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sábado, 28 de enero de 2017

La santísima Virgen Maria - según San Francisco de sales

CAPITULO II.
La Natividad.

A perfección cristiana no es otra cosa que una abnegación perfecta del mundo, de la carne y de sí mismo; esta es una máxima que tantas veces ha sido dicha por los Padres antiguos, y con tanta frecuencia se ha repetido en la Sagrada Escritura, que parece innecesario volverla á decir. Casiano, ese gran Padre de la vida espiritual, hablando de la perfección cristiana, dice que la base y fundamento de ella, no es otra cosa que una perfecta abnegación de todas las voluntades humanas; y San Agustín, hablando de los que se consagran á Dios en la Religión para pretender esa perfección, dice que es un ejército y una reunión de personas que van a la guerra y al combate contra el mundo, contra la carne y contra sí mismos, siendo nuestro divino Salvador el jefe, el defensor y e] capitán. Mas, aunque el Padre Eterno haya declarado y establecido al Salvador jefe y director de aquellos, y aunque sea el rey único y soberano, sin embargo, en el corazón de Nuestro Señor hay tanta dulzura y clemencia, que ha querido también que otros participaran de ese honor y cualidad, y de una manera muy particular la Santísima Virgen, cuya natividad consideramos, pues la constituyó y estableció reina y conductora de todo el género humano, y en especial del sexo femenino. Consideremos, pues, cómo ella ha triunfado valientemente del mundo, de la carne y de sí misma, en su santa natividad; pues esta gloriosa Señora nos ha sido propuesta como un espejo y compendio de la perfección cristiana, que debemos imitar.

Por lo que toca á la abnegación del mundo, ella ha hecho la renuncia más completa y perfecta que de él se pueda hacer. ¿Qué es el mundo?—El mundo debe entenderse de aquellos que tienen una afición desarreglada a los bienes, á la vida, á los honores, dignidades, preeminencias, propia estima y semejantes bagatelas tras que corren todos los mundanos, haciéndose idólatras de ellas. En verdad, que no podremos saber cómo ha sucedido que el mundo, ó mejor dicho, la vanidad mundana, hayan entrado por afecto, de tal modo, en el corazón del hombre, que éste se ha convertido en mundo, y el mundo se ha convertido en hombre. Oh! Cuán difícil cosa es, desprenderse bien del mundo! Ordinariamente nuestros afectos están de tal manera sumergidos y comprometidos en el mundo, y nuestro corazón tan aficionado á él, que se necesita un gran cuidado para apartarlo enteramente de allí. Pero la Santísima Virgen, ¡cuán admirablemente ha hecho esa renuncia en su Santa Natividad! Acercaos á su sagrada cuna, considerad lo que ella hace, y veréis que practica todas las virtudes de una manera eminente. Interrogad á los ángeles, á los querubines y á los serafines; preguntadles si igualan á esa pequeña niña, y os responderán que ella les sobrepuja infinitamente en virtud, gracias y méritos. Vedlos al derredor de su sagrada cuna; mirad cómo todos, maravillados de su grande hermosura y de sus raras perfecciones, dicen aquellas palabras del Cantar de los Cantares: ¿Quién es esta que sube del desierto, como una vara de humo, perfumada de mirra, de incienso y de toda clase de perfumes muy aromáticos? (Cant. III. —6.) Y considerándola más de cerca, arrebatados de admiración y de sorpresa, Quién es esta, dicen, que camina como la aurora al levantarse, hermosa como la luna, escogida como el sol, terrible como un ejército en orden de batalla? Esta niña aun no está glorificada, pero ya la gloria le está prometida; ella la aguarda, no en esperanza, como los otros, sino en seguridad. Y así los espíritus celestiales, sorprendidos y admirados, van prosiguiendo en referir sus alabanzas. Y sin embargo, esta Santísima Virgen, permanece en su cuna, practicando todas las virtudes, y de una manera muy admirable, la de la renuncia del mundo. ¡Consideradle bien, en medio de esos aplausos, alabanzas y exaltaciones angélicas! Mirad (cómo, no obstante todo eso, ella se mantiene humilde y abatida, queriendo aparecer pequeña niña como las demás, á pesar de que tuvo el uso perfecto de la razón desde el instante mismo de su concepción. ¿Quién no se admirará, pues, de verla en su cuna, tan colmada de gracias, con el uso perfecto de la razón, capaz de conocimiento y de amor, discurriendo y adhiriéndose á Dios, y en esta adhesión, queriendo ser tenida y tratada como pequeña niña, asemejándose en todo á las demás, de un modo tan encubierto, que de nadie eran conocidas las gracias que en ella residían. Muy agradables son, en verdad, los niños en su inocencia; pues á nada se aficionan, con nada se ligan, no saben lo que son esos puntillos de honor y de reputación, ni de vituperio y desprecio; hacen tanto aprecio del vidrio como del crista!, del cobre como del oro, de un rubí falso como de uno fino, se desprenden de buena gana de cosas preciosas por una manzana: todo esto es amable en los niños, pero no es admirable, puesto que no tienen aun el uso de la razón para obrar de otro modo. Pero la Santísima Virgen, apareciendo pequeña niña, tenía sin embargo, el uso de la razón y del discurso tan perfectamente como cuando murió; y no obstante esto, no dejó de hacer todo lo que los niños hacen. Oh Dios mío! esto es una cosa no solamente amable, sino también muy admirable, y nos hace ver ya cuan perfectamente había renunciado á todo lo que es gloria, fausto y aparato del mundo.

La segunda renuncia que debemos aprender de la Santísima Virgen, es la de la carne. Es indudable que esta renuncia es más difícil que la primera, siendo de un grado más elevado. Muchos abandonan al mundo y retiran de él sus afectos; pero tienen mucho trabajo en desprenderse de la carne: por eso el gran Apóstol nos advierte que estemos en guardia contra ese enemigo que nunca nos abandona, sino en la muerte: Guardaos, dice, de que él os seduzca. Ese enemigo de que habla el Apóstol, no es otro que la carne, el cual llevamos siempre con nosotros; sea que bebamos, comamos ó durmamos, siempre nos acompaña y trata de engañarnos. No deja de ser cierto que este es el más desleal y pérfido enemigo que podamos imaginar, y la continúa renuncia que de él necesitamos hacer, es muy difícil. Por eso se requiere buen valor para emprender combatirlo, y para animarnos á ello, debemos fijar la vista en nuestro Soberano Señor y en nuestra gloriosa Señora la Santísima Virgen. ¡Y cuan perfectamente ha obrado ella esta renuncia, desde su Santa Natividad, en su cuna y durante su infancia! Cierto es que los niños en su tierna edad, practican mil actos de ese desprendimiento, pues se les obliga á hacerlos en todas ocasiones, y el gran cuidado que con ellos se tiene, hace que casi nunca se atienda á sus afectos é inclinaciones. Mirad, os ruego, á esos pobres y pequeños niños: quieren extender sus bracitos. Y se los encojen; quieren mover sus pequeños pies, y se los ligan con vendas; quieren ver la luz, y los tapan para que no la vean; desean estar despiertos y se quiere que duerman; en una palabra, se les contraría en todas las cosas. Y á pesar de todo esto, los niños no son dignos de alabanza al sufrir esas mortificaciones, supuesto que no pueden obrar de otro modo, por carecer del uso de la razón para gobernarse por sí mismos. Pero la Santísima Virgen, que tenía el uso de la razón de una manera perfectísima, ha practicado maravillosamente la renuncia de la carne, al sufrir todas esas contradicciones y mortificaciones voluntariamente.

En cuanto á la tercer renuncia que debemos hacer, y que es la más importante, á saber, la renuncia de sí mismos, debemos advertir que es mucho más difícil que las otras dos, pues ellas pueden más fácilmente alcanzarse; mas cuando se trata de dejarse y renunciarse á sí mismo, esto es, á su propio espíritu, su propio juicio y voluntad, aun en aquellas cosas que son buenas y que nos parecen mejores que las que nos ordenan, y sujetarse en todo á la dirección de otro, ciertamente que en ello es donde hay gran dificultad. Mas ah! ¡Cuán excelentemente bien hizo la Santísima Virgen esta última renuncia en su Natividad, no reservándose nada de su libertad, á pesar de tener el uso de su razón! Mirad todo el curso de su vida, y observareis en toda ella una continua sujeción. Muy cierto es, pues, que no hay mejor medio para asegurar nuestra salvación, que crucificarnos con nuestro Señor, renunciando al mundo, á la carne y á nosotros mismos; según el ejemplo de nuestra gloriosa Señora en su santa Natividad. Hagámoslo así fielmente, y Dios nos colmará de gracias en este mundo, y nos coronará con su gloria en el otro.

¡Dios mío! ¿Cuándo nacerá nuestra Señora en nuestro corazón? En cuanto á mí, bien veo que en manera alguna soy digno de ello, y lo mismo pensará cada uno de sí mismo. Y no obstante, su hijo nació en un establo: valor, pues! Hagamos lugar á esta Santa niña: ella no ama sino Tos lugares hechos profundos por la humildad, abatidos por la sencillez y ampliados por la caridad. Arrojemos flores sobre la cuna de esta Santísima Virgen; flores de Santas caléndulas de bien imitarla, de pensamientos de servirla para siempre, y sobre todo de azucenas y rosas de pureza y ardiente caridad, juntamente con las violetas de la muy santa y muy deseable humildad y sencillez.

