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lunes, 24 de junio de 2019

TRATADO DE LA SANTISIMA EUCARISTI.A D. GREGORIO ALASTRUEY


INTRODUCCION

Vamos a intentar, no sin temor y reverencia, la exposición del Tratado de la Eucaristía, sacramento el más noble y principal de todos, continuación y extensión en cierto modo de la Encarnación por los frutos ubérrimos de redención que nos comunica, centro y ornamento de toda la religión de Cristo y consuelo suavísimo de nuestra peregrinación.
Porque en este Sacramento, como dice San Buenaventura. «está el verdadero cuerpo, la carne inmaculada de Cristo, como para comunicarse a nosotros y, a la vez, como para unimos a Él y en El transformamos por una caridad ardentísima, en virtud de la cual se dio a nosotros, se restituyó en nosotros y está hasta el fin del mundo con nosotros» y Santo Tomás: «Ningún sacramento es más saludable que éste; por él se purgan los pecados, se aumentan las virtudes y la mente se llena con la abundancia de todos los carisma s espirituales, Y nadie, finalmente, puede expresar la suavidad de este sacramento, por el cual se gusta en su  fuente la dulzura espiritual y se recuerda la memoria de aquella ardentísima caridad que Cristo mostró en su Pasión» 2.
De ahí que Su Santidad el Papa León XIII llame a la Eucaristía (don divinísimo salido de lo intimo del corazón del mismo Redentor. que desea ardientemente esta singular unión de él con los hombres, ordenada principalmente a prodigarles con largueza los ubérrimos frutos de su redención.
Porque ¿qué hay más grande o más apetecible que hacerse en lo posible partícipe y consorte de la divina naturaleza? Pues esto que Cristo nos da en la Eucaristía, con la cual une a sí más estrechamente al hombre ya elevado a la vida divina con el don de la gracia» , Nadie, pues, podrá alabar jamás con su lengua ni honrar suficientemente con su veneración un sacramento tan grande y abundante en toda virtud, cuanto lo reclama su dignidad.
Orden del “tratado”._ Se puede considerar la Santísima Eucaristía como sacramento y como sacrificio; de ahí que el presente Tratado tenga dos partes, una de las cuales trata de la Santísima Eucaristía en cuanto que es sacramento, y la otra, de la misma en cuanto que es sacrificio.
Pero, aunque el sacrificio sea primero que el sacramento, puesto que antes se ofrece Cristo que se da, y es primero hostia que manjar, sin embargo, no nos apartamos del orden establecido, conforme al cual ha sido uso anteponer el estudio del sacramento al del sacrificio.
Enc. Mirae caritatis, 28 mayo 1902,

