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lunes, 16 de septiembre de 2019

Padre Royo Marin. El castigo del culpable



Señores: La medicina moderna ha hecho progresos admirables. Pero con todos los adelantos modernos, ¡cuánto cuesta y con qué lentitud se logra la curación de un leproso! El bacilo de Hansen es dificilísimo de vencer, aún hoy, con todos los progresos y adelantos de la medicina. Pero a Cristo le bastó hace veinte siglos una sola palabra: ―Quiero, y al momento desapareció la lepra.
Otro día le seguía una inmensa multitud. Cinco mil hombres, sin contar las mujeres ni los niños. Y Jesús les dice a sus apóstoles: ―Dadles de comer.
 Pero ellos le respondieron: ―No tenemos aquí sino cinco panes y dos peces. Él les dijo: ―Traédmelos acá. Y alzando sus ojos al cielo, bendijo y partió los panes y se los dio a sus discípulos, y estos, a la muchedumbre.
Y comieron todos y se saciaron y recogieron de los fragmentos sobrantes doce cestos llenos (Mt 14, 14-21). ¿Qué os parece?
Otro día dormía Jesús tranquilamente en la barca de sus discípulos. De pronto se levanta un fuerte viento, y la débil barquichuela, bajo los embates de las olas, amenaza zozobrar. Sus discípulos le despiertan atemorizados: ― ¡Señor, sálvanos, que perecemos! Y Jesús se puso sencillamente de pie y mandó al viento y dijo al mar: ―Calla, enmudece. Y al instante se aquietó el viento y se hizo completa calma. Y sus discípulos se preguntaron asustados: ― ¿Quién será éste que hasta el viento y el mar le obedecen? (Mc 4, 34-41).
Otro día Jesucristo caminó majestuosamente sobre las olas del mar como sobre una alfombra azul festoneadas de espumas (Mt 14, 25).
Otro día...
¿Para qué seguir? Aquel hombre jugaba con el mar, con los vientos y tempestades, con las enfermedades de los hombres y con las fuerzas de la Naturaleza como Dueño y Señor de todo.
Pero hay todavía, señores, una prueba más impresionante de la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.
Señores: en medicina legal no se admite más que una prueba definitiva de muerte real: la putrefacción. Mientras el cadáver no comience a descomponerse, no podemos tener una seguridad científica y absoluta de que está realmente muerto. Pero cuando empieza a descomponerse, cuando comienza la putrefacción, la muerte real es ciertísima, científicamente segura.
Recordemos ahora la impresionante escena evangélica. Lázaro de Betania, el amigo de Cristo, cae gravemente enfermo. Y sus hermanas Marta y María envían un recado al Maestro, diciéndole: ―Señor, el que amas está enfermo. Jesucristo no acude enseguida; deja pasar dos días después de recibido el aviso. Cuando llegó a Betania, Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Y cuando Marta le dice llorando a Jesús: ―Señor: si hubieras estado aquí, mi hermano no hubiera muerto, Jesús le dice: ―Yo soy la resurrección y la vida... El que cree en Mí, aunque hubiese muerto, vivirá. Se dirige al sepulcro, seguido de una gran muchedumbre. Y ordena: ―Quitad la piedra. Y al instante perciben todos el hedor pestilencial del cadáver putrefacto en descomposición. Y Jesucristo, alzando sus ojos al cielo, pronuncia estas palabras: ―Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas, pero por la muchedumbre que me rodea, lo digo: para que crean que Tú me has enviado”. Y diciendo esto, gritó con fuerte voz: ―¡Lázaro, sal fuera! Y al instante, como un siervo obediente cuando su amo le da una orden, el cadáver putrefacto de Lázaro se presentó delante de todos lleno de salud y de vida.
Señores: el milagro, por definición, trasciende las fuerzas de toda naturaleza creada y creable. Solamente Dios, Autor de la Naturaleza, o alguien en nombre de Dios, puede suspender sus leyes inmutables. Ahora bien: Jesucristo hacía los milagros en nombre propio, no en nombre de Dios. Cuando invoca a Dios le llama Padre, y le invoca no para pedirle el poder de hacer milagros, sino únicamente para que los que le rodean crean que ha sido enviado por Él.
Jesucristo tuvo la osadía de decir que era el Hijo de Dios, pero lo demostró de una manera aplastante y definitiva. El mismo Dios se encargó de confirmarlo desde el cielo, cuando en el momento del bautismo de Jesús se abrieron los cielos y se oyó la voz augusta del Eterno Padre, que exclamaba: ―Este es mi Hijo muy amado, en el que tengo puestas mis complacencias‖. (Mt 3, 16-17).
Pues bien: ese que es el Hijo de Dios, ese que ha venido del cielo y sabe perfectamente lo que hay en el otro mundo, ése nos dice veinticinco veces en el Evangelio que existe el infierno y que es eterno, que no terminará jamás. ―Que venga alguien del otro mundo a decirlo. ¡Ya ha venido! Y nada menos que el que dijo y demostró que era el Hijo de Dios. ¿Comprendéis ahora la increíble insensatez de la carcajada volteriana negando la existencia del infierno? Las cosas de Dios son como Dios ha querido que sean, no como se les antojen a los incrédulos.
¡Pobres incrédulos! ¡Qué pena me dan! No todos son igualmente culpables. Distingo muy bien dos clases de incrédulos completamente distintos. Hay almas atormentadas que les parece que han perdido la fe. No la sienten, no la saborean como antes. Les parece que la han perdido totalmente. Esta misma tarde he recibido una carta anónima: no la firma nadie. A través de sus palabras se transparenta, sin embargo, una persona de cultura más que mediana. Escribe admirablemente bien. Y después de decirme que está oyendo mis conferencias por Radio Nacional de España, me cuenta su caso. Me dice que ha perdido casi por completo la fe, aunque la desea con toda su alma, pues con ella se sentía feliz, y ahora siente en su espíritu un vacío espantoso. Y me ruega que si conozco algún medio práctico y eficaz para volver a la fe perdida que se lo diga a gritos, que le muestre esa meta de paz y de felicidad ansiada.
¡Pobre amigo mío! Voy a abrir un paréntesis en mi conferencia para enviarte unas palabras de consuelo. Te diré con Cristo: ―No andas lejos del Reino de Dios. Desde el momento en que buscas la fe, es que ya la tienes. Lo dice hermosamente San Agustín: ―No buscarías a Dios si no lo tuvieras ya. Desde el momento en que deseas con toda tu alma la fe, es que ya la tienes. Dios, en sus designios inescrutables, ha querido someterte a una prueba. Te ha retirado el sentimiento de la fe, para ver cómo reaccionas en la oscuridad. Si a pesar de todas las tinieblas te mantienes fiel, llegará un día –no sé si tarde o temprano, son juicios de Dios– en que te devolverá el sentimiento de la fe con una fuerza e intensidad incomparablemente superior a la de antes. ¿Qué tienes que hacer mientras tanto? Humillarte delante de Dios. Humíllate un poquito, que es la condición indispensable para recibir los dones de Dios. El gozo, el disfrute, el saboreo de la fe, suele ser el premio de la humildad. Dios no resiste jamás a las lágrimas humildes. Si te pones de rodillas ante Él y le dices: ―Señor: Yo tengo fe, pero quisiera tener más. Ayuda Tú mi poca fe. Si caes de ropillas y le pides a Dios que te dé el sentimiento íntimo de la fe, te la dará infaliblemente, no lo dudes; y mientras tanto, pobre hermano mío, vive tranquilo, porque no solamente no andas lejos del Reino de Dios, sino que, en realidad, estás ya dentro de él.
¡Ah! Pero tu caso es completamente distinto del de los verdaderos incrédulos. Tú no eres incrédulo, aunque de momento te falte el sentimiento dulce y sabroso de la fe. Los verdaderos incrédulos son los que, sin fundamento ninguno, sin argumento alguno que les impida creer, lanzan una insensata carcajada y desprecian olímpicamente las verdades de la fe.



sábado, 14 de septiembre de 2019

EL APOCALIPSIS DE SAN JUAN. COMENTADO POR EL P. CASTELLANI



B. Esmyrna (2, 8-11)

Y al Ángel en la Iglesia de Esmyrna escríbele:

La edad de las Persecuciones, desde Nerón a Diocleciano. Smyrna en griego significa mirra ; substancia usada en la antigüedad para restaño o restaurativo en las heridas y para preservar de la corrupción; substancia amarga, símbolo en la Escritura de dolores corporales y de embalsamamiento; los tres Reyes ofrecieron al Niño Dios oro, incienso y mirra, como a Rey, Dios y Hombre, dicen los Santos Intérpretes.