(Sermón de la Natividad.—Cartas.)

Ite missa Est

28 DE ENERO

SAN PEDRO NOLASCO,
CONFESOR

Epístola – I Cor; IV, 9-14
Evangelio – San Lucas; XXI, 32-34

Pedro Nolasco, Redentor de cautivos, va a asociarse hoy a su maestro Raimundo de Peñafort; ambos presentan al Redentor universal, como homenaje, los miles de cristianos, rescatados de la esclavitud, en virtud de aquella caridad, que nacida en Belén halló asilo en sus corazones. Natural de la provincia de Languedoc, en Francia, eligió Pedro a España por segunda patria, porque brindaba a su celo campo de abnegación y sacrificio. Como el Mediador bajado del cielo, dedicóse al rescate de sus hermanos; renunció a su libertad para procurar la de ellos, quedándose a veces en rehenes bajo las cadenas de la esclavitud para poder devolverles a su patria. Su abnegación fué fecunda; gracias a sus esfuerzos se estableció una nueva Orden religiosa en la Iglesia, compuesta enteramente de hombres generosos que durante seis siglos, sólo rogaron, trabajaron y vivieron para procurar el beneficio de la libertad a innumerables cautivos, que morían lentamente en las cadenas, con riesgo de sus almas. ¡Bendita sea María que suscitó tales Redentores humanos! ¡Gloria a la Iglesia católica que los produjo! Pero sobre todo gloria al Emmanuel, que al entrar en este mundo dijo: "Padre, los holocaustos por los pecados de los hombres no te aplacaron; deja ya de castigarlos; héme aquí. Me has dado un cuerpo; yo voy y me inmolo." (Salmo XXXIX, 8.) El sacrificio del divino Niño no podía quedar estéril. El se dignó considerarnos como hermanos, y ofrecerse en lugar nuestro; ¿habrá en lo sucesivo algún corazón que pueda permanecer insensible a las desgracias y peligros de sus hermanos? El Emmanuel recompensó a Pedro Nolasco, llamándole a sí, el misino día en que, doce siglos antes nacía El en Belén. De las alegrías de la noche de Navidad fué este Redentor humano a unirse con su Redentor inmortal. En sus últimos instantes, los trémulos labios de Pedro murmuraban su postrer cántico en la tierra, y al llegar a las palabras: El Señor envió la Redención a su pueblo, selló con él su alianza eterna, su alma bienaventurada voló libre al cielo. La Santa Iglesia tuvo que señalar otro día distinto del de su muerte para celebrar la memoria de Pedro, porque aquel estaba dedicado enteramente al Emmanuel; pero era también natural, que quien fué distinguido con la gran prerrogativa de nacer para el cielo, el día en que nació Jesús en la tierra, ocupase un lugar en el tiempo consagrado al Nacimiento del divino Redentor.

VIDA.S. Pedro Nolasco nació junto a Carcasona, y se distinguió sobre todo por su caridad para con el prójimo. Huyendo de los herejes Albigenses llegó a España, y fué a orar ante N. S. de Monserrat; vendió sus bienes y con el dinero obtenido, libertó a algunos cautivos. Apareciósele la Santísima Virgen, y le animó a que fundase una Orden para la redención de cautivos, lo que llevó a cabo de acuerdo con san Raimundo y el rey Jaime I de Aragón. Murió el día de Navidad del año 1256.

Viniste, oh Emmanuel, a traer fuego del cielo a la tierra, y sólo deseas verla inflamada. Semejante deseo tuvo su realidad en el corazón de Pedro Nolasco y de sus hijos. De esa manera te dignas asociar a los hombres a tus designios misericordiosos de amor, y al restaurar la armonía entre Dios y nosotros, haces más estrechos los lazos primitivos que nos unían a nuestros hermanos. Es imposible que te amemos, oh divino Niño, sin amar también a todos los hombres; y si es verdad que te llegas a nosotros como víctima y rescate, también quieres que estemos dispuestos a sacrificarnos los unos por los otros. De este amor fuiste tú, oh Pedro, apóstol y modelo; por eso quiso el Señor honrarte llamándote a la corte de su Hijo, el día del aniversario de su Nacimiento. Entonces se te reveló en todo su esplendor el dulce misterio que tantas veces sostuvo tu valor y animó tus sacrificios; tus ojos no contemplan ya solamente al tierno Niño que sonríe en su cuna, sino que se quedan extrañados ante los divinos fulgores del Rey vencedor, del hijo de Dios. María no aparece ante tu vista pobre y humilde como ante nosotros, inclinada con reverencia ante el pesebre donde yace su amor; para ti brilla ya en su trono de Reina, y resplandece con destellos que sólo ceden ante los de la majestad divina. Tu corazón no ha extrañado esta gloria, porque estando en el cielo estás en tu patria. El cielo es templo y palacio del amor, y el amor llenaba ya tu corazón desde aquí abajo; era el móvil de todas sus operaciones. Ruega para que conozcamos mejor ese amor verdadero de Dios y de los hombres que nos hace semejantes a Dios. Escrito está que el que permanece en la caridad, permanece en Dios y Dios en él (I Juan, IV, 16); haz, pues, que el misterio de caridad que celebramos nos transforme en Aquel que debe ser objeto de todas nuestras aspiraciones, en este tiempo de gracias y maravillas. Haz que amemos a nuestros hermanos como a nosotros mismos, que les suframos, que les disculpemos, y que nos olvidemos de nosotros para servirlos. Haz que sirvan nuestros ejemplos para servirles y nuestras palabras para edificarles; que sepamos ganar y consolar sus almas con nuestro afecto, y aliviar sus necesidades corporales con nuestras dádivas. ¡Oh Pedro, ruega por Francia, tu patria! Ampara a España, en cuyo seno nació tu Instituto. Cuida de los últimos restos de esa insigne Orden, por cuyo medio obraste tantos prodigios de caridad. Consuela y devuelve la libertad a los cautivos que se encuentran todavía en prisiones o en la esclavitud. Alcánzanos a todos nosotros, esa santa libertad de hijos de Dios de que habla el Apóstol, y que consiste en la obediencia a su ley. Si esa libertad llega a dominar en los corazones, hará también libres a los cuerpos. En vano busca el hombre exterior la libertad, si el interior se halla esclavizado. Oh Redentor de tus hermanos, haz que dejen de atenazar a nuestras sociedades las cadenas del error y del pecado; de esa manera conseguirás devolverles la verdadera libertad, causa y norma de todas las demás libertades.

viernes, 27 de enero de 2017

RUSIA Y LA IGLESIA UNIVERSAL

RELACIONES ENTRE LA IGLESIA RUSA Y LA IGLESIA
GRIEGA, BÚLGARA Y SERVIA.


En cuerpo de la Iglesia oriental no es homogéneo. Entre las diferentes naciones que la componen, dos principales han dado nombre a ésta, que se denomina oficialmente Iglesia greco-rusa. Este dualismo nacional (que, dicho sea de paso, recuerda singularmente los dos pies de arcilla de que habla Mons. Filareto) permite dar forma concreta a la cuestión de nuestra unidad eclesiástica. Nos interesa conocer qué lazo real y vivo une la Iglesia rusa a la Iglesia griega para formar con ambas un solo organismo moral. Se nos dice que rusos y griegos tienen una fe común, y que esto es lo esencial. Pero es necesario saber lo que se entiende por la palabra «fe» o «religión” (viera). La verdadera fe es aquella que abraza toda nuestra alma y se manifiesta como principio motor y director de toda nuestra existencia. La profesión de una sola e igual creencia abstracta, que no regule la conciencia ni la vida, no constituye un vínculo social, ni puede unir de veras a nadie y es, en suma, indiferente saber si esta fe muerta es o no común a algunos. Por el contrario, la unidad de la fe real llega a ser necesariamente una unidad viva y actuante, una solidaridad moral y práctica.

Si la Iglesia rusa y la Iglesia griega no manifiestan con ninguna acción vital su solidaridad, su «unidad de fe» es sólo una fórmula abstracta que nada crea ni obliga a nada. Un laico, preocupado por cuestiones de religión, preguntó un día al metropolitano Filareto (no se extrañe el lector de encontrar siempre ese nombre bajo nuestra pluma; es el único personaje público de efectiva importancia que haya producido la Iglesia rusa en el siglo XIX, un laico preguntó, pues, al ¡lustre prelado:

— ¿Qué podría hacerse para vivificar las relaciones entre la Iglesia rusa y la Iglesia matriz?

—Pero, y ¿con qué motivo pueden mantener relaciones entre sí? —replicó el autor del catecismo greco-ruso.

