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miércoles, 13 de diciembre de 2017

SUMA CONTRA LOS GENTILES Santo Tomás de Aquino


2.° PERFECCIÓN DE DIOS EN PARTICULAR
a) Perfección de la naturaleza
1. ° De la bondad divina (cc. 37 al 41). —Visto ya cómo las perfecciones divinas existen en Dios y se identifican, sigamos al Angélico en la exposición particular de alguna de ellas: bondad, unidad, infinitud, verdad, etc.
Las perfecciones particulares se pueden referir a la naturaleza o a sus operaciones. En cuanto a lo primero, Santo Tomás estudia la bondad, la unidad e infinitud. La bondad divina es considerada por Santo Tomás en sí misma y en relación a los demás seres. Respecto a lo primero, pregunta si la bondad conviene a Dios, para terminar afirmando que Dios es su misma bondad.
Dios es bueno (c. 37).
Trátase de la perfección del ente. El ente y el bien se identifican. Este bien tiene dos aspectos, que podríamos llamar psicológico y ontológico, respectivamente. En el primer aspecto se define el bien: ―Lo que todos los seres apetecen. En el segundo: ―Una cosa es buena cuando es perfecta. Este es el bien al que ahora nos referirnos, y que ha hecho que Santo Tomás no guarde el orden que lógicamente conviene a las perfecciones divinas; por lo que después de tratar de la perfección divina, y como quiera que de la perfección se viene al conocimiento del bien, pues bueno es lo perfecto, trata de la bondad de Dios; a continuación de la unidad. El mismo motivo le ha guiado en la ―Suma Teológica‖, donde trata de la perfección y de la bondad divina en las cuestiones 4, 5 y 6 de la primera parte. Hecha esta advertencia, oigan al Santo:
Probado que la bondad es una exigencia de la perfección, Santo Tomás pasa a demostrar que Dios, a fuer de perfecto, es bueno (c. 37). Aduce cuatro argumentos, dos de tipo metafísico: 1,) y 4); y otros dos de tipo psicológico: 2) y 4) en parte.
El 1) concluye: Dios es perfecto, luego es bueno: ―Aquello, en efecto, por lo que un ser se dice bueno, es su propia virtud; pues la ―virtud hace bueno al que la tiene y convierte en buena su operación‖. Pero la virtud es una perfección, pues decimos que un ser es perfecto cuando ha llegado a su propia virtud. Por consiguiente, un ser es bueno en cuanto es perfecto. Y de aquí que todo ser desee su propia perfección como su propio bien.
En estos argumentos queda más que probada la bondad divina, y no menos queda excluida de la naturaleza divina toda posible sombra de mal (c. 39). No hablamos del mal moral, sino del opuesto al bien metafísico. Pruebas: las ya aducidas. Dios es su misma bondad. Si en Dios pudiera darse cabida al mal, Dios podría dejar de ser, ya que lo que contraría a la esencia de uno no puede fundamentarse sino sobre el no ser del mismo, como la irracionalidad no puede apoyarse en el hombre sino en cuanto falla como tal. La esencia de Dios es la bondad, y todo lo que hay en Dios está esencialmente. En Dios no cabe imperfección ninguna. El mal es privación o la supone. En Dios no hay potencia, luego no hay privación.
Santo Tomás pasa a estudiar la bondad de Dios comparándola con la bondad de los demás seres (c. 40), para concluir diciendo que Dios es el sumo bien. Es decir, que en primer lugar estudia la divina bondad como principio de toda otra bondad y a continuación estudia la excelencia de la misma.
En cuanto a lo primero, hace notar como Dios es el bien de todo bien, sin que por ello tenga que contradecir a lo que dijo en el capítulo 27 de que Dios no era forma de ningún ser; por consiguiente, dejando en pie aquel capitulo y viéndonos precisados a buscar otra bondad distinta de la proveniente de la forma, ocurre distinguir entre bondad intrínseca, formal, y bondad extrínseca, bien sea efectiva, bien sea final o ejemplar. Dios, pues, es el bien de todo otro bien, en cuanto es causa del mismo y fin al que se ordena.
Tres argumentos: a) En Dios están todas las perfecciones de los seres..., luego todas las bondades. Porque la bondad no es sino la perfección del ser.
b) Todo es imagen de la bondad divina, porque es el único bueno por esencia, al paso que lo demás lo es por participación, y lo que es ―tal‖ por participación es ―tal‖ porque tiene semejanza con quien es ―tal‖ por esencia.
c) Dios es el fin de todo ser. El bien tiene razón de apetecible, de deseable, y todo lo deseable lo es bajo la razón de fin, bien sea total, bien parcial; luego el fin último, Dios, tiene en sí toda la razón de bien de todos los seres.
Excelencia de la bondad divina.—Aquí toma el Angélico la palabra excelente en su sentido vulgar y llano. Excelente es todo lo que por un concepto u otro sobresale.
La bondad divina sobresale, sobrepuja por encima de toda otra bondad por muchas razones, entre las que Santo Tomás, escoge estas cuatro: a) La bondad divina es a las demás lo que el universal al particular. Lo universal es más excelente que lo particular. El bien común es más digno que el particular.
b) Lo predicado esencialmente tiene más de bondad que lo predicado accidentalmente o por participación.
c) Todo es bueno por lo que de Dios ha recibido.
d) En Dios no cabe el mal ni en acto ni en potencia.
2.° De la unidad divina (c. 42).—Ya vimos por que motivo Santo Tomás infringió el orden lógico de este tratado, anteponiendo la bondad a la unidad. Ahora, una vez demostrado que Dios es el bien sumo, a cuya bondad participada deben los demás seres el ser bueno, concluye lógicamente la unidad de dicho orden.
Santo Tomás dedica un largo capítulo a la bondad divina.
Después de leído este capítulo, uno se apercibe que propiamente no se trata de la unidad de Dios, por la que Dios se predicaría indiviso en sí y distinto de todo otro ser. No. Sino de la unicidad de Dios. Esto quiere decir que el titulo de este capítulo no debería traducirse por ―Dios es uno, sino por este otro: ―Sólo hay un Dios ―Dios es único, pues vemos que Santo Tomás al final del capítulo se hace eco del politeísmo y del dualismo; errores ambos que atacan la trinicidad divina y, por ende, claro está, su unidad; cosa que no se verificaría a la inversa, pues si lo único es uno, lo uno no es único; v. gr., cualquier ser es uno en si y, no obstante, puede no ser único dentro de su género o especie, al paso que único quiere decir que, dentro de su naturaleza, género o especie, sólo existe él y no hay otro.
Exposición filosófica de Santo Tomás. Para nuestro Doctor, esta verdad es indiscutible después de todo lo dicho en los capítulos anteriores.
Muchas son las razones con las que se puede demostrar dicha verdad. En la ―Suma Teológica‖ nos da tres: 1) su simplicidad; 2) su perfección infinita; 3) la unidad del mundo (1, q. 2, a. 3).
Puede demostrarse por cada uno de los atributos a que nos conducen las cinco vías de Santo Tomás, como lo ha probado el P. Muñiz (introd. a la cuestión 11 de la. 1.a p., B. A C., p. 358).
En este capítulo es donde Santo Tomás ha recogido más argumentos en pro de la unicidad de Dios. Pone como introducción la conclusión del capítulo anterior: Dios es sumo bien. Si es sumo, es único; pues lo sumo no puede convenir a dos, como es natural.
