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miércoles, 26 de abril de 2017

LA RELIGIÓN DEMOSTRADA



IV. NO HAY MÁS QUE UNA SOLA RELIGIÓN BUENA.

71. P. ¿Pueden existir varias religiones buenas?
R. No; pues no puede haber sino una sola religión verdadera. Así como no hay más que un solo Dios, no hay más que una sola verdadera manera de honrarle; y esta religión obliga a todos los hombres que la conocen.
1° Una religión, para ser buena, debe agradar a Dios. Pero como Dios es la verdad, y una religión falsa no podría agradarle, no puede aprobar una religión fundada sobre la mentira y el error.
2° No puede existir más que una sola religión verdadera, pues la religión es el conjunto de nuestros deberes para con Dios, y estos deberes son los mismos para todos los hombres. Y, a la verdad, estos deberes nacen de las relaciones existentes entre la naturaleza de Dios y la naturaleza del hombre. Pero como la naturaleza de
Dios es una, y la naturaleza humana es la misma en todos los hombres, es evidente que los deberes tienen que ser los mismos para todos. Por consiguiente, la verdadera religión es una y no puede ser múltiple. Las formas sensibles del culto pueden variar; la esencia del culto, no.
3° Toda religión comprende tres cosas: dogmas que creer, una moral que practicar y un culto que rendir a Dios. Si dos religiones son igualmente verdaderas, tienen el mismo dogma, la misma moral, el mismo culto; y entonces ya no son distintas.
Si son distintas, no pueden serlo sino por enseñar doctrinas diferentes acerca de una de estas materias y, en este caso, ya no son igualmente verdaderas. Por ejemplo, a esta pregunta: ¿Jesucristo es Dios? – Sí, dice un católico; – puede ser, dice un protestante racionalista: – no, contesta un judío; – es un profeta como Mahoma, añade un turco... Estos cuatro hombres no pueden tener razón a la vez; evidentemente uno solo dice la verdad. Luego las religiones que admiten, aunque sólo sea una sola verdad dogmática diferente, no pueden ser igualmente verdaderas.
Lo que decimos del dogma, hay que afirmarlo también de la moral: no hay más que una sola moral, puesto que ha de fundarse en la misma naturaleza de Dios y del hombre, que no se mudan. Lo mismo debe decirse del culto, por lo menos en cuanto a sus prácticas esenciales.
Cuando los protestantes dicen:
– Nosotros servimos al mismo Dios que los católicos, luego nuestra religión es tan buena como la suya. – contestamos: – Ciertamente, ustedes sirven al mismo Dios, puesto que no hay más que uno, pero no le sirven de la misma manera, lo le sirven de la forma con que quiere ser servido – Ahí está la diferencia... Dios es el Señor, y el hombre debe someterse a su voluntad.
Los que dicen que todas las religiones son buenas, no ven en la religión más que un homenaje tributado a Dios, y piensan erróneamente que cualquier homenaje le es grato. Olvidan que la religión encierra verdades que creer, deberes que cumplir y un culto que hay que tributar. Y es claro que no pueden existir varias religiones de creencias contradictorias y de prácticas opuestas que sean igualmente verdaderas porque la verdad es una sola, y Dios no puede aprobar el error.
OBJECIÓN: 1° Todas las religiones son buenas.
R. ¿Acaso todas las monedas son buenas? ¿No hay que distinguir entre las verdaderas y las falsas? Pues lo mismo sucede con la religión. Pero como la moneda falsa supone la buena, así las falsas religiones suponen la verdadera.
Si todas las religiones son buenas, se puede ser católico en Roma, anglicano en Londres, protestante en Ginebra, musulmán en Constantinopla, idólatra en Pekín y budista en la India. ¿No es esto ridículo? ¿No es afirmar que el sí y el no son igualmente ciertos en el mismo caso?
Decir que todas las religiones son buenas es un absurdo palpable, una blasfemia contra Dios, un error funesto para el hombre.
1° Un absurdo. Es cierto que en las diferentes religiones hay algunas verdades admitidas por todos, como son: la existencia de Dios, la espiritualidad del alma, la vida futura con sus recompensas y castigos eternos. Pero, ellas se contradicen en otros puntos fundamentales. El católico, por ejemplo, afirma que la Iglesia tiene por misión explicarnos la palabra de Dios encerrada en la Biblia, mientras que el protestante declara que todo cristiano debe interpretar por sí mismo la palabra divina y forjarse una religión a su manera...
Podríamos citar indefinidamente las divergencias contradictorias de las diversas religiones. Pero es evidente que dos cosas contradictorias no pueden ser verdaderas, porque la verdad es una, como Dios, y no se contradice. Si la Iglesia ha recibido de Jesucristo la misión de explicarnos la Biblia, no queda a la voluntad de cada cristiano el interpretarla a su manera... Es absurdo decir que el sí y el no pueden ser igualmente ciertos sobre el mismo punto. Mas como lo que no es verdadero, no es bueno, porque la mentira y el error de nada sirven, debemos concluir que, no pudiendo todas las religiones ser verdaderas, no pueden ser todas buenas.
2° Una blasfemia contra Dios. Decir que todas las religiones son buenas, no es solamente contradecir el buen sentido, sino blasfemar contra Dios. Es tomar a Dios por un ser indiferente para la verdad y para el error. Se supone que Dios puede amar con igual amor al cristiano, que adora a su Hijo Jesucristo, que al mahometano que le insulta; que debe aprobar al Papa, que condena la herejía, y a Lutero, a Calvino y Enrique VIII, que se rebelan contra la Iglesia; que bendice al católico, que adora a Jesucristo presente en la Eucaristía, y sonríe al calvinista, que se burla de ese misterio... Pero atribuir a Dios semejante conducta es negar sus divinos atributos; es decir, que trata a la mentira como a la verdad, al mal como al bien, y que acepta con las misma complacencia el homenaje y el insulto... ¿No es esto una blasfemia estúpida?
3° Un error funesto para el hombre. Para llegar a la felicidad eterna debe el hombre seguir el camino que a ella le lleva; y sólo la religión verdadera es el camino que lleva al cielo. ¿No es una gran desgracia errar el camino?... ¡Y si al menos, llegados al término se pudiera desandar lo andado!... Pero si uno yerra por su culpa, se ha perdido para toda la eternidad.
La indiferencia, al enseñar que se pueden seguir todas las religiones, propende a alejar al hombre de la verdadera religión, del único medio de alcanzar su meta. Es, por consiguiente, un error funesto.
2° SUELE OBJETARSE TAMBIÉN: Un hombre honrado no debe cambiar de religión: hay que seguir la religión de los padres.
R. Cada uno puede y debe seguir la religión de sus padres, si esta religión es verdadera; pero si es falsa, hay obligación de renunciar a ella, para abrazar la verdadera.
Así, cuando uno ha tenido la dicha de nacer en la verdadera religión, no necesita cambiar de creencias, y debe estar pronto a derramar hasta la última gota de su sangre, antes de apostatar. Pero cuando no se ha tenido la dicha de nacer en la verdadera religión, si uno llega a conocerla es absolutamente necesario, so pena de falta grave, abandonar la falsa religión y abrazar la verdadera.
El deber más sagrado del hombre es el de seguir la verdad desde el instante mismo en que la conoce: ante todo, hay que obedecer a Dios. Abandonar la falsa religión para seguir la verdadera, es acatar la voluntad de Dios y, por consiguiente, cumplir el más sagrado de los deberes. Sin duda nada merece tanto respeto como las creencias de nuestros padres; pero este respeto tiene sus límites, los límites de la verdad. Nadie está obligado a copiar los defectos de los padres. Si tu padre es ignorante, ¿es necesario acaso que, por respeto, permanezcas ignorante como él? La salvación es un asunto personal, individual, del que cada uno es responsable ante Dios.
Las causas por las cuales se descuida abrazar la verdadera religión son: el respeto humano, los intereses temporales, el deseo de seguir las propias pasiones; pero, evidentemente, estas causas son malas y, por tanto, hay que sacrificarlas para cumplir la voluntad de Dios y salvar el alma.
72. P. ¿Está obligado el hombre a buscar la verdadera religión?
R. Sí: el hombre está rigurosamente obligado a buscar la verdadera religión, cuando duda seriamente de que no profesa la verdadera.
1° Es un hecho que hay hombres que creen profesar la verdadera religión, y otros que tienen dudas sobre el particular. Ahora bien, los que se creen sinceramente
en posesión de la verdad, no tienen obligación de inquirir cuál sea la verdadera religión. Si de hecho no la poseen, su buena fe los excusa, mientras no tengan ninguna sospecha de estar en el error.
2° Los que dudan seriamente, están en la obligación rigurosa de aclarar sus dudas. El hombre debe practicar una religión: sólo una religión es agradable a Dios; luego el hombre está obligado a averiguar cuál es la verdadera religión, como el criado está obligado a indagar la voluntad de su amo para ejecutarla.
3° El buen sentido enseña que, cuando están en juegos graves intereses, hay que informarse acerca de los medios de asegurarlos. ¿Y qué intereses más graves que los del alma y de su eterno destino? Yo no puedo arrostrar a sangre fría esta terrible alternativa ante la cual me he de hallar al otro lado de la tumba: una eternidad de tormentos, o una eternidad de dicha. Debo saber por qué medios y en qué religión puedo salvar mi alma. Si permanezco indiferente, mi conducta será la de un insensato.
Puede decirse de la religión lo que PASCAL decía de Dios:“No hay mas de dos clases de hombres razonables: los que aman a Dios con todo su corazón, porque le conocen, y los que le buscan de todo corazón, porque no le conoce.