He aquí lo que dice el Primero y el Último El que fue muerto y revivió.

Repetición de uno de los títulos de Cristo de la Visión Preparatoria, con la añadidura de otro atinente a esta Iglesia: la alusión a la Muerte y al triunfo sobre la Muerte.
Conozco tu tribulación y tu miseria
Pero tú eres rica...
La persecución atroz sobrellevada por Cristo es la riqueza de la Iglesia desde el siglo II al V

Y [conozco] la blasfemia De los que se autodicen judíos Y no lo son Mas son la Sinagoga de Satán.
Las persecuciones fueron de carácter satánico: su crueldad superhumana, la iniquidad con que caían sobre los mejores ciudadanos y hombres más de bien del Imperio, su objetivo de hacer renegar la fe … Las calumnias de los judíos contra los cristianos (Popea, concubina de Nerón, fautora de la primera persecución) fueron el fómite de las persecuciones, como es sabido. Sin Popea, el bestia de Nerón no se hubiese enterado ni de la existencia de los cristianos: las cosas religiosas lo tenían sin cuidado. Las calumnias de los judíos eran realmente blasfemas: que Jesús fue el hijo adulterino de un soldado romano, que los cristianos comían en sus agapees el cadáver de un niño asesinado para la ocasión (la Eucaristía), que adoraban a una cabeza de burro, [4] etcétera. El profeta dice que no son judíos, es decir, no pertenecen ya al "Israel de Dios", que ahora es la Iglesia. Ellos de vicio se siguen autodenominando israelitas.

Mira, no temas Lo que habrás de sufrir: He aquí que arrojará el diablo [A muchos] de vosotros En prisión para que sufráis.

Se reitera el carácter diabólico de la persecución. El ser arrojados en prisión no excluye la muerte – que por lo demás es mencionada de inmediato – sobre todo con el verbo ballein: la prisión era el preludio de la ejecución. Los romanos no tenían "cárcel perpetua" como nosotros – invento muy malo de la benignidad de nuestros tiempos – a no ser las llamadas minas , que eran en realidad casi una condena a muerte … o peor.
De las prisiones se salía brevemente por la absolución o por la pena capital, con enorme frecuencia.
Y tendréis tribulación
De diez días.
"Son las Diez Persecuciones", exclamó en el siglo VIII uno de los más grandes comentadores del Apokalypsis, el monje benedictino español San Beatus de Liébana. Y con mucha razón. Una tribulación de diez días literales sería ridículamente corta, y en realidad no podría llamarse así; tanto más cuanto la palabra griega thlipsis no significa nunca los comunes tríbulos o abrojos del camino, sino una gran apretura, opresión, vejación o tiranía. La interpretación literal exclusiva , como nota Billot, es aquí imposible; aunque nada impide que haya podido acaecer una angustia de 10 días en la comunidad cristiana de Esmyrna, que Juan haya tomado como typo de la Persecución Universal, que duró casi cuatro siglos.
Diez Días en lugar de Cuatro Siglos: quizás manera consolatoria – aunque a osadas bastante andaluza – de insinuar que "el tiempo es corto y al fin todo pasa".
Hazte fiel hasta la muerte
Y te daré la corona de la vida.

Mención final de la muerte que completa la descripción atenuada de la terrible satánica – persecución. N o solamente hay que "ser" fiel, como traduce la Vulgata, sino que hay que hacerse de nuevo fiel – el verbo griego guinoü dice nacerse o engendrarse fiel, es decir, cambiarse y no solamente mantenerse como antes –. Por este tiempo, San Policarpo, Obispo de Esmyrna, sufrió el martirio por haberse negado a proferir la fórmula idolátrica: "El César es el Señor [absoluto]". Los judíos impulsaron al pueblo a pedir su muerte, calumniándolo de "antipatriota"; o sea "nazi", como diríamos hoy.
"La corona de la vida" puede contener una asociación con la decantada "corona de Esmyrna", frase halagüeña para el patriotismo local que los esmirniotas oían continuamente en los discursos: guirnalda de magníficas construcciones que coronaban la altura sobre que está la ciudad, una de las más seductoras del mundo, "flor del Asia, primera por su hermosura", como la llama el rétor Elios Arístides.

El que tenga oídos que oiga Lo que el Espíritu - dice a las iglesias. El victorioso no será alcanzado Por la muerte, la Segunda.

La Segunda Muerte es el Infierno, la muerte definitiva; supuesto que por la primera, "nuestra hermana la muerte corporal", serán muchos alcanzados antes de tiempo, como ha anunciado el Profeta. Esta expresión de la Muerte Segunda repercute, como hemos notado, en el capítulo del Triunfo Final (XX, Visión del Reino Milenario), donde es contrapuesta a la Primera Resurrección.

C. Pérgamo (2, 12-17)

Y al Ángel en la Iglesia de Pérgamo escríbele:

Pérgamo (libros), la Iglesia de los Doctores y de las Herejías, hasta Carlomagno. Es la ciudad que, si no inventó el "pergamino", por lo menos se hizo el emporio de su fabricación e industria, dándole su nombre. Era el baluarte del paganismo, una de sus fortalezas ("el trono de Satán") habiendo sido la primera donde se levantó un templo al Divino Augusto (la Primera Bestia), primer santuario de la adoración sacrílega del hombre por el hombre, que será la herejía del Anticristo. El sacerdote de Zeus Soter (Júpiter Salvador) era al mismo tiempo sacerdote del Emperador Deificado; y junto a ese culto imperial obligatorio hacían buenas migas Athenea Nikéfora, Dionysos Kathéguemon y el Dios-Serpiente, Asklepios, o sea Esculapio, dios de la Medicina; a cuyo santuario concurrían peregrinaciones y se producían curaciones reputadas milagrosas. La fuerza del Paganismo era su cultura… y su violencia; y Pérgamo simbolizaba la cultura con sus pergamineros y sus copistas; y según parece en ella comenzaron los martirios: "el mártir Antipas, mi testigo, mi fiel, que fue muerto entre vosotros, allí donde Satán mora".
En el Anticristo habrá dos cosas, un sacrilegio y una herejía (Segunda Bestia). Se hará adorar como Dios, lo cual es un sacrilegio; y por cierto el máximo; y para ello se servirá como de instrumento de un culto religioso derivado espuriamente del mismo Cristianismo: es decir, de una herejía cristiana, que pareciera ha nacido ya en el mundo.(EL MODERNISMO EN LA IGLESIA ACTUAL) Léase por ejemplo el libro póstumo de Kirkegord [5] llamado El Instante (oAttack Upon Christendom , en su traducción inglesa de Walter Lowrie) donde el autor desenmascara la corrupción suprema del Cristianismo … "sobre todo en el Protestantismo y principalmente en Dinamarca", según la restricción que él no cesa de repetir. Pues bien, el estado de cosas religioso durante las persecuciones era similar o análogo, es decir, el typo: el culto sacrílego del déspota coronado estaba apoyado y conveído por todos los cultos supersticiosos de la mitología, empezando por el de Zeus; de modo que el Emperador y Zeus hacían una sola cosa divina, que no era otra que el Imperio divinizado: especie de Trinidad monstruosa. Y así el poder político deificado y encarnado en un plebeyo genial y apoyado por un sacerdocio, será la abominación de la desolación y el reinado del Anticristo.


