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miércoles, 30 de marzo de 2016

Sermónes del Santo Cura de Ars - Purgatorio


EL 
†PURGAtoRiO†


Vengo por Dios. ¿Para qué subiría hoy al púlpito, queridos hermanos?, ¿qué voy a decirles? Que vengo en provecho de Dios mismo. Y de vuestros pobres padres; a despertar en ustedes el amor y la gratitud que les corresponde. Vengo a recordarles otra vez aquella bondad y todo el amor que les han dado mientras estuvieron en este mundo. Y vengo a decirles que muchos de ellos sufren en el Purgatorio, lloran y suplican con urgencia la ayuda de vuestras oraciones y de vuestras buenas obras. Me parece oírlos clamar en la profundidad de los fuegos que los devoran: «Cuéntales a nuestros amados, a nuestros hijos, a todos nuestros familiares cuán grandes son los demonios que nos están haciendo sufrir. Nosotros nos arrojamos a vuestros pies para implorar la ayuda de sus oraciones. ¡Ah! Cuéntales que desde que tuvimos que separarnos, hemos estado quemándonos entre las llamas! ¿Quién podría permanecer indiferente ante el sufrimiento que estamos soportando?». ¿Ven, queridos hermanos? ¿Escuchan a esa tierna madre, a ese dedicado padre, a todos aquellos familiares que los han atendido y ayudado?, «Amigos míos - gritan - líbrennos de estas penas, ustedes que pueden hacerlo».


Consideren, entonces, mis queridos hermanos: a) la magnitud de los sufrimientos que soportan las almas en el Purgatorio; y b) los medios que ustedes poseen para mitigarlos: vuestras oraciones, buenas acciones y, sobre todo, el santo sacrificio de la Misa. Y no quieran pararse a dudar sobre la existencia del Purgatorio, eso sería una pérdida de tiempo. Ninguno entre ustedes tiene la menor duda sobre esto. La Iglesia, a quien Jesucristo prometió la guía del Espíritu Santo, y que por consiguiente no puede estar equivocada y extraviarnos, nos enseña sobre el Purgatorio de una manera positiva y clara y es, por cierto y muy cierto, el lugar donde las almas de los justos completan la expiación de sus pecados antes de ser admitidos a la gloria del Paraíso, el cual les está asegurado. Sí, mis queridos hermanos, es un artículo de fe: Si no hacemos penitencia proporcional al tamaño de nuestros pecados, aun cuando estemos perdonados en el Sagrado Tribunal, estaremos obligados a expiarlos... En las Sagradas Escrituras hay muchos textos que señalan que, aun cuando nuestros pecados puedan ser perdonados, el Señor impone la obligación de sufrir en este mundo dificultades, o en el siguiente, en las llamas del Purgatorio.


Miren lo que le ocurrió a Adán. Debido a su arrepentimiento Dios lo perdonó, pero aun así lo condenó a hacer penitencia durante novecientos años, esto supera lo que uno podría imaginar. Y vean también: David ordenó, contrariando la voluntad de Dios, el censo de sus súbditos, pero luego acicateado por remordimientos de conciencia, vio su propio pecado y, arrojándose sobre el piso, rogó al Señor que lo perdonase. Dios, conmovido por su arrepentimiento, lo perdonó, en efecto. Mas, a pesar de ello, le hizo saber que debería elegir entre tres castigos que le había preparado debido a su iniquidad: plaga, guerra o hambruna. Y David dijo: «Prefirieron caer en manos del Señor (ya que muchas son sus gracias) que en las manos de los hombres». Eligió la plaga, que duró tres días, y se llevó a setenta mil súbditos suyos. Si el Señor no hubiera detenido la mano del Ángel, que se extendía sobre toda la ciudad, ¡Jerusalén hubiese quedado despoblada! David, considerando los muchos males causados por sus pecados, suplicó a Dios que le diera la gracia de castigarlo solamente a él y no al pueblo, que era inocente. Consideren, también, el castigo a María Magdalena; tal vez esto ablande un poco vuestros corazones; ¿cuál será el número de años, mis queridos hermanos, que tendremos que sufrir en el Purgatorio, nosotros que tenemos tantos pecados y que, so pretexto de habernos confesado, no hacemos penitencia ni derramamos ninguna lágrima? ¿Cuántos años de sufrimiento debemos esperar para la próxima vida en el Cielo? Cuando los Santos Padres nos cuentan los tormentos que se sufren en tal lugar, parecen los sufrimientos que soportó Nuestro Señor Jesucristo en su pasión, ¿eso les describirá sensiblemente las torturas que estas almas padecen? Sin embargo, es cierto que si el más leve de los tormentos que padeció Nuestro Señor hubiese sido compartido por el género humano, este hubiese fenecido bajo tal violencia. El fuego del Purgatorio es el mismo fuego que el del Infierno, la única diferencia es que el fuego del Purgatorio no es para siempre.


¡Oh! Quisiera Dios, en su gran misericordia, permitir que una de estas pobres almas entre las llamas apareciese aquí rodeada de fuego y nos diese ella misma un relato de los sufrimientos que soporta; esta iglesia, mis queridos hermanos, reverberaría con sus gritos y sollozos y, tal vez, terminaría finalmente por ablandar vuestros corazones.“¡Oh! ¡Cómo sufrimos!», nos gritarían a nosotros; «sáquennos de estos tormentos. Ustedes pueden hacerlo. ¡Si sólo experimentaran el tormento de estar separados de Dios!... ¡Cruel separación! ¡Quemarse en el fuego por la justicia de Dios! ¡Sufrir dolores inenarrables al hombre mortal!, ¡ser devorados por remordimientos sabiendo que podríamos tan fácilmente evitar tales dolores!... Oh hijos míos, gimen los padres y las madres, ¿pueden abandonarnos así a nosotros, que los amamos tanto? ¿Pueden dormirse tranquilamente y dejarnos a nosotros yacer en una cama de fuego? ¿Se atreven a darse a ustedes mismos placeres y alegrías mientras nosotros aquí sufrimos y lloramos noche y día? Ustedes tienen nuestra riqueza, nuestros hogares, están gozando el fruto de nuestros esfuerzos, y nos abandonan aquí, en este lugar de tormentos, ¡donde tenemos que sufrir por tantos años!... y nada para darnos, ni una Misa... Ustedes pueden aliviar nuestros sufrimientos, abrir nuestra prisión, pero nos abandonan. ¡Oh! qué crueles son estos sufrimientos... Sí, queridos hermanos, la gente juzga muy diferentemente en las llamas del Purgatorio sobre los pecados veniales, si es que se puede llamar leves a los pecados que llevan a soportar tales penalidades rigurosas. Qué desgraciados serían los hombres, proclamaron los Profetas, aún los más justos, si Dios no los juzgara con misericordia. Si Él ha encontrado manchas en el sol y malicia aún en los ángeles, ¿qué queda entonces para un hombre pecador? Y para nosotros, que hemos cometido tantos pecados mortales y sin hacer prácticamente nada para satisfacer la justicia de Dios, ¿cuántos años serán de Purgatorio?, «Dios mío», decía Santa Teresa, « ¿qué alma será lo suficientemente pura para que pueda entrar al cielo sin pasar por las llamas purificadoras?». En su última enfermedad, gritó de pronto: « ¡Oh justicia y poder de mi Dios, cuán terribles son!». Durante su agonía, Dios le permitió ver Su Santidad como los ángeles y los santos lo veían en el Cielo, lo cual la aterró tanto que sus hermanas, viéndola temblar muy agitada, le dijeron llorando: «Oh, Madre, ¿qué sucede contigo?, seguramente no temes a la muerte después de tantas penitencias y tan abundantes y amargas lágrimas...»No, hijas mías - replicó Santa Teresa - no temo a la muerte, por el contrario, la deseo para poder unirme para siempre con mi Dios». « ¿Son tus pecados, entonces, lo que te atemorizan, después de tanta mortificación?», «Sí, hijas mías - les dijo - temo por mis pecados y por otra cosa más aún», « ¿es el juicio, entonces?», «Sí, tiemblo ante las cuentas que es necesario rendir a Dios, quien en ese momento no será piadoso, y hay aún algo más cuyo solo pensamiento me hace morir de terror». Las pobres hermanas estaban muy perturbadas: « ¿Puede ser el Infierno, entonces?». «No, gracias a Dios eso no es para mí, oh, mis hermanas, es la santidad de Dios, mi Dios, ¡ten piedad de mí! Mi vida debe ser puesta cara a cara con la del mismo Señor Jesucristo. ¡Pobre de mí si tengo la más mínima mancha! ¡Pobre de mí si aún hay una sombra de pecado!». «¿Cómo serán nuestras muertes?», gritaron las hermanas. ¿Cómo serán las nuestras, entonces, mis queridos hermanos, que quizás en todas nuestras penitencias y buenas acciones, nunca hemos purgado un solo pecado perdonado en el tribunal de Penitencia? ¡Cuántos años y centurias de castigo nos tocarían! ¡Cómo nos gustaría no pagar nada por nuestras faltas, tales como esas pequeñas mentiras que nos divierten, pequeños escándalos, el desprecio a las gracias que Dios nos concede a cada rato, las pequeñas murmuraciones sobre las dificultades que nos manda el Señor! No, queridos hermanos, nunca nos animaríamos a cometer el menor pecado, si pudiéramos comprender lo mucho que esto ofende a Dios y cuánto merece ser castigado aún en este mundo. Dios es justo, queridos hermanos, en todo lo que hace; y cuando nos recompensa por la más mínima buena acción, nos da con creces lo que podríamos desear. Un buen pensamiento, un buen deseo, es decir, el deseo de hacer alguna buena obra aun cuando no estemos capacitados para lograrlo. Nunca nos deja sin recompensa. Pero también, si se trata de castigarnos lo hace con rigor, aún las faltas leves, y por ellas seremos enviados al Purgatorio. Esto es verdad, pues vemos en las vidas de los santos que muchos de ellos no fueron directamente al Cielo, primero tuvieron que pasar por las llamas del Purgatorio.


