CAPITULO II –
Final.
-Tampoco; tengo un brazo paralizado y el
otro no tiene fuerza.
-Entonces, ¿qué es
lo que puedes hacer?;
_Solamente leer y
escribir perfectamente' -Enseñarás a mi hijo. Sabe leer un poco, pero yo quiero
que aprenda a escribir y me piden veinte rubIos. Es demasiado para mí.
Acepté. Entonces, entre
el campesino y el sacristán me llevaron y me colocaron en una caseta vacía, que
servía de baño en el corral del labrador 23. El campesino recogió cerca de un
kilo de huesos de animales Y aves, los lavó, los machacó y los puso en una
caldera con una tapadera llena de pequeños agujeros. Luego puso la caldera boca
abajo sobre un recipiente vacío semienterrado; recubrió la caldera con una
densa capa de arcilla; puso en torno de ella leña seca, le prendió fuego y le
hizo arder durante veinticuatro horas.
Luego retiró el recipiente
que estaba bajo la caldera. Contenía, aproximadamente, medio litro de una
materia rosácea, oleosa, exhalante un cierto olor, destilada a través de las
fisuras de la tapadera. Los viejos huesos, negros y carcomidos, Se refiere a los baños de vapor, muy usuales
en Rusia. Se construían fuera de la edificación residencial, fin de evitar posibles
incendios del inmueble parecían ahora limpios y blancos como madreperla. Con
este ungüento me daba masajes cinco veces al día. Desde el primer día pude
mover los dedos de los pies y después de tres días pude doblar ya las piernas y
atravesar muy despacio, apoyado en un bastón, todo el corral. Después de una
semana estaba completamente curado. Di gracias a Dios y pensé para mí: ¡Qué
sabiduría extiendes, Señor, sobre todas las cosas! Viejos huesos podridos, casi
reducidos a polvo, conservan aún fuerza vital: se extraen de ellos colores,
perfumes y ungüentos para curar miembros enfermos, casi atrofiados... ¿No es
esto una prueba de la futura resurrección de nuestros cuerpos? [Ojalá hubiera podido
hacer ver esto al guardabosques, con el que había vivido y que dudaba de la
resurrección de los muertos! Apenas estuve curado empecé a dar mis clases niños. Comencé, sin más preámbulos, haciéndole
copiar todas las letras, transcribiéndolas con mucho cuidado. El niño, que
estaba al servicio del administrador de una finca, no tenía más tiempo libre
que desde que amanecía hasta la hora de la liturgia, mientras dormía el
administrador. Era inteligente, y en poco tiempo llegó a escribir discretamente.
El administrador se dio cuenta y le preguntó quién le daba clase.
-Un strannik que
tiene un brazo paralizado y vive en el viejo baño -respondió.
El administrador,
que era polaco, quedó maravillado, y un día vino a visitarme, mientras yo leía
la Filocalía.
-¡Oh! -dijo-; he
visto ya una vez este libro, en casa de nuestro párroco en Wilna. Se dice que
contiene extraños ritos, aprendidos por los griegos en India y Bujaram. En
aquellos países hay fanáticos que se hinchan de aire hasta que experimentan en
el corazón una conmoción blanda y muelle. Creen que esta sensación natural es
una gracia de recogimiento interior dada por Dios. Para cumplir nuestros
deberes para con Dios es suficiente rezar todos los días el Padrenuestro, como
nos enseñó Jesucristo. Es suficiente, y no necesitamos repetir la misma cosa
hasta volver nos locos.
-No penséis así de
este libro, señor -le respondí-. No son sólo monjes griegos los que lo han
compuesto, sino grandes santos venerados también en vuestra iglesia: Antonio el
Grande, Macario el Grande, Marcos el asceta, Juan Crisóstomo y otros. De ellos
aprendieron los monjes de la India la doctrina sobre la oración pero lo han
cambiado y alterado todo, según me había enseñado mi viejo maestro. En cuanto a
la Filocalía, todas sus fuentes se reducen a la Sagrada Escritura. Jesucristo,
que nos enseñó a rezar el Padrenuestro, ha dicho también: «Amarás al Señor tu Dios
con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas (Mt S, 44).
