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miércoles, 28 de diciembre de 2016

Ite Missa Est

28 DE DICIEMBRE

LOS SANTOS INOCENTES

                          

Después de la festividad del Discípulo amado viene la de los santos Inocentes: la cuna del Emmanuel, junto a la que hemos venerado al Príncipe de los Mártires y al Aguila de Patmos, aparece hoy ante nuestra vista, rodeada de una graciosa cohorte de niñitos vestidos de túnicas blancas como la nieve y con verdes palmas en sus manos. El Niño divino les sonríe; es su Rey, y toda esa pequeña corte sonríe también a la Iglesia de Dios. La fortaleza y la fidelidad nos han llevado ya ante el Redentor; la inocencia nos invita hoy a quedarnos junto al pesebre. Herodes quiso envolver al Hijo de Dios en una matanza de niños; Belén oyó los lamentos de las madres; la sangre de los recién nacidos inundó la reglón entera; pero todos estos conatos de la tiranía no lograron afectar al Emmanuel; sólo consiguieron enviar al ejército celeste una nueva leva de Mártires'. Estos niños tuvieron el insigne honor de ser inmolados por el Salvador del mundo; pero, momentos después de su sacrificio, les fueron reveladas repentinamente alegrías próximas y futuras muy superiores a las de un mundo que pasaron sin conocerle, Dios,, copioso en misericordia, no exigió de ellos más que el sufrimiento de algunos minutos; y se despertaron en el seno de Abrahán libres y exentos de toda otra prueba, puros de toda mancha mundana, llamados al triunfo como el guerrero que da su vida para salvar la de su jefe. Su muerte es, pues, un verdadero Martirio, y por eso la Iglesia los honra con el bello título de Flores de los Mártires, a causa de su tierna edad y de su inocencia. Tienen, por tanto, derecho a figurar hoy en el ciclo, a continuación de los dos esforzados campeones de Cristo que ya hemos celebrado. San Bernardo, en su sermón sobre esta fiesta, explica admirablemente la conexión de estas tres solemnidades: "En el bienaventurado Esteban, dice, tenemos reacción y la voluntad del martirio; en San Juan, solamente la voluntad, y en los santo Inocentes sólo el hecho del martirio. Pero ¿quién dudará de la corona alcanzada por estos niños? Preguntaréis ¿Dónde están los méritos para esta corona? Preguntad más bien a Herodes qué crimen cometieron para ser así asesinados. ¿Habrá de vencer la crueldad de Herodes a la bondad de Cristo? Ese rey impío pudo matar a estos inocentes niños; ¿y Cristo no habría de poder coronar a los que sólo por su causa murieron? Esteban fue, Mártir a los ojos de los hombres que fueron testigos de su Pasión voluntariamente padecida, hasta el punto de rogar por sus mismos enemigos, mostrándose más sensible al crimen de ellos que a sus propias heridas. Juan fue mártir a los ojos de los Ángeles, que siendo criaturas espirituales, vieron las disposiciones de su alma. En verdad, también fueron Mártires tuyos, oh Dios, aquellos cuyo mérito no fue visto, ciertamente, por los hombres ni por los Ángeles, pero a quienes un favor especial de tu gracia, se encargó de enriquecer. De la boca de los recién nacidos y de los niños de pecho te has complacido en hacer brotar tus alabanzas. ¿Cuáles? Los Ángeles cantaron: ¡Gloría a Dios en las alturas; y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad! Alabanza sublime sin duda, pero que no será completa hasta que Aquel que ha de venir diga: Dejad que los niños se acerquen a mí, porque el reino de los cielos es de quien a ellos se parece; paz a los hombres, aun a aquellos que todavía no tienen el uso de la razón: ése es el misterio de mi misericordia." Dios se dignó hacer, con los Inocentes sacrificados por causa de su Hijo, lo que hace diariamente en el sacramento del bautismo, aplicado con frecuencia a niños a quienes arrebata la muerte en las primeras horas de su vida; y nosotros bautizados en el agua debemos glorificar a estos recién nacidos, bautizados en su sangre y asociados a todos los misterios de la infancia de Jesucristo. Debemos, también, felicitarlos con la Iglesia de la inocencia que conservaron gracias a su gloriosa y prematura muerte. Purificados primeramente por el rito sagrado que, antes de la institución del bautismo borraba la mancha original, visitados con anterioridad por una gracia especial que los preparó al sacrificio glorioso para el que estaban destinados, pasaron por esta tierra sin mancillarse en ella. ¡Vivan, pues, por siempre estos tiernos corderos en compañía del Cordero inmaculado! y merezca misericordia este mundo envejecido en el pecado, asociando sus voces al triunfo de estos escogidos de la tierra que, semejantes a la paloma del arca, no encontraron sitio donde posar sus plantas. Mas, en esta alegría del cielo y de la tierra, la Santa Iglesia romana no pierde de vista el llanto de las madres que vieron arrancar de su regazo e inmolar con la espada de los soldados a aquellas prendas queridas de su corazón. Y así ha recogido el clamor de Raquel y no trata de consolarla sino más bien de compartir su pena, Para honrar este maternal dolor, consiente en suspender hoy en parte las manifestaciones del gozo que inunda su corazón en la Octava de Cristo recién nacido. No se atreve a revestirse del purpúreo color de los Mártires para no recordar con demasiada viveza la sangre que corre hasta el mismo regazo de las madres; tampoco usa el color blanco, que es señal de alegría y no dice bien con tan acerbos dolores. Reviste el color morado, propio del duelo y de las añoranzas. Si la fiesta no cae en Domingo, llega hasta a suprimir el canto del Gloria in excelsis, a pesar de serle tan querido en estos días, en que los Ángeles le entonaron en la tierra; renuncia al jubiloso Aleluya en la celebración del Sacrificio; en una palabra, se muestra, como siempre, inspirada por esa delicadeza sublime y cristiana de la que la santa Liturgia es escuela tan admirable. Pero, después de este homenaje debido a la maternal ternura de Raquel, y que derrama por todo el oficio de los santos Inocentes una tan conmovedora melancolía, no pierde de vista tampoco la gloria de que gozan estos bienaventurados niños; a su solemne recuerdo consagra toda una semana, como lo ha hecho con San Esteban y San Juan. En las Catedrales y Colegiatas honra también en este día a los niños que unen sus inocentes voces a las del sacerdote y de los demás ministros sagrados. Les otorga graciosas distinciones hasta en el mismo coro y goza con la inocente alegría de estos tiernos cooperadores, que emplea para dar realce a sus solemnidades; en ellos, da gloria a Cristo Niño y a la inocente cohorte de los tiernos retoños de Raquel. En Roma, la Estación se celebra en la Basílica de San Pablo extra Muros, cuyo relicario se precia de poseer algunos de los cuerpos de los santos Inocentes. En el siglo xvi, Sixto V sacó parte de ellos para colocarlos en la Basílica de Santa María la Mayor, Junto al pesebre del Salvador.

