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martes, 2 de agosto de 2016

Ite Missa Est


2 DE AGOSTO

SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO, OBISPO

Epístola – II Timoteo II, 1-7
Evangelio – San Lucas X, 1-9


Y DOCTOR DE LA IGLESIA
A San Alfonso de Ligorio se dirige hoy el homenaje universal del mundo. Grande por sus obras y su doctrinaa él se aplica directamente el oráculo del Espíritu Santo. "Los que enseñan la justicia a muchos, brillarán como las estrellas en la eternidad sin fin".

EL JANSENISMO. — Cuando vino a este mundo el jansenismo quiso quitar al Padre, que está en los cielos, su misericordia y su bondad; triunfaba en la dirección práctica de las almas, aún en aquellos mismos que desechaban las teorías de Calvino. Só capa de reacción contra una escuela imaginaria de relajamiento, denunciando a bombo y platillos algunas proposiciones ciertamente condenables de hombres aislados, los nuevos fariseos se presentaron como los celosos de la ley. Dando proporciones excesivas al precepto, exagerando el castigo, cargaban las conciencias con aquellos pesos que el Hombre-Dios había reprochado a sus antecesores de aplastar las espaldas humanas '. Mas el grito de alarma lanzado por ellos, en nombre de la moral en peligro, no dejó de engañar a los sencillos y terminó por descarriar a los buenos. Gracias a la ostentación de austeridad de sus seguidores, el jansenismo, hábil, por lo demás, en ocultar sus dogmas, llegó pronto, según su programa, a imponerse a la Iglesia en contra de la misma Iglesia; algunos inconscientes aliados suyos les entregaban en la ciudad santa las fuentes de la misma salvación. Muy pronto en muchos lugares, las llaves sagradas, no tuvieron otro uso que abrir el infierno; la mesa sagrada, preparada para sostener y desarrollar en todos la vida, no se hizo accesible más que a los perfectos; y estos no eran juzgados tales sino en la medida en que, por un cambio extraño de las palabras del Apóstol, sometieron el espíritu de adopción de hijos al espíritu de servidumbre y de temor; en cuanto a los fieles que no podían levantarse a la altura del nuevo ascetismo, no encontrando en el tribunal de la penitencia más que a exactores y verdugos en lugar de padres y médicos, no hallaban delante de ellos más que la desesperación y la indiferencia. Eso no obstante, por doquier leguleyos y parlamentarios prestaban copiosa ayuda a los reformadores, sin preocuparse de la ola de incredulidad odiosa que se iba levantando en su derredor y sin ver la tempestad que promovían estos nublados.

SAN ALFONSO. — ¿Quién sería pues el que, en el callejón tenebroso, donde los doctores, entonces en boga, habían conducido a los espíritus más firmes, encontraría la llave de la Sabiduría?' Mas la Sabiduría guardaba entre sus tesoros, fórmulas de nuevas costumbres. Lo mismo que en otros tiempos a cada dogma atacado había suscitado nuevos defensores; en frente a una herejía que, a pesar de las pretensiones especulativas de sus principios no tuvo más que en ellos una importancia duradera, levantó a Alfonso de Ligorio como el enderezador de la fe, entonces torcida, y al Doctor por excelencia de la moral cristiana. Alejado por igual de un rigorismo fatal y de una condescendencia perniciosa, supo volver a las justicias del Señor, hablando como el Salmo, su rectitud al mismo tiempo que su don de alegrar los corazones, a sus mandamientos la luminosa claridad que les hace justificarse por ellos mismos  a sus oráculos la pureza que arrastra las almas y conduce fielmente a los pequeños y a los sencillos desde los principios de la Sabiduría hasta sus cumbres. No fué sólo en el terreno de la casuística donde San Alfonso llegó con su Teología Moral a quitar el virus que amenazaba infectar toda la vida cristiana. Mientras que, por otra parte, su valiente pluma no dejaba sin respuesta a ninguno de los ataques de aquel tiempo contra la verdad revelada, sus obras ascéticas y místicas, volvían a la piedad a las fuentes tradicionales de la frecuentación de los Sacramentos, del amor del Señor y de su divina Madre. La Sagrada Congregación de Ritos, que tuvo que examinar sus obras y declaró que no encontraba en ellas nada que fuera digno de censuro.\2 dividió en 40 títulos diferentes sus numerosos libros. Sin embargo de eso, Alfonso no se resolvió hasta muy tarde a comunicar al público los bienes de que su alma estaba inundada. Su primera obra, que fué el libro de oro de Las Visitas al Santísimo Sacramento y ala Virgen, no apareció hasta que hubo cumplido los 50 años de edad. Y Dios que prolongó su existencia más allá de los límites ordinarios, no le libró ni la doble carga del episcopado y el gobierno de la congregación que él había fundado, ni las más penosas enfermedades, ni los sufrimientos morales más dolorosos todavía.

VIDA. — Alfonso María de Ligorio nació de padres nobles en Napóles el 27 de Septiembre de 1696. Su juventud fué piadosa, estudiosa y caritativa. A los 17 años era ya doctor en Derecho Civil y Canónico, y poco después comenzaba una brillante carrera de abogado. Mas, ni sus escritos, ni las instancias de su padre que quiso casarle, le impidieron dejar el mundo: ante el altar de Nuestra Señora hizo voto de recibir las Ordenes. Ordenado de Sacerdote en 1726 se dedicó a la predicación. En 1729 una epidemia le permitió entregarse al cuidado de los enfermos en Ñapóles. Poco después se retiró a Santa María de los Montes con unos compañeros y con ellos se preparó a la evangelización de aquellas campiñas. En 1732 estableció la congregación del Santísimo Redentor que le había de ocasionar numerosas dificultades y persecuciones; más bien pronto las vocaciones afluyeron y el Instituto se difundió rápidamente. En 1762 era nombrado Obispo de Santa Agueda de los Godos, cerca de Nápoles. Al punto emprendió la visita de su diócesis, predicando en todas las parroquias y tratando de reformar al clero. Al mismo tiempo continuaba dirigiendo su Instituto y el de religiosas que había fundado para servir de ayuda, con su oración contemplativa, a sus hijos misioneros. En 1775 renunció al episcopado para volver a sus hijos. Muy pronto se produjo una escisión en el Instituto de los Redentoristas y S. Alfonso fué excluido de su familia religiosa. La prueba fué grande, más él no perdió el valor y aún predijo que la unidad se llevaría a cabo después de su muerte. A sus enfermedades físicas vinieron a unirse crisis de escrúpulos y diversas tentaciones; mas en medio de todo esto su amor hacia Dios no cesaba de crecer. Por fin murió el 1 de Agosto de 1787 a la hora del Angelus. Gregorio XVI le inscribió en el catálogo de los Santos en 1839 y Pío IX le declaró Doctor de la Iglesia.