Dios es absolutamente perfecto, luego único, porque, en caso contrario, su perfección es idéntica a la de otro u otros dioses..., y, por lo tanto, no hay distinción posible entre ellos, y es absurdo admitir la pluralidad de dioses.
3) Cuando con uno hay bastante, las cosas se hacen peor si se ponen muchos a hacerlas. Todos los seres pueden ordenarse a uno; luego no multipliquemos los entes sin necesidad.
4) El movimiento continuo y regular es inútil atribuirlo a varios motores a la vez, pues o mueven al compás y equivalen en este caso a un solo motor perfecto, suponiendo que no lo sea en si; o no mueven a la par, en cuyo caso uno se mueve cuando está el otro parado, movimiento alterno, irregular; luego hemos de admitir un solo motor que esté siempre en movimiento; de lo contrario, alguna vez no movería, y alguna vez no habrá movido. Sería irregular y alterno su movimiento. El movimiento primero, según los filósofos (VIII Physicorum‖, c. 7 y ss.), es regular y continuo; luego el primer motor tuvo que ser único, etc.
3.° De la infinitud de Dios (c. 43).—Secuela de la unicidad divina es la infinitud o ilimitación. Dios, al ser único, no encuentra límites, no puede encontrarlos. El encontrarlos equivaldría a no ser único, pues otro igual o superior a él seria quien delimitara su ser, su operación.
Infinito, signo negativo de significación positiva, es aquello que no tiene límites o término; puede carecer de término en absoluto, y puede carecer respecto a sólo determinado género de seres. Santo Tomás prueba con diez argumentos que carece en absoluto de limites. En ellos explica de qué clase de infinitud se trata y cómo conviene a Dios.
Primeramente centra el problema distinguiendo entre infinitud multitudinaria y de cuantidad o continuidad, ambas corporales; por consiguiente, no atribuibles a Dios, que es uno y espiritual, e infinitud de grandeza espiritual.
Admitiendo esta infinitud como única posible en Dios, el Santo subdistingue infinitud de poder o virtud e infinitud de bondad de naturaleza y de perfección, toda vez que la virtud o potencia es la expresión activa de la naturaleza. Y, supuesta la afirmativa en pro de la tesis, el Angélico avanza más y nuevamente distingue entre infinitud privativa e infinitud negativa.
Por la primera entiende nuestro Santo aquella infinitud predicable de cantidad dimensiva o numeral, que de suyo debe tener limites y que precisamente cuando se le substraen dichos limites connaturales llámase infinita; suponiendo, por consiguiente, dicha infinitud sin forma que la delimite, determine, le dé el ser.
Infinitud negativa es aquella que no reconoce límite ninguno a su perfección. Esta es suma y todo lo trasciende. Esta es la que predicamos de Dios, y que Santo Tomás prueba con diez argumentos, que dejamos a la consideración del atento lector.
b) Perfección de las operaciones divinas
Prosiguiendo su labor lógicamente, el Angélico, después de ofrecernos un tratado sobre la existencia divina y otro sobre la naturaleza de Dios y un tercero sobre la perfección del ser divino, y como quiera que al ser sigue el obrar, nos brinda con el tratado de las operaciones.
El principio o la causa se estudia antes que el efecto, pero aquello encierra en sí la necesidad de exponer éste; y porque toda operación sigue al ser, si Dios es una naturaleza viva, ha de tener sus operaciones, cuyo estudio aborda aquí.
El conocimiento que de Dios tenernos lo alcanzamos por sus efectos. De aquí que atribuyamos a Dios todo cuanto de bueno, de perfecto, hay en las criaturas. De éstas las más perfectas son las espirituales; lo que nos permite concluir: Dios es espíritu. Ahora bien, la criatura espiritual goza de dos potencias: entendimiento y voluntad; luego Dios tiene entendimiento y voluntad. Además, una de las criaturas espirituales—nos referimos a la criatura humana—tiene ciertas prolongaciones debidas a dichas perfecciones, dado el contacto que tiene con la materia; son las pasiones y las virtudes. ¿Tiene Dios pasiones? ¿ Tiene virtudes?
Como en el hombre, en Dios— causa—el querer sigue al en tender, porque la voluntad es una potencia ciega que se adhiere al objeto que se le presente como tal. Nadie puede presentárselo sino el entendimiento. De aquí aquel aforismo filosófico: ―Nada es querido si antes no ha sido conocido‖. Así se explica el que Santo Tomás estudie este apartado de las operaciones divinas, para seguir con la voluntad, que son manifestaciones de vida, y terminar estudiando la misma vida divina (c. 97). Este es el orden del Angélico.
Mientras que Santo Tomás en la ―Suma Teológica‖ trata de la ciencia de Dios (contenido), aquí nada dice de la ciencia, sino que detiene su atención sobre el inteligente (sujeto) y al articulo ―si hay en Dios ciencia‖ (1, q. 14, a. 1) corresponde el capítulo 44. Dios es inteligente.
Vamos a exponer por partes el tratado de la ciencia de Dios, tratado quizás que más polémicas ha suscitado a lo largo de la historia de la teología, y que nosotros ladearemos, por no ser propio de una breve introducción suscitar cuestiones adormecidas, aunque como a cuestiones problemáticas no les debemos negar la ocasión de un mayor esclarecimiento.
Desde luego que da la impresión de que Santo Tomás, al escribir su ―Contra Gentes‖, escribiría una especie de guión de la ―Suma Teológica‖, por lo que aquí trata sucintamente problemas a los que allí concede una mayor extensión. Pueden cotejarse, por ejemplo, los capítulos que traemos entre manos y las cuestiones 14 a la 18 de la primera parte de la ― Teológica‖.
Según trae Santo Tomás en este capítulo 44, el nombre de Dios, ―Theos‖ en griego, proviene de ―Theaste‖, que significa ver, mirar. Todas las gentes, aun los paganos que admitían un sinnúmero de dioses menores, inconscientes o ciegos, reconocían la existencia de uno principal entre todos, a quien nada se escondía de cuanto sucedía por el mundo.
1.° Potencias intelectuales. — A) Entendimiento. Exposición filosófica de Santo Tomás sobre la existencia de conocimiento o de ciencia en Dios.
Para probar la existencia de Dios arrancábamos de un dato universal, de algo que se diera en todo género de cosas, v. gr., el movimiento de la potencia al acto, del ser esto al ser aquello.... la eficacia, etc. Como esto era una propiedad común veníamos a la conclusión de un motor inmóvil, de una causa primera, de un ser necesario. Pues bien, establecida ya la existencia de Dios, nos vemos obligados a usar de un proceso inverso para probar sus diversos atributos. Así, partiremos del principio asentado de la existencia de un motor inmóvil, de un ser necesario, de una primera causa; para probar que Dios es inteligente, tiene amor, es infinito, etc. No puede parecer peregrino este proceso. Santo Tomás lo ha empleado muchas veces, tanto en la ―Suma contra Gentes‖ como en la ―Suma Teológica‖ y demás obras. La razón es clara. No podemos probar la existencia de Dios sino por sus efectos. Conocida la existencia, ignoramos su esencia. Se impone, por consiguiente, reanudemos nuestras lucubraciones filosóficas allí donde las hemos cortado.



