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miércoles, 22 de mayo de 2019

«Rusia se convertirá», dijo la Virgen de Fátima hace 102 años, pero ¿lo sabremos cuando suceda?



Según cuentan los niños videntes de Fátima, en la tercera aparición de la Virgen, el 13 de julio de 1917, pronto hará un siglo, la Señora les dijo que más adelante volvería para pedir la Consagración de Rusia a Su Inmaculado Corazón. Y  añadió: ‘Si atendieran mis peticiones, Rusia se convertirá y habrá paz; si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá que sufrir mucho, varias naciones serán aniquiladas. Por fin, Mi Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Padre Me consagrará a Rusia, que se convertirá, y será concedido al mundo algún tiempo de paz.’ Cuando la Virgen explicaba esto, hacía 4 meses que el zar había abdicado, pero Rusia no era todavía un régimen comunista y ateo. Gobernaba Kerénsky y un gobierno provisional y las tropas rusas estaban perdiendo terreno en la Primera Guerra Mundial contra alemanes y austriacos. Pero un par de meses después de la aparición, el 26 de septiembre, la Revolución bolchevique triunfó y Lenin era el presidente de lo que iba a ser la Unión Soviética. La URSS "esparció sus errores por el mundo": un tercio de la superficie terrestre asumiría un régimen comunista, y el aborto, que la URSS fue el primer país en legalizar, hoy es hegemónico. Durante 70 años en Rusia y 40 en Europa del Este, la Iglesia católica y otras iglesias cristianas fueron perseguidas, acosadas y martirizadas, con cientos de miles de personas asesinadas por el Estado debido a su fe. Aún hay persecución y acoso en países comunistas como China, Vietnam, Laos, Corea del Norte y -reduciéndose algo- en Cuba. El 25 de marzo de 1984 en la plaza de San Pedro en Roma, ante una imagen de la Virgen de Fátima, Juan Pablo II consagró "el mundo y Rusia" al Inmaculado Corazón de Maria, en unión con todos los obispos del mundo. Cinco años después, el bloque del Este se hundía. (Pero la Virgen pidió que solo Rusia se consagrara al Inmaculado Corazón, pero no unida al mundo) ¿Pero se convirtió Rusia? Hoces, martillos... y el ministro se santigua El pasado 9 de mayo de 2015, la Plaza Roja de Moscú acogía un enorme desfile militar para celebrar los 70 años de la victoria contra el Tercer Reich alemán. 
Sergei Shoygu, Ministro de defensa
El mausoleo de Lenin estaba púdicamente tapado por unas pantallas de arquitectura efímera. Había banderas y enseñas de los regimientos de los años 40, con hoces y martillos enormes. El cubano Raúl Castro y el presidente chino, dos dictadores comunistas en pleno siglo XXI, al lado de Putin en la tribuna de honor, vieron llegar en coche al Ministro de Defensa, Sergei Shoygu, pasando solemnemente bajo la puerta Spasskaya (del Salvador)... con la cabeza descubierta y persignándose, como signo de respeto bajo el icono de Cristo... algo que señaló con detalle y parsimonia la televisión rusa (puede verse aquí en el minuto 8 segundo 8, con las hoces y martillos en el minuto anterior). El ministro de defensa ruso se santigua al pasar bajo el icono del Salvador en la entrada a la Plaza Roja para empezar el desfile de la victoria del 9 de mayo de 20. Puede ser que eso acabara de animar a Castro a mostrarse espiritual al día siguiente durante su visita al Papa Francisco y hablar de que quizá vuelva a rezar y ser católico. Pero los gestos políticos y televisivos no sirven mucho para saber si Rusia "se ha convertido". La estadística (que consiste en preguntar a la gente) da más datos. Las fuente más seria al respecto suele ser el centro de sondeos independientes Levada Center (www.levada.ru). En 2012, un artículo de Sreda.org (una web especializada en sociología religiosa) señalaba que aunque casi todos los ciudadanos que se declaran étnicamente rusos se declaran también ortodoxos, al concretar son pocos los religiosos. Por ejemplo, sólo un 11% de los que se autodefinen ortodoxos admitían cumplir con los ayunos de cuaresma, que en la cultura rusa ortodoxa es un indicador importante.

Según una encuesta más moderna de la fundación rusa “Opinión pública” (en 
http://fom.ruel número de los que se posicionan como ortodoxos llega al 72 % de la población rusa (hay que tener en cuenta que hay importantes minorías musulmanas y, en zonas como Tuba, budistas, siendo estas dos religiones reconocidas como oficiales e históricas en el país). Sin embargo, la misma encuesta constata que sólo un 4% de los rusos dice acudir con cierta regularidad a las iglesias. 

En el día de la Navidad ortodoxa, fiesta importante y muy popular, la policía tiende a dar datos de asistencia a los templos en el país: asegura que sólo un 2,4% de la población acude. Eso serían 2,5 millones de personas (nunca queda muy claro cómo se cuenta: no es lo mismo Moscú que las aldeas del campo...
 tampoco es fácil trasladarse en pleno invierno en el campo buscando una iglesia). ¡Los ortodoxos que creen que Dios no existe! Otro dato de 2012 del Centro Levada que se suele dar es que el 60% de los que se declaran "ortodoxos" no se consideran "personas religiosas", y de hecho sólo el 40% de los que se declaran ortodoxos dicen estar "seguros" de que Dios existe. Hay incluso un 30% de ortodoxos que creen que Dios no existe. ¿Qué significa entonces "ser ortodoxo" para ellos? Básicamente que uno no es un tártaro musulmán, ni un comunista ateo, ni un judío, que uno es un "ruso"... y por eso se define como ortodoxo. La socióloga Natalia Zorkaya del Centro Levada afirmaba en abril de 2015 que incluso los que van a la Vigilia Pascual no siguen de verdad la liturgia (tan majestuosa como larga e incomprensible para quien no se haya formado, celebrada en eslavo eclesiástico). Los asistentes allí encienden velas ante los iconos, rezan, bendicen panes rituales, encargan misas por alguien y, como regla, muy por encima se imaginan el significado de la teología que se celebra. “Todos llevan sus iconos en los coches, todos los hospitales tienen sus iconos en las paredes, están por todas partesEs un fenómeno de masas, no es un testimonio de la fe. En las cabezas de nuestros creyentes hay una mezcla total”, explica Zorkaya. 
Esta experta opina que la Iglesia Ortodoxa presta poca atención a la formación de sus fieles
“La Iglesia Ortodoxa rusa está muy arcaizada, les habla a los creyentes en un lenguaje que no entienden. Sí, la sociedad realmente pide valores elevados, pero la gente no consigue satisfacer esas demandas mediante la Iglesia Ortodoxa", constata Zorkaya. Dos oleadas: la caída y la era Putin En 2012 Boris Dubin, otro investigador de Levada, estableció las dos oleadas en que los rusos postsoviéticos asumieron su ortodoxia reencontrada pero no estudiada. 

