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lunes, 18 de septiembre de 2017

RESUMEN DE LOS ERRORES DEL CONCILIO VATICANO II




En este texto se añade un elemento ulterior y espurio al naturalismo evocado en 6.1: el mito laicista del progreso, con su exaltación  característica del trabajo, de la técnica, de la cultura "civil", del igualitarismo, de la libertad "humana y cristiana" (sea cual fuere el significado de tal expresión).
6.4 La afirmación increíble de que Cristo resucitado «obra ya por la virtud de su Espíritu en el corazón del hombre, no sólo despertando el anhelo del siglo futuro, sino alentando, purificando y robusteciendo también, con ese deseo [sed eo ipso], aquellos generosos propósitos con los que la familia humana intenta hacer más llevadera (S11) propia vida y someter la tierra a este fin» (GS § 38).
El texto parece significar que, por el hecho en sí de inspirarle al hombre el anhelo del siglo futuro, “el Espíritu Santo le inspira también el  deseos de felicidad terrena, expresados mediante el giro "hacer más llevadera su propia vida" (!).        
6.5 La afirmación incomprensible según la cual «el misterio pascual perfecciona la actividad humana».

En efecto, se define a la sagrada Eucaristía como «aquel sacramento de la fe en el que los elementos de la naturaleza, cultivados por el hombre [naturae elementa, ab hominibus exculta], se convierten [convertuntur] en el cuerpo y sangre gloriosos, en un banquete [coena] de comunión fraterna que es pregustación del banquete celestial» (GS § 38 cit.).   
Según su estilo, el Vaticano II no nombra la transubstanciación,
e insinúa una concepción protestante de la santa misa. Pero ¿de qué
manera, al decir del texto conciliar, el "misterio pascual" perfecciona
a la actividad humana? Pues en virtud del hecho de que los que se convierten en el cuerpo y sangre gloriosos son "elementos de la naturaleza, cultivados por el hombre" (!) (Recuerdese aquí aquella melodía “una espiga dorada por el sol, el vino que cosecha el viñador etc). Al cultivar la tierra, la actividad del hombre produce el pan y el vino, que se "convierten después en el cuerpo y la sangre, etc. ¡Una contribución de este tipo no puede por menos de volver perfecta la actividad del hombre! Hay motivos más que de sobra para quedarse estupefactos ante un razonamiento semejante, que parece hasta ridículo. ¿Cuándo ha enseñado el magisterio nada semejante? ¿Cuándo demonios ha buscado conexiones tan disparatadas y maliciosas? No obstante, tales disparates apuntan a un fin preciso: insinuar la falsa idea de que la actividad del hombre participa de algún modo en la conversio (más exactamente: transubstantiatio) del pan y del vino en el cuerpo y sangre de Cristo (conversión que, en realidad, es obra de solo el sacerdote en donde no tiene nada que ver los que cultivan el trigo o los viñadores con el vino).

Tal idea se encuentra también en la "liturgia eucarística" de la
misa del Novus Ordo:
«Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este pan, fruto de la tierra y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos: él será para nosotros pan de vida».
6.6 El famoso art. 39 de la Gaudium et Spes, que, como conclusión del capítulo III, dedicado precisamente a la «actividad humana en el mundo» (GS §§ 33-39), propone, en apariencia, la visión final tradicional sobre la "tierra nueva" y "los cielos nuevos", pero que nos brinda, en realidad, la perversión final de la concepción del reino de Dios enseñada por la Iglesia.
En efecto, se delinea allí la idea de una salvación colectiva de la humanidad y hasta de «todas las criaturas (cf Rom 8, 19-21) que Dios creó pensando en el hombre» (GS ibid.), con lo que se tergiversa el versículo Rom 8, 21 al hacerle decir, gracias a una adición, que conseguirán también la salvación eterna "todas las criaturas" que Dios creó propter hominem, para servir al hombre. Así se insinúa la idea anormal nunca enseñada antes, como es obvio- según la cual todas las criaturas, sin distinción, entrarán en el reino, incluso las destinadas al servicio y a la utilidad del hombre, como los animales (!).
El artículo 39 asegura, a renglón seguido, que la "tierra nueva"
está ya, en figura, en "nuestra tierra", porque en esta última
«crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo» (GS ibid.).

Nótese al respecto que la prefiguración del reino no la constituye la Iglesia militante, como enseña la ortodoxia católica, sino el "crecimiento" del "cuerpo de la familia humana": la constituye la humanidad, que crece gracias al progreso universal, a la libertad "humana y cristiana", etc. (LG §§ 13 Y 36; GS §§ 30, 34 Y 38 cit.). El reino de Dios, que se realiza parcialmente en este mundo, no está constituido ya por la Iglesia, sino por la humanidad (!). La humanidad ("nueva") es el sujeto que realiza el reino y que un día entrará en él en globo. Y de hecho, según concluye el arto 39 de la Gaudium et Spes, volveremos a encontrar en el reino en cuestión, aunque «limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados», los "bienes" y los "frutos" que «hayamos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo a su mandato»; unos bienes profanos hasta la médula (como «la dignidad humana, la unión fraterna y la libertad»), y además «todos los frutos excelentes de la naturaleza».
Tamaña aseveración es errónea, teológicamente hablando. Porque el "pecado de secesión" se consuma también hoy cuando el cismático y el hereje, "nutridos" no de la "fe de Jesucristo", sino de las doctrinas propias de su secta, se adhieren a estas últimas con su intelecto y voluntad, una vez llegados a la edad de la discreción, transformándose, de herejes y cismáticos materiales, que yerran de buena fe, en herejes y cismáticos formales, los cuales se niegan por sí y ante sí, con un acto positivo personal, a someterse a la doctrina revelada por Cristo y a la autoridad instituida por El.
8.3 La afirmación «quienes creen en Cristo y recibieron el
bautismo debidamente quedan constituidos en alguna comunión, aunque no sea perfecta, con la Iglesia católica
[quadam cornmunione etsi non perfecta]» (UR § 3), Y la afirmación parecida que sigue en el art. 4, según la cual los herejes y cismáticos, aun «estando verdaderamente incorporados a ella (a la Iglesia católica) por el bautismo [baptismate appositi] están, sin embargo, separados de su comunión plena» (UR § 4).
Ambas afirmaciones contradicen la tradición universal de la Iglesia, ratificada también por Pío XII en la Mystici corporis: «Pero entre los miembros de la Iglesia sólo se han de contar de hecho los que recibieron las aguas regeneradoras del bautismo y profesan la verdadera fe, y ni se han separado ellos mismos miserablemente de la contextura del cuerpo, ni han sido apartados de él por la autoridad legítima a causa de gravísimas culpas» (Denz. 2286). Y esto vale para todos los herejes y cismáticos públicos, inclusive los de buena fe (herejes y cismáticos materiales).
Estos últimos, empero, a diferencia de los herejes y cismáticos formales, se "ordenan" «al cuerpo místico del Redentor por cierto deseo inconsciente y anhelo» debido a su disponibilidad para profesar la fe verdadera (votum Ecclesiae), y, aunque estén fuera de la contextura visible de este cuerpo, pueden pertenecerlo invisiblemente y conseguir por este camino la justificación y la salvación; con eso y todo, se ven «privados de muchos dones y auxilios celestiales que sólo es dado gozar en la Iglesia católica», por 10 que Pío XII, al igual que sus predecesores, los invita «a secundar los impulsos internos de la gracia y a sustraerse a su estado, en el que no pueden tener seguridad de su propia salvación»: «Vuelvan pues, a la unidad católica» (Denz.
Se echa de ver que se trata de una visión naturalista, milenarista (que recuerda la religión de la Humanidad), extraña por completo al catolicismo, en neta antítesis con la realidad exclusivamente sobrenatural del reino de Dios y de su consumación al fin de los tiempos (que Nuestro Señor nos reveló y la Iglesia mantuvo siempre).
NOTA:
Gaudium et Spes § 39 no vacila en afirmar que «el progreso temporal [ ... ] interesa en gran medida al reino de Dios», yremite en una nota a pie de ágina a la encíclica Quadragesimo anno de Pío XI (AAS 23 [1931] § 207), como si el presunto valor salvífico del "progreso temporal" 10 hubiese roclamado dicho Papa; pero ni en la " pág. 207 citada, ni en ninguna otra parte de la encíclica se constata la existencia de una afirmación de tal género.
7.Errores sobre el matrimonio y la condición de la mujer