ARTICULO I
DEL NOMBRE. FIGURAS. SÍMBOLOS O EMBLEMAS Y NOCIÓ
GENÉRICA .DE LA SANTÍSIMA EUCARISTÍA
l." NOMBRES DE LA SANTÍSIMA EUCARISTÍA. 1) Eucaristía. €úzaptotia, del griego €úzapiG€w, quiere decir «buena gracia» o «acción de gracias”: a) buena gracia ya porque contiene en sí a Cristo que es verdadera gracia y fuente de todas las otras; ya porque por ella son impetradas gracias ubérrimas; ya porque presignifica la vida eterna de la cual escribe el Apóstol (Rom. 6. 23): Gracia de Dios es la vida eterna; b) acción de gracias tanto porque a su institución precedió una acción de gracias hecha por Cristo (Mt. 26. 27), como porque nada se puede ofrecer más agradable que esta santísima hostia para dar a Dios gracias por todos los beneficios. Y este nombre de Eucaristía fue ya usado antiguamente por los Padres, como San Ignacio,  San Justino,  San Cipriano 3, San Cirilo de Jerusalén 4, etc.
2) Se han dado también otros nombres a la Santísima Eucaristía; así ha sido llamada:
a) Por las circunstancias de su institución: Cena, Cena del Señor, porque fue instituida por Cristo en la última cena; Mesa del Señor, porque Cristo la instituyó estando a la mesa con sus apóstoles, Nuevo Testamento, porque fue la última disposición de Cristo horas antes de morir; Ágape, porque acompañaban en la primitiva Iglesia a la Eucaristía convites de caridad.
b) Por la materia de pan y vino en que se consagra y cuyos accidentes permanecen después de la consagración, se dice pan, pan de Cristo" pan celestial, pan de vida, pan de ángeles, pan del alma, pan sobrenatural, vino que engendra vírgenes, cáliz de salud perpetua, etc.
c) Por razón del contenido se le llama cuerpo y sangre de Cristo, cuerpo del Señor, sacramento del cuerpo de Cristo, celebración del cuerpo y sangre de Cristo, porque en este sacramento bajo las especies sacramentales están contenidos el cuerpo y la sangre del Señor. Y precisamente de esto toma su inefable dignidad este sacramento, porque así como en otro tiempo el lugar más recogido y venerable del templo entre los judíos fue llamado Santo de los Santos, así también el sacramento de la Eucaristía, que entre los cristianos tiene mayor veneración que los otros misterios, ha sido llamado Sacramento de los Sacramentos, Misterio de los misterios, Santo del Señor, Santo de los Santos, augusto Sacramento y sencillamente Sacramento por antonomasia 5.
d) Por los ritos que se usan en la preparación y distribución de la Eucaristía se la denomina bendición, sacramento de bendición, cáliz de bendición, porque Cristo bendijo el pan al instituir la Eucaristía (Mt. 26, 26; 1 Cor. 1 o, 16); fracción del pan, liturgia y. asimismo, por el lugar en que se celebra, Sacramento del altar,
f) Por los efectos se llama comunicación de la sangre de Cristo, participación del cuerpo del Señor (1 Coro 10, e), y en el uso eclesiástico, synaxis, comunión, porque con la comunicación del cuerpo y de la sangre de Cristo los fieles se asocian no sólo a Cristo Señor, sino también entre sí; sacramento y vínculo de caridad, por la misma razón; finalmente viático, esto es subsidio o provisión para el camino de la patria celestial.

2.0 FIGURAS DE LA EUCARISTIA.

De muchas maneras fue prefigurada la Santísima
Eucaristía en el Antiguo y Nuevo Testamento.

a) Convenía ciertamente que la Eucaristía estuviese prefigurada en el Antiguo Testamento; porque, como dice Santo Tomás, «este sacramento es especialmente un memorial de la pasión de Cristo; y convenía que la pasión de Cristo, por la cual nos redimió, fuese prefigurada para que la fe de los antiguos se encaminase hacia el Redentor 6.         
Cuatro fueron las principales figuras de la Santísima Eucaristía en el Antiguo Testamento: la oblación de Melquisedec, que ofreció pan y vino (Gen. 14, 18); diversos sacrificios de la Ley antigua, principalmente el de la expiación que era solemnísimo (Lev, 2 s.); el maná concedido a los judíos en su peregrinación por el desierto, que tenía en sí todo sabor (Ex. 16, 13-1 S; Sap. 16, 20), y el Cordero pascual (Ex. 12, 8).
La principal de estas figuras fue el cordero pascua, según Santo Tomás: “En este sacramento podemos considerar tres cosas: lo que es solamente sacramentum, o sea el signo exterior, que es el pan y el vino; lo que es res et sacramentum, el signo y la cosa, esto es; el cuerpo verdadero de Cristo; y lo que es solamente res, esto es, el efecto de este sacramento. En cuanto a lo que es solamente sacramentum, la principal figura de este sacramento fue la oblación de Melquisedec, que fue de pan y de vino. En cuanto al mismo Cristo, que padeció y es la realidad sublime en este sacramento, sus figuras fueron todos los sacrificios del Antiguo Testamento, principalmente el sacrificio de expiación, que era solemnísimo. Y en cuanto al efecto, su principal figura fue el maná, que tenía en sí todos los sabores (Sap. 16, 20), así como la gracia de este sacramento  restauran y nutre el alma de todas maneras y en todas sus necesidades. Pero el cordero pascua prefiguraba este sacramento bajo esos tres aspectos: en cuanto a lo primero, porque se comía con panes ácimos, según el Ex. 12, 8: Comerán la carne ... con panes ácimos; en cuanto a lo segundo, porque era inmolado por toda la multitud de los israelitas en la decimocuarta luna, lo cual fue figura de Cristo, llamado Cordero a causa de su inocencia; en cuanto al efecto, porque con la sangre del cordero pascual fueron los israelitas 'protegidos del ángel exterminador y sacados de la servidumbre de Egipto; y por esto se pone el cordero pascual como principal figura de este sacramento, en cuanto que representa al mismo en todos esos aspectos» 7.
Además de las figuras enunciadas, hay otras muchas en el Antiguo Testamento: el árbol de la vida, plantado en medio del paraíso (Gen. 2, 9); el sacrificio de A braham, dispuesto a ofrecer a su hijo Isaac por mandato de Dios (Gen. 22, 2 s.] : el Arca de la alianza, hecha de madera de acacia, en la cual se guardaba el maná (Ex. 16, 33-34; 25, 10); los panes de la proposición, los cuales eran ofrendados El Dios todos los sábados sobre la mesa de oro (Lev. 24, 5-8) ; el pan cocido bajo la ceniza, con el cual fortalecido Elías, llegó hasta el monte de Dios, Horeb (Reg. 19, 6-9). Por razones apuntadas, estas y otras figuras semejantes se pueden reducir fácilmente, a alguna de las anteriores en cuanto que designan en la Eucaristía o solamente el sacramento (signo), o res et sacramentum (realidad contenida bajo el signo) o solamente res (el efecto).
b) En el Nuevo Testamento hay dos figuras insignes de este sacramento: la multiplicación de los panes y de los peces con los cuales Cristo sació a cinco mil hombres en el desierto y la conversión del agua en vino en las bodas de Caná de cuyo milagro usa San Cirilo de Jerusalén para hacer persuasible el misterio de la transubstanciación.