- En 1989, al caer el muro, sólo el 30% de los rusos decían ser ortodoxos; apenas 5 años después, decían serlo el 56%. 

- En una segunda oleada, de 2000 a 2008, asumiendo el patriotismo propuesto por Putin, el porcentaje subió hasta el 75%. Ser buen ruso, patriota, era declararse ortodoxo. Sin necesidad de pasar por la iglesia. Más datos: el 80% de los ortodoxos rusos no comulgan nunca o casi nunca, el 55% no asiste a ninguna liturgia, el 90% admite que no tienen responsabilidades ni participación parroquial alguna. 

Hay dos retratos "típicos" del cristiano ortodoxo hoy en Rusia. El mayoritario es el de las mujeres y las personas de edad avanzada, sin estudios superiores, que viven en pueblos o ciudades pequeñas, y se declara cristianos. El segundo "retrato", muy minoritario, es el de los conversos, jóvenes intelectuales de ciudad con estudios superiores. 
E Internet.
Dubin señala que estos cristianos miran a la Iglesia Ortodoxa como una extensión del poder público. Igual que no le exigen gran cosa al poder político, tampoco se la exigen a la Iglesia Ortodoxa: no le piden formación, ni evangelización, ni misión ni pastoreo... Bendición de huevos y pasteles en la Pascua ortodoxa, una costumbre que lleva a muchos a la iglesia ese día
"Id y haced discípulos" no es "id y bautizad" Pero Jesús sí es exigente. No sólo pidió a sus apóstoles "id y bautizad" (cosa que en Rusia, más o menos, se hace). También les pidió "haced discípulos", es decir, convertir a la gente en alumnos y seguidores de un Maestro
. Y eso no se hace en Rusia. En cualquier caso, la Virgen en Fátima no prometió "Rusia se bautizará" sino "Rusia se convertirá". Cabría ver el esfuerzo que hacen los cristianos (también los católicos) para que Rusia se convierta. Los misioneros católicos en Rusia siempre ponen un ejemplo: ¿cómo es posible que las órdenes religiosas con escuelas en todo el mundo, como escolapios, salesianos, jesuitas, etc... Que abren colegios en países musulmanes, budistas, comunistas o hinduistas, no tengan ni un solo colegio católico en Rusia? He aquí una anomalía. Queda mucho trabajo, parece, para que el "Rusia se convertirá".