7.1 Una variación en la doctrina del matrimonio, contraria a la
enseñanza constante de la Iglesia.
En efecto, la institución matrimonial se concibe ahora principalmente como «comunidad íntima de vida y amor» de los cónyuges (GS § 48), a la que le sigue la procreación como su fin propio: «Por su índole natural, la misma institución del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y a la educación de la prole, con las que se ciñen como con su corona propia [iisque veluti suo fastigio coronantur]» (GS cit.).
Nótese bien: el matrimonio y el amor conyugal no hallan su razón de ser en la procreación y la educación de la prole: sólo hallan en ellas su "coronamiento". De esa manera, el fin del perfeccionamiento mutuo, intrínseco al matrimonio, pasa de secundario a primario, mientras que el auténtico fin primario, la procreación, se ve relegado al segundo lugar porque se le convierte en consecuencia o coronamiento del valor personalista del matrimonio.
7.2 Una definición del amor conyugal, en el arto 49 de la GS, que abre la puerta al erotismo en el matrimonio, en contra de toda la tradición de la Iglesia.
Después de haber puesto de relieve que «muchos contemporáneos nuestros [?] exaltan también el amor auténtico entre marido y mujer,  en nombre de la igualdad, a la destrucción del matrimonio y de la familia, a la exaltación del libertinaje y de la homosexualidad.
Dicha apertura se manifiesta en el reconocimiento implícito de la absurda aspiración de las mujeres de nuestro tiempo a «la igualdad
de derecho y de hecho con el hombre»
(GS § 9); en el reconocimiento explícito del derecho de la mujer a abrazar el estado de vida que prefiera, porque constituye uno de los presuntos «derechos funda mentales de la persona» (GS § 29); en el reconocimiento de un supuesto derecho suyo a ser educadas en una «cultura humana y civil, conforme con la dignidad de la persona» (GS § 60); en la aceptación de la supuesta necesidad de una «legítima promoción social de la mujer» (GS § 52), Y en el deseo, por último, de una «mayor participación» de las mujeres «en los campos del apostolado de la Iglesia» (AA § 9), no por una necesidad de carácter religioso, sino por el mero hecho de que «en nuestros tiempos participan las mujeres cada vez más activamente en toda la vida social»; participación más activa provocada, en gran parte, por los falsos "dogmas" recién recordados, y llevada en efecto a algún modo bajo su sello, pero que Pío IX, en cambio, condenó en la encíclica Quadragesimo anno como «desorden gravísimo que ha de eliminarse a toda costa [pessimus vero est abusus et omni conatu auferendus]», porque substrae a las «madres de familia» su cometido y deberes propios l.
8. Errores sobre los herejes y cismáticos (los denominados "hermanos separados")
8.1 El aserto, doctrinalmente pernicioso y ayuno de fundamento histórico, según el cual «no pocas comunidades [haud exigua]» se separaron de la comunión plena de la Iglesia católica «a veces no sin responsabilidad de ambas partes» (UR § 3), o dicho en otras palabras: dieron en la herejía y el cisma por culpa de eclesiásticos católicos.

8.2 La afirmación «pero los que ahora nacen y se nutren de la fe de Jesucristo dentro de esas comunidades [heréticas y cismáticas] no pueden ser tenidos por responsables del pecado de secesión» (UR § 3). 

sábado, 16 de septiembre de 2017

SOBRE LAS DOCE PRERROGATIVAS DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA. San Bernardo de Claraval




SOBRE LAS DOCE PRERROGATIVAS DE LA BIENAVENTURADA
VIRGEN MARÍA, SEGÚN LAS PALABRAS DEL APOCALIPSIS: «UN PORTENTO GRANDE APARECIÓ EN EL CIELO: UNA MUJER ESTABA CUBIERTA CON EL SOL Y LA LUNA A SUS PIES Y EN SU CABEZA TENÍA UNA CORONA DE DOCE ESTRELLAS»

