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martes, 29 de diciembre de 2015

"Ite Missa Est"


Santo Tomás Becket, Obispo y Mártir

Doble, 2º Clase - Ornamentos Rojos

"Santo Tomás, Obispo de Cantorbery y Primado de Inglaterra, fue uno de los más ilustres prelados benedictinos de la Edad Media (1117-1170). Amante valeroso de la libertad de la Iglesia, murió víctima de la cólera del Rey Enrique II de Inglaterra, ejecutado a golpes de hacha en su misma iglesia catedral, durante el Oficio de Vísperas. Con la parte superior de la cabeza casi desprendida del resto del cráneo, el Santo Obispo hizo un esfuerzo supremo para decir de rodillas ante el altar de San Benito: “Muero por el nombre de Jesús y la defensa  de la Iglesia”. Que nos infunda a nosotros esa misma fe y ese mismo valor!"


Epístola - San Pablo a los Hebreos, (V,1-6)

Evangelio - San Juan, (X, 11-16)

Colecta
"Deus, pro cujus Ecclésia gloriósus Pontífex Thomas gládiis impiórum occúbuit: praesta, quaesemus; ut onmes qui ejus implórant auxilium, petitionis suae salutárem consequántur effectum. Per Dominum."

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"Oh Dios, por cuya Iglesia el glorioso Pontifice Santo Tomás sucumbió bajo las espadasde los impios; haz, te lo rogamos, que cuantos imploran su ayuda, consigan todo el bien que piden. Por Jesucristo Nuestro Señor."


lunes, 28 de diciembre de 2015

El Peregrino Ruso (Anónimo)



El Peregrino Ruso

CAPÍTULO SEGUNDO

Seguí viajando durante mucho tiempo por toda suerte de regiones, acompañado de la oración de Jesús, que me fortificaba y me consolaba en todos los caminos, en todas las ocasiones y en toda situación. Al fin, pensé que debía detenerme en algún lugar a fin de hallar mayor soledad y ponerme a estudiar la Filocalía, que sólo por la noche podía leer o durante la siesta del mediodía; grandes eran mis deseos de dedicarme de lleno a su estudio para extraer de ella con fe la verdadera doctrina de la salud del alma por la oración del corazón. Por desgracia, para satisfacer este deseo no podía emplearme en ningún trabajo manual, pues había perdido el uso de mi brazo derecho desde mi infancia; y así, en la imposibilidad de radicarme en ninguna parte, me dirigí a los países siberianos, hacia San Inocente de Irkutsk , en la creencia de que en las llanuras y bosques de Siberia encontraría mayor silencio y podría entregarme más cómodamente a la lectura y a la oración. Allá me fui, pues, recitando incesantemente la oración. Al cabo de cierto tiempo noté que la oración se originaba sola dentro de mi corazón, es decir que mi corazón, latiendo con toda regularidad, se ponía en cierto modo a recitar las palabras santas a cada latido; por ejemplo: 1º-Señor, 2º Jesús…, 3º-cristo, y así con lo demás. Dejaba de mover los labios y escuchaba con atención lo que decía mi corazón, acordándome de cuán agradable es esto según me decía mi difunto starets. Después, sentía un ligero dolor en el corazón, y en mi espíritu tan grande amor a Nuestro Señor Jesucristo, que me parecía que, si lo hubiera visto, me hubiera echado a sus pies, los hubiera abrazado y bañado con mis lágrimas, dándole gracias por los consuelos que nos procuraba con su nombre, en su bondad y su amor por la criatura indigna y pecadora. Muy pronto brotó en mi corazón un dulce calor que inundó todo mi pecho. Esto me condujo en particular a una atenta lectura de la Filocalía para ver qué decía de estas sensaciones y estudiar en ella el desarrollo de la oración interior del corazón; sin este control, temía caer en la ilusión, tomar las acciones de la naturaleza por las de la gracia y ensoberbecerme por tan rápida adquisición de la oración, según lo que me había explicado mi difunto starets. Por esta razón, caminaba sobre todo de noche y pasaba el día leyendo la Filocalía sentado en el bosque a la sombra de los árboles. ¡Cuántas cosas nuevas, profundas e ignoradas llegué a descubrir en estas lecturas! Mientras duraba esta ocupación, sentía una beatitud mucho más perfecta que todo lo que hasta entonces había podido imaginar. Indudablemente que ciertos pasajes quedaban sin que mi pobre espíritu pudiera entenderlos, pero los efectos de la oración del corazón aclaraban lo que yo no entendía. Además, a veces veía en sueños a mi difunto starets, que me explicaba muchas de las dificultades e inclinaba cada vez más a la verdad a mi alma tan poco inteligente. En esta absoluta felicidad pasé dos largos meses del verano. Viajaba sobre todo por los bosques y caminos de la campiña; cuando llegaba a una aldea, pedía un saco de pan, un puñado de sal, llenaba de agua mi calabaza y seguía caminando otras cien verstas.

EL PEREGRINO ES ATACADO POR LOS LADRONES

En castigo sin duda de mis pecados y de la dureza de mi alma, o para el progreso de mi vida espiritual, las tentaciones hicieron su aparición al fin del verano. Y fue así: una tarde que había salido a la carretera, encontré ados hombres que tenían aspecto de soldados; me pidieron dinero. Cuando les dije que no tenía ni un céntimo, no quisieron creerme y gritaron brutalmente:

-¡Mientes! Que los peregrinos recogen mucho dinero. -Uno de ellos
añadió: Es inútil hablar mucho con él- Y me dio con un palo en la cabeza; caí sin sentido. No sé si estuve mucho tiempo así, pero cuando volví en mí me di cuenta de que estaba en el bosque cerca de la carretera. Mis ropas estaban hechas jirones y mi alforja había desaparecido. Gracias a Dios, me habían dejado mi pasaporte, que llevaba escondido en el forro de mi viejo sombrero, a fin de poderlo enseñar fácilmente cuando fuera necesario. Me levanté y lloré amargamente, no tanto por el dolor cuanto por la pérdida de mis libros, la Biblia y la Filocalía, que estaban en la alforja que me robaron. Lloré y me afligí todo el día y toda la noche. ¿Dónde estaba mi Biblia, que yo leía desde pequeño y que siempre había llevado conmigo? ¿Dónde mi Filocalía, de la que tan grandes enseñanzas y consuelo sacaba? Infeliz, que he perdido el único tesoro de mi vida sin haberlo aprovechado como debía. Mejor me hubiera sido morir que vivir así sin mi alimento espiritual. Jamás podré volverlos a tener. Por espacio de dos días apenas si pude caminar por la aflicción; al tercer día, caí sin fuerzas junto a un matorral y me dormí. Y he aquí que, en sueños, me vi en el eremitorio, en la celda de mistarets, a quien lloré mi dolor. El starets, después de haberme consolado, me dijo:

-Que este acontecimiento te sirva de lección de desapego de las cosas de la tierra, a fin de poder volar más libremente hacia el cielo. Esta prueba te ha sido enviada a fin de que no caigas en la voluptuosidad espiritual. Dios quiere que el cristiano renuncie a su propia voluntad y a todo apego a ella, para poder ponerse así enteramente en los brazos de la voluntad divina. Todo lo que Él hace es para el bien y la salvación de los hombres. Él quiere que todos los hombres sean salvos. De modo que ten ánimo y cree que Dios dispondrá con la tentación el éxito para que podáis resistirla. Pronto recibirás un consuelo mayor que todas tus penas.

Al oír estas palabras, desperté y sentí en mi cuerpo fuerzas renovadas y en mi alma como una aurora y una nueva tranquilidad. ¡Qué se cumpla la voluntad de Dios!, dije. Me levanté, hice la señal de la cruz y partí. La oración obraba de nuevo en mi corazón como antes, y durante tres días seguí tranquilo mi camino. De repente, me encontré en él con una tropa de forzados, que eran conducidos bajo escolta. Al llegar junto a ellos, vi a los dos hombres que me habían robado, y como iban a la cabeza de la columna pude echarme a sus pies y suplicarles que me dijeran dónde estaban mis libros. Al principio fingieron no conocerme, pero al final uno de ellos dijo:

-Si nos das alguna cosa, te diremos dónde están tus libros. Necesitamos un rublo de plata.