MISA

La Santa Iglesia ensalza la sabiduría de Dios, que supo burlar los cálculos de la política de Herodes y sacar gloria de la cruel inmolación de los niños de Belén, elevándolos a la dignidad de Mártires de Cristo, cuyas grandezas celebran ellos con gratitud eterna.

INTROITO
De la boca de los niños y de los lactantes sacaste, oh Dios, alabanza contra tus enemigos. Salmo: Señor, Señor nuestro: cuán admirable es tu nombre en toda la tierra. — J. Gloria al Padre.

En la Colecta, la Iglesia pide que sus fieles confiesen con sus obras la fe de Jesucristo. Es distinto el testimonio de los niños que no hablan más que con sus sufrimientos, y el testimonio del cristiano llegado al uso de la razón, al cual se le ha dado la fe para que la confiese delante de los tiranos si es preciso, pero siempre delante del mundo y de las pasiones. Nadie es llamado al carácter sagrado de cristiano para guardarlo en secreto.


ORACION
Oh Dios, cuya gloria confesaron hoy los Inocentes Mártires no hablando sino muriendo: mata en nosotros todas nuestras pasiones; para que confesemos también, con nuestras vidas y costumbres, la fe que pregona nuestra lengua. Por nuestro Señor.

EPISTOLA
Lección del libro del Apocalipsis del Apóstol San Juan. (XIV, 1-5.)

En aquellos días vi al Cordero que estaba sobre el monte Sión, y con él ciento cuarenta y cuatro mil, que tenían su nombre y el de su Padre escrito en sus frentes. Y oí una voz del cielo, como ruido de muchas aguas, y como el sonido de un gran trueno: y la voz que oí, era como de tañedores de arpas, tañendo sus arpas. Y cantaban como un cántico nuevo ante el trono, y delante de los cuatro animales, y de los ancianos: y nadie podía cantar el cántico más que aquellos ciento cuarenta y cuatro mil, los cuales fueron comprados de entre los de la tierra. Estos son los que no se mancharon con mujeres: porque son vírgenes. Estos siguen al Cordero por donde quiera que vaya. Estos fueron comprados de entre los hombres, como primicias para Dios y para el Cordero; y en su boca no ha sido hallado engaño: porque están sin mancha ante el trono de Dios.

Al escoger este misterioso paso del Apocalipsis, la Iglesia nos quiere mostrar el aprecio que hace de la inocencia, y la idea que nosotros debemos tener de ella. Los Inocentes siguen al Cordero porque son puros. Sus obras personales en la tierra no llamaron la atención, pero atravesaron rápidamente el camino de este mundo sin contaminarse. Su pureza, menos probada que la de Juan, pero enrojecida en su sangre, atrajo las miradas del Cordero, y los tomó en su compañía. Suspire, pues, el cristiano por esta inocencia, pues tales distinciones merece. Si la ha conservado, guárdela y defiéndala con el celo con que se guarda un tesoro; si la ha perdido, repárela por los trabajos de la penitencia: y una vez recuperada, realice la palabra del Maestro que dice: El que ha sido lavado sea puro en adelante (S. Juan, VIII, 12).

En el Gradual, los santos Inocentes bendicen al Señor que les quebró el lazo con que el mundo quería sujetarlos. Han volado como el pájaro; y su vuelo rápido, que nada ha parado, los ha llevado hasta el cielo.

El Tracto respira la indignación de Raquel ante la crueldad de Herodes y sus satélites. Reclama la celestial venganza, que luego se desató contra esa inhumana familia de tiranos.

GRADUAL
Nuestra alma, como un pájaro, ha sido libertada del lazo de los cazadores. — J. El lazo fue quebrantado y nosotros fuimos libertados. Nuestra ayuda está en el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

TRACTO
Derramaron la sangre de los Santos como agua en torno de Jerusalén. — T. Y no había quien los sepultara. — J. Venga, Señor, la sangre de tus Santos, que ha sido derramada sobre la tierra.

Si la fiesta de los santos Inocentes cae en Domingo, la Iglesia, para atenuar un poco la tristeza de sus cantos, entona el Aleluya.

ALELUYA
Aleluya, aleluya. — J. Alabad, niños, al Señor; alabad el nombre del Señor. Aleluya.

EVANGELIO
Continuación del santo Evangelio según San Mateo (II, 13-18.)

En aquel tiempo, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José, diciendo: Levántate, y toma al Niño y a su Madre, y huye a Egipto, y permanece allí hasta que yo te diga. Porque sucederá que Herodes busque al Niño para perderle. Y él, levantándose, tomó al Niño y a su Madre, de noche, y se fué a Egipto: y estuvo allí hasta la muerte de Herodes: para que se cumpliese lo que dijo el Señor, por el Profeta: De Egipto llamé a mi Hijo. Herodes entonces, al verse burlado de los Magos, se irritó mucho, y dió orden de matar a todos los niños que había en Belén y en todos sus alrededores, de los dos años abajo, conforme al tiempo que había averiguado de los Magos. Entonces se cumplió lo que había sido dicho el Profeta Jeremías: En Ramá se oyeron voces y muchos lloros y gemidos: es Raquel, que llora a sus hijos; y no quiere ser consolada porque ya no existen.

El santo Evangelio cuenta con su sublime sencillez el Martirio de los Inocentes. Herodes envió a matar a todos los niños. Fue segada para el cielo esta abundante mies y la tierra no se conmovió. Únicamente los lamentos de Raquel subieron hasta el cielo, haciéndose enseguida silencio en Belén. Mas no por eso dejó el Señor de agregar a estas felices víctimas a la corte de su Hijo. Desde el fondo de su cuna, Jesús los contemplaba y bendecía; María compadecía sus breves sufrimientos y el dolor de sus madres; la Iglesia, que iba a nacer pronto, glorificaría a través de los siglos la inmolación de estos tiernos corderos, fundando sus mayores esperanzas en el patrocinio de estos niños, que de repente se hicieron tan poderosos ante el corazón de su divino Esposo. Durante el Ofertorio se deja oír todavía la voz de los Inocentes que repiten su emocionante cántico; como candorosas avecillas, vueltas a la libertad, agradecen la mano que les ha roto los lazos que los amenazaban de muerte.

OFERTORIO
Nuestra alma como un pájaro ha sido libertada del lazo de los cazadores: el lazo fue quebrantado, y nosotros fuimos libertados.

SECRETA
No nos falte, oh Señor, la piadosa oración de tus Santos, la cual te haga gratos nuestros dones, y nos alcance siempre tu perdón. Por el Señor.

En la Antífona de la Comunión oímos de nuevo la voz de Raquel. La Iglesia, alimentada en el divino misterio del amor, no puede olvidarse del llanto de las madres. Con ellas comparte su dolor hasta el fin; pero, en el fondo de su corazón, se eleva hasta Aquel que es el único capaz de consolar tan grandes penas.

COMUNION
En Ramá se oyeron voces, y muchos lloros y gemidos: es Raquel, que llora a sus hijos, y no quiere ser consolada, porque ya no existen.

POSCOMUNION
Hemos recibido, Señor, los dones que te hemos ofrecido: Suplicárnosle hagas que, por intercesión de los Santos, nos aprovechen para esta vida y para la eterna. Por el Señor.


