la altura de las nubes, me asemejaré al Altísimo". Pero no llegó allí sino Cristo, por lo cual se dice: "Subió a los cielos, y está sentado a la diestra del Padre". Salmo 109, I: "Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi diestra".
99. —b) En segundo lugar, la ascensión de Cristo fue conforme a razón, porque fue hasta los cielos; y esto por tres motivos: Primeramente porque el cielo se le debía a Cristo a causa de su naturaleza. En efecto, lo natural es que cada ser vuelva al lugar de donde es originario. Pues bien, el principio del origen de Cristo está en Dios, que es por encima de todo. Juan 16, 28: "Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo el mundo y voy al Padre". Juan 3, 13: "Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo". Y aunque los santos suben al cielo, sin embargo esto no es como sube Cristo; porque Cristo sube por su propio poder, y los santos, atraídos por Cristo. Cant 1 ,3: "Llévame en pos de ti". Pero puede decirse que nadie sube al cielo sino Cristo, porque los santos no ascienden sino en cuanto son miembros de Cristo, que es la cabeza de la Iglesia. Mat 24, 28: "Donde esté el cadáver, allí se juntarán las águilas".
En segundo lugar, se le debía a Cristo el cielo por razón de su victoria. Porque Cristo fue enviado al mundo para luchar contra el diablo, y lo venció, y por lo mismo mereció ser exaltado por encima de todo. Apoc 3,21: "Yo vencí, y me senté con mi Padre en su trono".
En tercer lugar, a causa de su humildad. En efecto, ninguna humildad es tan grande como la de Cristo, que siendo Dios quiso hacerse hombre, y siendo Señor quiso tomar la condición de siervo, haciéndose obediente hasta la muerte, como se dice en Filip 2, y descendió hasta los infiernos, por lo cual mereció ser exaltado hasta el cielo, al trono de Dios. Porque la humildad es el camino de la exaltación. Luc 14, II: "El que se humilla será exaltado"; Ef 4, 10: "Este que bajó es el mismo que subió por encima de todos los cielos".
100. —c) En tercer lugar, la ascensión de Cristo fue útil, por tres motivos.
Primeramente por razón de conducción, porque ascendió para conducirnos. Pues nosotros ignorábamos el camino, pero El mismo nos lo mostró. Miqueas 2, 13: "Ascendió, abriendo camino adelante de ellos". Y para darnos la seguridad de la posesión del reino celestial.
Juan 14, 2: "Voy a prepararos un lugar".
En segundo lugar, por razón de la seguridad que nos da. Pues subió al cielo para interceder por nosotros.
Hebr 7, 25: "Ya que está siempre vivo para interceder por nosotros". I Juan 2: "Tenemos a uno que abogue ante el Padre, a Jesucristo".
En tercer lugar, para atraer nuestros corazones hacia El. Mt 6, 21: "Donde está tu tesoro, allí está también tu corazón"; y para que despreciemos las cosas temporales.
El Apóstol en Colos 3, I: "Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios; gustad de las cosas de arriba, no de las de la tierra".