1. Muchísimo daño, amadísimos, nos causaron un varón y una mujer; pero, gracias a Dios, igualmente por un varón y una mujer se restaura todo.
Y no sin grande aumento de gracias. Porque no fue el don como había sido el delito, sino que excede a la estimación del daño la grandeza del beneficio.
Así, el prudentísimo y clementísimo Artífice no quebrantó lo que estaba hendido, sino que lo rehizo más útilmente por todos modos, es a saber, formando un nuevo Adán del viejo y transfundiendo a Eva en María. Y, ciertamente, podía bastar Cristo, pues aun ahora toda nuestra suficiencia es de Él, pero no era bueno para nosotros que estuviese el hombre solo. Mucho más conveniente era que asistiese a nuestra reparación uno y otro sexo, no habiendo faltado para nuestra corrupción ni el uno ni el otro. Fiel y poderoso mediador de Dios y de los hombres es el hombre Cristo Jesús, pero respetan en él los hombres una divina majestad. Parece estar la humanidad absorbida en la divinidad, no porque se haya mudado la substancia, sino porque sus afectos están divinizados. No se canta de El sola la misericordia, sino que también se le canta igualmente la justicia, porque aunque aprendió, por lo que padeció, la compasión, y vino a ser misericordioso, con todo eso tiene la potestad de juez al mismo tiempo. En fin, nuestro Dios es un fuego que consume. ¿Qué mucho tema el pecador llegarse a El, no sea que, al modo que se derrite la cera a la presencia del fuego, así perezca él a la presencia de Dios?
2. Así, pues, ya no parecerá estar de más la mujer bendita entre todas las mujeres, pues se ve claramente el papel que desempeña en la obra de nuestra reconciliación, porque necesitamos un mediador cerca de este Mediador y nadie puede desempeñar tan provechosamente este oficio como María. ¡Mediadora demasiado cruel fue Eva, por quien la serpiente antigua infundió en el varón mismo el pestífero veneno! ¡Pero fiel es Maria, que propinó el antídoto de la salud a los varones y a las mujeres! Aquélla fue instrumento de la seducción, ésta de la propiciación; aquélla sugirió la prevaricación, ésta introdujo la redención. ¿Qué recela llegar a María la fragilidad humana? Nada hay en ella austero, nada terrible; todo es suave, ofreciendo a todos leche y lana. Revuelve con cuidado toda la serie de la evangélica historia, y si acaso algo de dureza o de reprensión desabrida, si aun la señal de alguna indignación, aunque leve, se encuentre en María, tenla en adelante por sospechosa y recela el llegarte a ella. Pero si más bien (como es así en la verdad) encuentras las cosas que pertenecen a ella llenas de piedad y de misericordia, llenas de mansedumbre y de gracia, da las gracias a aquel Señor que con una benignísima misericordia proveyó para ti tal mediadora que nada puede haber en ella que infunda temor. Ella se hizo toda para todos; a los sabios y a los ignorantes, con una copiosísima caridad, se hizo deudora. A todos abre el seno de la misericordia, para que todos reciban de su plenitud: redención el cautivo, curación el enfermo, consuelo el afligido, el pecador perdón, el justo gracia, el ángel alegría; en fin, toda la Trinidad gloria, y la misma persona del Hijo recibe de ella la substancia de la carne humana, a fin de que no haya quien se esconda de su
3. ¿No juzgas, pues, que esta misma es aquella mujer vestida del sol? Porque, aunque la misma serie de la visión profética demuestre que se debe entender de la presente Iglesia, esto mismo seguramente parece que se puede atribuir sin inconveniente a María. Sin duda ella es la que se vistió corno de otro sol. Porque, así como aquél nace indiferentemente sobre los buenos y los malos, así también esta Señora no examina los méritos antecedentes, sino que se presenta exorable para todos, para todos clementísima, y se apiada de las necesidades de todos con un amplísimo afecto. Todo defecto está debajo de ella y supera todo lo que hay en nosotros la fragilidad y corrupción, con una sublimidad excelentísima en que excede y sobrepasa las demás criaturas, de modo que con razón se dice que la luna está debajo de sus pies. De otra suerte, no parecería que decíamos una cosa muy grande si dijéramos que esta luna estaba debajo de los pies de quien es ¡lícito dudar que fue ensalzada sobre todos los coros de los ángeles, sobre los querubines también y los serafines. Suele designarse en la una no sólo el defecto de la corrupción, sino la necedad del entendimiento y algunas veces la Iglesia del tiempo presente; aquello, ciertamente, por su mutabilidad,  la Iglesia por el esplendor que recibe de otra parte. Mas una y otra luna (por decirlo así) congruentísimamente está debajo de los pies de María, pero de diferente modo, puesto que el necio se muda como la luna y el sabio permanece como el sol. En el sol, el calor y el esplendor son estables, mientras que en la luna hay solamente el esplendor, y aun éste es mudable e incierto, pues nunca permanece en el mismo estado. Con razón, pues, se nos representa a María vestida del sol, por cuanto penetró el abismo profundísimo de la divina sabiduría más allá de lo que se pueda creer, de suerte que, en cuanto lo permite la condición de simple criatura, sin llegar a la unión personal, parece estar sumergida totalmente en aquella inaccesible luz, en aquel fuego que purificó los labios del profeta Isaías, y en el cual se abrasan los serafines. Así que de muy diferente modo mereció María no sólo ser rozada ligeramente por el sol divino, sino más bien ser cubierta con él por todas partes, ser bañada alrededor y COMO encerrada en el mismo fuego. Candidísimo es, a la verdad, pero y también calidísimo el vestido de esta mujer, de quien todas las cosas se ven tan excelentemente iluminadas, que no es lícito sospechar en ella nada, no digo tenebroso, pero ni oscuro en algún modo siquiera o menos lúcido, ni tampoco algo que sea tibio o no lleno de fervor.
4. Igualmente, toda necedad está muy debajo de sus pies, para que por todos modos no se cuente María en el número de las mujeres necias ni en el coro de las vírgenes fatuas. Antes bien, aquel único necio y príncipe de toda la necedad que, mudado verdaderamente como la luna, perdió la sabiduría en su hermosura, conculcado y quebrantado bajo los pies de María, padece una miserable esclavitud. Sin duda, ella es aquella mujer prometida otro tiempo por Dios para quebrantar la cabeza de la serpiente antigua con el pie de la virtud, a cuyo calcaño puso asechanzas en muchos ardides de su astucia, pero en vano, puesto que ella sola quebrantó toda la herética perversidad. Uno decía que no había concebido a Cristo de la substancia de su carne; otro silbaba que no había dado a luz al niño, sino que le había hallado; otro blasfemaba que, a lo menos, después del parto, había sido conocida de varón; otro, no sufriendo que la llamasen Madre de Dios, reprendía impiísimamente aquel nombre grande, Theocotos, que significa la que dio a luz a Dios. Pero fueron quebrantados los que ponían asechanzas, fueron conculcados los engañadores, fueron confutados los usurpadores y la llaman bienaventurada todas las generaciones.
Finalmente, luego que dio a luz, puso asechanzas el dragón por medio de Herodes, para apoderarse del Hijo que nacía y devorarle, porque había enemistades entre la generación de la mujer y la del dragón.
5. Mas ya, si parece que más bien se debe entender la Iglesia en el nombre de luna, poi, cuanto no resplandece de suyo, sino que aquel Señor que dice: Sin mí nada podéis hacer, tendremos entonces evidentemente expresada aquí aquella mediadora de quien poco ha os he hablado. Apareció una mujer, dice San Juan, vestida del sol, y la luna debajo de sus pies.
Abracemos las plantas de María, hermanos míos, y postrémonos con devotísimas súplicas a aquellos pies bienaventurados. Retengámosla y no la dejemos partir hasta que nos bendiga, porque es poderosa. Ciertamente, el vellocino colocado entre el rocío y la era, y la mujer entre el sol y la luna, nos muestran a María, colocada entre Cristo y la Iglesia. Pero acaso no os admira tanto el vellocino saturado de rocío como la mujer vestida del sol, porque si bien es grande la conexión entre la mujer y el sol con que está vestida, todavía resulta más sorprendente la adherencia que hay entre ambos. Porque ¿cómo en medio de aquel ardor tan vehemente pudo subsistir una naturaleza tan frágil? Justamente te admiras, Moisés santo, y deseas ver más de cerca esa estupenda maravilla; mas para conseguirlo debes quitarte el calzado y despojarte enteramente de toda clase de pensamientos carnales. Iré a ver, dice, esta gran maravilla . Gran maravilla, ciertamente, una zarza ardiendo sin quemarse, gran portento una mujer que queda ilesa estando cubierta con el sol. No es de la naturaleza de la zarza el que esté cubierta por todas partes de llamas y permanezca con todo eso sin quemarse; no es poder de mujer el sostener un sol que la cubre. No es de virtud humana, pero ni de la angélica seguramente. Es necesaria otra más sublime. El Espíritu Santo, dice, sobrevendrá en ti. Y como si respondiese ella: Dios es espíritu y nuestro Dios es un fuego que consume.
La virtud, dice, no la mía, no la tuya, sino la del Altísimo, te hará sombra.
No es maravilla, pues, que debajo de tal sombra sostenga también una mujer vestido tal.
6. Una mujer, dice, cubierta con el sol. Sin duda cubierta de luz como de un vestido. No lo percibe acaso el carnal: sin duda es cosa espiritual, necedad le parece. No parecía así al Apóstol, quien decía: Vestíos del Señor Jesucristo. ¡Cuán familiar de El fuiste hecha, Señora! ¡Cuán próxima, más bien, cuán íntima mereciste ser brecha! ¡Cuánta gracia hallaste en Dios! En ti está y tú en Él; a El le vistes y eres vestida por El. Le vistes con la substancia de la carne y Él te viste con la gloria de la majestad suya. Vistes al sol de una nube y eres vestida tú misma de un sol. Porque una cosa nueva hizo Dios sobre la tierra, y fue que una mujer rodease a un varón, que no es otro que Cristo, de quien se dice: He ahí un varón; Oriente es su nombre; una cosa nueva hizo también en el cielo, y fue que apareciese una mujer cubierta con el sol. Finalmente, ella le coronó y mereció también ser coronada por El. Salid, hijas de Sión, y ved al rey Salomón en la diadema con que le coronó su Madre. Pero esto para otro tiempo. Entre tanto, entrad, más bien, y ved a la reina en la diadema con que la coronó su Hijo.

