utfidelesinveniatur

jueves, 28 de julio de 2016

MONS. DE CASTRO MAYER


UN GRAN PALADIN EN DEFENZA DE LA TRADICION MILENARIA DE LA IGLESIA:
MONS. DE CASTRO MAYER


Estimados lectores de este blog, no hace mucho leí la hermosa exhortación que el muy estimado don Rafael nos hizo para dar a conocer a Monseñor de Castro Mayer como un gran hombre de Dios y amantísimo hijo de la Santa Madre Iglesia. No es mi intención hablar in extenso de su vida y sus obras, conocidas para muchos, sino solo exponer o narrar su participación en el Concilio Vaticano II, su obra como lo fue la Union Pia San Juan Maria Vianney, mi experiencia con él durante mi seminario en la Reja Argentina y, finalmente la caída en manos de la Roma moderna y apostata. El nombre de quien esto narrara no importa. Si entre quienes lean estas líneas se encuentran personas que enriquezcan esta modesta aportación mucho les agradeceré su información. De ante mano muchas gracias y que Dios los bendiga.


Introducción



La Santa Madre Iglesia siempre ha honrado a quienes han sido sus verdaderos hijos, celosos de la gloria de su castísimo esposo Nuestro Señor Jesucristo, convencidos defensores de la honra de nuestra Madre la Iglesia, fieles defensores de la doctrina de su divino Maestro y fervientes devotos de la Madre de Dios. Y bajo esta perspectiva se encuentran los dos grandes paladines de nuestra fe; Monseñor Marcel Lefebvre y Monseñor Antonio de Castro Mayer. Considero que no hay, por el momento, ni habrá quizá por un tiempo más quienes los superen, pero si quizá quien los emulen. Admiremos y pidamos su valiosa intercesión ante el Altísimo para perseverar en el combate constante y cada vez más difícil de la fe por lo que ellos con gran generosidad y una inmensa caridad nos trasmitieron y por la cual dieron sus vidas hasta la muerte, el depósito inviolable de la fe. En lo personal y en lo más privado de mi alma, puesto que el modernismo actual no los considera viables para la beatificación, bendito sea Dios, lo que vendría a ser una mancha muy grande en su límpida trayectoria y confiable en defensa de la fe lo cual es una gran garantía para nosotros que somos sus herederos, sin merito alguno de nuestra parte y solo por la gracia divina, que, probablemente desde el cielo ellos interceden para que no flaqueemos ni desmallemos en este combate. A ellos me  encomiendo, rogando que, a pesar de mis flaquezas, debilidades y miserias se acuerden de este pobre pecador e intercedan por él para seguir cuando menos su huellas de los que en ellos vi, me enseñaron y me movieron a pensar, en mi sencillez, en dos grandes santos por supuesto dejando a la Santa Iglesia la última palabra cuando el modernismo sea derrotado, vencido y puesto a los pies del Rey de Reyes y Señor de Señores al Él sea el honor y la gloria por los siglos de los siglos, amen.

Quiero dedicar el presente escrito a ellos como prenda de mi filial devoción. Pido a la Augustisíma trinidad y sobre todo al Espíritu de verdad de quien soy un eterno adorador me refiero al Espíritu Santo, refresque mi memoria, haga agradable y fácil esta redacción y me libre de errores que, involuntariamente puedan aparecer en ella y A la Santísima Virgen María su intercesión ante ellos para que me fortalezcan en los combates actúale que, debido a lo intenso de ellos, los extraño muchísimo. Considero una gracia inmerecida para este pobre y miserable pecador, que la misericordia divina me haya permitido, en su inmensa bondad conocer a estos dos grandes pilares de nuestra fe milenaria en momentos en que parecía inminente el triunfo total de la revolución mundial contra todo lo que es Santo.

Monseñor de Antonio de Castro Mayer en el Concilio Vaticano II



Como comenzó esa santa amistad y hermandad en la fe de los dos? Lo que sigue es un extracto de la “biografía” de Monseñor Lefebvre que por otro lado, nos da una primogénita imagen de lo que será hasta nuestros tiempos en modernismo y liberalismo dentro de la Iglesia, he aquí lo que lo que en esta biografía se escribe: Para oponerse eficazmente a la preponderancia liberal, se fundó el “caetus Internaciolis Patrum” cuya inspiración fue obra de Monseñor Antonio de Castro Mayer como autor de la  “Carta pastoral sobre el apostolado moderno”( libro que tuve en mis manos) que en aquel momento era Obispo de la diócesis de Campos Brasil, quien lo presento a su colega y compatriota Monseñor Geraldo de Proenca de Sigaud, obispo de Jacarezinho, futuro obispo de Diamantina, resuelto desde el principio a organizar las fuerzas dispersas que se oponían a la mayoría progresista del Concilio. Desde 1934, el Canónico de Castro Mayer y el Padre Sigaud, ambos profesores del Seminario Mayor de San Pablo, colaboraban con el periódico “O Legionario” órgano de la Congregación Mariana de Santa Cecilia con el fin de combatir las infiltraciones progresistas e izquierdistas en la Acción Católica Brasileña, acción que fue sancionada y fueron castigados en febrero de 1945 y marzo de 1946. A pesar de ello,  El nuncio Aloisi Mesella intercedió por los valientes clérigos ante S. S. Pio XII quien nombra al Padre Sigaud Obispo de Jacarezinho (1947) y al Canónico de Castro Mayer Obispo coadjutor de Campos (1948).


En 1951, Monseñor de Castro Mayer fundo en Campos la publicación mensual Catolicismo que se extendieron por todo Brasil. Remplazados por los de la TFP el Obispo y el Profesor Plinio Correa de Oliveira, lograron oponerse victoriosamente a las intrigas comunistas de reforma agraria de la era Goulart” cuyas reformas eran apoyadas por el Arzobispo Helder Cámara, creando así un clima ideológico y espiritual que provoco la caída del presidente criptocomunista Joao Goulart. Sobre esta acción Monseñor Lefebvre diría en su momento: “Hay que reconocer que la TFP fue la que salvo a Brasil del comunismo” (En 1986 debido a las desviaciones de la TFP, se dio una conferencia muy sustanciosa a los seminaristas presentes, entre los cuales estaba quien esto relata, por el mismo Monseñor de Castro Mayer quien informo con lujo de detalles sobre la actual situación de la TFP, la mencionare cuando corresponda) Mientras tanto, en 1962, el grupo de Catolicismo estableció en Roma un secretariado para seguir de cerca el desarrollo del Concilio. Fue en esas circunstancias que, por propuesta de los dos Prelados brasileños, Monseñor Lefebvre acepto formar con ellos un “piccolo comitato” o grupo de estudios para oponerse a las ideas liberales del Concilio siguiendo la línea de pensamiento del Cardenal Ruffini. Se reunieron  en el corso d´Italia, en la procura de los Padres del Espíritu Santo, y organizaron en Roma conferencias-encuentros destinados a los Padres Conciliares durante la primera sesión.

Monseñor Lefebvre, hablando de la encomiable labor de estos dos grandes Prelados brasileños, dijo: “El alma del Caetus era Monseñor Proenca Sigaud en la función de secretario; yo mismo, como antiguo delegado apostólico y como superior de los Padres del Espíritu Santo era la cobertura”, como el título de presidente; Monseñor de Castro Mayer era el vicepresidente y el pensador”, mientras que Monseñor Carli era la Pluma” por su competencia, su espíritu vivo y el don de gentes propio de los italianos” Esto llevo a que pablo VI, llamara a Monseñor Lefebvre para pedir un informe y dar autorización para reunir a todos los Padres Conciliares con las mismas inquietudes de estos tres ilustres Prelados, pero, por desgracia no fue para bien.  Bajo esta “autorización” el 5 de agosto a noviembre de 1964 la agrupación eligió su nombre definitivo de “Caetus Internacionais Patrum” ¡Que tardía fue la creación de esa asociación de Padres en comparación con los grupos de tendencia progresista, que funcionaron desde las primeras sesiones! Pero, por fin la simplicidad de los hijos de la luz reaccionaba contra la premeditación febril de los innovadores. Con ser muy insignificantes sus recursos naturales del Caetus comparados con los de la Alianza Europea, que disponía de todos los medios de comunicación, en particular del todopoderoso INDOC(Centro Internacional de Documentación y Comunicación) quien al final de la tercera sesión distribuyo cuatro millones de volantes.