martes, 21 de mayo de 2019

SAN JUAN BOSCO Y El INFIERNO


Y penetramos en aquel estrecho y horrible corredor. Corríamos con la velocidad del rayo. Sobre cada una de las puertas del interior lucía con luz velada una inscripción amenazadora. Cuando terminamos de recorrerlo desembocamos en un amplio y tétrico patio, al fondo del cual se veía una rústica portezuela. Mientras yo daba la vuelta alrededor de los muros leyendo estas inscripciones, el guía, que se había quedado en el centro del patio, se acercó a mí y me dijo:
—Desde ahora en adelante nadie podrá tener un compañero que le ayude, un amigo que le consuele, un corazón que le ame, una mirada compasiva, una palabra benévola: hemos pasado la línea. ¿Tú quieres ver o probar?
—Quiero ver solamente— respondí.
—Ven, pues, conmigo— añadió el amigo.
Y tomándome de la mano me condujo ante aquella puertecilla y la abrió. Esta ponía en comunicación con un corredor en cuyo fondo había una gran cueva cerrada por una larga ventana con un solo cristal que llegaba desde el suelo hasta la bóveda y a través del cual se podía mirar dentro. Atravesé el dintel y avanzando un paso me detuve preso de un terror indescriptible. Vi ante mis ojos una especie de caverna inmensa que se perdía en las profundidades cavadas en las entrañas de los montes, todas llenas de fuego, pero no como el que vemos en la tierra con sus llamas movibles, con elevada temperatura. Muros, bóvedas, pavimento, herraje, piedras, madera, carbón; todo estaba blanco y brillante. Aquel fuego sobrepasaba en calores millares y millares de veces al fuego de la tierra sin consumir ni reducir a cenizas nada de cuanto tocaba. Me sería imposible describir esta caverna en toda su espantosa realidad. Mientras miraba atónito aquel lugar de tormento veo llegar con indecible ímpetu un joven que casi no se daba cuenta de nada, lanzando un grito agudísimo, como quien estaba para caer en un lago de bronce hecho líquido, y que precipitándose en el centro, se torna blanco como toda la caverna y queda inmóvil, mientras que por un momento resonaba en el ambiente el eco de su voz mortecina.
Lleno de horror contemplé un instante a aquel desgraciado y me pareció uno del Oratorio, uno de mis hijos.
—Pero ¿este no es uno de mis jóvenes?, —pregunté al guía—. ¿No es fulano?
—Sí, sí— me respondió. —
¿Y por qué no cambia de posición? ¿Por qué está incandescente sin consumirse?
Y él: —Tú elegiste el ver y por eso ahora no debes hablar; observa y verás.
Apenas si había vuelto la cara y he aquí otro joven con una furia desesperada y a grandísima velocidad que corre y se precipita a la misma caverna. También éste pertenecía al Oratorio. Apenas cayó no se movió más. Este también lanzó un grito de dolor y su voz se confundió con el último murmullo del grito del que había caído antes. Después llegaron con la misma precipitación otros, cuyo número fue en aumento y todos lanzaban el mismo grito y permanecían inmóviles, incandescentes, como los que les habían precedido. Yo observé que el primero se había quedado con una mano en el aire y un pie igualmente suspendido en alto. El segundo quedó como encorvado hacia la tierra. Algunos tenían los pies por alto, otros el rostro pegado al suelo. Quiénes estaban casi suspendidos sosteniéndose de un solo pie o de una sola mano; no faltaban los que estaban sentados o tirados; unos apoyados sobre un lado, otros de pie o de rodillas, con las manos
entre los cabellos. Había, en suma, una larga fila de muchachos, como estatuas en posiciones muy dolorosas. Vinieron aún otros muchos a aquel horno, parte me eran conocidos y parte desconocidos. Me recordé entonces de lo que dice la Biblia, que según se cae la primera vez en el infierno así se permanecerá para siempre. Al notar que aumentaba en mí el espanto, pregunté al guía:
— ¿Pero éstos, al correr con tanta velocidad, no se dan cuenta que vienen a parar aquí?
— ¡Oh!, sí que saben que van al fuego; les avisaron mil veces, pero siguen corriendo voluntariamente al no detestar el pecado y al no quererlo abandonar, al despreciar y rechazar la Misericordia de Dios que los llama a penitencia, y, por tanto, la justicia Divina, al ser provocada por ellos, los empuja, les insta, los persigue y no se pueden parar hasta llegar a este lugar.
— ¡Oh, qué terrible debe de ser la desesperación de estos desgraciados que no tienen ya esperanza de salir de aquí!—, exclamé.
— ¿Quieres conocer la furia íntima y el frenesí de sus almas? Pues, acércate un poco más—, me dijo el guía. Di algunos pasos hacia adelante y acercándome a la ventana vi que muchos de aquellos miserables se propinaban mutuamente tremendos golpes, causándose terribles heridas, que se mordían como perros rabiosos; otros se arañaban el rostro, se destrozaban las manos, se arrancaban las carnes arrojando con despecho los pedazos por el aire. Entonces toda la cobertura de aquella cueva se había trocado como de cristal a través del cual se divisaba un trozo de cielo y las figuras luminosas de los compañeros que se habían salvado para siempre. Y aquellos condenados rechinaban los dientes de feroz envidia, respirando afanosamente, porque en vida hicieron a los justos blanco de sus burlas. Yo pregunté al guía:
—Dime, ¿por qué no oigo ninguna voz? —
Acércate más— me gritó.
Me aproximé al cristal de la ventana y oí cómo unos gritaban y lloraban entre horribles contorsiones; otros blasfemaban e imprecaban a los Santos. Era un tumulto de voces y de gritos estridentes y confusos que me indujo a preguntar a mi amigo:
— ¿Qué es lo que dicen? ¿Qué es lo que gritan?
Y él: —Al recordar la suerte de sus buenos compañeros se ven obligados a confesar. Gritos, esfuerzos, llantos son ya completamente inútiles. Aquí no cuenta el tiempo, aquí sólo impera la eternidad. Mientras lleno de horror contemplaba el estado de muchos de mis jóvenes, de pronto una idea floreció en mi mente.
— ¿Cómo es posible —dije— que los que se encuentran aquí estén todos condenados? Esos jóvenes, ayer por la noche estaban aún vivos en el Oratorio.
Y el guía me contestó: —Todos ésos que ves ahí son los que han muerto a la gracia de Dios y si les sorprendiera la muerte y si continuasen obrando como al presente, se condenarían. Pero no perdamos tiempo, prosigamos adelante.
Se veían los atroces remordimientos de los que fueron educados en nuestras casas. El recuerdo de todos y cada uno de los pecados no perdonados y de la justa condenación; de haber tenido mil medios y muchos extraordinarios para convertirse al Señor, para perseverar en el bien, para ganarse el Paraíso. El recuerdo de tantas gracias y promesas concedidas y hechas a María Santísima y no correspondidas. ¡El haberse podido salvar a costa de un pequeño sacrificio y, en cambio, estar condenado para siempre! ¡Recordar tantos buenos propósitos hechos y no mantenidos! ¡Ah! De buenas intenciones completamente ineficaces está lleno el infierno, dice el proverbio. Y allí volví a contemplar a todos los jóvenes del Oratorio que había visto poco antes en el horno, algunos de los cuales me están escuchando ahora, otros estuvieron aquí con nosotros y a otros muchos no los conocía. Me adelanté y observé que todos estaban cubiertos de gusanos y de asquerosos insectos que les devoraban y consumían el corazón, los ojos, las manos, las piernas, los brazos y todos los miembros, dejándolos en un estado tan miserable que no encuentro palabras para describirlo. Aquellos desgraciados permanecían inmóviles, expuestos a toda suerte de molestias, sin poderse defender de ellas en modo alguno. Yo avancé un poco más, acercándome para que me viesen, con la esperanza de poderles hablar y de que me dijesen algo, pero ellos no solamente no me hablaron sino que ni siquiera me miraron. Pregunté entonces al guía la causa de esto y me fue respondido que en el otro mundo no existe libertad alguna para los condenados: cada uno soporta allí todo el peso del castigo de Dios sin variación alguna de estado y no puede ser de otra manera.
Y añadió: —Ahora es necesario que desciendas tú a esa región de fuego que acabas de contemplar.
— ¡No, no!, —repliqué aterrado—.
Para ir al infierno es necesario pasar antes por el juicio, y yo no he sido juzgado aún. ¡Por tanto no quiero ir al infierno!
—Dime —observó mi amigo—, ¿te parece mejor ir al infierno y libertar a tus jóvenes o permanecer fuera de él abandonándolos en medio de tantos tormentos? Desconcertado con esta propuesta, respondí:
— ¡Oh, yo amo mucho a mis queridos jóvenes y deseo que todos se salven! ¿Pero, no podríamos hacer de manera que no tuviésemos que ir a ese lugar de tormento ni yo ni los demás?
—Bien —contestó mi amigo—, aún estás a tiempo, como también lo están ellos, con tal que tú hagas cuanto puedas. Mi corazón se ensanchó al escuchar tales palabras y me dije inmediatamente: Poco importa el trabajo con tal de poder librar a mis queridos hijos de tantos tormentos.
—Ven, pues —continuó mi guía—, y observa una prueba de la bondad y de la Misericordia de Dios, que pone en juego mil medios para inducir a penitencia a tus jóvenes y salvarlos de la muerte eterna.
Y tomándome de la mano me introdujo en la caverna. Apenas puse el pie en ella me encontré de improviso transportado a una sala magnífica con puertas de cristal. Sobre ésta, a regular distancia, pendían unos largos velos que cubrían otros tantos departamentos que comunicaban con la caverna. El guía me señaló uno de aquellos velos sobre el cual se veía escrito: Sexto Mandamiento; y exclamó:
—La falta contra este Mandamiento: he aquí la causa de la ruina eterna de tantos jóvenes. —
Pero ¿no se han confesado?
 —Se han confesado, pero las culpas contra la bella virtud las han confesado mal o las han callado de propósito. Por ejemplo: uno, que cometió cuatro o cinco pecados de esta clase, dijo que sólo había faltado dos o tres veces. Hay algunos que cometieron un pecado impuro en la niñez y sintieron siempre vergüenza de confesarlo, o lo confesaron mal o no lo dijeron todo. Otros no tuvieron el dolor o el propósito suficiente. Incluso algunos, en lugar de hacer el examen, estudiaron la manera de engañar al confesor. Y el que muere con tal resolución lo único que consigue es contarse en el número de los réprobos por toda la eternidad. Solamente los que, arrepentidos de corazón, mueren con la esperanza de la eterna salvación, serán eternamente felices. ¿Quieres ver ahora por qué te ha conducido hasta aquí la Misericordia de Dios? Levantó un velo y vi un grupo de jóvenes del Oratorio, todos los cuales me eran conocidos, que habían sido condenados por esta culpa. Entre ellos había algunos que ahora, en apariencia, observan buena conducta.

lunes, 20 de mayo de 2019

EL SANTO ABANDONO. DOM VITAL LEHODEY



CAPITULO 12
Que suele Dios castigar a los soberbios con permitir que pierdan la joya de la castidad, para humillarlos; y de cuánto conviene ser humildes para vencer a este enemigo.