7. En su cabeza, dice, tenía una corona de doce estrellas. Digna, sin duda, de ser coronada con estrellas aquella cuya cabeza, brillando mucho más lucidamente que ellas, más bien las adornará que será por ellas adornada. ¿Qué mucho que coronen los astros a quien viste el sol? Como en los días de primavera, dice, la rodeaban las flores de los rosales y las azucenas de los valles. Sin duda la mano izquierda del Esposo está puesta bajo de su cabeza y ya su diestra la abraza. ¿Quién apreciará estas piedras? ¿Quién dará nombre a estas estrellas con que está fabricada la diadema real de María? Sobre la capacidad del hombre es dar idea de esta corona y explicar su composición. Con todo eso, nosotros, según nuestra cortedad, absteniéndonos del peligroso examen de los secretos, podremos acaso sin inconveniente entender en estas doce estrellas doce prerrogativas de gracias con que María singularmente está adornada. Porque se encuentran en María prerrogativas del cielo, prerrogativas del cuerpo y prerrogativas del corazón; y si este ternario se multiplica por cuatro, tenernos quizá las doce estrellas con que la real diadema de María resplandece sobre todos. Para mí brilla un singular resplandor, primero, en la generación de María; segundo, en la salutación del ángel; tercero, en la venida del Espíritu Santo sobre ella; cuarto, en la indecible concepción del Hijo de Dios. Así, en estas mismas cosas también resplandece un soberano honor, por haber sido ella la primiceria de la virginidad, por haber sido fecunda sin corrupción, por haber estado encinta sin opresión, por haber dado a luz sin dolor. No menos también con un especial resplandor brillan en María la mansedumbre del pudor, la devoción de la humildad, de magnanimidad de la fe, el martirio del corazón. Cuidado vuestro será mirar con mayor diligencia cada una de estas cosas. Nosotros habremos satisfecho, al parecer, si podemos indicarlas brevemente.

viernes, 15 de septiembre de 2017

LA VIDA DE MONSEÑOR LEFEBVRE



Una verdadera empresa al servicio de las almas

Para esos trabajos, la habilidad de los Hermanos era un bien
inestimable. Estaba, en primer lugar, el Hermano Roch, ya mayor, que se ocupaba de los jardines y formaba a los chicos en los cultivos; también estaba encargado del cuidado de los corderos y del aprisco (en la parte de las Hermanas había cabritos). Había llegado a Gabón en 1899 y permanecería allí durante sesenta años, hasta su muerte en Lambaréné el 10 de febrero de 1959. Albañil, carpintero, techador, se había convertido en un auténtico maestro artesano, capaz de levantar un edificio, techado y amueblado. Le gustaba el trabajo bien hecho. Personalidad atractiva, el Hermano Roch se ganaba la simpatía de todos. En Libreville lo confundían a veces con el Obispo, y en Lambaréné con el Superior. Siempre de una regularidad ejemplar, muchas veces el primero en la capilla, sus carupaneros y la gente lo apreciaban mucho por sus finas bromas: cualidades todas que tenía en común con el Padre Marcel. Por encima de todo, lo querían porque era muy caritativo.
Los amplios edificios de la carpintería ocupaban el terreno situado entre el camino y el Ogooué; el Hermano Arcade (hermano del Padre Talabardon, muerto en la guerra), secundado por el Hermano Marcien 139 y luego por el Hermano Barthélemy, y ayudado por su aprendices, iba a talar los árboles y cortar madera en el bosque, transportaba luego los maderos y fabricaba con ellos toda clase de armazones y cascos de piraguas, pinazas, remolcadores y chalanas, cuya venta procuraba a la misión recursos capitales. El presupuesto esbozado por el Padre Lefebvre da fe de ello. Las cifras están en francos de 1945. Monseñor Marcel Lefebvre