LA MISIÓN DE LOS DOCTORES. — Mucho antes de que tú nacieses, oh Alfonso, un gran papa, había dicho que el papel de los Doctores es "iluminar a la Iglesia, adornarla con virtudes, y formar sus costumbres; por ellos, añadía, brilla ella en medio de las tinieblas como el lucero; su palabra fecundada de lo alto resuelve los enigmas de las Escrituras, desata las dificultades, alumbra las oscuridades, interpreta lo que está dudoso; sus obras profundas, enaltecidas por la elocuencia del discurso, son otras tantas perlas preciosas que ennoblecen la casa de Dios al mismo tiempo que la hacen brillar": Así se expresaba en el siglo XIII Bonifacio VIII cuando elevó al rito doble las fiestas de los Apóstoles, Evangelistas y los cuatro Doctores entonces reconocidos como tales, Gregorio Papa, Agustín, Ambrosio, Jerónimo. ¿Mas no encontramos en esto, impresionante como una profecía y fiel como un retrato, la descripción de aquello que tú ibas a ser?

EL EJEMPLO DE UN SANTO. — Gloria sea a ti, que en nuestro tiempo de decadencia renuevas la juventud de la Iglesia, a ti en quien aquí abajo se abrazan una vez más la justicia y la paz al encontrarse con la misericordia y la verdad. Tú diste sin reservas tu tiempo y fuerzas para obtener un tal resultado. "El amor de Dios no está nunca ocioso, decía S. Gregorio; si existe tiene que hacer cosas grandes; si rehúsa obrar, entonces no es amor'". ¡Oh qué felicidad la tuya en el cumplimiento del voto temible que habrás hecho de no tener ni siquiera un instante de descanso! Cuando se te presentaron intolerables dolores que hubieran podido justificar, si no exigir, el descanso, se te vió apretando contra la frente con una mano el mármol que parecía disminuir un poco tus dolores y con la otra escribiendo tus obras tan preciosas. ¡Pero mayor fué todavía el ejemplo que Dios quiso dar al mundo cuando permitió que, agotado por los años, la traición de uno de tus hijos atrayese sobre ti la desgracia de aquella Sede Apostólica, por la cual se había consumido tu vida y que, en cambio, te apartaba, como indigno, del Instituto que tú habías fundado! Entonces tuvo licencia el infierno para unir sus golpes a aquellos que venían del cielo; y tú, el Doctor de la paz, conociste asaltos espantosos contra la fe y la santa esperanza. Así se iba coronando tu obra en la debilidad más poderosa que todo; así mereciste a las almas tentadas el apoyo de la virtud de Cristo. Pero habiéndote vuelto niño por la obediencia, estuviste a la vez más cerca del reino de los cielos' y del pesebre cantado por ti con acentos tan dulces; y la virtud que el Hombre-Dios sentía salir de Sí durante su vida mortal, fluía de ti con una tal abundancia sobre los niños enfermos, presentados por sus madres para que les bendijeses, que ella les curaba a todos .

PLEGARIA POR LOS REDENTORISTAS. — Terminadas ya las lágrimas y los trabajos, vela de un modo especial y para siempre por nosotros. Conserva los frutos de tus trabajos en pro de la Iglesia. La familia religiosa que te debe la existencia todavía no ha degenerado, mas de una vez en las persecuciones, el enemigo la ha honrado con especiales manifestaciones de su odio; ahora también se ha visto pasar la aureola de los bienaventurados del padre a los hijos; ¡ojalá ellos puedan guardar enternamente con todo cariño estas nobles tradiciones! Que el Padre soberano que en el bautismo nos ha hecho a todos dignos por igual de tener una parte en la suerte de los santos en la luz, nos conduzca con felicidad, por medio de tus ejemplos y doctrinas  tras nuestro Redentor al reino de aquel Hijo de tu Amor.


 EL MISMO DIA
MEMORIA DE SAN ESTEBAN, PAPA
Y MARTIR




DIGNIDAD DEL BAUTISMO. — El recuerdo del Papa Esteban I llena de un perfume de antigüedad la santidad de este día. La gloria especialísima de Esteban consiste en haber sido en la Iglesia el guardián de la dignidad del Bautismo. El Bautismo dado una vez, ya no se renueva, pues el carácter de Hijo de Dios que imprime en el cristiano es eterno; y esta inefable dignidad del primer Sacramento no tiene ninguna dependencia con las disposiciones o el estado del ministro que la confiere. Ya sea Pedro el que bautiza, como dice S. Agustín, ya sea Pablo o Judas, aquél queda por ello bautizado en el Espíritu Santo, sobre el cual descendió en el Jordán la divina paloma'. Tal es la adorable munificencia del Señor con respecto al más indispensable de los medios de salvación, pues no es menos válido el bautismo administrado por el cismático o hereje que se ha separado de la Iglesia, o por el mismo pagano que todavía no pertenece a ella con la condición de observar en su esencia el rito exterior y de tener la intención de hacer lo que hace la Iglesia. En tiempo de Esteban I, esta verdad que hoy  nadie ignora aparecía con menos evidencia. Célebres Obispos, a los cuales su virtud y ciencia les habían merecido la veneración de su siglo, querían que se hiciera pasar de nuevo por el baño de la salvación a los convertidos de las sectas disidentes. Mas la asistencia prometida a Pedro apareció más divina aún en su sucesor; y mientras mantenía la disciplina tradicional Roma salvó la fe de las Iglesias por medio de Esteban. Testimoniemos nuestra gratitud al Santo Pontífice por su fidelidad en la guarda del depósito que es el tesoro de todos; y pidamos le que proteja no menos eficazmente en nosotros la nobleza y los derechos del santo bautismo.


ORACIÓN. — "Oh Dios, que nos alegras con la anual fiesta de tu santo mártir y Pontífice Esteban: haz propicio que nos alegremos también de la protección de aquel cuyo natalicio celebramos. Por Jesucristo nuestro Señor." Amén.

lunes, 1 de agosto de 2016

La Misa de Siempre - Mons.Marcel Lefebvre


II
EL SACRIFICIO
O MISA DE LOS FIELES


Si la primera parte de la misa os recuerda la fe que tenéis que  enseñar, la segunda parte de la misa, que en cierta manera es la más importante, es la del sacrificio. Después del Credo entráis en un silencio misterioso. Rogáis a Dios y entráis en ese gran misterio que es Dios. Por eso la Iglesia pide al sacerdote que rece estas oraciones en voz baja. No es que no pida a los fieles que se unan a él, sino que en ese momento el sacerdote desaparezca en cierto modo de la asamblea en que está para encontrarse cara a cara con Dios, como Moisés en el Sinaí o como los Apóstoles en el Tabor; que subieron la montaña. "Subiré al altar de Dios." El sacerdote ha subido al altar de Dios; ahora está solo, cara a cara con Dios. Va a cumplir un gran misterio, el sacrificio de Nuestro Señor, como en el Calvarío!"