Otros ha habido que han perdido esta joya de la castidad por vía de castigarles Dios con justo juicio, en entregarlos, como dice San Pablo (Rom., 1, 24), en los deseos deshonestos de su corazón como en manos de crueles sayones, castigando en ellos unos pecados con otros pecados; no incitándolos Él a pecar, porque del sumo Bien muy extraño es ser causa que nadie peque; mas apartando su socorro del hombre por pecados del mismo hombre, la cual es obra de justo Juez; y si justo, bueno. Y así dice la Escritura (Prov., 23, 27): Pozo hondo es la mala mujer, y poso estrecho la mujer ajena; aquel caerá en él con quien Dios estuviere enojado (Prov., 22, 14). No se asegure, pues, nadie con que no da enojos a Dios cerca de la castidad, si los da en otras cosas, pues que suele dejar caer en lo que el hombre no caía ni querría, en castigo de caer en otras cosas que no debía.
Y aunque esto sea general en todos los pecados, pues por todos se enoja Dios, y por todos suele castigar, mas particularmente, como dice San Agustín, «suele castigar Dios la secreta soberbia con manifiesta lujuria».
Y así se figura en Nabucodonosor, que en castigo de su soberbia, perdió su reino, y fue alanzado de la conversación de los hombres, y le fue dado corazón de bestia, y conversó entre las bestias (Dan., 4, 22, 29, 30), no porque perdiese la naturaleza de hombre, sino porque le parecía a él que no lo era. Y así estuvo hasta que le dio Dios conocimiento y humildad con que conociese y confesase que la alteza y reino es de Dios, y que lo da Él a quien quiere. Cierto, así pasa, que el hombre que atribuye a la fortaleza de su brazo el edificio de la castidad, lo echa Dios de entre los suyos, y salido de tal compañía, que era como de Ángeles, mora entre bestias, con corazón tan bestial como si no hubiera amado a Dios, ni sabido qué era castidad, ni hubiese infierno, ni gloria, ni razón, ni vergüenza, tanto que ellos mismos se espantan de lo que hacen, y les parece no tener juicio ni fuerzas de hombres, sino del todo rendidos a este vicio bestial, como bestias, hasta que la misericordia del Señor se adolece (se adolece: se compadece) de tanta miseria, y da a conocer al que de esta manera ha caído que por su soberbia cayó, y por medio de humildad se ha de levantar y cobrar. Y entonces confiesa que el reino de la castidad, por el cual reinaba sobre su cuerpo, es dádiva de Dios, que por su gracia la da y por pecados del hombre la quita.
Y este mal de soberbia es tan malo de conocer—y por eso mucho de temer—, que algunas veces lo tiene el hombre metido tan en lo secreto de su corazón que él mismo no lo entiende. Testigo es de esto San Pedro, y otros muchos, que estando agradados y confiados de sí, pensaban que lo estaban de Dios; el cual, con su infinita sabiduría, ve la enfermedad de ellos, y con su misericordia, junta con su justicia, los cura y sana, con darles a entender, aunque a costa suya, que estaban mal agradados y mal confiados de sí mismos, pues se ven tan miserablemente caídos. Y aunque la caída es costosa, no es tan peligrosa como el secreto mal de soberbia en que estaban ; porque no le entendiendo, no le buscaran remedio, y así se perdieran; y entendiendo su mal con la caída, y humillados delante la misericordia de Dios, alcanzan remedio de Él para entrambos males. Y por esto dijo San Agustín que «castiga Dios la secreta soberbia con manifiesta lujuria», porque el segundo mal es manifiesto a quien lo comete, y por allí viene a entender el otro mal que secreto tenía.
Y habéis de saber que estos soberbios unas veces lo son para consigo solos, y otras, despreciando a los prójimos por verlos faltos en la virtud y especialmente en la castidad. Mas, ¡oh Señor, y cuan de verdad mirarás con ojos airados a este delito! ¡Y cuan desgraciadas te son las gracias que el fariseo te daba, diciendo (Lc., 18, 130: No soy malo como los otros hombres, ni adúltero, ni robador, como lo es aquel arrendador que allí está. No lo dejas, Señor, sin castigo; lo castigas, y muy reciamente, con dejar caer al que estaba en pie, en pena de su pecado, y levantas al caído por satisfacerle su agravio.
Sentencia tuya es, y muy bien la guardas (La, 6, 37): No queráis condenar, y no seréis condenados. Y (Mt., 7, 2): Con la misma medida que midiereis seréis medidos; y quien se ensalzare será abajado. Y mandaste decir de tu parte al que desprecia a su prójimo (Isai., 33, 1): ¡Ay de ti que desprecias, porque serás despreciado! ¡Oh, cuántos han visto mis ojos castigados con esta sentencia, que nunca habían entendido cuánto aborrece Dios a este pecado, hasta que se vieron caídos en lo que de otros juzgaron, y aun en cosas peores! «En tres cosas—dijo un viejo de los pasados—juzgué a mis prójimos, y en todas tres he caído.»
Agradezca a Dios el que es casto la merced que le hace, y viva con temor y temblor por no caer él, y ayude a levantar al caído, compadeciéndose de él y no despreciándolo. Piense que él y el caído son de una masa, y que cayendo otro cae él cuanto es de su parte.
Porque, como dice San Agustín: «No hay pecado que haga un hombre, que no lo haría otro hombre, si no lo rige el Hacedor del hombre.» Saque bien del mal ajeno, humillándose con ver al otro caer; saque bien del bien ajeno gozándose del bien del prójimo. No sea como ponzoñosa serpiente, que saque de todo mal; soberbia en las caídas ajenas y envidia en los bienes ajenos. No quedarán estos tales sin castigo de Dios; los dejara caer en lo que otros cayeron y no les dará el bien de que hubieron envidia.
CAPITULO 13

De otras dos peligrosas causas por las cuales suelen perder la castidad los que no las procuran evitar.
Entre las miserables caídas de castidad que en el mundo ha habido, no es razón que se ponga en olvido la del Santo Rey y Profeta David; que por ser ella tan miserable, y la persona tan calificada, pone un escarmiento tan grande a quien la oye, que no hay quien deje de temer su propia flaqueza. La causa de esta caída dice San Basilio que fue un liviano complacimiento que David tomó en sí mismo, una vez que fue visitado de la mano de Dios con abundancia de mucha consolación, y se atrevió a decir: Yo dije en mi abundancia: No seré ya mudado de este estado para siempre. Mas ¡oh cuan al revés le salió! ¡ y cómo después entendió lo que primero no entendía, que (Eccl., 7, 15) en el día de los bienes que tenemos, nos hemos de acordar de los males en que podemos caer! Y que se debe tomar la consolación divinal con peso de humildad, acompañada del santo temor de Dios, para que no pruebe lo que el mismo David luego dijo (Ps., 29, 8): Quitaste tu faz de mí, y fui hecho conturbado.



sábado, 18 de mayo de 2019

DIOS NOS AMA. DOM GODOFREDO BELORGEY, O. C. S. O.