sábado, 22 de junio de 2019

EL MODERNISMO Y LA DESTRUCCIÓN DE LA IGLESIA CATÓLICA.



BREVE INTRODUCCIÓN.
“Predica la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, reprende, ruega, exhorta con paciencia siempre y afán de enseñar. Porque vendrá tiempo en que no soportaran la sana doctrina, sino que en alas de sus pasiones y con la comezón en sus oídos, se elegirán  maestros a granel y desviaran sus oídos de la verdad y se volverán asía las fabulas” (II,tim. 4-8 ss). Los tiempos ya han llegado, las palabras de san Pablo tienen un pleno cumplimiento ya en estos días. Es preciso recordar las encíclicas de los Sumos Pontífices de antaño que con una clarividencia providencial nos advirtieron sobre estos aciagos tiempos, no hacerlo sería contribuir con quienes desde el interior de la Iglesia difuminaron los errores modernistas que han querido destruir desde su raíz la sana doctrina de Nuestro Señor Jesucristo. Si no fuera por la promesa divina que el mismo Verbo de Dios hecho Hombre no hubiera dado (“Mirad que Yo estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos”) motivos habría para desesperarse y dejar que los lobos con piel de oveja hagan y deshagan de las doctrinas sagradas dejadas por Nuestro Salvador y sus discípulos en el depósito de la fe.
Mas como siempre sucede pocos serán los que con un espíritu sincero lleno de la verdadera fe, lean estos escritos no míos sino de estos venerables Pontífices, mas aun por esos pocos se hará el sacrificio recordando como nuestro Salvador, al momento de su muerte, se encontraba con muy pocos al pie de la cruz. Amado lector Dios bendiga e ilumine tu inteligencia para el bien eterno de tu alma.
Nota._ Por caridad y amor a la VERDAD ÚNICA lean con atención el presente articulo aunque este un poco largo.