martes, 25 de abril de 2017

UN HUMILDE HOMENAJE A UN GRAN OBISPO DE LA IGLESIA CATÓLICA







LOS LEONES QUE SALVAGUARDARON LA FE


Un 25 de abril, pero de 1991 Mons. Antonio de Castro Mayer se dormía en el Señor a quien siempre sirvió y lucho por el verdadero honor d la Iglesia tan pisoteado ahora. Lucho codo a codo con otro gran Arzobispo Mons. Lefebvre que le antecedió un mes antes y, en palabras del querido R. P. Lagneau quien también ya falleció le dejo la palabra a este gran amigo, en aquellos tiempos decía hablando de los dos Obispos:
¡Con muchísimo gusto! Este gusto mismo manifiesta cuánto este deber de piedad filial es una necesidad del corazón, un pedido de la inteligencia. No nos cansamos de hablar, leer, meditar, escribir, sobre nuestro querido "Monseigneur", así como sobre Dom Antonio también, fieles imitadores de San Pío X.
A los tres san Pío X, Mons. Lefebvre, Mons. de castro Mayer podemos unirlos en varios sentidos. Nos gusta insistir sobre un aspecto de sus personas y de sus obras:
la FORTALEZA, la nobleza, la grandeza en este siglo veinte muy pobre, muy endeble sin héroes ni figuras. Para resumir las cosas en una palabra metafórica (sugerida por el blasón mismo de nuestros maestros), diríamos que fueron verdaderos LEONES.
Conocemos, en efecto, el significado simbólico de las cualidades del león, "rey de los animales, según el fabulista. El león es un príncipe, un jefe, tiene una autoridad firme y tranquila, no se deja impresionar enfrente de los enemigos; el león impone su presencia, hecha de fortaleza, de nobleza, de grandeza, de serenidad, de victoria, en definitiva: Vicit leo de tribu Juda" (Apoc. 5,5).
En los blasones de San Pío X, de Mons. Lefebvre, de Dom Mayer, vemos un león.
No es casual. En verdad lo fueron.
1) San Pío X, quien ruge en su primera encíclica contra el mundo moderno en general; contra el Sillon"en particular en el documento "Notre Charge Apostolique", muy especialmente contra el modernismo. Los enemigos mismos reconocen la superioridad de este león en su análisis detallado de la "Pascendi".
Fue realmente "ignis ardens"(fuego ardiente), verdadero amigo del león de San Marcos, patrono de Venecia, su sede cardenalicia.
¿y cuál es el fruto de este combate gigantesco?: la paz, la verdadera paz, no la de Asís, sino la de San Marcos, el león: "pax tib, Marce, evangelista meus". Estas palabras figuran también en el blasón de San Pío X.
2) Esta fortaleza del león, la encontramos también en la lucha pública y tremenda de Mons. Lefebvre contra el neo modernismo. La historia recordará para siempre este león de los Randes (su provincia natal, cuyo símbolo es el león). Pero no olvidemos que este león fue siempre tranquilo, pacífico, manso, bondadoso y caritativo: Justus, quasi leo confldens, absque terrore, el justo como el león, se siente seguro (Prov. 28,1). Ningún parecido con el "león rugiente, buscando a quien devorar".
3) El león, en el blasón de Dom Antonio de Castro Mayer ocupa prácticamente todo el campo, como si la lucha, intransigente para la victoria de la Verdad, fuese el centro de su vida y su principal preocupación. Sin olvidar tampoco la presencia de la Virgen María, dulce y suave, pero también fuerte: "Ipsa conteret(Ella te aplastará la cabeza, aplicándolo al demonio).
¡Qué nobleza firme, qué grandeza simple en este Obispo, en este príncipe de la Iglesia. Él también, lo mismo que Mons. Lefebvre, hubiera merecido ser Cardenal de la Santa Iglesia Romana.
4) ¿Cuáles son las consecuencias prácticas de todo esto para nosotros? Que seamos también nosotros, cada uno en su lugar, leones, es decir FUERTES; fuertes con la fortaleza, que viene del Espíritu Santo. La situación presente del mundo y de la Iglesia exige, más que antes, esta fortaleza.
Que los padres y madres de familia sean fuertes en la educación de los hijos.
Que los jóvenes sean fuertes en la lucha contra el espíritu del mundo.
Que los seminaristas sean fuertes en sus propósitos de estudio, de orden, de búsqueda de la santidad.