IV. — EL MAESTRO ESTA AQUI Y TE LLAMA
Sea lo que quiera lo que nosotros sintamos, Él lo mismo está allí, y obra siempre desde el momento en que nosotros hacemos todo lo que esta de nuestra parte para volver a fijar nuestra mirada amorosa sobre Él. Permanezcamos inmóviles delante de Él, a la manera que un lienzo esta tenso delante de un pintor, y de esta manera habrá posibilidad de que El grave en nosotros los trazos que desea.
Por otra parte, el divino Maestro sabrá pagarnos centuplicada cuando menos lo pensemos, nuestra perseverancia en medio de la aridez. Desaparecerá de nuevo la duda sobre su Presencia Real y sobre el poder asombroso y, por decirlo así, milagroso que sale de Él.
Cuando a nuestro Señor le plazca manifestarse de esta manera, no nos podremos separar de Él; volveremos con frecuencia y cada vez con más ardor al Tabernáculo, que será entonces lo que siempre debe ser: el imán que todo lo atrae hacia Si, la fuente de agua viva, en la cual todos buscan refrigerio... Cuando nos veamos obligados a abandonar la Iglesia, sentiremos una especie de tirón. Partiremos llevando a Jesús con nosotros, en nuestro corazón, porque su acción misteriosa seguirá desarrollándose en nosotros.
Entonces le descubriremos en todas partes. Se juzgan y se ven las cosas según sea el amor que nos domina. Teniendo el corazón lleno de Jesús, juzgaremos todas las cosas como Él las juzga, y le veremos a Él en todas ellas, y exclamaremos con San Juan! El Señor es! —! Dominus est!—o como la Iglesia en la fiesta de la Epifanía: !Christus apparuit nobis, venite adoremus! 90. Si, por todas partes nos aparecerá Cristo, porque le amaremos. El corazón hará que veamos más lejos que las apariencias. Que se nos pide un sacrificio grande o pequeño? Sera Cristo que parece decirnos como a la Samaritana: Dame de beber91. Que un toque interior impide que nos detengamos ante la tentación o la disipación? Es Jesús que nos dice al oído ! Si conocieras el Don de Dios, y quien es el que te quiere hablar! 92. Porque será de Jesús, nuestro único amor, del que veremos proceden estos llamamientos a una delicadeza más exquisita y a una mayor generosidad, y entonces los aceptaremos con reconocimiento y con alegría, no pudiendo negarle nada. Quien puede resistir a la fuerza de su Amor? De este modo, no solamente obraremos por Jesús, sino que viviremos con El. Su pensamiento no se apartara de nuestro espíritu, porque su Amor ardera en nuestros corazones. Comprenderemos que, a pesar de hallarnos lejos de la iglesia físicamente, el Rey del Tabernáculo, nos acompaña a todas partes nos sigue con su mirada divina, y nos envuelve en las delicadezas de su afecto, obligándonos a repetir con el autor del himno del Santo Nombre de Jesús: ! Qué bueno sois, Señor, para los que os buscan! Pero, que seréis para los que os hallan? —!Quam bonus Te quarentibus! Sed quid invenientibus? 93—. Hasta tanto que no hayamos experimentado la dulzura de la intimidad con Jesús, tal como acabamos de describirla, faltara algo en nuestra vida. Nada hay, en efecto, más precioso para nosotros como entender bien lo que es la verdadera generosidad. A las menores dificultades que encontramos en nuestra vida espiritual, nos sentimos fuertemente inclinados a recurrir a los socorros humanos, que ciertamente no están prohibidos por Dios, tomarlos en una medida prudencial Pero cuando hemos descubierto a Jesús en la Hostia, El llega a ser Alguien, que cuenta en nuestra vida, y con el cual contamos también nosotros. Comprendemos mejor que fuerza sacamos al recibirle en la santa Comunión. Porque Jesús no está en la Hostia solo para morar entre nosotros; esta también allí como Pan de Vida para darse a nosotros, para ser el alimento espiritual de nuestra alma: Yo soy el pan de vida: el que viene a mi no tendrá hambre,.. El pan que yo daré es mi propia carne, que será entregada por la salvación del mundo...Mi carne es verdadero manjar, y mi sangre verdadera bebida. El que come de este pan vivirá eternamente 94. Así como deseamos que Jesús nos comunique su propia vida y todos sus sentimientos, del mismo modo, en la Misa, recibimos la Victima del Sacrificio para hacer nuestras sus disposiciones, para continuar aquí abajo la vida de Jesús, sacrificándose e inmolándose por amor, y cumpliendo siempre la voluntad de su Padre. A partir de aquel momento, aun cuando parezca que nos levantamos insensibles de la sagrada Mesa, habremos sacado de ella fuerzas nuevas; seremos, según expresión de San Juan Crisóstomo, como leones, vomitando fuego, terribles a los demonios 95.
No tendremos entonces más que una aspiración, la de vivir durante la jornada que comienza, no para nosotros, sino para Jesús, que nos sostiene y fortalece, no buscando más que su voluntad y beneplácito, y haciéndolo todo por amor, para Él y para las almas.
De esta manera, cuando nos sintamos desfallecer, nos acordaremos que debemos buscar nuestro apoyo en Aquel que vive en nosotros y es nuestra fuerza. Al momento recurriremos a El por medio de frecuentes y confiados retornos, renovando e intensificando, bajo su amante mirada, nuestras resoluciones.
Y, ayudados de la gracia, reanudaremos insensiblemente el contacto con Jesús, comulgaremos espiritualmente con frecuencia y como instintivamente, en el curso de todas nuestras ocupaciones. Estos retornos son un
4. — Dios nos ama grito, una llamada, una mirada interior, un impulso del corazón, que alimenta esta vida de intimidad, tan dulce y tan preciosa. Ellos nos ayudan a reconocer a Jesús en cualquier ocasión que se presente; en un suceso que contraria nuestros proyectos, ante una humillación, en una dificultad que nos sale al paso, en todo ello veremos a Jesús que nos pide un sacrificio y quiere que busquemos en El la fuerza que necesitamos para corresponder jubilosamente a su amor.
En el periodo que sigue inmediatamente al descubrimiento de la verdadera intimidad con Cristo, todo es fácil. Pero vendrán otros en que nos sentiremos turbados o aburridos. Son los tiempos de pruebas y sufrimientos, en los cuales tendremos necesidad de un socorro más poderoso, y entonces iremos con la mayor naturalidad a encontrarlo de nuevo al Tabernáculo, renovando el contacto vivificante de la comunión matinal. Jesús, que ve y conoce todas nuestras dificultades, allí nos espera con su Corazón, siempre tan compasivo: Venid a mi todos los que andáis agobiados con cargas y trabajos, que yo os aliviare97.
Vayamos, pues, con toda sencillez y confianza, a exponerle nuestros sufrimientos.
No tengamos reparo en contárselo todo al detalle, y hasta, si a mano viene, dirigirle algún dulce y respetuoso reproche: Vos, Señor, decís que vuestro yugo es suave y vuestra carga ligera; y sin embargo !cuantas cosas hay que me hacen sufrir y me cuestan!. Jesús, lleno de bondad, escucha en silencio, y luego, de un modo o de otro, nos da la fuerza que necesitamos, y nos da a su vez tiernas pero saludables amonestaciones: Hombre de poca fe, modicae fidei, 98 por que temes? .No ves que yo estoy contigo? No fui yo acaso el que calme la tempestad?99 .No he vencido al mundo?100. Y si continuamos replegándonos sobre nosotros mismos, puede ser que nos diga como a Santa Catalina de Sena: Ya hemos hablado bastante de ti, hablemos ahora un poco de mi y de mis sufrimientos ; o bien como a Santa Ángela de Foligno, cuando se le apareció coronado de espinas y cubierto de sangre: !No. es como para tomarlo a risa como yo te he amado!En un momento se habrá desvanecido todo, quedaremos pensativos en silencio y... habremos comprendido; ha salido de Él una  virtud que nos ha fortalecido e inundado de luz; y nos retiraremos, confusos, es verdad, pero sobre todo más valientes y decididos a olvidarnos de nosotros mismos y a sacrificarnos por El, como El lo ha hecho por nosotros. Entonces nuestro amor se hace fuerte y generoso. Pero en medio de todas estas cosas, triunfarnos por virtud de aquel que nos amo 101. Nada hemos de preferir al amor de Cristo. Christo omnino nihil praeponant 102.
Estamos decididos a hacer todos los sacrificios que sean necesarios y, como San Francisco de Sales, si encontráramos una sola fibra de nuestro corazón que no latiese por Él, la arrancaríamos.
En adelante, nuestro amor, tan tierno y delicado, como fuerte y generoso, irá en aumento y se desarrollara, por medio de una comunicación cada vez mas intima, con los sentimientos de Cristo. Pero antes de ver hasta dónde nos arrastran las exigencias de la amistad divina, bueno será que nos demos perfecta cuenta y demos un vistazo de conjunto al seto de amor que nos rodea por todas partes y cuya trama no tejen solos el Padre y el Hijo. Con Jesús, y unida inseparablemente a Él, encontramos en primer plano a su Santísima Madre.