Monseñor Lefebvre termina diciendo sobre la acción del Caetus lo siguiente, que es muy importante tener en cuenta puesto que genero un lazo muy fuerte de unión, hermandad y amistad entre estos dos Grandes Prelados que se rompió con la muerte y continua eternamente en el cielo: “Pudimos, a pesar de todo, limitar los daños, cambiar algunas afirmaciones inexactas o peligrosas, agregar alguna que otra frase para rectificar tal proposición tendenciosa o tal expresión ambigua.
A pesar de todo, debo confesar que no pudimos purificar al Concilio del espíritu liberal y modernista que impregnaba la mayoría de los esquemas, ya que sus redactores eran- precisamente- los expertos y los Padres imbuidos de aquel espíritu. Ahora bien, ¿Qué quieren ustedes?, cuando un documento se encuentra redactado en su conjunto con un falso espíritu, es prácticamente imposible expurgarlo de ese espíritu; habría que volver a escribirlo para darle un espíritu católico.


Lo que pudimos hacer, por los modo que presentamos

Padre Arturo Vargas Meza

MONSEÑOR DE SÉGUR - EL INFIERNO, SI LO HAY, QUÉ ES, MODO DE EVITARLO.

II
¿QUÉ ES EL INFIERNO?

EL FUEGO DEL INFIERNO
ES UN FUEGO CORPÓREO


Preguntase a menudo qué es el fuego del infierno, cuál es su naturaleza, si es un fuego material o bien tan sólo espiritual, siendo muchos de esta última opinión, porque en el fondo los espanta menos. No opinan así Santo Tomás  ni la Teología católica. Conforme acabamos de decir, es    que el fuego del infierno es un fuego real y verdadero, un fuego inextinguible, un fuego eterno, que arde sin consumirse, y que penetra a los espíritus igualmente que a los cuerpos. He aquí lo que está revelado por Dios y enseñado como artículo de fe por la Iglesia. Negarlo sería, no solamente un error, sino también una impiedad y una herejía propiamente dicha. Mas pregunto otra vez: ¿de qué naturaleza es el fuego que arde en el infierno? ¿Es un fuego corpóreo, o es de la misma especie que el nuestro? Va a contestarnos el príncipe de la Teología, Santo Tomás, con su acostumbrada claridad y profundidad. Hace éste notar desde luego que los filósofos paganos, que no creían en la resurrección de la carne, y sin embargo admitían con la tradición entera del género humano un fuego vengador en la otra vida, habían de enseñar, y en efecto enseñaban, que ese fuego era espiritual, de igual naturaleza que las almas. El racionalismo moderno, que tiende a invadir todas las inteligencias y disminuye tanto como puede los datos de la fe, ha hecho inclinar hacia este sentimiento a muchos entendimientos poco instruidos en las enseñanzas católicas. Mas el gran Doctor, después de haber expuesto este primer sentimiento, declara resueltamente  “que el fuego del infierno será corpóreo” . La razón que da es concluyente: “Puesto que después de la resurrección deben ser precipitados en él los condenados, y puesto que el cuerpo no puede sufrir más que una pena corporal, debe ser también corporal el fuego del infierno. No puede aplicarse al cuerpo una pena, sino en cuanto sea ésta corporal” , y Santo Tomás apoya su enseñanza en la de San Gregorio el Grande y de San Agustín, que dicen lo mismo y en idénticos términos. Con todo puede decirse, añade el gran Doctor, que aquel fuego corpóreo tiene algo de espiritual, no en cuanto a su subsistencia, sino en cuanto a sus efectos; porque castigando a los cuerpos no los consume, no los destruye, ni los reduce a cenizas, y además ejerce su acción vengadora hasta en las almas. En este sentido el fuego del infierno se diferencia del fuego material, que quema y consume los cuerpos .

EL FUEGO DEL INFIERNO, AUNQUE
CORPÓREO, ATACA A LAS ALMAS

Se preguntará tal vez cómo el fuego del infierno puede atacar a las almas que permanecen separadas de sus cuerpos hasta el día de la resurrección y del juicio. Debe ante todo responderse que en este terrible misterio de las penas del infierno una cosa es conocer claramente la verdad de lo que existe, y otra cosa comprenderla. Sabemos de una manera positiva y absoluta, por la enseñanza infalible de la Iglesia que inmediatamente después de su muerte los condenados caen en el infierno y en el fuego del infierno. Ahora bien, esto no puede entenderse sino de sus almas, ya que hasta la resurrección sus cuerpos permanecerán en la tierra, en la tumba. Una vez separada del cuerpo, el alma del condenado se encuentra, respecto de la acción misteriosa del fuego del infierno, en la condición del demonio. Éstos, en efecto, aunque no tengan cuerpo, experimentan los efectos del fuego en que serán echados un día los cuerpos de los condenados, conforme lo indica explícitamente la sentencia del Hijo de Dios a los réprobos: “¡Apartaos de Mí, malditos! Id al fuego eterno, que ha sido preparado para el demonio y sus ángeles”. Pues bien, este fuego es corpóreo, porque de otra manera no obraría sobre los cuerpo de los condenados: por lo tanto, el alma separada del cuerpo, el alma del condenado, sufre los efectos de un fuego corpóreo. He aquí lo que sabemos y lo que es cierto. Lo que ignoramos es el cómo. Para creerlo no tenemos necesidad de saberlo, teniendo por objeto las verdades reveladas de Dios iluminar nuestro entendimiento y justamente conservarlo en la dependencia y sumisión. Por la fe estamos ciertos de la realidad del hecho, y nos basta saber que no es imposible. El raciocinio y la analogía nos lo hacen ver claramente: ¿no somos nosotros mismos testigos irrecusables de la acción, no sólo real, sino también íntima e incesante que ejerce nuestro cuerpo sobre nuestra alma? ¿Nuestro cuerpo, que es una substancia material, no obra sobre nuestra alma, que es una substancia espiritual? Luego es perfectamente posible que una substancia material, como es el fuego del infierno, obre sobre una substancia espiritual, cual es el alma del condenado.

El capitán ayudante mayor
de Saint-Cyr

A este propósito permitidme, amados lectores, que os refiera un hecho muy curioso que pasó en la escuela principal de Saint-Cyr 1 en los últimos años de la Restauración. La escuela tenía entonces de capellán a un eclesiástico muy virtuoso y de talento, que llevaba el raro nombre de Rigolot, y predicaba a los jóvenes de la escuela, que cada tarde se reunían en la capilla antes de subir al dormitorio. Cierto día que el digno capellán había hablado admirablemente del infierno, concluida la ceremonia, se retiraba con una palmatoria3 en la mano a su aposento, que estaba situado en una sala reservada a los oficiales. Cuando abría la puerta, oye que lo llama alguien que lo seguía en la escalera, un anciano capitán de bigote gris y postura poco fina. "Perdonad, señor capellán, —le dice en tono algún tanto irónico—, acabáis de hacernos un hermoso sermón sobre el infierno. Únicamente os habéis olvidado de decirnos si en el fuego del infierno seremos asados, o tostados, o hervidos. ¿Podríais decírmelo?". El capellán, viendo con quién tenía que habérselas, lo mira en el blanco de los ojos, y poniéndole su palmatoria frente al rostro, le responde tranquilamente: “ ¡Allá veréis, capitán!" Y cierra su puerta, no pudiendo contener la risa al ver la figura a la vez simple y aturdida del pobre capitán. No pensó más en ello; pe^o desde entonces le pareció que el capitán le' volvía los talones, por lejos que lo viese. Sobrevino la Revolución de Julio4, y fue suprimido el cargo de capellán militar, tanto en el colegio de Saint-Cyr como en los demás, siendo el clérigo Rigolot nombrado por el Arzobispo de París para otro puesto no menos honroso. Unos veinte años después el venerable sacerdote se encontraba una tarde en un salón, en que había una numerosa sociedad, cuando vio que se dirigía a él un caballero anciano y de bigotes blancos, que lo saludó preguntándole si era el señor Rigolot, en otro tiempo capellán de Saint-Cyr. Y habiéndole contestado afirmativamente:

—¡Oh, señor capellán! —le dijo con emoción el anciano militar—, permitidme que os estreche las manos y os exprese toda mi gratitud: ¡vos me habéis salvado!