¡Bienaventurados Inocentes, celebramos vuestro triunfo, y os felicitamos por haber sido elegidos para ser compañeros de Cristo junto a su cuna! ¡Qué glorioso despertar el vuestro cuando, después de haber sido pasados por la espada, conocisteis que la luz deslumbradora de la gloria iba a constituir vuestra herencia! ¡Qué gratitud la que demostrasteis al Señor, por haberos escogido entre tantos miles de niños, para honrar con vuestro sacrificio la cuna de su Hijo. Antes del combate, la corona ciñó vuestra frente; la palma vino por sí misma a vuestras débiles manos, antes de que pudierais realizar esfuerzo alguno para recogerla: así de espléndido se mostró el Señor con vosotros, probándonos que es dueño de sus dones. ¿No era justo que el Nacimiento del Hijo de este soberano Rey fuera señalado por algún magnífico presente? No tenemos envidia ¡oh Inocentes Mártires! Damos gloria a Dios, que os ha elegido, y proclamamos con toda la Iglesia, vuestra dicha inenarrable. ¡Oh flores de los Mártires! permitid que depositemos en vosotros nuestra confianza y que nos atrevamos a suplicaros, por la gracia gratuita que os fué otorgada, no os olvidéis de vuestros hermanos que luchan en medio de los azares de este mundo pecador. Esas palmas y guirnaldas con que juega vuestra inocencia, también nosotros las deseamos. Trabajamos penosamente para hacernos con ellas y a veces nos parece que las vamos a perder para siempre. Ese Dios, que a vosotros os ha glorificado, es también nuestro fin; sólo en El encontraremos nuestro descanso; rogad para que lo alcancemos. Pedid para nosotros la sencillez, la infancia de corazón, esa ingenua confianza en Dios, que llega hasta el fin en el cumplimiento de su voluntad. Lograd que llevemos con paz su cruz si nos la envía y que sólo deseemos complacerle. Vuestra boca infantil sonreía a los verdugos cuando, en medio de sangriento tumulto, vinieron a interrumpir vuestro sueño; vuestras manos parecían jugar con la espada que iba a traspasar vuestro corazón; eráis graciosos hasta en presencia de la muerte. Conseguid que también nosotros seamos pacientes en las tribulaciones cuando el Señor nos las envíe. Haced que constituyan para nosotros un verdadero martirio por la serenidad de nuestro ánimo, por la unión de nuestra voluntad con la de nuestro soberano Maestro, que sólo prueba para dar el galardón. No nos sean odiosos los instrumentos de que se sirve; no se apague el amor en nuestros corazones; y nada altere esa paz sin la cual el alma cristiana no puede agradar a Dios. Finalmente, ¡oh tiernos corderos inmolados por Jesús! vosotros que le seguís por todas partes por ser puros, conceded que también nosotros nos acerquemos al celestial Cordero que a vosotros os conduce. Fijadnos en Belén con vosotros para que no salgamos más de esa mansión de amor y de inocencia. Presentadnos a María-vuestra Madre, más tierna aún que Raquel; decidla que también nosotros somos hijos suyos, que somos hermanos vuestros, y que así como Ella se apiadó de vuestros momentáneos dolores, se apiade también de nuestras constantes miserias. Visitemos el establo y adoremos al Emmanuel en este cuarto día de su Nacimiento. Meditemos en la misericordia que le ha movido a hacerse niño para acercarse a nosotros y pasmémonos de ver a un Dios tan cerca de su criatura. "Aquel, dice el piadoso Abad Guerrico en su sermón quinto sobre el Nacimiento de Cristo, Aquel que es incomprensible aun para la sutil inteligencia de los Ángeles, se ha dignado hacerse sensible a los groseros sentidos del hombre. Siendo nosotros carnales, Dios no podía hablarnos como a seres espirituales; el Verbo se hizo carne, para que toda carne pudiese no sólo oírle sino también verle; no pudiendo el mundo llegar a conocer la Sabiduría de Dios, esa Sabiduría se dignó hacerse locura. ¡Oh Señor del cielo y de la tierra!, habéis ocultado vuestra sabiduría a los sabios y prudentes de este mundo, para revelarla a los pequeñuelos. La altanería del orgullo siente horror de la humildad de este Niño; mas lo excelso a los ojos de los hombres es abominable ante Dios. Este Niño sólo con niños se complace; sólo descansa en corazones humildes y pacíficos. Gloríense, pues, en El los pequeñitos y canten: Un Niño nos ha nacido, como por su parte El se felicita, diciendo con Isaías: Aquí estamos, Yo y los niños que el Señor me ha dado. En efecto, para proporcionarle una compañía conforme a su edad, quiso el Padre que la gloria de los Mártires comenzase por la inocencia de los niños, queriendo por ahí demostrar el Espíritu Santo que el reino de los cielos es sólo para aquellos que se les parecen.

martes, 27 de diciembre de 2016

PROMETEO LA RELIGIÓN DEL HOMBRE

PROMETEO
LA RELIGIÓN
DEL HOMBRE
ENSAYO DE UNA HERMENÉUTICA
DEL CONCILIO VATICANO II
  PADRE ÁLVARO CALDERÓN


 LA IGLESIA Y EL MUNDO.


Aquí nos parece que tocamos el punto neurálgico de nuestro problema, no tanto desde el punto de vista ideológico sino desde el punto de vista real. Porque si bien la distinción liberal entre Iglesia y Mundo se puede considerar como una consecuencia de la nueva concepción del Reino de Dios (y ésta, a su vez, como consecuencia del personalismo humanista), todo este paquete doctrinal no es sino una gran mentira para justificar y promover la liberación real de los poderes políticos, que en el occidente cristiano fueron realmente engendrados y dominados (como los hijos por el papá) por el poder eclesiástico. Porque la doctrina adoptada por el Concilio no es sino una maquiavélica ideología al servicio de los ocultos poderes que han ido dominando la modernidad. Para entender el Concilio, entonces, se hace necesario explicar este asunto no sólo desde el punto de vista puramente doctrinal, sino refiriéndonos también a su entramado histórico. Dividiremos el status quaestionis en tres períodos de muy desigual longitud: el de la «Cristiandad» hasta la bula Unam sanctam de Bonifacio VIII, el del «Humanismo católico» hasta la encíclica Quas primas de Pío XI, y el de la «Nueva Cristiandad» hasta la declaración Dignitatis humanae del Vaticano II. Recién entonces consideraremos la doctrina conciliar y sus consecuencias.



