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viernes, 18 de agosto de 2017

LA VIDA DE MONSEÑOR LEFEBVRE

                                                              

Comandente Lecler
El armisticio fue su única oportunidad: supo aprovecharla para conducir la guerra desde África. El 12 de agosto de 1940 su delegación, dirigida por el Comandante Leclerc, aterrizó en Lagos (Nigeria) y, en dos semanas, llegó sin disparar un tiro a incorporar a la Francia Libre casi todo el África Ecuatorial Francesa (AEF). Sólo Gabón se resistió. El 29 de agosto, en un primer momento, el Gobernador Masson había dado su adhesión por telégrafo, pero los notables, dirigidos por René Labat, protestaron. Luego, el 30 de agosto, llegó a la ensenada de Libreville el submarino Poncelet, como anuncio de los refuerzos enviados desde Dakar por el Gobernador General Boisson, bajo el mando de dos jefes decididos: el General de aviación Tétu y el Coronel Claveau. Finalmente, el parecer del Obispo, Monseñor Tardy, fue decisivo: había que permanecer leales al Mariscal?'. Masson se retractó, pues, el 10 de septiembre.
Leclerc intentó «incorporar» a Gabón por la periferia del país; en el norte, el comandante Dio se apoderó de Oyem; en el sur el comandante Parant se estableció en Mayumba por sorpresa. Pero sólo al precio de combates entre franceses logró Dio tomar Mitzic el 27 de octubre, y Parant, descendiendo el N gounié, consiguió tomar Fougamou, donde el Hermano Odilon se interpuso para evitar un mayor número de muertos. Parant sitió finalmente Lambaréné, que se rindió el 5 de noviembre, después de la muerte de un misionero, el Padre Samuel Talabardon, causada por el estallido de un obús".
                                                    

Charles de Gaulle


«La conquista de Gabón se eternizaba-"; de Gaulle, debilitado por su fracaso ante Dakar el 25 de septiembre, dudaba. Leclerc le arrancó entonces la decisión de un desembarco sorpresa en Libreville, que se llevó a cabo la noche del 8 al 9 de noviembre. Así tuvieron lugar combates fratricidas en las inmediaciones del aeródromo. La situación era todavía indecisa cuando, por la tarde, el aviso Bougainoille, que había abierto fuego sobre el aviso intruso Savorgnan de Brazza, fue hundido por éste.
Esa pérdida decidió la rendición de Libreville, que fue concluida en la noche del 9 al 10. El carguero Cap. des Palmes se transformó en prisión flotante, donde Leclerc encerró a los oficiales, al Gobernador Masson, al Padre René Lefebvre y al propio Obispo".
Antes de su detención, Monseñor Tardy se hizo coser su cinta roja en la sotana, pues quería que lo arrestaran con su insignia de la Legión de Honor" que acababa de concederle el General Weygand en reconocimiento por su fidelidad a la unidad francesa.
El clero se negó entonces a cantar el Te Deum que había sido pedido por Leclerc, y un capellán militar ofició en una catedral vacía de sus fieles habituales, mientras el Comandante Koemg tocaba el armonio. Hicieron falta todos los talentos diplomáticos del Padre Defranould para liberar a Monseñor Tardy, condenado durante seis semanas a arresto domiciliario en Lambaréné, Pero el encarcelamiento del Obispo, que siguió a los combates fratricidas, desorientó a los gaboneses: «No fue una actitud ejemplar; aquello no facilitó nuestro ministerio», concluiría sobriamente Monseñor Lefebvre'", Más tarde Parant asignaría subsidios a las misiones, mientras que uno de los Padres de Gabón se convertiría en capellán de las tropas que Leclerc condujo a través del Sahara hacia el frente de Libia.