viernes, 17 de mayo de 2019

CONFESIONES. SAN AGUSTÍN.


San Antonio Abad
Nebridio, en cambio, había cedido a nuestra amistad, auxiliando en la enseñanza a nuestro íntimo y común amigo Verecundo, ciudadano y gramático de Milán, que deseaba con vehemencia y nos pedía, a título de amistad, un fiel auxiliar de entre nosotros, del que estaba muy necesitado.
No fue, pues, el interés lo que movió a ello a Nebridio – que mayor lo podría obtener si quisiera enseñar la letras-, sino que no quiso este amigo dulcísimo y mansísimo desechar nuestro ruego en obsequio a la amistad.
Más hacía esto muy prudentemente, huyendo de ser conocido de los grandes personajes del mundo, evitando con ello toda preocupación de espíritu, que él quería tener libre y lo más desocupado posible para investigar, leer u oír algo sobre la sabiduría.
14. Más cierto día que estaba ausente Nebridio-no sé por qué causa vino a vernos a casa, a mí y a Alipio, un tal Ponticiano, ciudadano nuestro en cualidad de africano, que servía en un alto cargo de palacio. Yo no sé qué era lo que quería de nosotros.
Sentámonos a hablar, y por casualidad clavó la vista en un códice que había sobre la mesa de juego que estaba delante de nosotros. La Tomo, la abrió, y halló ser, muy sorprendentemente por cierto, el apóstol Pablo, porque pensaba que sería alguno de los libros cuya explicación me preocupaba. Entonces, sonriéndose y mirándome gratulatoriamente, me expresó su admiración de haber hallado por sorpresa delante de mis ojos aquellos escritos, y nada más que aquéllos, pues era cristiano y fiel, y muchas veces se postraba delante de ti, ¡oh Dios nuestro!, en la iglesia con frecuentes y largas oraciones.
Y como yo le indicara que aquellas Escrituras ocupaban mi máxima atención, tomando él entonces la palabra, comenzó a hablarnos de Antonio, monje de Egipto, cuyo nombre era celebrado entre tus fieles y nosotros ignorábamos hasta aquella hora. Lo que como él advirtiera, detúvose en la narración, dándonos a conocer a tan gran varón, que nosotros desconocíamos, admirándose de nuestra ignorancia.
Estupefactos quedamos oyendo tus probadísimas maravillas realizadas en la verdadera fe e Iglesia católica y en época tan reciente y cercana a nuestros tiempos. Todos nos admirábamos: nosotros, por ser cosas tan grandes, y él, por sernos tan desconocidas.
15. De aquí pasó a hablarnos de las muchedumbres que viven en monasterios, y de sus costumbres, llenas de tu dulce perfume, y de los fértiles desiertos del yermo, de los que nada sabíamos. Y aun en el mismo Milán había un monasterio, extramuros de la ciudad, lleno de buenos hermanos, bajo la dirección de Ambrosio, y que también desconocíamos.
Alargábase Ponticiano y se extendía más y más, oyéndole nosotros atentos en silencio. Y de una cosa en otra vino a contarnos cómo en cierta ocasión, no sé cuando, estando en Tréveris, salió él con tres compañeros, mientras el emperador se hallaba en los juegos circenses de la tarde, a dar un paseo por los jardines contiguos a las murallas, y que allí pusiéronse a pasear juntos en dos al azar, uno con él por un lado y los otros dos de igual modo por otro, distanciados.
Caminando éstos sin rumbo fijo, vinieron a dar en una cabaña en la que habitaban ciertos siervos tuyos, pobres de espíritu, de los cuales es el reino de los cielos. En ella hallaron un códice que contenía escrita la Vida de San Antonio, la cual comenzó uno de ellos a leer, y con ello a admirarse, encenderse y a pensar, mientras leía, en abrazar aquel género de vida y, abandonando la milicia del mundo, servirte a ti solo.
Eran estos dos cortesanos de los llamados agentes de negocios. Lleno entonces repentinamente de un amor santo y casto pudor, airado contra sí y fijos los ojos en su compañero, le dijo: «Dime, te ruego, ¿adónde pretendemos llegar con todos estos nuestros trabajos? ¿Qué es lo que buscamos? ¿Cuál es el fin de nuestra milicia? ¿Podemos aspirar a más en palacio que a amigos del César? Y aun en esto mismo, ¿qué no hay de frágil y lleno de peligros? ¿Y por cuántos peligros no hay que pasar para llegar a este peligro mayor? Y aun esto, ¿cuándo sucederá? En cambio, si quiero, ahora mismo puedo ser amigo de Dios.» Dijo esto, y turbado con el parto de la nueva vida, volvió los ojos al libro leía y se mudaba interiormente, donde tú le veías, y desnudábase su espíritu del mundo, como luego se vio.
Porque mientras leyó y se agitaron las olas de su corazón, lanzó algún bramido que otro, y discernió y decretó lo que era mejor y, ya tuyo, dijo a su amigo: «Yo he roto ya con aquella nuestra esperanza y he resuelto dedicarme al servicio de Dios, y esto lo quiero comenzar en esta misma hora y en este mismo lugar. Tú, si no quieres imitarme, no quieras contrariarme.»
Respondió éste que «quería juntársela y ser compañero de tanta merced y tan gran milicia». Y ambos tuyos ya comenzaron a edificar la torre evangélica con las justas expensas del abandono de todas las cosas y de tu seguimiento.
Entonces Poniticiano y su compañero que paseaban por otras partes de los jardines, buscándoles, dieron también en la misma cabaña, y hallándoles les advirtieron que retornasen, que era ya el día vencido.
Entonces ellos, refiriéndoles su determinación y propósito y el modo cómo había nacido y confirmándose en ellos tal deseo, les pidieron que, si no se les querían asociar, no les fueran molestos. Mas éstos, en nada mudados de lo que antes eran, lloráronse a sí mismos, según decía, y les felicitaron piadosamente y se encomendaron a sus oraciones; y poniendo su corazón en la tierra se volvieron a palacio; mas aquéllos, fijando el suyo en el cielo, se quedaron en la cabaña.
Y los dos tenían prometidas; pero cuando oyeron éstas lo sucedido, te consagraron también su virginidad.
VII,16. Narraba estas cosas Ponticiano, y mientras él hablaba, tú, Señor, me trastocabas a mí mismo, quitándome de mi espalda, adonde yo me había puesto para no verme, y poniéndome delante de mi rostro para que viese cuán feo era, cuán deforme y sucio, manchado y ulceroso.
Veíame y llenábame de horror, pero no tenía adónde huir de mí mismo. Y si intentaba apartar la vista de mí, con la narración que me hacía Ponticiano, de nuevo me ponías frente a mí y me arrojabas contra mis ojos, para que descubriese mi iniquidad y la odiase. Bien la conocía, pero la disimulaba, y reprimía, y olvidaba.
17. Pero entonces, cuanto más ardientemente amaba a aquellos de quienes oía relatar tan saludables afectos por haberse dado totalmente a ti para que los sanases, tanto más execrablemente me odiaba a mí mismo al compararme con ellos. Porque muchos años míos habían pasado sobre mí - unos doce aproximadamente - desde que en el año diecinueve de mi edad, leído el Hortensio, me había sentido excitado al estudio de la sabiduría, pero difería yo entregarme a su investigación, despreciada la felicidad terrena, cuando no ya su invención, pero aun sola su investigación debería ser antepuesta a los mayores tesoros y reinos del mundo y a la mayor abundancia de placeres.
Mas yo, joven miserable, sumamente miserable, había llegado a pedirte en los comienzos de la misma adolescencia la castidad, diciéndote: «Dame la castidad y continencia, pero no ahora», pues temía que me escucharas pronto y me sanaras presto de la enfermedad de mi concupiscencia, que entonces más quería yo saciar que extinguir. Y continué por las sendas perversas de la superstición sacrílega, no como seguro de ella, sino como dándole preferencia sobre las demás, que yo no buscaba piadosamente, sino que hostilmente combatía.