—¡Yo! ¿y cómo ha sido?

—¡Qué! ¿no me conocéis? ¿Os acordáis de una noche en que un capitán instructor de la Escuela, habiéndoos planteado una cuestión ridicula, le respondisteis, poniendo vuestra bujía debajo de su nariz: “ ¡Allá lo veréis, capitán!” Ese capitán soy yo. Sabed que desde entonces aquellas palabras me persiguieron por todas partes, no menos que el pensamiento de que iría a quemarme en el infierno. He luchado diez años, pero al fin he tenido que rendirme: he ido a confesarme y me he vuelto cristiano, cristiano a lo militar, es decir, todo de una pieza. A vos debo esta dicha, y me considero muy feliz al encontraros para poder decíroslo”. Si alguna vez, mi querido lector, oyes a algún malvado suscitar descabelladas cuestiones sobre el infierno y su fuego, responde con el sacerdote Rigolot: “ Allá lo veréis, amigo; allá lo veréis” . Os aseguro que no tendrán la tentación de ir a verlo.

La mano quemada de Foligno

Es cosa cierta que casi siempre que Dios ha permitido que una pobre alma condenada apareciese en este mundo, ha dejado una huella visible, y ha sido la del fuego. Recordad lo que más arriba hemos referido de aquella terrible aparición de Londres, del brazo calcinado de la dama del brazalete, y de la alfombra quemada. Recordad la atmósfera de fuego y de llamas que rodeaba a la joven perdida de Roma, y al joven religioso sacrílego de San Antonino de Florencia. En el mismo año de que os hablé, en el mes de abril, he visto, y hasta he tocado en Foligno, cerca de Asís, en Italia, una de aquellas espantosas marcas de fuego que atestiguan una vez más la verdad de lo que aquí decimos, a saber, que el fuego de la otra vida es real. El día 4 de noviembre de 1859 murió de apoplejía fulminante, en el convento de Terciarias Franciscanas de Foiigno, una buena hermana llamada Teresa Margarita Gesta, que era hace muchos años maestra de las novicias y a la vez encargada de la pobre ropería del monasterio. Había nacido en Córcega, en Bastía, en 1797 y había entrado en el monasterio en febrero de. 1826. Es ocioso decir que estaba preparada dignamente para la muerte. Doce días después, el 17 de noviembre, una hermana denominada Ana Felicia, que la había ayudado en su empleo y que la reemplazó después de su muerte, subía a la ropería, e iba a entrar, cuando oye gemidos que parecían salir del interior del aposento. Algo azorada, se apresuró a abrir la puerta: no había nadie. Mas dejáronse oír nuevos gemidos tan acentuados que ella, a pesar de su ordinario valor, se sintió poseída de miedo. "¡Jesús, María! —exclamó— ¿qué es esto?” . Aún no había concluido, cuando oyó una voz lastimera, acompañada de este doloroso suspiro:

“ ¡Oh, Dios mío! ¡cuánto sufro! Oh Dio! Che peno tanto!". La hermana, estupefacta, reconoció pronto la voz de la pobre sor Teresa. Se repone como   “ ¿Y por qué? A causa de la pobreza, responde sor Teresa. “ ¡Cómo! replica la hermana: ¡vos que erais tan pobre! “No es por mí misma, sino por las hermanas, a quienes he dejado demasiada libertad en este punto. Y tú ten cuidado de ti misma” .

Y al mismo instante la sala se llenó de un espeso humo, y la sombra de sor Teresa apareció dirigiéndose hacia la puerta, deslizándose a lo largo de la pared. Llegando cerca de la puerta, exclamó con fuerza: "He aquí un testimonio de la misericordia de Dios” . Y diciendo esto tocó el tablero superior de la puerta, dejando perfectamente estampada en la madera calcinada su mano derecha, y desapareciendo en seguida. La pobre sor Ana Felicia se había quedado casi muerta de miedo. Del todo trastornada, se puso a gritar y pedir auxilio. Llega una de sus compañeras, luego otra y después toda la Comunidad; la rodean y se admiran todas de percibir un olor a madera-quemada. Buscan, miran y observan en la puerta la terrible marca, reconociendo pronto lp, forma de la mano de sor Teresa, que era negablemente pequeña. Espantadas, huyen, corren al coro, se ponen en oración, y olvidando las necesidades de su cuerpo, se pasan toda la noche orando, sollozando y haciendo penitencia por la pobre difunta, y comulgando todas por ella al día siguiente. Esparce se por fuera la noticia; los Religiosos Menores, los buenos sacerdotes amigos del monasterio y todas las comunidades de la población unen sus oraciones y súplicas a las de las Franciscanas. Este rasgo de caridad tenía algo de sobrenatural y de todo punto insólito. Sin embargo, la hermana Ana Felicia, aun no repuesta de tantas emociones, recibió la orden formal de ir a descansar. Obedece, decidida a hacer desaparecer a toda costa en la mañana siguiente la marca carbonizada que había causado el espanto en todo Foligno. Mas, he aquí que sor Teresa Margarita se le aparece de nuevo. "Sé lo que quieres hacer, le dice con severidad; quieres horrar la señal que he dejado impresa. Sabe que no está en tu mano hacerlo, siendo ordenado por Dios este prodigio para enseñanza y enmienda de todos. Por su justo y tremendo juicio he sido condenada a sufrir durante cuarenta años las espantosas llamas del purgatorio, a causa de las debilidades que he tenido a menudo con algunas de nuestras hermanas. Te agradezco a ti y a tus compañeras tantas oraciones, que en su bondad el Señor se ha dignado aplicar exclusivamente a mi pobre alma; y en particular los siete salmos penitenciales, que me han sido de un gran alivio” .
Después, con apacible rostro, añadió:

"¡Oh, dichosa pobreza, que proporciona tan gran alegría a todos los que verdaderamente la observan!” . Y desapareció.

Por fin, al siguiente día 19, sor Ana Felicia, habiéndose acostado y dormido, a la hora acostumbrada, oye que la llaman de nuevo por su nombre, despierta se sobresaltada, y queda clavada en su postura sin poder articular una palabra. Esta vez reconoció también la voz de sor Teresa, y al mismo instante se le apareció un globo de luz muy resplandeciente al pie de su cama, iluminando la celda como en pleno día, y oyó que sor Teresa con voz alegre y de triunfo, decía estas palabras: "Fallecí un viernes, día de la Pasión, y otro viernes me voy a la gloria. . . ¡Llevad con fortaleza la cruz!. . . ¡Sufrid con valor!” .
Y añadiendo con dulzura:

“ ¡Adiós! ¡adiós! ¡adiós! . . .” se transfigura en una nube ligera, blanca, deslumbrante, y volando al cielo desaparece.