Y, en cuanto al sacerdote, nuestra conclusión será la del Santo Cura de Ars: "que el sacerdote sea un león en el púlpito, un cordero en el confesionario" y un águila en el altar".

LOS BLASONES DE LOS LONES DE LA FE.


Las almas de los justos están en la mano de Dios; y no llegará a ellas el tormento de la muerte. A los ojos de los insensatos pareció que morían; y su tránsito se miró como una desgracia, y como un aniquilamiento su partida de entre nosotros; mas ellos, en verdad, reposan en paz.
y si delante de los hombres han padecido tormentos, su esperanza está llena de inmortalidad.
Su tribulación ha sido ligera, y su galardón será grande; porque Dios hizo prueba de ellos, y los halló dignos de sí.
Los probó como el oro en el crisol, y los aceptó como víctima de holocausto, y a su tiempo se les dará la recompensa. Brillarán los justos, como centellas que discurren por un cañaveral.
Juzgarán a las naciones
y señorearán a los pueblos; y el Señor reinará con ellos eternamente. (Sab. 3:1-8),
Entonces estarán los justos con gran seguridad en presencia de quienes los persiguieron y menospreciaron sus trabajos. Y al verlos se turbarán
con  terrible espanto,
y quedarán fuera de sí ante lo inesperado de aquella
salvación. Arrepentidos, dirán pata sí, temiendo por la angustia de su espíritu:
“Éstos son los que algún tiempo tomamos a risa y fueron objeto
de nuestro escarnio.

Nosotros, insensatos, tuvimos su vida por locura y su fin por des-
honra.



















A SUS ORACIONES NOS ENCOMENDAMOS, QUIENES TUVIMOS LA ENORME GRACIA DE CONOCERLOS EN VIDA


lunes, 24 de abril de 2017

TRATADO DE LOS ANGELES: SANTO TOMAS DE AQUINO



TERMINA CUESTIÓN 57

Así también las cosas de Dios nadie las conoce sino el Espíritu de Dios.
Pero los ángeles tienen otra clase de conocimiento: el que los hace bienaventurados y par el cual ven el Verbo y las cosas en el Verbo, y por esta visión conocen los misterios de la gracia, aunque no todos los misterios ni todos los ángeles por igual, sino en la medida en que Dios haya querido revelárselos, conforme a las palabras del Apóstol: Dios nos-lo ha recetado por su Espíritu,. Pero siempre de modo que los ángeles superiores, que contemplan con mayor penetración la sabiduría divisa, conocen en la visión de Dios mayor número y más elevados misterios que después manifiestan a los inferiores cuando las iluminan. Y entre los mismos misterios hay algunos que 'los ángeles conocieron desde el principio y otros que les fueron enseñadas más adelante, conforme lo iban exigiendo sus ministerios [70].

Entiéndese aquí por misterios de la gracia, no la esencia divina y vida íntima de Dios, de la que ya se ha dicho que excede el conocimiento natural dé todo entendimiento creado y creable (1." p., q. 12 Y 33), sino aquellas cosas sobrenaturales que trascienden todo orden natural, no ya en cuanto al modo de producirse, sino en cuanto a su misma entidad y esencia, y son obradas por Dios gratuitamente, dependiendo de su libre y soberana voluntad, pero ordenadas a la salvación del hombre, como la encarnación del Verbo, la infusión de la gracia y justificación, los efectos de los sacramentos, la presencia real de. Cristo en la Eucaristía, la visión beatífica, etc.
Por la distinción entre las clases dé conocimiento angélico que hace Santo Tomás y la naturaleza misma de estos misterios, queda patente que los ángeles no pueden conocer naturalmente los misterios de la gracia en sí. Si no pueden conocer naturalmente lo que depende de la libre voluntad del hombre, mucho menos podrán lo que depende de la libérrima voluntad de Dios.
Sobrenaturalmente pudieron conocerlos de dos maneras: por la fe, que les fue infundida con la gracia al ser creados (1." p., q. 62; 2-2, q. 5, a. 1); y por la visión beatífica los buenos al recibir la gloria, viendo en este estado de bienaventuranza más o menos misterios y más o menos clara, mente según el grado de gloria que poseen o según que Dios quiere revelárselos para el desempeño de los ministerios que les encomienda.

QUESTIO LVIII: DEL MODO DE CONOCER DE LOS ANGELES
INTRODUCCION.