lunes, 11 de diciembre de 2017

Confesiones de San Agustín



No quieras esconderme tu rostro. Muera yo para que no muera y para que lo vea.
6. Angosta es la casa de mi alma para que vengas a ella: sea ensanchada por ti. Ruinosa está: repárala. Hay en ella cosas que ofenden tus ojos: lo confieso y lo sé; pero ¿quién la limpiará o a quién otro clamaré fuera de ti: De los pecados ocultos líbrame, Señor, y de los ajenos perdona a tu siervo? Creo, por eso hablo. Tú lo sabes, Señor. ¿Acaso no he confesado ante ti mis delitos contra mí, ¡oh Dios mío!, y tú has remitido la impiedad de mi corazón? No quiero contender en juicio contigo, que eres la Verdad, y no quiero engañarme a mí mismo, para que no se engañe a sí misma mi iniquidad. No quiero contender en juicio contigo, porque si miras a las iniquidades, Señor, ¿quién, Señor, subsistirá? VI, 7. Con todo, permíteme que hable en presencia de tu misericordia, a mí, tierra y ceniza; permíteme que hable, porque es a tu misericordia, no al hombre, que se ríe de mí, a quien hablo. Tal vez también tú te reirás de mí; mas vuelto hacia mí, tendrás compasión de mí.
Y ¿qué es lo que quiero decirte, Señor, sino que no sé de dónde he venido aquí, me refiero a esta vida mortal o muerte vital? No lo sé. Mas me recibieron los consuelos de tus misericordias según he oído a mis padres carnales, del cual y en la cual me formaste en el tiempo, pues yo de mí nada recuerdo. Me recibieron, digo, los consuelos de la leche humana, de la que ni mi madre ni mis nodrizas se llenaban los pechos, sino que eras tú quien, por medio de ellas, me dabas el alimento aquel de la infancia, según tu ordenación y los tesoros dispuestos por ti hasta en el fondo mismo de las cosas.
Tuyo era también el que yo no quisiera más de lo que me dabas y que mis nodrizas quisieran darme lo que tú les dabas, pues era ordenado el afecto con que querían darme aquello de que abundaban en ti, ya que era un bien para ellas el recibir yo aquel bien mío de ellas, aunque, realmente, no era de ellas sino tuyo por medio de ellas, porque de ti proceden, ciertamente, todos los bienes, ¡oh Dios!, y de ti, Dios mío, proviene toda mi salud.
Todo esto lo conocí más tarde, cuando me diste voces por medio de los mismos bienes que me concedías interior y exteriormente. Porque entonces lo único que sabía era mamar, aquietarme con los halagos, llorar las molestias de mi carne y nada más.
8. Después empecé también a reír, primero durmiendo, luego despierto. Esto han dicho de mí, y lo creo, porque así lo vemos también en otros niños; pues yo, de estas cosas mías, no tengo el menor recuerdo.
Poco a poco comencé a darme cuenta dónde estaba y a querer dar a conocer mis deseos a quienes me los podían satisfacer, aunque realmente no podía, porque aquéllos estaban dentro y éstos fuera, y por ningún sentido podían entrar en mi alma. Así que agitaba los miembros y daba voces, signos semejantes a mis deseos, los pocos que podía y cómo podía, aunque verdaderamente no se les asemejaban. Mas si no era complacido, bien porque no me habían entendido, bien porque me era dañino, me indignaba: con los mayores, porque no se me sometían, y con los libres, por no querer ser mis esclavos, y de unos y otros me vengaba con llorar.
Tales he conocido que son los niños que yo he podido observar; y que yo fuera tal, más me lo han dado ellos a entender sin saberlo que no los que criaron sabiéndolo.
9. Mas he aquí que mi infancia hace tiempo que murió, no obstante que yo vivo. Mas dime, Señor, tú que siempre vives y nada muere en ti porque antes del comienzo de los siglos y antes de todo lo que tiene «antes», existes tú, y eres Dios y Señor de todas las cosas, y se hallan en ti las causas de todo lo que es inestable, y permanecen los principios inmutables de todo lo que cambia, y viven las razones sempiternas de todo lo temporal-, dime a mí, que te lo suplico, ¡oh Dios mío!, di, misericordioso, a este mísero tuyo; dime, ¿acaso mi infancia vino después de otra edad mía ya muerta? ¿Será ésta aquella que llevé en el vientre de mi madre? Porque también de ésta se me han hecho algunas indicaciones y yo mismo he visto mujeres embarazadas.
Y antes de esto, dulzura mía y Dios mío, ¿qué? ¿Fui yo algo en alguna parte? Dímelo, porque no tengo quien me lo diga, ni mi padre, ni mi madre, ni la experiencia de otros, ni mi memoria. ¿Acaso te ríes de mí porque deseo saber estas cosas y me mandas que te alabe y te confiese por aquello que he conocido de ti?
10. Te confieso, Señor de cielos y tierra, alabándote por mis comienzos y mi infancia, de los que no tengo memoria, más que concediste al hombre conjeturar de sí por otros y que creyese muchas cosas, aun por la simple autoridad de mujercillas. Porque al menos era entonces, vivía, y ya al fin de la infancia buscaba con qué dar a los demás a conocer las cosas que yo sentía.
¿De dónde podía venir, en efecto, tal ser viviente, sino de ti, Señor? ¿Acaso hay algún artífice de sí mismo? ¿Por ventura hay algún otro conducto por donde corra a nosotros el ser y el vivir, fuera del que tú causas en nosotros, Señor, en quien el ser y el vivir no son cosa distinta, porque eres el sumo Ser y el sumo Vivir? Sumo eres, en efecto, y no te mudas, ni camina por ti el día de hoy, no obstante que por ti camine, puesto que en ti están, ciertamente, todas estas cosas, y no tendrían camino por donde pasar si tú no las contuvieras. Y porque tus años no mueren, tus años son un constante «hoy». ¡Oh, cuántos días nuestros y de nuestros padres han pasado ya por este tu Hoy y han recibido de él su medida y de alguna manera han existido, y cuántos pasarán aún y recibirán su medida y existirán de alguna manera! Mas tú eres uno mismo y todas las cosas del mañana y más allá, y todas las cosas de ayer y más atrás, en ese Hoy las haces y en ese Hoy las has hecho.
¿Qué importa que alguien no entienda estas cosas? Que éste de todos modos se goce diciendo: ¿Qué es esto? Que éste se goce aun así y desee más hallarte no indagando que indagando no hallarte.
VII,11. Escúchame, ¡oh Dios! ¡Ay de los pecados de los hombres! Y esto lo dice un hombre, y tú te compadeces de él por haberlo hecho, aunque no el pecado que hay en él.
¿Quién me recordará el pecado de mi infancia, ya que nadie está delante de ti limpio de pecado, ni aun el niño cuya vida es de un solo día sobre la tierra? ¿Quién me lo recordará? ¿Acaso cualquier pequeñito o párvulo de hoy, en quien veo lo que no recuerdo de mí? ¿Y qué era en lo que yo entonces pecaba? ¿Acaso en desear con ansia el pecho llorando? Porque si ahora hiciera yo esto, no con el pecho, sino con la comida propia de mis años, deseándola con tal ansia, justamente se reirían de mí y sería reprendido. Luego, eran dignas de reprensión las cosas que yo hacía entonces; mas como no podía entender a quien me reprendiera, ni la costumbre ni la razón aguantaban que se me reprendiese. La prueba de ello es que, según vamos creciendo, extirpamos y arrojamos estas cosas de nosotros, y jamás he visto a un hombre cuerdo que al tratar de limpiar una cosa arroje lo bueno de ella.
¿Acaso, aun para aquel tiempo, era bueno pedir llorando lo que no se podía conceder sin daño, indignarse amargamente las personas libres que no se sometían y aun con las mayores y hasta con mis propios progenitores y con muchísimos otros, que, más prudentes, no accedían a las señales de mis caprichos, esforzándome yo, por hacerles daño con mis golpes, en cuanto podía por no obedecer a mis órdenes, a las que hubiera sido pernicioso obedecer? ¿De aquí se sigue que lo que es inocente en los niños es la debilidad de los miembros infantiles, no el alma de los mismos? Yo vi yo y experimenté cierta vez a un niño envidioso. Todavía no hablaba y ya miraba pálido y con cara amargada a otro niño compañero de leche suyo. ¿Quién hay que ignore esto? Dicen que las madres y nodrizas pueden conjurar estas cosas con no qué remedios. Yo no sé que se pueda tener por inocencia no aguantar al compañero en la fuente de leche que mana copiosa y abundante, al [compañero] que está necesitadísimo del mismo socorro y que con sólo aquel alimento sostiene la vida. Sin embargo se toleran indulgentemente estas faltas, no porque sean nulas o pequeñas, sino porque se espera que con el tiempo han de desaparecer. Por lo cual, aunque lo apruebes, si tales cosas las hallamos en alguno entrado en años, apenas si las podemos llevar con paciencia.
XI,17. Siendo todavía niño oí ya hablar de la vida eterna, que nos está prometida por la humildad de nuestro Señor Dios, que descendió hasta nuestra soberbia; y fui marcado con el signo de la cruz, y se me dio a gustar su sal desde el mismo vientre de mi madre, que esperó siempre mucho en ti.
Tú viste, Señor, cómo cierto día, siendo aún niño, fui presa repentinamente de un dolor de estómago que me abrasaba y me puso en trance de muerte. Tú viste también, Dios mío, pues eras ya mi guarda, con qué fervor de espíritu y con qué fe solicité de la piedad de mi madre y de la madre de todos nosotros, tu Iglesia el bautismo de tu Cristo, mi Dios y Señor. Se turbó mi madre carnal, porque me daba a luz con más amor en su casto corazón en tu fe para la vida eterna; y ya había cuidado, presurosa, de que se me iniciase y purificase con los sacramentos de la salud, confesándote, ¡oh mi Señor Jesús!, para la remisión de mis pecados, cuando he aquí que de repente comencé a mejorar. En vista de ello, se difirió, mi purificación, juzgando que sería imposible que, si vivía, no me volviese a manchar y que el reato de los delitos cometidos después del bautismo es mucho mayor y más peligroso.
Por este tiempo creía yo, creía ella y creía toda la casa, excepto sólo mi padre, quien, sin embargo, no pudo vencer en mí el ascendiente de la piedad materna para que dejara de creer en Cristo, como él no creía.
Porque mi madre cuidaba solicita de que tú, Dios mío, fueses padre para mí, más que aquél. En eso tú la ayudabas a triunfar sobre él, a quien servía, no obstante ser ella mejor, porque en ello te servía a ti, que así lo tienes mandado.
18. Mas quisiera saber, Dios mío, te suplico, si tú gustas también de ello, por qué razón se difirió entonces el que fuera yo bautizado; si fuera para mi bien el que aflojaran, por decirlo así, las riendas del pecar o si no me las aflojaron. ¿De dónde nace ahora el que de unos y de otros llegue a nuestros oídos de todas partes: «Déjenle que haga lo que quiera; que todavía no está bautizado»; sin embargo, que no digamos de la salud del cuerpo: «Dejadle; que reciba aún más heridas, que todavía no está sano»? dados y los de los míos se hubieran empleado en poner sobre seguro bajo tu tutela la salud recibida de mi alma, que tú me hubieses dado!
XIII,20. ¿Cuál era la causa de que yo odiara las letras griegas, en las que siendo niño era imbuido? No lo sé; y ni aun ahora mismo lo tengo bien claro. En cambio, las latinas me gustaban con pasión, no las que enseñan los maestros de primaria, sino las que explican los llamados gramáticos; porque aquellas primeras, en las que se aprende a leer, a escribir y a contar, no me fueron menos pesadas y enojosas que las letras griegas.
¿Mas de dónde podía venir aun esto sino del pecado y de la vanidad de la vida, por ser carne y viento que camina y no vuelve? Porque sin duda que aquellas letras primeras, por cuyo medio podía llegar, como de hecho ahora puedo, a leer cuanto hay escrito y a escribir lo que quiero, eran mejores, por ser más útiles, que aquellas otras en que se me obligaba a retener los errores de no sé qué Eneas, olvidado de mis errores, y a que llorara a Dido muerta, que se suicidó por amores, en circunstancias que mientras tanto, yo mismo muriendo a ti en aquellos [amores], con ojos débiles, toleraba mi extrema miseria.