viernes, 13 de septiembre de 2019

Padre Royo Marin. El castigo del culpable


Presentación y Exposición:
Querido lector, el siguiente texto íntegro es de una serie de Conferencias Cuaresmales pronunciadas por el autor ―Antonio Royo Marín, O.P. en la Real Basílica de Atocha, de Madrid, que fueron retransmitidas a toda España por Radio Nacional en conexión con varias emisoras de provincias. Este teólogo dominico, Habla sobre las postrimerías. Es un autor muy reconocido y habla del infierno en la 5ta conferencia.
La resonancia verdaderamente nacional que alcanzaron aquellas conferencias, nos ha impulsado a ofrecerlas en su texto taquigráfico, a fin de conservar en lo posible la espontaneidad y el ritmo oratorio con que fueron pronunciadas. Son varios puntos los que menciona el autor, en su libro ―Misterio del más allá- pero nos vamos a focalizar en el tema del castigo del culpable.
No podemos rehuir estos temas trascendentales que nos salen ahora al paso. Se trata de dos dogmas importantísimos de nuestra fe: la existencia del cielo y del infierno, el destino eterno de las almas inmortales. Prefiero dejar para mañana, último día de estas conferencias, la descripción del panorama deslumbrador del cielo. Será una conferencia llena de luz, de alegría, de colorido, que expansionará nuestro corazón. Pero esta tarde, señores, no tenemos más remedio que enfrentarnos con el tema tremendo, terriblemente trágico, del destino eterno de los réprobos.
Es un tema muy incómodo y desagradable, lo sé muy bien. Me gustaría y os gustaría muchísimo más que os hablara, por ejemplo, de la infinita misericordia de Dios para con el pecador arrepentido. Se ha dicho que la sensibilidad y el clima intelectual moderno no resiste el tema del infierno, tan incómodo y molesto; que es preferible hablar de la caridad, de la justicia social, del amor y compenetración de los unos con los otros, y otros temas semejantes.
Son temas maravillosos, ciertamente; son temas cristianísimos. Pero la Iglesia Católica no puede renunciar, de ninguna manera, a ninguno de sus dogmas. Yo respeto la opinión de los que dicen que en estos tiempos no se resisten estos temas tan duros; pero tratándose de unas conferencias cuaresmales sobre el misterio del más allá, yo no puedo cometer el grave pecado de omisión de soslayar el dogma del infierno, que forma parte del depósito sagrado de la divina revelación.
Señores: La Iglesia Católica viene manteniendo íntegramente, durante veinte siglos, el dogma terrible del infierno. La Iglesia no puede suprimir un solo dogma, como tampoco puede crear otros nuevos.
Cuando el Papa define una verdad como dogma de fe (v. gr., la Asunción corporal de María) no crea un nuevo dogma. Simplemente, se limita a garantizarnos, con su autoridad infalible, que esa verdad ha sido revelada por Dios.
El Papa no crea, no inventa nuevos dogmas; simplemente declara, con su autoridad infalible –que no puede sufrir el más pequeño error, porque está regida y gobernada por el Espíritu Santo–, que aquella verdad que define está contenida en el depósito de la revelación, ya sea en la Sagrada Escritura, ya en la verdadera y auténtica tradición cristiana. Se trata de una verdad revelada por Dios, no de una opinión teológica inventada o patrocinada por la Iglesia. La Iglesia no altera, no cambia, no modifica, poco ni mucho, el depósito de la divina revelación que recibió directamente de Jesucristo y de los Apóstoles.
El dogma católico permanece siempre intacto e inalterable a través de los siglos. Si la Iglesia alterara, reformara o modificara sustancialmente alguno de sus dogmas, os digo con toda sinceridad que yo dejaría de ser católico; porque ésa sería la prueba más clara y más evidente de que no era la verdadera Iglesia de Jesucristo.
Este es, precisamente, el argumento más claro y convincente de que las Iglesias cristianas separadas de Roma (protestantes y cismáticos) no son las auténticas Iglesias de Jesucristo. Porque están cambiando y reformando continuamente sus dogmas. Ya creen esto, ya aquello; ya aceptan lo que antes rechazaron, ya rechazan lo que antes aceptaron, sin más norte ni guía que el capricho del libre examen. Y así, se da el caso pintoresco, señores, de que ciertas sectas protestantes que se separaron de la Iglesia Católica principalmente por no admitir la doctrina del purgatorio ahora proclaman que el infierno no es eterno, sino temporal. Con lo cual –como ya les echaba en cara, con fina ironía, José de Maistre–, después de haberse rebelado contra la Iglesia por no admitir el purgatorio, vuelven a rebelarse ahora por no admitir más que el purgatorio. Es que el error, señores, conduce, lógicamente, a los mayores disparates.
La Iglesia Católica, en cambio, ha mantenido intacto, durante los veinte siglos de su existencia, el depósito sagrado de su divina revelación; porque sabe perfectamente que Jesucristo le confió ese tesoro para que lo custodie, vigile, defienda y lo mantenga intacto, sin alterarlo en lo más mínimo.
El dogma católico es siempre el mismo, señores, el dogma católico no cambia ni cambiará jamás. Y precisamente por eso, en el siglo veinte, lo mismo que en el siglo primero, la existencia del infierno es un dogma de fe y lo continuará siendo hasta el fin del mundo.
Os voy a hablar del infierno con serenidad, con altura científica, como debe hacerse hoy.
Por de pronto, os advierto que rechazo, en absoluto, las descripciones dantescas. ―La Divina Comedia, de Dante, es maravillosa desde el punto de vista poético o literario, pero tiene grandes disparates teológicos. Aquellas descripciones de los tormentos del infierno son pura fantasía, pura imaginación. El dogma católico no nos dice nada de eso. Rechazo, en absoluto, las descripciones dantescas. Voy a limitarme a exponeros lo que dice el dogma católico en torno a la existencia y naturaleza del castigo de los réprobos.
En primer lugar, os voy a hablar de la existencia del infierno.
Lo hemos oído muchísimas veces: si un personaje histórico conocido del mundo entero (v. gr. Napoleón Bonaparte) viniese del otro mundo y, compareciendo visiblemente ante nosotros, nos dijera: ―Yo he visto el infierno y en él hay esto y lo otro y lo de más allá, causaría en el mundo una impresión tan enorme y definitiva, que nadie se atrevería ya a dudar de la existencia de aquel terrible lugar. ¿Por qué no lo envía Dios, para bien de toda la humanidad?
Señores: los que piden o desean esa prueba no han reflexionado bien; no han caído en la cuenta de que ese hecho que reclaman se ha producido ya, y en unas condiciones de autenticidad que jamás hubiera podido soñar la crítica más severa y exigente.
No voy a invocar el testimonio de alguna revelación privada hecha por Dios a alguna monjita de clausura. Ni siquiera voy a alegar el testimonio de Santa Catalina de Sena o el de Santa Teresa de Jesús, a quienes Nuestro Señor mostró el infierno y lo describieron después en sus libros de manera impresionante. Ni voy a citar, en pleno siglo XX, a los pastorcitos de Fátima, que vieron también, por sus propios ojos, el fuego del infierno. Personalmente yo estoy convencido de la verdad de esas visiones y revelaciones privadas que acabo de citar. Pero nuestra fe católica, señores, no se apoya en estos testimonios de personas particulares, aunque se trate de grandes Santos canonizados por la Iglesia. Nuestra fe se apoya, directamente, en un testimonio mucho más fuerte, mucho más inconmovible. Voy a deciros cuál es el gran testigo de la existencia y de la naturaleza del infierno. Os voy decir quién es.
Trasladémonos con la imaginación a Jerusalén, en la noche del primer jueves Santo que conoció la humanidad. Ante el jefe de la Sinagoga, reunida en Sanedrín con los principales escribas y fariseos de Israel, acababa de comparecer un preso maniatado: es Jesús de Nazaret. Y el jefe de la Sinagoga, o sea el representante legítimo de Dios en la tierra, el entonces jefe de la verdadera Iglesia de Dios –porque ya sabéis, señores, que el cristianismo enlaza legítimamente con la religión de Israel, de la que es su plenitud y coronamiento: no hay más que una sola Biblia, con su Antiguo y Nuevo Testamento–, el representante auténtico de Dios en la tierra se pone majestuosamente de pie, y, encarándose con aquel preso que tiene delante, le dice solemnemente: ―Por el Dios vivo te conjuro que nos digas claramente, de una vez, si Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios. Y aquel preso maniatado, levantando con serenidad su rostro, le contesta: ―Tú lo has dicho, Yo lo soy. Y os digo que un día veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo (Mt 26, 63-64).
Señores: nadie hasta entonces, en toda la historia de la humanidad, se había atrevido jamás a decir: ―Yo soy el Hijo de Dios, y nadie se ha atrevido a repetirlo de entonces acá. Esa tremenda afirmación, solamente Jesús de Nazaret ha tenido el inaudito atrevimiento de hacerla. Pero ese Jesús, que ha tenido la infinita osadía de decirlo, ha tenido también la infinita audacia de demostrarlo. Una serie de pruebas aplastantes, absolutamente infalsificables, han puesto la rúbrica divina a esa tremenda afirmación: ―Yo soy el Hijo de Dios. ¿Queréis que recordemos unas cuantas?
Un día se acercaba Jesús, acompañado de un gran gentío, a un pueblo llamado Jericó. Y a la entrada del pueblo, en lugar y sitio estratégico de paso, la escena que estamos contemplando todos los días: un ciego pidiendo limosna. El pobrecillo no veía absolutamente nada, pero oyó el murmullo de la muchedumbre que se acercaba, y preguntó: ― ¿Qué pasa? ―Es Jesús de Nazaret que se acerca‖, le contestaron. Y al instante, el pobre ciego comenzó a gritar: ― ¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí! Y alargando las manos, que son los ojos del ciego, buscaba con ellas a Jesús. Le llevan ante Él, y le pregunta Jesús con dulzura: ― ¿Qué quieres? ¡Pobrecito, qué iba a querer! ―Señor, que vea. Y Jesús pronuncia una sola palabra: ―Quiero. Y al instante se abren los ojos del ciego y comienza a ver claramente (Lc 18, 35-43).
Oculista que me escuchas: tú sabes muy bien lo que significa atrofia del nervio óptico, corteza cervical, ceguera de nacimiento... No tiene remedio, ¿verdad? Pues lo tuvo con una sola palabra de Jesucristo. ¿Qué te parece la prueba?
Otro día se le presenta un hombre cubierto de lepra, con su carne podrida que se le caía a pedazos; y aquella piltrafa humana cae de rodillas ante Jesús y le dice con lágrimas en los ojos: ―Señor, si quieres, puedes limpiarme. Y extendiendo Él su mano, le toca diciendo: ―Quiero, sé limpio. Y en el acto la carne podrida del leproso se vuelve fresca y sonrosada como la de un niño que acaba de nacer (Lc 5, 12-13).