Vigilad y orad, porque no sabéis cuándo llegará la hora. Permaneced en Mí y Yo
en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no está
unido a la vid, así vosotros si no permanecéis en MÍ» (Jn 15, 4). «Del mismo
modo han interpretado los Santos Padres el testimonio de David en el Salmo: Gustad
y ved cuán bueno es el Señor (Sal 33): el cristiano debe buscar con todas sus
fuerzas el recogimiento interior de la oración y a la oración debe acudir continuamente
a pedir ayuda y consuelo, sin contentarse con repetir una sola vez al día el
"Padrenuestro".» Le leí el párrafo en que los Santos reprenden a los
que no conocen la oración interior y que creen que no es necesario aprenderla.
Estos, en primer lugar, contradicen a la Sagrada Escritura, inspirada por Dios;
en segundo lugar, no llegan ni a sospechar la existencia de un estado
espiritual más elevado y perfecto, contentándose con las Virtudes exteriores,
sin experimentar el hambre y la sed de verdad, de justicia, de felicidad, de
alegría en el Señor. Con esto, a veces, aprecian demasiado sus virtudes
externas y caen en el orgullo y en la seducción.
-Tú me lees en este
libro cosas muy sublimes -dijo el administrador pero nosotros, laicos y hombres de mundo, lejos de poder
alcanzarlas, no llegamos ni a entenderlas.
-Muy bien; puedo
leeros algo mucho más sencillo: cómo las personas piadosas, aun en medio de la
vida del mundo, pueden orar incesantemente y le leí el artículo de Simeón, el
Nuevo Teólogo, sobre el joven Jorge. Le gustó al administrador, y me pidió que
le prestase el libro para poder leerlo en sus horas libres. Sólo se lo cedí por
veinticuatro horas, pues no podía privarme de él por más tiempo.
-Está bien; cópiame
lo que me has leído y te lo pagaré.
-No necesito
vuestro dinero. Si Dios, de este modo, os enseña a orar, lo copiaré con mucho
gusto, sin necesidad de ser pagado. Le transcribí de buen grado el artículo que
me pedía. El administrador se lo leyó a su mujer y los dos se alegraron. Algunas
veces me mandaba llamar. Yo llegaba con la Filocalía y les leía algún paso,
mientras tomaban el té. Un día me invitaron a comer. Sirvieron pez asado. La
mujer del administrador tragó una espina y se sintió ahogar. Nadie pudo
extraérsela; sufría tanto, que tuvo que meterse en la cama, y se pasó aviso al médico,
que vivía a veinte kilómetros de distancia. Me daba pena la buena vieja. Vuelto
a mi habitación, al anochecer, apenas me dormí oí la voz de mi viejo staretz;
sin verlo, que me decía: -Tu huésped te ha curado. ¿Por qué no intentas tú
ahora curar a la mujer del administrador? Dios nos manda ayudar al prójimo.
-Lo haría de buena
gana –respondío- Pero ¿cómo? No tengo medios.
-He aquí lo que
debes hacer. Desde su infancia, la buena mujer no puede aguantar el aceite de
oliva; su olor le produce náuseas irrefrenables. Propínale una buena cucharada.
Vomitará; con el vómito expulsará la espina y el aceite, al mismo tiempo,
servirá de medicina para la llaga de la garganta. Curará. Me desperté y fui
inmediatamente a buscar al administrador. Le repetí textualmente las palabras
que había oído en sueños.
-¿Qué puede hacer
ya el aceite de oliva? Está agonizando, tiene una fiebre muy alta y el corazón
hinchado.