Prólogo
DESTRUID LA MISA Y DESTRUIREIS LA IGLESIA. (M. Lutero)
Hemos querido recoger aquí una serie de documentos a través de los cuales la Iglesia denuncio los errores modernistas; quiso poner al descubierto toda la moderna sofistería que ya a finales del siglo XVIII comenzaba a inficionar al pueblo católico; quiso prevenir a este pueblo de la acometida de los lobos y quiso, también, denunciar a los enemigos de la Cruz, ya a principios del siglo XX infiltrados profundamente en el seno de la misma Iglesia, afanados en su destrucción desde dentro al tiempo que arreciaba la acometida extra muros.
Esta acometida no ha cesado, sino que se ha recrudecido, y aquellos errores no solo persisten sino que se han agravado. Y si antes podía oponérseles el talento y el saber de hombres donde todavía brillaba el discernimiento de la mejor escolástica, ahora el nivel intelectual se ha abismado de tal forma que incluso en el mismo seno de la Iglesia con dificultad se encuentran hombres que reúnan la claridad y determinación necesarias para enfrentarse al pensamiento moderno. Donde usamos el término ”pensamiento” de forma convencional, ya que no tenemos ante nosotros un sistema de ideas, un cuerpo de doctrina, una teoría del mundo o una imagen que pueda describirse con justeza, sino un caos donde apenas unos pocos sobrenadan en el ambiente crudamente hedonista y materialista.
Porque han confluido en estos tiempos los dos grandes vicios de los siglos anteriores, y amenazan con aniquilar al hombre. Por un lado, el estatismo monstruoso, fuera de todo control y dueño de medios que nunca antes príncipe alguno pudo imaginar. Por otro, el materialismo exacerbado servido por los modernos medios de producción en masa, que mantienen al hombre continuamente sujeto a sus sentidos, gravado de tal forma que con mucha dificultad puede elevarse al plano del espíritu y con demasiada frecuencia totalmente aplastado bajo la esfera de las cosas materiales, hasta el punto en que ha llegado a considerar como ilusiones vanas lo que son los verdaderos fundamentos de la vida civilizada: que no son materiales, sino metafísicos.
Es por eso que, a medida que el mundo se precipita a velocidad creciente hacia el abismo, resuenan con mayor fuerza las palabras de aquellos hombres sabios, timoneles fieles de la barca de Pedro, adornados del discernimiento del Espíritu Santo y que cumplieron con su obligación de levantar la voz, de advertir y de urgir contra la mala semilla cuyos frutos ahora recogemos.
Sorprende la absoluta actualidad de cada uno de los textos aquí recogidos; y no deberá, puesto que siendo la verdad católica siempre la misma, y no siendo otra que la revelada por Dios y la que se sigue de la misma naturaleza creada, no es de extrañar que los impugnadores de esa verdad apunten siempre en la misma dirección, siempre opuesta a la verdad. Toman los malos su constancia de la constancia de la verdad.
Los documentos se encuentran expuestos en orden cronológico, a excepción del Syllabus, que por su carácter más de catalogo que de discurso hemos preferido colocar al final. A ese orden cronológico pueden superponerse varios ordenes lógicos, y aun un orden pedagógico que aconseje que documentos leer antes, cuales después. Puesto que el orden cronológico está establecido, esbocemos un orden lógico.
En primer lugar hay un grupo de documentos que denuncian de forma más genérica los errores modernos. Son Mirari Vos, Qui Pluribus y Quanta Cura.
Mención aparte merece Pascendi, que por ser una exposición más ordenada tanto de los errores como de su refutación, se ha convertido con el paso del tiempo en una referencia central.
Luego tenemos dos grupos de documentos: aquellos que se inclinan más hacia la reafirmación de los sanos principios y aquellos más a propósito para denunciar errores concretos. Entre los primeros tenemos Aeterni Patris, Libertas praestantissimum, Rerum Novarum y Diuturnum Illud; entre los segundos, Humanus Genus y Quod apostolici muneris. Dos documentos más modernos son Quadragesimo anno, una actualización de Rerum Novarum y Humani Generis, sobre las falsas opiniones en torno a la doctrina catolica.
Otros muchos documentos no hemos incorporado a esta recopilación, para no hacerla más gruesa de lo preciso.
En más de uno de estos documentos se trata específicamente de la pestilencia socialista y masónica. Como quiera que estas dos plagas se encuentran entrelazadas una con otra (muchos son los diputados y senadores masones), y comoquiera que gran parte de los gentiles, nuevos apostatas, y lo que es peor, parte también de los católicos, comulgan con sus torcidos principios, nos parece conveniente dejar explícitamente señalados algunos puntos:
Primero: que el catolicismo es irreconciliable tanto con el socialismo como con la masonería, enemigos mortales de la Iglesia. Que nadie se engañe. Hoy no esperamos encontrar activistas mal vestidos de modales zafios hablando de revoluciones. Hoy encontramos socialistas y masones de clase media o alta, elegantemente vestidos y que se expresan de forma menos agresiva (aunque quizás más vacía). Pero los objetivos siguen siendo los mismos, y los medios de que disponen hoy son ciertamente formidables, y su conocimiento de las masas, de cómo manipularlas, sugestionarlas, moldearlas, ha mejorado de forma sustancial con el paso del tiempo. Pero es que, además, no han renunciado de ninguna forma a los métodos violentos de otros tiempos. Simplemente, hoy pueden administrar la violencia de forma más sutil, y usarla en un punto u otro de la Tierra, según lo aconsejen las circunstancias. Hoy quizás no sea conveniente para ellos torturar y asesinar católicos en Europa como lo hicieron hace pocas décadas. No importa: torturan y asesinan en otros lugares.
Segundo: que ni uno ni otro han depuesto en lo más mínimo su propósito declarado de erradicar a la Iglesia de la faz de la Tierra. Hoy, todas las fuerzas del mal confluyen contra la Iglesia: socialismo, masonería, capitalismo, islam, sectas, instituciones internacionales, parlamentos nacionales, la inmensa mayora de los medios de adiestramiento del pueblo católico, como la prensa, la televisión, internet etc.