San Pedro Damian cuenta que su hermana debió pasar varios años en el Purgatorio por haber escuchado una canción maliciosa con cierto beneplácito de su parte. Y se dice que dos religiosos se prometieron uno al otro que el primero en morir le contaría al otro sobre el estado en que se hallaba. Dios permitió a uno morir primero y que se apareciera a su amigo. Le contó a este que había permanecido quince años en el Purgatorio por haberle gustado demasiado hacer las cosas a su manera, y cuando su amigo estaba felicitándole por haber permanecido allí tan poco tiempo, el fallecido replicó: «Yo hubiera preferido ser desollado vivo durante diez mil años seguidos en lugar del sufrimiento de las llamas».

Un sacerdote contó a uno de sus amigos que Dios lo había condenado a permanecer en el Purgatorio durante varios meses por haber demorado la ejecución de un proyecto de buenas obras. Así que, queridos hermanos, ¿cuántos hay entre quienes me escuchan que tengan faltas similares que reprocharse a sí mismos?

¡Y cuántos, en el curso de ocho o diez años, han recibido de sus padres, o de sus amigos, el encargo de oír misa, dar limosnas, compartir algo!, ¡cuántos hay que por temor de encontrar que ciertas cosas deberían hacerse, no quieren tomarse el trabajo de considerar la voluntad de esos padres o amigos; estas pobres almas están aún detenidas en las llamas, porque nadie ha querido cumplir con sus deseos! Pobres padres y madres, que se sacrifican por la felicidad de sus hijos y de sus herederos. Tal vez ustedes hayan sido negligentes con su propia salvación para aumentar sus fortunas, y así sabotean las buenas obras que se les encargó en los testamentos... ¡pobres padres! ¡Cuán ciegos estuvieron en olvidarlos! Ustedes me dirán, quizás, «Nuestros padres vivieron buenas vidas, y eran buena gente. Necesitarían muy poco de esas llamas».


Alberto el Grande, un hombre cuyas virtudes brillaron tanto, dijo sobre esta materia que él un día reveló a un amigo, que Dios lo había llevado al Purgatorio por haberse entretenido en cierta autosatisfacción envanecida sobre su propio conocimiento. Lo más asombroso es que aún habría santos allí, aún aquellos que fueron beatificados, haciendo su pasaje por el Purgatorio. San Severino, Arzobispo de Colonia, apareció ante un amigo suyo largo tiempo después de su muerte y le contó que estuvo en el Purgatorio por haber postergado para la noche las oraciones que debió decir a la mañana. ¡Oh! ¡Cuántos años de purgatorio habrá para aquellos cristianos que no tienen el menor inconveniente en diferir las oraciones para algún otro día con la excusa de tener trabajos más urgentes! Si realmente deseamos la felicidad de tener a Dios, debemos evitar tanto las pequeñas faltas como las grandes, ya que la separación de Dios es un tormento tan asustador para todas estas pobres almas...

El Peregrino Ruso

Madre de Dios de Pocaev

"Cuando la aparición desapareció la huella de su pie derecho había quedado incrustados en la roca y nació una fuente de agua."


Según la tradición, alrededor del año 1340 dC, uno de los monjes ascendió a la cumbre del monte Pochaev a orar, cuando de repente se vio una columna de fuego que ardiente. Llamando a lo demás monjes a unirse a él, se situó en la oración. El fuego también fue visto por unos pastores que estaban cuidando los rebaños de la zona, entre ellos Iván Bosoi [“los descalzos”], que se unió a los monjes en la oración. Se vio rodeada por las llamas y de pie sobre una roca, a la Santísima Theotokos, la Madre de Dios. Cuando finalmente la aparición desapareció, vieron que el lugar de la Theotokos había sido derretido, dejando la huella de su pie derecho incrustado en la roca. Apareció a lo largo de la huella un manantial de agua clara.



¡Pide, busca, llama!


Y sólo me quedo afuera la cabeza y las manos. Después, la inmensa nube pareció bajar sobre la tierra, al tiempo que subía de ella mi viejo abuelo, muerto veinte años atrás: un hombre recto, que durante treinta años había sido guardián de la iglesia del pueblo. Con aire de rabia y amenaza se me acercó y temblé de miedo. Mirando a mí alrededor vi algunos montones de cosas que yo había robado en distintas ocasiones.

Cada vez me sentía con más miedo. El abuelo, cercándose y señalando el primer montón, dijo con un tono terrible: « ¿qué es eso? ¡Pronto!». Inmediatamente comenzó a apretarme la tierra tan fuertemente que, no logrando soportar el dolor y la angustia, grité: « ¡Ten piedad de mi “!  Pero el tormento no cesaba. Después el abuelo, señalando otro montón, dijo en el mismo tono: «y esto, ¿qué es? ¡Más deprisa!»Sentí una congoja y una agonía que no son comparables a cualquier tortura de este mundo. Finalmente, el abuelo me condujo cerca del caballo que había robado el día antes, y gritó: «Y esto, ¿qué es? Responde lo más rápidamente posible.» Me vi atrapado tan horrorosamente por todas partes que no logro describir aquel cruel y horrible suplicio. Era como si me rasgasen la carne. Sentía sofocarme y no era dueño de mí mismo. Y habría perdido los sentidos si esto hubiera durado un poco más. Pero el caballo tiró una coz y me dio en un carrillo, rompiéndomelo.