-Sin embargo,
podríamos probar, ya que el experimento no puede perjudicarla. Llené de aceite
una copa, y apenas la bebió con gran esfuerzo, comenzó a vomitar y expulsó la
espina con un borbotón de sangre. En seguida se sintió aliviada y se quedó
profundamente dormida. Al día siguiente ya pudo incorporarse en la cama y tomar
el té con su marido. Ambos estaban asombrados de la curación, sobre todo porque
nadie, fuera de ellos, sabía que no toleraba el aceite de oliva. Luego vino el
médico, y la señora le contó lo sucedido. Yo le conté también cómo el campesino
me había curado las piernas.
-Nada de ello me
sorprende -dijo el galeno-o En ambos casos han actuado las fuerzas de la naturaleza.
Sin embargo, tomaré nota y escribió algo en su agenda. El rumor de lo sucedido
se propagó por los alrededores, Y me proclamaron taumaturgo. Comenzó a venir
gente a hablarme de enfermedades y de negocios. Me traían regalos y me colmaban
de honores. Lo soporté durante una semana, pero luego, por temor a caer en
vanidad o distracción, huí a escondidas, durante la noche. Al comenzar de nuevo mi marcha solitaria me
sentía tan aliviado como si me hubiera quitado de encima un gran peso. La
oración me llenaba cada vez más de felicidad: un amor inmenso inflamaba mi
corazón y la iluminación del éxtasis se extendía a todos mis miembros en
corrientes vivificadoras. La imagen de Jesús estaba tan impresa en mi espíritu,
que casi veía con los ojos todos los episodios del Evangelio. Esto me conmovía
y alegraba extraordinariamente. Se pasaban a veces tres días sin divisar una
sola casa. Me parecía, entonces, que estaba yo solo en el mundo; yo, pobre
pecador, estaba solo delante de Dios, que todo lo ama y todo lo sabe. Esta
soledad me hacía singularmente feliz; en ella, mucho mejor que estando entre
los hombres, podía percibir los latidos de mi oración interior.
Finalmente llegué a
Irkutsk, al sepulcro de San Inocencio. Y como no quería permanecer mucho tiempo
en ciudad tan populosa, comencé a preguntarme adónde me encaminaría después. Sumido
en estas reflexiones, me encontré por la calle con un mercader, que me detuvo y
me dijo: -Sin duda eres un peregrino, un strannik; ¡ven a mi casa! Entramos en
una casa señorial, y me pidió que le dijese quién era, qué hacía y qué
intenciones tenía para el futuro. Luego me dio este consejo:
-Debes ir en
peregrinación a Jerusalén. Es la tierra santa por antonomasia; ninguna se la
puede comparar.
-Sería mi mayor
deseo -contesté-o Pero, ¿cómo podré realizarlo? Puedo ir andando hasta el mar,
pero para atravesado en barco se necesita mucho dinero.
-Si quieres -me
dijo-, yo puedo proporcionarte los medios. El año pasado mandé a un anciano de
nuestra ciudad.
Me arrojé a sus
pies, lleno de agradecimiento.
Me dijo: -Te daré
una carta para mi hijo, que está en Odesa. Tiene relaciones comerciales con
Constantinopla. Te embarcará en una nave y dará órdenes a sus empleados de
Constantinopla para que te busquen pasaje en otro barco que vaya a Tierra
Santa.
Estas palabras me
colmaron de felicidad. Di gracias a Dios y luego a mi huésped, por su amor y
solicitud para conmigo, impío pecador, que no
hace el bien ni a sí mismo ni a los demás y come en la ociosidad el pan
de los otros. Permanecí tres días en casa del caritativo mercader. Escribió,
como había prometido, una carta a su hijo y ahora estoy dispuesto a partir para
Odesa, con intención de alcanzar más tarde la ciudad santa de Jerusalén. Pero
no sé si el Señor me juzgará digno de que llegue felizmente al Santo Sepulcro.
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