Algunos años antes de esta curiosa conversación había ocurrido un incidente que permite apreciar en su justo valor las palabras del prudente arzobispo. Un miembro eminente de la Iglesia anglicana y de la Universidad de Oxford, William Palmer, quiso ingresar a la Iglesia ortodoxa. Fue a Rusia y a Turquía para estudiar el estado actual del Oriente cristiano e informarse de las condiciones en que podía comunicar con los ortodoxos orientales. En San Petersburgo y Moscú se le dijo que no tenía más que abjurar los errores del protestantismo ante un sacerdote, que en seguida le administraría el sacramento del santo crisma (la confirmación). Pero en Constantinopla supo que debía ser bautizado nuevamente. Como se sabía cristiano y no tenía razones para sospechar de la validez de su bautismo (por lo demás perfectamente aceptado por la Iglesia rusa ortodoxa), consideró sacrílego un segundo bautismo. Por otra parte, no pudo resolverse a adoptar la ortodoxia de acuerdo con las reglas particulares de la Iglesia rusa, puesto que en ese caso habría sido ortodoxo en Rusia, permaneciendo pagano para los griegos. El no quería unirse a una Iglesia nacional, sino a la Iglesia ortodoxa universal. Nadie pudo resolver esta dificultad, y pasó a ser católico romano (1). Se ve que hay cuestiones que podrían y deberían establecer contactos entre la Iglesia rusa y su metrópoli, y si se evita cuidadosamente tocarlas es porque se sabe por anticipado que planteándolas con franqueza sólo se llegaría a un cisma formal. Un hecho dominante determina las relaciones reales de estas dos Iglesias nacionales que permanecen oficialmente en comunión religiosa: el odio tenaz de los griegos para con los rusos, al que éstos replican con una hostilidad mezclada de desprecio. Pero esa misma unidad oficial pende de un hilo y toda la prudencia sacerdotal de San Petersburgo y Constantinopla basta apenas para evitar que se rompa tan frágil lazo. No es ciertamente por caridad cristiana que trata de conservarse este simulacro de unidad, pero se temé la revelación fatal: el día de la formal ruptura entre la Iglesia rusa y la Iglesia griega, todo el mundo sabrá que la Iglesia oriental ecuménica es no más que una ficción, que en Oriente sólo existen iglesias nacionales aisladas.

Este es el motivo real que impone a nuestra jerarquía una conducta prudente y moderada frente a los griegos, la cual consiste en evitar toda clase de relaciones con ellos (2). En cuanto a la Iglesia de Constantinopla que, en su orgullo particularista se denomina «la Gran Iglesia» y nía Iglesia 'Ecuménica», acaso se alegraría sí pudiera librarse de los bárbaros del Norte que son obstáculo para sus tendencias panhelénicas. En época reciente el patriarca de Constantinopla estuvo por dos veces a punto de anatematizar a la Iglesia rusa (3)Sólo consideraciones puramente materiales impidieron el estallido; la Iglesia griega de Jerusalén, de hecho completamente sujeta a la de Constantinopla, depende por otro lado, en cuanto a sus medios de existencia, casi exclusivamente de la piedad rusa. Esta dependencia material en que el clero griego se halla respecto a Rusia data de muy antiguo y constituye actualmente la única base real de la unidad greco-rusa. Es evidente que un lazo así, puramente exterior, no puede, por sí, hacer de ambas Iglesias un solo cuerpo moral dotado de unidad de vida y acción. Confirma además esta conclusión el hecho de las Iglesias nacionales de menor importancia que, bajo la jurisdicción del patriarca de Constantinopla, formaban parte otrora de la Iglesia griega y pasaban a ser autocéfalas a medida que recuperaban su independencia política los pequeños Estados respectivos. Las relaciones de esas mal llamadas Iglesias entre sí y con la metrópoli bizantina y la Iglesia rusa son casi nulas. Ni siquiera el trato puramente oficial y de conveniencia mantenido entre San Petersburgo y Constantinopla existe —que yo sepa— entre Rusia y las nuevas Iglesias autocéfalas de Rumania y el reino helénico. Respecto a Bulgaria y Serbia ocurre todavía algo peor. Es sabido que los patriarcas griegos, con asentimiento del Sínodo de Atenas, excomulgaron en 1872 a todo el pueblo búlgaro por motivos de política nacional. Los búlgaros fueron condenados por su filetismo, es decir, la tendencia a someter la Iglesia a divisiones de raza y nacionalidad. La acusación era exacta; pero ese filetismo, herejía en los búlgaros, era la ortodoxia misma entre los griegos. Bien que, simpatizando con los búlgaros, la Iglesia rusa quiso situarse por sobre esa querella nacional. Para eso debería haber hablado en nombre de la Iglesia Universal; pero, como ni rusos ni griegos tenían ese derecho, el Sínodo de San Petersburgo se contentó, en lugar de hacer una declaración terminante, con reñir a la jerarquía bizantina y, al recibir las decisiones del concilio de 1872 con invitación de aprobarlas, se abstuvo de pronunciarse. De ahí derivó un estado de cosas imprevisto o, mejor dicho, que se había creído imposible según los cánones eclesiásticos. La Iglesia rusa continuó en comunión formal con la Iglesia griega y en comunión real con la Iglesia búlgara sin haber protestado explícitamente contra el acto canónico de excomunión que separaba a las dos Iglesias y sin apelar —siquiera pro forma—- a un concilio ecuménico. Análoga complicación ocurrió con Serbia. Cuando el gobierno ateo del pequeño reino publicó leyes eclesiásticas que establecían la jerarquía de la Iglesia serbia sobre una simonía obligatoria (ya que todas las dignidades sacras debían ser compradas a precios fijos) y cuando, después de la arbitraria deposición del metropolitano Miguel y otros obispos, se creó, con menosprecio de las leyes canónicas otra jerarquía, ésta, rechazada formalmente por la Iglesia rusa, compró en desquite la adhesión del patriarca de Constantinopla. Esta vez fue «la gran Iglesia» quien resultó en comunión con dos Iglesias que no lo estaban entre sí. ¿Será menester añadir que todas estas Iglesias nacionales sólo son Iglesias de Estado, absolutamente privadas de toda clase de libertad eclesiástica? Fácilmente se advierte cuan nefasta influencia debe ejercer tal humillación de la Iglesia sobre la misma religión en esos desgraciados países. Es bastante conocida la indiferencia religiosa de los serbios, así como su manía de emplear la ortodoxia como instrumento político en su lucha fratricida contra los croatas católicos (4). Por lo que hace a Bulgaria, véase un testimonio cuya autoridad no puede ser puesta en duda. Monseñor José, exarca de Bulgaria, expuso en un solemne discurso pronunciado en Constantinopla, en ocasión de la fiesta de San Metodio (1885) el afligente estado de la religión en su patria. La masa del pueblo, dijo, es fría e indiferente. En cuanto a la clase culta es decididamente hostil a todo lo santo y solo el temor a los rusos impide abolir la Iglesia en Bulgaria. No necesitamos probar que la condición religiosa de Rumania y la del reino helénico no difieren esencialmente de lo que se ve entre serbios y búlgaros. En el informe presentado al emperador de Rusia por el procurador del Santo Sínodo, publicado el año último, se presenta bajo los más sombríos colores el estado religioso y eclesiástico de los cuatro países ortodoxos de la península. Y, en efecto, no podría ser él más miserable. Pero lo verdaderamente sorprendente es la explicación que de ello da el documento oficial. De creer al jefe de nuestra Iglesia la sola y única causa de todos esos males sería el régimen constitucional: Si ello es así, ¿cuál es entonces la causa del deplorable estado de la Iglesia rusa?




(1) Se hallará en nota al fin del volumen, algunos detalles históricos sobre la cuestión del segundo bautismo de la Iglesia greco-rusa. Estos hechos, que sin duda conocía Palmer, han debido confirmarlo con su resolución definitiva de no buscarla verdad universal allí donde el misterio fundamental de nuestra religión se ha convertido en instrumento de la política nacional.

(La nota prometida no figura en la edición Stock de 1922.) (N. del T.)

(2) Esta es también la única razón práctica por la cual, a despecho del sol y de los astros, mantenemos el calendario juliano.
No podría cambiársele sin entrar en conversaciones con los griegos y esto es lo que más temen nuestras esferas clericales.

(3) En 1872, cuando el sínodo de San Petersburgo rehusó asociarse explícitamente a las decisiones del concilio griego que excomulgó a los Búlgaros, y en 1884, cuando el gobierno ruso solicitó a la Puerta que nombrara dos obispos búlgaros en diócesis que los Griegos consideran exclusivamente suyas.

(4) Este discurso ha sido reproducido in extenso en el diario de Katkof, Gaceta de Moscú.