I. LA CRISTIANDAD HASTA UNAM SANCTAM

1º La división cristiana de poderes

Los fines que debe perseguir todo aquel que gobierne la multitud, así como los fines de cada individuo, no pueden ser otros -como vimos- que la gloria de Dios y la santificación de las almas. No se nos ha dado el ser y la vida para otra cosa. La persecución de estos dos fines se traduce, de manera más concreta, en los dos principales oficios de todo gobernante : dirigir su pueblo para que le rinda el debido culto público al Creador, y promover en sus súbditos el crecimiento en la virtud. El culto divino y la vida virtuosa, he aquí las dos preocupaciones principales de un gobernante que merezca ese nombre. De una manera más o menos peor (porque las consecuencias del pecado original no les permitía hacerlo bien), los reyes paganos procuraron atender a estos oficios. Hoy, después de siglos de liberalismo, parece impensable que el presidente de una nación se preocupe por las leyes litúrgicas, mas a los jefes antiguos les parecía impensable emprender cualquier cosa sin haber aplacado debidamente a su dios. Pero antes como ahora se tenía el corazón corrompido, y los cultos paganos no guardaban, en el mejor de los casos, sino una cáscara de religiosidad. Era necesario un Redentor. Llegada la plenitud de los tiempos, el Verbo se hizo hombre para establecer finalmente en la tierra el prometido Reino de Dios. Después de vencer por la Cruz al “príncipe de este mundo”110, y para el tiempo que debía pasar hasta el establecimiento definitivo del Reino en su segunda venida, Jesucristo delegó sus poderes regios para el gobierno del Reino dividiéndolos en dos órdenes ministeriales:

• El ministerio apostólico de los sucesores de Pedro, instituido inmediatamente por Él, encargado de las funciones propiamente sacerdotales y de las funciones regias superiores, por las cuales debían enseñar a las naciones la verdad revelada, administrar los sacramentos como principios de verdadera santificación, y ordenar en los pueblos el culto debido a Dios.

• Los ministerios puramente políticos, cuya institución dejó al arbitrio de los hombres, que descargan al anterior de las funciones regias inferiores: “Dejad al César lo que es del César” (Mt 22, 21), por las cuales deben dirigir las multitudes en orden al acrecentamiento y ejercicio de las virtudes cristianas. Pero, como aclara Santo Tomás, hay dos maneras como la autoridad suprema puede delegar poderes en ministerios que, por la naturaleza de sus finalidades, están subordinados:

• Una primera manera consiste en delegar en el ministerio superior la potestad completa, de modo que éste, a su vez, subdelegue sus poderes al ministerio inferior. Según este procedimiento, el ministro superior conserva el dominio y la responsabilidad sobre todo lo que hace el inferior, y es aquél quien rinde cuentas de todo ante la autoridad suprema. Esta es la manera en que el ministerio del Papa sobre toda la Iglesia domina sobre el ministerio de los obispos en sus diócesis y el de éstos sobre los curas en sus parro quias; y es también el modo como la autoridad civil del gobernador está por encima de la de sus ministros.

• Pero una segunda manera es que la suprema autoridad delegue ella misma, de manera directa e inmediata, los poderes a cada ministerio, de modo que el ministro inferior no deba rendir cuentas de su gestión al ministro superior, sino directamente a la suprema cabeza. El ministro inferior deberá subordinar su acción en cuanto a todas aquellas cosas que pertenecen al ministerio superior, pero el ministro superior no deberá meter sus narices en las cosas propias del inferior, pues no ha sido hecho responsable de la conducta de este último. Pues bien, de esta segunda manera y no de la primera, es como Jesucristo ha constituido los ministerios apostólicos y políticos.

En consecuencia, aunque el fin del ministerio político, la vida virtuosa de la multitud, está esencialmente subordinado al del ministerio apostólico, ordenado inmediatamente al fin último, la gloria de Dios y la salvación de las almas; sin embargo, la jurisdicción política no desciende de la jurisdicción eclesiástica sino directamente de Nuestro Señor Jesucristo Rey. De allí que pueda decirse que el orden político está subordinado indirectamente al orden eclesiástico. Pero ésta es una expresión que sufre cierta ambigüedad, porque:

- si el adverbio «indirectamente» se refiere a la subordinación de las jurisdicciones, es correcto;

- pero si se entiende de la subordinación de los fines, hace pensar que el fin político no está esencial sino accidentalmente subordinado al fin eclesiástico, que es el fin último, y entonces es sumamente incorrecto.

Es así que los Apóstoles recibieron de Nuestro Señor la misión de predicar el advenimiento del Reino de Dios, invitando no sólo a los individuos, sino a las mismas naciones a aceptar el suave yugo de Jesucristo, único modo de alcanzar la justicia en el tiempo y la salvación en la eternidad. Porque sin el magisterio de la Iglesia y los sacramentos, es imposible que los pueblos rindan el culto debido al Creador y adquieran las virtudes indispensables para vivir en paz.

2º La constitución de la Cristiandad


En el mundo antiguo, esclavizado hasta tal punto por el demonio que éste pudo ofrecerle a Nuestro Señor todos los reinos de la tierra: “Omnia tibi dabo” (Mt 4, 9), los paganos más lúcidos suspiraban, con Platón, por el advenimiento del «reino de los teólogos»: “A menos que los filósofos reinen en las ciudades o vengan a coincidir la filosofía y el poder político, no habrá tregua para los males de las ciudades, ni tampoco para los del género humano”. Platón, sin embargo, había señalado casi con crueldad la imposibilidad en que se hallaban los hombres de establecer un gobierno donde reine la justicia, a causa de sus concupiscencias. Harían falta hombres que se despojaran de su egoísmo para buscar el bien común de la Ciudad, renunciando a tener riquezas propias y hasta propias mujeres. ¿Dónde se los podría hallar? Jesucristo resolvió este problema con la división de poderes. Los reyes cristianos quedarían sometidos a un ministerio apostólico que, habiendo sido descargado de las funciones menos espirituales, podía conservar la necesaria pureza de intención con la ayuda de la gracia, practicando la más estricta pobreza y castidad. El orden político quedaría así confirmado en las virtudes por la doctrina cristiana y los sacramentos, gracias al gobierno superior de los «Teólogos» cristianos, es decir, de la Jerarquía eclesiástica. El éxito de esta estrategia fue confirmado por los hechos. Si bien la Iglesia no pudo sostener el orden romano, herido de muerte por sus propios vicios, sin embargo fue capaz de reconstruir con sus ruinas un solidísimo orden de reinos cristianos, el que se ha dado en llamar la «Cristiandad». El XIII fue su siglo de oro, tanto desde el punto de vista religioso, como político y cultural. Y la síntesis doctrinal de los principios que la crearon, la tenemos en la Bula Unam sanctam, de Bonifacio VIII, 18 de noviembre de 1302, declaración que señala, a la vez, el inicio de su destrucción, pues estaba recordando estos principios a quienes ya no los querían obedecer. 