La segunda parte de la misa, que es el sacrificio, representa el  amor a Dios y el amor al prójimo. Esta segunda parte es la parte  capital. Es evidente: la fe, desarrollada en la primera parte de la  misa, prepara la unión con Dios, la unión con Nuestro Señor. Durante la segunda parte de la misa tiene lugar esa acción que reactúa el sacrificio del Calvario en nuestros altares, y reactúa también la contemplación de Nuestro Señor en la Cruz, contemplación que se dirige primeramente a su Padre. Procuremos, a través del sacrificio de Nuestro Señor, entregamos completamente al Padre y a la Santísima Trinidad. Lo que se produce en el momento de la consagración es realmente la cumbre del mundo, la cumbre de la Iglesia y la cumbre de la historia!"

{El sacerdote de cara a la Cruz} El sacerdote está de cara a la  Cruz y a Dios para realizar este misterio, como el sumo sacerdote que se retiraba una vez al año tras la cortina [del Sancta Sanctorum] para estar a solas con Dios. Luego, el sumo sacerdote volvía para llevar a los creyentes las bendiciones. Del mismo modo, hoy, después de haberse girado hacia Dios, el sacerdote se gira hacia los fieles para darles a Nuestro Señor Jesucristo.

 El Ofertorio

El sacrificio de la misa no es sino el sacrificio de Cristo. Empieza  con la oblación y continúa con la consagración, para terminar con la comunión. El sacerdote, y solo él, tiene el poder inmenso de ofrecer la divina Víctima a Dios en nombre de la Iglesia.

El sacrificio, oración por excelencia

El sacrificio es lo más esencial que hay en la vida humana ordinaria. El acto más importante de una criatura humana ordinaria, es decir, de alguien que cree en Dios y que lo reconoce como Creador de todas las cosas'", es expresar este reconocimiento a Dios omnipotente a través del sacrificio y del ofrecimiento de un ser que significa la oblación del hombre mismo a Dios y, como dice Santo Tomás, no solamente la oblación sino también la inmolación!" Se destruye el objeto que se ofrece porque ese objeto es sagrado. Sacrificium significa facere sacrum, es decir, hacer sagrada una cosa que se da a Dios. Se destruye para manifestar realmente la donación entera que se hace de esa cosa a Dios y para que ya no pueda servir para un uso profano. Ese objeto sagrado se destruye para mostrar que se entrega completamente a Dios. Esto es esencial al hombre. El sacrificio le da su verdadera dimensión al hombre y su verdadero lugar con relación a Dios.

2. El sacrificio, acto principal de la virtud de religión.

León XIII decía, el 25 de julio de 1898, en su encíclica Caritatis studium: "La esencia misma y la naturaleza de la religión supone la necesidad del sacrificio... Si se suprimen los sacrificios no puede existir ninguna religión, y la idea misma de religión no se puede entender". Santo Tomás demuestra claramente que la virtud de religión, que es una virtud anexa a la virtud de justicia, nos vincula con Dios. Y precisa'": "La religión, en sentido propio, implica la idea de sacrificio!" Necesitamos ejercer nuestra virtud de religión. Esta virtud de religión es lo más íntimo que hay en el hombre, incluso desde el punto de vista natural. Esta virtud de religión, en el corazón de la virtud de justicia, es la expresión de lo que somos con relación a Dios y con relación a nuestro prójimo. Cumplir los deberes para con Dios y nuestro prójimo es ejercer la virtud de justicia. Tenemos deberes que ejercer para con Dios, y el primero es precisamente la virtud de religión, es decir, la adoración de Dios. Parece que cuando un niño nace, si fuera consciente de lo que es y de lo que debe a Dios, tendría que adorado en su corazón y darle gracias por haberlo creado, y esto ya desde el punto de vista simplemente natural. Sería un acto de justicia que el alma humana, apenas creada, dé un giro hacia su Dios para alabado:

"Soy como Nuestro Señor Jesucristo: vengo a este mundo para hacer tu Santa voluntad!" Este debería ser el primer movimiento del alma desde que es creada. Es lo que los padres tienen que inculcar a sus hijos desde que pueden comprender que son criaturas de Dios. Esta virtud de religión se ejerce sobre todo por medio de la adoración, no sólo exterior sino también interior.

Tenemos necesidad de la adoración exterior. Si no expresamos el sentimiento de adoración a Dios de un modo digno de Él, corremos el peligro de no tener tampoco el sentimiento de adoración interior, que no es sino la sumisión y oblación de nosotros mismos a Dios, que hace que sometamos toda nuestra voluntad, nuestra inteligencia y todo lo que somos a este Dios que nos ha creado y que nos espera para la eternidad.

Ahora bien, si la virtud de religión tiene que ejercerse incluso en el simple plan natural; con mayor razón tiene que ejercerse en el plan sobrenatural. Dios ha querido venir entre nosotros. Se ha encarnado, queriendo en cierto modo mostramos cómo tiene que comportarse ante Él el hombre religioso, la criatura. Nuestro Señor ha venido a la tierra; ha rezado y ha adorado a su Padre; ha manifestado lo que era la religión; se ha entregado enteramente a su Padre en la Cruz; se ha ofrecido total y enteramente para la gloria de su Padre y para la salvación de las almas.!"

3. Un sacrificio no puede ofrecerse sino a Dios.

Como dice Santo Tomás'", el sacrificio no puede ofrecerse sino a Dios, porque no podemos hacer un don total de nuestra persona, es decir, el sacrificio de lo que somos, sino a quien nos ha dado estas cosas. Podemos tener cierta devoción por las criaturas, pero no hacer el acto del sacrificio ante una criatura. Es algo inconcebible. El sacrificio está reservado a Dios!"  

4. Sin sacrificio, no hay sacerdote.

El género humano ha sentido siempre la necesidad de tener sacerdotes, es decir, hombres que, por una misión social que se les ha confiado, sean mediadores entre Dios y la humanidad y que, consagrados enteramente a esta mediación, hagan de ella la función de su vida. De este modo, los Sacerdotes son hombres elegidos para ofrecer a Dios oraciones oficiales y sacrificios en nombre de la sociedad que también con tal, tiene la obligación de dar a Dios este culto público y social, de reconocer en sí al supremo Señor y al primero Principio, de tender a Él como a su fin último y de procurar volverlo propicio. “De hecho, en todos los pueblos cuyos usos conocemos, por lo menos cuando no se ven forzados por la violencia a renunciar a las leyes más sagradas de la naturaleza humana, encontramos sacerdotes, aunque muchas veces al servicio de falsas divinidades. En cualquier lugar donde se profesa  una religión y donde se levanta un altar, hay igualmente un sacerdocio rodeado de señales especiales de honor y de veneración.”