martes, 18 de junio de 2019

EL MISTERIO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO


Jesucristo y la samaritana
INTRODUCCION
Yo quisiera, en la medida que Dios me lo permita y me dé los medios para hablaros, ¡oh! no con tanta elocuencia como lo hizo san Pablo ni con tanta elocuencia como lo hicieron oradores como san Juan Crisóstomo y los grandes doctores de la Iglesia, intentar someter vuestra inteligencia, someter vuestro corazón y someter vuestra alma al Misterio de Nuestro Señor Jesucristo. Pues, en definitiva, Nuestro Señor Jesucristo siempre es el centro y el corazón de toda nuestra vida y lo será para la eternidad. Por El y en El podemos vivir de la gracia, podemos vivir de la caridad, y vivir y preparar nuestra eternidad. No hay otro camino.
Cuando consideramos lo que somos, pobres pecadores tentados de favorecer siempre más el desorden que el orden, por todas las tentaciones y por nuestras debilidades, como ya os he dicho, por las heridas que nos ha hecho el pecado original, tenemos la necesidad de encontrar no sólo a nuestro modelo sino también al que es la causa del orden que tenemos que restablecer en nosotros. Nuestro Señor Jesucristo no sólo es nuestro modelo sino también la causa de nuestra resurrección, y la causa de nuestra santificación, y en El hallamos realmente todo lo que necesitamos para nuestra santificación.
La Iglesia Católica nos presenta a este hombre perfecto en Nuestro Señor Jesucristo. De este modo, cuanto más meditemos sobre la persona de Nuestro Señor Jesucristo más nos acercaremos a Nuestro Señor por todos los medios que Nuestro Señor ha puesto a nuestra disposición: la Santa Iglesia, el santo sacrificio de la Misa, los sacramentos y toda la liturgia, y particularmente la sagrada Eucaristía. Cuanto más usemos de estos medios más penetraremos en este misterio de Nuestro Señor Jesucristo.
¡Se trata, pues, de un gran misterio! San Pablo lo repite constantemente. Es lo que enseña de un modo particular a todos los que había sido enviado. En su epístola a los Efesios, en el capítulo 3º dice así:
«A causa de esto, yo Pablo, el prisionero de Cristo por amor a vosotros los gentiles... puesto que habéis oído la dispensación de la gracia de Dios a mí conferida en beneficio vuestro cuando por una revelación me fue dado a conocer el misterio que brevemente antes os dejo expuesto. Por su lectura podéis conocer mi inteligencia en el misterio de Cristo (potestis legentes intelligere prudentiam meam in mysterio Christi), que no fue dado a conocer a otras generaciones, a los hijos de los hombres, como ahora ha sido revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: Que son los gentiles coherederos y miembros de un mismo cuerpo, copartícipes de las promesas en Cristo Jesús mediante el Evangelio, cuyo ministro fui hecho yo por don de la gracia de Dios a mí otorgada por la acción de su poder. A mí, el menor de todos los santos, me fue otorgada esta gracia de anunciar a los gentiles la insondable riqueza de Cristo e iluminar a todos acerca de la dispensación del misterio oculto desde los siglos en Dios, creador de todas las cosas, para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora notificada por la Iglesia a los principados y potestades en los cielos, conforme al plan eterno que El ha realizado en Cristo Jesús, Nuestro Señor» (Efes. 3, 1-11).
Para San Pablo, como podéis ver, la gran preocupación es la de hacer conocer a los Gentiles el misterio de Cristo. En efecto, todos sabemos, por supuesto, y lo profesamos en nuestra fe, que Nuestro Señor Jesucristo es hombre y que Nuestro Señor Jesucristo es Dios, es el Hombre Dios. En el misterio de esta unión de Dios con la naturaleza humana es evidente que hallamos muchas cosas para meditar. Este hombre, pues, que andaba por Palestina, que vivió en Nazaret durante 30 años, este hombre, pues, era Dios. Parece evidentemente extraordinario. Difícilmente podemos imaginar lo que podía ser. Porque en definitiva, ¿cómo puede estar Dios en el cuerpo de un hombre, en una simple alma humana limitada? ¿Es algo evidente que Dios pueda pasarse de la persona humana y asumir directamente por sí mismo un alma y un cuerpo? Se trata, por supuesto, de un misterio, porque nunca llegaremos a comprender con exactitud esta realidad absolutamente asombrosa, la Encarnación de Dios. Sin embargo es este el misterio en el que se halla contenida nuestra salvación. ¡En este misterio se halla incluso contenida toda la razón de ser de la creación! Vamos a procurar, en la medida que se pueda, hablar del misterio de Nuestro Señor Jesucristo.
CAPITULO I: HIJO DE DIOS
El mismo San Pablo dice que le pide a Dios que le inspire las palabras adecuadas para hablar de este misterio, de modo que no cabe duda que vamos a tratar un tema verdaderamente misterioso pero tan real y tan importante que, en definitiva, constituye el corazón de nuestra vida, el tema de nuestras meditaciones y la fuente de nuestra santificación.
Por la fe creemos en la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo y asimismo en su humanidad. Creemos y afirmamos que es Dios y hombre. Así que resulta provechoso leer algunos textos de la Sagrada Escritura que tratan de este tema de una manera muy explícita para penetrarnos bien de este pensamiento que Nuestro Señor Jesucristo es verdaderamente Dios y Hombre. Son textos tan hermosos y conmovedores que merecen ser leídos.
En primer lugar, es Nuestro Señor Jesucristo mismo quien lo afirma. Es cierto que Nuestro Señor no reveló desde el principio de su vida pública que era el Hijo de Dios, pero no es correcto decir, como dicen ahora los modernistas, que no tenía conciencia de que era verdadero Hijo de Dios, consustancial con el Padre y con el Espíritu Santo, sino simplemente de su calidad particular de hijo de Dios y esto sólo al final de su vida pública, por una especie de toma de conciencia de sí mismo. Evidentemente, esto es totalmente falso 6. Demos algunos ejemplos en san Mateo, capítulo 26. No cabe duda de que al final de su vida es cuando Nuestro Señor proclamó su divinidad, ante Caifás.
«Los príncipes de los sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban falsos testimonios contra Jesús para condenarle a muerte, pero no los hallaban, aunque se habían presentado muchos falsos testigos» (versículos 59-60).
«Al fin se presentaron dos, que dijeron: Este ha dicho: Yo puedo destruir el templo de Dios y en tres días reedificarlo. Levantándose el Pontífice, le dijo: ¿Nada respondes? ¿Qué dices a lo que estos testifican contra ti?» (versículos 61-62).
«Jesús callaba y el pontífice le dijo: Te conjuro por Dios vivo a que me digas si Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios». (versículo 63).
«Jesús le dijo: Tú lo has dicho. Y yo os digo que un día veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo» (versículo 64).
«Ellos respondieron: Reo es de muerte» (versículo 66).
Está claro: cuando Nuestro Señor proclamó públicamente su divinidad, el sumo sacerdote juzgó que se trataba de una blasfemia y que este hombre que se hacía Dios merecía la muerte.
Es una afirmación solemne por parte de Nuestro Señor, que dijo que El es verdaderamente el Hijo de Dios y que un día se le verá venir sobre las nubes del cielo.
En el capítulo 17 hay otro pasaje, no menos significativo, que es el de la Transfiguración.
«Seis días después, escribe san Mateo, tomó Jesús a Pedro, a Santiago y a Juan, su hermano, y los llevó aparte, a un monte alto y se transfiguró ante ellos».
Tenemos que pensar y creer que la Transfiguración tendría que haber sido un estado normal para Nuestro Señor. Lo anormal es que no estuviese transfigurado de manera habitual, ya que Nuestro Señor tenía la visión beatífica. Tenía la visión beatífica desde el momento de su nacimiento y desde que su alma había sido creada. Así que las consecuencias de la visión beatífica tendrían que haberse manifestado en su cuerpo y en su ser, como en los elegidos. Los elegidos son gloriosos en este momento (por lo menos para el cuerpo de la Santísima Virgen: cuando los cuerpos se reúnan a las almas bienaventuradas, serán transfigurados). Estos cuerpos tendrán todas las propiedades de los cuerpos resucitados: serán luminosos y brillarán como el sol. Esta es una de las consecuencias de la visión beatífica y de la gloria de Dios en las almas. Gozando de la visión beatífica, Nuestro Señor normalmente hubiese tenido que tener un cuerpo transfigurado. Pero, por un milagro, Nuestro Señor quiso vivir como los demás hombres y no tener habitualmente un cuerpo transfigurado.
«Se transfiguró ante ellos; brilló su rostro como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías hablando con El. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, una para Moisés y otra para Elias”