miércoles, 11 de septiembre de 2019

LA CONSAGRACIÓN DE MEXICO AL SAGRADO CORAZÓN DE JESUCRISTO Y SU PROCLAMACIÓN DE LA REALEZA DE CRISTO




COMENTARIOS DEL ARZOBISPO D. FRANCISCO OROZCO Y JIMÉNEZ A LACARTA PAPAL continuación.

A profesar la Fe y a practicar la caridad, con ocasión de nuestros cultos al Sacratísimo Corazón de Jesús, nos moverá la altísima significación de los misterios que la Santa Iglesia propone en la fecha providencialmente fijada para la solemne Consagración: la Epifanía de Nuestro Señor Jesucristo.
En ese día se presenta Nuestro Salvador al universo mundo como revestido de la autoridad real de Monarca Supremo y recibiendo las más puntuales adoraciones; la gentilidad representada en tres grandes personajes, viene a los pies de Jesucristo; acuden las ciencias y las artes, y las magnificencias humanas a rendir a Cristo un amplio vasallaje.”
“Además: en la Epifanía se celebra el Bautismo de Jesús, con toda la humildad y la Fe de aquel memorable hecho en que el Divino Nazareno estableció el sacramento de regeneración, por el cual, al recibirlo, nos hacemos hijos de Dios y herederos del Reino de los Cielos”.
“Finalmente, se conmemora en la Epifanía la realización de aquellas célebres bodas, santificadas con la presencia de Jesús y de María, y en que el matrimonio vino a ser una de las fuentes de la Gracia, y el origen santificado de la sociedad doméstica”.
“Ahora bien; tan completo y máximo testimonio de obsequio y de piedad (la Consagración que se hace) conviene de un modo especial a Jesucristo por ser Príncipe y Sumo Señor de todas las cosas…. Y la universalidad del género humano está bajo la potestad de Jesucristo; puesto que quien es unigénito del Padre y consustancial a Él, esplendor de Su Gloria y figura de Su substancia, es necesario que tenga comunes todas las cosas con el Padre y consiguientemente el sumo imperio de todas ellas. Cristo ejerce el sumo poder, no solo con derecho nativo, sino también con derecho adquirido. Él nos libró del poder de las tinieblas y también se entregó a redención a sí mismo por todos. Todo cuanto dio lo dio por adquirirlo todo.”
“Esta potestad Cristo la ejerce sobre los hombres todos por medio de la Verdad, de la Justicia, y principalmente de la Caridad.”
“Para el fundamento de tal potestad y dominio, benignamente permite que nosotros añadamos una devoción voluntaria. Ciertamente Jesucristo, Dios y Redentor a la vez, es rico en la posesión perfecta y cumplida de todas las cosas; mientras que nosotros somos tan pobres e indigentes, que nada poseemos que sea bastante para remunerarlo.”
“Pero no obstante, llevado de su bondad y caridad suma, Jesucristo no rechaza que le ofrezcamos lo que es suyo, y que se lo demos y consagremos como si se tratara de cosa nuestra; y no solamente no la rechaza, sino que la pide repetidamente: Hijo
mío, dame tu corazón.Así, pues, podemos todos ciertamente podemos gratificarle con el mejor ánimo y buena voluntad; puesto que consagrándonos al Mismo, no solamente reconocemos y acatamos su poderío de un modo grato y manifiesto, sino que a la par atestiguamos con ello que, si en realidad de verdad fuese nuestro lo que ofrecemos, lo daríamos con la misma excelente voluntad, y le pedimos a la vez que no se ofenda al admitir de nosotros lo que es completamente suyo.”
“Y puesto que en el Sagrado Corazón se encierra el símbolo y la expresión de la infinita caridad de Cristo, que nos incita a amarnos mutuamente, es justo consagrarse a Su Corazón Augusto, lo que no es otra cosa más que, entregarse y obligarse con Jesucristo, ya que todo honor, obsequio o devoción piadosa que se ofrece al Corazón Divino, se ofrece propia y verdaderamente al mismo Cristo.”
“Consagrémonos, por tanto, social y privadamente, al Sagrado Corazón de Jesús”
“Conságresele el Sacerdocio, participante de la potestad del mismo Dios, al administrar los sagrados misterios, y propagar en las sociedades y en las conciencias el Reinado de Cristo. En la renovación del sacrificio incruento, en el rezo del Oficio Divino, en la adoración del Sacramento de Amor; al predicar, al exhortar y dirigir oportuna e importunamente, arguyendo, suplicando con toda paciencia y doctrina, el Sacerdote vivirá con la vida de Cristo, y del Corazón Divino le vendrá la abundancia de gracia que necesita para el ejercicio de las altísimas funciones que desempeña.”
“Conságrese al Sagrado Corazón de Jesús la sociedad civil en sus diversos elementos, ahora que gobernantes y gobernados niegan, por apostasía pública, al Cristo, proclaman _a imitación del pueblo deicida_ que no quieren que Aquel reine sobre ellos.”
“Ocurra la sociedad en masa a los espléndidos cultos que rodearán esta solemne Consagración; ya acercándose al banquete eucarístico, ya visitando al Prisionero de los tabernáculos o manifiesto a la adoración pública; y que esa Consagración pase, por abundantes corrientes de gracia, del templo al hogar, y que en éste haya júbilo santo y mayor expansión de piedad, y de alegría; el Sacratísimo Corazón será el Dueño de la casa y en Él hallarán refrigerio todos los miembros de la familia, grandes y pequeños. Los gozos y las lágrimas convergerán, por decirlo así, al Corazón de Jesús, fervorosa y constantemente”.
“Las almas entregadas a Dios, ya por promesa solemnes o por aceptadas y ordenadas prácticas de piedad y de beneficencia, en innumerables confraternidades, de todas las condiciones, edades y sexos, conságrense al Divino Corazón de un modo espontáneo y singular. En la soledad del templo, en las fatigas cotidianas del hogar, en el ejercicio de las obras de misericordia, en la enseñanza de la Doctrina Cristiana y tantas otras obras, habrá ocasión de ofrecerse al Sagrado Corazón para alabarlo y desagraviarlo.”
“Las escuelas católicas, los Hospitales, los Asilos, los Orfanatorios, las Casas Religiosas, conságrense también al Corazón de Cristo. La prensa católica cumpla su noble misión de prestar al Corazón Deífico sus homenajes llevando a todas partes la buena semilla de la lectura sana, y a la vez, siempre amena y oportuna.”
“Hágase que la porción escogida y grata al Corazón Divino _la niñez inocente_ beba allí, en aquel manantial, las aguas purísimas de la Gracia; y renovando las promesas del Bautismo o asistiendo a prácticas exclusivas de misión, y sobre todo, comulgando, forme una gloriosa Corte del Rey de los Cielos y tierra.”
“Que el Corazón de Jesús extienda su dominio a los hogares atribulados por las enfermedades, o por la ausencia o por la muerte de sus seres queridos, y que conforte con su presencia real los corazones agobiados por el dolor. Que las miradas divinas lleven la regeneración a los encarcelados; y los inválidos y los pobres alégrense al sentir los carismas del Corazón de Dios.”
“¡Consagrémonos todos al Corazón de Jesús! Propaguemos y defendamos Su Realeza, de la cual dimana toda autoridad, para que cese la lucha fratricida, y viviendo todos como hermanos, luzcan días serenos para México; y así, ligados con vínculos de caridad, seamos dignos participantes, un día, con Cristo, de la gloria de la Iglesia Triunfante”.
“Para darle forma al hermoso pensamiento de que Nos hemos venido ocupando, los Párrocos y Rectores encargados de los templos de esta Arquidiócesis, preparen, acomodándose a las circunstancias de lugar y personas, los cultos que deban celebrarse el repetido día seis de enero próximo, a fin de que la Coronación y Consagración de que se trata, revista la mayor solemnidad posible.”
“Pero con el objeto de que, en lo general, haya la uniformidad que es de desearse, disponemos:
“I.- Que en toda la Arquidiócesis haya un Triduo en honor del Sacratísimo Corazón de Jesús, que deberá comenzar el día cuatro del repetido enero, con exposición del Sacratísimo Sacramento, todo el día, en donde fuere posible, o por lo menos en la Misa y en el ejercicio vespertino; para cuya exposición concedemos nuestra licencia.”
“II.- El día seis, designado para la Consagración, se hará ésta, después de una Misa solemne, colocando la Corona y el Cetro a los pies de la imagen del Sagrado Corazón. En la Misa se predicará al pueblo la trascendencia del acto de la Consagración de nuestra Patria toda al Divino Corazón; cuya Consagración se hará usando la fórmula que anualmente se emplea en el mes de junio para el mismo objeto, y deberá tener lugar enseguida de la Coronación.”
“III.- Se procurará que hay el mayor número de comuniones de desagravio”
“IV.- Se dispondrá que haya algunas manifestaciones exteriores de regocijo, para que sea como una expresión pública de nuestro amor y veneración al Sacratísimo Corazón
“V.- Oportunamente se hará conocer a los fieles, de esta capital, el programa de las festividades que tendrán lugar en la Santa Iglesia Catedral, y los demás que se acordarán para celebrar el fastuoso acontecimiento”
“Esta Carta Pastoral será leída inter Missarum Solemnia el primer día festivo después de su recibo.”
“Recibid, venerables Hermanos y amados Hijos, la Bendición Pastoral que os enviamos en el nombre + del Padre, + del Hijo y + del Espíritu Santo.”
“Dada en Nuestro Palacio Arzobispal de Guadalajara, el día 18 de diciembre, fiesta de la Expectación del Parto de la Santísima Virgen María, de 1913.”