En aquel momento me desperté aterrorizado y sin fuerzas. Miré a mi alrededor y ya era de día. Me palpé el carrillo y por él corría la sangre Y mi cuerpo yacía dolorido y rígido. Apenas pude ponerme en pie. El carrillo continuó doliéndome durante mucho tiempo. Mira, aún tengo la cicatriz que antes no tenía. Desde aquel momento me he visto con frecuencia presa del terror. Ahora me basta recordar los tormentos del sueño, aquella angustia y desmayo..., para no saber dónde ponerme. Cuanto más pasaba el tiempo, tanto más frecuente se me hacía el recuerdo. Hasta que llegué a tener miedo de la gente y a avergonzarme, como si todos conociesen mí pasado de ladrón. No lograba ni beber, ni comer, ni dormir; me arrastraba como una sombra. Pensé volver a mi regimiento y confesarlo todo, aceptando el castigo que merecía. Quizá así Dios me habría perdonado mis pecados. Pero me faltó fuerza, porque sabía que me habría expuesto a ataques e insultos. Así mi paciencia se acabó y me vino la idea de colgarme. Pensé, sin embargo, que dada mi debilidad, no podía quedarme mucho de vida. Era, pues, lo mismo despedirme de mi tierra y morir allí. Tengo un sobrino. Me dirijo allí, llevo ya seis meses de camino, y la angustia y el miedo continúan atormentándome.

¿Qué piensas, amigo? ¿Qué debo hacer? ¡Ya no puedo más...! Oído este relato, me quedé sorprendido y alabé una vez más la inmensa sabiduría y bondad de Dios que llama a los pecadores por los más diversos caminos. Le dije:

-¡Querido hermano! Cuando te encontrabas no atormenta a los pecadores, sino que tiene piedad de ellos. ¡Gloria a Ti, Señor, gloria a Ti!

Sorprendido y alegre le pedí que me contase exactamente lo que le había sucedido.

-Esto me ha sucedido. Apenas me había dormido, vi el mismo prado en que sufrí aquellas torturas. En un principio estaba aterrado, pero después, en lugar de la nube, vi salir un sol espléndido que inundaba de luz el prado en el que descubrí flores y hierba. De pronto se me acercó mi abuelo: una cara más dulce que nunca, que me saludaba tiernamente diciéndome: ve a Zitomir, a la iglesia de San Jorge, te acogerán bajo protección oficial. Permanece allí hasta el final de tus días y ora sin cesar. El Señor será clemente contigo. Dicho esto, hizo sobre mí la señal de la cruz y desapareció. Experimenté una alegría indescriptible, como si me quitase un peso de encima y volase al cielo. Me desperté de improviso, con la mente aliviada y el corazón lleno de gozo.

¿Qué haré ahora? Saldré inmediatamente para Zitornir, como me indicó el abuelo. ¡Me será fácil llegar, con la oración!

-Un momento, querido hermano. ¿Cómo puedes ponerte en camino en plena noche? Quédate para Maitines; reza y parte después con la bendición de Dios.

No creas que nos fuimos a dormir después de esta conversación; nos fuimos a la iglesia. El estuvo rezando durante todos los Maitines con intenso fervor y con lágrimas en los ojos. Me dijo que se sentía tranquilo y feliz y que la oración a Jesús brotaba en él dulcemente. Al final de la misa comulgó y, después de haber comido algo, le acompañé al camino de Zitomir, donde nos despedimos llorando de alegría. Después comencé a pensar en mis propios problemas. ¿Adónde iría ahora? Decidí finalmente volver a Kiev. Los sabios consejos de mi padre espiritual me empujaban allí y, además, pensaba que quizá allí pudiese encontrar un bienhechor dispuesto a ponerme camino de Jerusalén, o, al menos, del Monte Athos. Así permanecí otra semana en Pocaev, donde pasé el tiempo recordando los instructivos encuentros tenidos durante esta peregrinación y anotando muchas cosas edificantes. Después me preparé al viaje; cogí la mochila y me fui a la iglesia para encomendar mi viaje a la Madre de Dios.

Me disponía a partir después de la Misa. Estaba en el fondo de la iglesia cuando entró un hombre, de noble aspecto aunque vestido bastante pobremente, y me preguntó dónde se vendían las velas. Se lo indiqué. La Misa había terminado y me entretuve orando ante la Huella de la Madre de Dios. Una vez que hube acabado, me puse en camino. Llevaba un rato de camino cuando divisé en una casa a un hombre que leía un Libro junto a una ventana abierta. Era el mismo que me había preguntado en la iglesia por el lugar donde se vendían las velas. Me quité el gorro, y él me llamó diciendo:

-Sospecho que tienes que ser peregrino, ¿no?

-Sí -le respondí-enseñaban cómo obtener la salvación, daban este consejo: «recógete en una habitación y lee y relee el Evangelio». Esta es la razón por que el Evangelio es mi única preocupación.

Me gustaron estas reflexiones y su deseo de oración, y continué preguntándole:

-¿De qué evangelio en particular has sacado la enseñanza sobre la oración?

-De los cuatro -me respondió-o Es decir, de todo el Nuevo Testamento, leyéndolo por orden.

Lo he leído durante largo tiempo, y, meditándolo, he descubierto una gradualidad y una ilación sistemática en la enseñanza sobre la oración a lo largo de todo el Evangelio, comenzando por el primer evangelista y continuando hasta el final. Por ejemplo: se comienza con una introducción, se sigue con su forma, o sea, la expresión vocal. Más adelante encontramos las condiciones indispensables para la oración, los medios para aprenderla y los ejemplos; y por último, la secreta doctrina sobre la incesante oración interior y espiritual en el Nombre de Jesucristo, que nos es presentada como más elevada y saludable que la oración formal. Después se habla de su necesidad y sus benditos frutos, etc. En una palabra, en el Evangelio se encuentra el pleno y minucioso conocimiento de la práctica de la oración expuesta sistemáticamente de principio a fin. Oída esta explicación, pensé pedirle algunos ejemplos concretos, y así le dije:

-Porque lo que más amo es oír hablar de la oración y conversar sobre este tema, me gustaría mucho ver esta cadena secreta de enseñanzas sobre la oración en toda su particularidad. Por amor de Dios, indícame todo esto en el Evangelio.

Asintió de buena gana, y me dijo:

«Abre tu Evangelio, lee y señala lo que te vaya diciendo -y me dio incluso el lápiz-o Echa una mirada a estas mis notas. Bien, busca en primer lugar el capítulo 6 de Mateo y lee los versículos 5 al 9. Aquí tenemos la preparación e introducción a la oración; se nos enseña que hemos de comenzar a orar no por vanagloria y ruidosamente, sino en la paz de un lugar solitario: orar sólo para obtener el perdón de los pecados y la unión con Dios, evitando peticiones superfluas por las diversas necesidades de la vida, como hacen los paganos. Lee, después, más adelante, en el mismo capítulo, desde el versículo 9 hasta el 14. Aquí se nos presenta la forma de la oración, es decir, las palabras que tenemos que usar. En estas palabras está concentrado, con extremada sabiduría, todo lo que es indispensable y deseable para nuestra vida. Sigue adelante y lee los versículos 14 y 15 del mismo capítulo y verás las condiciones para que tu oración sea eficaz. En efecto, si no perdonamos a quienes nos ofenden, el Señor no nos perdonará nuestros pecados.

Pasando al capítulo 7 encontrarás en los versículos 7-12 lo que tienes que hacer para que tu oración obre y sean audaces tus esperanzas:

«Pide, busca, llama». Estas fuertes palabras se refieren a la frecuencia de la oración y a la urgencia de su constante ejercicio, a fin de que no sólo acompañe todas nuestras acciones, sino que tenga también precedencia sobre ellas. Esta es la principal prerrogativa de la oración. Un ejemplo lo encuentras en Marcos, capítulo 14, versículos 32-39, donde el mismo Jesucristo, en Getsemaní, repite más de una vez, orando, las mismas palabras. Otro ejemplo parecido sobre la reiteración de la oración lo ofrece también Lucas 11, 5-13, en la parábola del amigo que se presenta a media noche y también en la de Lucas 18, 1-8, sobre la insistente petición de la viuda importuna, iluminando el mandato de Jesucristo según el cual hay que orar siempre, en todo tiempo y lugar, sin desanimarse, es decir, sin emperezar.