Tercero: que no deben los católicos, de cualquier condición, dejarse engañar por las palabras de estas sectas, ya que, adiestrados por el mismo demonio, son dos las principales formas en que pierden a los católicos. Una, proponiendo principios de por si monstruosos, pero envolviéndolos en palabras blandas y halagadoras, y con frecuencia invocando y haciéndolos pasar por altos ideales. Otra, que no usan el lenguaje en sentido recto. Así, cuando dicen”justicia”, o”paz”, o cualquier otra cosa ¿quién no estaría de acuerdo en desearlas? Pero adviertan los católicos como luego, con el poder en sus manos, ponen en práctica estos principios.
Cuarto: que muchos católicos, sin abandonar su fe, han sido inadvertidamente movidos para aceptar principios abstractos aparentemente saludables, de los cuales a continuación se siguen consecuencias funestas por necesidad lógica. Entran estos católicos por la vía del matadero, sin advertirlo. Y muchos que han nacido ya en ambiente pagano simplemente no conciben que la cosas puedan ser de otra forma, con lo cual, al error que se difunde mediante la educación, la televisión y mil medios más, se une una ignorancia casi absoluta de la Historia (sustituida por una versión falsa, puramente ideológica), que cierra toda perspectiva más elevada.
Quinto: es de deplorar especialmente la contaminación del clero y de muchas instituciones de vida religiosa. Hoy, con frecuencia, los enemigos de la Fe celebran Misa. Unos mutilan el mensaje evangélico, escondiendo verdades que conviene conocer y que son parte esencial de este mensaje. Otros se han adherido a desviaciones ya condenadas, como el arrianismo o el pelagianismo. Otros se han dejado seducir por las propuestas socialistas o masónicas.
Otros, en fin, hay que han asimilado la propaganda anticatólica. Otros, queriendo parecer sabios, se predican a sí mismos, a su supuesta erudición, y se despachan contra las sencillas devociones del pueblo fiel, que son de una profundidad que ellos ni sospechan, envanecidos muchas veces precisamente en la ciencia profana de los libros de los enemigos de Cristo.
Sexto: Los católicos deben rechazar los principios sociales imperantes, y en particular aquellos que establecen que la religión debe ser expulsada del Estado.
Y deben rechazar este principio en concreto porque es por cuadruplicado falso. Primero: porque la Historia enseña que la sustancia de las civilizaciones es la religión, y que si esta se seca la civilización desaparece. Segundo: porque, sentado el hecho histórico anterior, se sigue que una religión solo puede ser sustituida por otra. Así, a la decadencia del catolicismo en occidente vemos que ha seguido el crecimiento sin tasa del islam. Más todavía, todos estos principios masónicos se quieren constituir en una verdadera religión de corte naturalista. Tercero, porque, esta nueva religión está impulsada precisamente desde los parlamentos e instituciones internacionales, y son incontables los masones que ocupan ya puestos de poder. Si se les aplicasen los mismos principios que quieren para el catolicismo, ninguno de ellos tendrá derecho a estar donde esta, ¿o acaso desde sus puestos no imprimen en las leyes del Estado los presupuestos de su religión? Cuarto: porque la persona es una, y es contra natura pretender que la Fe quede reducida al ámbito personal; que los ciudadanos puedan ser clandestinamente católicos y a la vez que tengan que admitir leyes inicuas, injustas y perversas, contrarias a la Ley de Dios.
Los católicos deben reclamar un Estado católico, ya que si un Estado se fundamenta en la verdadera justicia y caridad, en la verdadera naturaleza de la persona humana, se seguirá el bien común, y precisamente la razón de ser del Estado.
Séptimo: los católicos han de ser consecuentes con su religión. Esto no solo quiere decir que han de practicar su religión, sino que han de adherirse a las consecuencias lógicas que se derivan. Porque, o bien existe un Dios, o bien no existe. Pero si existe un Dios, o bien todas las religiones son falsas, o bien hay una y solo una que es la verdadera. Los católicos han de saber que la suya es la religión verdadera, y rechazar cualquier pretensión en sentido contrario. En particular, deben rechazar en primer lugar el indiferentismo religioso y deben rechazar eso que los enemigos de Cristo llaman “multiculturalismo”. Pues la única forma de que puedan convivir culturas diferentes es vaciándolas de todo lo que las hace efectivas, es decir, reduciéndolas a puro folclore. Así que los abogados del multiculturalismo son en realidad enemigos de toda cultura.
Al contrario, la religión católica, por ser universal, trasciende y perfecciona toda cultura, y es por eso genuinamente multicultural.
Octavo: el católico ha de estar en guardia. Así como el”multiculturalismo” es un fraude contra las culturas, el enemigo usa versiones falsificadas de muchas otras palabras nobles, como libertad, igualdad, amor y otras muchas.
Es preciso que el católico sepa distinguir entre el concepto verdadero y el concepto falso, acuñado en las sentinas de las sectas para enturbiar las fuentes del entendimiento, que se basa en el discurso, que a su vez requiere la correspondencia entre los términos y la realidad de las cosas. Qué duda cabe que las voces usadas por las distintas lenguas son convencionales, pero no es en absoluto convencional la correspondencia entre el concepto que la voz representa y la realidad que quiere designar. Por la alteración de las palabras es como se alteran primero los conceptos y después la propia realidad.
Otras muchas cosas podrán decirse, pero es preferible ahora que guardemos nosotros silencio y que acuda el lector a las palabras contenidas en esta recopilación: palabras sabias, verdaderas, vigorosas porque no han perdido actualidad. Vaya allí el lector y cumpla con sus obligaciones de católico, que no se limitan a la práctica de los sacramentos sino que le obligan al buen combate de la Fe. Y para combatir es preciso discernir y saber, entender y reflexionar.