Después de haber estudiado la naturaleza de la potencia cognoscitiva de los ángeles (q. 54), el medio del conocimiento angélico (q. 55) Y el objeto del mismo, tanto por parte de las cosas inmateriales (q. 56) como materiales. (q. 57), pasa ahora Santo Tomás a estudiar en esta cuestión 58 el modo como se lleva a cabo en los ángeles el acto de entender.

I.-RAZON DE SER DE LA CUESTION y ORDEN Y CONEXION DE LOS ARTICULOS

El modo del conocimiento sigue necesariamente a la naturaleza y esencia del que conoce. Siendo, pues, los ángeles criaturas intelectuales, tienen conocimiento intelectivo; y siendo superiores a la humana naturaleza, conocen de un modo más perfecto.     '
Mas ¿hasta dónde Se extiende esta mayor perfección del conocimiento angélico? He aquí toda la razón de ser de esta última cuestión consagrada a determinarlo, sin la cual quedaría incompleto el tratado.
A falta de datos revelados sobre este punto complementario de la génesis del conocimiento angélico, vuelve a aflorar aquí, ubérrimo en consecuencias lógicas, el principio básico de la perfecta inmaterialidad de la naturaleza angélica, así como la posición intermedia que los ángeles ocupan en el orden intelectivo en la armónica escala de los seres del universo y es digno de hacerse resaltar una vez más y tenerse en cuenta el paralelismo relativo, ya anteriormente notado, entre el proceso del conocimiento cognoscitivo en los ángeles y el mismo en Dios y en el hombre.
Diríase que, realmente, Santo, Tomás en el planteamiento, desarrollo y solución de los problemas de esta cuestión ha, tenido presente de manera especial el modo de realizarse nuestro conocimiento.   
Cuando la revelación divina calla, no nos es dado saber en esta vida cuál sea en sí el modo propio del conocimiento de las ángeles, si no es relacionando con lo que la misma revelación y razón natural nos enseñan sobre la naturaleza de los mismos. Y, como nos sucede siempre que se trata de conocer las cosas en sí simples y perfectas, que no caen directamente bajo nuestros sentidos, por vía de negación y quitando del modo del conocimiento humano lo que en él hay de imperfección, atribuimos a las ángeles una forma de entender más perfecta, siempre bajo el modo perfectísimo y simplicísimo del conocimiento de Dios.
Así vemos que nuestro entendimiento, que tiene el ínfimo grado en la escala de los seres intelectivos, sólo llega gradualmente y como por pasos contados, por diversas operaciones, al conocimiento de la verdad, consiguiéndola gota a gota, y aun esto, según ya dijo Santo Tomás, lo logran pocos, tras de mucho tiempo y con mezcla dé muchos errores" (l. p., q. 1, a. 1)      
Es preciso, pues, para el pleno conocimiento de la operación intelectiva de los ángeles; averiguar ahora si éstos, siguen el mismo proceso que el hombre y tienen el mismo modo de conocer cuántos objetos están dentro del ámbito del orden       inteligíble.
Lo primera que observamos en nosotros es que originariamente estamos en estado de pura potencialidad para conocer, y nuestro entendimiento es, en frase del Estagirita, repetida por el Angélico Maestro, "como una lápida en blanco en la que nada hay escrito" (ARISTÓTELES, De anima, lib. III, cap. 4: 429, a, 13-18; SANTO TOMÁS, lect. 7, n. 675; l., p., q 79, a. 2; De veritate, q. 8, a. 9).
Además,  en nosotros experimentamos la alternativa de acto y potencia en el entender. Por eso lo primero que aquí debe considerarse, tratando del conocimiento angélico, es en general, cómo se hallan los ángeles en cuanto a, la actuación de la potencia según los distintos objetos (a. 1)  
Después se estudia en especial el modo del conocimiento angélico en sí mismo (aa. 2-7); considerando el proceso del acto según se da en el hombre (aa. 2-5) y el término Para el estudio del proceso se consideran las tres operaciones del entendimiento humano: simple intuición (a. 2), raciocinio (a. 3) Y juicio (a. 4), posponiéndose el estudio de éste al de, aquél, porque, aun excluido el raciocinio, podría parecer posible el conocimiento a modo de juicio por composición y división, o sea afirmando y negando, a continuación se estudia la adecuación entre el entendimiento angélico y las cosas conocidas, es decir, la certeza  en la consecución de la verdad (a. 5).

En cuanto al término en que, conseguida la verdad, descansa el entendimiento, engendrándose en nosotros la ciencia, teniendo en cuenta que el conocimiento puede ser natural y sobrenatural, para el estudio de ella en los ángeles y acomodándose a la nomenclatura introducida por San Agustín, estudia Santo Tomás en los dos artículos restantes si en general el conocimiento del ángel puede llamarse matutino y vespertino (a. 6), y ya más en especial investiga en el último artículo la razón formal de tal distinción, determinando si son uno mismo o son diversos conocimientos (a. 7).  


LA PROVIDENCIA DE DIOS Y EL PROBLEMA DEL MAL Y DEL DOLOR


1. Naturaleza del mal. El mal se opone al bien, y el bien coincide con el ser, Por consiguiente, el mal no tiene perfección ni ser. No es una realidad natural ni algo positivo; pero tampoco es simple negación, un simple no ser, sino una verdadera, privación, o sea, la ausencia de una cualidad o perfección en que debería naturalmente poseerla. Que el hombre no tenga alas para volar no es ningún mal;  es una simple negación de una cualidad que la naturaleza humana no reclama en modo alguno; pero que un hombre sea ciego o no tenga ojos es un verdadero mal físico, puesto que el hombre debe naturalmente tener ojos para ver.

El mal es, pues, una negación privativa en el seno de una substancia que le sirve de soporte. No tiene, por lo mismo, razón alguna de apetibilidad, como no la tiene ni puede tenerla el no-ser. Nadie desea ni puede desear la nada: sería absurdo y contradictorio.