Después de esta preciosa enseñanza descubrimos en Juan la doctrina fundamental sobre la oración secreta e interior del corazón. Está expuesta primeramente en el profundo relato del coloquio de Jesús con la Samaritana, donde se le revela la adoración "en espíritu y en verdad", que Dios mismo desea y que es la verdadera e incesante oración, "el agua viva que salta hasta la vida eterna", de la que Juan habla en el capítulo 4, desde el versículo 5 al 25. Más adelante, en el capítulo 15, del versículo 5 al 8, se manifiestan aún más claramente el poder y la necesidad de la oración interior, es decir, la presencia del Espíritu en Cristo en un incesante recuerdo de Dios. Y lee, por último, en el capítulo 16 del mismo evangelista, los versículos s 23-25. Aquí se revela el misterio. Aquí ves la fuerza inmensa que tiene la oración en el Nombre de Jesús, o, la así llamada, oración a Jesús -es decir, "Señor, Jesucristo, ten piedad de mí"-, si la repites con frecuencia y constancia, y cómo abre con facilidad sorprendente el corazón llenándolo de luz.

Este es claramente el caso de los Apóstoles, que llevaban ya más de un año como discípulos de Jesús, habían recibido de El su oración, el Padre nuestro, que nos han legado, y sin embargo, al final de su existencia terrena Jesucristo les reveló el misterio que aún ignoraban, para que su oración fuese realmente eficaz. Les dijo: "hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre. Yo os aseguro: lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dará" (Jn 16, 24 Y 23). Y así fue. Cuando los Apóstoles aprendieron a ofrecer oraciones en el Nombre del Señor Jesucristo, ¡qué obras tan maravillosas llevaron a cabo y cuánta luz obtuvieron! ¿Ves ahora la concatenación, la progresiva y completa enseñanza sobre la oración, encerrada con tanta profundidad en el Santo Evangelio? Y si pasas a las cartas apostólicas encuentras también en ellas la misma enseñanza sistemática sobre la oración.

ESCRITOS SUELTOS DEL LIC. Y MARTIR ANACLETO GONZALES FLORES, “EL MAISTRO”


EN LA CÁRCEL

La Secretaría de Gobernación acaba de consignar a todos los príncipes de la Iglesia en México. Se trata por tanto de una consignación que, al parecer, no tiene precedente. Sin embargo, se trata también de un hecho que arranca en línea recta de la lógica propia de la revolución y del plano en que han querido colocarse. Porque de sobra sabían y saben los constituyentes de diecisiete que, al redactar la Constitución actual, muy lejos de hacer una verdadera constitución en el sentido orgánico que tiene esa palabra, no hacían otra cosa que redactar un código que ha convertido al país entero en una enorme, en una inmensa cárcel. Basta tener a la vista la historia trágica de nuestra patria por un lado y por el otro, la Constitución de diecisiete, para convencerse de esta verdad. Y no se necesita una gran penetración de espíritu para llegar a la conclusión de que los constituyentes tuvieron ante sus ojos, echada hacia arriba como una fuerte y alta montaña, la visión de todo el pujante, irresistible, inextinguible ascendiente de la Iglesia Católica y el propósito dominante, exclusivo de arrancarle todo su poder espiritual y moral. Y es que encontraron a la Iglesia como está hoy, como estará por mucho tiempo, como tendrá que seguir delante de sus perseguidores: enraizada en la médula de nuestra vida individual y colectiva y totalmente consagrada, ungida por el asentimiento popular. Más claro: los constituyentes de diecisiete, como los de cincuenta y siete, vieron, comprendieron que entre nosotros y a la vuelta de las bancarrotas de partidos, de banderas, de escuelas y de sistemas, lo único reciamente, indiscutiblemente popular, no es ningún hombre, porque la crítica histórica los ha demolido a todos; no es ningún plan político porque nuestras vicisitudes los han desquiciado uno a uno; no es escuela alguna, porque nuestros derrumbamientos las han volteado a todas al revés; no es ningún caudillo, porque todos se han encargado de desprestigiarse ellos mismos: lo único interesante, avasalladoramente popular es la Iglesia Católica.

Y la revolución traía y tiene el propósito de disputarle esa popularidad a la Iglesia. Y para esto ha tenido que encontrarse cara a cara con ella, no tanto en el escenario de la historia, como en la mitad del corazón inmenso del pueblo. La popularidad ha sido en todo tiempo un don que se otorga solamente a la personalidad y a los factores que saben y pueden llevar sol y pan para los cuerpos y para las almas a todas las cabañas, a todos los caminos, a todas las alturas y a todas las profundidades. Encontrarse en el cruce por donde, en los momentos más solemnes tienen que para todos los viajeros, para trazar rutas y poner vendajes en las manos y en los pies y en el pensamiento de todos los peregrinos, es hallarse en la confluencia donde se dan cita todas las corrientes de la vida para consagrar las fuerzas del alcance popular. La Iglesia Católica en nuestro país, a partir del día en que desembarcó en nuestras playas supo y quiso encontrarse en todas partes.

Ella bendijo con su mano cargada con el fardo de los siglos las piedras de que fueron hechos los cimientos de nuestra nacionalidad; ella encendió en el alma obscura del indio la antorcha del Evangelio; ella puso en los labios de los conquistadores loas fórmulas de una nueva civilización; ella se encontró presente en las escuelas, en los colegios, en las universidades, para decir su palabra desde lo alto de la cátedra; ella, en fin lo llenó todo, porque tuvo que pronunciar en la confluencia de todos los caminos: nacimiento, vocación, estudio, juventud, amor, vejez, cementerio, los conjuros consagrados que solamente ella sabe y tiene para los instantes más hondos y más serios. Y allí: en el cruce, en la confluencia de todos los caminos la ha encontrado la revolución. Y de allí ha intentado e intenta desalojarla. Porque allí está.

Y el propósito de desalojarla, de arrancarla de en medio del nudo inmenso donde van todos los días a tramarse todas las vidas, todas las vocaciones y todos los destinos, es el móvil más fuerte, más saliente que aparece en la constitución actual. No se alza la mano recia el leñador para descuajar el árbol caído ni se encona el huracán contra el guijarro perdido en el polvo. Y si la constitución de diecisiete ha consagrado de una manera especial la guerra contra la Iglesia Católica, es porque la ve, la ha visto, la siente alta y fuerte como una montaña. La Iglesia ha hablado tres siglos sobre las conciencias; ha cruzado valles, ríos, páramos, cordilleras, calles, talleres, ciudades y pueblos; ha estado en los parlamentos, en las escuelas, en los libros y en la prensa.

Como el viento y como el sol, se ha hallado y aún se halla presente en todas partes, sobre todo en las alturas –pensamiento, tribuna, cátedra, conciencia– y no hay una sola cabaña que no alce su bandera y que no jure por ella. Hace un poco más de medio siglo que la conjura del silencio contra ella se empeña en condenarla al olvido y la ignominia. Especialmente la historia escrita en ese espacio de tiempo en lo que toca a la Iglesia, se ha empeñado en callar. Pero como en las páginas del Evangelio, han callado los labios de algunos y se han echado a gritar las piedras. Palacios escuelas, hospitales, cementerios, bibliotecas, pinturas, gritan por encima de la conjura del silencio. Y es que la Iglesia, encendida por la fiebre del apostolado y de la verdad, ha tenido y tiene la maravillosa ubicuidad que la hace vadear todos los ríos, escalar todas las montañas, cruzar todos los mares, ganar todas las playas.