Siria: ¿La Casa Blanca de luto?


Obviamente Donald Trump no está apesadumbrado por los más de mil rohingyas que han sido asesinados por el régimen de Myanmar y los trescientos mil desplazados, pese a que le corresponde a él con la Comunidad Europea resolver y detener este genocidio ya que dicho país es su protectorado. Nadie más puede intervenir con posibilidad de solución.
Su luto y el de los complejos militar industrial se debe a que el Ejército Árabe Sirio (EAS), junto con aliados, cada vez con mayor intensidad expulsan de la nación a los grupos mercenarios creados por la Casa Blanca y permiten prever que serán derrotados aquellos que permanezcan allí.
Este duelo se debe, además, a que todos los movimientos de independencia como Hezbolá y de movilización popular, contra los cuales ha combatido EE.UU., se erigen victoriosos. También incrementa su pesar que Irán, siempre con la frente en alto, adquiere presencia internacional como figura de mesura y respeto. Junto a ello, pese a sancionar una y otra vez a Rusia, ésta ha sido garante de que el terrorismo sea extirpado tanto en Siria como Irak, continuando con el apoyo incondicional a quien lo pida para este fin noble.
La aflicción de la Casa Blanca y el Pentágono es coherente puesto que el cadáver del terrorismo en determinadas naciones les hace rezar por su resurrección. Esto es relativamente factible en la medida que pudiesen fracturar a Siria e Irak a través del financiamiento y logística al componente kurdo y a las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), con el fin de insistir en su república autónoma. En esta dirección, también han conformado la unidad de “rebeldes moderados” en un supuesto nuevo Estado sirio, coordinando la fusión de 43 grupos armados “moderados” cuyo objetivo será enfrentarse al gobierno de Bashar al-Assad, al pueblo kurdo y supuestamente a Daesh por ser terrorista. Lo extraño es que conformarán un ejército dirigido por Ahrar al Sham, órgano terrorista del Frente Al-Nusra, financiado y provisto militarmente por países que apoyan la violencia salafista como son Turquía y Catar.

Los estertores del Estado islámico se oyen claramente, aunque el régimen estadounidense sigue colaborando al extraer varios líderes de Deir Ezzor y facilitar el nombramiento de nuevos dirigentes, especialmente al fallecer por bombardeos el “gobernador”, Abú Muhammad Al-Shimali, y el “emir de la muerte” o ministro de guerra de dicha organización takfirí.
Se conoce que EE.UU., además de crear Daesh y Al Qaeda, siempre construye nuevos referentes para que luchen por sus propios intereses sin involucrarse directamente como gobierno, pese a ser descubierto diariamente como financista y logístico del terror. En dicho sentido, cabe mencionar que la Coalición Internacional ha sido una carta escondida jugada por el régimen estadounidense para apoyar a los grupos mercenarios.
Cada vez se conoce con mayor claridad el papel que ha jugado y lo sigue haciendo en contra del ejército libertador, sus aliados, los civiles y el territorio. Se sabe que dicha Coalición se formó en octubre de 2014 por el Mando Central de los EE.UU., acoplando una alianza militar de 60 países neoliberales, para destruir supuestamente a la organización terrorista Estado Islámico (Daesh, ISIS, EIIL), en una operación llamada “Resolución Inherente”. Esta liga opera en Irak, Siria, apoya a Arabia Saudí en Yemen, sin ser llamados ni autorizados por dichos gobiernos, es decir, por fuera de toda legalidad y en forma de ocupación tránsfuga no reconocida por el Consejo de Seguridad de la ONU.
No obstante manifestar el rol antiterrorista, su ejecución ha sido diferente ya que la información reciente da cuenta que este 4 de septiembre, desoyendo el clamor internacional para que el régimen estadounidense cese la masacre de civiles en Siria, han asesinado nuevamente en otra jornada “civilizadora” para la ciudad siria de Al-Raqa, afectando el distrito Al-Naim. La suma actualmente es superior a seis mil personas “neutralizadas”.
Las cifras horrorizan: miles de niños, mujeres, ancianos, destrozados, desfigurados, amputados, exterminados, bajo la figura de error bélico, lo que no explica la tecnología y conocimiento aplicado en dichas condiciones. Cabe destacar las recientes masacres de la Coalición en un hotel con más de 70 víctimas, amén de una boda con 300 personas acribilladas, más cientos de civiles en Raqa y otras ciudades, sumadas a los ataques “no deseados” a fuerzas armadas sirias, iraquíes y yemeníes. Es decir, crímenes de guerra de lesa humanidad provocados por un terrorismo selectivo.
Por ello, cada vez se hace más fuerte la voz que reclama justicia por los “daños colaterales” (asesinatos) que genera la Coalición Internacional, la cual aplica una sentencia de muerte continua sobre los países donde ejerce su autoridad sin control internacional. Bajo el sofisma de atacar a los takfiríes, su papel ha sido desarrollar una estrategia imperial basada en tres principios: sostener la vigencia de Daesh y Al Qaeda como aliados innombrables, aunque necesarios; propiciar el caos mortal y desmembrar a dichos países; apoyar con armas y logística a las fuerzas kurdas para estimular su secesión de Irak o al nuevo Estado sirio. En síntesis, mantener su control armado de regiones que no desean la intervención estadounidense.
La consecuencia de tan atroz comportamiento se refleja en el clamor de líderes honestos y pueblos inmensos que reclaman castigo a personajes tan nefastos como George Bush, Aznar, Tony Blair, Obama, Trump, Rajoy, entre otros, pues son germen del homicidio extensivo.

