GOTITA DE SANGRE
FINAL
¡Oh, mi
buen Jesús, eres toda una llaga viviente! ¡Oh, mi Señor, cómo desearía
ser hombre para padecer algo por ti! ¡Oh, Ángeles, vengan en auxilio de nuestro
Dios y Señor! Una voz serena y apacible se escucho en su interior:
--- ¡Oh,
compasiva criatura hechura de mis manos, agradezco mucho tus palabras pero es
necesario que padezca estos tormentos porque así lo pide la Justicia divina,
así lo pide el pecado que cometió el primer hombre prefiriendo a la criatura
que a su Dios; a la vez quiero demostrarle cuánto lo amo mediante esta flagelación
dolorosa y atroz!
Estas
palabras la consolaron. Mientras tanto la plebe, con renovada saña, seguía
torturando a Jesús. Ella no soportando por más tiempo tan inhumano suplicio con
sus alas se tapó sus ojitos. Luego se llevaron a Jesús quedando solo el lugar.
El pajarito voló hasta la columna y de ahí hasta el piso:
---
¡Cuánta sangre hay en el suelo y cuántos pedacitos de carne mezclados en ella!
Los reuniré en un lugar seguro. Con su pico y patitas reunió los pedacitos de
carne sin percatarse de que su plumaje se estaba tiñendo de rojo. Una vez
terminado su trabajo, no reparando en su cansancio, se fue directo al Calvario:
allá sin duda lo encontraría. Cuando llegó le estaban clavando la mano
izquierda a la cruz. Un enorme clavo atravesó su mano produciéndole un dolor
indescriptible. Brotó abundante sangre de ella. Como su mano derecha no llegaba
al hoyo, con una cuerda, se la ataron y tiraron sin miramiento de ninguna
índole descoyuntando el brazo hasta que llegó al orificio y otro clavo la atravesó.
Otro tercer clavo perforó sus pies. Todo lo sufrió en silencio, sin
recriminación alguna y sin maldecir a sus verdugos. Para humillarlo más lo
pusieron en medio de dos ladrones. El pájaro, ante espectáculo sin igual en la
historia de la humanidad, no se quedó quieto como en las anteriores ocasiones.
Llevado por el noble deseo de aligerar en algo los sufrimientos del Salvador,
voló hasta el vértice de la cruz, miro detenidamente a Jesús y, con voz
triste dijo:
--- ¿Con
esta muerte tan ignominiosa pagan todo lo que has hecho por ellos? ¿Qué forma
tan extraña y nueva utilizan los hombres para agradecer? ¡Oh, mi amado Jesús,
siento una profunda indignación contra estos hombres tan ingratos!
---
Avecilla querida, aleja tal indignación, son ciegos y no saben lo que hacen. Mi
corazón compasivo ya ha rogado por ellos ante mi Padre Eterno para que les
perdone este gran pecado. A este tormento atroz me refería cuando te lo
mencione allá donde me flagelaron. Si me apoyo en mis pies traspasados para
mitigar un poco los dolores de mis manos ciento un indescriptible dolor en
ellos y si levanto mi cuerpo apoyándolo en mis manos éstas se me desgarran
renovándose centuplicadamente los dolores en todo mi cuerpo; por más que los
hombres se los imaginen nunca tendrán una idea acabada de estos terribles
sufrimientos. He derramado casi toda mi sangre y una sed espantosa me devora.
¡Oh, criatura mía, a pesar de encontrarme inmerso en este piélago de grandes
sufrimientos quisiera padecerlos aún más intensos para salvar al mayor número
de almas para que no vayan a parar a aquel lugar de tormentos eternos llamado
infierno.