7.     Superior en Donguila, entre agosto
de 1940 y abril de 1943
El Padre Henri Guillet, Superior de la Misión San Pablo de Donguila, se había agotado trabajando, especialmente cuando se amplió la iglesia de la Misión; desde enero de 1940 Monseñor Tardy decidió concederle una estadía de seis meses en Francia; el Padre Marcello reemplazaría, decía el Obispo.
«No tenía ninguna objeción que hacer -contaba el aludido al Padre Marcel, cuando me prometió que sería usted quien me reemplazaría» Sin embargo, Marcel tuvo que esperar hasta llegar al mes de agosto, tras un breve reemplazo cubierto por el Padre Defranould,        para llegar a Donguila.  
Este puesto misional, situado en un promontorlo a orillas del estuario, donde las aguas del Como se encuentran con las olas marinas, animaba una antigua cristiandad pahouin, que en 1938 acababa de festejar sus sesenta años. Se componía de una encantadora iglesia de madera con su crucero y campanario, y con los diversos edificios clásicos propios de una misión católica completa.
A partir de 1930 Donguila había empezado a despoblarse debido a la proximidad de Libreville y al intenso comercio existente con la madera. Por suerte los poblados del interior, hacia los Montes de Cristal y hasta la frontera con la Guinea española, también eran objeto del celo evangelizador de los Padres.
Persiguiendo al ladrón
La Misión San Pablo vivía de inmensas plantaciones, cuyo fruto se transportaba en gran parte por barco y se vendía en Libreville. El Hermano Norbert Lorgeray (apodado «Hermano Honor»), nacido en 1878 y residente en Gabón desde 1903, aún se hacía cargo del jardín y de los almacenes. Un domingo, antes de la Misa mayor, corrió a ver al Padre Marcel:
-¡Me han robado todas las cosas del almacén... ! ¡No queda nada: ni ollas, ni sal, ni taparrabos! El Padre Lefebvre amenazó desde el púlpito con suspender la Misa del domingo, lanzando una especie de «entredicho local», hasta que no se denunciara al ladrón. El jefe catequista, Marcel Mebale, no tardó en concluir su investigación: «¡Padre, el ladrón es Fulano de Tal!». El Padre Lefebvre reunió a algunos hombres y atravesó, con la pinaza Colette, el estuario del Como hasta Chinchoua. El Comandante del centro les cedió allí dos guardias, y encontraron al ladrón comiendo en su choza y negando rotundamente el hurto. El Padre estaba a punto de regresar cuando llegó una viejecita: «¡Todos los objetos robados están allí, en los bananeros!», Fueron, pues, y recuperaron todos los objetos, pero mientras tanto el ladrón logró escabullirse en el bosque.
La carpintería, que poseía un gran equipamiento mecánico con motor, el «Saint-Denis», que funcionaba con aceite de palma, provocaba la admiración de los visitantes y ocupaba al Hermano Chanel y a los aprendices. Por último, el Hermano Marin era el albañil de la misión. Fue el Padre Marcel --contaba Étienne Meviane- quien hizo construir el horno de cal que, gracias a la cantera vecina, producía el cemento y las piedras sillares.
El régimen de internado
En Donguila el Padre Marcel fue secundado en un primer momento por un sacerdote indígena, el Padre Auguste; y Paul Lemaire, seminarista y primo del Padre Lefebvre, prestaba ayuda a la Misión mientras esperaba ser admitido a las órdenes. El Padre africano se ocupaba del internado de los 175 chicos, mientras que las cuatro Hermanas de la Inmaculada y la Hermana indígena, bajo la dirección de la Madre Marie-Élisabeth, velaban por el internado de las 68 chicas'?", En el pasado, las Hermanas habían pagado un doloroso tributo a las enfermedades tropicales; el pequeño cementerio de la Misión revelaba el sacrificio ofrecido generosamente por jóvenes vidas religiosas consagradas a la evangelización, como el de Sor Canisius, por ejemplo, fallecida en 1908 a los treinta y ocho años, y el de Sor María Pía, llamada a Dios en 1909 a los veinticuatro años.
Sobre tales fundamentos Dios proseguía su obra de bautismo y de educación cristiana de la juventud gabonesa.
El reclutamiento para las dos «escuelas principales» de la misión era obra de los catequistas del poblado y de los misioneros durante sus giras, que discernían a los niños con mejores cualidades, a quienes enviaban primero a las «escuelas anexas» cuando las había.
El Padre Guillet había dado una sola directiva al Padre Marcel:
Espero -le había escrito- que durante su estadía aquí visitará nuestros anexos. Como usted sabe por experiencia, esas visitas son tan agradables para el misionero como provechosas para los cristianos y catecúmenos, mucho menos agotadoras y más fructíferas que las giras de poblado en poblado. Toda la misión [su territorio] está dividida en ocho centros, incluido Mfoua, que puede llevar dignamente el nombre de anexo'?'.
Cada uno de esos centros contaba con un jefe de catequistas, una choza-capilla y algunas «escuelas anexas», esto es, que dependían de las escuelas de Donguila y preparaban a las mismas.
Además de Mfoua, había anexos en Ekouk, Remboué, Ezene (que el Padre Marcel transfirió a Kango, en el «Consorcio» (una gran sociedad forestal), etc.
Los alumnos del internado de chicos de la misión se dividían así: primero estaban los últimos ingresados, a los que se llamaba «novatos»; después, los que se preparaban para el bautismo y a los que, por estar en segundo año, se daba el nombre -de «veteranos»; y finalmente los «cristianos», bautizados y «comulgados», incluso confirmados, que se preparaban para la salida después de la imposición del escapulario.
Por supuesto, los «cristianos» no dudaban en gastarles bromas pesadas a los «veteranos», y éstos en maltratar a su vez a los «novatos». Los Padres toleraban esas pruebas, que forjaban la moral de sus tropas.
Valentín Obame, que fue sacado de su poblado por el Padre Marcel, decía lo siguiente: Si he llegado hoy a ser alguien, es gracias a él. Se lo debo todo.
El Padre Marcel perfeccionó, por lo demás, el programa de estudios: considerando que no había suficientes cursos, aumentó las horas de clase de dos a cuatro por día107, pero mantuvo el trabajo manual al aire libre al comienzo de la mañana.
La guerra. La fiebre amarilla. La misión en cuarentena
Hasta ese momento, la guerra no había afectado directamente a Donguila. Sin embargo, pronto llegó la terrible noticia de los combates de Lambaréné y de la muerte del Padre Talabardon. Ahora bien, dicho Padre había sido en su momento el segundo del Padre Guillet, y se había dedicado de lleno a Donguila. Por eso, el Padre Marcel envió a las exequias una delegación de diez alumnos de Donguila.
Tiempo después, en una noche, un destacamento de las tropas de Parant desembarcó inesperadamente en Donguila. Embarcados en Chinchoua en una pinaza a la que se habían amarrado las piraguas, una parte de los «sara» chadianos, sorprendidos por las olas, murieron ahogados. Cuando vieron las luces del poblado, los sobrevivientes desembarcaron, pero furiosos contra sus oficiales blancos, amenazaron con matarlos. El Padre Marcel los calmó y los alojó en las aulas.
Ahora bien, semanas más tarde, los chicos cayeron enfermos con cuarenta grados de fiebre: era la fiebre amarilla. La breve estadía de los sara, portadores sanos del virus, bastó para que los mosquitos transmitiesen la enfermedad, mortal para los adultos. El Padre Paul Lemaire, que se desvelaba por los enfermos, fue la primera víctima: murió en la vieja casona de los Padres el 2 de marzo de 1941, seguido de cerca por el Padre Auguste. Era la desolación. Las Hermanas también cayeron enfermas. Se impuso la cuarentena en la misión y se quemó azufre en todos los edificios, comenzando por la iglesia, cuyas hermosas arañas quedaron arruinadas. Hubo que talar los plátanos del Hermano Honor. ¡Qué gran prueba para el Padre Marcel!.
Movilizado contra los italianos. Separación moral
Pero el Padre Marcel Lefebvre no era de los que se lamentaban estérilmente; el Padre jéróme Mba-Békale ocupó el puesto del Padre Auguste, y Donguila recuperó su vida ordinaria, la cual, sin embargo, se vio perturbada un poco después por la movilización del Padre Marcel, esta vez contra los italianos, «que venían, al parecer, de Libia. ¡Pero a los italianos no los vimos nunca!».



jueves, 17 de agosto de 2017

EL KAHAL ORO. HUGO WAS



(EL KAHAL)
(Primera parte)
Dos enemigos en la Sinagoga
El 15 de septiembre de 1887 se levantó el censo de Buenos Aires.
Sobre 433,000 habitantes, aparecieron 366 israelitas, reconcentrados en los barrios del norte y del oeste, en el triángulo que forman las calles de Córdoba y Junín, cortadas al sesgo por el Paseo de Julio.
Ha pasado casi medio siglo. ¿Cuántos son ahora? Lo ignoramos, porque una necia preocupación liberal ha borrado de las planillas de los censos, la pregunta sobre la religión de los censados.
Al pobre estadígrafo a quien se le ocurrió la idea de eliminar ese dato, con una inspiración; digna del boticario Homais, le interesaba más saber cuántos cretinos, tuertos y músicos ambulantes hay en Buenos Aires, que cuántos católicos, protestantes, budistas o teósofos.
En el fondo, lo que deseaba era ocultar oficialmente esta vigorosa realidad argentina: que el país, por inmensa mayoría, es católico.
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(1) Esta nueva edición contiene los dos tomos que en la primera se publicaron bajo el título de
"El Kahal" y "Oro".
Lo cierto es que aquel triángulo se ha extendido ahora sobre kilómetros y kilómetros, hacia el oeste y el sur, y en las vecindades de Callao y Corrientes hay manzanas que hoy contienen más judíos que toda la ciudad en 1887.
Basta ver las calles, al atardecer, cuando los niños vuelven de las escuelas y los viejos se asoman al umbral. Arden las cabelleras de color pimentón de las pequeñas Rebecas y Sarahs, entre las barbas talmúdicas de Salomón, Jacobo y Levy.
Hacia 1887, uno de los más relumbrosos levitones del Pasee de Julio era el de Zacarías Blumen.
Desde hacía cuatro o cinco lustros habitaba tres piezas de la planta baja, con recova, en ese antiguo Hotel Nacional, que existió hasta hace muy poco, esquina de la calle Corrientes, en cuya arcaica muestra se leían estas palabras impresionantes:
"Fundado en 1830". Un siglo ha durado ese hotel aquí, donde una casa envejece en veinte años y una constitución se desacredita a los cincuenta.
A la puerta de su tienda, Blumen tenía suspendida una caña, que los transeúntes se habían acostumbrado a ver, sin explicarse su significado.
Era la Mezuza, que al entrar o salir, tocaba con tres dedos de la mano derecha, que luego besaba.
Esa caña encerraba un pergamino, en que un copista, con la admirable escritura ritual, que no tolera defecto alguno, había escrito seis versículos del Deuteronomio, comenzando por el que dice: "Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es uno... "
Zacarías Blumen, es aquel Matías Zabulón que, con David su hermano mellizo fueron proveedores del ejército aliado durante la guerra del Paraguay, en 1867.                                 