Gastos

Ingresos

Personal de la Misión ........
85.000
Subsidio de la

Escuelas de la Misión

Propagación de la Fe ..........
40.000
y anexos en la selva ............
125.000
Subsidio del Gobierno

Construcciones y forma-

a las escuelas ......................
80.000
ción de los aprendices ........
45.000
Estipendios de Misas .........
10.000
Catecismo y ministerio ......
65.000
Donativos de europeos ......
30.000


Colectas entre los nativos ...
20.000


Taller de la Misión .............
140.000
Total ..................................
320.000
Total .................................. 320.000

La obra de los aprendices apuntaba a formar jóvenes, catecúmenos o bautizados, en la práctica de un oficio, con el fin de facilitar el establecimiento de familias cristianas. La formación práctica en los talleres se completaba con clases de formación general, un curso profesional, conferencias espirituales y un catecismo diario.
Secundariamente, los aprendices participaban en el mantenimiento de la Misión.
Si se piensa también en la escuela normal que formaba instructores y maestros para las escuelas, si se tiene en cuenta el dispensario de las Hermanas que cuidaba diariamente a sesenta pacientes, se podrá tener una pequeña idea de la hermosa empresa espiritual y temporal que tuvo que administrar el Padre Marcel durante dos años.
Finalmente, en las cuatro grandes fiestas del año: San Pedro y
San Pablo (fin de curso), San Miguel (inicio de curso), Navidad y Pascua, las orillas se llenaban de piraguas que llevaban «al poblado de los cristianos», construido para ellos junto a la misión, a las familias de los poblados aun los más alejados, para vivir allí como una cristiandad las fiestas litúrgicas, la vida del misionero y lo espiritual esta tejida de lo temporal y lo eterno: es lo que constituye vocación espedfica. El Padre Marcel estaba realmente en su elemento.
El Reino de los cielos avanzaba, con mis de 450 bautismos por año en Larnbaréné, De 1932 a 1945, el número de católicos gaboneses pasó de 33.800 a 85.471, aunque con una disminución del crecimiento a partir de 1940. En la Misión San Francisco Javier ese Reino tenia que encarnarse también en la rutina diaria. Y para eso, el Padre Lefebvre era «un hombre de gobierno» que sobresalía en «el rendimiento de los servicios de la Misión»!".
Primum vivere: primero hay que vivir. La guerra se alargaba y
había que organizarse. En la estación seca, desde el fin de las clases, después de confeccionar las redes, los chicos armaban su campamento de pesca en el lago Niogo, al norte, propiedad de la Misión, y luego secaban el pescado, como en Ndjolé, y lo guardaban en toneles. Las chicas, por su parte, iban al lago Zilé, al este, a la plantación que también era propiedad de la Misión. El excedente de las pescas y de los cultivos alimenticios se vendía y servía para comprar provisiones de mandioca e incluso de arroz, que enloquecía a los chicos, los cuales decían, hablando de su Padre nutricio: «¡Hemos conseguido al hombre de Dios! ¡Éste es, aquí está!».
Además, el Padre Lefebvre consiguió un fusil y encontró a un
cazador y a un pescador para alimentar a los chicos con carne y pescado fresco, con carpas apetitosas del lago Zilé.
-¿Qué tal, chicos...? -preguntaba con una sonrisa- ¿Se come bien?
-¡Sí, Padre, se come bien desde que llegó usted! Ahora se come muy bien.
No contento con mejorar las comidas, el Padre Superior quiso perfeccionar las instalaciones industriales. Un viejo horno de ladrillos que funcionaba al lado del cementerio fue reemplazado por uno más grande, situado cerca del poblado de los cristianos. Asimismo, mandó traer un grupo electrógeno y un pequeño equipo auxiliar.
Gracias a ellos se pudo iluminar toda la Misión, y se conectó el torno de la carpintería al equipo auxiliar. «¡Éste es el hombre de Lambaréné! -decía la gente-, él nos trae la luz». Después el Padre Marcel mandó arreglar la senda que conducía del poblado a la Misión, para convertida en una ruta transitable. Un día, una ceiba (un árbol muy grande) que el Padre Lefebvre había hecho talar, cayó de modo que obstruyó la carretera: costó mucho cortada allí mismo!".
Un incidente parecido fue fotografiado muestra la imagen muestra al Padre Lefebvre al lado de la camioneta totalmente nueva que había comprado y conducía él mismo, deliberando con dos Hermanos y un indígena ante el tronco voluminoso que impedía el paso.
También reemplazó el viejo coche de los Padres por otro, de un modelo antiguo pero en buen estado. ¿Cómo hacía para conseguir y comprar todas esas máquinas en plena guerra? Esa misma pregunta se hacían también sus colaboradores, por lo demás muy satisfechos con las mejoras.
Eso no era todo. El Padre Lefebvre elaboró el proyecto de levantar más el campanario, y él mismo llevó el agua corriente al piso de las habitaciones de los Padres. Finalmente, previendo el desarrollo del barrio Isaac, al otro lado del agua, salió hacia allí un hermoso día con su ayudante Pierre Paul, brújula y machete en mano, con el fin de delimitar un terreno que había logrado adjudicarse para construir en él la capilla de Nuestra Señora del Ogooué. Se construyó a medida para que pudiera adaptarse a la estructura metálica que le facilitó un hangar de aviones del astillero Aubertiri'v'. En el lugar se estableció un catequista.
Hay que señalar que los bwitistas frecuentaban a veces ese barrio.
De hecho, el fundador de la familia Isaac de Lambaréné, Jean-Marie Isaac, había sido uno de los raros europeos iniciados en la secta. Así, algunas noches los tam-tam y otros instrumentos de madera hueca resonaban con un ritmo endiablado, y los hombres, atiborrados de facóquero y vino de palma, luego de reunirse en su tenebroso conciliábulo, con el rostro cubierto de máscaras impenetrables, comenzaban a danzar a la luz de las antorchas, haciendo contorciones y pasando por encima ante la pupilas dilatadas del gentío que se amontonaba alrededor. Eso era lo que no le gustaba al Padre Marcel; por eso, más de una vez fue allí, acompañado de forzudos aprendices, para intentar dispersar a esas gentes que lavan “el bwite”, como se decía. Tras la fachada de esas tradiciones turbias, malsanas y a veces francamente lascivas, veía claramente el poder de los demonios como para tener el menor deseo de dialogar.
Cierto es que no atacaba directamente a los hechiceros, pero si se enteraba de que algún cristiano o catecúmeno volvía a caer en el fetichismo, no lo toleraba. Una vez se le vio ir hasta la misma casa del culpable y, bajo la mirada temerosa de éste, destruyó a golpes de machete un fetiche bien característico.
La corrupción de la religión en el fetichismo era un asunto muy sensible para el Padre Marcel, sobre todo en los sacrificios que ofrecían los africanos, no como señal de sumisión a Dios, sino como modo de alejar a los malos espíritus que los rodeaban, a veces muy realmente. Así pues, explicaría luego Monseñor Lefebvre, creen en los demonios, pero viven atemorizados, y sus sacrificios están viciados desde el principio, llegando incluso a practicar sacrificios humanos. Es la religión apartada de su verdadero objeto. En la verdadera religión, la oblación de la víctima o de la ofrenda significa nuestra oblación interior".
Muerte heroica del Sr. René Lefebvre
Entretanto, las noticias de la guerra oprimían periódicamente
con esperanzas o angustias el corazón de los misioneros. El 8 de noviembre de 1942 el desembarco aliado en el norte de África alimentó algunas esperanzas. El 30 de enero de 1944 el futuro del África negra se definía en la conferencia de Brazzaville.
Al poco tiempo, el desembarco de Normandía preludiaba la
liberación de Francia. Una semana después, el Nord libre anunciaba la muerte del Sr. René Lefebvre, padre de nuestro misionero.
En cuanto se declaró la Segunda Guerra Mundial había vuelto a trabajar para el servicio secreto belga; y así pudo transmitir información, alojar en su casa a soldados prófugos y también a civiles que deseaban alistarse en Inglaterra, y encaminarlos hacia su destino. Tras ser detenido por la Gestapo el 21 de abril de 1941, fue a dar a la prisión. En su última carta, con fecha del 9 de septiembre de 1941, así les escribía a su familia y a sus amigos: Vosotros sabéis que muero como católico francés y monárquico, porque para mí Europa y el mundo entero sólo pueden encontrar la estabilidad y la verdadera paz mediante la institución de monarquías cristianas.
Condenado a muerte en Berlín el 28 de mayo de 1942 por «contactos con el enemigo y reclutamiento de jóvenes capaces de levantarse en armas contra el Reich alemán», fue internado finalmente en el presidio de Sonnenburg. Encargado de confeccionar calzado con paja humedecida que le cortaba los dedos y le arrancaba la piel a jirones, consiguió sin embargo sabotear su obra: seguía siendo un patriota.
El frío, la humedad y los forúnculos no pudieron doblegar ni su devoción (rezaba sin cesar su rosario) ni su confianza en la victoria de su patria. A consecuencia de una hemiplejía seguida de un síncope, por el que el guardián le propinó una fuerte paliza, murió en febrero de 1944 como auténtico miembro de la resistencia y heroico artífice de una libertad francesa reconquistada.