Nada hay, pues, inscrito tan profundamente en la  naturaleza humana como la religión y su acto esencial, el sacrificio. Ahora bien, para realizar una acción sagrada, para “hacer algo sagrado”, hace falta también personas consagradas, designadas, que puedan acercarse a Dios y servirlo. Esta persona es el sacerdote, sacerdos  “el que da algo sagrado”. Vamos ver cómo Dios, en su infinita bondad y misericordia, ha dispuesto todo para que los hombres que se han alejado de Él le den un culto digno de Él.

5. El sacrificio de Cristo renovado en nuestros Altares.

El Sacrificio de la Cruz, dice el Catecismo del Concilio de Trento, fue infinitamente agradable a Dios. Apenas terminado el Sacrifico de la Cruz y apenas lo hubo ofrecido a Jesucristo, la ira y la indignación de su Padre se apaciguaron por entero. De este modo, el Apóstol procura destacar que la muerte del Salvador fue un verdadero sacrificio. "Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma." (Efe 5, 2)

La Pasión de Nuestro Señor es, pues, un verdadero sacrificio. Es una verdad de fe definida en el concilio de Éfeso y en el concilio de Trento. El concilio de Éfeso dice: "La divina Escritura dice que Cristo se hizo nuestro Sumo Sacerdote y Apóstol de nuestra confesión [Heb 3, 1] y que por nosotros se ofreció a Sí mismo en olor de suavidad a Dios Padre". Y el concilio de Trento afirma: "Nuestro Señor Jesucristo ... había de ofrecerse una sola vez a sí mismo a Dios Padre en el altar de la Cruz, con la interposición de la muerte, a fin de realizar para [todos los hombres] la eterna redención!" Como podéis ver, la Pasión es un verdadero sacrificio, y las consecuencias son inmensas porque afectan a toda la historia de la humanidad, a toda la historia de la Creación y a todo lo que puede preceder o seguir a este sacrificio ofrecido para alabanza y gloria de Dios. En cierto modo, se puede decir que sólo hay un sacrificio, un sacerdote y una víctima, y que en el sacrificio de la Cruz se realizó una oblación con el pueblo fiel; no hay dos sacrificios de la Cruz. Pero Dios quiso que este sacerdocio, este sacrificio, esta víctima y esta oblación continúen, para que los méritos adquiridos por su Hijo se apliquen a las almas."

Este sacrificio del Calvario se convierte en nuestros altares en el sacrificio de la misa, que al mismo tiempo que realiza el sacrificio de la Cruz, realiza también el sacramento de la Eucaristía, que nos hace partícipes de la divina Víctima, Jesús crucificado.!"

PROMETEO LA RELIGIÓN DEL HOMBRE

PROMETEO
LA RELIGIÓN
DEL HOMBRE
ENSAYO DE UNA HERMENÉUTICA
DEL CONCILIO VATICANO II
  PADRE ÁLVARO CALDERÓN

I. EL OPTIMISMO DEL NUEVO HUMANISMO

1º Un Concilio optimista

En el discurso inaugural del 11 de octubre de 1962, Juan XXIII propuso que el optimismo fuera el sello de su Concilio:

• Optimismo ante la modernidad, que ha contribuido a la libertad de la Iglesia: “Quienes en los tiempos modernos no ven otra cosa que prevaricación y ruina”, son “almas que, aunque con celo ardiente, carecen del sentido de la discreción y de la medida” (n. 9). "Disentimos de esos profetas de calamidades que siempre están anunciando infaustos sucesos como si fuese inminente el fin de los tiempos”. “En el presente orden de cosas, en el cual parece apreciarse un nuevo orden de relaciones humanas”, se puede reconocer fácilmente la intervención de la Providencia “haciendo que todo, incluso las adversidades humanas, redunden en bien para la Iglesia” (n. 10), sobre todo en que “estas nuevas condiciones impuestas por la vida moderna tienen, al menos, una ventaja : la de haber hecho que desaparezcan los innumerables obstáculos con que en otros tiempos los hijos del siglo impedían el libre obrar de la Iglesia” (n. 11).

• Optimismo ante la jerarquía, sin defecto en la doctrina: “Si la tarea principal del Concilio fuera discutir uno u otro artículo de la doctrina fundamental de la Iglesia, repitiendo con mayor difusión la enseñanza de los padres y teólogos antiguos y modernos, que suponemos conocéis y tenéis presente en vuestro espíritu, para esto no era necesario un Concilio” (n. 14).

• Optimismo ante los errores, que desaparecen fácilmente: “Al iniciarse el Concilio ecuménico Vaticano II es evidente como nunca que la verdad del Señor permanece siempre. Vemos, en efecto, al pasar de un tiempo a otro, que las opiniones de los hombres se suceden excluyéndose mutuamente y que los errores, apenas nacidos, se desvanecen como la niebla ante el sol” (n. 15).

• Optimismo ante los fieles, cuya dignidad es incorruptible: “Siempre se opuso la Iglesia a estos errores. Frecuentemente los condenó con la mayor severidad. En nuestro tiempo, sin embargo, la Esposa de Cristo prefiere usar de la medicina de la misericordia más que de la severidad. Piensa que hay que remediar a los necesitados mostrándoles la validez de su doctrina sagrada más que condenándolos. No es que falten doctrinas falaces, opiniones, conceptos peligrosos que hay que prevenir y disipar; pero ellos están ahí, en evidente contraste con la recta norma de la honestidad, y han dado frutos tan perniciosos que ya los hombres, por sí solos, hoy día parece que están por condenarlos, y en especial aquellas formas de vida que desprecian a Dios y a su Ley... Cada día están más convencidos del máximo valor de la dignidad de la persona humana” (n, 15).

• Optimismo ante los infieles, que están llenos de buena voluntad: “Parece como refulgir con un triple rayo de luz benéfica la unidad de los católicos entre sí, que debe conservarse ejemplarmente compacta; la unidad de oraciones y fervientes deseos con que los cristianos separados de esta Sede Apostólica aspiran a estar unidos con nosotros; y, finalmente, la unidad en la estima y respeto hacia la Iglesia católica de parte de quienes todavía siguen religiones no cristianas” (n. 17).

• Optimismo ante la política, que pronto establecerá la paz: “[El Concilio] prepara y consolida ese camino hacia la unidad del género humano que constituye el fundamento necesario para que la ciudad terrenal se organice a semejanza de la ciudad celeste” (n. 18).