La exposición misionera organizada hace apenas un año por Su Santidad Pío XI, ha puesto de relieve todo el inmenso alcance que tiene la Iglesia Católica como poder de exploración, de descubrimiento y de penetración espiritual. no busca como Amundsen el polo; pero busca y siempre encuentra, ansiosamente, febrilmente, el desierto de las almas para juntarlas en la unidad de la civilización. Ella puede hacer y escribir la Geografía y la Historia con sus propios recuerdos, no con los recuerdos ajenos. Este innegable y maravilloso don de la ubicuidad la hace y la ha hecho enemiga natural de todos los programas y de todas las tendencias que necesitan apoyarse en una recia, firme y honda popularidad. Porque solamente ella ha tenido y tiene el secreto para poseerla. Y la ha conquistado con los brazos levantados, con las manos extendidas, con los labios abiertos hacia todos los rumbos, con los pies desgarrados por los guijarros de todas las vías, con sus antorchas encendidas sobre todas las vidas. Así ha ganado su inmensa, su arraigada popularidad. ¿Qué hacer para arrancársela? Esta interrogación está abierta sobre los capítulos de la Constitución.

La respuesta se ha intentado dar en la misma Constitución. La Iglesia con los brazos extendidos sobre ciudades y cabañas ¿ganó la popularidad? Pues bastará amarrarla con las manos hacia atrás. La Iglesia ¿entró en el nudo vital de nuestras conciencias y del corazón del pueblo con sus labios abiertos? Bastará ponerle una fuerte y apretada mordaza. La Iglesia ¿ganó la popularidad abriendo con sus pies sangrantes vados y caminos? Pues basta encadenarla. La Iglesia ¿ganó su popularidad con los trazos de su pluma en los libros, en los periódicos y con su palabra en las escuelas, en las universidades y en las asambleas? Pues basta expulsarla de allí. Y para que sus manos no se vuelvan a desdoblar sobre la multitud, como se mueven para sembrar en la tierra obscura, a la luz de las estrellas, como en la última página de Ariel de Rodó, se le cerrarán las puertas de todas las escuelas. Y cada escuela perecerá, será una cárcel, una casa en estado de sitio. Y en su derredor habrá siempre un erizamiento de bayonetas que impiden el paso a la Iglesia. El templo es una escuela donde Dios enseña y enciende vocaciones y destinos. Pues cada templo será una cárcel. Y dentro y fuera de él estará permanentemente abierto el oído de los capataces del pensamiento. Sin que falte la correspondiente guardia.

El hogar es otra escuela donde dice sus oráculos la Iglesia, porque allí va a todos los días a ves desdoblar la primera o la última página de la vida. Pues en lo sucesivo o habrá más que los sacerdotes que quiera la revolución. Y siempre habrá un número irrisorio. Y si la Iglesia llega a atreverse a rechazar la mordaza, si rehúsa gallardamente los grilletes, si abre las manos, si extiende los brazos, si mueve los pies, será llevada al rincón oscuro de un tribunal para que se le castigue. Y si todos los días el jurado, que debe tener por móvil supremo un arranque de espontaneidad popular, absuelve a Magdalena Jurado después de oír la palabra pasional de un tribuno; la Iglesia no podrá, no deberá aparecer delante del tribunal del pueblo. Porque contaría su historia, repetiría los nombres de Gante y de Bartolomé de las Casas; reconocería a cada jurado porque los salvó de la intemperie, del hambre y de la ignorancia en sus asilos y en sus hospitales. Y sería absuelta cien, mil veces, hasta matar con las solas sentencias del pueblo los artículos que la amordazan, que la encadenan, que la asfixian, que la han condenado a cárcel perpetua.

Y esto –una inmensa cárcel– es todo el país, desde que se promulgó la constitución de diecisiete. Y en esta cárcel inmensa ha quedado y está encerrada la Iglesia Católica y con ella catorce millones de mexicanos que piensan como ella, que creen como ella. Por esto cabe decir que la consignación última hecha por la Secretaría de Gobernación es un contrasentido. Porque jurídicamente, la consignación debe preceder al encarcelamiento. Y la cárcel fue abierta y quedó cerrada y dentro de ella la Iglesia Católica y con ella catorce millones de mexicanos desde que se dio al país la última constitución. Prácticamente, pues, estamos en la cárcel. Aparte de esto será necesario multiplicar las consignaciones porque la Pastoral consignada es la doctrina católica y cada uno de los católicos la profesamos y la reafirmamos. Y no sabemos, si la consignación es seguida del encarcelamiento, que se tenga una cárcel tan vasta y tan amplia como nuestro propio país, que es donde ya nos encontramos encarcelados. Entretanto, la lucha por la popularidad queda abierta.

Para que pase a las manos de la revolución será preciso descuajar a la Iglesia de las entrañas del pueblo. Pero de sobra sabemos ya que, en estos momentos, bajo los brazos demacrados de la Iglesia Mexicana alzan su frente, estremecidos de un entusiasmo más fuerte que nunca y de un respeto decidido, los propios y los extraños. Y en las páginas de la historia del Cristianismo siempre se va a la cárcel un día antes de la victoria.

Mayo de 1926.

(A pocos meses del cierre del culto divino por la satánica persecución del gobierno contra la Iglesia Católica en México.)



"Ite Missa Est"


MIERCOLES DE PASCUA


LIBERACIÓN DE EGIPTO V DEL PECADO. — El nombre de Pascua significa en hebreo paso, tránsito, y ya expusimos ayer cómo ese gran día desde entonces se convirtió en sagrado, a causa del Tránsito del Señor; pero la palabra hebraica no expresa su significado total. Los antiguos Padres, acordes con los doctores judíos, nos enseñan que la Pascua es también para el pueblo de Dios el Paso de Egipto a la tierra prometida. En efecto, estos tres hechos se conmemoran juntos en una misma noche: el festín religioso del cordero, la exterminación de los primogénitos de los egipcios y la salida de Egipto. Hoy reconocemos una nueva figura de nuestra Pascua en este tercer hecho que continúa el desarrollo del misterio. El momento en que Israel sale de Egipto para marchar hacia la tierra que es para él la patria predestinada, es el más solemne de su historia; pero esta salida y todas las circunstancias que la acompañan, forman un conjunto de figuras que no se descubren ni se esclarecen más que en la Pascua cristiana. El pueblo elegido se retira de en medio del pueblo idólatra y opresor del débil; en nuestra Pascua hemos visto a los neófitos salir valientemente del imperio de Satanás, que los tenía cautivos, y renunciar solemnemente a este orgulloso Faraón, a sus pompas y a sus obras.

EL MAR ROJO Y EL BAUTISMO. — En el c a m i no que conduce a la tierra prometida, Israel encontró agua; y necesitó atravesar este elemento, tanto para sustraerse a la persecución del ejército del Faraón, como para penetrar en la patria feliz que destila leche y miel. Nuestros neófitos, después de haber renunciado al Faraón que los tenía esclavizados, también se han encontrado frente a las aguas; y, como ellos, no podían tampoco huir del furor de sus enemigos, sino atravesando este elemento protector, ni penetrar en la región de sus esperanzas sino después de haber dejado tras de si las aguas como baluarte inexpugnable. Por la divina bondad, el agua que impide siempre al hombre correr, se convirtió para Israel en aliado compasivo y recibió orden de suspender sus leyes y de servir de libertadora del pueblo de Israel. Del mismo modo, también la fuente sagrada, convertida en auxiliar de la gracia divina, como nos lo enseñó la Iglesia en la solemnidad de Epifanía, ha sido el refugio, el auxilio seguro de aquellos que en sus ondas no han tenido que temer el poder que Satanás reivindicaba sobre ellos. En pie y tranquilo en la otra orilla, Israel contempla los cadáveres flotantes de Faraón y de sus guerreros, los carros de combate y los escudos, juguete de las olas. Al salir de la fuente bautismal, nuestros neófitos sumergieron su mirada en esta agua purificadora y vieron hundidos para siempre sus pecados, enemigos más formidables que Faraón y su pueblo.