Yo les juré que de un modo u otro se lo daría, aunque tuviese que mendigar para hacerme con él.

-Tomad en prenda, si os interesa, mi pasaporte.

Entonces me dijeron que mis libros estaban en los carros con los objetos robados que les habían recogido.

-¿Cómo podré conseguirlos?

-Pídeselos al capitán de la escolta.

Me fui donde estaba el capitán y le expliqué todo tal como había
sucedido. En la conversación, me preguntó si sabía leer la Biblia.

-No sólo sé leerla, le contesté, sino que también sé escribir; vos mismoveréis en la Biblia una inscripción que indica que me pertenece; y aquí tenéis en mi pasaporte mi nombre y apellido.

El capitán me dijo:

-Estos ladrones son desertores; vivían en una cabaña y se dedicaban a desplumar a los viandantes. Un cochero muy hábil los detuvo ayer, cuando querían robarle su troica. Tendré sumo placer en devolverte tus libros, si acaso están allí; pero tendrás que venir con nosotros hasta la posada. Estamos a cuatro verstas solamente y yo no puedo detener todo el convoy para buscarlos ahora.

Lleno de alegría, me puse en marcha junto al caballo del capitán, y fui conversando con él. Pronto me di cuenta de que era un hombre honesto y bueno y que ya no era joven. Me preguntó quién era yo, de dónde venía y a dónde iba. Respondí a todas sus preguntas y poco a poco llegamos a la posada donde se hacía el alto. Fue en busca de mis libros, y me los entregó diciendo:

-¿Adónde piensas ir ahora? Es ya de noche; sería mejor que te quedases conmigo.

Y con él me quedé. Sentía tal contento por haber recobrado mis libros que no sabía cómo dar gracias a Dios; los apretaba contra mi corazón hasta sentir calambres en los brazos. Lágrimas de felicidad corrían por mis mejillas y mi corazón palpitaba de gozo y dicha.
El capitán me miró y me dijo:

-Veo que sientes placer en leer la Biblia.

En mi alegría, no me fue posible responderle una sola palabra. Yo no hacía más que llorar. Él continuó:

-Yo también, hermano, leo cada día con gran atención el Evangelio -Y al momento, entreabriendo su uniforme, sacó de él un pequeño Evangelio de Kiev con cubierta de plata-. Siéntate y te contaré cómo me fui acostumbrando a ello. ¡Mesonero!, que nos traigan la cena.

HISTORIA DEL CAPITÁN
Nos sentamos a la mesa. El capitán comenzó su relato:

«-Desde mi juventud he servido en el ejército y nunca en una guarnición. Conocía bien mi oficio y mis superiores me consideraban como un oficial modelo. Pero yo era joven, al igual que mis amigos. Por desgracia empecé a beber, y de tal modo me entregué a la bebida, que caí enfermo. Cuando no bebía era un excelente oficial, pero al primer vaso que volvía a beber, tenía que guardar cama seis semanas. Me aguantaron durante mucho tiempo; pero al fin, por haber insultado a un jefe después de haber bebido, fui degradado y condenado a servir tres años en una guarnición; me amenazaron con un castigo más severo aún, si no abandonaba la bebida. En situación tan miserable, quise luchar por contenerme, pero fue inútil; me fue imposible renunciar a mi pasión y decidieron enviarme a un batallón disciplinario. Cuando me lo hicieron saber, yo no sabía lo que me cogía.
Un día, sentado en mi dormitorio, iba pensando en todas estas cosas. Y en esto se presentó un monje que pedía para una iglesia. Cada cual daba lo que podía. Al llegar junto a mí, me preguntó por qué estaba tan triste. Yo hablé un poco con él y le conté mi desgracia. El monje se compadeció de mi situación y me dijo:

»-Lo mismo que a ti le sucedió a un hermano mío, y voy a contarte cómo consiguió vencer su vicio. Su padre espiritual le dio un Evangelio y le ordenó leer un capítulo cada vez que le vinieran ganas de beber; si las ganas volvían, debía leer el capítulo siguiente. Mi hermano puso en práctica el consejo, y de allí a poco tiempo quedó libre de la pasión por la bebida. Hace ya quince años que no ha probado ninguna bebida fuerte. Imita su ejemplo, y pronto verás cuánto bien te hace abstenerte como él. Yo tengo un Evangelio; si quieres, mañana te lo traeré.

»A lo que yo repliqué:

»-¿Y qué voy a hacer yo con el Evangelio, cuando ni mis esfuerzos, ni los remedios de los médicos han podido conseguir que me abstenga de beber? (Hablaba así porque jamás había leído el Evangelio.)

»-No digas eso, replicó el monje. Yo te aseguro que si haces lo que te he dicho, encontrarás provecho.

»Al día siguiente, en efecto, volvió el monje con el Evangelio que aquí ves. Lo abrí, lo miré, leí algunas frases y le dije:

»-No lo quiero, pues no entiendo nada. No estoy acostumbrado a leer los caracteres de iglesia.

»El monje continuó exhortándome, diciendo que en las mismas palabras del Evangelio se encierra una fuerza bienhechora; porque es el mismo Dios el que pronunció las palabras que en él están impresas. No importa que no entiendas nada; basta con que leas con atención. Un Santo ha dicho: "Si tú no comprendes la Palabra de Dios, los demonios comprenden lo que tú lees, y tiemblan." Y seguramente que el deseo de beber es obra de los demonios. Y te digo además esto: San Juan Crisóstomo escribe que hasta el lugar donde está el Evangelio espanta a los espíritus de las tinieblas y es un obstáculo a sus intrigas.

»No me acuerdo ya muy bien, pero creo que di alguna cosa al monje; tomé su Evangelio y lo eché en mi baúl entre mis otras cosas, olvidándolo completamente. Algún tiempo después llegó el momento de beber. Tenía unas ganas terribles de hacerlo; abrí el baúl para coger algún dinero y entrar en la taberna. El Evangelio se me presentó delante de los ojos y, acordándome de repente de todo lo que me había dicho el monje, lo abrí y comencé a leer el primer capítulo de San Mateo. Lo leí hasta el fin sin entender cosa alguna; pero me acordé de lo que me había dicho el monje: "No importa que no entiendas nada; basta con que leas con atención". ¡Está bien!, me dije; leamos un capítulo más. La lectura me pareció más clara. Veamos el tercero; apenas lo había comenzado, cuando se oyó una campana: era la retreta o llamada de la tarde. Y ya no había tiempo de salir del cuartel, con lo que me quedé sin beber por aquel día.

»Al día siguiente, por la mañana, estando para salir a comprar aguardiente, me dije:¿Y si leyese un capítulo del Evangelio? Después veremos. Lo leí y no me moví. Algo después tuve de nuevo ganas de beber, pero me puse a leer y me sentí aliviado. Me sentí fuerte igualmente, y a cada asalto de la tentación de beber la vencía leyendo mi capítulo del Evangelio. Cuanto más tiempo pasaba, me iba mejor. Cuando hube acabado los cuatro Evangelios, mi pasión por el vino había desaparecido completamente; me era ya del todo indiferente. Y hace ya veinte años que no he llevado a mis labios ninguna bebida fuerte.

»Todos se extrañaron de mi cambio. Pasados tres años fui admitido de nuevo en el cuerpo de oficiales; fui ascendiendo los grados sucesivos y quedé nombrado capitán. Contraje matrimonio con una excelente mujer; hemos reunido algunos bienes y ahora, gracias a Dios, las cosas van marchando. Ayudamos a los pobres en la medida de nuestras posibilidades y damos alojamiento a los peregrinos. Tengo un hijo que ya es oficial y que vale mucho.

»Pues bien, después que me puse bueno del todo, prometí leer cada día, durante toda mi vida, uno de los cuatro Evangelios entero, sin admitir dispensa alguna. Y así lo hago. Cuando estoy abrumado de trabajo y me siento muy fatigado, me acuesto y le pido a mi mujer o a mi hijo que lean el Evangelio junto a mí, y de esta manera cumplo mi promesa. En testimonio de agradecimiento y para gloria de Dios, he hecho cubrir este Evangelio de plata maciza y siempre lo llevo sobre mi corazón.»