6 ¡Ya san Fulgencio, obispo de Ruspe (468-533) denunciaba esta herejía, en la cual reinciden los modernistas! Así escribía: «Es totalmente imposible y ajeno a la fe decir que el alma de Cristo no tuvo conocimiento pleno de su divinidad, con la cual creemos que no formaba naturalmente más que una persona» (Carta 12, cap. 3, nº 26).
«Mientras que la divinidad se conocía como tal por ser naturalmente tal, el alma conocía toda la divinidad sin ser ella misma la divinidad. Así pues, la divinidad naturalmente es su propio conocimiento, mientras que, por el contrario, el alma de Cristo recibió de la divinidad el conocimiento de la divinidad que conoció» (Carta 14, cap. 3, nº 31).



lunes, 17 de junio de 2019

Testimonio impresionante de un alma condenada, acerca de lo que la llevó al Infierno.



 Presentación:
Este tema es muy incómodo y desagradable. Les gustaría muchísimo más que les hablara, por ejemplo, de la infinita misericordia de Dios para con el pecador arrepentido. Esta tan grande la sensibilidad y el clima intelectual moderno no resiste el tema del infierno, tan incómodo y molesto; que es preferible hablar de la caridad, de la justicia social, del amor y compenetración de los unos con los otros, y otros temas semejantes. Dios se comunica con los hombres de muchas maneras. Las Sagradas Escrituras se refieren a muchas comunicaciones divinas hechas a través de visiones y aún de sueños. Los sueños, no siempre son sólo sueños.
Recordemos al profeta Daniel que vivía 200 años después de Isaías dice hablando de la resurrección final y del juicio y la muchedumbre de los que duermen en el polvo se despertara unos para la vida eterna y otros para un oprobio que no acabara nunca.
Existe igual testimonio de los demás profetas hasta San Juan Bautista, el cual habla también al pueblo de Jerusalén del fuego eterno del infierno como de una verdad por todos conocida y de la que jamás nadie ha dudado. He aquí el Cristo que se aproxima y exclama, El recogerá el grano, es decir a los escogidos en los graneros y la paja es decir los pecadores, la arrojara al fuego inextinguible.
La antigüedad pagana, griega y latina nos habla igualmente del infierno y de sus terribles castigos que no tendrán fin. Contiene formas más o menos exactas según que los pueblos se alejaban de sus tradiciones primitivas y de las enseñanzas de los patriarcas y profetas. Se encuentra también siempre la creencia de un infierno de fuego y de tinieblas. Tal es el tártaro de los griegos y de los latinos, los impíos dice que han precipitado sus leyes son precipitados en el tártaro para no salir jamás, para sufrir allí horribles y eternos tormentos.
La "carta del más allá" que se transcribe seguidamente se refiere a la condenación eterna de una joven. A primera vista parece una historia novelada. Pero considerando las circunstancias se llega a la conclusión de que no deja de tener su fondo histórico, a partir de su sentido moral y su alcance trascendental.
El original de esta carta fue encontrado entre los papeles de una religiosa fallecida, amiga de la joven condenada. Allí cuenta la monja los acontecimientos de la vida de su compañera como si fueran hechos conocidos y verificados, así como su condenación eterna comunicada en un sueño. La Curia diocesana de Treves (Alemania) autorizó su publicación como lectura sumamente instructiva.
La "carta del más allá" apareció por primera vez en un libro de revelaciones y profecías, junto con otras narraciones. Fue el Rvdo. Padre Bernhardin Krempel C.P., doctor en teología, quien la publicó por separado y le confirió mayor autoridad al encargarse de probar, en las notas, la absoluta concordancia de la misma con la doctrina católica.
Entre los manuscritos dejados en su convento por una religiosa, que en el mundo se llamó Clara, se encontró el siguiente testimonio:
El relato de Clara
Tuve una amiga, Anita. Es decir, éramos muy próximas por ser vecinas y compañeras de trabajo en la misma oficina M. Más tarde, Ani se casó y no volví a verla. Desde que nos conocimos, había entre nosotras, en el fondo, más amabilidad que propiamente amistad. Por eso, sentí muy poco su ausencia cuando, después de su casamiento, ella fue a vivir al barrio elegante de las villas, lejos del mío.
Durante mis vacaciones en el Lago de Garda (Italia), en septiembre de 1937, recibí una carta de mi madre en la que me decía: "Anita N murió en un accidente automovilístico. La sepultaron ayer en Wald Friendhof". Me impresioné mucho con la noticia. Sabía que mi amiga no había sido propiamente religiosa. ¿Estaría preparada para presentarse ante Dios? ¿En qué estado la habría encontrado su muerte súbita? Al día siguiente escuché misa, comulgué por la intención de Anita, en la casa del pensionado de las hermanas, donde estaba viviendo. Rezaba fervorosamente por su eterno descanso, y por esta misma intención ofrecí la Santa Comunión.