CAMINO HACIA LA TIERRA PROMETIDA. — Después Israel se dirigió gozoso a la tierra bendita que Dios determinó darle en herencia. En el camino oirá la voz del Señor que le dará él mismo su ley; calmará su sed con las aguas puras y refrigerantes que brotarán de las rocas a través de los arenales del desierto y recogerá para alimentarse el maná que le enviará el cielo cada día. Del mismo modo, nuestros neófitos comienzan a caminar sin obstáculos hacia la patria celestial que es su tierra prometida. El desierto de este mundo, que tienen que atravesar, no tendrá para ellos peligros ni molestias, porque el Divino Legislador los instruirá por sí mismo en su ley, no entre relámpagos y truenos como lo hizo para Israel, sino de corazón a corazón, y con voz dulce y compasiva como la que maravilló a los discípulos en el camino de Emaús. Ya no les faltarán las aguas bulliciosas; hace algunas semanas oíamos al Maestro hablando con la Samaritana, prometer que haría brotar una fuente viva para aquellos que le adorasen en espíritu y en verdad. En fin, un maná celestial, muy superior al de Israel, porque asegura la inmortalidad a los que de él se nutren, será su alimento deleitoso y fortificante. También nuestra Pascua es el Tránsito hacia la tierra prometida; pero con una realidad y una verdad que el antiguo Israel no conoció en las grandes cosas que la figuraban. Festejemos, pues, nuestro tránsito de la muerte original a la vida de la gracia por el santo Bautismo; y aunque el aniversario de nuestra regeneración no sea el día de hoy, no dejemos por esto de celebrar la feliz emigración que hicimos del Egipto del mundo a la Iglesia de Cristo; ratifiquemos con alegría y reconocimiento nuestra renuncia solemne a Satanás, a sus pompas y a sus obras, a cambio de la cual la bondad de Dios nos ha otorgado tales beneficios.

IDENTIFICACIÓN EN CRISTO POR EL BAUTISMO. — El Apóstol de los Gentiles nos revela otro misterio del agua bautismal que completa éste y se aúna paralelamente con el misterio de la Pascua. Nos enseña que desaparecimos en esta agua, como Cristo en su sepulcro, y que morimos y fuimos sepultados con él (Rom., VI, 4.) Acababa entonces para nosotros nuestra vida de pecadores, pues para vivir en Cristo, era preciso morir al pecado. Contemplando las fuentes sagradas en las cuales fuimos regenerados pensemos que son la tumba donde enterramos al hombre viejo, que no ha de volver a levantarse más. El bautismo por inmersión, usado antes por largo tiempo y que todavía hoy es el que se administra en muchas partes, era una imagen sensible de ese sepultarse; el neófito desaparecía por completo debajo del agua; parecía muerto a su vida anterior, como Cristo a su vida mortal. Pero, así como el Redentor no permaneció en la tumba, sino que resucitó a una vida nueva, del mismo modo también, según la doctrina del Apóstol (Col., II, 12), los bautizados resucitan con él en el instante en que salen del agua, y reciben las arras de la inmortalidad y de la gloria, por ser miembros vivos y auténticos de este Jefe, que no tiene nada de común con la muerte. Y también en esto consiste la Pascua, es decir en el paso de la muerte a la vida. En Roma la Estación se celebra en la Basílica de San Lorenzo Extramuros. Es el principal de los numerosos santuarios que la Ciudad Santa ha consagrado a la memoria de su más ilustre mártir, cuyo cuerpo descansa debajo del altar mayor. Los neófitos eran llevados en este día junto a la tumba de este generoso atleta de Cristo, para que allí bebiesen la verdadera fortaleza en la confesión de la fe e invencible fidelidad a su bautismo. Durante muchos siglos el recibir el bautismo fue una aceptación del martirio; en todo tiempo es un alistamiento en la milicia de Cristo, de la que nadie puede desertar sin incurrir en la pena de los traidores.

MISA
El Introito está formado con las palabras que el Hijo de Dios dirigirá a sus elegidos en el último día del mundo al abrirles su reino. La Iglesia las aplica a sus neófitos, elevando de este modo sus pensamientos hacia la felicidad eterna, cuya esperanza ha sostenido a los mártires en sus combates.

INTROITO
Venid, benditos de mi Padre, poseed el reino, aleluya, que os ha sido preparado desde el principio del mundo. Aleluya, aleluya, aleluya. — Salmo: Cantad al Señor un cántico nuevo: cantad al Señor, tierra toda. Gloria al Padre.

En la Colecta la Iglesia recuerda a sus hijos que las fiestas de la Liturgia son un medio para arribar a las festividades de la eternidad. Este es el pensamiento y la esperanza que domina en todo el Año litúrgico. Debemos, pues, celebrar la Pascua temporal de manera que merezcamos ser admitidos a los goces de la Pascua eterna.

COLECTA
Oh Dios, que nos alegras con la anual solemnidad de la Resurrección del Señor: haz propicio que, por medio de estas fiestas temporales que celebramos, merezcamos llegar a los gozos eternos. Por el mismo Jesucristo. Nuestro Señor.

EPISTOLA
Lección de los Actos de los Apóstoles <111, 12-15. 1T-19).
En aquellos días, abriendo Pedro su boca, dijo: Varones israelitas, y los que teméis a Dios, oíd. El Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a Jesús, a quien vosotros entregasteis y negasteis delante de Pilatos, cuando éste juzgaba que debía ser absuelto. Vosotros negasteis al Santo y al Justo, y pedisteis que se os diera el hombre homicida; en cambio, matasteis al Autor de la vida, al que Dios resucitó de entre los muertos, de lo que somos testigos nosotros. Y ahora, hermanos, sé que lo hicisteis por ignorancia, como también vuestros príncipes. Pero Dios, que había predicho por boca de los Profetas que Cristo había de padecer, lo cumplió así. Arrepentíos, pues, y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados.

También hoy llega a nosotros la voz del Príncipe de los Apóstoles que proclama la Resurrección del Hombre-Dios. Cuando pronunció este discurso estaba acompañado de San Juan y acababa de obrar en una de las puertas del templo de Jerusalén su primer milagro, la curación de un cojo. El pueblo se había agrupado alrededor de los dos discípulos y por segunda vez Pedro tomaba la palabra en público. El primer discurso había conducido a tres mil al bautismo; éste conquistó cinco mil. El Apóstol ejerció verdaderamente en esas dos ocasiones el oficio de pescador de hombres, que el Salvador le asignó en otra ocasión, cuando le vió por primera vez. Admiremos con qué caridad San Pedro invita a los judíos a reconocer en Jesús al Mesías que esperaban. Les da seguridad del perdón, a aquellos mismos que habían renegado de Cristo, y los disculpan atribuyendo a ignorancia una parte de su crimen. Ya que ellos han pedido la muerte de Jesús débil y humillado, consientan al menos hoy que está glorificado, en reconocerle por lo que es, y su pecado les será perdonado. En una palabra, humíllense y serán salvos. Dios llamaba de este modo a sí a los hombres rectos y de buena voluntad; y continúa haciéndolo en nuestros días. Jerusalén dió algunos; pero la mayor parte rechazó la invitación. Lo mismo ocurre en nuestros días; roguemos y pidamos sin cesar para que la pesca sea cada vez más abundante y el festín de la Pascua más concurrido.

GRADUAL
Este es el día que hizo el Señor: gocémonos y alegrémonos en él. T, La diestra del Señor ejerció su poder, la diestra del Señor me ha exaltado. Aleluya, aleluya. Y. El Señor resucitó verdaderamente y se apareció a Pedro.

A continuación se canta la secuencia de la
Misa del día de Pascua, Víctimae paschali.

EVANGELIO
Continuación del santo Evangelio según San Juan (XXI, 1-14).