Yo le escuché con gran placer, y le dije:

-Yo he conocido un caso semejante: en nuestro pueblo, en la fábrica, había un excelente obrero, muy hábil en las cosas de su oficio; pero para su desgracia, bebía con demasiada frecuencia. Un hombre piadoso le aconsejó que, cada vez que le viniesen ganas de beber aguardiente, recitase treinta y tres veces la oración de Jesús en honor de la   y en memoria de los años de la vida de Jesús sobre la tierra. Y no es esto todo: tres años después entraba en un monasterio.

-¿Y qué vale más, la oración de Jesús o el Evangelio?

-Ambos son la misma cosa, le respondí. El Evangelio es como la oración de Jesús, porque el divino nombre de Jesús encierra en sí todas las verdades evangélicas. Los Padres dicen que la oración de Jesús es un resumen de todo el Evangelio. 

Después de esta conversación dijimos nuestras oraciones; el capitán comenzó a Feer el Evangelio de San Marcos desde el principio; yo le escuchaba haciendo oración en mi corazón. El capitán terminó su lectura a las dos de la madrugada y nos fuimos a acostar.

Según tengo por costumbre, me levanté muy temprano cuando todos aún dormían. Apenas apuntaba el día cuando yo me enfrascaba ya en mi Filocalía. ¡Con cuánta alegría la abrí! Me parecía haber vuelto a encontrar a mi padre después de una larga ausencia o a un amigo que hubiera resucitado de entre los muertos. La abracé y di gracias a Dios por habérmela devuelto; comencé a leer a Teolepto de Filadelfia ,en la segunda parte de la Filocalía. Quedé asombrado al leer que propone entregarse a la vez a tres diversas clases de actividad: cuando te sientes a la mesa, dice, da alimento al cuerpo, lectura a tu mente y oración a tu corazón. Pero el recuerdo de la bienhechora sobremesa de la víspera me explicaba prácticamente este pensamiento. Y entonces comprendí el misterio de la diferencia entre el corazón y la mente. Cuando se despertó el capitán, quise darle gracias por su bondad y despedirme de él. Me sirvió el té, me dio un rublo de plata y nos dijimos adiós. Yo emprendí la marcha lleno de alegría. Al fin de la primera versta, me acordé de que había prometido a los soldados un rublo, y ahora tenía uno en mi bolsillo. ¿Debía dárselo, o no? Por un lado, pensaba para mis adentros, te dieron de golpes y te robaron, y ya no pueden hacerte mal alguno porque están detenidos; pero por otro  lado, acuérdate de lo que está escrito en la Biblia: Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer. Y el mismo Jesucristo dijo: Amad a vuestros enemigos; y en otro lugar: Y al que quiera litigar contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto. Hechas estas reflexiones, volví sobre mis pasos y llegué a la posada en el preciso momento en que el convoy se estaba formando para iniciar la marcha. Corrí en busca de los dos malhechores y les puse el rublo en las manos, diciéndoles:

-Orad y haced penitencia; Jesucristo es el amigo de los hombres y nunca os abandonará.

Dichas estas palabras, me alejé siguiendo el camino en dirección contraria a la que llevaban ellos.

SOLEDAD

Después de haber caminado cincuenta verstas por el camino real, entré por unos caminos de campo, más solitarios y propios a la lectura. Durante un tiempo fui vagando por los bosques; de cuando en cuando encontraba una aldea. Con frecuencia, me quedaba todo el día en el bosque leyendo la Filocalía, en la que encontraba admirables y profundas enseñanzas. Mi corazón se inflamaba en deseos de unirse con Dios mediante la oración interior, que yo me esforzaba por estudiar y descubrir en la Filocalía. Al mismo tiempo estaba triste por no haber podido hallar un abrigo donde poder entregarme a la lectura en paz y sin distraerme en otras cosas. Por esa época, leía también mi Biblia y veía que empezaba a entenderla mejor; encontraba en ella menos pasajes oscuros. Razón tienen los Padres al decir que la Filocalía es la llave que descubre los misterios encerrados en las Escrituras. Bajo su dirección, comencé a comprender el sentido oculto en la Palabra de Dios; descubrí lo que significan el hombre interior oculto en el corazón, la verdadera oración: la adoración en espíritu el Reino de Dios dentro de nosotros, la intercesión del Espíritu Santo ; entendí el sentido de estas palabras: Vosotros estáis en mi ,dame tu corazón, revestíos del Señor Jesucristo , los desposorios del Espíritu en nuestros corazones, la invocación: ¡Abba, Padre! , y otras muchas cosas. Cuando oraba en lo más profundo de mi corazón, todas las cosas que me rodeaban aparecían me bajo un aspecto encantador: árboles, hierbas, aves, tierra, aire, luz, todas parecían decirme que existen para el hombre y que dan testimonio del amor de Dios por el hombre; todas oraban, todas cantaban la gloria de Dios. Así llegué a comprender aquello que la Filocalía llama «el conocimiento del lenguaje de la creación», y veía cómo es posible conversar con las criaturas de Dios.

HISTORIA DE UN GUARDABOSQUES

Así anduve caminando durante mucho tiempo. Llegué al fin a un país tan apartado que estuve tres días sin ver una sola aldea. Había terminado mi pan y me preguntaba no sin inquietud cómo haría para no morir de hambre. Al momento de haber empezado a orar en mi corazón, desapareció mi angustia, me puse en las manos del Señor, y me volvió la alegría y la tranquilidad. Continué luego un poco por el  camino a través de un inmenso bosque, cuando apareció ante mi vista un perro de guarda que salía de entre los árboles; le llamé y se me acercó muy cariñoso, dejándose acariciar. Yo me alegré y me dije: He aquí también la bondad de Dios; seguramente habrá en este bosque algún rebaño y este será el perro del pastor, o acaso sea el perro de algún cazador. De cualquier modo, ahora tendré ocasión de pedir un poco de pan, pues hace ya dos días que no pruebo bocado; o al menos me indicarán dónde puedo encontrar el pueblo más cercano. El perro, después de haber dado unas vueltas a mi alrededor, y al ver que no encontraba nada que comer, se volvió al bosque por el mismo sendero por donde había venido. Yo le seguí, y al cabo de unos doscientos metros volví a verlo, a través de los árboles, en una guarida de la que sacaba la cabeza, ladrando. Luego vi que se acercaba por entre los árboles un campesino delgado y pálido, ya entrado en años sin ser viejo. Me preguntó cómo había llegado hasta allí, y yo le dije qué es lo que hacía en un lugar tan apartado, cambiando algunas palabras amistosas. Me rogó que entrase en su cabaña y me explicó que era guardabosques y que tenía a su cuidado aquel monte, que iba a ser talado. Me ofreció el pan y la sal, y entablamos conversación.

-Te envidio esta vida solitaria que llevas, le dije; no es como yo, que ando caminando de continuo y estoy en contacto con todo el mundo.

-Si te gusta, me respondió, puedes vivir aquí; ahí cerca hay una cabaña vieja que ha servido de vivienda al guarda que estuvo aquí antes que yo; está un poco en ruinas, pero para el verano puede valer. Tú tienes tu pasaporte; hay pan para los dos con lo que me traen cada semana del pueblo, y junto a nosotros corre este arroyo que no se seca jamás. Yo hermano, hace diez años que no como otra cosa que pan y no bebo más que agua. Para el otoño, cuando se hayan terminado los trabajos de la recolección, vendrán doscientos hombres para la tala de árboles; yo ya no tendré nada que hacer aquí y a ti tampoco te permitirán continuar en este lugar.

Al oír estas palabras sentí tanta alegría que me faltó poco para echarme a sus pies. No sabía cómo agradecer a Dios su bondad para conmigo. Todo lo que yo podía desear y por lo que tanto había suspirado, aquí se me ofrecía en un momento. Hasta el otoño aún quedan cuatro meses y yo puedo, durante este tiempo, aprovechar el silencio y la paz del bosque para estudiar con ayuda de la Fiocalía la oración continua en el corazón. De modo que resolví instalarme en la dicha cabaña. Continuamos hablando y aquel buen hermano me contó su vida y sus ideas.