Luego habrá ocasión de referir por qué Matías cambió de nombre y David desapareció.
Con su nueva firma Zacarías fundó una casa de cambio de moneda en la recova del Hotel Nacional. Su clientela principal fueron los marineros y la gente de ultramar, que pululaban en las cercanías del puerto.
Vendiéndoles rubios y zlotis, libras y dólares y hasta monedas asiáticas y africanas, prosperó de tal modo, que a los poco, años pudo instalar un verdadero banco en la calle Reconquista.
No por eso abandonó la recova. Allí se casó con Milka Mir, la de los ojos color de aceituna, que cincuenta años después, se hicieron famosos entre las pestañas negras de Marta Blumen, su nieta.
El gran mundo, que no conoció a Milka, se preguntaba: ¿De dónde saca Marta Blumen esos ojos felinos, soñadores y crueles? Y allí, en el tenducho de la recova, nació el segundo Zacarías Blumen, padre de Marta, el que había de ser, andan de del tiempo, el hombre más rico de Sud América.
Es justo "decir, en honra del primero de los Blumen, que él preparó la grandeza de su hijo y echó los sólidos cimientos de fantástica fortuna.
Vamos a leer su historia.
Una tarde, en el invierno de aquel año, Zacarías Blumen cerró las puertas de hierro de su banco y fué al Hotel Nacional a recoger ciertos papeles.
Levitón negro, relumbroso en codos y omoplatos. Pastelito de felpa, color pasa de uva, cubriendo un cráneo piramidal, mezquinamente guarnecido de cabellos, que descendían en dos tirabuzones sobre las pálidas orejas. Pantalones estrechos y como fundas de clarinetes, cuyos bordes luidos apenas llegaban a la caña de los botines elásticos.
Tez pálida, con la palidez ritual de un cabrito después que o ha sangrado, para que sea koscher (puro) y puedan comeros fieles. Ojos como dos pedazos de hulla, vivos, escrutadores. Barbas retintas y manos suaves, largas, alabastrinas, de uñas enlutadas El Talmud, que dispone minuciosamente cómo deben vivir los judíos, prescribe frecuentes abluciones. Hay que lavarse las manos al levantarse y antes de sentarse a la mesa, pero nada dice de las uñas. Por ello, sin violar la ley ni los Profetas, un buen hijo del Talmud puede llevarlas de cualquier color.                               