viernes, 21 de junio de 2019

EJERCICIO DE PERFECCION Y VIRTUDES CRISTIANAS POR EL V. PADRE ALONSO RODRIGUEZ,


PRIMERA TENTACION DE JESUCRISTO
En la primera parte (2) tratamos largamente de este medio de la oración; ahora solamente recogemos a algunas oraciones jaculatorias, de que nos podamos ayudar e n semejantes tiempos. Llena tenemos la Sagrada Escritura, especialmente los Salmos, de oraciones acomodadas para esto. Cuales son: Domine, vim patior, responde pro me: *Señor, violencia padezco, responded por mí (3).* Levantaos, Señor, ¿por qué dormís? * levantaos, no nos desamparéis para siempre* ¿por qué apartáis vuestro rostro, y os olvidáis de nuestra pobreza y tribulación? Tomad armas y escudo, y levantaos en nuestra ayuda; decid a mi alma: yo soy tu salud (5). ¿Hasta cuándo, Señor, me habéis de olvidar? ¿Hasta cuándo habéis de apartar de mí vuestro rostro? ¿Hasta cuándo se ha de gloriar mi enemigo sobre mí? Miradme, Señor, y oídme, y alumbrad mis ojos para que no duerma sueño de muerte, ni pueda decir mi enemigo que prevaleció contra mí (1). Vos sois, Señor, nuestro refugio y amparo en el tiempo de la necesidad y tribulación (2). *Mi esperanza, Señor, y mi gozo será verme a la sombra y al abrigo de vuestras alas (3).* Así como los pollitos se guarecen debajo de las alas de su madre, cuando viene el milano, así nosotros, Señor, estaremos bien guarecidos y guardados debajo de vuestras alas. San Agustín se alegraba mucho con esta consideración, y decía a Dios: Señor, pollito soy, tierno y flaco, y si vos no me amparáis, arrebatadme el milano. Amparadme, Señor, debajo de vuestras alas (5). Particularmente es maravilloso para este efecto aquel principio del Salmo sesenta y siete: Levántese Dios y sean desbaratados sus enemigos; huyan delante de él los que le aborrecen (6); porque como les ponemos delante, no nuestra virtud, sino la de Dios, desconfiando de nosotros e invocando contra ellos el favor de su Majestad, desfallecen y huyen viendo que ha de salir él a la causa contra ellos en favor nuestro.
San Atanasio afirma (7) que muchos siervos de Dios han experimentado mucho provecho en sus tentaciones, diciendo este verso.
Una veces con estas u otras semejantes palabras de la Sagrada Escritura, que tienen particular fuerza: otras veces con palabras salidas de nuestra necesidad (que también suelen ser muy eficaces), siempre habremos de tener muy a la mano este remedio de acudir á Dios con la oración. Y así solía decir el Padre Maestro Ávila: La tentación a vos, y vos a Dios. Levantaré mis ojos a aquellos montes soberanos, de donde me ha de venir todo el socorro y favor. *Mi socorro es del Señor, que hizo el cielo y la tierra (1).* Y habernos de procurar que estos clamores y suspiros salgan, no solamente de la boca, sino de lo íntimo del corazón, conforme a aquello del Profeta: *De lo más profundo clamé á tí, Señor (2).* Dice San Crisóstomo sobre estas palabras: No dijo, ni clamó solamente con la boca, porque estando el corazón distraído, puede la lengua hablar; sino de lo profundísimo y más íntimo de sus entrañas y con grande fervor clamaba a Dios (3).