Ite Missa Est

27 DE ENERO
SAN JUAN CRISOSTOMO,
OBISPO Y DOCTOR
DE LA IGLESIA


Epístola – II Timoteo; IV, 1-8
Evangelio – San Mateo; V, 13-19


EL DEBER DE LOS PASTORES. — Antes de la llegada del Emmanuel, los hombres estaban como ovejas sin pastor; el rebaño andaba disperso, y el género humano corría hacia su ruina. Jesús no se contentó, con ser el Cordero destinado al sacrificio por nuestros pecados; quiso revestir el carácter de Pastor para llevarnos a todos al divino aprisco. Pero, como debía subir a los cielos, proveyó a las necesidades de sus ovejas estableciendo una serie de pastores, que apacentasen en nombre suyo a su rebaño hasta la consumación de los siglos. Ahora bien, las ovejas tienen ante todo necesidad de doctrina, que es la luz de vida; por eso quiso el Emmanuel que los Pastores fuesen también Doctores. El deber de los pastores para con sus ovejas es ante todo administrar la Palabra divina y los Sacramentos. Por sí mismos y continuamente deben apacentar a sus ovejas con este doble alimento, y dar su vida, si es preciso, en cumplimiento de esa obligación sobre la que descansa toda la obra de la salvación del mundo. Pero, como no está el discípulo sobre el maestro, los Pastores y Doctores del pueblo cristiano, si son fieles, serán también objeto de odio por parte de los enemigos de Dios, porque sólo con perjuicio del reino de Satanás podrán propagar el de Jesucristo. Por eso, la historia de la Iglesia, muestra en todas sus páginas los relatos de las persecuciones sufridas por los que quisieron seguir el ejemplo de celo y caridad comenzado por Cristo en la tierra. Tres clases de luchas han tenido que sostener a través de los siglos, dando ocasión a tres admirables victorias.

LUCHA CONTRA EL PAGANISMO. — Tuvieron que luchar contra la religión pagana que se oponía sangrientamente a la predicación de la ley de Cristo. Esta persecución dió la corona y llevó a la cuna del Emmanuel, durante los cuarenta días dedicados a su Nacimiento, a Policarpo, Ignacio, Fabián y Telesforo.

LUCHA CON LOS PODERES TEMPORALES. — Después de la era de las persecuciones, abrióse a los jefes del pueblo cristiano una nueva palestra no menos gloriosa. Algunos príncipes, hijos al principio de la Iglesia, quisieron pronto encadenarla. Pensaron que convenía a su política tener sujeta a aquella palabra que debía recorrer libremente el mundo en todas sus direcciones, como la luz visible de que es imagen. Quisieron ser sacerdotes y pontífices, como en tiempo del paganismo, y detener los manantiales de la vida que se agotan en cuanto les toca una mano profana. Entablóse una lucha continua entre ambos poderes, el temporal y el espiritual; este largo período tuvo también sus soldados y sus mártires. En todos los siglos honró Dios a su Iglesia por medio de los combates y de los triunfos de numerosos y valientes campeones de la palabra y del ministerio. Tomás de Cantorbery e Hilario de Poitiers representan dignamente a estos caballeros de la Corte del Rey recién nacido.

LUCHA CONTRA EL MUNDO. — Pero existe otra clase de combates para los Pastores y Doctores del pueblo fiel: se trata de la lucha contra el mundo y sus vicios. Comenzó con el Cristianismo y continuará ocupando a la Iglesia hasta el último día; por haberla sostenido valerosamente merecieron el odio del mundo por el nombre de Jesucristo muchos santos prelados. Ni la caridad ni los servicios de todo género, ni la humildad, ni su mansedumbre, los libraron de la Ingratitud, del odio, ni de las persecuciones, porque fueron, fieles en proclamar la doctrina de su Maestro, en defender la virtud, y oponerse a los pecadores. No se vió libre Francisco de Sales de la malicia de los hombres, ni el mismo Juan Crisóstomo cuyo triunfo alegra hoy a la Iglesia y que se presenta ante la cuna del Emmanuel como el mártir más insigne de los deberes pastorales.

EL OBISPO PERSEGUIDO. — Discípulo del Salvador de los hombres hasta en la práctica de sus consejos por la profesión monástica, este predicador de boca de oro no empleó su magnífica elocuencia sino en la recomendación de las virtudes traídas por Cristo a la tierra, y en la reprensión de toda clase de pecadores. Una emperatriz, cuya vanidad pagana había denunciado; hombres poderosos, a quien había señalado mala conducta; mujeres influyentes a cuyos oídos sonaba con demasiada frecuencia su voz importuna; un obispo de Alejandría, prelados de la corte, más celosos de su reputación que de su propia virtud: tales son los poderes que suscitó el infierno contra Juan. Ni el amor de su pueblo, ni la santidad de su vida bastarán a librarle, y así veremos a este obispo marchar hacia la muerte cansado de fatiga, en medio de soldados, camino del destierro, después de haber hechizado con su palabra mágica a los habitantes de Antioquía, después de haber reunido en torno suyo a Constantinopla entera, en un entusiasmo que crecía de día en día, después de haber sido depuesto en un indigno conciliábulo', y haber visto su nombre borrado de los dípticos del altar, a pesar de la protesta enérgica del Pontífice romano. 

VALOR DEL OBISPO. — Pero ni el Pastor, ni el Doctor se daban por vencidos. Repetía con San Pablo: "¡Desgraciado de mí, si no predico el Evangelio!" (I Cor., IX, 16.) Y también: "La palabra de Dios no se halla encadenada." (II Tim., II, 9). La Iglesia triunfaba en él, más glorificada y consolidada por la constancia del Crisóstomo conducido al destierro por haber predicado la doctrina de Jesucristo, que por el éxito de aquella elocuencia que Libanio hubiera deseado para el paganismo. Escuchemos sus enérgicas frases antes de salir para su último destierro. Ya había sido desterrado otra vez, pero un terremoto, indicio de la ira divina, obligó a la misma Eudoxia a solicitar del Emperador con lágrimas su vuelta. Fórmanse nuevas tormentas contra Juan; pero él siente en sí toda la fortaleza de la Iglesia, y desafía la tempestad. Aprendamos lo que es un Obispo formado en la escuela de Jesucristo, Pastor y Obispo de nuestras almas, como dice San Pedro (I. S. Pedro., II, 25.) "Las olas de la tormenta vienen contra nosotros, pero no tenemos miedo a sumergirnos, porque estamos sentados sobre la roca. Ya puede el mar lanzarse con toda su ira, no quebrantará la roca; ya pueden subir las olas, que no lograrán hundir la barca de Jesús. Yo os pregunto: ¿Qué podríamos temer? ¿La muerte? Mas, Cristo es mi vida, y el morir ganancia. (Fil., I, 21.) El destierro, me diréis. Pero, "la tierra es del Señor, y todo cuanto ella encierra". (Salmo XXIII, 1.) ¿La confiscación de los bienes? Pero, "nada trajimos al venir al mundo, y nada podremos llevarnos". (I Tim., VI, 7.) Desprecio los temores de este mundo, y sus bienes me causan risa. No tengo miedo a la pobreza, no ansio las riquezas, no temo la muerte; si deseo vivir, es únicamente por vuestro bien, vuestro provecho es el único motivo que me induce a hablar en las presentes circunstancias. He aquí la súplica que os hago: Tened confianza. Nadie podrá separarnos. Lo que Dios unió no lo podrá deshacer el hombre. Lo dijo Dios con respecto a la unión del hombre y de la mujer Si no puedes, oh hombre, romper el vínculo del matrimonio ¿cómo podrías dividir a la Iglesia de Dios? Como no puedes alcanzar a Aquel a quien persigues, la atacas a ella. Pues, el medio de hacer mi victoria más aplastante y de agotar tus fuerzas con mayor certeza, es el de combatirme; porque, te será duro dar coces contra el aguijón. (Hech., IX, 5.) No embotarás su punta, y te ensangrentarás los pies. Las olas no rompen la roca, caen sobre sí mismas en impotente espuma. Oh hombre, nada se puede comparar con la fuerza de la Iglesia. Termina de combatirla, si no quieres ver agotadas tus fuerzas; no pelees contra el cielo. Si declaras la guerra al hombre, podrás vencer o sucumbir; pero si atacas a la Iglesia, puedes abandonar toda esperanza de victoria, porque Dios es más fuerte que todos. ¿Tendremos envidia del Señor? ¿Seremos más potentes que El? Dios ha fundado y ha consolidado; ¿quién tratará de destruir? ¿No conoces su poder? Mira El a la tierra y la hace temblar; ordena, y lo que estaba quebrantado, se vuelve firme. Si, no hace mucho todavía pudo dar firmeza a vuestra ciudad combatida por un terremoto ¿cuánto mejor podrá asegurar a su Iglesia? Está más segura que el mismo cielo. El cielo y la tierra pasarán, dice el Señor, pero mis palabras no pasarán. ¿Qué palabras? Tú eres Pedro, y sobre ésta piedra (que es mía), construiré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Si a esta palabra no crees, cree a los hechos. ¡Cuántos tiranos trataron de aplastar a la Iglesia! ¡Cuántas hogueras, cuántas bestias feroces, cuántas espadas! Y todo para no conseguir nada. ¿Dónde están ahora esos temibles enemigos? El silencio y el olvido les hacen justicia. ¿Dónde está en cambio la Iglesia? ¡Ante nuestros propios ojos, y más resplandeciente que el mismo sol! Pues, si cuando los cristianos no eran más que un puñado, no pudieron ser vencidos, ¿cómo podrán vencerlos hoy que el mundo está lleno de esta santa religión? El cielo y la tierra pasarán, dice el Señor, pero mis palabras no pasarán. Y así tiene que ser; porque Dios ama más a la Iglesia que al mismo cielo. Fijáos que no tomó carne del cielo, su carne pertenece a la Iglesia. El cielo es para la Iglesia, no la Iglesia para el cielo. No os alarméis por lo que ha sucedido. Hacedme la gracia de permanecer inconmovibles en vuestra fe. ¿No visteis que Pedro, al caminar sobre las aguas estuvo a punto de sumergirse no por la fuerza de las olas, sino por la flaqueza de su fe?, por haber dudado un momento. ¿Es que hemos sido elevados a esta silla con miras humanas? ¿Nos ha elevado el hombre, para que pueda el hombre derribarnos por potestad humana? Y no lo digo por arrogancia o vanagloria, no lo quiera Dios, lo digo sólo para asegurar los ánimos fluctuantes. La ciudad estaba firme sobre sus fundamentos; pero el diablo ha querido destruir la Iglesia. ¡Oh infame y malvado espíritu no has podido derribar sus murallas y con todo eso pretendes destruir a la Iglesia! ¿Es que la Iglesia consiste en murallas? No: la Iglesia es la muchedumbre de los fieles; esas son sus firmes columnas, no sujetas con hierro, sino unidas por la fe. No digo solamente que esa multitud tiene más fuerza que el fuego; digo que tu ira no podría triunfar ni siquiera de un solo cristiano. Recuerda las heridas que te hicieron los Mártires. ¿No se vió con frecuencia comparecer ante el juez a una delicada joven que, aun no era casadera? jóvenes más tiernas que la cera pero más firmes que la roca. Desgarrabas sus costados pero no le arrebatabas la fe. Cedía la carne bajo las garras del tormento, pero no su constancia en la fe. ¿No pudiste vencer a una mujer y esperas vencer a todo un pueblo? Entonces no has oído al Señor que dijo: "Donde dos o tres estuvieren reunidos en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos." (Mat., XVIII, 20.) Y ¡no habría de estar presente en medio de un pueblo numeroso, unido por los lazos del amor! Tengo la garantía en mis manos, tengo su promesa escrita; ese es el báculo en que me apoyo, mi seguridad, mi puerto tranquilo. Ya puede agitarse todo el mundo; yo me contento con releer ese texto sagrado: ahí está mi muro y mi fortaleza. ¿Cuál es ese texto? El siguiente: He aquí que estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos. Si Cristo está conmigo ¿a quién voy a temer? Aun cuando las olas, los mares, la ira de los soberanos se levanten contra mí, todo eso me importa menos que una tela de araña. Presto estaba para marchar desde ahora al destierro, si vuestra caridad no me hubiese detenido. Esta es mi plegaria: Hágase, Señor, tu voluntad; no ésta u otra voluntad, sino la tuya. Suceda lo que Dios quiera; si quiere que permanezca aquí, se lo agradezco; si quiere llevarme a otro sitio, también se lo agradeceré Así es el corazón de un ministro de Jesucristo, humilde e invencible. En todos los tiempos suscita Dios hombres de este templo, y cuando escasean, todo languidece y se apaga. La Iglesia de Oriente tuvo cuatro Doctores de este carácter: Atanasio, Gregorio de Nacianzo, Basilio y Crisóstomo: el siglo que los vió nacer conservó la fe, a pesar de los mayores peligros. Los dos primeros aparecen en la época en que la Iglesia irradia aún todo el esplendor de su Esposo resucitado; el tercero señala el tiempo en que fecundaron a la Iglesia los dones del Espíritu Santo; Crisóstomo alegra con su presencia el tiempo en que se nos aparece el Verbo de Dios bajo el manto de su flaqueza y de su infancia. Felices nosotros, los hijos de la Iglesia latina, la única que ha tenido la dicha de conservar la fe primitiva, porque está Pedro con ella; honremos a estas cuatro columnas del edificio de la tradición; pero rindamos también homenaje a Crisóstomo, Doctor de todas las Iglesias, vencedor del mundo, Pastor inquebrantable, sucesor de los Mártires, predicador por antonomasia, admirador de Pablo, imitador de Cristo.