En aquel tiempo se manifestó otra vez Jesús a sus discípulos junto al mar de Tiberiades. Y se manifestó así: Estaban juntos Simón Pedro y Tomás, el llamado Dídimo, y Natanael, que era de Caná de Galilea, y los hijos del Zebedeo, y otros dos discípulos suyos. Díjoles Simón Pedro: Voy a pescar. Dijeron ellos: Vamos también nosotros contigo. Y salieron y subieron a la barca: y aquella noche no pescaron nada. Y, llegada la mañana, se presentó Jesús en la orilla: pero los discípulos no conocieron que era Jesús. Díjoles, pues, Jesús: Muchachos: ¿tenéis algo que comer? Respondieron le: No. Díjoles: Lanzad la red a la derecha de la barca y encontraréis. Y la lanzaron: y ya no podían sacarla fuera, por la multitud de los peces. Dijo entonces a Pedro aquel discípulo a quien amaba Jesús: ¡Es el Señor! Cuando oyó Simón Pedro que era el Señor, se ciñó la túnica (pues estaba desnudo), y se echó al mar. Y los otros discípulos vinieron con la barca (porque no estaban lejos de la orilla, sino sólo a unos doscientos codos), trayendo la red con los peces. Y, cuando bajaron a tierra, vieron unas brasas preparadas, y un pez sobre ellas, y un pan. Díjoles Jesús: Traed los peces que habéis pescado ahora. Subió Simón Pedro, y trajo a tierra la red, llena de ciento cincuenta y tres peces grandes. Y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió. Díjoles Jesús: Venid, comed. Y nadie de los que comían se atrevió a preguntarle: ¿Quién eres tú?, sabiendo que era el Señor. Y fué Jesús, y tomó el pan, y se lo dió. Y lo mismo el pez. Esta fué la tercera vez que se apareció Jesús a sus discípulos después de resucitar de entre los muertos.

EL MISTERIO DE LA PESCA MILAGROSA. — Jesús se apareció a sus discípulos reunidos en la tarde del día de Pascua; y de nuevo se mostró a ellos ocho días después, como diremos luego. El Evangelio de hoy nos refiere una tercera aparición, que fué sólo para siete discípulos, a orillas del lago de Genesareth, llamado también por su vasta extensión el mar de Tiberiades. Nada más conmovedor que esta alegría respetuosa de los Apóstoles ante la aparición de su Maestro, que se digna servirles una comida. Juan, antes que ningún otro, ha notado la presencia de Jesús; no nos asombremos; su gran pureza esclareció la mirada de su alma; está escrito: "Bienaventurados los que tienen el corazón puro, porque ellos verán a Dios." (San Mat., V, 8.) Pedro se arroja a las olas para llegar antes a la presencia de su Maestro; se exteriorizaba como el Apóstol impetuoso, pero que ama más que los otros. ¡Cuántos misterios en esta admirable escena!

EL FIEL. — Existe ciertamente una pesca; es el ejercicio del apostolado para la Santa Iglesia. Pedro es el gran pescador; a él le toca determinar cuándo y cómo es preciso arrojar la red. Los otros Apóstoles se unen a él, y Jesús está con todos. Está atento a la pesca, él la dirige; porque el resultado es para él. Los peces son los fieles; pues, como lo hemos señalado en otra parte, el cristiano, en el lenguaje de los primeros siglos, es un pez. Sale del agua; y en el agua recibe la vida. Ya hemos visto antes cómo fué propicia a los israelitas el agua del Mar Rojo. En nuestro Evangelio encontramos también el Tránsito: el paso del agua del lago de Genesareth a la mesa del Rey del cielo. La pesca fué abundante, en lo cual se encierra un misterio que no nos es dado penetrar. Solamente al fin del mundo, cuando la pesca sea completa, entonces comprenderemos quiénes son estos ciento cincuenta y tres peces grandes. Este número misterioso significa, sin duda, otras tantas fracciones de la familia humana, conducidas sucesivamente al Evangelio por el apostolado; pero no habiéndose cumplido aún el tiempo, el libro permanece sellado.

CRISTO. — De vuelta a la ribera, los Apóstoles se reunieron con su Maestro; pero he aquí que encuentran la comida preparada para ellos: un pan, con un pez asado sobre carbones. ¿Qué simboliza este pez, que ellos no pescaron, que fue sometido al ardor del fuego y que va a servirles de alimento al salir del agua? La antigüedad cristiana nos explica este nuevo misterio: el pez es Cristo, que fué probado por los ardientes dolores de su Pasión, en los que el amor le devoró como fuego; se convirtió en alimento divino de aquellos que se purificaron atravesando las aguas. Ya hemos explicado en otro lugar cómo los primeros cristianos habían hecho una contraseña de la palabra Pez en lengua griega, porque las letras de esta palabra reproducen en dicha lengua las iniciales de los nombres del Redentor. Pero Jesús quiere juntar en un mismo banquete consigo mismo, Pez divino, a esos otros peces de los hombres que la red de San Pedro sacó de las aguas. El festín de la Pascua tiene la virtud de fundir en una misma sustancia por el amor, al manjar y a los comensales, al Cordero de Dios y a los corderos hermanos suyos, al Pez divino y a estos otros peces a los cuales está unido por una indisoluble fraternidad. Inmolados con él, le siguen por doquier, en la pasión y en la gloria; testigo, el gran diácono Lorenzo, que ve hoy alrededor de su tumba a la feliz asamblea de los fieles. Imitador de su Maestro hasta sobre los carbones de la parrilla al rojo, comparte ahora, en una Pascua eterna, los esplendores de su victoria y los goces infinitos de su felicidad. El Ofertorio, formado por las palabras del Salmo, celebra al maná que el cielo envió a los Israelitas después de cruzado el Mar Rojo; pero el nuevo maná es tan superior al primero que sólo alimentó el cuerpo, como la fuente bautismal, que lava los pecados, supera a las olas vengadoras que sumergieron a Faraón y a. su ejército.

OFERTORIO
El Señor abrió las puertas del cielo: y les llovió maná para que comieran: les dió pan del cielo: pan de Angeles comió el hombre. Aleluya. En la Secreta habla la Iglesia con efusión del Pan celestial que la alimenta y que es al mismo tiempo la Víctima del Sacrificio pascual.

SECRETA
Inmolamos, Señor, con pascuales gozos estos sacrificios, con los que se alimenta y nutre maravillosamente tu santa Iglesia. Por Jesucristo, nuestro Señor.

"Aquel que hubiere comido de este Pan, dice el Señor, no morirá." El Apóstol nos dice en la Antífona de la Comunión: "Cristo resucitado ya no muere." Estos dos textos se unen para explicar el efecto de la Eucaristía en las almas. Al comer una carne inmortal es justo que ella nos comunique la vida que en ella reside.

COMUNION
Cristo, resucitado de entre los muertos, ya no morirá, aleluya: la muerte no le dominará más. Aleluya, aleluya.

En la Poscomunión la Santa Iglesia pide que recibamos el fruto del alimento sagrado que acabamos de participar, el cual nos purifique y sustituya en nosotros al hombre viejo por el nuevo, que reside en Jesucristo resucitado.

POSCOMUNION
Dígnate, Señor, librarnos de las reliquias del hombre viejo; y haz que la participación de tu augusto sacramento nos confiera un nuevo ser. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