+Francisco, Arzobispo de Guadalajara.

Para que sirva como antecedente de la Consagración de México al Sagrado Corazón de Jesús; he creído conveniente transcribir la Carta Encíclica que S.S. León XIII, Papa reinante de la Iglesia Católica en 1899.

CARTA A LOS CATOLICOS PERPLEJOS


"La sotana no hace al monje, pero lo distingue"
V
A los católicos que sienten que se están operando transformaciones radicales les resulta difícil resistir la insistente propaganda, común a todas las revoluciones. Se les dice: "Ustedes no aceptan el cambio, pero la vida es cambio. Ustedes permanecen aferrados a cosas fijas, pero lo que era bueno hace cincuenta años ya no conviene a la mentalidad actual ni al género de vida que llevamos. Ustedes se atienen al pasado y no son capaces de modificar sus costumbres". Muchos católicos se sometieron a la reforma para no incurrir en esos reproches pues no encontraban argumentos para defenderse de acusaciones infamantes como éstas: "Ustedes son retrógrados, anticuados, no viven con su época". El cardenal Ottaviani decía ya refiriéndose a los obispos: "Tienen miedo de parecer viejos". Pero los católicos nunca nos hemos negado a aceptar ciertos cambios, ciertas adaptaciones que atestiguan la vitalidad de la Iglesia. En materia litúrgica los hombres de mi edad asistieron a varias reformas; yo acababa de nacer cuando Pío X se preocupó por aportar mejoras, especialmente dando más importancia al ciclo temporal, al adelantar la edad de la primera comunión y al restaurar el canto litúrgico que había sufrido un eclipse. Luego Pío XII redujo la duración del ayuno eucarístico a causa de las dificultades inherentes a la vida moderna, autorizó por el mismo motivo la celebración de la misa por la tarde, reemplazó el oficio de la vigilia pascual en la tarde del Sábado Santo, remodeló los oficios de la semana santa. Juan XXIII agregó por su parte algunos retoques al rito llamado de san Pío V antes del concilio. Pero nada de todo esto se aproximaba poco ni mucho a lo que se verificó en 1969, a saber, una nueva concepción de la misa. Se nos reprocha también que nos aferremos a formas exteriores y secundarias, como por ejemplo, la lengua latina. Se proclama que es una lengua muerta que nadie comprende, como si el pueblo cristiano la hubiera comprendido más en el siglo XVII o en el siglo XIX, ¡Qué negligencia la de la Iglesia, según los innovadores, al esperar tanto tiempo para suprimir el latín! Yo creo que la Iglesia tenía sus razones. No ha de asombrarnos que los católicos experimenten la necesidad de comprender mejor textos admirables de los cuales pueden obtener alimento espiritual, ni que deseen asociarse más íntimamente a la acción que se desarrolla ante sus ojos. Sin embargo, no se satisfacen esas necesidades adoptando las lenguas vernáculas de punta a cabo del Santo Sacrificio. La lectura en francés de la Epístola y del Evangelio constituye una mejora y se la practica cuando conviene en Saint-Nicolas-du-Chardonnet así como en los prioratos de la Fraternidad que yo fundé. Por lo demás, lo que se ganaría estaría fuera de toda proporción con lo que se perdería, pues la inteligencia de los textos no es el fin último de la oración, ni el único medio de poner el alma en oración, es decir, en unión con Dios. Si se presta una atención demasiado grande al sentido de los textos, eso puede constituir hasta un obstáculo para la oración.
Me maravilla que no se lo comprenda, cuando al mismo tiempo se predica una religión del corazón, una religión menos intelectual y más espontánea. La unión con Dios se obtiene por obra de un canto religioso y celestial, por obra de un ambiente general de la acción litúrgica, por la piedad y el recogimiento del lugar, por su belleza arquitectónica, por el fervor de la comunidad cristiana, por la nobleza y la piedad del celebrante, la decoración simbólica, el perfume del incienso, etcétera. Poco importa el estribo con tal que el alma se eleve. Cualquiera puede tener esta experiencia si franquea los umbrales de una abadía benedictina de esas que conservaron el culto divino en todo su esplendor. Esto en nada disminuye la necesidad de tratar de comprender mejor los rezos, las oraciones y los himnos, así como la necesidad de una participación más íntima; pero es un error creer que mediante el empleo puro y simple de la lengua vernácula y la supresión total de la lengua universal de la Iglesia, consumada desgraciadamente casi en todas partes del mundo, se puede llegar a esos fines. Basta ver el éxito de las misas, por más que estén dichas según el nuevo orden, en las cuales se conservó el canto del Credo, del Sanctus y del Agnus Dei. Pues el latín es una lengua universal. Al emplearlo, la liturgia nos pone en una comunión universal, es decir, católica. En cambio, si la liturgia se localiza, se individualiza, pierde esa dimensión que marca profundamente a las almas, Para no incurrir en semejante error bastaba observar los ritos católicos orientales en los cuales los actos litúrgicos se expresan desde hace mucho tiempo en lengua vulgar. En esas comunidades se comprueba el aislamiento de los miembros. Cuando están dispersas fuera de su país de origen, dichas comunidades necesitan sacerdotes propios para la misa, como para los sacramentos, como para toda ceremonia y construyen iglesias especiales que apartan a dichas comunidades, por la fuerza de las cosas, del resto del pueblo católico. ¿Obtienen de esto algún beneficio? No se manifiesta de manera evidente que la lengua litúrgica particular haya hecho a estas comunidades más fervientes y practicantes que a aquellas beneficiadas por una lengua universal, incomprendida de muchos tal vez, pero susceptible de ser traducida. Si consideramos la situación fuera de la Iglesia, ¿cómo logró el islamismo asegurar su cohesión al difundirse en regiones tan diferentes y entre pueblos de razas tan diversas como Turquía, África del Norte, Indonesia o el África negra? Al imponer en todas partes el árabe como lengua del Alcorán. En África veía yo cómo los morabitos hacían aprender de memoria los suras a niños que no podían entender una sola palabra. Y hay algo más, el islamismo llega a prohibir la traducción de su libro santo. Hoy es de buen tono admirar la religión de Mahoma a la que, según me entero, se han convertido millares de franceses, y pedir dinero en las iglesias para construir mezquitas en Francia. Sin embargo nos hemos guardado bien de inspirarnos en el único ejemplo que podía tenerse en cuenta: la persistencia de una lengua única para la oración y para el culto. El hecho de que el latín sea una lengua muerta habla en favor de su mantenimiento-, en esas condiciones es el mejor medio de proteger la expresión de la fe contra las variaciones lingüísticas que naturalmente se dan en el curso de los siglos. Desde hace unos años el estudio de la semántica se ha difundido mucho y hasta se lo introdujo en los programas de francés de los colegios. ¿No es uno de los objetos de la semántica el estudio del cambio de significación de las palabras, de los desplazamientos de sentido observados con el correr del tiempo y a veces en períodos muy breves? Saquemos pues partido de esta ciencia para comprender el peligro que supone confiar el caudal de la fe a modos de decir que no son estables.
¿Habría sido posible conservar durante dos mil años, sin corrupción alguna, la formulación de las verdades eternas, intangibles, con lenguas que evolucionaran sin cesar y fueran diferentes según los países y hasta según las regiones? Las lenguas vivas son cambiantes y móviles. Si se confía la liturgia a la lengua del momento, habrá que adaptarla