Ite Missa Est

27 DE DICIEMBRE
SAN JUAN,
APOSTOL Y EVANGELISTA

EL APÓSTOL VIRGEN. — Después de Esteban el primero de los Mártires, el más próximo junto al pesebre del Señor es Juan, el Apóstol y Evangelista. Era justo que fuese reservado el primer puesto al que amó al Emmanuel hasta el punto de derramar su sangre en su servicio, porque, como dice el mismo Salvador, no hay mayor caridad que la de dar su vida por aquellos a quienes se ama (S. Juan, XV, 13); la Iglesia ha considerado siempre el martirio como la última prueba del amor, que tiene incluso virtud para perdonar los pecados como un segundo bautismo. Pero, después del sacrificio sangriento, el más noble y valeroso, el que mejor conquista el corazón del Esposo de las almas, es el sacrificio de la virginidad. Ahora bien, así como San Esteban es reconocido como prototipo de los Mártires, San Juan aparece ante nosotros como el Príncipe de los Vírgenes. El martirio le valió a San Esteban la palma y la corona: la virginidad mereció a Juan sublimes privilegios que, al mismo tiempo que prueban el valor de la castidad, colocan a este Discípulo entre los miembros más destacados de la humanidad. Juan tuvo la honra de nacer de la estirpe de David, en la misma familia de la purísima María; fue por lo mismo, pariente de Nuestro Señor según la carne. Compartió ese honor con su hermano Santiago el Mayor, hijo como él del Zebedeo y con Santiago el Menor y San Judas hijos de Alfeo; Juan siguió a Cristo en la flor de la juventud sin volver la vista atrás; fué objeto de una ternura particular por parte del corazón de Jesús, y en tanto que los demás fueron simplemente Discípulos y Apóstoles, él fué el Amigo del Hijo de Dios. El sacrificio de la virginidad que Juan ofreció al Hombre-Dios fué según lo proclama la Iglesia, el motivo por el que el Hijo de Dios le amó singularmente. Convienes pues, destacar aquí en el día de su fiesta, las gracias y privilegios que se derivaron para él de esta celestial predilección.

EL DISCÍPULO AMADO. — Sólo ésta palabra del santo Evangelio: El Discípulo a quien Jesús amaba, dice más en su admirable concisión, que todos los comentarios. Sin duda, Pedro fué elegido para ser Jefe de los demás Apóstoles y fundamento de la Iglesia; fué más honrado; pero Juan fué más amado. A Pedro se le mandó que amase más que los demás; por tres veces pudo responder a Cristo que así lo hacía; pero Juan fué más amado por Cristo que el mismo Pedro, porque convenía honrar la virginidad. La castidad de los sentidos y del corazón tiene la virtud de acercar a Dios a quien la guarda, y la de atraer a Dios hacia nosotros; por eso, en el solemne momento de la última Cena, de aquella fecunda Cena que se iba a renovar en el altar hasta el fin de los siglos para reanimar la vida en las almas y curar sus heridas, Juan se colocó junto a Jesús, y no sólo disfrutó de este honor insigne, sino que, en las últimas expansiones del amor del Redentor, este hijo de su ternura mereció apoyar su cabeza sobre el pecho del Hombre-Dios. Entonces bebió la luz y el amor en su fuente divina, y este favor, que era ya una recompensa, fué también el origen de dos particulares gracias que recomiendan de un modo especial a San Juan a la veneración de toda la Iglesia.

EL DOCTOR. — Efectivamente, queriendo la divina Sabiduría revelar el misterio del Verbo y confiar a la palabra escrita secretos que hasta entonces ninguna pluma humana habla sido llamada a publicar, fué Juan escogido para ésta gran obra. Pedro había muerto en la Cruz, Pablo había entregado su cerviz a la espada, los demás Apóstoles habían sellado sucesivamente su doctrina con su sangre; sólo San Juan quedaba en pie, en medio de la Iglesia; y la herejía, renegando de las enseñanzas apostólicas, trataba ya de destruir al Verbo divino, no queriendo reconocerle como Hijo de Dios, consubstancial al Padre. Las Iglesias invitaron a hablar a Juan; y él lo hizo con lenguaje celestial. Su divino Maestro había reservado para él, limpio de toda impureza, la gloria de escribir de su puño mortal los misterios que sus hermanos sólo tenían misión de enseñar: EL VERBO, DIOS ETERNO, y el mismo VERBO HECHO CARNE por la salvación del hombre. De ahí se elevó como el Águila hasta el Sol divino; le contempló sin deslumhrarse, porque la pureza de su alma y de sus sentidos le habían hecho digno de ponerse en contacto con la Luz increada. Si Moisés, después de haber hablado con el Señor en la nube, se retiró del divino coloquio con la frente radiante de maravillosos destellos, ¡cuánto más refulgente debía de ser el venerable rostro de Juan, que se había apoyado en el mismo Corazón de Jesús, donde, como dice el Apóstol, ¡se ocultan todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia ¡qué luminosos sus escritos! ¡qué divina su enseñanza! A él le ha aplicado la Iglesia ese símbolo sublime del Aguila mostrada por Ecequiel, símbolo confirmado por el mismo San Juan en su Revelación, al que se añade el de Teólogo que le ha dado toda la tradición.

EL APÓSTOL DEL AMOR. — Como la castidad, apartando al hombre de los afectos groseros y egoístas le eleva a un amor más puro y generoso, el Salvador concedió a su discípulo amado, además de esa primera recompensa que consiste en la penetración de los misterios, una efusión de amor extraordinaria. Juan había guardado en su corazón los discursos de Jesús: de ellos hizo partícipe a la Iglesia, y sobre todo le reveló el Sermón divino de la Cena, en el que se expansiona el alma del Redentor, que, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin 1 Escribió Epístolas para decir a los hombres que Dios es amor2; que el que no ama no conoce a Dios; que, la caridad aleja el temor'. Hasta el fin de su vida, hasta en los días de su extrema vejez, no dejó de inculcar el amor que los hombres se deben unos a otros, siguiendo el ejemplo de Dios, que los ha amado; y así como había anunciado de una manera más clara que los demás la divinidad y los esplendores del Verbo, así también se mostró un particular Apóstol del infinito Amor que el Emmanuel vino a encender en la tierra.

EL HIJO DE MARÍA. — Pero el Señor le reservaba todavía un don verdaderamente digno del Discípulo virgen y predilecto. Al morir en la Cruz, Jesús dejaba en la tierra a María; José había entregado su alma al Señor hacía ya muchos años. ¿Quién, pues, velaría por tan sagrado tesoro? ¿quién sería digno de recibirle? ¿Enviaría Jesús a sus Angeles para proteger y consolar a su Madre, no mereciendo nadie en la tierra semejante honor? Desde lo alto de la cruz, Jesús ve al discípulo virgen: todo está determinado. Juan será un hijo para María, María será una Madre para Juan; la castidad del discípulo le ha hecho digno de recibir tan glorioso legado. Así, siguiendo la bella observación de San Pedro Damiano, a Pedro se le confía la guarda de la Iglesia, Madre de los hombres; mas a Juan le será confiada María, la Madre de Dios. El la guardará como bien propio, a su lado hará las veces de su divino Amigo; la amará como a su propia madre; y será amado por ella como un hijo.