VIDA.Nació San Juan Crisóstomo en Antioquía entre el año 344 y 347, y fué allí ordenado de sacerdote en 386. Elegido obispo de Constantinopla en 398, se opuso con energía a la corrupción de las costumbres, lo que atrajo la ira de la Emperatriz Eudoxia, quien le desterró. Habiendo el pueblo pedido su vuelta, tuvo que salir de nuevo desterrado para no volver ya, permaneciendo allí desde el 404 hasta el 407. Allí tuvo que sufrir mucho pero también ganó muchas almas a Cristo. El Papa Inocencio I ordenó fuera restablecido en su sede de Constantinopla pero al regresar le maltrataron los soldados de tal forma que murió en Coman, en el Ponto, el 14 de setiembre de 407. Pío X declaróle patrón de los oradores sagrados y Doctor de la Iglesia universal, el 8 de julio de 1908.

¡Cuántas coronas adornan tu frente, oh Crisóstomo! ¡cuán glorioso es tu nombre en la Iglesia de la tierra y en la del cielo! Enseñaste la verdad, luchaste con constancia, sufriste por la justicia, diste tu vida por la libertad de la palabra divina. No te lograron seducir los aplausos de los hombres; el don de la elocuencia evangélica con que te dotó el Espíritu Santo no era más que una débil imagen de los destellos y del fuego que el Verbo divino infundía en tu corazón. Amaste al Verbo y a Jesús más que a tu propia gloria, más que a tu comodidad, más que a tu vida. Sufriste persecuciones por parte de los hombres; manos sacrílegas borraron tu nombre de las listas del altar; indignas pasiones dictaron una sentencia en la que, a imitación de Jesucristo, eras equiparado a los criminales, y arrojado de la sagrada cátedra. Pero no estaba en manos de los hombres el apagar el sol, ni borrar la memoria de Crisóstomo. Roma te fué fiel; guardó con honor tu memoria, y aún hoy conserva tus restos sagrados, junto a los del Príncipe de los Apóstoles. El mundo cristiano te proclama uno de los más fieles distribuidores de la Verdad divina. En pago de nuestros homenajes, oh Crisóstomo, considéranos desde lo alto del cielo como ovejas tuyas; instrúyenos, refórmanos, haznos cristianos. Discípulo fiel de San Pablo, sólo a Jesucristo conociste; pero en él están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, descúbrenos al Salvador que llega a nosotros lleno de encanto y dulzura; haz que le conozcamos; enséñanos la manera de serle gratos, y los medios de poderle imitar; haz que acepte nuestro amor. También nosotros somos desterrados; pero amamos excesivamente el lugar de nuestro destierro; con frecuencia estamos tentados de tomarlo por nuestra verdadera patria. Despéganos de esta morada terrestre y de sus ilusiones. Haz que tengamos prisa por reunimos contigo, para estar con Jesucristo, en quien te hemos de hallar para siempre. Oh fiel Pastor, ruega por nuestros Pastores; alcanza para ellos un alma semejante a la tuya, y para sus ovejas docilidad. Bendice a los predicadores de la divina palabra, para que no se prediquen a sí mismos sino a Jesucristo. Comunícanos la elocuencia cristiana que se inspira en la Sagrada Escritura y en la oración, para que los pueblos atraídos por una oratoria celestial, se conviertan y den gloria a Dios. Protege al Romano Puntillee, cuyo predecesor fué el único que se atrevió a defenderte: haz que sea siempre su corazón un refugio para los Obispos perseguidos por la justicia. Devuelve la vida a tu Iglesia de Constantinopla que olvidó tu fe y tus ejemplos. Sácala de ese envilecimiento en que vive desde hace tiempo. Logra con tus plegarias, que Cristo, Sabiduría eterna, se acuerde de su Iglesia de Santa Sofía y se digne purificarla, y restaurar en ella el altar donde se inmoló durante tantos siglos. Ten siempre cariño a las Iglesias de Occidente, que con tanto amor procuraron tu gloria. Apresura el fin de las herejías que han devastado a muchas de nuestras cristiandades; ahuyenta las tinieblas de la incredulidad, aviva en nosotros la fe y haz que florezcan las virtudes.

jueves, 26 de enero de 2017

El Islam: Una Ideología Religiosa - Rubén Calderón Bouchet


¿QUIEN FUE MUJAMAD?