Cabe a los gobiernos soberanos desnudar a dichos personajes, denunciar los planes de la OTAN de integrarse a dicho complot, detener en el campo de batalla a los terroristas de estos regímenes y seguir insistiendo en que el diálogo y la transparencia son los únicos métodos que los seres humanos pueden emplear como resolución, sin desconocer que la condena será ejemplo mundial para todos aquellos que creen en la aniquilación como método de la solución final para la Humanidad.


sábado, 9 de diciembre de 2017

EL CORAZÓN ADMIRABLE DE LA MADRE DE DIOS. SAN JUAN EUDES



§ 8. ALTAR DE LOS HOLOCAUSTOS
La séptima cosa digna de destacarse que yo veo en el Templo de Salomón, es el Altar de los Holocaustos.
San Agustín (31), San Gregorio el Grande (32), y otros muchos Santos Padres, dicen que este altar era la figura de los corazones de todos los Santos, que son los verdaderos altares sobre los que Dios es honrado por los sacrificios espirituales que allí se ofrecen noche y día a su Divina Majestad.
¿Pues si esto es verdad de los corazones de los Santos, cuanto más del Santísimo Corazón de la Madre del Santo de los Santos (9) Este es el verdadero altar de los holocaustos, dice el ilustre Juan Gerson (33), sobre el cual el fuego sagrado del divino amor siempre ha estado encendido día y noche.
San Agustín advierte que como habla allí en el templo de Salomón dos altares...
Siendo esto así, podemos decir que estos dos, altares del templo de Jerusalén eran una pintura de los dos altares que hay en el templo más santo que jamás hubo, después del templo de la sagrada humanidad del Hijo de Dios, es decir, en la Santísima Virgen. ¿Cuáles son estos dos altares? Son el Corazón de su alma y el Corazón de su cuerpo, de los que ya se ha hablado, en otra parte.
Estos dos altares con todas sus pertenencias y dependencias, es decir, con todos los sentidos interiores y exteriores del cuerpo y con todas las facultades de la parte superior e inferior del alma, estuvieron siempre consagrados a Dios con la consagración más santa que imaginarse pueda, después de la humanidad deifica del Salvador.
En estos dos altares, o más bien en este altar (porque estos dos Corazones no son más que un solo Corazón y un solo altar), la Madre del Sumo Sacerdote ofreció incesantemente a Dios sacrificios de amor, de alabanza, de acción de gracias, de holocausto, de expiación por los pecados del mundo, y toda clase de sacrificios.
Sobre este altar sacrificó a Dios todas las cosas de este mundo y todas las creaturas que hay en el universo, como otras tantas víctimas diferentes como veremos en otro lugar. En este altar sacrificó a Dios su ser, su vida, su cuerpo, su alma, todos los pensamientos, palabras y acciones, todo el uso de sus sentidos y de sus potencias, y en general todo lo que ella era, todo, lo que tenia, todo lo que podía. En este altar ofreció a su Divina Majestad el mismo sacrificio que su Hijo Jesús le ofreció en el Calvario.
Este adorable Salvador no se sacrificó a su Padre más que una vez en el Altar de la Cruz; mas su Santa Madre lo inmoló diez mil veces en el Altar de su Corazón, y este mismo Corazón fue como el Sacerdote que lo inmoló, y él mismo se inmoló con él. De suerte que se puede decir que este Corazón admirable desempeñó el oficio de Sacerdote en este sacrificio, y ocupó en él el lugar de la víctima y el altar. ¡Oh, qué honor no se debe a este Santo Sacerdote!, ¡qué respeto a esta preciosa víctima!, ¡qué veneración a este sagrado altar! Bendito seáis, oh Dios de mi corazón, por haber consagrado a gloria de vuestra adorable Majestad este dignísimo altar. Haced también, si os place, que nuestros corazones sean otros tantos santos altares en que os ofrezcamos un continuo sacrificio de alabanza y de amor.
§ 9. EXHORTACIÓN
Después de esto, no tengo que decirte sino una cosa sobre esta materia. Y es, que te conjuro querido hermano, que te acuerdes que el Espíritu Santo te dice y te repite muchas veces, por boca de San Pablo, que tu cuerpo y tu corazón son el templo del Dios Viviente, y que consideres que este templo está consagrado a la Santísima Trinidad con una consagración mucho más excelente y más santa que lo es la
consagración de los templos materiales. Aunque los templos, dice San Agustín, hechos de piedra y de madera por manos de hombres sean santos, sin embargo los templos de nuestros corazones, edificados por la propia mano Ve Dios, son mucho más preciosos y más santos(34). La razón es porque están consagrados solamente con algunas oraciones y ceremonias; y éstos con muchos y grandes sacramentos, es decir, con el sacramento del Bautismo, con el sacramento de la Confirmación, con el sacramento de la Eucaristía, y si eres eclesiástico, con el sacramento del Orden. Y por esto, si no está permitido emplear ninguna de las cosas que pertenecen a los templos materiales para un uso diferente del que mire al honor de Dios, a menos de hacerse, creo, una especie de sacrilegio: mucho menos puedes emplear, sin hacerte culpable, ninguno de los pensamientos y afectos de tu corazón sino es para el servicio y la gloria de aquel a quien está consagrado en calidad de templo.
Graba estas verdades en lo más profundo de tu alma, y que ellas te lleven a conservar este templo en la pureza y santidad que convienen a la casa de todo un Dios; a adornarlo con las ricas tapicerías de las divinas gracias; a embellecerlo con las santas imágenes de la fe, de la esperanza, de la caridad, de la humildad, de la obediencia, de la paciencia, de la mansedumbre y de todas las demás virtudes; y a obrar de suerte que este mismo templo de tu corazón, con todas sus dependencias y pertenencias, es decir, con todos los sentidos exteriores e interiores de tu cuerpo y con todas las facultades de tu alma, esté todo él empleado en honrar al que lo hizo y lo consagró personalmente a gloria de su Divina Majestad.
XI° Undécima imagen de santísimo Corazón de la bienaventurado Virgen, que es el horno de los tres Jóvenes israelitas.
§ 1. SÍMBOLO Y REALIDAD
La undécima imagen del Corazón admirable de la Santísima Madre de Dios, es este Horno milagroso que se halla descrito en el capítulo III de la profecía de Daniel. Porque San Juan Damasceno y muchos otros santos Doctores, nos aseguran que es una figura de la bienaventurada Virgen y de su Corazón virginal; y que el fuego que ardía en este horno no era más que una sombra y pintura del celestial que abrasó siempre el pecho sagrado de la Madre de amor: He aquí sus palabras: ¿No es verdad, dice, hablando con ella, que este horno que estaba lleno de un fuego ardiente y refrescante al mismo tiempo, te representa con toda verdad, y que era una excelente figura de este fuego divino y eterno que escogió tu Corazón para hacer de él su casa y su morada? .
Pero tal vez me diga alguno, ¿cómo es que una cosa tan noble y tan santa como el Corazón de la Reina del cielo, puede estar representada por este horno de Babilonia, que es obra de la impiedad y de la crueldad de Nabucodonosor? Mas ¿no sabes tú que en general todas las cosas que pasaban a los israelitas eran sombras y figuras de las grandes y maravillosas cosas que debía haber en el Cristianismo y en el Padre y la Madre de los Cristianos? Verdad es que este horno era efecto de la impiedad y del furor de Nabucodonosor; mas el designio de la Divina Providencia, sin cuyo mandato y permisión nada se puede hacer, era hacer aparecer allí la grandeza de su poder y las maravillas de su bondad con la protección milagrosa de sus amigos; como también darnos en este horno una hermosa imagen del augustísimo Corazón de la Reina del cielo, verdadero horno de amor y de caridad.
§ 2. LAS SIETE LLAMAS DE AMOR
Esta es la cualidad que le atribuye San Bernardino de Sena (2), al declararnos que todas las palabras que pronunció la Madre del Verbo Divino y que nos relata el Santo Evangelio, son otras tantas llamas de amor que salieron de este horno de amor. Habló siete veces, dice este Santo Doctor, la primera vez con el Arcángel Gabriel, cuando le dijo: ¿Cómo puede ser que yo sea madre de un Hijo estando resuelta a vivir y morir virgen? La segunda vez, con el mismo Arcángel, cuando le declaró su sumisión a la voluntad de Dios diciendo: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. La tercera vez, con Santa Isabel, cuando la saludó. La cuarta vez, con la misma Santa, cuando pronunció este maravilloso cántico de alabanza a Dios: Mi alma glorifica al Señor, etc. La quinta vez, con su Hijo Jesús cuando al hallarle en el templo, después de haberle buscado durante tres días, le habló de esta manera: Hijo mío, ¿por qué has obrado así con nosotros? Tu padre y yo te estábamos buscando con dolor. La sexta vez, con este mismo Hijo cuando, para manifestarle la necesidad de los que daban el banquete de las bodas en Caná de Galilea, le dirigió estas palabras: No tienen vino. La séptima vez, con los que servían este banquete, cuando les advirtió, refiriéndose a su Hijo: Haced lo que él os diga.
Estas siete palabras añade San Bernardino, son como siete llamas, y siete llamas de amor, que salieron del horno del Corazón de la Madre de Jesús.
La tercera es una llama de amor comunicante, que induce a la Madre del Salvador a visitar a la madre del Precursor de su Hijo, para derramar su Corazón en el de ella, para comunicar y tratar con ella las cosas que aprendió del Ángel; y para hacer a la madre y al hijo participes de la plenitud del espíritu y de la gracia de que ella estaba repleta, mediante la virtud de su voz, la bendición de las palabras que le dijo al saludarla, y las conversaciones que con ella tuvo a lo largo de tres meses.
La cuarta es una llama de amor jubiloso, que colma el Corazón de la Madre de Dios de un gozo inconcebible, a vista de las grandes cosas que Dios realizó en ella y que le hizo pronunciar estas divinas palabras: Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu está arrebatado en gozo de Dios mi Salvador.
La quinta es una llama de amor gozoso. Representante de una madre que sólo tiene un hijo, a quien ama infinitamente; la cual ha biéndole perdido y buscado con mucho dolor por espacio de tres días, después de haberle encontrado y habérsele quejado amorosamente por la pena que sufrió con su ausencia, goza de un contento tanto más dulce y más agradable por la posesión de su muy amado tesoro, cuanto la amargura y la angustia que pasó por su privación fueron más sensibles.
La sexta es una llama de amor compasivo ante la indigencia y necesidad del prójimo.