AVENIDA 9 DE JULIO. BUENOS AIRES ARGENTINA
La calle Corrientes tiene, a la altura del Hotel Nacional, una agria pendiente, señal de antigua barranca: hasta ese punto llegaba el Río de la Plata hace tres cuartos de siglo.
Zacarías Blumen asciende la rampa, casi pegadito a las paredes, con el andar silencioso y veloz de la cucaracha.
Al llegar a la esquina de la calle 25 de Mayo, siente la correcta del tranvía.
Hace señas y salta a la plataforma, se sienta en la banqueta y extrae su portamonedas, para pagar el viaje, con un mugriento billetito de cinco centavos.
El boletero lo reconoce.
-¡Qué milagro por aquí, don Zacarías!
El banquero responde sonriendo:
-Un paseíto a las quintas para tomar aire.
Las quintas, los caserones coloniales, de vecinos pudientes, con inmensas huertas, y jardines, que a veces ocupaban una manzana entera, estaban en su mayoría al oeste de la ciudad. Pero ya escaseaban, pues el crecimiento de la población obligaba a los propietarios a subdivididas y a venderlas, para aprovechar la enorme valorización de los solares.
Sin embargo, decíase "ir a las quintas" cuando uno salía rumbo al oeste.
En realidad Zacarías Blumen se dirigía a la Sinagoga, donde esa tarde, mejor diríamos esa noche, pues ya se encendía el gas en los faroles públicos, iban a tratar un asunto que le importaba; la venta de la casa solariega de los Adalid, un cuarto de manzana en plena calle Florida.
Extraña y peligrosa costumbre judía, esas ventas que se llaman Hazaka y Meropiié, y se realizan conforme al Talmud, en el secreto de la Sinagoga y en presencia de los grandes dignatarios de la nación. La Sinagoga es dueña virtual de los bienes poseídos por idólatras (pueblos no
judíos) y tiene derecho de ofrecerlos a sus fieles si alguno de ellos lo pide, y de venderlos al mejor postor.
El adquirente paga a la Sinagoga una suma de la que ni un centavo llega al propietario idólatra. Verdad es que éste continúa en posesión de su casa o de su campo, ignorante de la original subasta de que ha sido objeto.
La Sinagoga sólo se obliga, por el precio que recibe, a notificar a los judíos de la ciudad y del mundo entero, la operación que se ha realizado, para que se abstenga, hasta la consumación de los siglos, de pretender la cosa adjudicada, ni comprándola directamente al propietario, según las leyes del país.
Sobre ella sólo tendrá derechos, en adelante, a los ojos de los judíos, el que la adquirió en la Sinagoga.
Y tal notificación implica, además, la prohibición de negociar con el propietario. Solamente el que ha cumplido el privilegio puede prestarle dinero o tratar con él. Lo cual, no significa nada en un país donde Israel no tiene mayor influencia, pero equivale a la ruina a largo plazo, en un país donde el comercio, la prensa y los bancos están visiblemente manejados por los judíos.
Los caballejos del tranvía, cabezas gachas, van pespunteando el camino, a lo largo de las calles.
Esquina de Florida. Justamente la casa de los Adalid, bajo la desabrida luz del gas, en el sitio de las tiendas de lujo, donde se realizan los mejores negocios, y cada vara de terreno cuesta un ojo de la cara.
El banquero Blumen siente la atracción de Florida, torbellino viviente, Maelstrom que bombea la riqueza y la fantasía de todo el país.
Hormiguean los peatones, mientras los suntuosos carruajes se atropellan en la calzada.
Realmente parece un desatino el pretender la casa solariega de una de las más ricas familias argentinas. Blumen sabe que así pensarán todos y espera no encontrar rivales, que hagan subir el precio.
Quiere instalar su banco en Florida, con un inmenso letrero de luces que arroje su nombre como un insulto sobre la ciudad, que ahora se reiría de él, si adivinara sus pensamientos. Pero mañana temblará bajo su garra de financista.
Hace veinte años que vive en el país. Apenas habla su lengua, mas ya en sus venas blancas siente ardores de dueño y señor.
"¡Florida será mía! ¡Y después, Buenos Aires será de mis hijos y después, 'la nación entera de los hijos de mis hijos!"
No faltarán hasta en los miembros del ghetto (barrio judío), quienes lo crean loco de ambición o de avaricia.
¡Peor para ellos, que no ven el porvenir de Israel en un; país que, con virginal inexperiencia y desde la primera hoja de su Constitución, se ofrece a todas las razas del mundo romo una granada que se parte! Todas las razas no son igualmente temibles, porque no todas son igualmente capaces para las conquistas modernas.
Ha concluido la misión de la espada. Ha pasado la era de los cartagineses, romanos, árabes, españoles, franceses, hombres de hierro y de sangre, vencidos y aplastados por las ideas económicas.
Mejor que la espada, el fusil; mejor que el fusil, el cañón; mejor que el cañón, el oro. Quien maneje el oro, mandará más que César, más que Felipe II, más que Napoleón.
Pero así como no todas las razas fueron capaces de manejar la espada, no todas son capaces de manejar el oro.
Esto piensa Blumen, encorvado sobre el asiento. ¡Parécele sentir el carro del Anticristo, sobre ruedas de oro, tirado por los economistas cristianos
-¡Dentro de medio siglo habrá llegado! ¡Y será el Mesías! Su agitación esta! que otros pasajeros lo notan y el boletero se le acerca.
-¿Está enfermo, don Zacarías?
El banquero lo mira, atolondrado, completamente en la luna, y sin responderle se agacha y vuelve a soñar.
En las bocacalles hay un farol, debajo del cual algún impaciente, que acaba de comprar un diario de la tarde, "El Nacional", o "Sud América", devora las noticias. El oro sube, las acciones en la Bolsa bajan, en la Cámara de Diputados se pronunciar discursos amenazantes. Rumores de revolución. Las horas del gobierno están contadas.
Zacarías Blumen sueña que algún día sus hijos o los hijos de sus hijos serán diputados o ministros; tal vez uno de ellos presidente de la república. Toda su fortuna y todo el poder de la Sinagoga se arrojarán en el platillo de la balanza. ¿Quién podrá vencerlo? En verdad, no tiene más que un hijo, linfático muchachito de trece años, que ha heredado su nombre, sus venas blancas, su nariz fina. Pero cuando él se case, con una muchacha argentina, cristiana de religión, ella será más fecunda que 'la bella Milka Mir.
La estridente cometa del mayoral rompe el frágil tul de sus visiones. El sueño y el viaje han terminado. Desciende. Calle lóbrega, con aceras de ladrillo y calzada de tierra, la calle de la Sinagoga, casi en los extramuros del oeste.