Existe una tradición de origen árabe como base de cualquier biografía que se intente sobre el Profeta, y una denodada resistencia por parte de los historiadores a tomar con seriedad los datos aportados por ella. No obstante, existe un acuerdo tácito en respetar algunos aspectos de la versión oficial. Acuerdo aceptado con demasiada ligereza por algunos intelectuales franceses durante el tiempo en que se cultivó la amistad con el Islam y con mucho menos entusiasmo por quienes carecían del mismo interés político y mantenían una discreta objetividad frente al diluvio de las fantasías. Hubo un lapso en el que se creyó que el Islam se ponía al ritmo de la historia tal como es aceptada por los occidentales y serenaba sus ímpetus agresivos en las pantanosas landas del liberalismo democrático. Curados por lo que sucedió después de ese espejismo pacifista, hoy vemos, con bastante claridad, el carácter expansionista y fanático de esa ideología religiosa a la que sólo faltan los instrumentos apropiados para incendiar el planeta a la mayor gloria de Allah. Entonces se soñó con una amistad a nivel religioso y se cultivó con obstinada simpatía todos los pasajes en los que el Corán parecía aceptar el cristianismo y abrir un ancho crédito al nacimiento virginal de Cristo y al valor profético de su predicación. Tal vez por esta razón, algunos historiadores de la religión provenientes del cristianismo abandonaron los viejos prejuicios que la Iglesia había abrigado contra Mujamad y comenzaron a buscar en la prédica del Profeta una autenticidad religiosa que antes habían negado. Este esfuerzo hermenéutico encontró en su camino el movimiento sincretista auspiciado por la unión de las iglesias e iniciaron juntos el camino de hermanar todas las religiones en una suerte de escepticismo universal sostenido por las ciencias positivas, el humanismo existencialista y la masonería internacional. Los primeros católicos que pusieron sus ojos en el Corán con algún sentido crítico no encontraron en él ningún valor religioso que no fuera un eco de la revelación bíblica, de cuyo contenido parecía un "pastiche" absolutamente innecesario desde el punto de vista teológico. Fray Manuel de Santo Tomás de Aquino decía que no había en "...el Alcorán cosa alguna de las llamas que se llaman sublimes que no esté dicha primero en nuestros sagrados libros con más nervio y hermosura". Savary, que conoció perfectamente el árabe, aseguró que "... la admiración que el Corán inspira a sus adeptos se debe al embeleso del estilo, al esmero conque el falso profeta hermoseó su prosa con la cadencia y el ritmo de sus versículos". Renan, que no cedía fácilmente al prestigio de la inspiración carismática, lo consideró un libro tedioso y difícilmente aguantable para un occidental formado en la lectura de los textos clásicos. "Hay que tener presente -escribía- que los árabes no tuvieron la menor idea de las artes plásticas, ni de las grandes bellezas de la composición, virtudes que inciden positivamente en los detalles estilísticos". En nuestro tiempo, la crítica católica se ha suavizado y el Dr. H.L. Gottschalk, colaborador de Monseñor Konig en "Cristo y las Religiones de la Tierra" escribe que las revelaciones de Mujamad "...acusan desde el principio una falta de originalidad; todas sus ideas han sido formuladas con anterioridad en el judaismo y en el cristianismo. Queda sin resolver de quién recibió el Profeta su inspiración; en general la moderna investigación se inclina a aceptar, por lo menos en lo que hace a su época primitiva, un predominio de la influencia cristiana" ("Cristo y las Religiones de la Tierra", tomo 111, p. 9: El Islam, su origen, su evolución y su doctrina). Acepto el juicio de este eminente historiador tudesco con toda la humildad y la modestia que me es posible reunir, pero no logro entender a qué llama "influencias cristianas" y de qué manera las encuentra realizadas en ese libro violento, carnal y por momentos de una ferocidad difícil de encontrar en otros textos de inspiración religiosa. Si hay algo evidente en el Corán es su total ausencia de inspiración cristiana. Parece hecho de propósito para negar todo cuanto en el cristianismo tiene valor religioso y sobrenatural. Ahora nos interesa la figura y la personalidad de Mujamad y para encuadrarla históricamente nada más juicioso que repetir lo que dicen de él los musulmanes; luego habrá tiempo de corregir algún exceso interpretativo o disminuir el alcance de un ditirambo fuera de lugar. Sabemos que la antorcha que ilumina al mundo y la espada de Dios que exterminará a los infieles nació en los aledaños de la Meca el 12 de rabí, 29 de abril, del año 570 de nuestra era a las nueve de la mañana. La invocación con que se recuerda el nacimiento del profeta es de Kasidei Banat Suad y nos coloca suavemente en esa atmósfera de espiritualidad cristiana que según el sabio profesor Gottschalk baña la integridad de los escritos del Profeta.

La tradición árabe es sospechosamente precisa en cuanto a la fecha del nacimiento de Mujamad y a todos los otros datos que hacen a su minuciosa filiación familiar. Los historiadores de oficio desconfían de tanta exactitud en quienes tienen una bien ganada fama de descuidados y fantasiosos en el asentamiento de sus genealogías. De cualquier manera, mi Corán afirma que era hijo de Abdallah, de la familia Hachim y nacido en la década que transcurre entre 570 y 580 de nuestra era. Con más precisión fija los datos suministrados más arriba asegurando que nació el año del Elefante "...en la casa de Abu Talib, situada cerca de la Ka'ba, en el lado Este del Valle y bajo la protectora sombra del monte Abu Cubais, lugar donde fue enterrado Adam". Da también los nombres de la madre, la partera, la niñera y luego el de los parientes que lo criaron a la muerte de sus padres. Un tío paterno, Abu Talib, concluyó su educación, si tal puede llamarse, y cuando Mujamad cumplió nueve años, lo puso a pastorear ovejas en los alrededores de La Meca. Más tarde, lo llevó consigo en algunos viajes que emprendió por el Yemen, Basara y Siria. Tenía veinticuatro años cuando entró al servicio de una rica viuda llamada Jadiya y con la cual se casó un año más tarde a pesar de la diferencia de edades. La leyenda quiere que Mujamad amaba inmensamente a su mujer Jadiya y que durante los años que vivió con ella fue, contra las costumbres reveladas más tarde, de una fidelidad ejemplar. La diferencia de edad, la fidelidad ejemplar y la circunstancia un poco sospechosa de que ella era muy rica y él muy pobre, ha hecho pensar a muchos historiadores que Jadiya llevaba la voz cantante en el matrimonio e impuso las condiciones bajo las cuales Mujamad se vio obligado a vivir. Guiados siempre por la leyenda, fabricada con posterioridad a la muerte del profeta, sabemos que un día que caminaba por las tierras que rodean el monte Hirá, se metió, llevado por un oscuro presentimiento, en una de las cuevas que los pastores cavaban en el flanco de la montaña. En ella tuvo una visión donde se le apareció un ser de refulgente belleza que le presentaba un libro diciéndole: ¡Lee! Mujamad no sabía leer y respondió, con toda la fuerza que pudo juntar, que no podía, pero la voz insistió instándole a que leyera ese libro por el amor del Señor que lo enviaba. De vuelta a su casa se sintió atacado por una fiebre extraña. Llamó a su mujer y le contó el sueño que había tenido. Cito textualmente la contestación que ella le dio, según atestigua mi Corán en la página 62 de su Introducción: "Sí, es verdad, es el Santo Espíritu que ha venido sobre ti, el que acostumbraba a venir sobre los profetas". Ignoro absolutamente la autenticidad de esta referencia a mi coranólogo, pero indudablemente recoge una tradición que pone Ém boca de Jadiya una respuesta de clara procedencia judía. ¿De dónde una idólatra podía conocer el Santo Espíritu y los profetas? El Corán afirma explícitamente el origen sobrenatural de la revelación recibida por Mujamad. Era el propio Angel Gabriel quien garantizaba la procedencia divina del mensaje. "Que vuestro camarada ¡Oh Curaichíes! Jamás yerra ni se descamina, ni habla por capricho. Ello no es sino inspiración que le fue revelada; que le transmitió el fortísimo Gabriel, el Sensato, quien se le apareció en su esencial estado, cuando estaba en el sublime horizonte: luego se le aproximó cerniéndose lentamente hasta una distancia de dos arcos, menos aún, y reveló al Siervo de Dios, lo que Allah le reveló a Gabriel" (Sura 53, aleyas 2-10). La leyenda menciona también los siete hijos que Mujamad tuvo con Jadiya y la muerte de esta última cuando el Profeta frisaba los cuarenta y ocho años. Por ese tiempo hizo un viaje místico de La Meca a Jerusalem y en el trayecto vio algunos paisajes del mundo ultra terrestre. 