De gira por los lagos

Mientras tanto, el Padre Marcel llevaba la liberación cristiana de la esclavitud del pecado a los poblados y canteras forestales durante sus viajes.
A. bordo de la barca a motor llamada Madouaka, visitaba las canteras del lago Gomé, al oeste. El estado de los trabajadores, como en las minas, le inspiraba gran compasión la esclavitud. Las condiciones de trabajo y de pago y el alojamiento son deplorables, sobre todo en las minas. Los indígenas son capaces de trabajar bien, 'siempre que cuenten con el entorno y la atmósfera del poblado, y también con los auxilios religiosos que desean.
El Padre Lefebvre no dejaba de hacerle esa observación al jefe de la cantera cuando lograba reunir a los trabajadores para la Misa y las confesiones. A veces, para llegar a las, canteras alejadas, había que «dar vueltas y vueltas», cargando el Padre con su cartapacio y su ayudante Pierre-Paul con el maletín. Un día recorrieron treinta kilómetros por los caminos.
El Padre Lefebvre -informaba su acompañante- «estaba muy dispuesto a la caminata y su estilo era sorprendente, porque andaba de forma muy ligera, apoyándose sólo en las puntas de los pies; era muy ágil». Por lo demás, en la Misión caminaba de la misma manera, inclinado hacia delante y sobre la punta de los pies: eso daba un poco de miedo a los niños, y por ello le dieron al Padre el apodo de «Kodo kodo».