-En mi pueblo -me dijo- yo no era el último; tenía un oficio que consistía en teñir las telas de rojo y azul; vivía con holgura, pero no sin pecado; engañaba mucho a mi clientela y juraba continuamente; era grosero, bebedor y pendenciero.

En ese pueblo había un viejo chantre que tenía un libro antiguo, muy antiguo sobre el Juicio final 20. Iba a menudo a casa de los fieles ortodoxos para leer en ellas y recibía por ello alguna pequeña retribución; alguna vez también venía a mi casa. La mayor parte de las veces, le daba unos ochavos y él se quedaba a leer hasta el canto del gallo. Una vez estaba yo trabajando y oyéndole al mismo tiempo; leía un pasaje sobre los tormentos del infierno y sobre la resurrección de los muertos, cómo Dios vendrá a juzgar; cómo harán los Ángeles sonar sus trompetas, el fuego y el pez que habrá allá y cómo los gusanos devorarán a los pecadores. De repente, sentí un miedo espantoso y me dije: ¡Yo no escaparé a esos tormentos! Desde ahora voy a dedicarme a salvar mi alma y acaso llegue a conseguir el rescate de mis pecados. Reflexioné detenidamente y decidí abandonar mi oficio; vendí mi casa, y como vivía solo me hice guardabosques, no pidiendo de salario más que el pan, vestido con que cubrirme y algunos cirios para encender durante las oraciones. Y ya llevo viviendo así más de diez años. Solamente como una vez al día y no tomo sino pan y agua. Todas las noches me levanto al primer canto del gallo y hasta que amanece hago genuflexiones y salutaciones hasta tierra; mientras rezo enciendo siete velas delante de las imágenes. Durante el día, mientras recorro el bosque, llevo unas cadenas de sesenta libras sobre la piel. No juro, no bebo ni cerveza ni alcohol, ni peleo con nadie; mujeres, no las he conocido jamás.

Al principio me sentía muy contento de vivir así, pero de cuando en cuando me veo asaltado por reflexiones que no puedo echar de la mente. Dios sabe si podré alcanzar el perdón de mis pecados, pero esta vida es bien dura. Y además, ¿sería verdad lo que decía el libro? ¿Cómo puede resucitar un hombre? Pues de aquellos que murieron hace cien años y más, hasta el polvo ha desaparecido. Y ¿quién sabe si habrá un infierno o no? Por lo menos, ninguno ha vuelto del otro mundo; cuando el hombre muere, se corrompe y ninguna huella queda de él. Ese libro, acaso lo hayan escrito los popes o los funcionarios para asustarnos, a nosotros los imbéciles, a fin de tenernos cada vez más sumisos. De modo que en esta vida vivimos miserablemente y sin consuelo alguno, y a lo mejor en la otra no habrá cosa alguna. Entonces, ¿para qué continuar así? ¿No será preferible aprovechar inmediatamente las buenas ocasiones? Estas ideas me persiguen -añadió-, y tengo miedo de tener que volver a mi antigua ocupación.

Yo sentía gran compasión por él y me decía a mí mismo: Se dice que sólo los sabios y los intelectuales se hacen librepensadores e incrédulos, pero por lo visto también nuestros hermanos, los sencillos campesinos, se forman ideas bien raras y faltas de fe. Seguramente que el mundo oscuro llega a todos y acaso ataca más fácilmente aún a los simples. Hay que buscar las mejores razones posibles y fortalecerse contra el enemigo por la Palabra de Dios. Por eso, a fin de sostener un poco a este hermano y confirmar su fe, saqué de mi bolsillo la Filocalía y la abrí en el capítulo 109 del bienaventurado Hesiquio 21. Le leí y expliqué que el miedo del castigo no es el único freno contra el pecado, porque el alma no puede librarse de los pensamientos culpables sino mediante la vigilancia del espíritu y la pureza del corazón. Todo esto se adquiere por la oración interior. Si alguno escoge el camino del ascetismo no sólo por miedo de las torturas del infierno, sino también por el deseo del reino celestial, añadí, los Padres comparan esta acción con la de un mercenario. Dicen que el miedo a los tormentos es la vía del esclavo, y el deseo de recompensa, la del mercenario. Pero Dios quiere que vayamos a Él como hijos; quiere que el amor y el celo nos empujen a comportarnos dignamente, y que gocemos de la perfecta unión con Él en el alma y en el corazón .

-En vano te agotarás y te impondrás las pruebas y penitencias físicas más duras; si no llevas constantemente a Dios en el espíritu y la oración de Jesús en el corazón, nunca estarás al abrigo de los malos pensamientos; estarás siempre dispuesto a pecar a la menor ocasión. Comienza, pues, hermano, a rezar de continuo la oración de Jesús; esto te resultará fácil en esta soledad, y pronto verás el provecho de esta oración. Las ideas impías desaparecerán, a la vez que la fe y el amor a Jesucristo se revelarán en tu interior. Y comprenderás cómo los muertos pueden resucitar, qué es verdaderamente el Juicio final y qué significa. Y encontrarás tanto gozo y ligereza en tu corazón, que quedarás admirado; y ya no te cansarás ni serás turbado por tu vida de penitencia. Luego le expliqué como mejor pude, cómo debía recitar la oración de Jesús según el divino mandamiento y las enseñanzas de los Padres. Él parecía no desear otra cosa, y su turbación fue disminuyendo. Entonces, separándome de él, entré en la vieja cabaña que me había indicado.

CONTINUA...

"Actas del Magisterio - Mons. Lefebvre"


CAPÍTULO 4
Encíclica Humanum genus
del Papa León XIII
sobre la secta de los Masones
(20 de abril de 1884)
León XIII señala toda la perversidad de la Masonería
(CONTINUACIÓN) 

La doctrina social de la Iglesia: la encíclica Rerum novarum 

Los Papas han expresado su doctrina sobre este tema en varias encíclicas muy extensas, por ejemplo en la encíclica Rerum Novarum de León XIII. Hay también varias encíclicas sobre cuestiones sociales y los beneficios de las corporaciones. No hay que dejar de consultarlas para hacer una comparación con la situación actual y comprenderla.

Hay que reconocer que, desde ese punto de vista, los suizos han conservado más el espíritu de las corporaciones, y que en 1927 ó 1928 hubo un acuerdo entre patronos y obreros que declaraba ilegal la huelga, razón por la cual, en Suiza no las hay. Al mismo tiempo se crearon organizaciones y cuando surge alguna dificultad patronos, obreros y representantes de los servicios económicos del país se reúnen para estudiar y solucionar el desacuerdo, ver si se puede aumentar el sueldo y, al cabo de un convenio, llegar a un arreglo. Pero el trabajo continúa, porque detenerlo es poner en peli-gro a la empresa, y si la huelga se prolonga por tiempo indeterminado, todos los competidores aprovechan para quitarle los clientes a la empresa paralizada por la huelga. Es completamente absurdo, porque obrando así los obreros matan al instrumento que los hace vivir. Desde este punto de vista, Suiza es un modelo. Es el único país de Europa en que la huelga es ilegal. Cuando contamos eso en nuestros países, nos dicen: “¡No puede ser! ¿Cómo? ¿Un país en que está prohibida la huelga? ¡No puede ser, eso ya no existe!”. Sin embargo es uno de los países que tiene el nivel de vida más alto... es normal.

El orden social cristiano
En el último número de Itineraires  hubo un artículo acerca de un libro publicado sobre Chile, que mostraba el progreso que ha hecho ese país desde la expulsión del comunismo. Es el país que, desde hace cinco años, ha hecho el mayor progreso económico del mundo entero. Lo mismo en Portugal en tiempos de Salazar y en España cuando Franco estaba en el poder. El nivel de vida progresó porque había orden, todo el mundo trabajaba, y había un espíritu de justicia y leyes cristianas. Cuando en una sociedad vuelve el espíritu cristiano y con él el espíritu de justicia, de ayuda mutua, de entendimiento y de paz, todo vuelve a su cauce. La moneda vuelve a ser más segura, y la gente vive en la paz y comprensión. Es algo tan claro que los que son enemigos de la justicia social como la entiende la Iglesia, se enfurecen y quieren destruir los países que dan un ejemplo tan contrario a sus propios proyectos.