Los pocos zaguanes vecinos cerrados a esa hora. Un farolito, de trecho en trecho, y algunas sombras, que se deslizan a lo largo de las paredes y de pronto se hunden en mayor oscuridad.
Zacarías piensa: Cuando solamente la mitad del oro del mundo, esté en manos judías, la Sinagoga, o más propiamente, el Gran Kahal de París o de Nueva York, con un solo signo, podrá desencadenar tan grande crisis en el mundo, que las naciones cristianas perezcan de hambre y se vendan ellas mismas a Israel.
Y se cumplirán las promesas del misterioso Salmo 47, que los judíos leen siete veces el día de año nuevo (Rosch Haschama) entre los horripilantes aullidos de un cuerno de carnero que sólo esa vez se toca: "Pueblos, batid palmas y celebrad a Dios con gritos de alegría. Porque Jehovah, el Altísimo, someterá y arrojará a vuestros pies a todas las naciones."
Con esto llegó a la puerta de la Sinagoga, que miraba al occidente, y estaba entornada. La empujó, haciendo deslizarse la piedra que la mantenía, entró y volvió a cerrada.
Es el vetusto caserón de una quinta, lugar de recreo de algún rico, en tiempos de los españoles. Entonces, aquel punto de la ciudad era la plena campaña y las casas tenían humos de fortalezas, con sus espesos paredones, sus sólidas rejas, sus puertas infranqueables.
Una lámpara a kerosene colgada en el zaguán, apenas alumbraba el primer patio, circundado de galerías con gruesos rilares. Luego otro zaguán y otra lámpara, que oscila en el viento; un segundo patio sin galerías, con un aljibe y un parral, a manera de toldo; y más allá, detrás de una tapia, la huerta de naranjos, tan sombría, que ya al atardecer causa miedo.
Allí está la Sinagoga; y allí funcionan los dos supremos tribunales que mantienen la unidad y la fisonomía de los judíos: el Kahal y el Beth-Din.
Los cristianos piensan que ser judío es profear la religión judaica. No se imaginan que es otra cosa: que es pertenecer a una nación distinta de aquella en que se ha nacido o se vive.
Suponen que la Sinagoga no es más que el templo del culto israelita. Ignoran que es, además, su Casa de gobierno, su Legislatura, su Foro, su Tribunal, su Escuela, su Bolsa y su Club.
La Sinagoga es la clase de uno de los hechos más sorprendentes de la historia.
Los fenicios, los caldeos, los asirios, los egipcios, los me· das, los persas, los cartagineses, han desaparecido.
mientras que los judíos, sus contemporáneos y alguna vez sus siervos, han perforado los siglos, han llegado a nosotros, y con admirable orgullo nacional, se proclama el pueblo anunciado por la Sagrada Escritura para dominar el mundo.
De la antigüedad, anegada en el diluvio de los pueblos cristianos, no queda más que la Sinagoga, insumergible, como el arca de Noé, con su tripulación escogida, sus leyes, sus costumbres, sus ritos, su sangre, y hasta las líneas indelebles de su rostro.
La Sinagoga es el alma del judaísmo.
Y el alma de la Sinagoga no es la Biblia, es el Talmud.
Y el alma del Talmud es el Kahal.
Pero, ¿quién sabe, sobre todo, quién osa explicar exacta mente lo que es el Kahal? En un ángulo de aquella vieja mansión de galerías enladrilladas y patio con aljibe y parral, había un pedazo de pared sin revoque, en memoria de Jerusalén y su templo destruido y un letrero que decía: Zescher la shorban (recuerdo de la desolación).
Y en otra esquina un largo tronco de palmera, que asomaba, como un mástil, por arriba de los techos.
Solamente quienes conocían el ritual comprendían su sentido. La Sinagoga, donde funciona el sagrado Kahal, tiene que ser la construcción más alta de la ciudad.
Cuando no pueden levantar una torre, erigen un mástil.
Los rabinos son los más ingeniosos casuistas del mundo.
El mástil era una solución allá por 1887. Ahora no basta, por culpa de los rascacielos, cada día más audaces. ¿Dónde hallar palmeras más altas que un vigésimo piso? Y los rabinos se han vuelto a sumergir en el estudio de la Mischna, que es la Ley escrita, y de la Guemara, comentarios de la Ley por los antiguos rabinos. Y ciertamente en esa vasta colección de libros que forman la Mischna y la Guemara, y a la cual se da el nombre de Talmud, acabarán por hallar algún versículo que los libre de rehacer sus sinagogas.
Entretanto-recurso de emergencia-, han discurrido alquilar, para ciertas ceremonias, el último piso del más alto rascacielo de la ciudad, que las más de las veces, pertenece a un buen hijo del Talmud.
¿Qué son, pues, el Kahal y el Beth Din? Desde que un judío toca los umbrales de la vida, hasta que sus despojos, lavados con agua en que se han hervido rosas secas y envueltos en un taled se encierran en la “casa de los vivos” (Beth hachaim), vive secretamente sometido al Kahal.
Tribunal misterioso, como una sociedad de carbonarios, existe dondequiera que hay judíos.
Si son pocos y la comunidad es pobre, se le llama Kehillah.
Si son muchos y tienen rabino y Sinagoga, ya es un Kahal, que manda sobre todo los Kehil1ahs de la región.
Y si se trata de una capital populosa, donde habitan millaales de hebreos, se instala un Gran Kahal, con jurisdicción sobre todos los Kahales del país.
Hace medio siglo, los trescientos y tantos judíos de Buenos Aires no hubieran obtenido en Europa o en los Estados Unidos más que un modesto Kehillah. Sin embargo, concedióseles un verdadero Kahal, en atención a las riquezas del país y a las ilimitadas perspectivas que sus leyes sabias y generosas y su hospitalaria población ofrecen al pueblo de Sión.
Esperanzas que no se defraudaron. Hoy Buenos Aires tiene la honra de poseer un Gran Kahal, la suprema autoridad de innumerables Kahales y Kehillahs erigidos en ciudades y pueblos argentinos, que sólo dependen a su vez, del Gran Kahal de Nueva York, verdadero Vaticano judío.
Aunque sean varios los miembros del Kahal, la acción se la imprime el más enérgico; y ése puede ser un ilustre Rosch (jefe), un Gran Rabino o un simple 1kur (vocal) y hasta un modesto Schemosch (secretario) que se haya hecho conferirla temible facultad de perseguidor secreto, o sea de ejecutor de las altas decisiones del tribunal.
El Kahal es un soberano invisible y absoluto.
Comercio, política, religión, vida privada en sus detalles más minuciosos (relaciones entre padres e hijos, entre marido y mujer, entre amos y criados) todo está regido por el Talmud y controlado por el Kahal, que es su expresión comcreta
                                                        