La "Hégira" o emigración a Medina sucede también el día 12 del mes de Rabi, aniversario de su nacimiento, pero se hace corresponder esta fecha con el día 22 de septiembre del año 622 de nuestra era. La leyenda asegura que después de haber fracasado en La Meca como predicador fue recibido jubilosamente en Medina por una multitud de creyentes. ¿De qué prédica eran creyentes, cómo habían llegado a la nueva fe? No lo sabemos, pero allí estaban y nuestro coranólogo lo dice con la certidumbre de un dato indiscutido: "Alrededor de un camello se agolparon los grupos de habitantes conversos que se contaban por miles. Mezclados con ellos, acá y allá, llenos de regocijo por volver a verlo, estaban los fugitivos de La Meca. Tampoco faltaron curiosos por parte de los paganos y de los judíos que naturalmente deseaban ver al extranjero, al glorificado enviado de Dios" (Sagrado Corán, ed. cit., p. 69). Ya viudo y responsable de un movimiento religioso multitudinario, el Profeta se siente obligado a contraer una serie de enlaces que, como muestran los usos árabes, eran un medio político para extender su influencia e incorporar nuevas familias a la suerte de su predicación. El traductor al castellano del Corán que tengo en las manos lo dice con sencilla convicción: "...dan más parentela, más hijos legales, más realeza, más fuerza, más armas, más grandeza y más civilización". Esto último no parece una consecuencia inevitable, pero, si se tiene en cuenta que se trata de un acto político con el valor moral de evitar el concubinato, debe pensarse que se hace para conservar en sus legítimos derechos la descendencia y la estirpe. Se evita también el adulterio, la corrupción y el libertinaje entre la gente del pueblo y se mantienen incólumes los reglamentos de la vida matrimonial, hace innecesarios los hijos adoptivos y permite el divorcio, "...piedra angular de la felicidad humana, porque los matrimonios divorciados pueden contraer nuevamente casamiento legítimo" (lbíd., p. 79). La poligamia no es, indudablemente, una de las influencias cristianas recibidas por Mujamad, pero como éste la limitó, para los otros no para él, al nú- mero de cuatro mujeres se atuvo a las prescripciones del Antiguo Testamento que, de acuerdo con el Código de Hammurabi, convenía que este era el número ideal para que los antiguos patriarcas expandieran su simiente. Mujamad se casó trece veces porque su condición de caudillo religioso lo obligaba muy especialmente a cuidar sus alianzas y consolidar relaciones con las familias más importantes de la comunidad árabe. Así podía mantener el prestigio de su apostolado y hacer llegar hasta el profesor Gottschalk el aroma de sus virtudes cristianas. Una vez afianzado su poder en Medina, luego de los años triunfales de su predicación y sus guerras victoriosas contra los infieles, Mujamad volvió a La Meca montando en su famosa camella "Al Cuswa" y entró en la ciudad santa aclamado por una muchedumbre de casi ciento veinte mil musulmanes. Allí cumplió el ritual de dar siete vueltas a la Ka'ba y repitió frente a la piedra negra la oración consagrada: "¡Oh Dios mío! Danos el bien de este mundo y el del otro y protéjenos contra las penas del Infierno". Al pie del monte Arafat, donde según la versión musulmana se encontraron Adán y Eva cuando fueron expulsados del Paraíso, Mujamad improvisó un sermón que, en sus líneas principales, se encuentra contenido en el Corán. En él expuso los fundamentos éticos de su prédica. Cumplida su misión en La Meca, retomó a Medína pero tres meses más tarde cayó enfermo y murió, como era de esperar, un día lunes del mes de Rabi, a las nueve de la mañana. Era el décimo año de la "Hégira", según el calendario islámico y corresponde al 632 de nuestra era. Tenía sesenta y tres años y lo que más tarde se llamó "Alcorán" era un centón desperdigado de aleyas escritas, sobre cualquier cosa, o celosamente guardadas en la memoria de sus más fieles seguidores. Esta es, muy sintéticamente bocetada, la historia de Mujamad que los creyentes aceptan sin pestañear y de la que no se puede dudar en presencia de uno de ellos, sin desatar 1una engorrosa querella. ¿Tienen los historiadores motivos valederos para creerla verdadera? Los más entusiastas coranólogos, como entre nosotros Rafael Cansinos Assens, reconocen que la biografia de Mujamad "...aparece envuelta en una atmósfera de confusión y oscuridad, debida a la falta de documentación escrita y también a la pasión contradictoria con que fueron juzgados sus actos desde el primer momento" (Mahoma y el Korán, Bell, Buenos Aires, 1954, p. 35).

Datos fehacientes tenemos muy pocos, apenas el perfil borroso de una personalidad de rasgos muy indefinidos que aparece en el Corán como el destinatario de una enseñanza que otro personaje, aún menos conocido, le imparte. La leyenda quiere que ese otro sea el Ángel Gabriel, y tal pudiese ser si algunos rasgos demasiado humanos no aparecieran aquí y allá mostrando una fisonomía mucho menos angélica que aquella exigida por los fieles. La doctrina no está mejor definida y se encuentra presentada en un confuso "...montón de apuntes que debieron ordenar sus sucesores, si eso se llama ordenar, y que llega hasta nosotros después de haber pasado por las manos de muchos compiladores que los utilizaron como instrumentos de sus ambiciones políticas o como argumentos a favor de sus opiniones personales" (lbíd., p. 37). Cansinos Assens reconoce lo dificil que es rehacer una biografía de Mujamad sobre una base tan poco consistente. Sus hagiógrafos parecen caminar sobre las nubes de una leyenda dorada, inventada algunos años después de su muerte. Sus detractores se hicieron gustoso eco de la malevolencia y no tuvieron el menor deseo de aclarar las circunstancias reales de su vida y sí muchísimas ganas de aumentar el número de sus supuestas ignominias. Dorada o negra, la leyenda en torno a Mujamad arroja sobre su nombre la bruma de sus fantasías y no deja a los historiadores otro recurso que el de las conjeturas plausibles. En el tiempo de Mujamad y tanto en el mundo árabe como en el cristiano, las historias piadosas pertenecían al género literario de las hagiografías, su propósito era edificar al creyente y fortalecer las razones de su fe tomando en préstamo episodios enteros de libros mejor conocidos. La vida de Mujamad tiene muchas cosas de las ilustraciones piadosas "...elaboradas por los talmudistas hebreos en torno a Moisés, David y Salomón y otras por los Evangelios apócrifos sobre Jesús" (Ibíd.). Como Jesús de Nazaret, fue de buena familia pero pobre. Careció de cultura literaria y sólo aprendió por ciencia infusa. No supo leer ni escribir pero tuvo, sin lugar a duda, excelentes conocimientos del Antiguo Testamento, del Talmud y los Apócrifos. ¿Cómo los obtuvo? ¿De qué modo llegó a escribir en árabe según el estilo literario de los hebreos? La hipótesis de que fuera el Ángel Gabriel el autor de las aleyas no satisface a nadie y resulta bastante extraño que un espíritu superior se limite a repetir lo que ya estaba escrito en la Biblia y a imitar la sintaxis de Isaías. No existe ningún antecedente, en la historia de la revelación, ni aún en los más inspirados textos de la Biblia, en donde el instrumento conjunto, el hombre que escribió bajo la inspiración del Espíritu Santo, no haya puesto algo de su saber, de su temperamento y de su formación literaria en el trabajo realizado. No obstante hay un hecho seguro: la existencia de Mujamad y la del Corán que aparece como si fuera su obra. Queda como un misterio inexplorado el carácter acentuadamente hebreo del libro adjudicado a Mujamad y las constantes referencias a un Corán que debía tener consistencia literaria cuando todavía no había sido redactada ni la décima parte del texto que ha llegado hasta nosotros.

La sospecha de que Mujamad tuvo un instructor judío es muy vieja. Nació cuando todavía vivía el profeta y estaba sometido a la fuerte administración de Jadiya. Apoya la hipótesis el hecho de que los judíos eran los únicos en La Meca que sabían leer y escribir y podían actuar como preceptores. Entre los biógrafos musulmanes los hay que admiten la existencia de un maestro hebreo experto en las Sagradas Escrituras, pero niegan importancia a su influencia sobre Mujamad. En cambio, los impugnadores· del Profeta sostuvieron que fue "un Rabino quien sembró en su alma sugestionable las primeras inquietudes y aspiraciones proféticas" (lbíd., pp. 48- 49). Cansinos, que era un lector infatigable, examinó con terca objetividad todo lo concerniente a Mujamad y advirtió, entre los allegados a Jadiya, la presencia de un pariente de nombre Uaraka que era, según unos, un sabio rabino, y, según otros, un sabio árabe. Cualesquiera fuera su procedencia nacional, este sabio conocía a la perfección las Sagradas Escrituras y es el primero que confirma la visión de Mujamad como inspirada por el ángel "...que se le apareció a Moisés, porque estaba como el gran legislador hebreo, llamado a ser el profeta y el legislador de los árabes" (Ibíd., p. 58). Manuel de Santo Tomás atribuyó la formación religiosa de Mujamad a la presencia de un monje nestoriano de Armenia, llamado Sergio, quien expulsado de su monasterio por haber caído bajo la influencia de Arrio llegó hasta la Meca, se puso en contacto con Mujamad y lo instruyó en sus creencias. Para aceptar esta hipótesis es necesario levantar muchas incógnitas y la primera y más seria de todas consiste en ver qué apoyo testimonial tiene la existencia del monje Sergio. ¿Quién es? Su nombre no aparece por ninguna parte y, si bien se observa, no hay rastros en el Corán ni de arrianismo ni de nestorianismo, como lógicamente tendría que haberlos de aceptarse la presencia de Sergio. Como advertimos al referirnos a la opinión del profesor Gottschalk, no hemos encontrado nunca una intención cristiana en el Corán y aunque Ahmed Abboud, autor de una reciente edición castellana del libro árabe, afirma sin pestañear que el dogma de la Inmaculada Concepción fue conocido en el Islam antes que en la Iglesia Católica, aumenta nuestra perplejidad cuando pensamos que justamente se preocupen por la inmaculada concepción de María en una religión que nunca puso su atención ni en las causas ni en los efectos del pecado original. Sin lugar a duda, el Corán habla del parto virginal de María y este hecho milagroso, anunciado por el Profeta Isaías, no es exactamente el dogma de la Inmaculada Concepción que la Iglesia Católica tardó dieciocho siglos en formular como verdad de fe. A los musulmanes no hay que pedirles precisión en materia teológica y muchas veces tenemos que conformarnos con su buena voluntad para aceptar misterios que su poderosa fantasía admite sin demasiados recaudos.