continuamente atendiendo a la semántica. No es sorprendente que haya que constituir sin cesar nuevas comisiones ni que los sacerdotes ya no tengan tiempo de decir la misa. Cuando fui a ver a Su Santidad Pablo VI en Castelgandolfo, en 1976, le dije: "No sé si sabéis, Santo Padre, que ahora hay trece oraciones eucarísticas oficiales en Francia". El Papa, entonces, levantando en alto los brazos me replicó: " ¡Pero muchas más, monseñor, muchas más!" De manera que tengo razón al formularme una pregunta: ¿existirían tantas oraciones eucarísticas si los liturgistas estuvieran obligados a componerlas en latín? Además de esas fórmulas puestas en circulación después de haber sido impresas aquí o allá, habría que hablar también de los cánones improvisados por el sacerdote en el momento de la celebración y de todos los elementos incidentales que el oficiante introduce desde la "preparación de la penitencia" hasta la "despedida de la asamblea". ¿Podría producirse esto si se oficiara en latín? Otra forma exterior contra la cual se levantó cierta opinión es el uso de la sotana, no tanto en la iglesia o en las visitas al Vaticano, sino en la vida de todos los días.. La cuestión no es esencial, pero tiene una gran importancia. Cada vez que el Papa lo ha recordado —y Juan Pablo II por su parte lo ha hecho con insistencia- se registraron protestas indignadas en las filas del clero. Leía no hace mucho en un diario de París las declaraciones que sobre este punto hizo un sacerdote de vanguardia: "Eso es puro folklore... En Francia, el uso de una vestimenta reconocible no tiene sentido porque no hay ninguna necesidad de reconocer a un sacerdote en la calle. En cambio, la sotana o el traje del pastor protestante provocan aislamientos... El sacerdote es un hombre como los demás. Verdad es que preside la Eucaristía". Ese "presidente" expresaba aquí ideas contrarias al Evangelio y a realidades sociales bien confirmadas. En todas las religiones, los jefes religiosos llevan signos distintivos. La antropología, de la que tanto caso se hace, está allí para atestiguarlo. Entre los musulmanes, los sacerdotes utilizan vestidos diferentes, collares y anillos. Los budistas llevan una vestimenta teñida de azafrán y se afeitan la cabeza de cierta manera. En las calles de París y de otras grandes ciudades se puede observar a jóvenes adeptos a esa doctrina y su aspecto no suscita ninguna crítica. La sotana garantiza el carácter especial del clérigo, del religioso o de la religiosa, así como el uniforme garantiza la condición del militar o del agente del orden, pero con una diferencia, estos últimos, al usar las ropas civiles, tornan a ser ciudadanos como los demás, en tanto que el sacerdote debe conservar su hábito distintivo en todas las circunstancias de la vida social. En efecto, el carácter sagrado que adquirió en la ordenación debe hacerlo vivir en el mundo, sin ser del mundo. Así lo leemos en san Juan: "Vosotros no sois del mundo... mi elección os ha sacado del mundo" (NV, 19). El hábito del sacerdote debe ser distintivo y al mismo tiempo elegido con un espíritu de modestia, de discreción y de pobreza. Una segunda razón es el deber que tiene el sacerdote de dar testimonio de Nuestro Señor: "Vosotros seréis mis testigos", "No se pone la lámpara bajo el celemín". La religión no debe permanecer encerrada en las sacristías, como lo decretaron hace mucho tiempo los dirigentes de los países del Este, pues Cristo nos ha mandado exteriorizar nuestra fe, hacerla visible por un testimonio que ha de ser visto y oído por todos. El testimonio de la palabra, que ciertamente es más importante en el sacerdote que el testimonio del hábito, se ve empero grandemente facilitado por la manifestación bien clara del sacerdocio, como es el uso de la sotana.
¡Hasta donde hemos llegado, mujer con sotana!
La separación de la Iglesia y del Estado, aceptada y considerada a veces como la mejor solución, ha hecho penetrar poco a poco el ateísmo en todos los dominios de la actividad y debemos admitir que buen número de católicos y hasta de sacerdotes ya no tienen una idea exacta del lugar que ocupa la religión católica en la sociedad civil. El laicismo lo invadió todo. El sacerdote que vive en una sociedad de este tipo tiene la impresión cada vez más profunda de ser extraño a esa sociedad, luego de ser molesto, de ser el testimonio de un pasado llamado a desaparecer. Siente que su presencia es sólo tolerada, por lo menos así lo considera. De ahí su deseo de integrarse en el mundo laicizado, su deseo de fundirse en la masa. A esta clase de sacerdote le falta haber viajado por países menos descristianizados que el nuestro, y sobre todo le falta una fe profunda en su sacerdocio. Además no tiene en cuenta el sentido religioso que aun existe en nuestro país. Se supone muy gratuitamente que aquellos con los que debemos tratar en relaciones de negocios o en relaciones fortuitas son no religiosos. Los jóvenes sacerdotes que salen de Ecóne y todos los que no se han entregado a la corriente del anonimato lo comprueban todos los días. ¿Aislamiento? Todo lo contrario. La gente los aborda en la calle, en las estaciones, para hablarles; a veces lo hace sencillamente para manifestarles su alegría de ver sacerdotes. En la nueva Iglesia se preconiza el diálogo. ¿Cómo iniciar un diálogo si comenzamos por disimularnos a los ojos de los posibles interlocutores? En las dictaduras comunistas, una de las primeras medidas de los amos del momento fue prohibir la sotana; ése es uno de los medios destinados a ahogar la religión. ¿Podría creerse que también lo inverso es cierto? El sacerdote que se muestra como tal por obra de su apariencia exterior es predicación viva. La ausencia de sacerdotes reconocibles en una gran ciudad marca un retroceso grave en la predicación del Evangelio; ésa es la continuación de la obra nefasta de la Revolución y de las leyes de separación. Agreguemos que la sotana protege al sacerdote del mal, le impone una actitud, le recuerda en todo momento su misión en la tierra, lo guarda de las tentaciones. Un sacerdote vestido con su sotana no experimenta ninguna crisis de identidad. En cuanto a los fieles, saben con quién están tratando; la sotana es una garantía de autenticidad del sacerdocio. Algunos católicos me manifestaron la dificultad que experimentaban al confesarse con un sacerdote que llevaba chaqueta pues tenían la impresión de que confesaban los secretos de su conciencia a un cualquiera. La confesión es un acto judicial; ¿por qué, pues, la justicia civil siente la necesidad de hacer llevar la toga a sus magistrados? 