2. Existencia. Del hecho de que el mal no es en modo alguno una esencia ni una realidad no se puede concluir que no existe. Todo es cuestión de precisar el verdadero alcance de la palabra ser.
La palabra ser, en efecto, puede tener una doble acepción: a) Puede designar la realidad positiva, o sea, la entidad de una cosa; y, en este sentido, el ser se identifica con la cosa misma. De este primer modo ninguna privación es ser, y, por tanto, tampoco lo es el mal.

b) Puede significar también la verdad de una proposición, que consiste en la unión de un predicado y un sujeto mediante la palabra es. Este es el ser con que se responde a la pregunta: si es o no es, como al decir que un hombre es bueno o no es malo. Y de este segundo modo llamamos también ente o ser al mal.

Por no atender a este doble sentido en que puede tomarse la palabra ser, hubo algunos que al oír que algunas cosas son malas, o que el mal está en las cosas, creyeron que el mal era una naturaleza positiva y real, cuando en realidad no es otra cosa que una mera privación.

3. Relaciones entre el bien y el mal. El mal es una privación, esto es una negación en el seno de una substancia. No podría, por tanto, existir el mal sino la existencia de alguna substancia en el seno de la cual pueda establecerse la privación (v.gr., no podría existir un hombre ciego si no existiera el hombre al que pueda afectar la ceguera). Ahora bien: esa substancia a la que puede afectar el mal es un ser y, por tanto, un bien, ya que el ser y el bien coinciden y se identifican trascendentalmente entre sí. No hay ni puede haber un solo ser que no sea bueno en cuanto ser (los mismos demonios y condenados del infierno son buenos en cuanto seres no en cuanto demonios o condenados). De aquí proviene la necesidad de determinar con precisión las relaciones existentes entre el bien y el mal. Vamos a hacerlo a continuación al estudiar el sujeto, la extensión y la causa del mal.
4. Sujeto del mal. El no ser, en el sentido puramente negativo, no exige un sujeto real y positivo (la nada no exige estar en ninguna parte); pero la negación privativa que es en lo que consiste el mal, se define por el contrario, negación en el sujeto; porque sin un sujeto a quien afecte no podría existir la privación, como ya vimos. Es, pues, preciso señalar el sujeto del mal.

Ahora bien: un sujeto es necesariamente un ser, en potencia o en acto. Luego es necesariamente un bien, ya que el ser y el bien se identifican entre sí.
Por consiguiente, el sujeto del mal, o sea, su verdadero y único soporte, es, hablando en general, el bien.

Pero no el bien opuesto o contrario al mal (ya que dos contrarios blanco y negro no caben en un mismo sujeto), sino otro bien. El sujeto de la ceguera no es la visión de la cual es ella privación, sino el hombre o animal ciego.

El sujeto del mal, hablando en especial, puede ser o la substancia misma (v.gr., el hombre), o la operación de esa substancia (v.gr., las acciones del hombre). Afecta a la substancia cuando la priva de un bien que podría y debería tener (v.gr., la ceguera en el hombre); se refiere a la acción cuando le falta la medida y el orden requerido (v.gr., un pecado cualquiera).

5. Extensión del mal. El mal no puede destruir totalmente el bien. Para comprender esto debemos considerar que hay tres clases de bienes:

a) Uno, que se suprime totalmente por el mal, y este tal es el bien que se opone directamente a ese mal; v.gr., la luz es suprimida     totalmente por las tinieblas, y la visión por la ceguera.       

b ) Otro, que no es suprimido ni siquiera disminuido por el mal, y éste es el bien del sujeto del mal; v.gr., la substancia del aire no se suprime ni disminuye con las tinieblas al hacerse sujeto de la oscuridad; ni el hombre se destruye ni disminuye al quedarse ciego.

e) Otro, finalmente, que se disminuye ciertamente por el mal, pero sin llegar a destruirse por completo, y este bien es la capacidad o aptitud del sujeto para el acto contrario a ese mal; v.gr., a medida que se multiplican los pecados va disminuyendo la aptitud del pecador para la práctica de la virtud; pero no se le suprime del todo, porque esta aptitud va inseparablemente unida a la naturaleza misma del alma.

La disminución de la aptitud para el bien no es cuantitativa o por vía de substracción (como si le fueran quitando al pecador cantidades de humildad a medida que comete pecados de orgullo), sino por vía de atenuación o remisión, como corresponde a las cualidades; o sea, que se trata de una disminución de la intensidad o energía para la práctica de la virtud contraria a ese pecado. Pero nunca puede suprimirse del todo, porque siempre queda en el alma la capacidad radical para el bien: el pecador más envilecido conserva todavía en su alma la capacidad de convertirse en un santo bajo la acción de la gracia de Dios.
Por consiguiente, la relación que se establece entre el mal y el sujeto que le sirve de soporte jamás puede ser tal que llegue a consumir o destruir totalmente el bien; de lo contrario, el mal se consumiría y destruiría a sí mismo al faltarle el sujeto donde radicar.
El mal es como el vado que abre una ventana en la pared: si aumentamos el tamaño de la ventana de tal suerte que destruya por completo la pared, nos quedamos sin pared y sin ventana al mismo tiempo. Por donde se ve claro que el mal absoluto (o sea, sin ningún sujeto bueno donde resida) no existe ni puede existir: se destruiría por completo a si mismo.
6. Causa del mal. Es necesario afirmar que todo mal ha de tener de algún modo alguna causa. Todo lo que subsiste en cualquier otra cosa como en su sujeto, debe tener, en efecto, alguna causa, ya proceda ésta de los principios del sujeto mismo o ya provenga de alguna causa extrínseca. Pero el mal subsiste en el bien como en su sujeto natural; luego a de tener necesariamente una causa.)    
Ahora bien: la causa del mal no puede ser más que el bien. El hecho de ser causa no puede convenirle más que al bien, porque nada puede ser causa más que en la medida en que existe; pero todo lo que existe, en tanto que existe (o sea, en tanto que es ser) es forzosamente un bien. Esto aparece con toda claridad examinando en particular cada uno de los cuatro géneros de causas (eficiente, formal, material y final). Vemos en efecto que el agente, la forma y el fin implican cierta perfección, que, por lo mismo, tiene carácter de bien; e incluso la materia, en cuanto que está en potencia para el bien, tiene razón de bien.
Que el bien sea, en primer lugar, causa del mal a modo de causa material se deduce claramente del hecho de que el bien es el sujeto del mal, como ya hemos visto. En cuanto a causa formal, el mal no la tiene, porque consiste precisamente en la privación de una forma (v.gr., la ceguera consiste en la privación de la vista). Tampoco tiene causa final, porque el mal es privación del orden al fin debido (v.gr., el pecado es una privación del debido orden al fin último sobrenatural). Y en cuanto a la causa eficiente la tiene ciertamente el mal, pero no directa, sino indirectamente, como vamos a ver.
El bien causa indirectamente el mal al causar un bien al que se adhiere un mal, cualquiera que sea, por otra parte, la razón próxima de esta adherencia, ya sea por la deficiencia de la causa principal, 0 por defecto del instrumento que utiliza, o por indisposición de la materia sobre la que actúa.
Para comprender esto, debe advertirse que el mal es causado de modo distinto en la acción del agente y en el efecto producido por esa acción: a) En la acción del agente es causado por defecto de alguno de los principios operativos, bien sea de la causa principal o de la instrumental; como, por ejemplo, el defecto en el movimiento de un hombre puede acontecer o por defecto, de la virtud motriz (causa…