Abrióse en seguida una información canónica por el obispo de Foiigno y los magistrados de la población. El 23 de noviembre, en presencia de un gran número de testigos, se abrió la tumba de sor Teresa Margarita, y la marca calcinada de la puerta se halló exactamente conforme a la mano de la difunta. El resultado de la información fue un juicio oficial que consignaba la certeza y la autenticidad de lo que acabamos de referir. En el convento se conserva con veneración la puerta con la señal calcinada. La Madre abadesa, testigo del hecho, se ha dignado enseñármela, y, lo repito, mis compañeros de peregrinación y yo hemos visto y tocado la madera que atestigua de un modo tan temible que las almas que, ya sea temporal, ya sea eternamente, sufren en la otra vida la pena del fuego, están compenetradas y quemadas por el fuego. Cuando, por motivos que sólo Dios conoce, les es dado aparecer en este mundo, lo que ellas tocan lleva la señal del fuego que les atormenta; parece que el fuego y ellas no forman más que uno; es como el carbón cuando está encendido. Por consiguiente, aunque no podamos penetrar el misterio, sabemos de un modo indudable que el fuego del infierno, corpóreo como es, ejerce su acción vengadora hasta en las almas. 

Ite Missa Est


28 DE JUNIO
SAN NAZARIO Y 
SAN CELSO, MARTIRES
SAN VICTOR I, PAPA Y MARTIR
SAN INOCENCIO I, PAPA Y CONFESOR

Misa - Intret
III Clase – Ornamentos Rojos
Epístola – Sap; X, 17-20
Evangelio – San Lucas; XXI, 9-19


SAN NAZARIO Y SAN CELSO. — Gloria de Milán y de San Ambrosio fue el ofrecer a la veneración de los fieles a los Santos Nazario y Celso. Los dos, se cree, fueron del número de los más antiguos mártires de Milán. Sus cuerpos habían sido sepultados en un jardín, situado fuera de los muros de la ciudad, y no eran objeto de un culto especial antes de fines del siglo iv. Más aún, la tumba de S. Celso había caído en el más completo olvido. Pero en el 395 San Ambrosio procedió a reconocer los restos de San Nazario. Se encontró el cuerpo bien conservado, la cabeza separada del tronco y la sangre fresca todavía. Colocó se le en una carroza con todo respeto, y, formando en procesión, el pueblo siguió al obispo, quien antes de llevar a Milán las reliquias, se detuvo a orar delante de otra tumba: la de San Celso, al que llamó así San Ambrosio, acaso por revelación, para que le honrasen los fieles. Sólo las reliquias de San Nazario, se llevaron procesionalmente a la ciudad y depositándolas en la iglesia de los Santos Apóstoles que, desde entonces, fué la de San Nazario. En el siglo x las reliquias de San Celso fueron trasladadas a su vez a una iglesia de Milán que le fué dedicada. Muy pronto, sin embargo, asoció la Liturgia a los dos mártires en una misma fiesta. Sin embargo gozó San Nazario de mayor celebridad en todo el Occidente. La antigua catedral de Autun estaba dedicada al santo así como también una basílica de Embrún; lo estuvieron también muchos pueblos de Francia.

SAN VÍCTOR. — Nació en Africa. Sucedió al Papa Eleuterio hacia el año 189, reinando por espacio de diez años, y según el Líber Pontificalis murió mártir. Autoritario y enérgico fué el esclarecido defensor de la Tradición. Excomulgó a Teodoto que enseñaba que Cristo era solo hijo adoptivo de Dios. Condenó a los Montañistas de Frigia que sólo querían gobernarse según revelaciones privadas. Finalmente, prohibió la costumbre de las iglesias de Asia que celebran la Pascua como los judíos, en el plenilunio de Abril y en cualquier día de la semana que cayese. En su tiempo consolidó se notablemente el pontificado y dejó sentir su influencia en toda la cristiandad.


SAN INOCENCIO I. — San Víctor, en el siglo n, había afirmado con hechos la primacía de la Iglesia romana. Con San Inocencio I vemos que, desde hace mucho tiempo es una tradición reconocida en toda la Iglesia, y el Papa la recordó autoritativamente a ciertos obispos que intentaron sustraerse a ella. Este Pontífice oriundo de Albano, reinó del 401 al 417, y su infatigable solicitud se extendió por toda la Iglesia. Sus decretales hicieron ley en España, Galia e Italia. Exigió a los Obispos de Constantinopla, Alejandría y Antioquía la rehabilitación de San Juan Crisóstomo, injustamente depuesto de su sede. Reprendió al Obispo de Jerusalén por causa de su negligencia. Ratificó la condenación fulminada por los Obispos de Africa contra los Pelagianos, que negaban la necesidad de la gracia. Sin embargo llenaron de luto su pontificado la toma y saqueo de Roma por los bárbaros de Alarico que entraron en la ciudad cuando él estaba fuera. Emprendió ardorosamente la tarea de levantarla de sus ruinas, y demostrando su mucha caridad socorriendo a las víctimas. San Inocencio I es uno de los mayores papas del siglo V.

PLEGARIA A LOS MÁRTIRES CONFESORES. — Gloriosos Papas que, tanto por la efusión de vuestra sangre sobre la arena, como por los decretos promulgados desde la Silla apostólica, habéis exaltado la fe del Señor, dignaos acoger nuestras súplicas. Haced que comprendamos la enseñanza que para nosotros supone vuestra colocación en el ciclo sagrado. Sin ser mártires ni Pontífices podemos con todo eso merecer los ser asociados a vuestra gloria. Pues el motivo que explica vuestra común entrada en la bienaventuranza en este día, debe ser también, para cada uno de nosotros y en grado diverso, la razón de nuestra salvación: En Cristo Jesús, dice el Apóstol, sólo vale la fe actuada por la caridad. En esta fe, por la que vosotros trabajasteis y padecisteis, esperamos nosotros el premio de la justicia y aguardamos la corona. Nazario y Celso, que no temisteis dar vuestra vida por Jesucristo, obtenednos la gracia de estimar el tesoro que todo cristiano está obligado a valorizar, obrando y cantando alabanzas a Dios. Víctor, celoso guardián de las tradiciones de la alabanza divina, defendiendo la celebración de la Pascua, vengador del Verbo Dios hecho hombre; Inocencio, oráculo incorruptible de la gracia de Cristo Salvador, testigo también de sus inexorables justicias: enséñanos la confianza y el temor, la rectitud en nuestras creencias y la delicadeza que conviene al cristiano en lo que a esta fe se refiere, fundamento único para él de la justicia y del amor. Mártires y Pontífices conducidos por el camino recto que lleva al cielo.

miércoles, 27 de julio de 2016

"CARTAS PASTORALES Y ESCRITOS por S.E. MONSEÑOR MARCEL LEFEBVRE"

Carta pastoral
nº 40
LA HUMILDAD

En este último “Aviso del mes” que les dirijo, siento el secreto deseo de redactarlo sobre la virtud que hoy uno se arriesga a olvidar más fácilmente: la humildad. Temo, en efecto, que el espíritu que orienta hoy a muchos reformistas vaya en contra de esta 110 virtud fundamental de la espiritualidad evangélica. La concepción de la obediencia, de la vida de comunidad, del apostolado, de la santidad misma, pone hoy en primer lugar a la vocación personal, al carisma, a la dignidad de la persona humana, exigiendo respeto para las ideas personales, para las orientaciones personales. ¿Cómo conciliar esta concepción con la humildad? “El alma humilde, dice nuestro venerable Padre François Libermann, es dulce en la obediencia, obedece sin pena y sin contestar porque no está atada a su propia voluntad. La humildad es la madre de la regularidad, el sostén de la unión fraternal y la más sólida garantía de la subordinación” (“Dirección Espiritual”, pág. 220). Es evidente que Nuestro Señor nos ha enseñado la misma doctrina: “Discite a me, quia mitis sum et humilis corde” (San Mateo, XI, 29). “Omnis qui se exaltat, humiliabitur: et qui se humiliat exaltabitur” (San Lucas, XVIII, 14).