• Optimismo, en fin, ante el mismo Concilio: “El Concilio que comienza aparece en la Iglesia como un guía prometedor de luz resplandeciente. Ahora es sólo la aurora, y el primer anuncio del día que surge” (n. 19). “Puede decirse que el cielo y la tierra se unen para celebrar el Concilio” (n. 20). Y en el discurso de clausura, Pablo VI pudo proclamar que los deseos de su predecesor se habían cumplido: “Hace falta reconocer que este Concilio se ha detenido más en el aspecto dichoso del hombre que en el desdichado. Su postura ha sido muy a conciencia optimista. Una corriente de afecto y admiración se ha volcado del Concilio hacia el mundo moderno. Ha reprobado sus errores, sí, porque lo exige no menos la caridad que la verdad; pero, para las personas, sólo invitación, respeto y amor. El Concilio ha enviado al mundo contemporáneo, en lugar de deprimentes diagnósticos, remedios alentadores; en vez de funestos presagios, mensajes de esperanza; sus valores no sólo han sido respetados, sino honrados, sostenidos sus incesantes esfuerzos, sus aspiraciones, purificadas y bendecidas” (n. 9).

 2º La alegría católica

El problema del optimismo no es pequeño ni secundario, lo que fácilmente podemos apreciar hoy, cuando la humanidad entera se hunde en la depresión. El hombre perdió la alegría al salir del Paraíso terrenal. La vida familiar y social, que tendría que haber sido su gozo aquí en la tierra mientras esperaba la beatitud celestial, se le transformó en motivo de penas y tristezas: “Dijo Dios a la mujer : «...Parirás con dolor los hijos y buscarás con ardor a tu marido, que te dominará». Y dijo a Adán: «...Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella has sido tomado, ya que polvo eres y al polvo volverás»” (Gen 3, 16-19). Los que perdieron la noticia del drama inicial de la humanidad se preguntaron por la felicidad, y los más lúcidos de ellos, Platón y Aristóteles, fueron muy pesimistas en cuanto a la posibilidad de ordenar la vida entre los hombres como para que pudiera alcanzarse. Muy pocos recordaron la promesa del Redentor -por dos veces uno solo: Noé y Abraham-, y aunque Dios se hizo un pueblo de ellos, el Pueblo de la Promesa, muchas veces tuvo que reanimarle la esperanza, tantas fueron las tristezas en que vivió. De hecho, cuando vino finalmente el Salvador, el fariseísmo había sumido al pueblo judío en una profunda desesperación: “Dijo Jesús a los Doce: ¿Queréis iros vosotros también? Respondióle Simón Pedro: Señor, ¿a quién iríamos? [Sólo] Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6, 67). Jesucristo no sólo nos devolvió el optimismo al anunciarnos la inminencia del Reino de Dios: “Id y predicad, diciendo que se acerca el Reino de los cielos” (Mt 10, 7), sino que nos anticipó la alegría de su posesión: “Tened por cierto que ya el reino de Dios está en medio de vosotros” (Lc 17, 21). Porque el optimismo consiste en la esperanza cierta del bien óptimo, que no es otro que Dios, mientras que la alegría se sigue de su posesión, y Jesucristo no sólo nos conduce a Dios, sino que es Dios con nosotros : “Yo estaré siempre con vosotros hasta la consumación del siglo” (Mt 18, 20). Pero la alegría cristiana, que casi podría considerarse como la quinta nota de la Iglesia católica, guarda su misterio, pues brota de la Cruz, como las aguas brotaban del Paraíso para regar toda la tierra. Porque la alegría cristiana es capaz de alimentarse de las más grandes tristezas, pues nace de la aceptación amorosa del sufrimiento en unión con el sacrificio de Cristo: “Ellos se fueron muy alegres de la presencia del sanedrín, porque habían sido dignos de padecer ultrajes por el nombre de Jesús” (Act 5, 41). El misterio de la alegría católica, entonces, se concentra en la Eucaristía, pues por ella nos unimos al sacrificio de Cristo, en ella conservamos su presencia, con ella comulgamos en su vida. La Cristiandad medieval supo ser alegre en medio de sus tantísimas penas porque tuvo una gran devoción a la Cruz, devoción rudísima que se hacía suave y como humana por lo tanto o más grande devoción a la Eucaristía y a la Virgen María. Pero la espiritualidad de la Cruz exige una fe muy viva, y parece malsana locura a los ojos puramente humanos: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, locura para los gentiles” (1 Cor 1, 23). Por eso se comprende que los que fueron cayendo en la acidia que dio lugar al mal llamado Renacimiento, juzgaran de manera negativa el espíritu que forjó la Cristiandad. El humanismo, entonces, de los siglos XIV y XV pretendió ser una reacción optimista frente al supuesto pesimismo del catolicismo medieval. La espiritualidad sacrificial del medioevo habría llevado a un desprecio de los valores puramente humanos, y los hombres del Renacimiento quisieron mostrar que se podía disfrutar en el tiempo de las bellezas terrenales, dejando para la eternidad las alegrías del cielo.