Durante todo el día percibí un cierto malestar, que fue aumentando por la tarde. Dormí inquieta. Me desperté de improviso, escuchando algo así como una sacudida en la puerta del cuarto. Encendí la luz. El reloj indicaba las doce y diez minutos. Nada. Tampoco ruidos. Tan solo las olas del Lago de Garda golpeando monótonas contra el muro del jardín del pensionado. No había viento. Yo conservaba la impresión de que al despertar encontraría, además de los golpes de la puerta, un ruido de brisa o viento, parecido al que producía mi jefe de la oficina, cuando de mal humor tiraba sobre mi escritorio una carta que lo molestaba. Reflexioné un instante si debía levantarme. ¡No! Todo no es más que sugestión, me dije. Mi fantasía está sobresaltada por la noticia de la muerte. Me di vuelta en la cama, recé algunos Padrenuestros por las ánimas y me dormí de nuevo.
Soñé entonces que me levantaba de mañana, a las 6, yendo a la capilla. Al abrir la puerta del cuarto, me encontré con una cantidad de hojas de carta. Levantarlas, reconocer la letra de
Anita y dar un grito, fue cosa de un segundo. Temblando, las sostuve en mis manos. Confieso que quedé tan aterrorizada que no pude rezar. Apenas respiraba. Nada mejor que huir de allí, salir al aire libre. Me arreglé rápidamente, puse la carta dentro de mi cartera y salí en seguida. Subí por el tortuoso camino, entre olivos, laureles y quintas de la villa, más allá del conocido camino gardesano.
La mañana aparecía radiante. En los días anteriores, yo me detenía cada cien pasos, maravillada por la vista que ofrecían el lago y la Isla de Garda. El suavísimo azul del agua me refrescaba; como una niña que mira admirada a su abuelo, así contemplaba, extasiada, al ceniciento monte Baldo, que se levanta en la orilla opuesta del lago, hasta los 2.200 metros de altura. Ese día no tenía ojos para todo eso. Después de caminar un cuarto de hora, me dejé caer maquinalmente sobre un banco ubicado entre dos cipreses, donde la víspera había leído con placer "La doncella Teresa". Por primera vez veía en los cipreses el símbolo de la muerte, algo en lo que antes no había pensado.
Tomé la carta. No tenía firma. Sin la menor duda, estaba escrita por Ani. No faltaba la gran "s", ni la "t" francesa, a la que se había acostumbrado en la oficina, para irritar al Sr. G. No era su estilo. Por lo menos, no era así como hablaba de costumbre. Lo habitual en ella era la conversación amable, la risa, subrayada por los ojos azules y su graciosa nariz...Sólo cuando discutíamos asuntos religiosos se volvía mordaz y caía en el tono rudo de la carta. Yo misma me siento envuelta por su excitada cadencia. Hela aquí, la Carta del Más Allá de Anita N., palabra por palabra, tal como la leí en el sueño.
La Carta
CLARA, NO RECES POR MÍ, ESTOY CONDENADA. Si te doy este aviso - es más, voy a hablarte largamente sobre esto - no creas que lo hago por amistad. Quienes estamos aquí ya no amamos a nadie. Lo hago como obligada. Es parte de la obra "de esa potencia que siempre quiere el mal y realiza el bien". En realidad, me gustaría verte aquí, adonde llegué para siempre. No te extrañes de mis intenciones. Aquí, todos pensamos así. Nuestra voluntad está petrificada en el mal, es decir, en aquello que ustedes consideran "mal". Aún cuando pueda hacer algo "bien" (como yo lo hago ahora, abriéndote los ojos ante el infierno), no lo hago con recta intención.
¿Recuerdas? Hace cuatro años que nos conocimos, en M. Tenías 23 años y ya trabajabas en el escritorio desde seis meses antes, cuando yo ingresé. Varias veces me sacaste de apuros. Con frecuencia me dabas buenos avisos que a mí, principiante, me venían muy bien. Pero, ¿qué es "bueno"? Yo ponderaba, en aquel entonces, tu "caridad". Ridículo... Tus ayudas eran pura ostentación, algo que desde entonces sospechaba.
Aquí, no reconocemos bien alguno en absolutamente nadie. Pero ya que conociste mi juventud, es el momento de llenar algunas lagunas. De acuerdo con los planes de mis padres, yo nunca tendría que haber existido. Por un descuido se produjo la desgracia de mi concepción. Mis hermanas tenían 14 y 16 años cuando vine al mundo. ¡Ojalá no hubiera nacido! Ojalá pudiera ahora aniquilarme, huir de estos tormentos! No hay placer comparable al de acabar mi existencia, así como se reduce a cenizas un vestido, sin dejar vestigios. Pero es necesario que exista. Es preciso que yo sea tal como me he hecho: con el fracaso total de la finalidad de mi existencia.