Otro ejemplo es que en Cuba, la gente está también muy descontenta, pero no por las mismas razones, sino porque les falta todo y no tienen suficiente para comer. Es un desorden, y a pesar de todo, en nuestros países se presenta siempre al comunismo como si fuera el partido de los trabajado-res y el partido del progreso que defiende a la gente pobre. ¡Es increíble! Eso es fruto de una desinformación y de una ceguera insensata. A ellos no les importa; lo que quieren ante todo es rechazar y suprimir al Estado cristiano. La enseñanza de los Papas sobre este tema es particularmente esclarecedora.
Finalmente, León XIII propone otro remedio: la Sociedad fundada bajo el patrocinio de San Vicente de Paúl:
«En este punto no dejaremos de mencionar la Sociedad llamada de San Vicente de Paúl, tan benemérita de las clases pobres y tan insigne públicamente por su ejemplaridad. Bien conocidas son su actuación y sus aspiraciones».
Esto es lo que dice el Papa León XIII:
«Se emplea en adelantarse espontáneamente al auxilio de los menesterosos y de los que sufren, y esto con admirable sagacidad y modestia; pues, cuanto menos quiere mostrarse, mejor es aún para ejercer la caridad cristiana, y más oportuna para consuelo de las miserias».
Es cierto que ahora hay todo un sistema de seguros y ayuda que, en cierta medida, ha reducido las desgracias. Pero, ¡hay aún tantos desdichados!, sobre todo en las grandes ciudades, donde hay real-mente muchos y desconocidos. Bajo ese aspecto, el instituto de los Hermanos de San Vicente de Paúl ha hecho mucho bien. No solamente proporciona ayuda material, sino también espiritual, gracias a sus múltiples instituciones que aún existen al servicio de los pobres y para agrupar a los desdichados. Nuestro Señor ha dicho: «Siempre tendréis a los pobres con vosotros».

Alejar a la juventud del espíritu envenenado de las sectas

El Papa evoca luego los peligros que atacan a la juventud en la enseñanza que se le imparte.
«Para obtener más fácilmente lo que intentamos, con el mayor encarecimiento encomendamos a vuestro celo y a vuestros desvelos la juventud, esperanza de la sociedad. Poned en su educación vuestro principal cuidado, y nunca, por más que hiciereis, creáis haber hecho bastante en preservar a la adolescencia de aquellas escuelas y maestros en los que pueda temerse el aliento pestilente de las sectas».
Como adivinamos, el Papa se refiere a las escuelas laicas. Es una advertencia saludable que en la actualidad debe seguir en todo su rigor, porque ahora los padres suelen decir: “Prefiero poner a mi hijo o a mi hija en una escuela laica que en una escuela católica”. ¿Cómo puede ser? Quizás no es una regla general, pero algunas veces es verdad. Es cierto que en algunos casos las escuelas laicas no son anticatólicas ni tan violentas contra la religión. Sin embargo, no hay que olvidar que el laicismo general que hay en esas escuelas hace que los niños respiren, aun cuando son buenos cristianos, una atmósfera en la que no se conoce la religión, y eso es muy grave, porque la fuerza de estar en ese ambiente envenenado de ateísmo, los niños corren un peligro grave. Hay un riesgo de que, a la larga, se vuelvan casi indiferentes a la religión. Pueden tener la impresión de que la religión no es necesaria. “¿De qué sirve? Se hacen estudios, se consiguen diplomas, se consigue un oficio o una profesión… pero la religión no sirve para nada”. El ambiente de la escuela laica acaba por penetrar en los espíritus y corazones. Por eso tenemos que volver a fundar escuelas íntegramente católicas.

Plegaria por los que luchan contra las sectas
Finalmente el Papa, tal como tiene que hacerlo, se vuelve hacia la oración y con ella termina:
«Bien conocemos que todos nuestros comunes trabajos no bastarán a arrancar estas perniciosas semillas del campo del Señor si desde el cielo el dueño de la viña no favorece benigno nuestros es-fuerzos. Necesario es, por lo tanto, implorar con vehemente anhelo e instancia su poderoso auxilio (…) Tan fiero asalto pide igual defensa, es a saber, que todos los buenos se unan en amplísima coalición de obras y oraciones».

El Papa nos anima a volvernos a la oración, porque en ella está nuestro auténtico socorro.
«Les pedimos, pues, por un lado que, estrechando las filas, firmes y a una, resistan contra los ímpetus cada día más violentos de los sectarios; por otro, que levanten a Dios las manos y le supliquen con grandes gemidos, para alcanzar que florezca con nuevo vigor la religión cristiana; que goce la Iglesia de la necesaria libertad; que vuelvan a la buena senda los descarriados; y que, al fin, abran paso a la verdad los errores, y los vicios a la virtud. Como intercesora y abogada tengamos a la Virgen María Madre de Dios (…) Acudamos también al príncipe de los Angeles buenos, San Miguel, el vencedor de los enemigos infernales; y a San Jo-sé, esposo de la Virgen santísima, así como a San Pedro y San Pablo, Apóstoles grandes, sembradores e invictos defensores de la fe cristiana, en cuyo patrocinio confiamos, así como en la perseverante oración de todos, para que el Señor acuda oportuno y benigno en auxilio del género humano que se encuentra lanzado a tantos peligros».

Por último, al terminar esta encíclica tan importante y que de algún modo resume todo lo que sus predecesores ya habían dicho sobre las sectas masónicas, el Papa da su bendición apostólica.

Fin del capitulo



"CARTA ABIERTA A LOS CATÓLICOS PERPLEJOS"


XXI 

Mi declaración del 21 de noviembre de 1974, que desencadenó el proceso de que acabo de hablar, terminaba con estas palabras: "Al hacer esto estamos convencidos de que permanecemos fieles a la Iglesia católica y romana, a todos los sucesores de Pedro, y de que somos los fieles dispensadores de los misterios de Nuestro Señor Jesucristo". El Osservatore Romano, al publicar el texto, omitió este párrafo. Desde hace más de diez años, nuestros adversarios están interesados en separarnos de la Iglesia y dan a entender que no aceptamos la autoridad del Papa. Sería más práctico hacer de nosotros una secta y declararnos cismáticos. ¡Cuántas veces se pronunció la palabra cisma en relación con nosotros! Nunca dejé de repetirlo: Si alguien se separa del Papa, no seré yo. La cuestión se resume en esto: el poder del Papa en la Iglesia es un poder supremo, pero no un poder absoluto y sin límites, pues está subordinado al poder divino que se expresa en la tradición, las Sagradas Escrituras y las definiciones ya promulgadas por el magisterio eclesiástico. En realidad, ese poder tiene sus límites en el fin para el cual le ha sido dado en la tierra al vicario de Cristo, fin que Pío IX definió claramente en la constitución Pastor aeternus del concilio Vaticano I. De manera que al decirlo no expreso ninguna teoría personal. La obediencia ciega no es católica; uno no está exento de responsabilidad si obedece a los hombres antes que a Dios, al aceptar órdenes de una autoridad superior, por más que sea la autoridad del papa, si esas órdenes se revelan contrarias a la voluntad de Dios tal como la tradición nos la hace conocer con toda certeza. No se puede considerar semejante posibilidad, por cierto, cuando el papa empeña su infalibilidad, pero el papa lo hace sólo en número muy reducido de casos. Es un error creer que toda palabra salida de la boca del papa es infalible. Habiendo dejado en claro esto, diré que no soy de aquellos que insinúan o afirman que Pablo VI era herético y que, por el hecho mismo de su herejía, ya no era papa. En consecuencia, la mayor parte de los cardenales nombrados por él no serían cardenales ni habrían podido elegir válidamente a otro papa. Juan Pablo I y Juan Pablo II no habrían sido por consiguiente elegidos legítimamente. Esta es la posición de aquellos a quienes se llama los "sedevacantistas". Hay que reconocer que el papa Pablo VI planteó un serio problema a la conciencia de los católicos. Ese papa causó a la Iglesia más daños que la revolución de 1789. Hechos precisos, como las firmas puestas al artículo 7 de la Institutio Generalis y al documento de la libertad religiosa, son escandalosos. Pero no es tan sencilla la cuestión de saber si un papa puede ser herético. Una serie de teólogos piensa que puede ser herético como doctor privado, pero no como doctor de la Iglesia universal. Habría que examinar pues en qué medida Pablo VI quiso empeñar su infalibilidad en casos como los que acabo de citar. Ahora bien, pudimos ver que ese papa obró más como liberal que como partidario de la herejía. En efecto, desde el momento en que se le hacía notar el peligro que corría, hacía el texto contradictorio agregándole una fórmula opuesta a lo que se afirmaba en la redacción: es conocido el ejemplo famoso de la nota previa explicativa insertada en la constitución Lumen Gentium sobre la colegiación; o bien el Papa redactaba una fórmula equívoca como es propio del liberal que por naturaleza es incoherente.