LA GLORIA DE SAN JUAN. — Rodeado de tanta luz, inflamado con tanto amor; ¿nos extrañaremos que Juan haya llegado a ser el ornato de la tierra y la gloria de la Iglesia? Contad si podéis sus títulos; enumerad sus cualidades. Consanguíneo de Cristo por María, Apóstol, Virgen, Amigo del Esposo; Águila divina, Teólogo sagrado, Doctor de la Caridad, Hijo de María; es además Evangelista, por el relato que nos ha dejado de la vida de su Maestro y Amigo. Escritor sagrado, por sus tres Epístolas inspiradas por el Espíritu Santo; Profeta, por su misterioso Apocalipsis, que encierra los secretos del tiempo y de la eternidad. ¿Qué es lo que le ha faltado? ¿la palma del martirio? No se podría afirmar, porque aunque no consumó su sacrificio, llegó a beber, con todo, el cáliz de su Maestro, cuando después de una cruel flagelación fué sumergido en una olla de aceite hirviendo, en Roma, en el año 95 ante la Puerta Latina. Fué, pues, también mártir con el deseo y en la intención, si no efectivamente; y si el Señor, que quería conservarle en su Iglesia como un monumento de su aprecio a la castidad y de los honores que a esta virtud reserva, si el Señor suspendió milagrosamente el efecto de tan atroz suplicio, el corazón de Juan había ya aceptado el martirio con todas sus consecuencias '. Este es el compañero de Esteban junto a la cuna en que honramos al divino Infante. Si el Protomártir brilla por la púrpura de su sangre, la blancura virginal del hijo adoptivo de María ¿no es más deslumbradora que la de la misma nieve? ¿Los lirios de Juan no pueden mezclar sus inocentes destellos con el rojizo esplendor de las rosas de la corona de Esteban? Ensalcemos, pues, al Rey recién nacido, cuya corte brilla con tan alegres y puros colores. Ese celeste cortejo se ha formado a nuestra propia vista. Hemos contemplado primeramente a María y a José solos en el establo junto al pesebre; apareció luego el ejército de los Ángeles con sus melodiosas legiones; en seguida llegaron los pastores de corazón sencillo y humilde; después, Esteban el Coronado, Juan el Discípulo predilecto; en espera de los Magos, van a venir otros todavía a aumentar el esplendor de la fiesta y a alegrar más y más nuestros corazones. ¿Qué Nacimiento el de nuestro Dios? Por humilde que parezca ¡qué divino! ¡Qué rey de la tierra! ¿Qué Emperador recibió nunca junto a su espléndida cuna honores semejantes a los de este Niño de Belén? Unamos nuestros homenajes a los que recibe de todos esos bienaventurados miembros de su corte; y, si ayer reavivamos nuestra fe ante la vista de la palma sangrienta de Esteban, despertemos hoy en nosotros el amor de la castidad, con el perfume de los celestiales aromas que emanan de las flores de la virginal guirnalda del Amigo de Cristo.
MISA

La Santa Iglesia comienza los cantos del santo Sacrificio con unas palabras del libro del Eclesiástico aplicadas a San Juan. El Señor colocó a su discípulo amado en la cátedra de su Iglesia, para que publicara sus misterios. En sus sublimes coloquios le colmó de infinita sabiduría y le vistió de una blanca y deslumbrante vestidura, para honrar su virginidad.

INTROITO
En medio de la Iglesia abrió su boca; y el Señor le llenó del espíritu de sabiduría y de inteligencia: le vistió una túnica de gloria. Salmo: Es bueno alabar al Señor, y salmodiar a tu nombre, oh Altísimo. — y. Gloria al Padre.

En la Colecta, la Iglesia pide el don de la Luz. o sea, el Verbo divino, don de que fué distribuidor San Juan en sus divinos escritos. Aspira a gozar por siempre de la posesión de ese Emmanuel que vino a la tierra para iluminarla, y que reveló a su discípulo los secretos celestiales.

ORACION
Ilustra, Señor, benigno a tu Iglesia: para que, iluminada con las doctrinas de tu bienaventurado Apóstol y Evangelista Juan, alcance los dones sempiternos. Por el Señor.

EPISTOLA
Lección del libro de la Sabiduría. (Ecles., XV, 1-6.)
El que teme a Dios hará el bien; y el que está firme en la justicia, alcanzará la sabiduría, y ella saldrá a su encuentro, como una madre honrada. Le alimentará con pan de vida y de inteligencia, y le abrevará con el agua de la saludable sabiduría: y se afirmará en él, y no se doblegará: y le sostendrá y no será confundido: y le exaltará ante sus prójimos, y le abrirá la boca en medio de la asamblea, y le llenará del espíritu de sabiduría y de inteligencia y le vestirá una túnica de gloria. Atesorará sobre él jocundidad y exultación, y el Señor nuestro Dios le dará en herencia un nombre eterno.

Esta suprema Sabiduría es el Verbo divino que apareció delante de San Juan, llamándole al Apostolado. Ese Pan de vida con que le alimentó es el Pan inmortal de la última Cena; ese agua de saludable doctrina es la que el Salvador prometía a la Samaritana y con la que se pudo saciar Juan en su misma fuente, cuando le fue dado descansar sobre el Corazón de Cristo. Esa fortaleza inquebrantable es la que le mantuvo en la guarda vigilante y valerosa de la castidad y en la confesión del Hijo de Dios antes los esbirros de Domiciano. El tesoro que para él recogió la divina Sabiduría, es todo ese conjunto de gloriosos privilegios que hemos señalado. Por fin, ese nombre eterno es el de Discípulo amado.

GRADUAL
Corrió entre los discípulos la voz de que aquel discípulo no moriría; pero no dijo Jesús: No morirá: — J. Sino: Quiero que permanezca así, hasta que yo venga: tú sígneme.


ALELUYA
Aleluya, aleluya. — J. Este es aquel discípulo que da testimonio de estas cosas: y sabemos que su testimonio es verdadero. Aleluya.

EVANGELIO
Continuación del santo Evangelio según San Juan. (XXI, 19-24.)

En aquel tiempo dijo Jesús a Pedro: Sigúeme. Y, volviéndose Pedro, vió venir detrás a aquel discípulo a quien amaba Jesús, el que en la cena descansó sobre su pecho y le preguntó: Señor ¿quién es el que te entregará? Al ver pues, a éste Pedro, le dijo a Jesús: Señor, ¿qué será de éste? Díjole Jesús: Quiero que permanezca así hasta que yo venga: ¿qué te importa? Tú sigúeme. Corrió, pues, entre los hermanos la voz de que aquel discípulo no moriría. Y no dijo Jesús: No morirá: sino: Quiero que permanezca así hasta que yo venga: ¿qué te importa? Este es aquel discípulo que da testimonio de estas cosas: y las ha escrito y sabemos que su testimonio es verdadero.

Este trozo del Evangelio ha fatigado mucho a los Padres y conmentadores. Se ha creído ver en él la confirmación del parecer de los que opinaron que San Juan fué eximido de la muerte corporal, y que espera todavía en carne mortal la venida del Juez de vivos y muertos. Mas, no es necesario ver en él, con la mayor parte de los santos Doctores, sino la diferencia de las dos vocaciones de San Pedro y de San Juan. El primero seguirá a su Maestro, muriendo como El en la cruz; el segundo deberá aguardar; alcanzará una dichosa ancianidad; y verá llegar hasta él a su Maestro, que le sacará de este mundo con una muerte tranquila.