3º El optimismo histórico

El hombre antiguo, entonces, que guardaba un recuerdo confuso de sus orígenes y había perdido la promesa de la redención, carecía de esperanza en el futuro. El estado óptimo de la humanidad se había dado al comienzo, cuando tuvo, el favor de los dioses, y cuyo recuerdo se había conservado en los mitos. "La sociedad tradicional [antigua] está poseída por la nostalgia de un mítico retorno a los orígenes, al tiempo primordial. El futuro es una amenaza de disgregación y muerte... En un sentido propiamente histórico, el hombre arcaico carecía en absoluto de esa confianza en el porvenir de la humanidad que inspira la esperanza en los «mañanas que cantan»... A la pregunta: ¿Cómo soporta el hombre la historia?, la respuesta religiosa es siempre negativa: la historia es la caída, el pecado mitológico por antonomasia y el triste reino de los efímeros. La historia nace con la pérdida del paraíso y de la relación primordial del hombre con Dios”. “El hombre antiguo no conoció la fe en el esfuerzo progresivo del hombre y careció de esperanza en la historia. Para eludir la acción destructora del tiempo, se refugió en la perenne repetición de los arquetipos míticos. La historia era el reino de la corrupción y la muerte”. Sólo el Pueblo elegido mirará la historia con optimismo, fundado en la promesa del Redentor. “La actitud histórica del pueblo de Israel es la primera en romper el círculo clauso donde se mueve el hombre antiguo. Israel nace a la historia bajo la presión de la promesa de Yahvé. Esta promesa, un tanto vaga e imprecisa en sus comienzos, adquiere en el proceso histórico de este pueblo mayor consistencia. Anuncia el tiempo del Mesías, el rey salido de la raza de David que ha de colmar la esperanza de sus fieles dándoles la posesión de un reino sin desmedro”. Pero Dios, como buen Pedagogo, para ir elevando poco a poco a su Pueblo a una mayor madurez espiritual, había alentado la expectativa del Reino con promesas terrenales - como a un niño se le promete un caramelo para que rece sus oraciones -, que no eran falsas pero no debían interpretarse de manera carnal. Ahora bien, los espíritus carentes de elevación religiosa, fueron forjándose una idea del Reino mesiánico totalmente terrena y temporal, en la que fueron poniendo sobre todo las ansias de desquite y de emulación por la dominación romana. Cuando el Mesías finalmente llegó, los jefes del pueblo judío estaban ganados por la esperanza de un imperio judío mundial de carácter político, que pondría a Israel a la cabeza de las naciones, y no los conformó la proposición de Jesucristo de un predominio puramente espiritual, con la instauración definitiva del Reino de Dios recién después del fin de los tiempos. Y por eso lo crucificaron. De las palabras y del ejemplo de Jesucristo, en cambio, no surge ningún optimismo histórico, sino más bien todo lo contrario: “Cuando viniere el Hijo del hombre, ¿os parece que hallará fe sobre la tierra?” (Lc 18, 8). “Será tan terrible la tribulación entonces, como no la hubo semejante desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá jamás. Y a no acortarse aquellos días, ninguno se salvaría; mas se abreviarán por amor de los escogidos” (Mt 24, 21). Porque la Iglesia no va a esperar en el tiempo histórico algo mejor que lo que tuvo Cristo, quien acabó sus días crucificado. Pero si bien espera ser crucificada por el Anticristo, esto mismo no lo espera con pesimismo, porque será el momento de devolverle a su Redentor la señal más pura del amor, que es dar la vida por el Amigo. Es más, Ella sabe que en este aparente fracaso de la carne hay un verdadero triunfo del espíritu, y que mientras conserve la disposición al martirio, las puertas del infiemo (esto es, las potencias corruptoras del maligno) nunca triunfarán: “En el mundo tendréis grandes tribulaciones, pero tened confianza, yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33). Y esto que decimos de la Iglesia en general, debe decirse del fiel cristiano en particular, que no espera nada óptimo en los días de su historia personal, sino sólo dar el testimonio del sacrificio: “Yo prodigué mi vida, prodigué mi futuro por tu amor, ¡oh Jesús! A los ojos profanos de los hombres como rosa marchita para siempre un día moriré. Más moriré por ti, ¡oh Niño mío, hermosura suprema! ¡Oh suerte venturosa! Deshojándome, quiero demostrarte mi amor” (Santa Teresita, seis meses antes de morir tuberculosa). Esta es justamente la actitud que la reacción humanista va a repudiar como pesimista, queriendo darle a la vida y a la historia del hombre una visión más positiva. Para ello le prestará más atención a la economía y a la finalidad temporal de la política, aproximando así sus nuevas esperanzas a la carnalizada esperanza judía. La única diferencia - ¿que siempre será tal? - está en que la instauración del Reino no sería obra de más mesías que la propia humanidad. El judaizante optimismo histórico será especialmente recalcado por el humanismo ilustrado del siglo XVIII, bajo la idea del inevitable «progreso» de la humanidad:

“La idea impulsora de tales esperanzas fue la concepción dominante, cada vez con mayor fuerza desde el Renacimiento, de que la historia humana se mueve hacia una definitiva meta inframundana en un proceso continuamente progresivo”. El gran teorizador de esta idea será Hegel, con su Fenomenología del Espíritu. Las hipótesis evolucionistas la introducirán en la biología, con la autoridad inobjetable de las nuevas ciencias positivas. Y quien la transformará en motor de los cambios políticos será Carlos Marx. La dialéctica marxista no dejará de pedir el sacrificio personal, pero no ya para ingresar personalmente en el gozo del Reino de Dios, sino para preparar el advenimiento en la historia del Reino del Hombre, del que gozará una siempre futura y utópica Humanidad. La visión del optimismo histórico no es otra cosa que la trasposición al orden puramente humano y temporal de la Historia Sagrada. “El mundo moderno se formó en el contexto espiritual de motivaciones cristianas laicizadas y en cierto modo deformadas por una orientación de la conducta que pone sus preferencias en una valoración económica de la vida. El mundo de la historia es la única patria del hombre. Modificar nuestra situación terrenal de acuerdo con las exigencias de nuestra instalación material es el único fin capaz de despertar el ímpetu de nuestro esfuerzo creador. El conocimiento será medido en términos de poder sobre las cosas y la fe en las obras del hombre por su favorable influencia en el ejercicio de la faena transformadora. La esperanza, siempre regulada por la fe, no podrá trascender el campo que aquélla le señala. Será una esperanza puesta en el progreso, con un carácter decididamente histórico y cada vez más marcadamente colectivo.”

4º En rescate del optimismo humanista

El humanismo empezó católico, y aunque pronto se volvió protestante con la Reforma y racionalista con la Ilustración, nunca faltaron -como dijimos - renovaciones católicas de «línea media». Esto se puede ver, en particular, con el optimismo histórico. Una de las tantas cosas que pretendió renacer con el Renacimiento, fue una visión más positiva del futuro del hombre, porque el tiempo es uno de sus valores más humanos. Tres recursos se le ofrecen al teólogo para lograrlo sin dejar de ser católico:

1º atenuar el pecado original;

2º acentuar el progreso evangélico; 3o resucitar el milenarismo.

1º Además de las consecuencias del pecado original en la persona individual, que quedó privada de la gracia y herida en su naturaleza, se siguen también otras dos, que conforman junto con la primera lo que el catecismo llama «enemigos del alma» : la carne, el mundo y el demonio.

• Las consecuencias individuales, que ni siquiera el bautismo borra del todo en esta vida, hacen que al hombre las estadísticas le sean contrarias, de manera que si bien la santidad es posible para una persona particular, no es posible para toda una sociedad, y si es posible que algunas naciones sean suficientemente cristianas, no es posible que lo sea toda la humanidad. La razón es simple, pues cuando la naturaleza es sana, el bien se da en los más y el mal en los menos, pero cuando la naturaleza está herida, ocurre lo contrario. Y si el argumento parece muy severo, no hay más que mirar los dos mil años de historia de la cristiandad para comprobar que es justo.

• Como nuestros primeros padres pecaron por creerle más a Satanás que a Dios, merecieron ser entregados a su tiránico dominio, como reos al verdugo; dominio tremendamente facilitado por contar con la complicidad de la voluptuosa carne y de los egoístas poderes del mundo. El teólogo humanista pedirá no demonizar demasiado el combate espiritual y reducir las consecuencias individuales del pecado a la pura privación de la justicia original, evitando así una visión excesivamente negativa de la naturaleza humana. Como muchos caen ciertamente en esos excesos, son dos cosas fáciles de conceder. Y de esta manera ya no quedan razones para negar que pueda haber buenas sociedades aún paganas.