domingo, 16 de junio de 2019

TRES SERMONES SOBRE LOS ÁNGELES

San Miguel Arcángel



SALMO 90


SERMÓN 11

sobre el verso 2: «porque él mandó a sus ángeles cerca de ti para guardarte en todos tus caminos»

    1. Escrito está y verazmente escrito: Misericordia del Señor es el que no hayamos sido destruidos, el que no nos haya entregado en manos de nuestros enemigos. Vela sobre nosotros, incansable y cuidados, aquel singular ojo avizor de la clemencia divina: no duerme ni dormita el guardián de Israel. Y era ello muy necesario , pues tampoco duerme ni dormita el que combate a Israel. Y como es Señor está solícito y cuida de nosotros, así el enemigo ansía darnos muerte y perdernos;  siendo su único empeño que quien una vez se desvió del camino de la salud, no vuelva más a entrar en él. Pero nosotros, o no atendemos o atendemos muy poco a la adorable Majestad del Señor que nos preside, a la custodia con que nos protege y a los inmensos beneficios que nos dispensa; mostrándonos ingratos a tanta gracia, o por decir mejor, a tantas gracias, Con que nos previene y ayuda eficazmente. Y cierto que ora por sí mismo llena nuestras almas de sus esplendores, ora nos visita por los ángeles, ya nos instruye por los hombres, ya nos consuela y enseña por las Escrituras. Todas las cosas que están escritas en los Libros santos, para nuestra enseñanza se han escrito, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras tengamos esperanza. Bien dice: para nuestra enseñanza, a fin de que tengamos esperanza en Dios por la paciencia. Porque corno se dice en otra parte: La doctrina del hombre por la paciencia se conoce. Pero también la paciencia prueba, y la prueba da esperanza. ¿Cómo sólo nosotros nos asistimos? ¿Cómo sólo nosotros nos desamparamos? ¿Por eso acaso hemos de estar descuidados de nosotros, porque de todas partes no cesan de ayudarnos? Pues por eso mismo habíamos de velar con más cuidado, ya que no habría tanta solicitud por nosotros en el cielo y en la tierra si no nos viesen tan necesitados; no pondrían tantos guardianes si no fuesen tantas las asechanzas.