Clásica familia judía 

miércoles, 16 de agosto de 2017

EL SANTO ABANDONO. DOM VITAL LEHODEY

                                                         


3. OBEDIENCIA A LA VOLUNTAD DE DIOS SIGNIFICADA
La obediencia a la voluntad de Dios significada es, por consiguiente, el medio normal para llegar a la perfección. Y no es que queramos desestimar, ni mucho menos, la sumisión a la voluntad de beneplácito, antes proclamamos su alta importancia y su influencia decisiva. Pues Dios con esa su voluntad nos depara y escoge los acontecimientos en vista de nuestras particulares necesidades, prestando de esta manera a la acción benéfica de nuestras reglas un apoyo siempre utilísimo y a veces un complemento necesario; apoyo y complemento tanto más precioso cuanto nos es más personal, al contrario de las prescripciones de nuestras reglas, que por fuerza han de ser generales. Sin embargo, no es menos cierto que la obediencia a la voluntad significada sigue siendo, en medio de los sucesos accidentales y variables, el medio fijo y regular, la tarea de todos los días y de cada instante. Por ella es preciso comenzar, por ella continuar y por ella concluir.
Hemos juzgado conveniente recordar esta verdad capital al principio de nuestro estudio, a fin de que los justos elogios que han de tributarse al Santo Abandono no exciten a nadie a seguirle con celo exclusivo, como si él fuera la vía única y completa. Forma, a no dudarlo, una parte importante del camino, pero jamás podrá constituir la totalidad. De otra suerte, ¿para qué guardamos la obediencia? Al descuidaría nos perjudicaríamos enormemente, sobre todo si se atiende a que durante todo el día, desde que el religioso se levanta 20 hasta que se acuesta, casi no hay momento en que le deje de la mano y en que no lo dirija con alguna prescripción de regla; además, que la voluntad de Dios sea significada de antemano o declarada en el curso de los acontecimientos, siempre tiene la obediencia los mismos derechos e impone los mismos deberes y no nos es dado escoger entre ella y el abandono; ambos deben ir de acuerdo y en unión estrechísima.
Ofrécese la oportunidad de señalar aquí ciertas expresiones peligrosas. Decir, por ejemplo, que Dios «nos lleva en brazos» o que nos hace adelantar «a largos pasos» en el abandono, y al revés que nosotros damos «nuestros cortos pasos» en la obediencia, ¿no es acaso rebajar el precio de ésta y encarecer con exceso el valor del primero? Si sólo se considera su objeto, la obediencia, es cierto, nos invita por lo regular a dar pasos cortitos; mas, pudiéndose contar éstos por cientos y por miles al día, su misma multiplicidad y continuidad nos hacen ya adelantar muchísimo.
La constante fidelidad en las cosas pequeñas está muy lejos de ser una virtud mediocre; antes bien, es un poderoso medio de morir a sí mismo y de entregarse todo a Dios; es, llamémosle con su verdadero nombre, el heroísmo oculto. Por
lo demás, ¿qué impide que nuestros pasos sean siempre largos y aun más largos? Para ello no es necesario que el objeto de la obediencia sea difícil o elevado, basta que las intenciones sean puras y las disposiciones santas. La Santísima Virgen ejecutaba acciones en apariencia vulgarísimas, mas ponía en ellas toda su alma, comunicándoles así un valor incomparable. ¿No podríamos, en la debida proporción, hacer nosotros otro tanto? El abandono a su vez se ejercitará más frecuentemente en cosas menudas que en pruebas fuertes. Además, no es cierto que Dios por su voluntad de beneplácito nos «lleve en brazos» y nos haga avanzar sin trabajo alguno de nuestra parte.
Ordinariamente al menos, pide activa cooperación y personal esfuerzo del alma, cuyo espiritual aprovechamiento guarda relación con esa su buena voluntad. Y al revés, ocasiones habrá en que por desgracia contrariemos la acción de Dios, enorgulleciéndonos en 1a prosperidad, rebelándonos en la adversidad; en cuyo caso también caminaremos a largos 21 pasos, pero hacia atrás.
Dos cosas dejamos, pues, asentadas: primera, que debemos respetar ambas voluntades divinas, esto es, obedecer generosamente a la voluntad significada y abandonarnos con confianza a la de beneplácito; y segunda, que así en la obediencia como en el abandono Dios no quiere en general santificarnos sin nosotros; siendo, por tanto, necesario que nuestra acción concurra con la divina, y ello en tal forma que la buena voluntad venga a ser la indicadora de nuestro mayor o menor progreso.
4. CONFORMIDAD CON LA VOLUNTAD DE BENEPLÁCITO
Al reservar el nombre de obediencia para indicar el cumplimiento de la voluntad significada, y el de la conformidad  para indicar la sumisión al beneplácito divino, hemos creído seguir el uso más generalizado; con todo, preciso es reconocer que reina una gran divergencia sobre este punto.
San Alfonso en particular expresa frecuentemente las dos cosas bajo el nombre de conformidad. Será, pues, necesario atender al contexto para ver en qué sentido toman los autores estos términos.
Como todas las demás virtudes, la conformidad con la Providencia, o la sumisión al beneplácito de Dios, abarca muchos grados de perfección, ora se mire la acción más o menos generosa de la voluntad, ora se considere el motivo más o menos elevado de esta adhesión.
1º Tomando por base de esta clasificación la generosidad con que adaptamos nuestro querer al de Dios, el P. Rodríguez reduce estos grados a tres: «El primero es cuando las cosas de pena que suceden, el hombre no las desea ni las ama, antes las huye, pero quiere sufrirías antes que hacer cosa alguna de pecado por huirías.
Este es el grado más ínfimo y de precepto; de manera que aunque un hombre sienta pena, dolor y tristeza con los males que le suceden, y aunque gima cuando está enfermo y dé gritos con la vehemencia de los dolores, y aunque llore por la muerte de los parientes, puede con todo eso tener esta conformidad con la voluntad de Dios.
»El segundo grado es cuando el hombre, aunque no desea los males que le suceden, ni los elige, pero después de venidos los acepta de buena gana por ser aquélla la voluntad y el beneplácito de Dios: de manera que añade este grado al primero, tener alguna buena voluntad y algún amor a la pena por Dios, y el quererla sufrir no solamente mientras está de precepto obligado a sufrirla, sino también mientras el sufrirla fuera más agradable a Dios. El primer grado lleva las cosas con paciencia; este segundo añade el llevarlas con prontitud y facilidad.
»El tercero es cuando el siervo de Dios, por el grande amor que tiene al Señor, no solamente sufre y acepta de buena gana las penas y trabajos que le envía, sino los desea y se alegra mucho con ellos, por ser aquélla la voluntad de Dios».
Así es como los Apóstoles se regocijaban de haber sido juzgados dignos de padecer ultrajes por el nombre de Jesús, y San Pablo rebosaba de gozo en medio de sus tribulaciones.
¿Nos será permitido observar que el amor de donde procede el segundo grado puede muy bien ser el amor de esperanza, y que la diferencia entre este segundo grado y el tercero tal vez estuviera declarada mejor de otro modo? Esta clasificación es comúnmente admitida, de suerte que aun variando los detalles, según los autores, el fondo es el mismo. La encontramos ya en nuestro Padre San Bernardo, y hasta nos parece que nadie ha estado tan acertado como él, ni en precisar los grados ni en señalar los motivos. Recuerda las tres vías clásicas de los principiantes, de los proficientes y de los perfectos, asignándoles por móviles respectivos, el temor, la esperanza y el amor; y luego añade: «El principiante, impulsado por el temor, sufre la cruz de Cristo con paciencia; el proficiente, impulsado por la esperanza, la lleva con gusto; el que está consumado en la caridad la abraza ya con amor».
2º Atendiendo al motivo de nuestra conformidad con el beneplácito de Dios, distinguiremos la que proviene de puro amor, y la que procede de cualquier otra causa sobrenatural.
En opinión de San Bernardo, a los principiantes que no poseen por lo general sino la simple resignación, esta conformidad les viene del temor; los proficientes, en cambio, llevan la cruz con gusto, y su conformidad es más elevada que la anterior y tiene por causante la esperanza; los perfectos abrazan la cruz con ardor, y esta perfecta conformidad es el fruto del amor divino.
Entiéndese fácilmente que el temor basta para producir la simple resignación; mas para que la sumisión crezca en generosidad, para que suba hasta el gozo menester es suponer un desasimiento más completo, una fe más viva, una confianza en Dios más firme. Con todo no es necesariamente hija del puro amor, ya que a tales alturas puede muy bien elevarnos el deseo de los bienes eternos. Un alma ansiosa del cielo tendrá por gran dicha las pequeñas pruebas y aun las grandes tribulaciones, según se hallare de penetrada por las seductoras promesas del Apóstol. «No son de comparar los sufrimientos de la vida presente con la futura gloria que se ha de manifestar en nosotros. Nuestras tribulaciones tan breves y ligeras nos producen el eterno peso de una sublime e incomparable gloria».
Hay, en fin, la conformidad por puro amor, que es en sí la más perfecta, porque nada hay tan elevado, delicado, generoso y perseverante como el amor sobrenatural. Ahora bien, puesto que la caridad es para todos un mandamiento, no hay al parecer, un solo fiel que no pueda emitir, al menos de cuando en cuando, actos de conformidad por amor, actos que él producirá mejor y con más gusto, conforme fuere creciendo en caridad. Y aun día vendrá cuando, viviendo principalmente por puro amor, también por puro amor se conforme con las disposiciones de la Providencia, por lo menos de una manera habitual. Más también, así como el alma adelantada puede elevarse de continuo en el amor santo, así igualmente podrá crecer sin cesar en la conformidad que nace del amor.
Esto supuesto, ¿qué lugar ocupa el Santo Abandono entre los mencionados grados de espiritual conformidad? Indudablemente, el más encumbrado, y eso ya se mire a la generosidad de la sumisión, ya al móvil de la misma.
Si se atiende a la generosidad, el Santo Abandono sólo parece hallarse satisfecho en el grado superior; no así el primer grado, es decir, en resignación, que no sube tan alto, y que basta para la simple vida cristiana, pero no para la vida perfecta, eso fuera de que no implica el total desasimiento y la total entrega de la voluntad que es inherente al abandono; y lo mismo se diga de lo que hemos llamado segundo grado, que con ser más generoso que el anterior aún carece del completo desapego, sin el cual no podría el alma mostrarse indiferente a todo y poner enteramente su voluntad en manos de la Providencia.