viernes, 8 de diciembre de 2017

¿ES NECESARIA LA PURIFICACION PASIVA PARA ELIMINAR LOS DEFECTOS MORALES? (continuación)



Aquí lo que en otra parte hemos escrito: si no le fuera posible librarse de ellos, esos defectos ya no serían voluntarios, y por consiguiente no serían impedimento para la perfección."
Responderemos que Santo Tomás evita esa manera simplista y superficial de considerar las cosas, cuando afirma (I, II, q. 68, a. 2) la necesidad de los dones del Espíritu Santo y de sus correspondientes inspiraciones para salvarse y alcanzar la perfección. Y más arriba hemos visto que en forma alguna admite que los dones tengan, aquí en la vida, dos modos específicos distintos, ordinario el uno y el otro extraordinario, como el de las gracias gratis data.
No es posible al alma librarse de ciertos defectos morales, sino mediante la docilidad a las inspiraciones especiales del Espíritu Santo, y sería falso de toda falsedad decir que si el alma no puede librarse de ellos sin estas inspiraciones especiales, "estos defectos ya no serían voluntarios y por consiguiente tampoco serían obstáculo a la perfección".
Los dones del Espíritu Santo son otorgados a todos los justos precisamente para que acepten con docilidad esas inspiraciones especiales, cuya modalidad sobrehumana se manifiesta cada vez más palpable, si el alma es dócil.
Santo Tomás expresa en propios términos (I, II, q. 68, a. 2, ad 3): "Rationi humanae non sunt omnia cognita, ñeque omnia possibilia sive accipiatur ut perfecta perfectione naturali, sive accipiatur ut perfecta. virtutibus theologicis. Unde non potest quantum ad omnia repeliere stultittam et alia hujusmodi de quibus ibi fit mentio. Sed ille cujus scientix et potestad omnia subsunt, sua motione ab omni stultitia, ignorantia, hebetudine, duritia et cceteris hujusmodi nos tutos reddit. Et ideo dona Spiritus Sancti, quae faciunt nos bene seqüentes instinctum ipsius dicuntur contra hujusmodi defectus dari."
Sostenemos pues que las inspiraciones especiales del Espíritu Santo son necesarias para que el alma se vea purificada de tal rudeza, de la insensatez, de la simpleza espiritual, y así de otros defectos que no solamente se oponen a la perfección psicológica, sino a la perfección moral. Sin la docilidad progresiva a estas inspiraciones especiales del Espíritu Santo, el alma no será purificada a fondo del egoísmo más o menos inconsciente que en ella se encuentra, y que se mezcla, en forma de negligencia indirectamente voluntaria, a muchos de nuestros actos y a no pocas omisiones más o menos culpables.
Decir que la purificación pasiva no es necesaria para la perfecta pureza moral, sería negar la necesidad de la purificación pasiva de la voluntad; esa purificación que impide que el interés humano bastardee los actos de esperanza y de caridad C1).
Recordemos aquí lo que escribió Santa Teresa en su Vida, c. xxxi (Obras, t. i, p. 257): "Ven en todos los libros que están escritos de oración y contemplación poner cosas que hemos de hacer para subir a esta dignidad.... un no se nos da nada que digan mal de nosotros, antes tener mayor contento que cuando dicen bien; una poca estima de honra; un desasimiento de sus deudos...; otras cosas de esta manera muchas, que a mi parecer las va de dar Dios, porque me parece son ya bienes sobrenaturales, o contra nuestra natural inclinación."
Sabido es el sentido que la Santa da a estas palabras. Por lo demás, repetidas veces afirma que el progreso en las virtudes acompaña normalmente al de la oración, y que una profunda humildad es de ordinario el fruto de la contemplación infusa de la infinita grandeza de Dios y de nuestra miseria. Y esto no es cosa accidental, sino el desenvolvimiento normal de la vida interior.
En cuanto a San Juan de la Cruz, es evidente que para él la purificación pasiva es necesaria para la purificación perfecta de la voluntad, Basta recordar lo que dice de los defectos que hacen necesaria la purificación pasiva de los sentidos y del espíritu: Noche oscura, 1. I, c. ir al ix y 1. II, c. i y u. En estos últimos capítulos habla de las "fallas o lunares del viejo hombre que quedan todavía en el espíritu, como herrumbre que no desaparece sino bajo la acción de un fuego intenso". Entre los defectos de los adelantados que tienen necesidad de "la fuerte lejía de la noche del espíritu", habla de la rudeza, de la impaciencia, de un secreto orgullo, de un egoísmo inconsciente que hace que muchos usen, con miras un tanto personales, los bienes del espíritu, lo cual los introduce en el camino de las ilusiones. Y eso es una falta de pureza, no sólo psicológica, sino moral.
En fin, es muy cierto que para San Juan de la Cruz esa purificación pasiva (que es de orden místico) y la contemplación infusa de los misterios de la fe, están en el camino normal de la santidad; puesto que dejó escritas estas dos proposiciones que en sus obras son capitales (Noche oscura, 1. I, c. vm): "La noche o purgación sensitiva es común y acaece a muchos, y éstos son los principiantes"; siendo pues pasiva, pertenece no al orden ascético sino al místico. Ibíd., 1. II, c. xiv: "Los adelantados se encuentran en la vía iluminativa; ahí alimenta Dios al alma y la fortalece por la contemplación infusa."
Sin lugar a dudas, San Juan de la Cruz ha querido notar aquí, no una cosa accidental, sino los fenómenos que se producen normalmente, en el camino de la santidad, en un alma verdaderamente dócil al Espíritu Santo, mientras esa alma no se eche atrás en las pruebas.
Mantenemos pues lo que siempre hemos enseñado sobre esta materia.
Es por lo demás lo mismo que han enseñado los teólogos del Carmen. Felipe de la SSma. Trinidad y Antonio del Espíritu Santo dicen expresamente: "Debent omnnes ad supernaturalem contemplationem aspirare.(Todos deben aspirar a la contemplación sobrenatural) Debent omnes, et máxime Deo specialiter consecrate animae, ad actualem fruitivam unionem cum Deo aspirare et tendere: Todos deben aspirar a la contemplación sobrenatural o infusa (estos teólogos dan idéntico sentido a las dos últimas palabras”…
En fin, José del Espíritu Santo ( 3 ) , lo hemos notado ya en diferentes ocasiones, ha escrito; "Si se toma la contemplación infusa en el sentido de rapto, de éxtasis o de favores semejantes, entonces no podemos  entregarnos a ellos, ni pedirlos a Dios, ni desearlos; pero en cuanto a la contemplación infusa en si misma, como acto de contemplación (prescindiendo del éxtasis que accidentalmente le puede acompañar), aunque ciertamente no podamos esforzarnos por alcanzarla por nuestra propia industria o actividad, nos es lícito aspirar a ella, desearla ardientemente y pedirla a Dios con humildad." El mismo autor añade aún ( L ) ; "Eleva Dios ordinariamente —solet elevare— a la contemplación infusa al alma que se ejercita con fervor en la contemplación adquirida. Ésta es la doctrina común, quod omnes docent."
Jamás dijimos nosotros cosa distinta; y ésa es indudablemente la doctrina de San Juan de la Cruz, en absoluto acuerdo con lo que'nos ha legado Santo Tomás sobre los siete dones del Espíritu Santo conexos con la caridad, y que, a título de hábitos infusos, crecen con ella; no se concibe pues sin ellos y sin las inspiraciones especiales a los cuales nos hacen dóciles, la plena perfección de la vida cristiana,
ARTÍCULO QUINTO
LA GRACIA ACTUAL Y SUS DIVERSAS FORMAS
Conviene recordar: 1°, la necesidad de la gracia actual; 2°, sus diversas formas; 3°, en qué consiste la fidelidad a la gracia.
NECESIDAD DE LA GRACIA ACTUAL
Aun en el orden natural, ningún agente creado obra ni opera sin el concurso de Dios, primer motor de los cuerpos y de los espíritus. En este sentido dice San Pablo en su discurso del Areópago: "No está Dios lejos de cada uno de nosotros, porque en él vivimos, nos movemos y somos" (Act. A p . , XVII, 28).
Con mayor razón, en el orden sobrenatural, para realizar los actos de las virtudes infusas y de los dones tenemos necesidad de una moción divina que se llama la gracia actual.
Es esta una verdad de fe contra los pelagianos y semipelagianos, que, sin esa gracia, no nos es posible ni disponernos positivamente a la conversión, ni perseverar mucho tiempo en el bien, ni, sobre todo, perseverar hasta la muerte.
Sin la gracia actual, no nos es dado realizar el menor acto de virtud ni mucho menos llegar a la perfección. En este sentido dijo Jesús a sus discípulos: "Sin mí no podéis hacer
cosa alguna" (Juan, xv, 5); y San Pablo añade que en el orden de la salvación, "no somos capaces, por nosotros mismos ni de un solo pensamiento", y que "es Dios quien opera en nosotros el querer y el obrar", actualizando nuestra voluntad sin violentarla. Él mismo es el que nos concede el estar dispuestos a la gracia habitual y realizar actos meritorios. Cuando Dios corona nuestros méritos, corona sus propios dones, dice también San Agustín. La Iglesia lo ha repetido muchas veces en los Concilios.
Ésta es la razón por la que hay que orar siempre. La necesidad de la oración se funda en la necesidad de la gracia actual. Fuera de la primera gracia que nos fue concedida sin que orásemos, ya que ella es el principio mismo de la oración, es una verdad cierta que la oración es el medio normal, eficaz y universal, mediante el cual dispone Dios que obtengamos todas las gracias actuales de que tenemos necesidad.
He aquí por qué Nuestro Señor nos inculca, con tanta frecuencia, la necesidad de la oración, para conseguir la gracia: "Pedid y recibiréis; buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama se le abrirá". Esta necesidad de la oración, para obtener la gracia actual, nos la recuerda, sobre todo, cuando se trata de resistir a la tentación: "Vigilad y orad, para que no entréis en la tentación; el espíritu está alerta, pero la carne es débil". Hemos de reconocer, cuando oramos, que Dios es el autor de todo bien y que, de consiguiente, la confianza que no se apoye en la oración, es presuntuosa y vana.
También el Concilio de Trento nos dice, empleando los mismos términos que San Agustín: "Dios jamás ordena lo imposible, pero al darnos un precepto, nos exige que hagamos lo que está en nuestra mano hacer, y que pidamos aquello que no podemos; y él mismo nos ayuda para que lo podamos"; igualmente nos ayuda con su gracia actual, a rogar. Hay, pues, gracias actuales que sólo podemos obtener mediante la oración.
Nunca se insistirá lo suficiente sobre este punto, porque muchos principiantes, llenos, sin saberlo, de un cierto pragmatismo práctico, como lo estaban los pelagianos y semipelagianos, se imaginan que con voluntad y energía, aun sin la gracia actual, es posible llegar a todo. Pronto les demuestra la experiencia la profunda verdad de las palabras de Nuestro Señor: "Sin mí, no podéis hacer nada", y de las de San Pablo: "Dios es quien opera en nosotros el querer y el obrar"; preciso es pues pedirle la gracia actual, para observar, y observar cada vez mejor, los mandamientos; sobre todo el supremo precepto del amor a Dios y al prójimo.