    2. ¡Felices por eso nuestros hermanos, ya librados del lazo de los cazadores, que pasaron de las tiendas de los militantes a los atrios de los que descansan, perdido ya el temor de todo mal y colocados de un modo singular en la esperanza! A uno de ellos, o más bien a todos en general, se le dice: No llegará a ti el mal, ni el azote se acercará a tu mansión. Debes considerar que no se hace esta promesa al hombre que vive según los deseos de la carne, sino al que, viviendo en la carne, se conduce según el espíritu; porque no se conoce distinción entre aquél y su morada. Todo en él se confunde, como en los hijos de Babilonia. Últimamente semejante hombre no es más que carne, y no permanece con él el Espíritu. Y donde faltare el Espíritu bueno, ¿cuándo faltará el mal? ¡Pues a donde se halla el mal se ha de acercar el azote, porque la pena siempre acompaña a la maldad. No llegará a ti el mal, ni el azote se acercará a tu morada. ¡Gran promesa! ¿Mas de dónde podremos esperar esto? ¿Cómo me evadiré del mal y del azote,  cómo lo evitaré, cómo me alejaré, para que no se acerque a mí? ¿Con qué méritos, con qué sabiduría, con qué fuerzas? A los ángeles mandó cuidar de ti y guardarte en todos tus caminos. ¿En qué caminos? En aquellos en que te apartas de lo malo, en aquellos en que huyes de la ira futura. Muchos y de varios géneros Son los caminos; grave peligro para el caminante. ¡Qué fácil extraviarse en tantas encrucijadas el que no supiere distinguir los Caminos! No mandó a los ángeles que nos guarden en todos los caminos, sino en todos nuestros caminos; porque hay caminos de los que, pero no en los que nos importa ser guardados.

    3. Reconozcamos, pues y consideremos, hermanos, nuestros caminos: consideremos también los caminos de los demonios y de los de los espíritus, bienaventurados, sin dejar de investigar igualmente los caminos del Señor. Excede a mis fuerzas el tema que me he propuesto; mas espero me ayudaréis con vuestras oraciones, para que Dios me abra el tesoro de su inteligencia y haga grato a sus ojos lo que voluntariamente pronuncian y le ofrecen mis labios. Los caminos de los hijos de Adán van por donde nos guía la necesidad y el apetito. Por uno o por otro somos siempre llevados; y por uno o por otro somos siempre traídos; sólo que más parece somos llevados por la necesidad y traídos el apetito. La necesidad, al parecer, debe atribuirse en especial al cuerpo: y no es una sola, sino que tiene muchos rodeos, pero muy pocos atajos, si algunos tiene. Porque ¿quién de los humanos ignora que realmente es de muchos modos la necesidad de los hombres? ¿Quién podrá explicar de cuántas maneras es? La misma experiencia nos lo enseña, la misma vejación nos lo hace conocer. En estas apreturas aprende cada uno cuánta necesidad tiene de clamar al Señor: no sólo de mi necesidad, sino de mis necesidades libradme, Señor. Y no sólo andando por este camino de la necesidad, sino por el del apetito también, pedirá ser librado cualquiera que no escuche con oído sordo los avisos del Sabio. ¿Qué dice, pues? Apártate de tus voluntades; y también: No vayas tras de tus concupiscencias. Porque, supuestos dos males, menos inconveniente hay en guiarse por  necesidad que por el apetito. Si aquélla es multiforme, éste lo es más, mucho más; o por mejor decir, muchísimo más, fuera de todo modo. Es cosa que sale del corazón este apetito, y por eso es tanto mayor cuanto mayor es el alma que el cuerpo, En fin, éstos son aquellos caminos que parecen buenos a los hombres, pero que no tienen fin sino cuando los hunden en el fondo del infierno. Si has hallado ya los caminos de los hombres, considera al mismo tiempo si se dijo de ellos : Aflicción e infelicidad hay  en sus caminos; de modo que la aflicción está en la necesidad, y la infelicidad en el apetito, ¿Cómo la infelicidad en el apetito, sino porque nada de la felicidad que ellos se imaginaban hallarán en la consecución de lo deseado? ¿ Y qué diremos de aquel que parece lisonjearse ya con la risueña perspectiva de la felicidad apetecida, que cree hallará en la abundancia de bienes terrenos? Que por eso mismo es más infeliz, pues llevado del hervor de sus afectos, abraza la infelicidad, o más bien se deja hundir y perder en ella.
    ¡Ay de los hijos de los hombres que corren presurosos tras esta felicidad falsa y engañosa! iAy del que dice: rico soy, de nadie necesito; siendo pobre, y mísero, y miserable y desnudo! De la flaqueza del cuerpo, procede la necesidad, y la codicia del cuerpo procede de la poquedad y olvido del corazón. Por eso mendiga el alma el pan ajeno, olvidada de comer el propio; por eso anhela por las cosas terrenas, al no meditar las celestiales.