domingo, 23 de abril de 2017

DOMINICA IN ALBIS



Ayer con los últimos rayos del sol, despedíamos la octava de pascua de la cual como dice el apóstol San Pablo: “Recibimos gracia tras gracia" y todas ellas a afloran en nosotros la fe y a avivar el fuego de la caridad en nuestros corazones tan necesaria en todo momento de nuestra vida espiritual. Las primeras sombras de la noche y no de las tinieblas predisponían nuestro corazón para el tiempo después de pascua que termina en las vísperas de la ascensión del Señor y comienza con la dominica in Albis. No es mi propósito hablar sobre ella porque en otras ocasiones he hablado ya de ella, me interesa explayar un poco el Evangelio de este domingo que esta sacado del Evangelio del apóstol San Juan (cap. XX vrs. 19 y ss.) que trata de la primera de las apariciones de nuestro Salvador a sus discípulos.
El presente Evangelio pone a nuestra meditación tres cosas; las ansias de verle, el deseo y el gozo de sus corazones al verlo.
Sobre lo primero, se puede decir que su corazones ya no se contentaban con escuchar a las mujeres ni otros tantos rumores sobre la resurrección. Sus corazones se habían inflamado y ansiosos, pero tranquilos solo querían aquello que les era lícito así como Jacob deseaba con ansia ver a José su hijo: “solo basta con ver a mi hijo para luego morir en paz” y se cumplió su deseo.
La incertidumbre de no ver al amado también genera ansias el  hombre o en la mujer que, impacientes esperan este momento tan crucial y estamos hablando de un amor terrenal, ¿que será de ese amor que inflamaba el corazón de los apóstoles cuyo origen era divino? Ellos con esos deseos enormes como la tórtola en el cantar de los cantares llamaba al amado con sus gemidos lastimeros, así los discípulos llamaban al Señor quien no se hizo esperar cuando con mayor insistencia lo llamaban. Por eso nos dice el Evangelio: “Estando las puertas cerradas se apareció el Señor frente a sus discípulos” no dice el Evangelio que se apareció al mundo porque el mundo no le conoció, no al demonio porque este es su enemigo ni a la carne porque nada tiene que ver esta en el divino Salvador sino a sus discípulos por tal razón las puertas para estos tres enemigos permanecen serradas.
 Sobre lo segundo, es aquí donde las cesan ansias porque el deseo ha sido colmado, ya no son solo los rumores ahora es la realidad cesan las especulaciones ante la realidad presente y es lógica la reacción primera de los apóstoles pues nunca habían visto en sus vidas semejante milagro por el cual un muerto resucitase por virtud propia. No hay nada mas grande que colme los deseos de los hombres como la presencia de Nuestro Señor Jesucristo en nuestros corazones porque es su infinita misericordia la que aplaca nuestras ansias así como el agua colma la sed del sediento, pero no se contenta el sediento con tan solo mirar el agua le es necesario tomarla para que su sed quede colmada, así pasa con nuestro redentor y los discípulos, la caridad divina es quien se acerca a los corazones sorprendidos y como paralizados ante semejante visión.
Una vez satisfecho el deseo con la plenitud propia de Dios le es necesario concluir su obra y aquí está la tercera parte cuando Nuestro señor les dice: “Paz a vosotros". Y cuando esto hubo dicho, les mostró las manos y el costado y se gozaron los discípulos viendo al Señor” ¿Quién podría imaginar el gozo de los discípulos? Gozo justo y santo pues volver a tener la compañía del Maestro ante sí y en sus corazones no tiene explicación por eso dice San Juan que “se llenaron de gozo viendo al señor” una emoción sin límite porque en las cosas espirituales no hay límite sino aquel impuesto por el mismo Señor que atempera el gozo del alma porque sin este equilibrio divino sobre nuestra alma esta moriría ciertamente de emoción y no es la voluntad divina. El gozo les hace olvidar las vicisitudes del momento, le ahuyenta el miedo por el cual estaban atrincherados y les infunde un nuevo valor para pregonar al mundo la resurrección de su Maestro, por esto dice: “Como el Padre me envió, así también yo os envío”, pero no sin auxilio divino sin el cual no podrían hacer nada por esto prosigue el Evangelista: “Y dichas estas palabras, soplo sobre ellos, y les dijo: Recibid al Espíritu Santo…etc”. Si la presencia del Señor los lleno de gozo, mayor gozo recibieron al sentir la presencia de la tercera persona de la trinidad augusta en sus corazones que, a su vez los habilitaba para la gran misión de la evangelización del género humano. Fuerza que los sostendrá en lo más duro se sus combates fuerza por la cual darán sus vidas en testimonio de la resurrección de su querido Maestro, si ella no se hubiese divulgado la divina doctrina del Salvador hasta los últimos rincones de la tierra. Queda así cumplida mi intención en exponer los tres puntos planteados al principio d ese escrito solo restan unas cuantas palabras.