2º A esta atenuación del pecado original se le puede agregar que no sólo hay profecías pesimistas en la Revelación, sino que Nuestro Señor también anunció que el Evangelio sería predicado en todo el mundo, que nada se les negaría a los que pidieran con fe y que las puertas del Infierno no iban a prevalecer. Porque junto a la ley del progreso del mal, fundada en el triunfo de Satanás en el árbol del Paraíso, que anuncia el progresivo debilitamiento de la fe y enfriamiento de la caridad, está también la ley del progreso de la Iglesia, fundada en el triunfo de Cristo en el árbol de la Cruz. Lo único que necesita el teólogo optimista, es olvidar que el triunfo de la Iglesia pasa por la participación en el sacrificio de Jesucristo, y mirar la historia como un progresivo acercamiento a la transformación gloriosa de una Iglesia en la que se incluye generosamente a toda la humanidad.

3º Y esta revalorización del tiempo histórico lleva casi necesariamente a resucitar alguna manera de milenarismo, que ha sido una ilusión judaizante que ha tentado siempre especialmente a los inconformes con el estado actual de las cosas.

5º Gozo y esperanza del Concilio para la humanidad


La píldora del optimismo que el Vaticano II ha preparado para la entera humanidad es, como lo sugiere su nombre, la Constitución pastoral Gaudium et spes, «Gozo y esperanza». Si bien reconoce que en los  tiempos presentes hay fuertes contrastes, su juicio general -contrariamente a como juzgaron los Papas de los dos últimos siglos- es decididamente positivo: se trata de una crisis de crecimiento, «accretionis crisis La droga principal del remedio conciliar puede resumirse en la estúpida frase de los años 70: «Sonríe, Dios te ama». Porque si el fin de la creación es la gloria de Dios tal como la entiende la teología tradicional, tenemos motivo para gran seriedad, porque el Creador podría reclamar su gloria con un castigo ejemplar, pues - aunque cuesta decirlo - aún los hombres que por propia culpa se condenan, glorifican la justicia de Dios. Pero si el fin de la creación es la gloria de Dios tal como la entiende la teología nueva, es decir, la gloria y dignidad de la persona humana, hay motivos para que todos sonrían, pues Dios no puede fallar en su finalidad: no habrá persona que quede sin dignidad. Una consecuencia, que podemos considerar metafísica, de la inversión antropocéntrica de los fines de la creación, es la salvación universal del hombre. Sólo se podría condenar aquel que pierda su condición de persona humana48. Y en cuanto a los resultados del tratamiento, ya estamos comprobando que han sido funestos, porque es terrible para el médico confundir los síntomas de un cáncer terminal con los de una crisis de crecimiento. Pues, como lo sugiere el discurso de Juan XXIII, al pasar de la visión católica tradicional de la historia humana, teñida ciertamente de una nota de pesimismo -porque “el mundo entero yace en poder del Maligno” (1 Jn 5,19) y mucho más en la actualidad-, al insensato optimismo conciliar, se pretendería cambiar diametralmente todas las actitudes de la Iglesia, en particular la relación de la jerarquía con los fieles, con los poderes políticos, con las religiones y con el mundo en general.

Ite Missa Est

1 DE AGOSTO


SAN PEDRO AD VINCULA


CADENAS LIBERTADORAS. — Roma, haciendo un dios del hombre que la había esclavizado, consagró el mes de Agosto a la memoria de César Augusto. Cuando Cristo la hubo libertado, colocó como monumento de su libertad reconquistada, a la cabeza del mismo mes, la fiesta de las cadenas que Pedro, Vicario de Cristo, había llevado para romper las suyas Sabiduría divina que imperas en este mes, no podías inaugurar más auténticamente tu imperio. Fuerza y dulzura conjugadas son el atributo de tus obras, y precisamente en la flaqueza de tus elegidos, triunfas de los poderosos. Tú mismo, para darnos la vida padeciste la muerte; para libertar la tierra que le estaba confiada, Simón, hijo de Juan, quedó cautivo. Primero Herodes, y Nerón después dieron a conocer el precio de la promesa que recibió en otra ocasión de atar y desatar lo mismo en la tierra que en los cielos; en cambio, debió tener el amor al Supremo Pastor hasta tal extremo que tenía, como El, que dejarse cargar de cadenas por su rebaño y ser llevado a donde El no quería. Cadenas gloriosas que nunca haréis temblar a los sucesores de Pedro, vosotras seréis ante los Herodes, los Nerones y los Césares de todos los tiempos, la garantía de la libertad de las almas. ¡Con cuánta veneración os honra el pueblo cristiano!

CADENAS DE PEDRO Y PABLO. — Los eslabones que habían sujetado los brazos del Doctor de las naciones, fueron también recogidos después de su martirio. Desde Antioquía, exclamaba San Juan Crisóstomo que deseaba ir a Roma para venerarlos: "¿Qué cosa más excelente que estas cadenas? Ser prisionero por Cristo es un título más glorioso que el de apóstol, evangelista o doctor. Estar atado por Cristo mejor es que habitar en los cielos; ocupar uno de los doce tronos  es menor honor. Si alguno ama, ya me entiende. Mas ¿quién penetrará estas cosas como el coro santísimo de los apóstoles? Por lo que a mí toca, si se me diese a elegir entre estos hierros o el cielo entero, no dudaría un instante, pues en ellos está la dicha. Quisiera encontrarme ahora mismo en esos lugares donde dicen que se conservan todavía las cadenas de esos hombres admirables. Si me fuese dado el estar libre de cuidados, tener un poco más de salud, no titubearía un solo momento en emprender este viaje solamente para contemplar las cadenas de Pablo. Si se me dijese: ¿Quién preferirlas tú haber sido, el ángel que libertó a Pedro o Pedro encadenado?; yo preferiría mejor ser Pedro por causa de sus cadenas'". La cadena de Pablo, siempre venerada en la augusta basílica que cubre su tumba, no ha sido objeto, sin embargo de ello, de una fiesta especial en la Iglesia como la de Pedro. Esta distinción fué debida a la preeminencia del que recibió solo la llave del Reino de los cielos, y que continúa él solo por medio de sus sucesores ligando y desligando en su soberanía. La colección de las cartas de San Gregorio Magno demuestran cómo en el siglo vi se había extendido universalmente el culto de las santas cadenas en tal manera, que el más rico presente que los Soberanos Pontífices tenían costumbre de ofrecer a las iglesias más insignes y a los príncipes a quienes querían honrar, eran unas pequeñas limaduras encerradas con llaves de oro o plata. Constantinopla, en una época imprecisa, estuvo también dotada de una porción de estas preciosas cadenas; fijó la fiesta de las mismas en el 6 de Enero exaltando con esta ocasión al Apóstol San Pedro como el ocupante de la primera Sede, fundamento de la fe y base inconmovible del dogma.