lunes, 14 de agosto de 2017

RUSIA Y LA IGLESIA UNIVERSAL


IV. ÉL ALMA DEL MUNDO PRINCIPIÓ DE LA CREACIÓN,
DEL ESPACIO, DEL TIEMPO Y DE LA CAUSALIDAD MECÁNICA (continuación)

El principio abstracto de la extensión es que dos objetos, dos partes del todo, no pueden ocupar a la vez un solo y mismo lugar y que, igualmente, un solo objeto, una sola parte del todo no puede hallarse simultáneamente en dos lugares diferentes. Esta es la ley de la división o de la exclusión objetiva entre las partes del todo.
El principio abstracto del tiempo es que dos estados interiores de un sujeto (estados de conciencia, según la moderna terminología) no pueden coincidir en un solo momento actual, y que, igualmente, un solo estado de conciencia no puede conservarse como actualmente idéntico en dos momentos diferentes de la existencia. Esta es la ley de la disyunción perpetua de los estados interiores en todo sujeto.
En virtud del principio abstracto de la causalidad mecánica, ningún acto ni fenómeno se produce espontáneamente o de por sí, sino que es determinado completamente por otro acto o fenómeno que a su vez es efecto de un tercero, y así sucesivamente. Es la ley de la vinculación puramente exterior y ocasional de los fenómenos.
Es fácil comprender que estos tres principios o leyes no expresan nada más que un esfuerzo general tendiente a fraccionar y a disolver el cuerpo del universo, privándolo de todo nexo interior y a sus partes de toda solidaridad. Este esfuerzo o tendencia constituye el fondo mismo de la naturaleza extradivina o caos. Un esfuerzo supone una voluntad, y toda voluntad, un sujeto psíquico o alma. Como el mundo que esta alma se esfuerza por producir —el todo fraccionado, desunido y solo vinculado con un lazo puramente exterior— es lo opuesto o el reverso de la totalidad divina, el alma del mundo es también lo opuesto o el anticipo de la esencial Sabiduría de Dios. Esta alma del mundo es una criatura y la primera de todas las criaturas, la materia prima y el verdadero substratum de nuestro mundo creado.
Como lo hemos dicho, nada puede subsistir real y objetivamente fuera de Dios; en consecuencia, el mundo extradivino nada más puede ser que el mundo divino subjetivamente traspuesto e invertido, es decir, un aspecto falso o representación ilusoria de la totalidad divina. Pero esta misma existencia ilusoria exige un sujeto que se coloque en un falso punto de vista y produzca en sí la imagen desfigurada de la verdad.
Como este sujeto no puede ser Dios ni su Sabiduría esencial, debe admitirse, como principio de la creación propiamente dicha, un sujeto distinto, un alma del mundo (2). En cuanto criatura ésta no existe eternamente en sí misma, pero existe de toda eternidad en Dios, en estado de potencia pura, como base oculta de la Sabiduría eterna. Esta Madre posible y futura del mundo extradivino corresponde, como complemento ideal, al Padre eternamente actual de la Divinidad.
En su calidad de potencia pura e indeterminada, el alma del mundo tiene un doble y variable carácter: la dualidad indefinida (el aoristos dyas); puede querer existir para sí, fuera de Dios, puede situarse en el falso punto de vista de la existencia caótica y anárquica, pero también puede anonadarse ante Dios, vincularse libremente al Verbo divino, reducir toda la creación a la unidad perfecta e identificarse con la Sabiduría eterna. Pero para lograrlo, el alma del mundo debe antes existir realmente como distinta de Dios, El Padre eterno la creó, pues, reteniendo el acto de su omnipotencia que suprimía de toda eternidad el deseo ciego de la existencia anárquica.
Convertido en acto, este deseo manifestó al alma la posibilidad del deseo opuesto; y así el alma misma recibió, como tal, una existencia independiente, caótica en su actualidad inmediata, pero capaz de transformarse en su contrario.        

Después de haber concebido el caos, después de haberle dado una realidad relativa (para sí), el alma concibe el deseo de liberarse de la existencia discordante, que se agita sin razón ni objeto en un tenebroso abismo. Atraída en todo sentido por fuerzas ciegas que se disputan la existencia exclusiva; desgarrada, fraccionada y pulverizada en innumerable multitud de átomos, el alma del mundo experimenta el deseo, vago pero profundo, de la unidad. Con este deseo atrae la acción del Verbo (lo divino activo o en su manifestación) que se revela a ella en el principio, en la idea general e indeterminada del universo, del mundo uno e indivisible. Esta unidad ideal, que se realiza sobre el fondo de la extensión caótica, toma la forma del espacio indefinido o inmensidad. El todo reproducido, representado o imaginado por el alma en su estado de división caótica, no puede dejar de ser todo ni perder su unidad por completo. Y, puesto que sus partes no quieren completarse y penetrarse en una totalidad positiva y viviente, se ven obligadas, sin dejar de excluirse mutuamente, a permanecer juntas a pesar de todo, a coexistir en la unidad formal del espacio indefinido, imagen puramente exterior y vacua de la totalidad objetiva y substancial de Dios.
Pero no basta al alma la inmensidad exterior. Ella quiere lograr también la totalidad interior dé la existencia subjetiva. Esta totalidad, eternamente triunfante en la trinidad divina, queda impedida, para el alma caótica, por la sucesión indeterminada de momentos exclusivos e indiferentes denominada tiempo, Este falso infinito, que encadena al alma, la determina i desear el verdadero, y a este deseo responde el Verbo divino con la sugestión de otra idea. En su acción sobre el alma, la trinidad suprema se refleja en el torrente de la duración indefinida bajo la forma de los tres tiempos. Al querer realizar para sí la actualidad total, el alma se ve obligada a completar cada momento dado de su existencia con el recuerdo, más o menos borroso, de un pasado sin comienzo y con la expectativa, más o menos vaga, de un porvenir sin ñn.
Y, como base profunda e inmutable de esta relación variable, quedan fijados para el alma bajo la forma de los tres tiempos, sus tres estados principales, sus tres posiciones respecto de la Divinidad. El estado de su absorción primitiva en la unidad del Padre eterno, su subsistencia eterna en El cómo pura potencia o simple posibilidad, queda definida como pasado del alma. El estado de su separación de Dios, a causa de la fuerza ciega del deseo caótico, constituye su Presente.
Y el retorno a Dios, la reunión con El, viene a ser el objeto de sus aspiraciones y de sus esfuerzos, su porvenir ideal.
Así como por cima de la división anárquica de las partes extensas, el Verbo divino establece para el alma la unidad formal del espacio; como sobre el fondo de la sucesión caótica de los momentos, El produce la trinidad ideal de los tiempos, así también, a base de la causalidad mecánica, manifiesta la solidaridad concreta del todo en la ley de la atracción universal, qu« reúne, mediante una fuerza interna, las' dispersas fracciones de la realidad católica, para hacer de ésta un solo cuerpo compacto y sólido, primera materialización del alma del mundo, primera base de operación para la Sabiduría esencial.
De esta manera, en el esfuerzo ciego y caótico que impone al alma una existencia indefinidamente dividida en sus partes, exclusivamente sucesiva en sus momentos y mecánicamente determinada en sus fenómenos ; en el deseo contrario del alma misma que aspira a la unidad y a la totalidad, y en la acción del Verbo divino que responde a este deseo, de la combinada operación de estos tres agentes, recibe el mundo inferior extradivino su realidad relativa o, según la expresión bíblica, son echados los fundamentos de la tierra.
Pero tanto la Biblia como la razón teosófica (3), en la idea de la creación no separan el mundo inferior del mundo superior, la tierra de los cielos.
Hemos visto, en efecto, cómo a Sabiduría eterna evocaba las posibilidades de la existencia irracional y anárquica para oponerles manifestaciones correspondientes del poder, la verdad y la bondad absolutas.
Estas reacciones divinas, que no son más que juego en la vida inmanente de Dios, se fijan y convierten en existencias reales cuando las posibilidades anti divinas que las provocan dejan de ser puras posibilidades.
Y así, a la creación del mundo inferior o caótico necesariamente corresponda la creación del mundo superior o celeste: (Bere hith hara aeolim eth hashamayim v'eth ha'arets.)
(1) Inmanente respecto de Dios y trascendente respecto de nosotros.
(2) Esta teoría del alma del mundo es una reminiscencia platónica, pero genialmente insertada en la cosmogonía cristiana y librada de todo maniqueísmo, más o menos implícito, al Sfujetarla a la doctrina de la creación ex-nihilo. (N. del T.)
(3) Debe advertirse que «teoscfico», en la doctrina de Solovief, corresponde a un sentido totalmente tradicional sin relación alguna con las absurdas concepciones (encerradas bajo el nombre de «teosofía», por Ja aventurera Blavaski)