Y cuántos textos se podrían citar de parte de los Apóstoles, y en particular el ejemplo de Nuestro Señor, del cual habla San Pablo en la segunda Epístola a los Filipenses: “Semetipsum exinanivit (…) humiliavit semetipsum factus obediens (…) propter quod et Deus exaltavit illumEs, por lo demás, la lección de la Virgen María, cuando canta las bondades de Dios para con Ella: “Respexit humilitatem ancillæ suæTodos los santos han dado un ejemplo vivo de esta virtud, que es la condición sine qua non de la presencia de Dios en un alma. Santo Tomás de Aquino dice que esta virtud “indirectamente es la primera, descarta los obstáculos; en efecto, la humildad destruye el orgullo y convierte así al hombre en dócil y abierto a las influencias de la gracia de Dios, que resiste a los soberbios y da la gracia a los humildes” (IIª IIæ., q. 161, a 3 y 5).

Está claro entonces que toda reforma, todo aggiornamento que no vaya en el sentido de una humildad muy grande, en el sentido de una gran abnegación de nuestra voluntad propia, de nuestro amor propio, arruina la virtud de la obediencia y, por ese mismo hecho, arruina el verdadero espíritu de comunidad y el espíritu de oración, contribuyendo así a la ruina de toda sociedad religiosa, esencialmente fundada sobre la búsqueda de la santidad, condición indispensable para un apostolado eficaz. Tal era el verdadero espíritu de nuestro venerable Padre: sencillo y luminoso como el Evangelio mismo.

Cuán fructífero sería el Capítulo General que insistiera fuertemente sobre estas virtudes, que reencontrase así las fuentes fervientes de nuestros orígenes. Bastaría con citar los pasajes fundamen-tales de nuestro venerable Padre sobre estos temas para encontrar nuevamente los verdaderos caminos hacia la santidad y el verdadero apostolado. Tengamos cuidado de no dejarnos llevar por estas tendencias modernas que “contestan” aún a la autoridad más legítima, que tienen horror de toda Jerarquía, que instintivamente se levantan contra la fe entera hecha de autoridad. Todo eso viene del Espíritu malo y no del Espíritu Santo.

Para nosotros, que somos misioneros, nos es muy útil recordar que la virtud de la humildad es el secreto del verdadero apostolado. En efecto, el misionero humilde ve y juzga todas las cosas según el espíritu de la fe y la visión de Dios. Frente al trabajo de la gracia de Dios se pone en su justo lugar, de instrumento, de ministro. Considera toda persona humana en sus relaciones con el Espíritu de Dios, con la gracia de Nuestro Señor. Por eso permanece paciente, comprensivo y misericordioso ante los corazones que parecen cerrarse a la gracia, pero no es menos perseverante en la acción, siempre optimista en el éxito y en el fracaso.

El apóstol humilde descubrirá como por instinto sobrenatural los caminos y los métodos apostólicos que llevan en sí la gracia del Espíritu Santo. Evitará todo lo que otorga una parte demasiado grande a la actividad humana, que hace resaltar al instrumento a expensas del verdadero y único apóstol. Estará más inclinado a la oración que a la discusión, tenderá más al ejercicio de la virtud que a hacer exposiciones didácticas.

“Traten entonces de establecerse sólidamente en esta hermosa e importante virtud. Con 111 ella, todas las demás serán fáciles” (“Directorio Espiritual”, pág. 221).


Monseñor Marcel Lefebvre

(“Aviso del mes”, mayo-junio de 1968)

TRATADO DE LOS ANGELES - SANTO TOMAS DE AQUINO

INTRODUCCION A LA CUESTION LII
(CONTINUACION)

Conviene, ante todo, distinguir los varios modos como una cosa puede estar en otra. Esto puede ser de un modo natural o de modo sobrenatural. Los modos sobrenaturales que conocemos son tres: Dios está en el alma del justo por la gracia santificante. En la naturaleza humana de Cristo está por la unión hipostática. Y hay un tercer modo, llamado sacramental, modo especialísimo, propio de Cristo en          a Eucaristía.

Naturalmente  puede una cosa estar en otra de dos maneras: la primera es intencionalmente, como el objeto conocido está en la facultad cognoscitiva, no según su entidad física y real, sino por una representación: la segunda, contrapuesta a ésta, es cuando está realmente, no mediante una representación, sino con su propia substancia física y real.

Mas este modo real puede, a su vez, ser de dos clases:

cirunscritivo, modo propio y exclusivo de los cuerpos, por el contacto de la cantidad, que se da por la igualdad de medida y simetría entre las partes y, dimensiones propias del cuerpo contenido en el lugar y las del lugar mismo, correspondiendo entonces, según expresión de los filósofos, el todo contenido a todo el lugar continente, y cada parte de uno a las del otro; y no cirunscritivo, cuando lo que se dice estar en el lugar no, tiene dimensiones propias, no habiendo por ello contacto cuantitativo, sino contacto por la aplicación de la virtud operativa al lugar, correspondiendo entonces el todo limitado por el lugar al todo del lugar mismo y, al mismo tiempo, a cada una de sus partes.

Este modo no circunscriptivo se da: en el caso de la ubicuidad u omnipresencia divina, por la que Dios está a la vez en todas las cosas que existen, conservándolas, conociéndolas y gobernándolas (La p., q. 8); Y en el caso de, las substancias espirituales, alma humana y ángeles, llamándose modo definitivo o definitivo o delimitativo (IV sent. Dist. 10, q, 1, a. 3, y q. 4, sol. 2), por el cual el alma y los espíritus están en un lugar aplicando su virtud, quedando como contenidos y limitados a aquel lugar y no obrando en ningún otro. Hay, sin embargo, aquí entre el alma humana y el ángel esta diferencia: que aquélla de tal modo está en el cuerpo, que es su forma substancial; por eso se dice que está en él informándolo, informative dando el ser al compuesto; al paso que los ángeles no se unen al cuerpo como forma substancial, sino sólo accidentalmente, como motor al móvil representativo.

Comparando los ángeles con el lugar, Santo Tomás estudia el problema general del hecho y el modo de estar de los ángeles en un lugar (a. 1), discutiendo luego de manera particular si es posible por parte de un ángel estar en varios lugares á la vez (a. 2) y que varios ángeles estén al mismo tiempo en un solo lugar (a. 3).

II.-ENSEÑANZA DE LA REVELACION DIVINA

La divina revelación, que tan reiteradamente nos narra las apariciones de los ángeles, enseña explícitamente que los ángeles de hecho están de alguna manera en algún lugar, aunque directamente no determine el modo. Si bien explícitamente también excluye de ellos el estar en todas partes simultáneamente, en cuanto que pone siempre la ubicuidad u omnipresencia como propia y exclusiva de Dios. (Véase la Introducción a la 1., q. 8, pp. 286-287 del volumen 1 de la SUMA en esta edición de la B. A. C., y el a. 4 de Santo Tomás en la misma cuestión.)

Como lugar propio de todos los ángeles antes de pecar y de los buenos después del pecado de los otros, se asignan los cielos; y como lugar circunstancial, aquellos en que aparecen y se hacen visibles a los hombres.

Las sagradas letras, por lo que a los ángeles buenos se refiere, y a quienes atribuyen como lugar propio el cielo (Gen. 16, 17; 22, 11; Tob.12, 15 y 20; Mt. 18,10; 22, 30; Le. 1, 19; 2, 8 s.; 15,10; Marc. 23, 32, etc.), atestiguan expresamente que desde allí son enviados, se manifiestan y obran en el lugar. Así nos dicen de ellos que, apareciéndose a Abrahán, levantáronse y se dirigieran a Sodoma y Abrahán iba con ellas para despedirlos... Y partiérondose de allí dos de los varones. y cuando llegaron a Sodoma los dos ángeles (Gen. 18, 16 Y 22). encontraron en la puerta de la ciudad a Lot, que les ofreció hospedaje en su casa, respondiendo ellos: No, pasaremos la  noche en la plaza. Instóles mucho y se fueron con: él a su casa; (Gen. 19, 1-3).