GLORIOSA CAUTIVIDAD. — "Mete tus pies en los cepos de la Sabiduría y tu cuello en su argolla, una vez cogida no la sueltes, porque al fln hallarás en ella tu descanso y tu gozo y serán para ti sus cepos defensa poderosa, y su argolla adorno glorioso y sus anillos la salvación. LaSabiduría encarnada aplicándote ella misma este oráculo, oh Príncipe de los Apóstoles, anunciaba que en testimonio de tu amor llegaría un día en el que tú conocerías, en efecto, la sujeción y las cadenas. La prueba, oh Pedro, ha sido contundente para esta Sabiduría eterna, que sabe calcular sus exigencias a la medida de su propio amor. Mas tú también la has hallado fiel: en los días del temible combate, en el que quiso mostrar su poder en tu debilidad, no te abandonó ella en los hierros; en sus brazos dormías tú un sueño tan sosegado en la prisión de Herodes; contigo descendió al calabozo de Nerón allá te tuvo cual flel compañera hasta el momento en que, sometiendo los perseguidores al oprimido, colocó el cetro en tus manos y la triple corona sobre tu frente.

SÚPLICA POR LA LIBERACIÓN. — Desde el trono en que te sientas junto al Hijo de Dios en los cielosporque acá en la tierra seguístele en la angustia y el dolor, desata nuestras cadenas que, por desgracia, no son gloriosas como las tuyas. Rompe los grillos del pecado que nos sujetan a Satanás, estas ligaduras de todas las pasiones que nos impiden emprender el vuelo hacia Dios. El mundo, hoy más que nunca, esclavizado en la golosina de su errónea libertad que le ha hecho olvidar la verdadera, tiene más necesidad de la liberación que en el tiempo de los Césares paganos. Sé, pues, tú, su libertador, tú que únicamente puedes serlo. Sobre todo, sea Roma la que experimente la virtud de emancipación que reside en tus cadenas, pues ha caído ella más bajo por haber sido precipitada desde mayor altura; ellas han venido a ser como una señal para reconocerse sus fieles en las pruebas postreras. Cumple aquello que dijeron antiguamente sus poetas: "rodeada de cadenas siempre será ella libre".

EL MISMO DÍA
MEMORIA DE LOS MARTIRES MACABEOS





EL SÍES DE LA SABIDURÍA. — Todo resplandece con la luz de la más brillante de las constelaciones. Ya en el siglo vi el Concilio de Tours había notado que las fiestas de los santos llenaban todo este mes "Tengo mis delicias en estar con los hijos de los hombres" dijo la Sabiduría; parece que en el mes en que resuenan sus enseñanzas haya puesto su gloria en rodearse de hombres bienaventurados3 que, caminando con ella por los senderos de la justicia  al hallarla han encontrado en ella la vida y la salud que viene del Señor. Noble corte presidida por la Reina de toda la gracia, cuyo triunfo, al consagrar la mitad de este mes, hacía recaer sobre ella las predilecciones de esta Sabiduría del Padre, que no se ha separado de María desde que en ella levantó su trono. ¡Qué efusión de los dones divinos promete a nuestras almas la esplendidez de estos días que vamos a atravesar. Nunca se han enriquecido tanto los graneros del Padre de familia como en estos días de madurez para las mieses del cielo y de la tierra!

LOS SIETE HERMANOS MÁRTIRES. — Un septenario brilla en el cielo mientras que aquí abajo la Iglesia, al inaugurar estos días benditos, se adorna con la cadena de Pedro como de la alhaja más preciosa. En la arena sangrienta, los siete hermanos Macabeos siguieron a la Sabiduría antes de que ella hubiese manifestado en la carne sus atractivos divinos. La causa sagrada por la cual ellos fueron atletas, su fuerza de alma en los tormentos, sus sublimes respuestas a los verdugos de tal modo ofrecieron el tipo representado después por todos los mártires, que ya en los primeros siglos de la Iglesia cristiana se vió a los Padres reivindicar para ella en estos héroes de la Sinagoga que habían sacado su valor en la fe del Cristo esperado. Sólo ellos, entre todos los santos personajes de la antigua alianza, encontraron por esta razón lugar en el ciclo cristiano y todos los martirologios, los fastos de Oriente como de Occidente, atestiguan la universalidad de su culto. En el tiempo en que con la esperanza de una resurrección mejor, rehusaban rescatar sus vidas ante los tormentos, otros héroes de la misma sangre, inspirados con una misma fe, corrían a las armas y libraban a su país de una crisis terrible. Muchos hijos de Israel, olvidándose de las tradiciones de su pueblo, habían ambicionado para él las columbres de las naciones extranjeras, y el Señor, en castigo, dejó caer sobre ellos con todo su peso el yugo de una legislación profana que ellos habían cometido el error de admitir Pero cuando el rey Antíoeo, explotando la traición de algunos, y la indiferencia de la mayor parte, pretendía con sus edictos eliminar la ley divina, que es la que totalmente puede dar poder al hombre sobre los demás hombres, Israel, despertado de pronto, opuso al tirano la reacción simultánea de la rebelión y del martirio. Judas Macabeo, en inmortales combates, reivindicaba para Dios, la tierra de su heredad, mientras que por virtud de su generosa confesión, los siete hermanos, émulos de su gloria, salvaban, de este modo, como dice la Escritura, a la ley de la servidumbre de los re-yes y de las naciones. Bien pronto Antíoeo, aunque había pedido perdón sin poderlo obtenermoría devorado por gusanos como más tarde debían también morir los perseguidores de los cristianos: Herodes, Agripa y Galerio Maximino.

LA MADRE DE LOS MÁRTIRES. — El Espíritu Santo, que se reservaba el transmitir él mismo a la posteridad los actos del protomártir de la ley nueva, no obró de otro modo por la pasión de los gloriosos precursores de festeban, (167 antes de Cristo). Por lo demás, fué también él quien las palabras, tanto como el velar a estos valientes hermanos y a esta madre más admirable aún, que ante sus siete hijos entregados el uno después del otro a terribles tormentos, no encontraba para cada uno de ellos más que exhortaciones ardientes a morir. Rodeada de sus cuerpos afrontosamente mutilados, se reía del tirano cuya falsa piedad quería al menos que persuadiese al más pequeño a salvar su vida; inclinándose sobre este último superviviente encomendado a su cariño le decía: "Hijo mío, ten piedad de mí que te llevé nueve meses en mi seno, que te alimenté durante tres años con mi leche. Te ruego, hijo mío, que mires al cielo y a la tierra y a todo lo que contienen; comprende que Dios ha hecho todo eso de la nada así como a los hombres. No temas, pues, al verdugo, muéstrate digno de tus hermanos, recibe como ellos la muerte a ñn de que te encuentre con ellos por la divina misericordia que debe devolvérmelos." Y el niño intrépido corrió inocente al encuentro de los suplicios; y la incomparable madre siguió después a sus hijos.


ORACIÓN. — "Alégrenos, Señor, la fraterna corona de tus Mártires: la cual preste a nuestra fe el incremento de las virtudes y nos consuele con su múltiple sufragio. Por Jesucristo Nuestro Señor." Amén.