El liberalismo de Pablo VI, reconocido por su amigo el cardenal Daniélou, basta para explicar los desastres de su pontificado. El católico liberal es una persona de doble rostro que vive en una continua contradicción. Quiere continuar siendo católico pero está poseído por la sed de gustar al mundo. ¿Puede un papa ser liberal y continuar siendo papa? La Iglesia siempre amonestó severamente a los católicos liberales, aunque no siempre los excomulgó. Los "sedevacantistas" exponen otro argumento: el alejamiento de los cardenales de más de ochenta años de edad y los conventículos que prepararon los dos últimos cónclaves, ¿no hacen inválida la elección de esos papas? Inválida es afirmar demasiado, pero en todo caso sería dudosa. Sin embargo, la aceptación de hecho posterior a la elección y unánime por parte de los cardenales y del clero romano basta para dar validez a la elección. Ésa es la opinión de los teólogos. El razonamiento de quienes afirman la inexistencia del papa coloca a la Iglesia en una situación muy complicada. La cuestión de la visibilidad de la Iglesia es demasiado necesaria a su existencia para que Dios pueda omitirla durante decenios. ¿Quién nos dirá dónde está el futuro papa? ¿Cómo se podrá designarlo si ya no hay cardenales? Aquí vemos un espíritu cismático. Nuestra Fraternidad se niega de manera absoluta a entrar en semejantes razonamientos. Nosotros queremos permanecer unidos a Roma, al sucesor de Pedro, y repudiamos el liberalismo de Pablo VI por fidelidad a sus predecesores. Es evidente que en casos como el de la libertad religiosa, la hospitalidad eucarística autorizada por el nuevo derecho canónico o la colegiación concebida como la afirmación de dos poderes supremos en la Iglesia, todo clérigo y católico fiel tiene el deber de resistirse y de negar su obediencia. Esa resistencia debe ser pública si el mal es público y representa un motivo de escándalo para las almas. Por eso, remitiéndonos a santo Tomás de Aquino, el 21 de noviembre de 1983, monseñor de Castro Mayer y yo enviamos una carta abierta al papa Juan Pablo II para rogarle que denunciara las causas principales de la situación dramática en que se debate la Iglesia. Todos los trámites que realizamos en privado durante quince años resultaron vanos y callarnos nos parecía que nos convertía en cómplices de los autores de la desazón que padecen las almas en el mundo entero. En aquella carta decíamos: "Santo Padre, es urgente que desaparezca este malestar, pues el rebaño se dispersa y las ovejas abandonadas siguen a mercenarios. Os conjuramos, por el bien de la fe católica y de la salvación de las almas, a reafirmar las verdades contrarias a estos errores". Nuestro grito de alarma resultaba más vehemente aún a causa de las vaguedades del nuevo derecho canónico, por no decir de sus herejías, y por las ceremonias y discursos registrados en ocasión del quinto centenario del nacimiento de Lutero. No obtuvimos respuesta alguna, pero nosotros hicimos lo que debíamos hacer. No podemos desesperar como si se tratara de una empresa humana. Las convulsiones actuales pasarán, como pasaron todas las herejías. Algún día habrá que retornar a la tradición; algún día tendrán que aparecer de nuevo en la autoridad del pontífice romano los poderes significados por la tiara; será necesario que un tribunal de la fe y de las costumbres celebre de nuevo sesión permanente y que los obispos recuperen sus poderes y sus iniciativas personales.

Habrá que liberar al verdadero trabajo apostólico de todos los impedimentos que lo paralizan hoy y que hacen desaparecer lo esencial del mensaje; habrá que volver a dar a los seminarios su verdadera función, volver a crear sociedades religiosas, restaurar las escuelas y universidades católicas desembarazándolas de los programas laicos del Estado, sostener las organizaciones patronales y obreras decididas a colaborar fraternalmente en el respeto de los deberes y de los derechos de todos a fin de impedir el azote social de la huelga que no es otra cosa que una guerra civil fría; será necesario por fin promover una legislación civil de acuerdo con las leyes de la Iglesia y ayudar a designar a representantes católicos movidos por la voluntad de orientar la sociedad hacia un reconocimiento oficial de la realeza social de Nuestro Señor. Porque en definitiva, ¿qué decimos todos los días cuando rezamos? "Que venga a nos el tu reino, que se haga tu voluntad así en la tierra como en el cielo". ¿Y en el Gloria de la misa? "Tú eres el único Señor, Jesucristo". ¿Cantaremos esas cosas y apenas salidos de la iglesia diremos: "Ah, no, esas nociones están superadas; en el mundo actual es imposible hablar del reino de Jesucristo"? ¿Vivimos pues ilógicamente? ¿Somos cristianos o no lo somos? Las naciones se debaten en dificultades inextricables, en muchos lugares la guerra se eterniza, los hombres tiemblan al pensar en la posible catástrofe nuclear, se piensa en medidas capaces de hacer revertir la situación económica, capaces de hacer que el dinero rinda beneficios, que desaparezca el desempleo, que las industrias sean prósperas. Pues bien, aun desde el punto de vista económico es necesario que reine Nuestro Señor, porque ese reinado es el de los principios de amor, de los mandamientos de Dios que crean un equilibrio en la sociedad y aportan la justicia y la paz. ¿Piensa el lector que es una actitud cristiana cifrar las esperanzas en este o en aquel hombre político, en una determinada combinación de partidos imaginando que un día tal vez un programa mejor que otro resolverá los problemas de manera segura y definitiva, en tanto que deliberadamente se descarta "al único Señor", como si éste nada tuviera que ver con las cuestiones humanas, como si ellas no le incumbieran? ¿Qué fe es la de aquellos que dividen su vida en dos partes, como compartimientos estancos, entre su religión y sus otras preocupaciones políticas, profesionales, etcétera? Dios, que creó el cielo y la tierra, ¿no será capaz de poner solución a nuestras miserables dificultades materiales y sociales? Si el lector ya le dirigió sus oraciones cuando se encontraba en malos momentos de su vida, sabe por experiencia que Dios no da piedras a los hijos que le piden pan. El orden social cristiano se sitúa en el extremo opuesto de las teorías marxistas que nunca aportaron, en las partes del mundo en que fueron aplicadas, más que miseria, opresión de los más débiles, desprecio del hombre y muerte. El orden cristiano respeta la propiedad privada, protege la familia contra todo lo que la corrompe, fomenta el desarrollo de la familia numerosa y la presencia de la mujer en el hogar, deja una legítima autonomía a la iniciativa privada, alienta a la pequeña y a la mediana industria, favorece el retorno a la tierra y estima en su justo valor la agricultura, preconiza las uniones profesionales, la libertad escolar, protege a los ciudadanos contra toda forma de subversión y de revolución. Este orden cristiano se distingue abiertamente también de los regímenes liberales fundados en la separación de la Iglesia y del Estado y cuya impotencia para superar las crisis es cada vez más manifiesta. ¿Cómo podrían superarlas después de haberse privado voluntariamente de Aquel que es "la luz de los hombres"? ¿Cómo podrían reunir las energías de los ciudadanos, siendo así que ya no tienen otro ideal que el de proponerles el bienestar y la comodidad?