martes, 10 de septiembre de 2019

AUDI, FILIA, ET VIDE, ETC. San Juan de la Cruz



Ni tampoco he dicho esto porque estas cosas de sí sean malas ni desaprovechadas, si de ellas se sabe usar, y se reciben, no para parar en ellas, mas para tener mayor aliento en el servicio de Dios; especialmente para los que comienzan, los cuales ordinariamente han menester, conforme a su edad, leche de niños; y quien los quisiere criar con manjar de grandes, y en un día hacerlos perfectos, errarlo ha mucho, y en lugar de aprovechar dañará. Tiene cada edad su condición y su fuerza, conforme a lo cual se le ha de dar su mantenimiento; y como dice el experimentado y santo Bernardo: «El camino de la perfección no se ha de volar, sino pasear.» Ni piense nadie que es todo uno, entenderla y tenerla. Y por tanto, si el Señor da estas consolaciones, recíbanse para llevar su cruz con mayores fuerzas, pues que es su costumbre consolar discípulos en el monte Tabor, para que no se turben en la persecución de la cruz. Y ordinariamente, primero que entre la hiel de la tribulación envía miel de consolación. Y nunca vi estar mal ni tener en poco las consolaciones espirituales sino a quien no ha experimentado qué son. Mas si el Señor nos quisiere llevar por camino de desconsuelos, y que oigamos el penoso lenguaje de que estamos hablando, no nos debemos desmayar por cosa que Él nos envía, mas beber con paciencia el cáliz que el Padre nos da, y porque Él nos lo da, y pedirle fuerzas para que le obedezca nuestra flaqueza.
Ni tampoco penséis que os enseño que se puede excusar el gozo cuando el Señor nos visita, o dejar de sentir su ausencia y el ser entregados a nuestros enemigos para ser de ellos tentados y atribulados. Mas lo que os quiero decir es que procuremos, con las fuerzas que Dios nos diere, de nos conformar con su santa voluntad con obediencia y sosiego, y no seguir la nuestra, de la cual por fuerza se han de seguir desconsuelos y desconfianzas y cosas de estas. Suplicad al Señor nos abra los ojos; que, más claro que la luz del sol, veríamos que todas las cosas de la tierra y del cielo son muy baja cosa para desear ni gozar, si de ella se apartase la voluntad del Señor. Y que no hay cosa, por pequeña y amarga que sea, que si a ella se junta la voluntad del Señor, no sea de mucho valor. Más vale sin comparación estar en trabajos, si el Señor lo manda, que estar en el cielo sin su querer.
Y si una vez de verdad desterrásemos de nosotros nuestra secreta codicia, caerían con ella muchos malos frutos que de ella proceden, y cogeríamos otros más valerosos de gozo y de paz, que de la unión con la divina voluntad suelen venir, y tan firmes que aun la misma tribulación no nos los puede quitar. Pues aunque los tales se sientan atribulados y desamparados, mas no por eso desesperados ni muy turbados, porque conocen ser aquél el camino de la cruz, a la cual ellos se han ofrecido, y por el cual Cristo anduvo; como parece que estando en la cruz dijo a su Padre (Mt., 27, 46): Dios mío, ¿por qué me desamparaste? Más poco después dijo (Le., 23, 46): En tus manos, Padre, encomiendo el espíritu mío. El Señor dijo (Jn., 16, 22): Otra vez os veré, y gozarse ha vuestro corazón, y vuestro gozo ninguno os lo quitará. Porque quien de este estado goza, no hay tribulación que allá en lo de dentro del ánima le desasosiegue notablemente, porque allá dentro está muy unido con la voluntad del que lo envía. Y si así lo hiciésemos, engañaríamos al engañador, que es el demonio, pues que no desmayándonos, ni tornando atrás del bien comenzado por el mal lenguaje que él nos traía, antes tomando lo que el Señor nos envía con obediencia y nacimiento de gracias, salimos sin daño de esta pelea, aunque dure por toda la vida; y aun con mayor provecho que antes teníamos, pues que nos dio ocasión para ganar en el cielo coronas, en galardón de la conformidad que con la voluntad del Señor tuvimos, sin curar de la nuestra, aun en lo que muy penoso nos era.
CAPITULO 27
Que el vencimiento de las tentaciones dichas está más en tener paciencia para las sufrir, y esperanza del favor del Señor, que en la fuerza de querer hacer que no vengan.

Este vencimiento de que hemos hablado, más viene por maña de tener paciencia en lo que nos viene, que por fuerza de querer hacer que no nos venga. Y por eso dice el Esposo en los Cantares (2, 15): Cazadnos las pequeñuelas zorras que destruyen las viñas, porque nuestra viña ha florecido. La viña de Cristo nuestra ánima es, plantada por su mano y regada con su sangre. Esta florece cuando, pasado el tiempo en que fue estéril, comienza nueva vida y fructifica al que la plantó. Mas porque a los tales principios suelen acechar estas y otras tentaciones del astuto demonio, por esto nos amonesta el Esposo florido, que pues nuestra ánima, viña suya, ha florecido, procuremos de las cazar. En la cual palabra da a entender, que ha de ser por maña, como hemos dicho.
Y en decir que son zorras, da a entender que vienen solapadas, y que pareciendo que tiran a una parte, hieren en otra. Y en decir pequeñuelas, da a entender que no son mucho de temer para quien las conoce; porque el conocerlas, es vencerlas del todo, o enflaquecerlas. Y en decir que destruyen las viñas, da a entender que hacen mucho daño en los hombres que no las conocen; porque amedrentados y desconfiados de salir con el negocio de Dios, dejan su camino, y con miserable consejo danse abiertamente a pecar; pareciéndoles que hayan más paz por el camino ancho de la perdición, que por el estrecho de la virtud que lleva a la vida. Y el fin de estos, si al buen camino no tornan, muchas veces es tal, que trae muy ciertas señales de eterna perdición (aunque Dios sinceramente quiere que todos los hombres se salven y a todos da gracia suficiente, pero el hombre tiene libre albedrío), como la Escritura dice (Eccli., 28, 27): Al que se pasa de la justicia al pecado, Dios le aparejó para el cuchillo; que quiere decir, para el infierno.
Debieran éstos mirar que así como los gabaonitas, por haber hecho amistades con Josué (10, 1-27), fueron cercados y perseguidos de los enemigos, y siendo llamado Josué de ellos para que los socorriese, los socorrió y libertó, teniendo la causa por suya, pues por haber hecho paces con él eran perseguidos de los enemigos; así en comenzando los que sirven a Dios a ser de su bando, luego son perseguidos de los demonios como antes no eran; lo cual parece en que, si quisiesen dejar el bando de Cristo, cesaría contra ellos la persecución comenzada; y si la padecen, por tener en pie el bando de Cristo la padecen. Lo cual es una merced muy particular que Dios hace, como dice San Pablo (Phil., 1, 29): A vosotros es dado por Cristo no solamente que creáis en El, más que padezcáis por Él. Y si los ángeles del Cielo pudiesen haber envidia de los hombres de la tierra, de esto la habrían, de que padecen por Dios.
Y aunque por palabra de Dios (Jac, 1, 12) está prometida corona al varón que sufre tentación y fuere probado en ella—el cual galardón es muy bien hecho que lo consideremos y deseemos, para con mayores alientos no ser tibios en el obrar, ni flacos en el padecer, según se dice de Moisés (Hébr., 11, 26), que miraba al galardón, y David también (Ps., 118, 112)—; mas el verdadero y perfecto amor del Señor crucificado estima en tanto el conformarse con él, que tiene por muy gran merced y galardón el padecer por su Dios. Porque, como dice San Agustín, «dichosa es la injuria de la cual Dios es causa».
Y pues no hay hombre que no ampare al que padece porque le entró a servir, mucho más se debe esperar esto de la Bondad divinal, y que tomará la causa por suya, según Santo Rey y Profeta David lo pedía (Ps., 73, 22): Levántate, Señor, y juzga tu causa, y acuérdate de tus injurias que el insipiente dice contra Ti todo el día (lema sobre el escudo de la Santa y Benemérita Inquisición). A Dios toca el negocio que el que le sirve pretende; y por eso Dios sale a él con gran lealtad. Y en esta esperanza, y no en la nuestra, hemos de osar emprender la empresa del servicio de Dios.