--- Señor
mío, con todo permítame aligerar en algo la pesada carga que injustamente
soporta. Sin esperar respuesta, voló a la mano derecha tratando de sacar con su
pico el clavo mientras la sangre de Jesús caía sobre su plumaje. Cansado y
desalentado voló a la otra mano, pero tampoco logró extraer el clavo y su
cuerpo se empapó de sangre. Finalmente, cansado, se paró cerca de su santísima
cabeza. Un escalofrío recorrió su cuerpo al ver cómo la corona de espinas se
hundía en ella. Dejando a un lado su cansancio se dio a la tarea de sacar
algunas espinas, buscó y encontró una manera fácil de extraerlas sin causarle
dolor alguno; tironeó de una y la tiró lejos. retornó al Calvario para reanudar
su tarea; pero Jesús levantando la cabeza pronunció aquellas memorables
palabras:
---
"Todo está consumado; Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" E
inclinando la cabeza expiró. La naturaleza entera se estremeció manifestando
dolor y luto por la muerte de su creador. Ante aquel fenómeno natural el
pajarillo quiso volar y esconderse pero luego pensó que no encontraría mejor
lugar sino en la cruz de Jesús y se quedo ahí. Cansado y triste por la muerte
de su Señor se durmió. El ruido de unos caballos lo despertó: eran los soldados
que, cumpliendo órdenes del procurador, venían a dar muerte a los ajusticiados
y a quitarlos de ahí antes de que anocheciera. Muy a su pesar se retiró de su
amado refugio. Los soldados cumplieron con su ingrato oficio sin muestras de
compasión alguna. Rompieron las piernas del primero, quien lanzo ayes de dolor;
luego lo hicieron con el buen ladrón, quien suspiró profundamente y expiró. Uno
de ellos miró atentamente a Jesús y, al comprobar que estaba ya muerto, con su
lanza asestó un golpe fuerte y seco al costado derecho del pecho del Salvador.
--- Pobre
Señor, se decía el pajarillo, aun después de muerto lo siguen ultrajando. Mas
¿para quién es esta afrenta dolorosa? No ciertamente para Él, pues ya está
muerto; sino para su santísima Madre. ¡Oh miserable hombre traspasaste dos
corazones intrínsecamente unidos, el del Hijo y el de la Madre; agregaste a los
dolores de su Madre otro dolor no menor a los que padeció durante la pasión de
su Hijo sintiendo ese golpe hasta la última fibra de su maternal corazón. ¡No
sufrió el Hijo, pero esta fue la gota que derramó el cáliz de amargura de la
madre! ¡Oh, María, perdónelos como su Hijo los perdonó antes de morir pues no
saben lo que hacen! Estas y otras reflexiones inundaban el corazón de la
avecilla, cuando vio cómo tres hombres, con suma delicadeza, bajaban el cuerpo
de Jesús de la cruz depositándolo en el regazo de su madre anegada en lágrimas,
quien a pesar de su inmenso dolor, no perdía su compostura y dignidad; su
rostro reflejaba una paz y tranquilidad en medio de ese mar de amargura en el
que se encontraba inmersa. Las disposiciones de su bendita alma no pasaron
inadvertidas por la avecilla y no aguantando se acercó a ella y con sus trinos
lastimeros, a su modo, le daba su más sentido pésame por la muerte de su
amadísimo Hijo. La Virgen santísima le dijo:
¡Oh,
avecilla del campo, mira cómo han dejado a mi Jesús! Este es aquel niño que en
mi seno virginal concebí, tiernamente alimenté y otras tantas lo recliné en mi
pecho. Ahora mira cómo han dejado su santísimo cuerpo desgarrado por los
azotes, amoratado por los golpes, agujereados sus pies y manos por los clavos y
esa corona cómo hundió sus espinas en su cabeza. Calla la madre adolorida
inclinando su bello y sereno rostro sobre el cuerpo exánime de su Hijo. La
avecilla reanuda su lúgubre trino como diciendo: ¿Qué lengua podrá describir o
qué entendimiento podrá comprender la profundidad de su dolor? Porque si bien
su Hijo padeció para satisfacer a la justicia divina y por compasión al hombre,
también lo hizo por su santísima madre y compasión mayor tuvo por el hombre al
dejársela como madre. La santísima Virgen María tocó la cabecita de la avecilla
en señal de profunda gratitud dándole permiso para retirarse del lugar. Ella
voló inmediatamente a una de las tantas fuentes con el fin de quitarse la
sangre que tenía del Salvador, se zambulló por unos minutos, pero grande fue su
sorpresa al comprobar que todo su plumaje hasta la cabecita, excluyendo el
copete, se tiñó de rojo oscuro semejando una gotita de sangre y su copetito
quedó de color negro.
Ahora
sabes por qué la avecilla es de color rojo oscuro. Cuando alguna vez la veas
acuérdate de la pasión de nuestro Señor y dale gracias a Él por la
misericordia que manifestó al dar su vida por nosotros.
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