En el Ofertorio, la Iglesia recuerda las palmas floridas del discípulo amado; nos muestra a su alrededor las generaciones de fieles que llevó a la luz de la verdad, las Iglesias que fundó y que se multiplicaban en torno suyo como los jóvenes cedros a la sombra de sus majestuosos antepasados que se yerguen en el Líbano.

OFERTORIO
El justo florecerá como la palmera: se multiplicará como el cedro que hay en el Líbano.

SECRETA
Recibe, Señor, los dones que te ofrecemos en la solemnidad de aquel con cuyo patrocinio esperamos ser libertados. Por el Señor.

La misteriosas palabras que hemos leído en el Evangelio hace unos momentos, vuelven ahora en el instante en que el sacerdote y el pueblo comulgan con la Victima de la salvación, como una garantía de que quien come este Pan, aunque muera en el cuerpo, seguirá viviendo en espera de la venida del juez y remunerador supremo.

COMUNION
Corrió entre los hermanos la voz de que aquel discípulo no moriría: y no dijo Jesús: No morirá: sino: Quiero que permanezca así hasta que yo venga.


POSCOMUNION
Alimentados con manjar y bebida celestiales, suplicamoste. Señor, humildemente, seamos protegidos con la intercesión de aquel en cuya conmemoración los hemos recibido. Por el Señor

lunes, 26 de diciembre de 2016

EL PURGATORIO - La última de las misericordias de Dios - R.P Dolindo Ruotolo

LAS PENAS DEL PURGATORIO
PARA CADA CULPA A EXPIRAR


Cuando una máquina no funciona, se examinan las distintas partes y los mecanismos que la forman y se trata de repararlos. Cada pieza exige un tratamiento mecánico particular que puede compararse a un tormento particular, un pedazo se debe soldar con fuego, otro se debe limar, otro se debe atornillar y otro botar. Las culpas son verdaderos desgastes del alma, que le impiden acercarse, que le impiden acercarse a Dios y gozarlo. Estos desperfectos no pueden repararse sino con dolor, porque son productos del desorden de los sentidos que quieren gozar materialmente o del desorden de las facultades del alma, que se pierden miserablemente en aspiraciones terrenales.

El condenado es como una máquina arruinada, que no puede repararse. Porque el alma en desgracia de Dios huye ella misma del mecánico, concentrada en su orgullo y la obstinación de su perversidad. Permanece como está, congelada en el odio, caída en el Infierno. El alma purgante, en cambio, por el estado de gracia, tiende a purificarse y, por consecuencia tiene por cada culpa, una reparación especial. Cada falta es una deuda, es un daño, es un desorden; la deuda debe pagarse hasta el último centavo, el daño debe repararse: el desorden, eliminarse.  No es fácil hacernos una idea de las penas proporcionales a cada culpa. El poeta italiano Dante, ha imaginado círculos o estaciones del Purgatorio, con tormentos particulares, según las culpas particulares a expiar. Es una imaginación que está fundamentada en la realidad, pero que no supone almas torturadas, sino cuerpos sujetos por cadenas, oprimidos por pesos, gimiendo por inercia, etc. Las descripciones del poeta, por más penosas que sean, dan solamente una idea bien relativa del verdadero tormento de un alma por cada culpa que tiene que expirar. Los santos que han tenido revelaciones particulares sobre almas purgantes, no se alejan mucho de las concepciones imaginativas de Dante. Ven a las almas como criaturas corpóreas sufriendo tormentos físicos. Ellas que se manifestaron en una forma corporal, dieron testimonio de sus penas con manifestaciones corpóreas: sudor ardiente, hielo aterrador, fuego realmente quemante, etc. Hay en Roma un museo con las señales dejadas por almas purgantes y ninguno podría ser así de tonto y temerario para negar su realidad y autenticidad. Las manifestaciones corpóreas de las almas purgantes pudieron tener una explicación, cuando las bombas atómicas destruyeron dos ciudades: Hiroshima y Nagasaki. Después de seis meses de la destrucción, los americanos estudiaron la radioactividad dejada por las bombas atómicas, y constataron un hecho sorprendente que los atemorizó: dentro de las ruinas se veían fantasmas, como de cuerpos reales que corrían presas del terror. Como en una película cinematográfica aparecía la silueta de los cuerpos de aquellos infelices en el acto en el cual fueron sorprendidos, mientras huían. Eran como cuerpos reales y así aparecían. ¿Se puede decir que las manifestaciones corpóreas se deben a la radioactividad del cadáver putrefacto? ¿Quién puede afirmarlo con seguridad científica? Es un hecho cierto que el cuerpo humano tiene electricidad y puede tener radioactividad latente y todavía desconocida. Quién lleva ropa de nylon, formado por fibras de vidrio, cuando se desviste nota un fenómeno eléctrico, luminoso y a veces caluroso. Hasta los cabellos cubiertos con pañoletas nylon, se muestran llenos de electricidad, para enrizarse o ser atraídos por la peineta. ¿Sería posible que estos fenómenos eléctricos alcancen la intensidad de una radioactividad después de la muerte, hasta el punto de reproducir el cuerpo humano de quien murió, cuando el alma se manifiesta?

Nosotros decimos que es muy posible. El alma en efecto, separada del cuerpo tiene siempre una referencia a su cuerpo que debe resucitar. La terrible humillación de la muerte y del sepulcro es aminorada por la certeza de la resurrección. Cuando Dios le permite venir a la tierra y manifestarse, el alma se encuentra en relación inmediata con lo que permanece del cuerpo que animó, o sea, con la radioactividad que ahora se desprende de él y lo reproduce como un fantasma fotográfico y cinematográfico y puede a través de eso manifestarse, hablar y obrar como si estuviera redivivo. Un alma gloriosa del Paraíso se manifiesta de la misma manera, pero la luz de la gloria y de la felicidad que la hace bienaventurada, traspasa los vestigios de su cuerpo y aparece bellísima, hablando un lenguaje suavísimo que encanta. En ella emerge la felicidad de la gloria; en cambio, en el alma purgante resaltan las penas particulares que la purifican, debidas a un estado de culpa que caracterizó su vida y su carácter. Ella debe cambiarse en una nueva criatura, y las penas que sufre por su particular estado, la purifican con una reacción espiritual que la empuja a Dios. También en esta misteriosa pena hay una dulce lucha de amor. El alma reconoce por así decir, sus harapos y quiere cambiarlos por vestidos de gloria por amor a Dios, que debe recibirla en la bienaventuranza, y Dios, purificando su alma, la arregla y le prepara los vestidos nupciales del eterno banquete de vida. Si no se ve el Purgatorio en esta luz de amorosa limpieza, especialmente en sus penas por cada pecado, el Purgatorio aparece entonces como una despiadada venganza y crueldad que es absolutamente absurda en Dios, que es eterna e infinita caridad.