A todos los fieles católicos sencillos y humildes de corazón se nos participa esta aparición tan deseada por nuestras almas, a todos nos es de gran provecho el gozo, pero no a todos llega por desgracia solo aquellos que tienen bien dispuesta su alma pues Dios no mora en el corazón del que vive en pecado, tampoco en aquel cuya falta de humildad no le permite recibir al Señor ni tampoco a aquellos que no le desean con corazón ferviente manifestado en sus oraciones y en sus obras sino a los humildes de corazón, a los fervorosos en la oración y a los que, a pesar de sus flaquezas, debilidades, y miserias lo buscan como aquel leproso para ser sanados y encendidos en la caridad divina y en ella consumar sus vidas para mayor gloria de la santa y augustísima trinidad. Amen 

sábado, 22 de abril de 2017

LOS MÁRTIRES MEXICANOS


Párroco, Poeta, Sociólogo y Ermitaño
No creo que puedan reunirse frecuentemente en una misma persona  estos títulos, que corresponden de derecho al P. José María Robles, uno de los que forman la larga lista de los sacerdotes seculares que honraron sobre manera con su vida sacerdotal y su gloriosa muerte a nuestro abnegado clero mexicano.
Natural de Mascota, en el estado de Jalisco, después de unos brillantes estudios en el seminario de Guadalajara, fue ordenado de sacerdote en 1913.
Todos sus compañeros de seminario lo recuerdan con cariño, porque dotado por Dios de un gran núihero de cualidades, era brillante en sus estudios, delicado en sus sentimientos, modelo en su piedad, afable y cariñoso con todos, y con eso que se llama ' ;don de gentes" podía, sin esfuerzo ninguno, atraerse a todos, simpatizar con todos, alegrar a todos con su amena» conversación, servir a todos, como si para ello hubiera nacido.
Sus versos no tendrán el estro arrebatado y fulgurante que es producto de una fantasía brillante y exaltada; son la plácida expresión de su suave y profunda piedad hacia el amor de sus amores: Jesucristo, considerado especialmente en la manifestación de su Corazón Sacratísimo.
Es tu Corazón herido
mi divina hospedería;
con sus llagas, con su sangre,
se sustenta el alma mía.
Allí sana de sus males,
allí recobra el vigor,
allí olvida sus pesares,
allí se inflama de amor.
No una lanza; tus amores
te abrieron el Corazón.
¿Quién no vuela presuroso
a esa Divina mansión?
. . .En ella, Jesús, he entrado
para vivir prisionero.
Ciérrala, Jesús, por siempre,
que libertad, no la quiero.
Pero aquel enamorado de Jesucristo, bien sabía que el amor verdadero no está en las palabras, por hermosas que sean, sino en las obras.
Por eso desde el día feliz de su ordenación sacerdotal, se propuso hacer de su ministerio una verdadera empresa de conquista de las sociedades para el reinado de Jesucristo, y de las almas de sus hermanos, vivos templos del Espíritu Santo.
Por eso desde luego, como vicario de la parroquia de Nochistlán, al lado de otro futuro mártir de Cristo, el señor cura Román Adame, se esmeró en la práctica del ministerio parroquial: la administración de los sacramentos, la predicación de la palabra de Dios, la visita a los enfermos y el auxilio a los moribundos y la caridad con los afligidos y necesitados.
Mucho sintieron los buenos feligreses de Nochistlán su separación de aquella parroquia; pero el señor Arzobispo Orozco y Jiménez, de tan grata memoria, estimando en aquel joven sacerdote su celo apostólico y demás cualidades de piedad activa y abnegación incansable, lo llevó muy pronto a la importante parroquia de Tecolotlán, amplio campo en que podría realizar sus vivos anhelos de ser un abanderado de Cristo Rey, en la lucha contra el infierno y sus potestades.
Allí la continua práctica de la predicación, lo hizo llegar a ser un verdadero orador religioso, cuyos sermones atraían a la parroquia aun a los indiferentes, no precisamente porque en ellos encontraran una brillantez retórica, vana y deslumbrante, sino porque estaban llenos de doctrina, expuesta con sencillez y al alcance de todos; y la doctrina de Jesucristo, aun desprovista de galas retóricas, seduce, convence y conmueve profundamente a las almas.
Buen pastor andaba en busca de sus ovejas, que se habían extraviado, y a muchas volvió al redil, con sólo el encanto de su caridad y amable conversación y trato, evidentemente ayudados y robustecidos por la gracia de Dios.
No menos cuidaba de los cuerpos, que de las almas. Exponente moderno de la tradición caritativa de los grandes hijos de la Iglesia, con grandes afanes y luchas, dificultades pecuniarias y resistencias inesperadas de parte de algunos insensatos, logró restaurar y poner al servicio de los menesterosos, un antiguo hospital clausurado en el tormentoso pasado de nuestra patria, logrando que para la atención de él, se estableciera allí mismo una comunidad religiosa de abnegadas enfermeras, con su noviciado para la formación de tantas piadosas jovencitas, a quienes Dios llama en crecido número, con esa sublime vocación de caridad, entre el elemento femenino mexicano.
Los jóvenes de la parroquia no fueron olvidados por el emprendedor párroco, y a su vez fundó una especie de seminario menor o colegio, que él mismo dirigía y en el que le ayudaban otros celosos sacerdotes y maestros en la formación cultural y religiosa de los buenos muchachos.
Los obreros y campesinos, muy numerosos en la parroquia, eran una buena presa para las ideas socialistas y comunistas, que ya fermentaban por entonces en nuestro país. El padre Robles, alertado por las Encíclicas de León XIII, fijó en ellos muy especialmente su atención, y como para esa cuestión social, desde jovencito había comprendido que sólo la cristianización de las masas y sus consecuencias sociológicas son el remedio eficaz, logró fundar un sindicato cristiano, una obra mutualista y una cooperativa de consumo, en que agrupó a los trabajadores de la parroquia, lo que naturalmente le suscitó algunos enemigos entre los inficionados ya por el virus del comunismo destructor.