Resolución 181: el número de vergüenza que ocupó Palestina



El 29 de noviembre de 1947, la ONU aprobó una de las resoluciones más ominosas que se tenga memoria de este ente internacional: la antipalestina Resolución 181.

El 29 de noviembre del año 1947, la naciente Asamblea General de las Naciones Unidas, reunida en Nueva York, con 33 votos a favor, 13 en contra y 10 abstenciones, aprobó la Resolución N° 181. 

Una resolución cuyos 70 años se conmemoran en el marco de una fuerte ofensiva sionista por impedir la autodeterminación del pueblo palestino. Una conmemoración que nos obliga a recordar, que unos meses antes de esta fecha infausta, el Reino Unido, aliada del sionismo y pronta a terminar su mandato en Palestina sometió a consideración de la Asamblea General de las Naciones Unidas la llamada “cuestión Palestina” - constatando con ello que ese territorio pertenecía a un pueblo que tenía ese nombre – Dicha acción tuvo su inicio en el primer período extraordinario de sesiones de la Asamblea General, celebrada en el mes de abril del año 1947.

Victimismo y compensación inclinan la balanza

Para tal fin, se constituyó una Comisión Especial para Palestina (UNSCOP) conformada por 11 miembros: Canadá, Checoeslovaquia, Guatemala, Holanda, Perú, Suecia y Uruguay, que  recomendaron la creación de dos Estados separados, uno árabe y uno judío, con Jerusalén bajo administración internacional. Australia se abstuvo y la India, Irán y Yugoeslavia aprobaron la creación de un único Estado que incluyera ambos pueblos. Sin duda, en aquel tiempo, primaba un clima político  internacional occidental donde el sentimiento de culpa ante la pasividad que se tuvo ante el nacionalsocialismo y los crímenes contra los judíos, inclinó la balanza hacia la división en dos Estados con un estatuto internacional especial para la ciudad de Al-Quds (Jerusalén).

La decisión de esta Comisión, mostró el peso del lobby sionista,  que ya había comenzaba a operar en Estados Unidos, El Reino Unido y Francia, principalmente. Como también pudo comprobar la influencia,  que el crónico victimismo sionista tendría a partir de esa fecha, operando con una política de chantaje basado en “su sufrimiento”, particular y excluyente, como si otros pueblos no tuvieran el mismo derecho a exigir un trato especial. Los aliados del sionismo se entregaron por entero  a la tarea de hacer realidad la infausta Declaración Balfour, para dotar así de un hogar a colonos judíos, a costa de los derechos de la población palestina en los territorios, que el mito teológico tenía destinado al autodenominado “pueblo elegido”.

La determinación de la dirigencia sionista – concepto que uso y aconsejo usar ampliamente y que tanto molesta a los defensores de esta ideología criminal – fue el de avanzar en el pisoteo de los derechos del pueblo palestino, que tenía como marco el “compensar” al sionismo por la suerte corrida por millones de judíos a manos del régimen nacionalsocialista en la Segunda Guerra Mundial. Idea que no tiene en cuenta el enorme sufrimiento de otros millones de seres humanos: soviéticos, gitanos, enfermos mentales, prisioneros aliados, como también alemanes opositores a Hitler. Se comenzaba a tejer así lo que los propios judíos más críticos del sionismo denominan el síndrome del “dispara y llora” que tantos réditos económicos, militares y territoriales le ha concedido al régimen israelí desde su instauración el año 1948.

Para el analista Jonathan Cook, este extraño discurso “sólo se puede descifrar si comprendemos los dos temas, aparentemente contradictorios, que han acabado dominando el paisaje emocional de Israel. El primero es la creencia visceral de que Israel existe para realizar el poder judío; y el segundo es el sentimiento igualmente fuerte de que Israel encarna la experiencia colectiva del pueblo judío como víctima eterna de la historia. A los propios israelíes no les pasa completamente desapercibido este paradójico estado mental, y a veces se refieren a él como “el síndrome de dispara y llora”.