LA BENDICIÓN DE LOS "AGNUS DEI". — El Miércoles de Pascua es solemnizado en Roma con la bendición de los "Agnus Dei"; esta ceremonia la realiza el Papa el primer año de su pontificado, y después de siete en siete años. Los Agnus Dei son discos de cera sobre los cuales va impresa por un lado la imagen del Cordero de Dios y por el otro la de un santo. La costumbre de bendecirlos en la Pascua es muy antigua; se ha creído encontrar indicios en los monumentos de la liturgia desde el siglo v; pero los primeros documentos auténticos remontan solamente al siglo IX. El ceremonial actual es del siglo XVI. Sería, pues, irracional decir que esta práctica fué instituida en memoria del bautismo de los neófitos, en la época en que se dejó de administrar este sacramento en las festividades pascuales. También parece demostrado que los neobautizados recibían cada uno de manos del Papa un Agnus Dei el Sábado de Pascua; de donde se debe concluir que la administración solemne del bautismo y la bendición de los Agnus Dei son dos ritos que han coexistido durante cierto tiempo. La cera que se emplea en la confección de los Agnus Dei es la del cirio pascual del año anterior a la que se añade cera ordinaria: antiguamente se mezclaba también con santo Crisma. En la Edad Media, el cuidado de amasar esta cera y de grabar las marcas sagradas, pertenecía a los subdiáconos y a los acólitos del palacio; hoy se les ha asignado a los religiosos de la Orden del Cister que habitan en Roma en el monasterio de San Bernardo. La ceremonia se celebra en el palacio pontifical, en una sala en la que se prepara un gran recipiente de agua bendita. El Papa se acerca al recipiente y recita esta oración: "Señor Dios, Padre omnipotente, creador de los elementos, conservador del género humano, autor de la gracia y de la salud eterna; Tú, que has ordenado a las aguas que salían del paraíso regar toda la tierra; Tú, cuyo Hijo unigénito caminó a pie enjuto sobre las aguas y recibió el bautismo en su seno; que derramó el agua mezclada con la sangre de su sagrado costado, y ordenó a sus discípulos bautizar a todas las naciones; senos propicio y difunde tu bendición sobre nosotros, que celebramos todas esas maravillas, a fin de que sean bendecidos y santificados estos objetos que vamos a sumergir en estas aguas, y que el honor y la veneración que se les concede, nos merezca a nosotros, tus servidores, la remisión de los pecados, el perdón y la gracia, y finalmente la vida eterna con tus santos y tus elegidos. El Pontífice, después de estas palabras, derrama el bálsamo y el santo crisma sobre el agua del recipiente, pidiendo a Dios la consagre para el uso al cual debe servir. Se vuelve después hacia las canastillas en las que están los sellos de cera, y pronuncia esta oración:

"Oh Dios, autor de toda santificación y cuya bondad
nos acompaña siempre; Tú, que cuando Abraham,
el padre de nuestra fe, se disponía a inmolar a su hijo
Isaac por obedecer tu mandato, quisiste que consumase
su sacrificio con la ofrenda de un carnero que estaba
aprisionado entre las zarzas; Tú, que ordenaste
por Moisés, tu siervo, el sacrificio anual de los corderos
sin mancha; dígnate por nuestra oración, bendecir
estas figuras de cera que llevan la imagen del inocentísimo
Cordero y santificarlas por la invocación
de tu santo nombre, a fin de que, por su contacto y
por su contemplación, se sientan invitados los fieles a
la oración, alejadas las tormentas y las tempestades y
ahuyentados los espíritus del mal por la virtud de la
santa Cruz que aparece impresa en ellas, ante la cual
toda rodilla debe doblarse y toda lengua confesar que
Jesucristo, habiendo vencido a la muerte por el patíbulo
de la Cruz, vive y reina en la gloria de Dios Padre.
El es el que, habiendo sido conducido a la muerte
como la oveja al matadero, te ofreció, Padre suyo, el
sacrificio de su cuerpo, a fin de restituir la oveja perdida,
que había sido seducida por el fraude del demonio,
y transportarla sobre sus espaldas para reuniría
con el rebaño de la patria celestial.
Oh Dios omnipotente y eterno, autor de las ceremonias
y de los sacrificios de la Ley, que consentiste
aplacar tu cólera, en la que había incurrido el hombre
prevaricador, cuando te ofrecía hostias de expiación;
Tú, que aceptaste los sacrificios de Abel, de Melquisedec,
de Abraham, de Moisés y de Aarón; sacrificios
que no eran más que figuras, pero que por tu bendición
fueron santificados y saludables a aquellos que
te los ofrecieron humildemente; dígnate hacer que, del
mismo modo que el inocente Cordero, Jesucristo tu Hijo,
inmolado por tu voluntad sobre el altar de la cruz, libró
a nuestro primer padre del poder del demonio; así
estos corderos sin mancha que presentamos a la bendición
de tu majestad divina reciban una virtud bienhechora.
Dígnate bendecirlos, santificarlos, consagrarlos,
darles la virtud de proteger a los que los lleven
devotamente, contra las malicias de los demonios, contra
las tempestades, la corrupción del aire, las enfermedades,
las quemaduras y los combates del enemigo,
y hacer que sean eficaces para proteger a la madre y
a la prole en los peligros del parto; por Jesucristo, tu
Hijo, nuestro Señor."

Después de estas oraciones, el Papa, ceñido con un lienzo, se sienta cerca de la vasija; sus ministros le traen los "Agnus Dei"; él los sumerge en el agua, figurando de este modo el bautismo de nuestros neófitos. En seguida unos prelados los sacan del agua y los colocan sobre mesas cubiertas de lienzos blancos. Luego el Pontífice se levanta y dice esta oración:

"Oh Espíritu divino, que fecundas las aguas y las
haces servir para tus más grandes misterios; tú, que las
has quitado su amargor volviéndolas dulces, y que santificándolas
con tu hálito te sirves de ellas para borrar
todos los pecados por la invocación de la Santa Trinidad;
dígnate bendecir, santificar y consagrar estos
corderos que han sido sumergidos en el agua santa
y ungidos con el óleo y el santo crisma; reciban de
tí virtud contra los esfuerzos de la malicia del demonio;
todos los que les lleven permanezcan en seguridad;
no tengan que temer ningún peligro; la perversidad
de los hombres no les sea nociva; y dígnate
servirles de fortaleza y de consuelo.
Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, Cordero inocente,
sacerdote y víctima; Tú, a quien los profetas
llamaron la Viña y la Piedra angular; Tú, que nos has
rescatado con tu sangre y que has señalado con esa
sangre nuestros corazones y nuestras frentes, a fin de
que el enemigo al pasar cerca de nuestras casas no nos
hiera en su furor; tú, eres el Cordero sin mancilla cuya
inmolación es perpetua, el Cordero pascual, hecho
debajo de las especies sacramentales, remedio y salud
de nuestras almas; tú nos conduces a través del mar
del siglo presente a la resurrección y a la gloria de la
eternidad. Dígnate bendecir, santificar y consagrar estos
corderos sin mancha, que en tu honor hemos hecho
de cera virgen y rociado de agua santa, del óleo y del
Crisma sagrados, honrando en ellos tu divina concepción
que fué efecto de la virtud divina. A quienes los
lleven sobre sí, presérvalos del fuego, del rayo, de la
tempestad, de toda adversidad; protege por ellos a
las madres que se encuentran en los dolores del alumbramiento,
como asististe a la tuya cuando te dió a
luz; y del mismo modo que salvaste a Susana de la
falsa acusación, a la bienaventurada virgen y mártir
Tecla de la hoguera, y a Pedro de los lazos de la cautividad; así dígnate librarnos de los peligros de este
mundo y haz que merezcamos vivir contigo eternamente.”


Inmediatamente los "Agnus Dei" son recogidos con respeto y reservados para la distribución solemne que debe hacerse el Sábado siguiente. Es fácil notar la relación que guarda esta ceremonia con la Pascua: el Cordero pascual es recordado de continuo; también la inmersión de los corderos de cera presenta una alusión evidente a la administración del bautismo, que fué durante tantos siglos la gran solicitud de la Iglesia y los fieles en esta solemne octava. Las oraciones que hemos citado, en síntesis, no remontan a la más alta antigüedad; pero el rito que las acompaña muestra suficientemente la alusión al bautismo, aunque no se encuentre una expresión directa. Los "Agnus Dei", por su significación, por la. bendición del Soberano Pontífice y la naturaleza de los ritos empleados en su consagración, son uno de los objetos más venerados de la piedad católica. Desde Roma se difunden por todo el mundo; y con mucha frecuencia la fe de aquellos que los conservan con respeto, ha sido recompensada con prodigios. En el pontificado de San Pío V, el Tíber se desbordó de una manera pavorosa, y amenazaba inundar numerosos barrios de la ciudad; un "Agnus Dei" arrojado a las aguas las hizo inmediatamente retroceder. Toda la ciudad fué testigo de este milagro, que más tarde se examinó en el proceso de beatificación de este gran Papa.