miércoles, 13 de septiembre de 2017

JUANA TABOR 666. HUGO WAS

SAN TARCICIO, MARTIR DE LA EUCARISTIA


Cincuenta mil hombres del servicio secreto fueron movilizados para buscar al niño, y doscientos mil agentes de uniforme, diseminados desde Roma hasta la frontera, hallábanse prontos para auxiliarlos.
Ciro Dan, que había realizado el rapto valiéndose de sus secuaces, servidores o camareros del emperador y hasta del papa, guardó al chicuelo en lo alto de aquel edificio, inviolable por su carácter diplomático; el día de su coronación lo mandó
traer.
El pobrecito, temblando de miedo, se aproximó al trono.
Otros corazones se habrían compadecido al oír su inocente balido de cordero:
—¡Mamá, yo quiero irme con mamá! —clamó en italiano.
—Háblame en esperanto —le dijo Ciro Dan—, y yo mismo te llevaré a tu casa.
—No sé esperanto —respondió el pequeñuelo—; sólo sé italiano.
—¿Eres católico?
—¡Sí!
—Si me obedeces y haces lo que te mando, te llevaré a tu casa. ¡Escupe sobre esto!
Y le presentó la patena.
Al ver la hostia, la carita del niño resplandeció en forma sobrenatural. Una intuición divina, tal vez su ángel de la guarda, tal vez la gracia del bautismo, le reveló que aquella Forma estaba consagrada y era la purísima carne del Hombre-Dios. Y fue a arrodillarse para adorarla, pero no se lo permitió la dura mano que lo retenía.
—Si no escupes la hostia —le dijo Ciro Dan—, no te llevaré a la casa de tus padres y morirás como Jesús de Nazaret.
—¡Llevadme a mi casa, por amor de Dios!
Jezabel le susurró al oído:
—¡No llores! ¡Mírame! ¿Quieres que yo te lleve? ¿Me tienes miedo? El pequeño Torloni la miró y se echó a su cuello.
—¿Has hecho tu primera comunión?
—Sí, el año pasado, en el día de la Virgen. Desde entonces he comulgado todos los días.
—¿Y quién te ha dicho que esta Forma está consagrada?
—Nadie, sino que veo los ángeles a su alrededor, adorándola. ¿Vosotros no los veis?
—¿Tienes miedo de morir clavado en una cruz?
—¡Sí, sí! ¡Llévame a mi casa...!
—¡Escupe, entonces, la hostia!
El niño se apartó bruscamente de la joven, como de una víbora.
—¡No, no, no! —gritó con sorprendente energía, flor milagrosa que brotaba de su debilidad y de su pavor.
Dos de los jenízaros se arrojaron sobre él, lo desnudaron impúdicamente y lo tendieron sobre la cruz. El espanto hizo enmudecer a la víctima.
Ciro Dan descendió del trono. Su padre le entregó el martillo y los clavos, y él, sin una sombra de compasión, hundió el primero de un recio martillazo en la palma de aquella inocente mano. Un alarido horrible desgarró los aires.
—¡Mamá, mamá!
—¿Vas a escupir la hostia?
—¡No! ¡No! ¡No!
Los jenízaros movieron la cruz para que su joven señor no tuviera que cambiarse de sitio, se hundió el segundo clavo en la otra mano y finalmente otro en los dos pies crispados y tiernos, maniobra difícil que exigió muchos dolorosísimos martillazos, entre ayes desgarradores.
Al alzar la cruz para empotrarla en la pared, el horrible dolor hizo perder el sentido al crucificado.
Ya en el cielo de Roma se habían apagado los últimos fulgores del crepúsculo, y en la sala no se había encendido ninguna lámpara.
Más la sangre cristiana durante una hora manó silenciosamente y alumbró con un resplandor divino aquel misterio de iniquidad.
Nadie advirtió de qué fuente procedía la luz. Y mientras agonizaba el heredero de la ilustre casa romana, Ciro Dan cogió del incensario de Jezabel la marca de hierro que estaba calentándose desde el comienzo de la ceremonia y mandó a los circunstantes que le mostrasen el brazo derecho desnudo, y vio que todos tenían su cifra menos los rabinos, a quienes él mismo imprimió el signo de su posesión.
No lo conmovieron las humilladas y llorosas caras de los viejos y de nuevo calentó la marca, y como viese que el niño había muerto, se volvió furioso y estampó en la sagrada hostia el sacrílego número.
En ese momento cayeron desde los cielos sobre el mundo tres ayes apocalípticos: ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! Se apagó el milagroso resplandor y desapareció la hostia sacratísima, y aunque no había ni puertas ni ventanas abiertas, penetró una bestia horrorosa que llegó arrastrándose hasta el sillón de la derecha. Era un dragón de color de sangre, con siete cabezas coronadas de oro y diez cuernos que despedían azufrado fulgor.
Crujió el trono cuando la bestia se encaramó sobre él.
Y a la luz de aquellos siete pares de ojos y en el medroso silencio de las profundidades satánicas, hablaron una tras otra las siete bocas de la bestia prorrumpiendo en blasfemia.
Esa noche Ciro Dan desapareció de Roma. Ni su padre ni su madre supieron adónde se había ido.
También desapareció Jezabel, con quien él mantuvo una larga plática.
Y en esa larga plática, de labios de ella, uno de los rabinos alcanzó a oír el nombre de otra gran ciudad en un lejano país.