En su segundo período ordinario de sesiones, la Asamblea General y tras dos meses de deliberaciones aprobó la resolución 181 (II) con 29 de noviembre de 1947, en ella se aprobó con muy escasas modificaciones el plan de Partición con la Unión Económica propuesto por la mayoría de los miembros de la Comisión Especial para Palestina. En este Plan de Partición, adjunto a la Resolución N° 181 se establecía:

El término del mandato británico sobre Palestina.
La retirada gradual de las fuerzas militares británicas en la zona.
El establecimiento de límites fronterizos entre los futuros Estados y con Al-Quds como zona especial.
En lo específico la Resolución N° 181 consignaba la creación de un Estado Palestino y un Estado Judío, teniendo como fecha probable de dicha instalación el 1 de octubre del año 1948. La idea era dividir a Palestina en ocho partes: tres para el hipotético Estado Palestino y tres para el judío. La séptima parte establecía la creación de un enclave palestino – la ciudad de Jaffa – en el territorio judío asignado por la ONU. Y, la octava parte - Al-Quds – estaría administrada por un Consejo de Administración Fiduciaria de las Naciones Unidas. De los 13 votos en contra de una ONU conformada en ese entonces por 53 naciones, los diez estados árabes, unánimemente, votaron en contra.

Esta oprobiosa solución jurídica internacional  suponía la resolución de un conflicto, que había llegado a un punto de difícil solución vista la presencia y llegada incesante de colonos sionistas a territorio palestino, que contaban con la complicidad y el apoyo político, económico y militar  de Estados Unidos y El Reino Unido. La expiación occidental,  no sólo iba por la dirección de buscar soluciones a las pretensiones sionistas a costa del pueblo palestino, sino que representaba una decisión vergonzosa y criminal de expolio a un pueblo,  para  apoyar la idea de la instalación de un “hogar nacional judío” bajo criterios absurdos  y claramente desequilibrados.

Efectivamente la partición propugnada por la ONU entregaba a manos judías el 54% del territorio más rico de Palestina en recursos naturales y acuíferos, contando  sólo con el 33% de la población  - 600 mil colonos llegados de Europa en las operaciones de  la Aliá implementadas por el sionismo – dejando el 46% restante a 1.300.000 palestinos que constituían el 67% de la población y que poseían, hasta ese momento, el 94,2 % de las tierras. Más de 400 aldeas palestinas quedaban dentro de los límites que se quería otorgar al sionismo, las mejores tierras cultivables y que el día de hoy constituyen la Palestina histórica.

Una asimetría, una injusticia y un proceder que marcaría de allí en adelante la instalación de uno de los regímenes segregacionistas más criminales de la historia. Una entidad, que  a contrapelo de sus propios sufrimientos comenzaría a implementar un sistema de apartheid y una forma de colonialismo brutal, racista, basado en el crimen y en el despojo que lo ha hecho un símil del nacionalsocialismo, cuya víctima principal ha sido el pueblo palestino. Cruel paradoja de la historia el terminar convertido en un clon de sus victimarios un nacionalsionismo.

El mencionado cuerpo legal de la ONU  generó el marco jurídico internacional aprovechado por un régimen reaccionario, colonialista, y racista. Un sionismo que había dado muestras más que suficientes de su conducta criminal con relación al pueblo palestino, mediante su política explicitada públicamente de “judaizar y desarabizar” Palestina. El sionista de origen polaco David ben Gurion señalaba el año 1937 “Debemos expulsar a los palestinos y tomar sus lugares” y el año 1948 previo a la instalación de la entidad sionista sostenía “Debemos utilizar el terror, el asesinato, la intimidación, la confiscación y el corte de todos los servicios sociales para deshacernos de la población palestina”.
Por su parte, para el fundador de la extremista Legión Judía durante la Primera Guerra Mundial, el ruso Zeev Jabotinsky afirmaba “No hay alternativa, los palestinos deben ceder la tierra para los judíos. Ningún autóctono abandona su tierra por voluntad propia, por lo tanto debemos utilizar la fuerza, expulsar a los palestinos”. Para el Alemán Shlomo Lahat, miembro del movimiento terrorista judío Hagan  y quien llegó a ser general de Israel “Nosotros debemos matar a los palestinos, a menos que ellos acepten vivir como esclavos” A confesión de parte relevo de pruebas.

Una resolución con bases falsas

La Resolución N° 181 pretendía dar, supuestamente,  término al conflicto suscitado por la política de colonización, que bajo el marco protector de la corona británica y la infausta Declaración Balfour de noviembre del año 1917 había comenzado a desarrollarse en Palestina y que a partir del derrumbe del imperio otomano había quedado bajo el denominado mandato británico, concretando los Acuerdos Syket-Picot.

La disposición legal de la ONU, que a todas luces pasaba por alto los derechos del pueblo palestino, otorgaba tierras a colonos judíos europeo y concedía un marco legal espurio a la primera fragmentación de Palestina,  que tras el término del mandato británico en la zona – en mayo del año 1948  -  declararía una independencia artificial. Y menciono este concepto de espurio, de adulteración pues ¿de qué podría independizarse el sionismo si ocupaba una tierra que no le pertenecía? Una tierra habitada por millones de seres humanos, que constataron con asombro la complicidad criminal entre colonos, la ONU y países occidentales, que avalaron este acto criminal con consecuencias que afectan al pueblo palestino y al región de Oriente Medio hasta el día de hoy.

Los palestinos en particular y los pueblos árabes en general, en forma unánime rechazaron la Resolución N° 181, con justa razón, frente al atropello y  robo señalando la necesidad de cambiar dicha decisión, so pena de generar una situación de tensión y posible conflicto en la zona. El argumento era claro y concreto: la resolución N° 181 infringía “las disposiciones de la Carta de las Naciones Unidas, en cuya virtud se reconocía el derecho de los pueblos a decidir sobre su propio destino. A este respecto, dijeron que la Asamblea había hecho suyo el Plan en circunstancias indignas de las Naciones Unidas y que los árabes de Palestina se opondrían a cualquier plan de división, segregación o partición de su país o en el que se concediesen derechos y estatutos especiales y preferenciales a una minoría”.

Los sionistas aceptaron la Resolución 181 –con ciertos reparos en función de sostener que “merecían mucho más de lo que se les otorgaba” –. El día 14 de mayo, un día antes del término del Mandato británico en Palestina, Londres retiró sus tropas de Palestina permitiendo que el ente sionista proclamara la creación de un Estado tan artificial como criminal en el territorio concedido en el plan de partición de noviembre del año 1947. Dicha declaración desató, lógicamente, las hostilidades de los Estados árabes que se oponían a la instalación de una entidad Sionista en el seno del mundo árabe.

La Guerra de 1948, sustentada en la superioridad militar israelí, dotada de armas modernas, aviación, artillería y blindados cedidos por las potencias occidentales, con un ejército bien entrenado por el Ejército británico durante el Mandato de Palestina,  en función del trabajo político y militar con sus organizaciones extremistas como la Haganá, Irgún y Lehi;  derrotaron a las mal armadas y aún inexpertas fuerzas árabes. Recordemos que más de 30 mil judíos asentados en Palestina sirvieron en las fuerzas armadas británicas durante la Segunda Guerra Mundial.

Ya el año 1941, mientras cientos de miles de judíos eran masacrados sin resistencia en Europa,  las fuerzas británicas junto a miembros de los grupos extremistas judíos en Palestina fundaron  la denominada Plugot Májatz -. Compañías de ataque, dedicada al entrenamiento intensivo de comandos con formación también en liderazgo político y militar y que serviría de sustento, para la conformación del ejército sionista que enfrentó a los pueblos árabes el año 1948. Ninguno de esos efectivos participó en actividad bélica alguna que permitiera detener la matanza de sus hermanos a manos del nacionalsocialismo y que eran llevados al matadero como corderos al sacrificio. Simplemente, las fuerzas extremistas sionistas en Oriente Medio se entrenaron para masacrar al pueblo palestino. Parte de esta comedia del “Dispara y llora”.

Efectivamente, tras la declaración del nacimiento de la entidad sionista en mayo del año 1948, mediante el expolio y la masacre de la población palestina, el sionismo logró apoderarse del 80% del territorio y expulsar a 800 mil palestinos en lo que se denomina la Nakba –la catástrofe– Los festejos sionistas se trasladaron a los pasillos de Washington, París y Londres, que consolidaban así una punta de lanza para su proyectos imperialistas. Ya contaban con una herramienta política y militar que ha sido su aliado fundamental hasta el día de hoy en los afanes hegemónicos de la Guerra Fría, como del mundo surgido del derrumbe del campo socialista. Y, para esos fines, la Resolución N° 181 de noviembre del año 1947 sirvió como base jurídica para la vergüenza y la infamia. La ONU debe una reparación histórica y reconocer  que la Resolución N° 181 representa un hecho vergonzoso e infame en la historia de esta organización internacional, ya que  la limpieza étnica de Palestina se catalizó tras adoptarse el ominoso plan de partición.