También de los ángeles malos asignan las sagradas letras el lugar. Según la expresión de San Juan, hubo una batalla en los cielos: Miguel y sus ángeles peleaban con el dragón y peleó el dragón y sus ángeles y no pudieron triunfar ni fue hallada su lugar en el cielo. Fue arrojado el dragón grande la antigua serpiente, llamada Diablo y Satanás que extravía a toda la redondez de la tierra) y fue precipitado en la tierra y sus ángeles fueron con él precipitados (Apoc. 12, 7-9).

En Tobías se nos dice que el demonio huyó al Egipto superior donde el ángel le ató (Tob. 8, 3). Como lugar de los demonios se designa el infierno: Dios no perdonó a los ángeles que pecaron sino que, precipitados en el tártaro, los entregó a las prisiones tenebrosas (2 Petr. 2, 4). Por eso se llama al príncipe de los demonios ángel del abismo (Apoc. 9, 11), donde el fuego eterno está preparado para el diablo y para sus ángeles (Mt. 25, 41; Apoc, 20, 10), a quienes San Pablo llama dominadores de este mundo tenebroso...espíritus malos de los aires (Eph. 6, 12), contra quienes San Pedro nos manda: Estad alerta y velad que vuestro adversario el diablo como león rugiente anda rondando y busca a quien devorar (1 Petr. 5, 8).


Tenemos, por otra parte, el testimonio fehaciente de los múltiples casos de posesión diabólica narrados en él Nuevo Testamento, aquí dejamos las citas para los lectores que quieran profundizar más sobre el tema: Mt. 4', 24; 8, t6; Mc. 1, 23 S.; Lc. 4, 41; MI(:. 8, 28-34; Mc. 5, 1-20; Lc. 8; 27-33; Mt. 9, 32 S.; 10,1; 12, 43; 17,18; Mc. 9, 17 S.; 1,6, 9; Lc. 9, 37-42; Act. 5, 16; 8, 17-18; 16, 16, etc.

CONTINUARA...

Ite Missa Est

27 DE JULIO
SAN PANTALEON, MARTIR

Misa – Laetábitur
Epístola - II Timoteo; II, 8-10 y III, 10-12
Evangelio – San Mateo; X, 26-32


UN MÉDICO SANTO. — La Iglesia oriental celebra hoy uno de sus mayores mártires. Médico de los cuerpos y conquistador de las almas, dícese que, su nombre, que significa fortaleza del león, fue trocado por Cristo, en el instante en que se disponía a morir, en el de Pantaleón que quiere decir, todo misericordioso, símbolo de los bienes que la liberalidad del Señor se disponía a esparcir por la tierra y de la misericordia que obtendrían quienes la demandasen por su intercesión. Sus reliquias fueron distribuidas en numerosas iglesias occidentales y su fama le colocó entre los santos auxiliadores. En la Colecta pide la Iglesia para nosotros la salud corporal tan útil como frecuente en el servicio de Dios y del prójimo.

VIDA. — Verosímilmente Pantaleón procedía de   Su muerte se coloca ordinariamente en los comienzos del siglo IV, hacia el 305, es decir, durante la gran persecución de Diocleciano y Maximiano. Después de haber padecido numerosos suplicios, créese murió decapitado. Su culto se popularizó en seguida extendiéndose por Occidente. Roma le consagró cuatro iglesias. Conservase en Ravello, cerca de Amalfi, una ampolla que contiene su sangre, la cual se torna en estado líquido, como la de San Genaro, todos los años en el día de su fiesta. Es uno de los patronos de la corporación de los médicos.


PLEGARIA. "¿Qué hay más dulce que la miel, y más fuerte, que el león?"  ¡Oh santo Mártir, tú más fuerte que Sansón planteaste y resolviste en ti mismo el enigma: de la fortaleza ha salido la dulzura. Oh león, que caminas intrépidamente en pos del León de Judá, tú también supiste imitar su inefable mansedumbre; y así como mereció ser llamado eternamente el Cordero, así ha querido que su misericordia resplandezca en su nombre imperecedero por el que, transformando el tuyo terreno, ha querido invitarte al eterno festín de los cielos. Por el honor del que es tu timbre de gloria suplicamos te justifiques tu nombre más y más. Sé propicio con los que te imploran, con los desgraciados a quienes la triste consunción aproxima cada día a las puertas de la tumba, con los médicos que, como, tú, se desviven por la salud de sus hermanos; ayúdales a hacer llevaderos los padecimientos físicos, a sanar los cuerpos; enséñales, sobre todo, a curar las llagas morales, a salvar sus almas.

martes, 26 de julio de 2016

¿ES VALIDA O INVALIDA LA NUEVA MISA?


III

LA SANTA MESA.


Un año después de la ascensión de Cranmer a la plenitud del poder eclesiástico, uno de los protestantes extranjeros, que invadieron a Inglaterra, escribió con gran regocijo a Bullinger, que había sucedido a Zwinglio en Zurich. "Arae fada sunt heree", las aras se han convertido en pocilgas. (11) Esto no era del todo cierto, ya que, en varios lugares, piadosos sacerdotes y congregaciones habían conservado los antiguos altares. Pero en noviembre de 1550, Cranmer, por medio del Consejo Privado, publicó un edicto que ordenaba que todos los altares debían ser destruidos en todo el Reino.



En adelante, siempre que se celebrase el rito de la Santa Eucaristía, debía usarse una mesa de madera. Con esta orden iba la explicación de Cranmer, la cual, como dice Philip Hughes en su obra definitiva "The Reformation in England" (12), "no deja duda de que una religión había sido sustituida por otra". Las "consideraciones" (13) advierten que: "La forma de una mesa es el uso correcto de la Cena del Señor. Porque el uso de un altar es hacer un sacrificio de esa Cena; mientras que el uso de la mesa es servir a los hombres para que coman en ella.




Si nosotros venimos para alimentarnos sobre El, espiritualmente a comer su cuerpo y espiritualmente a beber su sangre, que es el verdadero uso de la Cena del Señor, nadie puede negar que la forma de una mesa es más apta para representar la mesa del Señor; que la forma de un altar" 


Cranmer trata después de explicarnos por qué conservó la palabra "altar" en su nuevo Prayer Book, y dice que por esa palabra entiende "la mesa en que se distribuye la Santa Comunión", ya que puede llamarse un altar, porque allí se ofrece "nuestro sacrificio de alabanza y de acción de gracias".




El edicto fue puesto en vigor con suma rigidez.

Cuando uno de los obispos (14) se resistió a remover los altares en su diócesis, fue encarcelado y depuesto de su sede. En Londres, las alteraciones fueron inmediatas y arrolladoras. El obispo, que había sido uno de los capellanes de Cranmer, determinó hacer una nueva mesa lo más alejada, lo más inaccesible a los no comunicantes. Una crónica contemporánea (15) nos dice que en la Catedral de San Pablo, "él removió la mesa a la mitad del coro superior y puso sus extremos mirando al oriente y al occidente y, después del Credo, extendió un velo para que nadie pudiese ver a los que recibían la comunión; y cerró las rejas de hierro del coro, en la parte norte y en la parte sur con ladrillos y argamasa, para que nadie pudiese quedarse en el coro". Ya no había Presencia Real, ni Sacrificio, era lógico el eliminara los que atendían a los ritos eucarísticos y no comulgaban en ellos. Por eso Cranmer, ordenó "que no hubiese celebración de la Cena del Señor, a no ser que hubiera un buen número de comunicantes con el sacerdote, a su discreción; y que si no había más de veinte personas, en la parroquia, de discreción, no habría comunión, a no ser que cuatro, o tres al menos, comulgasen con el sacerdote. Y, para quitar la superstición, que cualquier persona tenga o pueda tener en el pan y en el vino, bastará que el pan sea el ordinario para comer en la mesa con otra comida, aunque sería más conveniente buscar el mejor y más puro pan de trigo. Y si quedase algo del pan o del vino, el cura se lo llevará para su propio uso".  