V. EL MUNDO SUPERIOR. LA LIBERTAD DE LOS PURO ESPÍRITUS.
Será a necesario desconocer en absoluto el genio de la lengua hebrea, así como el espíritu general del antiguo Oriente, para creer que aquellas palabras iníciales del Génesis no ofrecen más que un adverbio indeterminado, como nuestros modernos vocablos: En el principio, etc. Cuando el hebreo empleaba un sustantivo, lo tomaba en serio, es decir, pensaba efectivamente en un ser u objeto real designado por el sustantivo.
Ahora bien: es indiscutible que el vocablo hebreo re'shith, que se traduce: arche, principium, es un verdadero substantivo del género femenino. El masculino correspondiente es rosh, capul, cabeza. Este último término es empleado, en sentido eminente, por la teología judaica, para designar a Dios, cabeza suprema y absoluta de todo lo que existe.



domingo, 13 de agosto de 2017

DOMINGO X DESPUES DE PENTECOSTES

                                            



INTROITO Salmo 54.17-23,2-3
YO LLAMO al Señor, y él oye mi voz; me libra de los que marchan contra mí ; él, que reina desde toda la eternidad, los humilla. Pon tu suerte en las manos del Señor; él te sustentará. SI. Da oídos, Señor, a mis ruegos y no te escondas ante mis plegarias; atiéndeme y escúchame. '/1 Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

COLECTA
[Oh Dios!, que haces brillar sobre todo tu omnipotencia por el perdón y la clemencia, multiplica sobre nosotros tu gracia para que, corriendo tras de tus promesas, nos hagas participar de los bienes celestiales. Por nuestro Señor Jesucristo.

EPISTOLA  Corintios 12.2-II
Hermanos: Bien sabéis que cuando .erais paganos, marchabais sin reflexionar tras de los ídolos mudos. Ahora, pues, yo os declaro: nadie que hable inspirado de Dios maldice de Jesús y nadie puede decir que Jesús es el Señor, sino por moción del Espíritu Santo. Hay, sí, diversidad de dones espirituales, mas es el mismo Espíritu; diversidad de ministerios, pero un solo Señor; diversidad de operaciones, mas el mismo Dios obra todo en todos. La manifestación del Espíritu se da a cada cual con miras al bien común. Así uno recibe del Espíritu una palabra de sabiduría; otro recibe del mismo Espíritu una palabra de ciencia; a éste le da el mismo Espíritu fe; al otro, el don de curación por el mismo Espíritu; a quién, el don de hacer milagros; a quién, la profecía; a éste, discreción de espíritus; a uno, diversidad de lenguas; a otro, el don de interpretación. Mas todo esto lo obra el mismo y único Espíritu, repartiéndolo a cada cual según le place.

GRADUAL / Salmo 16.8,2
Guárdame, Señor, como a la niña de tus ojos; al abrigo de tus alas ampárame. Tu boca falle en mi favor y vean tus ojos mi rectitud.
Aleluya, aleluya.  A ti, i oh n: et tibi Dios!, se deben himnos de alabanza en Sión, ya ti se ofrecerán votos en Jerusalén. Aleluya.
EVANGELIO San Lucas 18, 9-14
En aquel tiempo: Dijo Jesús a ciertos hombres qué presumían de justos y despreciaban a los demás esta parábola: Dos hombres subieron al templo para orar, uno fariseo y otro publicano. El fariseo, en pie, oraba en su interior de esta manera: ¡Dios!, gracias te doy porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; o corno este publicano. Ayuno dos veces por semana; pago los diezmos de cuanto poseo. El publicano, puesto allá lejos, ni se atrevía a levantar los ojos al a cielo; se golpeaba el pecho diciendo: ¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador! Os digo que éste volvió justificado a su casa, más no el otro; porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.
OFERTORIO / Salmo 24.1-3
A ti, Señor, levanto mi espíritu; Ad te, en ti, Dios mío, busco mi refugio, no quede avergonzado, ni se burlen de mí mis enemigos; nadie que espere en ti será confundido.

SECRETA
A ti, Señor, se debe rendir el tributo de estos sacrificios; tú eres también el que nos permites ofrecerlos en tu honor y también para nuestra propia curación. Por nuestro Señor.
Prefacio de la Santísima la semana, prefacio común, pág.

COMUNIÓN / Salmo 50.21
Aceptarás, Señor, los sacrificios santos, el holocausto y la oblación perfecta sobre tu altar.

POSCOMUNIÓN
Te rogamos, Señor y Dios nuestro, no prives de tus auxilios a los que te dignas, benigno, reparar con tus divinos sacramentos. Por nuestro Señor.

BREVE COMENTARIO
Porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado…
A todos nos es conocido este pasaje evangélico del publicano y del fariseo y muchos comentarios se han hecho sobre este tema tan importante cuyo mensaje parece resumirse en las palabras finales de dicho evangelio. Creo ver en estas dos actitudes los dos tipos de oración y su consecuente resultado; el uno recibe en premio otro pecado y no es descargado de lo que ya traía, el otro todo lo contrario no solo le son perdonados sus pecados sino que obtiene la gracia propia del sacramento de la penitencia.
Es importante en reparar como debemos preparar nuestra alma en la oración con el fin de obtener lo que pedimos y no salir avergonzados de la presencia del Señor, porque en este asunto tan importante para nosotros nos es necesario recibir las gracias divinas para nuestra unión con Dios. Por lo tanto deben ser consideradas las disposiciones de nuestra oración para recibir de Dios lo que su voluntad infinita tenga a bien concedernos: la humildad es el fundamento necesario de ella, la constancia, la perseverancia y, finalmente, el contenido de nuestra petición que debe estar en conformidad con la voluntad divina que ante todo busca nuestra salvación. Dios Nuestro Señor es el ser omnipotente y omnisciente es el conocedor por excelencia de la verdadera necesidad de nuestra alma pretender y querer que Él acceda a nuestras suplicas incondicionalmente conlleva una osadía presuntuosa y la presunción es parte de la soberbia, por donde despacha nuestras suplicas vacías y lo peor con confusión y vergüenza de nuestra alma.

Procuremos con toda humildad y sencillez orar al Señor y ante todo que su voluntad se cumpla en nosotros.