Ite Missa Est

2 6 DE ENERO
SAN POLICARPO,
OBISPO Y
MARTIR


Epístola – 1º San Juan; III, 10-16
Evangelio – San Lucas; XXI, 9-19


En medio de las dulzuras que saborea en la contemplación del Verbo humanado, Juan el Discípulo Amado ve venir a su discípulo Policarpo, resplandeciente con la gloria del martirio. El anciano acaba de contestar en el anfiteatro al Pro cónsul que le anima a renegar de Cristo: "Hace ochenta y seis años que le sirvo, y nunca me hizo mal alguno; ¿qué digo mal? antes me colmó de bienes. ¿Cómo podría yo maldecir a mi Rey que me ha salvado?" Después de pasar por el fuego y la espada llegó a los pies del Salvador, para gozar eternamente de la dicha de su presencia, en pago de los trabajos sufridos por conservar en su redil la fe y la caridad, y en recompensa de su muerte sangrienta. Como su maestro San Juan, se opuso con energía a los intentos de los herejes. Fiel a sus consignas, no quiso que el corruptor de la fe de Cristo recibiese el saludo de sus labios; al heresiarca Marción dijóle que le reconocía por primogénito de Satanás. Enérgico adversario de la orgullosa secta que se avergonzaba de la Encarnación de un Dios, escribió en su Epístola a los Filipenses: "Quien no confiese la venida de Cristo en carne, es un Anticristo." Era, pues conveniente, que tan valeroso testigo fuera llamado al honor de permanecer junto a la cuna donde el Hijo de Dios se nos muestra en toda su ternura, y revestido de una carne semejante a la nuestra. Policarpo fue fiel hasta la muerte; por eso, aparece ahora coronado, en estos días que son el aniversario de la venida de su Rey a nosotros Tomemos algunos detalles sobre su vida, del libro de San Jerónimo: De Scriptoribus ecclesiasticis. Policarpo, discípulo de S. Juan, que le ordenó Obispo de Esmirna, fué Jefe de toda el Asia, por haber conocido y tenido como maestros a algunos de los Apóstoles y de los que habían visto al Señor. Algunas dificultades sobre la celebración de la Pascua le trajeron a Roma (hacia el año 194) bajo el imperio de Antonino Pío, cuando gobernaba la Iglesia Aniceto. Allí devolvió la fe a muchos fieles que se habían dejado engañar por las falacias de Marción y de Valentín. Al encontrarse un día con Marción, le dijo este heresiarca: "¿Me conoces?" Respondióle Policarpo: "Te reconozco por primogénito de Satanás". Poco tiempo después, bajo el reinado de Marco Antonino y de Lucio Aurelio Cómodo, en la cuarta persecución después de la de Nerón, fue condenado ante el tribunal del Procónsul de Esmirna, y entregado al fuego entre los clamores de todo el pueblo reunido en el anfiteatro. Escribió una carta muy práctica a los de Filipo, carta que se lee todavía en las Iglesias de Asia. 


Oh Policarpo, hiciste verdadero el significado de tu nombre, porque durante los largos años pasados en su servicio, produjiste muchos frutos para el Salvador. Estos frutos fueron las numerosas almas conquistadas por tus trabajos, las virtudes que adornaron tu existencia, y, por fin, tu misma vida que entregaste al Señor. ¡Qué dicha la tuya, pues recibiste las lecciones del discípulo, que descansó sobre el pecho de Jesús! En el día de hoy, después de más de sesenta años de separación vas a juntarte con el maestro que estará deseoso de volverte a ver. Juntos adoraréis al divino Niño cuya sencillez imitasteis; El fue vuestro único amor, pedidle para nosotros la gracia de serle fieles hasta la muerte. Cultiva aún, oh Policarpo, desde lo alto del cielo, el campo de la Iglesia fecundado con tus trabajos, y regado con tu sangre. Devuelve la fe y la unidad al seno de las Iglesias del Asia, plantadas por tus manos venerables. Apresura por tu intercesión el fin del Islamismo, cuyo éxito y permanencia sólo fue posible gracias a las lamentables consecuencias del cisma bizantino. No olvides a Francia a la que enviaste Apóstoles insignes, mártires como tú. Bendice paternalmente a la Iglesia de Lyon, que te venera como a su fundador mediante tu discípulo Potino, y que tan gloriosa parte toma en el Apostolado de los Gentiles, por su obra de la Propagación de la Fe. Vigila por la conservación de la pureza de la fe; líbranos del contacto con los seductores. También tú quisiste "ver a Pedro" para rendir homenaje a la Cátedra Apostólica, y para eso viniste a Roma a tratar con su Pontífice de los intereses de tu Iglesia de Esmirna. Protege los derechos de esta augusta Sede, de donde nace para nuestros pastores la única misión legítima. Haz que podamos pasar los últimos días de este tiempo de Navidad en profundo recogimiento y en amor de nuestro Rey recién nacido. Haz que ese amor unido a la pureza de nuestros corazones nos obtenga piedad y misericordia, y que al fin de nuestra peregrinación nos alcance la corona de la gloria.

miércoles, 25 de enero de 2017

La santísima Virgen Maria - según San Francisco de sales

CAPITULO I.
La Inmaculada Concepción.

Dios muestra de un modo admirable la riqueza incomprensible de su poder, en la gran variedad de cosas que vemos en la naturaleza, pero El hace aparecer con más magnificencia los tesoros infinitos de su bondad, en la diversidad sin igual de los bienes que reconocemos en la Gracia. En efecto, El no se ha contentado, en el Santo exceso de su misericordia, con enviar á su pueblo, es decir, al género humano, una redención general y universal, por medio de la cual cada uno puede ser salvo; sino que la ha diversificado de tantos modos, que su liberalidad resplandece en esa variedad, y esa variedad, á la vez, embellece también su liberalidad. Así, pues, Dios destinó primeramente para su Santísima Madre, un favor digno del amor de un Hijo que siendo Sapientísimo, Omnipotente y todo bueno, se debía preparar una Madre según su agrado, y en consecuencia, El quiso que su redención le fuera aplicada por manera de remedio preservativo, á fin de que el pecado que se trasmitía de generación en generación, no llegara á ella; de suerte que fue rescatada de un modo tan excelente, que aunque el torrente de la iniquidad original vino á impeler sus infelices ondas sobre la concepción de esta Sacratísima Señora, con tanto ímpetu como lo hizo en la de las otras hijas de Adán, al llegar allí, no pasó adelante, sino que se detuvo, á la manera que antiguamente el Jordán, en tiempo de Josué, (Jos. III. 16.) Y por el mismo respeto. Pues así como este rio detuvo t-u corriente en reverencia del Arca de la Alianza, así el pecado original, retiró sus aguas, reverenciando y temiendo la presencia del verdadero Tabernáculo de la eterna alianza. De esta manera pues, Dios apartó de su gloriosa Madre toda cautividad, dándole la felicidad de los dos estados de la naturaleza humana, pues ella tuvo la inocencia que el primer Adán había perdido, y gozó excelentemente de la redención que le adquirió el segundo. Por lo cual, semejante á un jardín escogido, que debía llevar el fruto de vida, le fue dado florecer con toda suerte de perfecciones; y aquel Hijo del amor eterno, así revistió á su Madre con vestidura de oro recamada de hermosa variedad, para que fuese la reina de su diestra, (Ps. XLIV,10 ) es decir, la primera de todos los escogidos que había de gozar de las delicias de la diestra divina. (Ps. XV, 11.) Esta Madre sagrada, como reservada toda para su Hijo, fue redimida por El, no solo de la condenación, sino también de todo peligro de condenación, asegurándole la gracia y la perfección de la gracia, de suerte que ella avanzaba como una hermosa aurora, que comenzando á despuntar, va de continuo creciendo en claridad hasta el pleno día. (Prov. IV, 18.) Redención admirable, obra maestra del Redentor, y la primera de todas las redenciones, por la cual el Hijo, con un corazón verdaderamente filial, previniendo á su Madre con bendiciones de dulzura, (Ps. EX, 4) la preservó, no solo del pecado, como á los ángeles, sino de todo peligro de pecado, y de toda dificultad y retardo en el ejercicio del amor santo. Por eso El declara (Cant. V.) que entre todas las criaturas racionales que ha escogido, esta Madre es su paloma única, su toda perfecta, su muy querida y bien amada, fuera de toda comparación y semejanza. (Cant.VI, 8.) Ninguna duda hay de que la Santísima Virgen haya sido toda pura desde el primer instante de su existencia. Parece que naciendo hija de Adán, como las demás, debía como ellas, ser manchada con el pecado original; pero la Providencia Divina ordenó las cosas de otro modo, y le tendió su mano santísima, que la detuvo para que no cayera en el precipicio. Así pues, la Santísima Virgen no ha sido mordida por la serpiente infernal; es cosa justa, clara y manifiesta que ella no ha tenido pecado original ni actual, pues ha sido privilegiada sobre todas las criaturas, con un privilegio tan grande y singular, que ninguna, quien quiera que sea, ha recibido jamás la gracia de la manera que la ha recibido esta Santa Señora, nuestra gloriosa Reina; ni habrá nunca alguna que se atreva á pretender ni aspirar á tan particular beneficio, supuesto que esta gracia solo era debida á aquella que estaba destinada desde toda eternidad para ser Madre de Dios. 

{Amor de Dios. Lib. II cap. VI—ir. Sermón para el Viernes Santo.)