CAPÍTULO V
Rahab
Fray Plácido esa noche tuvo un sueño que truncó la campana del hermano Pánfilo.
En vano permaneció un rato sentado sobre su jergón, para atar los cabos de sus recuerdos.
Como las nubes deshechas por el huracán no se reconstruyen nunca tales cuales fueron, así los sueños del fraile no pudieron rehacerse.
No eran pues sueños proféticos, anuncios del Señor que de serlo, habrían perdurado en su memoria.
Se santiguó de nuevo, se lavoteó en una palangana de hiero y se encaminó a la sacristía por el desierto claustro en que sus sandalias sonaban con arcaico rumor. Sin que hubiera ninguna lámpara encendida, todo aparecía envuelto en una claridad lechosa, merced al resplandor que derramaban sobre la ciudad nubes artificiales de un gas luminoso.
A esa hora el hermano Pánfilo preparaba sobre la ancha mesa de la sacristía los ornamentos sagrados para la primera misa, que debía comenzar al filo de la medianoche.
En el movedizo arenal del mundo cuyas instituciones se extinguían o se transformaban, solamente la Iglesia Católica, con sus dogmas eternos y su liturgia milenaria permanecía impasible, torre de piedra en mitad del desierto. Cada uno de los ornamentos, la dorada casulla, el alba flotante de cándida tela, la estola, el manípulo, todas aquellas prendas de que le revestía la mano arrugada y temblorosa del sacristán, eran idénticas a las usadas desde siglos y siglos por otros sacerdotes; y las oraciones con que acompañaba cada gesto venían repitiéndose por millones de bocas desde la más remota antigüedad.
Sonaron las cien en el reloj de la sacristía y en todos los relojes de la ciudad.
Conforme al nuevo uso, dividíase el día en cien horas de cien minutos cada una, y era cada minuto poco más de ocho segundos antiguos, el espacio de una jaculatoria. Pero los relojes no las anunciaban por campanadas que habría sido difícil contar, sino por voces que una radio lanzaba a los aires.
Fray Plácido, revestido ya y precedido de un monaguillo soñoliento, llegó al altar de San José, donde todo conservábase igual desde tres siglos por lo menos: el atril para el misal, las vinajeras con el agua y el vino para la consagración, la campanilla para el sanctus y las dos velas litúrgicas, cuyas vacilantes llamitas no se avergonzaban ante el resplandor de la luz difusa que impregnaba el éter.
Los fieles llenaban la anchurosa nave del templo y muchos se agrupaban alrededor del confesionario del otro fraile del convento recién elegido superior, fray Simón de Samaria, que confesaba desde las doce de la noche hasta las dos, hora de su misa.
La pequeña comunidad de los gregorianos, algo más de media docena de individuos, estaba orgullosa de él y esperaba que su prodigiosa fama despertaría las vocaciones que la orden necesitaba urgentemente para no extinguirse.
Fray Plácido se alegró al ver rodeado de penitentes el confesionario de fray Simón. Creía que ése era el ministerio más difícil del sacerdote y el más propio para que la sal de la tierra se mantuviera en su genuino sabor.
Observó sin embargo una novedad, que lo distrajo varias veces durante la misa.
Entre los penitentes columbró a Juana Tabor, aquella joven semiconvertida por fray Simón.
Era la primera vez que acudía al confesionario, pues ella hasta entonces lo había consultado en el locutorio de la comunidad; y era eso lo que convenía no siendo aún católica.
¿Habría adelantado tanto la misteriosa catecúmena, que entraba de lleno en la más penosa de las experiencias, cual es la confesión?
Muy poco sabía de ella el viejo fraile. Tampoco sus amigos íntimos que lo visitaban a diario en su celda, Ernesto Padilla y Ángel Greco, más viejos que él los dos y que conocían a todo el mundo, sabían nada de aquella mujer de nombre sonoro y misterioso, que había comprado al Gobierno la antigua quinta de los jesuitas en Martínez, cerca de Buenos Aires.
Un día, en aquella casa en que antes se bendijo a Cristo, celebróse una gran fiesta profana, y la hermosura y la riqueza de Juana Tabor se hicieron proverbiales.
Vestíase como una princesa india: manto blanco sobre los cabellos negros sencillamente alisados; sandalias de oro y una cinta roja ciñendo la hermosísima frente. ¿Era un simple adorno u ocultaba alguna deformidad o cicatriz? ¡Misterio!
No existía idioma que ella no hablara a la perfección, y su trato era de una seducción extraña.
¿Hindú, europea, americana? De cierto nadie lo sabía. Ella decíase chilena, mas negábanlo quienes conocían los modismos de Chile que ella no usaba nunca. Aunque su tipo era caucásico, había en sus ojos un dejo de la raza amarilla, rasgo inexplicable y exquisito que dulcificaba el resplandor demasiado altivo de sus facciones.
No era bautizada. Fray Simón nunca hablaba de ella, lo cual inquietaba mucho a fray Plácido, que un día le dijo con alguna intención dos frases de la Sagrada Escritura, una de las cuales alegró el siempre nublado rostro del superior, mientras la otra pareció irritarlo.
Y fue la primera aquella respuesta del Señor, cuando los fariseos le reprocharon su familiaridad con los pecadores: “Si un hombre tiene cien ovejas y una de ellas se descarría, ¿no dejará las noventa y nueve en la dehesa para ir al monte en busca de la extraviada?”
Al mismo fray Plácido, no sabía por qué, después de haber citado las palabras del divino Jesús, hijo de María, le vinieron a la mente otras del otro Jesús, el sombrío hijo de Sirach, y fue el amargo versículo del Eclesiástico: “Toda malicia es pequeña comparada con la malicia de la mujer.” ¿Era por ventura una prevención, un aviso para que desconfiase de la bellísima Juana Tabor? Algo antes de la medianoche, cuando fray Plácido iba en su misa por el ofertorio, una preciosa autoavioneta plateada que no halló lugar libre para aterrizar en la vecina plaza Stalin, se decidió a posarse como una paloma sobre el techo de la iglesia.
Descendieron de ella dos muchachas y dos mozos que vestían los trajes de moda.
Es oportuno advertir que a pesar de las infinitas revoluciones hechas para terminar con las clases sociales, las gentes en las cercanías del año 2000 seguían agrupándose en clases conforme a sus gustos, a sus envidias, a sus costumbres. Especialmente la envidia, a la cual se le diera en tiempos de Marx el nombre científico de lucha de clases, era más que nunca el motor principal de las almas.
Los dos mozos (Níquel Krom y Mercurio Lahres) vestían traje talar de seda amarilla, algo de toga romana y algo de albornoz africano.
En cambio, las dos jóvenes llevaban, según los últimos figurines de Yokohama, la ciudad más elegante del universo, pantalones de seda. Eran amplios los de Rahab
Kohen, nombre de la una, y ceñidos a la pierna los de Foto Fuma, la otra. En aquel fin de siglo los hombres usaban polleras y las mujeres pantalones.
Las dos muchachas vestían además elegantísimas blusas de cuero rojo sin mangas, lo que permitía verles en el brazo derecho, un poco arriba del codo, marcado a fuego, el número 666.
La azotea, dispuesta para el aterrizaje de los aviones, estaba iluminada por una fosforescencia opalina, cien veces más intensa que la de la luna en el plenilunio y sin la dureza de la cruda luz del sol.
Tal resultado se obtenía arrojando torrentes de un gas ozonizado, que se mantenía entre los 100 y 150 metros formando un toldo blanco y unido.
Ese gas electrizado a distancia, producía tan maravillosa claridad que las gentes acabaron por no echar de menos la del sol.
En las noches de viento la luz sufría ligeras oscilaciones, el toldo solía desgajarse, y aparecían pedazos de un cielo que, aun cuajado de estrellas, no merecía sino las maldiciones de los ciudadanos, porque ese fenómeno obligaba a las máquinas que hacían el gas a multiplicar su producción —con grandes gastos— para reponer lo que
el viento pampero o el norte habían barrido.
El solo inconveniente del sistema, para ojos de otros siglos, era que los habitantes  de las grandes ciudades ignoraban la belleza de los cielos estrellados. Millones de seres nacían, vivían y morían sin haber contemplado nunca una noche de luna.
¿Pero eso qué importaba? En todos los siglos ha habido quienes sin ser ciegos, jamás quisieron ver la salida del sol ni interrumpir el sueño para contemplar la estrella de la mañana.
Sin embargo, la belleza de la estrella de la mañana es tal que entre los horrores del Apocalipsis el Señor, para ponderar la grandeza del premio que destina a los que perseveren, lo compara con ella: “Al que guardare mis obras hasta el fin, yo le daré laestrella de la mañana.”
Discuten los intérpretes acerca del sentido de esta promesa, mas no los poetas, que la aceptan en su sentido obvio y directo, pues para ellos la estrella de la mañana es una de las maravillas de este mundo poblado de inadvertidas bellezas.
Los pasajeros de la avioneta habían bajado en los techos de San Gregorio con deseos de procurarse un buen sitio para oír el sermón del famosísimo padre, que tenia absorta y conmovida la ciudad. Sería una distracción nueva.