    4. Veamos ahora cuáles son los caminos de los espíritus malignos; veámoslos, mas para evitarlos; veámoslos, pero huyamos de ellos. Estos caminos son la presunción y la obstinación. ¿Queréis saber de dónde lo tomo? Considerad quién es su Príncipe; cual es él, así son sus domésticos. Considerad cuál es el principio de sus caminos, y veréis cómo prorrumpió luego en horrenda presunción, diciendo: Escalaré el cielo: sobre las estrellas de Dios levantaré mi trono, sentaréme sobre el monte del Testamento, al septentrión; me encaramaré sobre las nubes, seré semejante al Altísimo. ¡Qué temeraria, qué horrenda presunción. ¿No fue de allí de donde cayeron todos los que cometieron la iniquidad, y, habiendo sido arrojados, no pudieron estar en pie? Por la presunción no pudieron estar en pie; por la obstinación, habiendo caído, no se levantaron: por aquella son espíritu que se va; por ésta, espíritu que no vuelve. Espantosa presunción la de los espíritus malignos, pero no menos espantosa su obstinación: siempre puja su soberbia, por eso jamás se convertirán. Porque no quisieron volver del camino de la presunción, cayeron en el camino de obstinación. ¡Qué pervertido y arruinado tienen el corazón los hijos de los hombres, que siguen las huellas de estos espíritus y entran en sus caminos! Todo el intento, todo el afán de las malicias espirituales, en su guerra contra nosotros, es seducimos y metemos en sus caminos, para que les sigamos y nos lleven al desastrado fin que a ellos está destinado. Huye, hombre, de la presunción, no se alegre de ti tu enemigo. Tiene él especial complacencia en estos vicios, habiendo probado en sí mismo que difícilmente podría salir de remolino tan impetuoso.


sábado, 15 de junio de 2019

LAS VIRTUDES OLVIDADAS


A) LA HUMILDAD
   Sobre esta virtud dice Ntro. Señor Jesucristo: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” San Cipriano: “La humildad es el fundamento de la vida cristiana.” San Bernardo: “La humildad es el fundamento y guarda de las virtudes.” Y así de la misma manera opinan todos los santos. San Gregorio en una parte de sus escritos la llama madre y maestra de todas las virtudes. Para que comprendan mejor lo que dicen los santos sobre esta virtud pondré un ejemplo.
   En los árboles es muy propia, y declara mucho las propiedades y condiciones de la humildad: porque así como la flor, que es la parte más hermosa del árbol, se sustente en la raíz, y cortada se seca; así la virtud, cualquiera que sea, si no persevera en la raíz de la humildad, se seca y pierde luego. Mas: así como para que el árbol crezca y dure y lleve fruto, es menester arraigarse, decir, estar estrechamente a la raíz, y cuanto ésta estuviere más profunda, el árbol dará más fruto; del misma manera sucede con las virtudes con relación a la humildad; ellas se consolidaran, crecerán y darán más fruto cuanto más profunda este la humildad en ellas. Finalmente así como la raíz está debajo de la tierra, y se huella y se pisa, y no tiene en sí hermosura ni olor, pero de ahí recibe el árbol la vida: así el humilde esta como enterrado, es hollado y tenido en nada, sino que esta como abandonado al rincón; sin embargo esto es lo que lo hace crecer más y lo conserva.
1) Grados de la humildad.
a) Primer grado.