Pudieron mantener la ilusión durante algún tiempo porque los pueblos conservaban hábitos de pensamiento cristianos y porque sus dirigentes mantenían de manera más o menos consciente algunos valores. En la época de los "cuestionamientos", las referencias implícitas a la voluntad de Dios desaparecen, los sistemas liberales librados a ellos mismos y sin estar ya movidos por alguna idea superior se agotan y son fácil presa de las ideologías subversivas. De manera que hablar de un orden social cristiano no es aferrarse a un pasado caduco; por el contrario significa una posición de futuro que el católico no debe tener miedo de manifestar. El católico no libra un combate de retaguardia, es de aquellos que saben, porque reciben sus lecciones de Aquel que dijo: "Yo soy el camino, la verdad, la vida". Nosotros tenemos la superioridad de poseer la verdad; eso no es mérito nuestro del que debamos enorgullecemos, pero debemos obrar en consecuencia; la Iglesia tiene sobre el error la superioridad de poseer la verdad. A ella le corresponde, con la gracia de Dios, difundirla y no ocultarla como con vergüenza. Y menos aún le corresponde mezclarla con la cizaña, como vemos que se hace constantemente.


En el Osservatore Romano y con la firma de Paolo Befani 17 encuentro un artículo interesante sobre el favor concedido al socialismo por el Vaticano. El autor compara la situación de América Central y la de Polonia y dice: "La Iglesia, dejando de lado la situación de Europa, se encuentra, por una parte, frente a la situación de los países de América Latina y la influencia de los Estados Unidos que se ejerce en ellos y, por otra parte, la situación de Polonia que es un país que se halla dentro de la órbita del imperio soviético. "Topando con estas dos fronteras, la Iglesia, que con el concilio asumió y superó las conquistas liberales y democráticas de la Revolución Francesa y que en su marcha hacia adelante (véase la encíclica Laborem exercens) se presenta como un 'después' de la revolución rusa marxista, ofrece una solución al fracaso del marxismo en esta 'clave' de un 'socialismo post marxista, democrático, de raíz cristiana, de gestión propia no totalitaria'. "La respuesta al Este está simbolizada por Solidarnosc, que planta la cruz frente a los Astilleros Lenin. América Latina comete el error de buscar la solución en el comunismo marxista, en un socialismo de raíz anticristiana." ¡En esto consiste el ilusionismo liberal que asocia palabras contradictorias con la convicción de estar expresando una verdad! A estos soñadores adúlteros, obsesionados por la idea de casar la Iglesia y la revolución, debemos el caos del mundo cristiano que abre las puertas al comunismo. San Pío X decía de los sillonistas: "Anhelan el socialismo con la mirada fija en una quimera". Los sucesores de los sillonistas continúan por el mismo camino. ¡Después de la democracia cristiana, el socialismo cristiano! Terminaremos por llegar al cristianismo ateo. La solución pasa por encima no sólo del fracaso del marxismo, sino también del fracaso de la democracia cristiana que ya no es necesario demostrar. ¡Basta de componendas, de uniones contra la naturaleza! ¿Qué vamos a buscar en esas aguas turbias? El católico posee la verdadera "clave" y tiene el deber de trabajar con todo su poder, ora empeñándose personalmente en la política, ora mediante su voto, para dar a su patria alcaldes, consejeros, diputados resueltos a restablecer el orden cristiano, el único capaz de procurar la paz, la justicia, la verdadera libertad. No hay otra solución.

CONTINUA...

"CARTAS PASTORALES Y ESCRITOS por S.E. MONSEÑOR MARCEL LEFEBVRE"


Carta Pastoral nº 8

EL COMUNISMO ATEO Y MATERIALISTA 

San Pablo, en su segunda epístola a Timoteo, lo anima a predicar la palabra de Dios: “predica la Palabra, insta a tiempo y a destiempo, reprende, censura, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá el tiempo en que no soportarán más la sana doctrina, antes bien con prurito de oír se amontonarán maestros con arreglo a sus concupiscencias. Apartarán de la verdad el oído, pero se volverán a las fábulas (IV, 2-4).

Si bien se puede decir que, desde que San Pablo pronunció estas palabras, ya varias veces en el curso de la historia se han hecho realidad, jamás quizás tanto como hoy los hombres se han dirigido hacia las fábulas. ¿o acaso alguna vez más que en nuestros días se han propagado doctrinas que pretenden trastornar todo lo que el espíritu humano conoce acerca de las realidades divinas y de las humanas, todo lo que forma la base de su vida individual y social, haciendo tabla rasa de la familia, del Estado y de la religión en particular?

Queridos hermanos, ustedes ya adivinan que se trata de ese monstruoso error, ya varias veces condenado por los soberanos pontífices: el comunismo ateo y materialista. Su Santidad Pío IX, ya en 1846, lanzó una solemne condena contra “esta doctrina nefasta” – son sus propias palabras – que se llama comunismo, radicalmente contrario al derecho natural mismo. Tal doctrina, una vez admitida, será la ruina completa de todos los derechos, de las instituciones, de las propiedades y de la sociedad misma.

El Papa León XIII lo definía así: “Una peste mortal que ataca la médula de la sociedad humana, y que la aniquilaría”.

Pío IX lo caracteriza como un sistema lleno de errores y de sofismas; doctrina subversiva del orden social, puesto que destruye sus fundamentos mismos; sistema que desconoce el verdadero origen, la naturaleza y el fin del Estado, así como los derechos de la persona, su dignidad y su libertad.

Mis queridos hermanos, hemos pensado que no es inútil; más aún, que sería muy oportuno atraer vuestra atención y la de todos. aquellos que nos escuchan en ese vicariato y más allá, sobre esta plaga que actúa no solamente allí donde domina y gobierna, sino en todos los países del mundo y en estas regiones africanas, sembrando inquietudes allí donde reina la paz, aprovechándose de todo lo que puede dividir a los hombres entre sí para activar y atizar odios y luchas. Pensamos que muchos que simpatizan con esa doctrina, y que hasta se afilian a ciertas organizaciones que se inspiran en ella, lo hacen por ignorancia de toda la perversidad que este error lleva en su seno, por complacencia con todo lo que es nuevo, y se dejan atrapar por las promesas falaces de aquella serpiente que es exactamente la misma que sedujo a nuestros primeros padres, puesto que el comunismo también promete un paraíso... soviético.

En pocas palabras, describiremos ese error y develaremos la táctica de sus falsos profetas, a fin de animar: a nuestros fieles, a que se fortalezcan; a los que dudan y a los indiferentes, a buscar la verdad; a los que hayan prestado inconscientemente su consenso a esa plaga abominable, a que se recuperen y desvíen de aquella doctrina su espíritu y su corazón para siempre.El comunismo se presenta como un nuevo evangelio diametralmente opuesto al de Nuestro Señor. Según sus autores, hay que formarse una concepción puramente materialista del mundo, hasta el mismo pensamiento habría salido de la materia.

“La historia, dice Marx, es el desarrollo perpetúo, bajo la influencia de fuerzas internas que se oponen, que luchan. El desarrollo de esta materia consiste en la lucha de los contrarios que, como en una transformación química, terminan por producir un nuevo elemento más perfecto: el pensamiento. Éste puede apurar la lucha y la oposición de los contrarios y provocar una nueva etapa hacia un estado aún más perfecto”.


Ese estado perfecto sería el paraíso soviético, donde no habría más propiedad, ni familia, ni sociedad, sino un mundo donde cada uno trabajaría para todos, y donde todos tendrían parte en los bienes comunes, donde no habría ni patria, ni sociedad, privada ni pública. Entonces, hay que activar la lucha contra todo lo que se opone a esta liberación total del hombre, de todas las contingencias, de todas las servidumbres. Hay que aniquilar lo que en el espíritu del hombre moderno no se conforma con ese último umbral que debe franquear la humanidad; hay que formar un hombre nuevo que prepare el comunismo perfecto: religión, propiedad, familia, estado, son obstáculos que deben ser erradicados.

“El mundo socialista edificado en la Unión Soviética -dice Politzer, uno de sus teóricos- está destinado también él a desaparecer, salta a la vista que se está transformando”.