Las revelaciones de los Santos

No podemos ver las revelaciones de los santos en la espesa niebla de nuestra realidad material y de nuestra sensibilidad más egoísta que lógica, es más bien necesario meditarlas en la realidad del mundo y de una vida de purificación muy diversa de nuestra vida mortal. En esta luz de amor, relatamos una revelación de Santa María Magdalena de Pazzi. Una tarde, mientras con algunas religiosas, paseaba por los jardines del monasterio, fue cogida en éxtasis y se le escuchó gritar varias veces: “Sí, daré una vuelta” y con estas palabras obedecía a la invitación de su ángel custodio que la exhortaba a visitar el Purgatorio. Sus compañeras la miraron con admiración y temor emprender aquel doloroso viaje, del cual después escribió una espléndida narración. Pues bien, dando vueltas en torno al jardín, con su cuerpo doblado hacia la tierra como cargada por un pesado fardo, se detenía a mirar con señales manifiestas de horror y de compasión aquello que el ángel le mostraba. De tanto en tanto se le oía gritar: ¡Oh qué pena! ¡Misericordia Dios mío, misericordia! Y vio el lugar más profundo del Purgatorio donde estaban los sacerdotes y religiosos, exclamando: ¡cómo! ¿Sacerdotes y religiosos en este lugar tan horrible? ¡Oh, mi Dios! ¡Cuán atormentados los veo! Y diciendo esto, temblaba y sufría. Después del lugar de purificación de los sacerdotes, fue a aquel de las almas simples, de niños, y de las almas incultas, las cuales tienen sus culpas aminoradas por la ignorancia. Vio que había hielo y fuego, y las almas pasaban alternativamente de uno a otro tormento. Sufrían penas y, sin embargo, estaban contentas porque sabían que esos tormentos las llevarían al camino a la felicidad. Vio también, un lugar de nauseabundos demonios que atormentando las almas, las insultaban, eran almas que en vida habían sido vanidosas e hipócritas para agradar a los otros. Vio asimismo otro lugar, y en él, una muchedumbre que avanzaba como aplastada por un enorme peso, eran las almas que en vida fueron impacientes y desobedientes. Entró en un lugar muy cercano al Infierno, donde estaban los mentirosos y engañosos, sumergidos en un estanque helado, mientras se derramaba en su boca plomo derretido. Vio a los avaros, que estaban como licuados por el fuego, como plomo en el horno. Vio as los impuros, cuyos pecados les habían sido perdonados, pero no los habían expiado bastante en vida. Su puesto de expiación era sórdido y maloliente que de solo verlo daba horror y apretaba el corazón….Vio la cárcel de los ambiciosos y los vio sufrir agudos dolores en medio de densas tinieblas… “¡Oh, pobres miserables! – gritó – que por haber querido elevarse sobre los otros, están ahora condenados a tanta oscuridad”. Después vio las almas de aquellos que fueron ingratos con Dios, duros de corazón, que no supieron nunca lo que es amar a su Creador, Redentor y Padre. Ella los vio sumergidos en un lago de plomo derretido, en castigo por haber hecho estériles, con su ingratitud, las fuentes de la gracia. Finalmente, le mostraron una última prisión donde estaban las almas que por no haber tenido en vida ningún vicio particular, se mancharon con pequeñas faltas y vio que todas sufrían castigos correspondientes a sus faltas, pero en pequeñas proporciones.

Es evidente que el tipo de pena observado por la santa por los pecados de las almas que expiaban en el Purgatorio, eran símbolos de una realidad penosísima, que no puede tener comparación con los sufrimientos en la tierra. El hielo y el fuego que veía la santa, eran en realidad el estado de hielo de aquellas que no amaron a Dios o no lo conocieron por ignorancia culpable, y el fuego era el ardor que les quemaba por conocerlo y amarlo. Las heridas de las almas que fueron vanidosas en vida, eran como filudas agujas que penetraban íntimamente en ellas, por haber buscado la complacencia de las criaturas. Los pesos sobre las almas impacientes y desobedientes eran la opresión que experimentaban al ser como dominadas por el fuego y estrechadas por las llamas. El plomo fundido arrojado en la boca de los mentirosos y el estanque helado en que eran sumergidos, eran símbolo de las expiaciones de los engaños que contrastando con la Verdad Eterna son como fuego que produce ruina y frío del espíritu lejos de la Eterna Verdad. El plomo licuado que se le aplicaba a los avaros, era tormentosa expiación de su apego al vil metal. Las ebulliciones en que estaban los impuros representaba el estado de su alma, manchada de residuos de vergonzosos pecados. Las tinieblas de los ambiciosos eran la expiación por su deseo de brillar en la gloria terrenal. Cada pecado, cada imperfección que mancha el alma, se vuelve en ella como un hábito, como un modo de vida, y eso es tan verdadero que nosotros espontáneamente no designamos al hombre por su vicio, no decimos: este hombre peca de avaricia, decimos: es un avaro. El vicio lo absorbe todo, y la expiación lo llena todo, de modo que el alma es como el plomo que se licua, se libera de las escorias y toma una nueva forma, por así decirlo, una forma de justicia que le hace desear la riqueza de la vida eterna.

La soberbia se vuelve humildad, en la humillación de los sufrimientos que
dominan el alma.

La avaricia se vuelve desapego de las cosas terrenales, en el deseo de poseer el Eterno Bien,

La lujuria, práctica vergonzosa de pasiones sucias, se vuelve como hábito
penitencial que purifica el alma.

El estado de ira se vuelve actitud de paciencia porque el alma sufre con amor los castigos que la equilibran en la paz.

La gula, por expiación, se vuelve poco a poco gusto por las cosas eternas.

La envidia se vuelve caridad, en el deseo que todas las almas estén en la gloria.

La pereza se vuelve empuje ardiente hacia el señor, por la expiación que purifica el alma, sacudiéndola del letargo en el cual vivía en la tierra.

El alma es como un gusano que antes de transformarse en mariposa, sufre un despojamiento de sus órganos inútiles. El alma entra en el Purgatorio como un gusano viscoso y repugnante, como el gusano de seda en el capullo. Encerrada en la prisión del Purgatorio adquiere casi una nueva naturaleza y se vuelve una blanca mariposa que vuela hacia Dios en la eterna felicidad. Si nosotros pensáramos en el daño que nos hacemos con los pecados veniales, míseras satisfacciones de un momento fugaz, no seríamos tan tontos para seguir con tanta facilidad los impulsos de las pasiones y las tentaciones de los sentidos, y sabríamos dominarnos para vivir completamente en gracia de Dios; somos como niños tontos que por capricho de un juego se hacen daño y por el mísero gusto de encender una llama, producen un incendio.

Los condenados

Los miserables condenados que se precipitan en el Infierno, no están en un estado de purificación, y los tormentos espantosos que sufren son el estado que han elegido voluntariamente; es como su vida, su naturaleza, su hábito, sin la mínima luz, en un siempre eterno horror de odio y de desesperación por el que no desean sino el mal, odiando a Dios y queriendo perder a las almas que peregrinan sobre la tierra. ¡Qué horror! ¿Quién es el insensato, que quiere perderse así?