"que no hubiese celebración de la Cena del Señor, a no ser que hubiera un buen número de comunicantes con el sacerdote..."


(Con cuanto pesar comprobamos que estas reformas dictadas por un hereje en 1500 se estén aplicando al pie de la letra en estos momentos ya que, al cambiar el rito del sacrificio de la Misa según el Concilio de Trento y aplicar el “nuevo rito” están invalidando la Santa Misa, se suprimieron las misas privadas y, me pregunto, ¿dónde está el famoso ex opere operato propio de la Misa de Siempre? Ahora NO HAY MISA SINO HAY FIELES QUE COMULGUEN CON EL SACERDOTE negar esta horrible realidad es no querer aceptar los hechos que, cada día, golpean nuestro entendimiento y, nos desconciertan. El pan que se utiliza en la misa moderna, acaso no ha sufrido también alteraciones? Los sacerdotes modernistas en su afán de emular a Cranmer también utilizan pan ordinario, alguien puede negarlo? Los ejemplos de esta clase sobran. No es acaso la destrucción del Sacrificio de la Misa y la invalides de la misa nueva?)

"La última piedra que debía echarse encima del montón, bajo el cual está escondida la antigua fe de la Santísima Eucaristía -la frase es de Phillp Hughes fue la prohibición de arrodillarse para recibir la Sagrada Comunión. ¿Qué era esto sino una idolatría? Una rúbrica fue luego añadida en el nuevo Prayer Book, en la que se explicaba "que no se pretendía con esto significar que una adoración se daba o se debía dar al pan y vino sacra mental, que materialmente se recibía, o a una real o esencial presencia del Cuerpo natural o de la Sangre de Cristo, como si estuviesen allí presentes". (17).

A medida que el tiempo pasó, la mesa fue más mesa, pudiendo utilizarla en otros fines. Se dieron explícitas instrucciones para que "la santa mesa, en cada uno de los templos, fuese colocada en el lugar que tenían los antiguos altares, excepción de los casos en que el sacramento de la comunión debía distribuirse. En estas ocasiones, la mesa debía ser colocada en lugar conveniente dentro del cancel; para que el ministro pudiese ser oído con más facilidad por los comunicantes en su oración y la administración. y los comunicantes pudiesen, en mayor número, comulgar con el dicho ministro. Y, después de la comunión, la misma santa mesa debía ser colocada nuevamente en su lugar".




Fueron los puritanos los que, en el siglo siguiente, llevaron a su lógica conclusión el trabajo de Cranmer, no sólo para recibir sentados la comunión, sino para usar la santa mesa como un mueble adecuado en el que colocasen sus sombreros.


TRATADO DEL AMOR A DIOS - San Francisco de Sales


Que el amor tiende a la unión

El gran Salomón describe con un aire deliciosamente admirable los amores del Salvador y del alma devota, en aquella obra divina que, por su exquisita dulzura, se llama Cantar de los Cantares. Y, para elevarnos más dulcemente a la consideración de este amor espiritual, que se practica entre Dios y nosotros, por la correspondencia de los movimientos de nuestros corazones con las inspiraciones de su divina majestad, se vale de una continua representación de los amores entre un casto pastor y una honesta pastora. Ahora bien, haciendo que la esposa hable la primera, como sobrecogida por cierta sorpresa de amor, pone, ante todo, en sus labios este suspiro: Reciba yo un ósculo de su boca», En todos los tiempos y entre los hombres más santos del mundo, ha sido el beso la señal del afecto y del amor, y así se practicó entre los primeros cristianos como lo testifica San Pablo cuando dice a los romanos y a los corintios: Saludaos mutuamente, los unos a los otros con el ósculo santo. Y, como creen muchos, Judas, para dar a conocer a Nuestro Señor, empleó el beso porque este divino Salvador besaba ordinariamente a sus discípulos cuando se encontraba con ellos; y no sólo a sus discípulos, sino también a los niños, a los cuales tomaba amorosamente en sus brazos, como ocurrió con aquel del cual sacó la comparación para invitar tan solemnemente a los discípulos a la caridad del prójimo. Muchos presumen que este niño fue San Marcial, según dice el obispo Jansenius".

Siendo, pues, el beso la señal viva de la unión de los corazones, la esposa que no desea, en todas sus pretensiones, otra cosa que unirse con su amado, exclama: Reciba yo un ósculo de su boca; como sí dijera: ¿Cuándo será que yo derramaré mi alma en su corazón y que Él derramará su corazón en mi alma, para qua así, felizmente unidos, vivamos inseparables? Cuando el Espíritu divino quiere hablar de un amor humano, emplea siempre palabras que expresan unión y consorcio. En la multitud de los creyentes, dice San Lucas, no había más que un sólo corazón y una sola alma. Nuestro Señor rogó al Padre por todos los fieles, para que fuesen todas unas mismas cosas. San Pablo nos advierte que seamos celosos de conservar la unidad de espíritu por la unión de la paz. Estas uniones de corazón, de alma y de espíritu significan la perfección del amor, que funde muchas almas en una sola. Es en este sentido que se dice que el alma de Jonatán estaba adherida al alma de David, es decir, según añade la Escritura, amó a David como a su propia alma. Luego el fin del amor no es otro que la unión del amante con la cosa amada.

Que la unión pretendida por el amor es espiritual"

Hay que advertir, empero, que hay uniones naturales, como las de semejanza, de consanguineidad y la unión de la causa con el efecto; y hay otras que, no siendo naturales, pueden llamarse voluntarias, porque, si bien son conformes con la naturaleza, no se producen sin la intervención de la voluntad, como la unión que nace de los beneficios, los cuales, indudablemente, unen al que los recibe y al que los da; la unión que es fruto del trato y de la compañía, y otras semejantes. Las uniones voluntarias, son en efecto, posteriores al amor, pero, a la vez, causas de éste, por ser su fin y su única pretensión; de suerte que, así como el amor tiende a la unión, de la misma manera la unión extiende, con frecuencia., y acrecienta el amor. Pero ¿a qué clase de unión tiende? Es verdad que es el hombre el que ama, y que ama por la voluntad; pero la voluntad del hombre es espiritual; luego también lo es la unión que su amor pretende, tanto más, cuanto que el corazón, sede y manantial del amor, no sólo no se perfecciona sino que se envilece cuando se une a las cosas corporales. Ocurre raras veces que los que saben mucho, saben bien lo que saben; porque la virtud o la fuerza del entendimiento, cuando se derrama en el conocimiento de muchas cosas, es menos enérgica y vigorosa que cuando se concentra en la consideración de un solo objeto. Luego, cuando el alma emplea su virtud activa en diversas suertes de operaciones amorosas, fuerza es que su acción, así dividida, sea menos vigorosa y perfecta. Tres son, en nosotros, las clases de operaciones amorosas: las espirituales, las racionales y las sensuales. Cuando el amor esparce su fuerza por estas tres operaciones es, sin duda, más extenso, pero es menos intenso. ¿No vemos cómo el fuego, símbolo del amor, forzado a salir por la única boca del cañón, produce una explosión prodigiosa, la cual sería mucho más floja si el cañón poseyese dos o tres aberturas? Siendo, pues, el amor, un acto de nuestra voluntad, el que quiera tener un amor, no solamente noble y generoso, sino fuerte, vigoroso y activo, ha de procurar retener su virtud y su fuerza dentro de los limites de las operaciones espirituales, porque, quien quisiera aplicarlo a las operaciones de la parte sensitiva o sensible de nuestra alma, debilitaría proporcionalmente las operaciones de la parte intelectual, en las cuales consiste precisamente la esencia del amor. Cuando el alma practica el amor sensual, que la coloca en un plano inferior a sí misma, es imposible que no afloje otro tanto en el ejercicio del amor superior; de suerte que tan lejos está el amor verdadero y esencial de ser ayudado y conservado por la unión a la cual el amor sensual tiende, que, al contrario, debido a ella, se debilita, se disipa y perece. “Los bueyes de Job araban la tierra; mientras que los asnos inútiles pacían en torne de ellos”, Y comían de los pastos debidos a los bueyes que trabajaban. Acontece, con frecuencia, que, mientras la parte intelectual de nuestra alma trabaja, con un amor honesto y virtuoso, sobre un objeto digno de él, los sentidos y las facultades de la parte interior tienden a la unión que les es propia y que les sirve de pasto, aunque la unión no sea debida más que al corazón y al espíritu, que son los únicos que pueden producir el verdadero y substancial amor.