“Las clases subsisten -afirma Lenin- y subsistirán en todo lugar durante años después de la conquista del poder por el proletariado. Aniquilar las clases no consiste solamente en expulsar de ellas a los propietarios de hipotecas y a los capitalistas, lo que nos ha sido relativamente fácil, sino también aniquilar a los pequeños productores”. La religión en particular, es el gran mal para el comunismo, y especialmente la religión católica. He aquí algunas declaraciones recientes del Partido Comunista en Yugoslavia.

El 2 de marzo de 1952, el órgano oficial del Partido Comunista de Skopia escribió: “Nuestro Partido nunca ha sido indiferente ante la ideología religiosa y la Iglesia; pero hoy se trata de organizar la lucha ideológica, sistemática, diaria, por medio de la prensa, de las organizaciones de masas, de las instituciones culturales, para destruir todas las concepciones religiosas del universo, todos los prejuicios, todas las tradiciones religiosas”. El Estatuto de la Unión de los Comunistas de Yugoslavia declara: “La pertenencia a la Unión de los Comunistas de Yugoslavia es incompatible con la profesión de la religión y con el cumplimiento de los ritos religiosos”.

El 30 de abril de 1952, el mismo Mariscal Tito declaraba: “Sé que en el extranjero se nos critica por alejar a la juventud de Dios y de la Iglesia; pero no podemos permitirnos que estos hombres practiquen la superstición, puesto que todo eso es supersticioso. Debemos luchar contra la superstición”.
El 22 de febrero de 1952, el “Vjeinik” de Zagreb informaba que numerosos estudiantes habían sido ex-pulsados de las escuelas secundarias croatas por delitos religiosos, es decir, por haber estado ausentes de los cursos en el día de Navidad. Han sido expulsados 32 estudiantes de las escuelas normales de Maribor durante los primeros meses de 1952, porque frecuentaban la Iglesia.

Numerosos fieles han sido atacados por la prensa y expulsados de su empleo por los siguientes crímenes: haber contraído matrimonio religioso, haber hecho bautizar a sus hijos, haber estado ausentes del trabajo en los días de fiesta. Pero todas esas declaraciones y esos hechos no bastan para revelamos la táctica verdaderamente satánica de los dirigentes del Partido: como la lucha de los elementos opuestos es una necesidad para urgir el advenimiento de la liberación del hombre, hay que provocarla universalmente y por todos los medios.

“La táctica, escribe Lenín, debe ser trazada a sangre fría, con objetividad rigurosa, teniendo en cuenta todas las fuerzas. No hay que evitar los sacrificios, y se deben usar todas las estratagemas y la astucia. La más estricta aplicación de las ideas comunistas debe unirse al arte de consentir los compromisos prácticos, los rodeos, los zigzagueos, las maniobras de conciliación y de retiro”.

A fin de formar al hombre nuevo, hay que reemplazar el contenido religioso original, por un contenido marxista; hay que conciliar en la conciencia un fermento de lucha, de disgregación; provocar la lucha en la familia, haciendo que los padres acusen a los hijos y viceversa; avivar la lucha de clases, de los proletarios contra los propietarios, con riesgo de hacer expulsar a los nuevos ocupantes por los antiguos para evitar que los primeros se vuelvan demasiado poderosos; suscitar la lucha en la religión, de los fieles contra los sacerdotes, y de los sacerdotes contra los obispos. Esto es lo que el comunismo se esfuerza por practicar en todos los lugares en donde detenta el gobierno.
Misioneros que han vuelto de China, que han asistido a estás maniobras, a los procesos, a los debates públicos, a todo lo que el régimen puede hacer sufrir a los humanos, dicen que es inimaginable el desorden de las conciencias y de los espíritus a los cuales se imponen. Todos los medios de propaganda y de publicidad en favor de sus doctrinas son, empleados con tal insistencia que los individuos que la sufren, terminan por perder su personalidad, por abdicar de todo propósito personal, y por transformarse en números perfectamente alineados.
Si queremos evitar esta abominación, la peor que la historia haya conocido jamás, evitemos todo lo que puede ayudar a favorecer al comunismo entre nosotros.
El Papa Pío XI decía ya en 1937: “Los promotores del comunismo no dejan de aprovechar los antagonismos de raza, las divisiones y las oposiciones que provienen de los diferentes sistemas políticos”.
Y luego agregaba unas palabras que tendrían que meditar hoy todos aquellos que tienen responsabilidades políticas o sociales: “Para entender cómo el comunismo logró hacerse aceptar por las masas obreras, hay que recordar que los trabajadores ya estaban preparados para esta propaganda por el abandono religioso y moral en el cual fueron expuestos por la economía liberal”.
“El sistema de los equipos de trabajo no les daba el tiempo para cumplir ni los más importantes deberes religiosos en los días de fiesta. Nada se hizo por construir iglesias cerca de las fábricas, ni por facilitar la tarea del sacerdote. Por el contrario, se favoreció el laicismo y éste ha seguido adelante... Entonces, no hay que extrañarse de que, en un mundo ya largamente descristianizado, se propague el error comunista”.

Lo que nuestro Santo Padre decía especialmente de los países de Europa, ¿no se les puede aplicar hoy a nuestras ciudades africanas, y en particular a Dakar? ¿Se preocupan por las masas obreras desde el punto de vista religioso y social? Se levantan ciudades sin preocuparse por la construcción de iglesias, y estamos sin embargo en países profundamente religiosos. Se favorece el laicismo, principio del comunismo. ¡Cuántas dificultades para construir escuelas! Pero sin duda se prefiere preparar el camino hacia el comunismo empezando su obra: arrancar de los espíritus toda idea de religión, como lo pide el Mariscal Tito. Qué responsabilidad para aquellos que dicen traer a estos queridos países africanos la verdadera civilización, y que les quiten el primer elemento de civilización: la religión. Pero nosotros, queridos hermanos, debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para cerrar el paso al comunismo, instruimos sobre sus errores doctrinales meditando las enseñanzas de la Iglesia y especialmente la encíclica “Divini Redemptoris”, del Papa Pío XI.

Que en los grupos de Acción Católica, en los círculos de estudios, se aprenda a conocer esa plaga de la humanidad a fin de entender mejor su perversidad.

Que por la prensa y por la folletería se difunda la refutación, de estos errores, contrarios al buen sentido y a la doctrina revelada. Que se muestre todo lo opuesta que es esta doctrina a la enseñanza del Evangelio, pues con algo de él ella intenta falsamente revestirse.

Que todos aquellos que tienen responsabilidades sociales y están buscando mejorar la situación de los trabajadores, colaboren para lograr una sociedad con más justicia y con más caridad cristiana. No es función de los gobiernos subvencionar todas las necesidades y todas las miserias de las poblaciones, sino más bien favorecer y promover las iniciativas privadas, animarlas y buscarlas. Que los sindicalistas, y con ellos todos aquellos que tienen el admirable deseo de favorecer la justicia social, no por medio de luchas estériles, sino por medios dignos de gente honesta y consciente de sus derechos y deberes, eviten alinear su actitud sobre aquella de los comunistas, que no tienen otro fin más que la turbación y la revolución.

Que no busquen para todos los trabajadores una liberación de toda autoridad, pues “todo poder viene de lo Alto”, sino la liberación de la miseria, del hambre, del mañana incierto, a fin de que, en medio de las alegrías de un hogar feliz, puedan elevar su alma hacia Dios, liberar su espíritu de la ignorancia y del error y su corazón de las pasiones y de los vicios, que puedan darles a sus familias el alimento y una vivienda digna, y la educación que eleva el corazón y el alma hacia Aquel que es el autor de todo bien.

Haga el Señor que por nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad, podamos poseer la verdadera felicidad y ya desde aquí abajo la compartamos con nuestro prójimo.Jesús no promete el paraíso a los hombres venideros, mediante años de infierno para aquellos que los preceden, sino que por su gracia y su presencia en las almas justas y rectas, les da ya el gusto de las alegrías del paraíso en medio de las pruebas de esta vida, pues como dice San Juan en el Apocalipsis (21, 22): “No vi templo en la ciudad, pues su templo es el Señor Dios todopoderoso”.

S.E.R. Monseñor Marcel Lefebvre
(Carta pastoral, Dakar, 25 de enero de 1953)

CONTINUA...