Prudente y previsor, cuidó también del futuro de esas obras sociales, y para dar participación en ellas a los seglares cristianos, de las clases directoras, fundó también un grupo local de la benemérita A.C.J.M. Ya sabemos cuál es el ideal, tanto de los fundadores, como de los miembros de esa Asociación. Adiestrar en el ejercicio de la doctrina social católica a tantos jóvenes que dispersarían sin fruto, y acaso con mucho daño suyo y de la sociedad esas gratísimas y ardientes energías de la juventud. En dicha asociación, unos a otros los jóvenes católicos, que tienen grandes aspiraciones para hacerse hombres útiles a la sociedad, se ayudan y se ilustran, se fortalecen con el ejemplo y la práctica de los Sacramentos, y se animan de todos modos a esa gran empresa e ideal. Ha de ser obra de ellos mismos, para que le tomen cariño, y el sacerdote asume tan sólo el cargo de Asistente Eclesiástico, para evitar desviaciones siempre posibles.
El P. Robles desempeñó su cargo con la prudencia, la seguridad y el celo que ponía en todas sus empresas.
Todas ellas, con ser tan numerosas, no le impedían, a fuerza de desvelos y abnegación, atender al culto divino, siempre magnífico en la iglesia de su parroquia; y a atender también como si fuera esa su única ocupación, a los feligreses de su vasta heredad religiosa.
Surgió de pronto, como sabemos, la persecución religiosa en nuestra patria. Los conspiradores contra el orden cristiano, comenzaron por todas partes a asesinar sacerdotes y fervorosos católicos, empeñándose en destruir el Reinado de Jesucristo, que iba restableciéndose lenta pero seguramente en nuestra República. Los prelados mexicanos se vieron en la dura y tristísima necesidad de suspender el culto público, para evitar catástrofes, y como probable motivo de reacción contra tantas impiedades.
Los fieles de Tecolotlán temieron por su párroco, y acudieron presurosos a ofrecerle sus moradas para que en ellas se guareciera, mientras pasaba la tormenta. Pero él no quería serles gravoso en manera alguna.
ni exponerlos al peligro de represalias de los enemigos de Jesucristo, por asilar en sus casas a un ministro de Dios; y se determinó a salir, sí, de su casa parroquial, para refugiarse en una agreste cueva de las cercanías de la ciudad comenzando así, gozoso, una vida de ermitaño, como en los heroicos principios de la Iglesia.
No quiere decir esto que abandonara a sus feligreses. No es buen pastor el que deja a sus ovejas a merced de los lobos. De su cueva montaraz hizo un centro de radiación de su celo apostólico, entrando ocultamente en la ciudad para impartir ya a unos, ya a otros, los auxilios espirituales y servir a Dios y a sus fieles con el culto privado.
Su cueva habitación, con las incomodidades que pueden suponerse, era su templo también. Allí decía su misa todas las mañanas, y después salía a recorrer los campos y las rancherías, bajaba a T'ecolotlán y continuaba en medio de grandes peligros su oficio pastoral.
Se había entregado por completo a Jesucristo, y así escribía: Es mi nave y es mi puerto tu Corazón, mi Jesús;
en la noche de mi vida
es perenne y viva luz.
¡Marche siempre generoso
a su divino fulgor,
ya me señale el Calvario,
ya me señale el Tabor!
Y en efecto, Jesucristo oyó su plegaria continua, y lo condujo por el Calvario del martirio, a la gloria del Tabor.
Uno de aquellos infelices agraristas, que, por el amor de las cosas de la tierra, se entregaron en cuerpo y alma a los servidores de la conspiración comunista, sin temor al castigo, que ya se está cumpliendo en nuestros mismos días (recuérdese el asunto de los "braceros"), pasaba cierta mañana, muy de madrugada, por las cercanías de la cueva, y le llamó la atención un grupo reducido de personas, que recatándose entre las sombras del crepúsculo matutino se encaminaban silenciosas hacia ella. Eran algunos fieles que iban a la misa del sacerdote, y a recibir la Sagrada Comunión.
Siguióles el malvado, y entró con ellos en la cueva, de donde salía un tibio y mortecino resplandor, el de las velas del altarcito. Así se dio cuenta del refugio del párroco de T'ecolotlán, y movido por Satán, salió presuroso para dar el soplo al coronel Calderón, de la guarnición militar callista de Tecolotlán.
Con una presteza verdaderamente diabólica, el coronel ordenó a un grupo de soldados le siguieran, y pronto llegó a la cueva, en donde ya comenzaba la misa el padre Robles. Echáronse sobre él, le arrancaron las vestiduras sacerdotales, y maniatándole le sacaron de sus agreste morada y capillita, para llevarlo a la cárcel del pueblo... ¡Porque iba a decir la Santa Misa, cosa prohibida por los conspiradores comunistas en el poder! Ya en la cárcel, el poeta párroco, escribió sus últimas endechas ofreciéndose a Jesucristo en holocausto:
Quiero amar tu Corazón
Jesús mío con delirio,
Quiero amarlo con pasión,
quiero amarlo hasta el martirio!
Con el alma te bendigo
¡Oh! Sagrado Corazón;
Dime ¿se llega el instante
de feliz y eterna unión? . . .
Tiéndeme, Jesús, los brazos
pues tu pequeñito soy;
de ellos al seguro amparo
a donde lo ordenes voy.
Al amparo de mi Madre
y de su cuenta corriendo,
ya tu pequeño del alma
vuela a tus brazos sonriendo . . .
Era el 26 de junio de 1927. Los esbirros de Calderón, por la mañana se presentaron en la cárcel, y dieron orden al padre Robles de que los siguiera. Para que ¡ no se les escapara! lo ataron de las manos, y a pie lo llevaron hasta un montecillo de la sierra de Quila, cercano a Tecolotlán; allí ya tenían cavada una fosa, y le dijeron al padre que lo iban a ahorcar, asombrándose los miserables del gozo que inundó su rostro al oír la noticia. Serena y piadosamente bendijo su propia sepultura. Volviéndose luego hacia Tecolotlán, que se divisaba allá abajo, levantó su mano para bendecir desde lejos a sus feligreses. Luego hizo lo mismo con los agraristas, que lo iban a matar, perdonándoles; bendijo la soga preparada para el suplicio, y él mismo se la puso al cuello, y por fin arrodillándose exclamó: "¡Tuyo, siempre tuyo, Corazón Eucarístico de Jesús; Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". . . Y los esbirros le suspendieron en la rama de un árbol.