   Sobre este asunto San Jerónimo nos dice algo muy interesante: “ Muchos siguen la sombra y la apariencia de humildad; fácil cosa es traer la cabeza inclinada, los ojos bajos, hablar con voz humilde, suspirar muchas veces, y a cada palabra llamarse miserable; pero si a esos los tocáis con una palabra, aunque sea muy liviana, luego veréis cuán lejos están de la verdadera humildad: cesen todas las palabras fingidas, vayan fuera todas las hipocresías: que el verdadero humilde, en la paciencia y el sufrimiento se echa de ver, en esto se echa de ver al verdadero humilde.”
   La humildad es una virtud, con la cual, el hombre considerando y viendo sus defectos y miserias, se tiene en poco a sí mismo. Por lo tanto no está la humildad en palabras ni en cosas exteriores, sino en lo íntimo del corazón, en un sentir bajísimo de sí mismo, y en desear ser tenido de los otros en baja reputación, que nazca de un profundísimo conocimiento de sí mismo.
   San Bernardo, con el fin de facilitarnos el conocimiento de nosotros mismos, nos dice: “Estas tres cosas ten siempre delante de los ojos; qué fuiste, qué eres y que serás. Ten siempre delante de tus ojos que fuiste antes de tu generación, que es una materia sucia, hedionda que no se puede decir; qué eres ahora, un vaso de estiércol ; que serás de aquí a unos cuantos años, manjar de gusanos.”
b) Segundo grado de humildad.

San Buenaventura tratando este segundo grado afirma: “Es desear tenido por los demás en poco; desear que no os conozcan ni os estimen y que no hagan caso de vos.”  Pero suele suceder al contrario: “Todos naturalmente, nos holgamos que los demás se conformen con nuestro parecer y sientan lo mismo que nosotros sentimos.”  San Gregorio nos dice con sutileza sobre este segundo grado ampliando aún más lo dicho por San Buenaventura más arriba: “Muchos con la boca dicen mal de sí, y que son unos tales y cuales; y no lo creen ellos así, porque cuando otro les dice aquellas mismas cosas, y aún menores, no lo pueden sufrir. Y esos tales cuando dicen mal de sí, no lo dicen con verdad, porque no lo sienten en el corazón...por lo tanto solamente se humillan con la boca y exteriormente; mas en el corazón no tienen humildad; quieren parecer humildes, pero no lo quieren ser, no se sentirían tanto cuando otro los reprende y les avisa de alguna falta, y no se excusarían ni volverían tanto por sí, ni se turbarían como se turban.”
   Este segundo grado de la humildad por ser en si práctico más que teórico se hace más difícil su ejercicio. Para conocer si uno avanza o no en el los santos nos han dejado cuatro grados o escalones si se meditan con atención y buena disposición ellos nos indicaran cuan tan lejos o cerca estamos de alcanzar este segundo grado de la humildad:
1) El primer escalón es no desear ser honrado y estimado de los hombres, antes huir de todo lo que dice honra y estima. (Ejemplo de fray Gil)
2) El segundo, dice San Anselmo, es sufrir con paciencia ser despreciado de otros (ejemplo del arroyo traído por San Lorenzo Justiniano)
3) En el tercero el alma no se debe holgar ni alegrarse cuando es alabada y estimada por los hombres. A este propósito dice San Agustín: “Aunque es fácil cosa carecer de alabanza y no se nos da nada de no ser alabados y honrados, cuando eso se nos ofrece; pero no holgarse uno cuando le alaban y estiman, y no alegrarse o engreírse en eso es muy difícil.”
4) En el cuarto escalón el alma desea fervientemente ser despreciado y tenido en poco de los hombres y que se alegren en lo íntimo de sus corazones con las deshonras, injurias y menosprecios que de los hombre reciba. Dice San Bernardo: “El verdadero humilde desea ser tenido de los otros en poco, no por humilde, sino por vil, y se goza en ello.”
c) Tercer grado de Humildad

   Cuando el alma teniendo grandes virtudes y dones de Dios y estando en gran estima, no se ensoberbece en nada ni se atribuye a sí cosa alguna, sino que todo lo atribuye a su misma fuente, que es Dios, del cual procede todo bien y todo don perfecto.
   “Grande y rara virtud es que obre uno grandes cosas y que él no se tenga por grande, sino por pequeño; que todos lo tengan por santo y por varón admirable, y que él solo se tenga en poco. En más tengo esto que todas las demás virtudes.”
   Este grado de humildad consiste en saber distinguir entre el oro que nos viene de Dios, de sus dones y beneficios, y entre el lodo y miseria que somos nosotros, y que todo esto sea prácticamente en lo cual el punto principal de este tercer grado.