jueves, 16 de mayo de 2019

EL CREDO COMENTADO POR SANTO TOMAS DE AQUINO


Artículo 5

DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS, Y AL TERCER DÍA
RESUCITO DE ENTRE LOS MUERTOS


79. —La segunda fue el socorrer perfectamente a todos sus amigos. En efecto, El tenía amigos no sólo en el mundo sino también en los infiernos. Pues se es amigo de Cristo en la medida en que se tiene caridad, y en los infiernos había muchos que habían muerto con la caridad y la fe en El que había de venir, como Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, David y otros justos y varones perfectos. Y como Cristo había visitado a los suyos en el mundo y los había socorrido por su propia muerte, quiso también visitar a los suyos que estaban en los infiernos y socorrerlos bajando hasta donde se hallaban ellos. Eccli 24, 45: "Penetraré a todas las profundidades de la tierra, y visitaré a todos los que duermen, e iluminaré a cuantos esperan en el Señor".
80. —La tercera razón fue el triunfar perfectamente sobre el diablo. En efecto, se triunfa de manera perfecta sobre otro, cuando no sólo se le vence en el campo de batalla, sino que se le acomete hasta en su propia casa y se le arrebata la sede de su imperio y su casa misma. Pues bien, Cristo había triunfado del diablo, pues en la cruz lo había vencido. Por lo cual dice Juan (12, 31): "Ahora es el juicio de este mundo, ahora el príncipe de este mundo (o sea el diablo) será echado fuera". Por lo cual para triunfar perfectamente, quiso arrebatarle la sede de su imperio y encadenarlo en su casa, que es el infierno. Por eso descendió hasta allí, y le arrebató todos sus bienes, y lo encadenó, y le quitó su presa, Col. 2, 15: "Y una vez despojados los Principados y las Potestades, los exhibió con gran despliegue, triunfando de ellos públicamente por sí mismo".
Y así como había recibido Cristo el poder y la posesión del cielo y de la tierra, quiso también recibir la posesión de los infiernos, para que así, según el Apóstol a los Filipenses (2, 10): "Al nombre de Jesús se doble toda rodilla, en los cielos, en la tierra y en los infiernos". Y Marcos 16, 17: "En mi nombre expulsarán a los demonios".
81. —La cuarta y última razón era librar a los santos que estaban en los infiernos. Porque así como Cristo quiso sufrir la muerte para librar de la muerte a los vivos, así también quiso descender a los infiernos para librar a los que allí estaban. Zac 9, 11: "Tú, Señor, por la sangre de tu alianza, soltaste a tus cautivos de la fosa, en la cual no hay agua". Oseas 13, 14: "Oh muerte, yo seré tu muerte; infierno, yo seré tu mordedura".
En efecto, aunque Cristo haya destruido totalmente la muerte, no destruyó del todo los infiernos, sino que los mordió; porque ciertamente no liberó a todos del infierno, sino tan sólo a los que estaban sin pecado mortal, e igualmente sin el pecado original, del cual en cuanto a su persona estaban libres por la circuncisión: o antes de la circuncisión, los que eran salvos por la fe de los padres fieles, si no tenían uso de razón; o por los sacrificios, y con la fe en el Cristo que había de venir, si eran adultos; pero que permanecían allí por el pecado original de Adán, del cual no podían librarse, en cuanto a la naturaleza, sino por Cristo. Por lo cual Cristo dejó allí a los que habían descendido con pecado mortal y a los niños incircuncisos.2 Por lo cual dijo: "Infierno, seré tu mordedura".
Así pues, queda claro que Cristo bajó a los infiernos y por qué razones.
82. —De todo esto podemos recibir para nuestra instrucción cuatro cosas.
En primer lugar, una firme esperanza en Dios. Porque por más que esté el hombre en aflicción, siempre debe esperar en la ayuda de Dios, y en El confiar. No puede haber, en efecto, cosa tan penosa como estar en los infiernos. Si pues Cristo libró a los que estaban en los infiernos, todo aquel que sea amigo de Dios debe tener gran confianza en ser librado por El de cualquier angustia.
Sabiduría 10, 13-14: "Ella (la Sabiduría) no desamparó al justo vendido... descendió con él a la mazmorra, y no lo abandonó en las cadenas". Y porque Dios ayuda especialmente a sus siervos, aquel que sirve a Dios debe sentirse con gran seguridad. Eccli 34, 16: "El que teme al Señor de nada teme porque El mismo es su esperanza".
2 A los niños incircuncisos los dejó en lo que la Teología llama limbo.
83. —En segundo lugar, debemos concebir el temor (de Dios) y apartar la presunción. Porque aun cuando Cristo haya padecido por los pecadores y descendido a los infiernos, sin embargo no liberó a todos, sino tan sólo a los que estaban sin pecado mortal, como ya se dijo. Y allí dejó a los que habían muerto en pecado mortal. Por lo tanto, que nadie de los que allí bajen en pecado mortal espere el perdón. Porque en el infierno estará cuanto los santos padres en el paraíso, esto es, eternamente. Mt 25, 46: "Irán éstos al suplicio eterno, y los justos a la vida eterna".
84. —En tercer lugar, debemos estar alertas. Precisamente porque Cristo descendió a los infiernos por nuestra salvación, nosotros debemos preocuparnos por descender allí frecuentemente considerando ciertamente las penas aquellas, como lo hacía el santo Ezequías, que decía (Is 38, 10}: "Yo dije: a la mitad de mis días me voy a las puertas del Infierno". Porque quien baje allí frecuentemente en vida con el pensamiento, no descenderá allá fácilmente al morir: porque tal consideración lo aparta del pecado. En efecto, vemos que los mundanos se guardan de las malas acciones por temor al castigo: en consecuencia, ¿cuánto más deben guardarse (del mal) ante la pena del infierno, la cual es mayor por razón de la duración, de la acritud y de la multiplicidad? Eclesiástico 7, 36: "Ten presentes tus novísimos, y jamás pecarás".
85. —En cuarto lugar, de esto resulta para nosotros un ejemplo de amor. En efecto, Cristo bajó a los infiernos para liberar a los suyos, y por lo tanto nosotros debemos descender allí (en espíritu) para ayudar a los nuestros. Pues ellos nada pueden, por lo cual debemos ayudar a los que están en el purgatorio. Demasiado cruel sería quien no ayudara a un ser querido que estuviese en una cárcel terrena. Así es que no habiendo ninguna comparación de las penas de este mundo con aquéllas, mucho más cruel es el que no le ayuda al amigo que está en el purgatorio. Job 19, 21: "Tened piedad de mí, tened piedad de mí, siquiera vosotros, mis amigos, que es la mano de Dios la que me ha herido". II Macab 12, 46: "Obra santa y saludable es orar por los muertos para que sean librados de sus pecados".
86. —Como dice San Agustín, se les ayuda principalmente de tres maneras, a saber, con misas, con oraciones y con limosnas. San Gregorio agrega una cuarta manera: el ayuno. Ni hay de qué admirarse, porque aun en este mundo, el amigo puede satisfacer por el amigo.
Sin embargo, esto debe entenderse respecto a quienes están en el purgatorio.
87. —Al hombre le es necesario conocer dos cosas, a saber, la gloria de Dios y el castigo del infierno.
Atraídos, en efecto, por la gloria, y atemorizados por los castigos, los hombres se guardan y se apartan de los pecados. Pero muy difícilmente conoce el hombre estas cosas. Por lo cual acerca de la gloria se dice en Sabiduría 9, 16: "¿Quién rastreará lo que hay en los cielos?". Lo cual es ciertamente difícil para los terrenos, porqué, como se dice en Juan 3 ,31: "El que es de la tierra habla de la tierra"; pero no les es difícil a los espirituales, porque "el que viene de lo alto está por encima de todos", como se dice allí mismo. Y por eso, para enseñamos las cosas celestiales, Dios bajó del cielo y se encarnó.
Era también difícil conocer las penas del infierno.
Sabiduría 2, I: "Ni se sabe de nadie que haya vuelto de los infiernos". Y esto se pone en boca de los impíos. Pero esto de ninguna manera se puede decir, porque así como bajó del cielo para enseñar las cosas celestiales, así también resucitó de los infiernos para instruirnos acerca de las cosas de los infiernos. Por lo cual es necesario que creamos no sólo que Cristo se hizo hombre y que murió, sino también que resucitó de entre los muertos. Por lo cual se dice: "Y al tercer día resucitó de entre los muertos".
88. —Sabemos que muchos resucitaron de entre los muertos, como Lázaro, y el hijo de la viuda y la hija del jefe de la sinagoga. Pero la resurrección de Cristo difiere de la resurrección de éstos y de otros en cuatro cosas.
Primero en cuanto a la causa de la resurrección, porque los otros resucitados no resucitaron por su propia virtud sino por la de Cristo o por las oraciones de algún santo, y en cambio Cristo resucitó por su propia virtud, porque no sólo era hombre, sino que también era Dios, y la Divinidad del Verbo jamás fue separada ni de su alma ni de su cuerpo, por lo cual el cuerpo recobró el alma, y el alma recobró el cuerpo cuando El lo quiso.
Juan 10, 18: "Tengo poder de dar mi alma y poder para recobrarla de nuevo". Y aunque Cristo haya muerto, esto no fue por debilidad ni por necesidad, sino por su propio poder, porque fue voluntariamente. Y esto es patente porque cuando exhaló su espíritu, gritó con fuerte voz, cosa que no pueden hacer los demás moribundos, porque mueren por debilidad. Por lo cual dijo el Centurión (Mt 27, 54): "Verdaderamente este era el Hijo de Dios". Y por eso, así como por su propio poder entregó su alma, así también por su propio poder la recobró. Por lo cual se dice que "resucitó", y no que haya sido resucitado, como si lo hubiera sido por otro.
Salmo 3, 6: "Me acosté, y me dormí, y me levanté". Ni esto es contrario a lo que se dice en Hechos 2, 32: "A este Jesús lo resucitó Dios", porque en efecto el Padre lo resucitó, y a la vez el Hijo: porque el mismo poder es el del Padre y el del Hijo.
89. —En segundo lugar, difiere en cuanto a la vida a la cual resucitó, porque Cristo resucitó a una vida gloriosa e incorruptible. Dice el Apóstol en Rom 6, 4:"Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre"; y los demás, ciertamente, a la misma vida que primero tenían, como consta en cuanto a Lázaro y otros.