El amor intelectual y cordial, que ha de ser el dueño en nuestra alma, rehúsa toda suerte de uniones sensuales, y se contenta con la simple benevolencia.

El amor puede encontrarse en las uniones de las potencias sensuales mezcladas con las uniones de las potencias intelectuales, pero de una manera tan excelente como ocurre cuando los espíritus y los ánimos, separados de todos los afectos corporales y unidos entre sí, producen el amor puro y espiritual.

El amor es como el fuego, cuyas llamas son tanto más claras y delicadas cuanto más delicada es la materia, y no se pueden extinguir si no es ahogándolas y cubriéndolas de tierra.

Cuanto más elevado y espiritual es su sujeto más vivos, más duraderos y más permanentes son sus afectos, hasta el punto de que no es posible arruinar este amor si no es rebajándolo a las uniones viles y rastreras. Como dice San Gregorio, entre los placeres espirituales y los corporales, hay esta diferencia, a saber, que éstos producen el deseo antes de que se posean, Y el hastío cuando ya se tienen; mas las espirituales causan disgustos cuando no se tienen, y placer cuando se alcanzan.

Que hay en el alma dos porciones y de qué manera

Tenemos una sola alma, Teótimo, y ésta es indivisibles; pero en esta alma hay diversos grados de perfección, porque es viviente, sensible y racional, y, según son diversos estos grados, también ella tiene diversidad de propiedades Y de Inclinaciones, por las cuales se siente movida a huir o a unirse con las cosas. El apetito sensitivo, nos lleva a buscar Y a huir de muchas cosas por el conocimiento sensible que de ellas tenemos; lo mismo que a los animales, los cuales unos apetecen una, cosa y otros otra, según conocen que es o no conveniente; y en este apetito reside o de él procede el amor que llamamos sensual o simplemente apetito.

En cuanto somos racionales, tenemos una voluntad que nos inclina en pos del bien, según lo conocemos o juzgamos como tal por el discurso. Ahora bien, en nuestra alma en cuanto es racional, advertimos claramente dos grados de perfección, que el gran San Agustín y con él todos los doctores, ha llamado porcianes del alma, una inferior y otra superior, llamadas así porque la primera discurre y saca sus consecuencias según lo que percibe y experimenta por los sentidos, y la segunda discurre y saca sus consecuencias según el conocimiento intelectual, que no se funda en la experiencia de los sentidos, sino en el discernimiento Y en el juicio del espíritu; por esta causa, la parte superior se llama también comúnmente espíritu o parte mental del alma, y la inferior se llama ordinariamente sentido o sentimiento Y razón humana.

Ahora bien, la parte superior puede discurrir según dos clases de luces, a saber, según la luz natural, como lo hacen todos los filósofos y todos los que discurren científicamente, o según la luz sobrenatural, como lo hacen los teólogos y los cristianos, en cuanto fundan sus discursos sobre la fe y la palabra de Dios revelada; y todavía de una manera más particular aquellos cuyo espíritu es conducido por especiales ilustraciones, inspiraciones y mociones celestiales, por lo que la porción superior del alma es aquella por la cual nos adherimos Y nos aplicamos a la obediencia de la ley eterna. Abrahán, según la parte inferior de su alma pronunció aquellas palabras, que revelan cierta desconfianza, cuando el ángel le anunció que tendría un hijo: ¿Crees tú que a un hombre de cien años puede nacer le un hijo? Pero según la parte superior, creyó en Dios y le fue imputado a justicia; según la parte inferior, sintió se muy turbado cuando le fue impuesta la obligación de sacrificar a su hijo Isaac; pero según la parte superior se resolvió animosamente a sacrificarlo. También nosotros sentimos tajos los días dos voluntades contrarias. Un padre, al enviar a su hijo a la corte o a los estudios, no deja de llorar al despedirse de él, dando a entender con ello, que, si bien, según la parte superior, quiere la partida de su hijo, para su aprovechamiento en la virtud, con todo, según la parte inferior, le repugna la separación, y, aunque una hija se case a gusto de su padre y de su madre, les hace empero, derramar lágrimas, cuando les pide su bendición, de suerte que, mientras la parte superior se conforma con la separación, la inferior muestra su resistencia. Sin embargo, no se puede decir que, en el hombre, haya dos almas o dos naturalezas, sino que atraída el alma por diversos incentivos y movida por diversas razones, parece que está dividida, mientras se siente movida hacia dos extremos opuestos, hasta que, resolviéndose, en uso de su libertad, toma partido por el uno o por el otro; porque entonces la voluntad, más poderosa, vence, y se sobrepone, y sólo deja en el alma un resabio del malestar que esta lucha le ha causado, resabio que nosotros llamamos repugnancia.

Es admirable, en este punto, el ejemplo de nuestro Salvador, después de cuya consideración no cabe ya dudar de la distinción entre la parte inferior y la superior de nuestra alma; porque ¿qué teólogo ignora que fue perfectamente glorioso desde el primer instante de su concepción en el seno de la Virgen? Y sin embargo, estuvo sujeto al mismo tiempo a las tristezas, a los pesares y a las aflicciones del corazón, y no cabe decir que sólo padeció en su cuerpo, y en su alma, en cuanto ésta era sensible, o, lo que es lo mismo, según los sentidos, porque antes de sufrir ningún tormento exterior, y aun antes de ver a los verdugos junio a sí, ya dijo que su alma estaba triste hasta la muerte. En seguida rogó que pasase de Él el cáliz de su pasión, es decir, que se le dispensase de beberlo, con lo que expresó manifiestamente el querer de la parte inferior de su alma, la cual, al discurrir sobre los tristes y angustiosos trances de su pasión, que le aguardaban, y cuya viva imagen se le representaba en su imaginación, sacó.: como consecuencia muy razonable, el deseo de huir de ellos y de verlos alejados de sí, cosa que pidió al Padre; de donde se desprende claramente que la parte inferior del alma no es lo mismo que el grado sensitivo de ella, ni la voluntad inferior no es lo mismo que el apetito sensual; porque ni el apetito sensual, ni el alma, en su grado sensitivo, son capaces de hacer un ruego o una oración, que son actos de la facultad racional, y particularmente no son capaces de hablar a Dios, objeto que los sentidos no pueden alcanzar para darlos a conocer al apetito; pero el mismo Salvador, después de esta actividad de la parte inferior y de haber dado testimonio de que, según las consideraciones de la misma, su voluntad se inclinaba a huir de los dolores y de las penas, dio pruebas de que poseía la parte superior, por la cual se adhería absolutamente a la voluntad eterna y a los decretos del Padre celestial y aceptaba voluntariamente la muerte, a pesar de la repugnancia de la parte inferior de la razón, y así dijo: Padre mío que no se haga mi voluntad sino la tuya. Cuando dice mi voluntad, se refiere a su voluntad según la parte inferior, y, precisamente porque dice esto voluntariamente, demuestra que posee una voluntad superior. Que en estas dos porciones del alma hay cuatro  diferentes grados de razón.