lunes, 9 de septiembre de 2019

PRESENCIA DE SATAN EN EL MUNDO MODERNO


Satanismo propiamente dicho
Aparte de este satanismo-religión, que es, o ateísmo marxista o animismo anticuado, existe un satanismo refinado y malsano, mucho menos extendido, mucho más oculto y difícil de descubrir y que es una adoración voluntaria y razonada de Lucifer. No pretendemos tener datos precisos sobre este satanismo en nuestros días. Todo cuanto podemos decir es que se trata del satanismo de los ritos sacrílegos, de las blasfemias conscientes, de las adoraciones monstruosas, de las "misas negras", por ejemplo, es decir de las profanaciones sistemáticas y calculadas que "parodian" los homenajes rendidos a Dios por los creyentes más esclarecidos y más sinceros, para rendirla a Lucifer otros semejantes.
Tendremos una idea del satanismo de esta clase, releyendo una nota publicada en el Satán de los Estudios carmelitanos (pág. 639).
"No podemos explayarnos — dice esta nota — sobre todos los satanistas o seudosatanistas de nuestros días. La prensa inglesa del 2 de diciembre de 1947, anunció la muerte de «Sir» Aléister Cronvley, el personaje «más inmundo y más perverso de Gran Bretaña» como lo calificó «Mr. Justice»."
Interrogado sobre su identidad, Crowley respondió: "¡Antes que Hitler fuera, YO SOY" — Se advertirá esta "payasada" de las palabras del Evangelio—. Antes de dejar este mundo, dicho brujo septuagenario maldijo a su médico que le rehusaba, con mucha razón, la morfina, porque él la distribuía entre los jóvenes: "Puesto que debo morir sin morfina por causa suya, usted morirá en seguida después de mí." Lo cual ocurrió. El Daily Express del 2 de abril de 1948, anunció que los funerales del mago negro Crov/ley habían provocado las protestas del Consejo Municipal de Brighton. El Consejero, señor J. C. Sherrot, dijo: "El informe afirma que sobre su tumba fue practicado todo un rito de magia negra." Sobre la tumba, efectivamente, sus discípulos habían entonado cantos diabólicos: el "Himno a Pan" del mismo Crowley, el "Himno a Satán" de Carducci y las Colectas para la "misa gnóstica" compuestas por Crowley para su templo satánico de Londres.
Igualmente la prensa inglesa el 3 de marzo de 1948, dedicó necrologías importantes al famoso metapsíquico Harry Price, especialista en demonología. En un informe ratificado por la Universidad de Londres, Price declaró: "En todas las zonas de Londres, centenares
de hombres y mujeres, de excelente formación intelectual y de condición social elevada, adoran al Diablo y le rinden un culto permanente. La magia negra, la brujería, la evocación diabólica, estas tres formas de «supersticiones medievales» son practicadas hoy en Londres en una escala y con una libertad de movimiento desconocidas en la Edad Media." Price fue el fundador y secretario a perpetuidad del Consejo para Investigaciones Psiquiátricas, de la Universidad de Londres.
"A. Frank-Duquesne nos señala, también, entre las curiosidades «demoníacas» actuales, el informe del profesor Paul Kosok, de la Universidad de Long-Island, publicado en los Anales del Museo Norteamericano de Historia Natural, referente a una exploración realizada en el Perú, en 1946. Los exploradores descubrieron, sobre quinientos kilómetros de tierra arenosa y desértica, una doble serie de dibujos, representando unos los signos del zodíaco, otros los pájaros, plantas, y sobre todo, serpientes policéfalas. En el centro del dibujo de la Serpiente, se halla una fosa inmensa que contiene esqueletos de hombres y animales, visiblemente sacrificados. Se le calcula a todo este conjunto dos mil años de existencia."
Si hemos reproducido esta importante nota por entero, es sobre todo en razón de las dos primeras paráfrasis y de lo que ellas nos han revelado de los "círculos satánicos" muy frecuentados en Londres, dirigidos por "satanistas" notorios tales como Crowley y Price.
Pero, con toda evidencia, esto no nos da más que una vislumbre muy tenue del satanismo-religión luciferiano de nuestros días. No es solamente cuestión de Londres. Es probable que encontráramos grupos análogos en todas las grandes ciudades del mundo.
De hecho, se nos asegura que en París existen actualmente más de diez mil personas — hombres y mujeres — que rinden un culto religioso y regular a Satán. Pero está en la naturaleza de las religiones de esta clase huir de toda luz, revestir el carácter más oculto, y desafiar toda estadística.
Pero los satanistas de los cuales acabamos de hablar no son solamente los jefes del culto luciferiano, también son calificados de magos o de brujos, y esto nos lleva a un examen sumario de la brujería de nuestra época.
El satanismo-magia actual
Aparte de los grandes magos-luciferianos que acabamos de nombrar y de los que podemos sospechar como ejerciendo su acción solapada en nuestras sociedades modernas, existen además en nuestras campiñas, en cantidad imposible de determinar, pero que tal vez sea mayor de lo que pensamos, "brujos" rurales, cuyos libros de cabecera son Los secretos del Gran Alberto, Los secretos del Pequeño Alberto, El Dragón Rojo. Los dos primeros de estos libros ocultos han recibido — cosa curiosa — su nombre de la reputación de San Alberto el Grande a quien se le atribuía el conocimiento de todos los secretos de la naturaleza. Hacer pasar abominables fórmulas mágicas bajo el patrocinio de un santo venerado es un ardid bien diabólico. Pero sabemos que más de un brujo de nuestros días, ya lo hemos subrayado, abusa de imágenes piadosas para realizar su fructífero oficio de engañador de multitudes.
Es curioso observar que, en nuestros capítulos anteriores, dedicados a los exorcismos más recientes, hemos encontrado casos de posesión debidos a sortilegios de brujería. Si creemos a los demonios conminados a hablar por nuestros exorcistas, han sido obligados por algún brujo a entrar en tal o cual persona. Estos mismos brujos, por medio de sortilegios repetidos, les impedían ceder a las órdenes formales del exorcismo o los forzaban a volver dentro de la persona a quien las oraciones del Ritual habían liberado por un tiempo.
Todo esto, a decir verdad, permanece muy oscuro para nosotros.
Pero los exorcistas más calificados son categóricos sobre este punto.
Ocurre a veces que los tribunales mismos tengan que echar un vistazo furtivo sobre estas prácticas supersticiosas como en el caso de esa pobre mujer que, hace muy poco, mató a su marido porque lo creía hechizado o hechicero.
Pero la justicia humana, evidentemente, no tiene fuerzas para luchar contra esta clase de atentados, porque escapan, en general, a los testimonios humanos y es imposible administrarles la prueba jurídica.
Lo que parece indudable es que existen hombres y tal vez mujeres, que creen, obedeciendo a libros de magia increíbles, ponerse en contacto con Satán, concertar un pacto con él y obtener a este precio poderes excepcionales que les permitan ejercer un oficio lucrativo.
La brujería forma parte de lo que podemos llamar el lado nocturno de la vida humana. Siempre existieron, para emplear el vocabulario de San Juan, las tinieblas frente a la hiz. La magia habita en las tinieblas. Se oculta, huye de las miradas, no ignora que causa en cualquier ser normal una repugnancia invencible. Pero está orgullosa de lo que cree saber y sobre todo ¡de lo que cree poder!