CAPÍTULO XVII
De otros dos remedios contra las tentaciones.

El bienaventurado San Bernardo dice (4) que el demonio cuando quiere engañar a uno, primero mira muy bien su natural, su condición e inclinación, y a donde le ve más inclinado, por allí le acomete. Y así, a los blandos y de suave condición, les acomete con tentaciones deshonestas y de vanagloria; y a los que tienen condición áspera, con tentaciones de ira, de soberbia, de indignación e impaciencia. Lo mismo nota San Gregorio, y trae una buena comparación.
Dice que así como uno de los principales avisos de los cazadores es saber a qué linaje de cebo son más aficionadas las aves que quieren casar, para armarles con eso, así el principal cuidado de nuestros adversarios los demonios, es saber a qué género de cosas estamos más aficionados y de qué gustamos más, para armarnos y entrarnos por ahí. Y así vemos que acometió y tentó el demonio a Adán por la mujer, porque sabía la afición grande que le tenía; y a Sansón también por ahí le acometió y le venció, para que declarase el enigma y para que dijese en qué estaba su fortaleza. Anda el demonio como diestro guerrero rodeando y buscando con mucha diligencia la parte más flaca de nuestra alma, la pasión que reina más en cada uno, y aquello a que es más inclinado, para combatirle por allí. Y así esta ha de ser también la prevención y remedio que nosotros habernos de poner de nuestra parte contra este ardid del enemigo; reconocer la parte más flaca de nuestra alma y más desamparada de virtud, que es donde la inclinación natural, o la pasión, o costumbre mala más nos lleva, y poner ahí mayor cuidado y defensa.
Otro remedio muy conforme a este nos ponen los Santos y maestros de la vida espiritual. Dicen que habernos de tener por regla general, cuando somos combatidos de alguna tentación, acudir luego a lo contrario de ella, y defendernos con ello. Porque de esa manera curan acá los médicos las enfermedades del cuerpo (1); cuando la enfermedad procede de frío, aplican cosas calientes, y cuando de sequedad, cosas húmedas: y de esa manera los humores se reducen a un medio, y se ponen en conveniente proporción.
Pues de esa misma manera habremos nosotros de curar y remediar las enfermedades y tentaciones del alma. Y eso es lo que nos dice nuestro Padre: «Débense prevenir las tentaciones con los contrarios de ellas, como es, cuando uno se entiende ser inclinado a soberbia, ejercitándole en cosas bajas que se piensa le ayudarán para humillarse; y así de otras inclinaciones siniestras (2).»

CAPÍTULO XVIII
De otros dos remedios muy principales, que son, resistir á los principios, y nunca estar ociosos.

Otro remedio muy bueno y general nos dan aquí los Santos; y es que procuremos resistir a los principios.
Dice San Jerónimo: Cuando el enemigo es pequeño, matadle: ahogadle en su principio, y deshacedle e n su raíz antes que crezca, porque después por ventura no podréis (3). Es la tentación como una centella de fuego, que si una vez prende, crece y abrasa (4). Y así dijo muy bien el otro: Resiste a los principios: tarde viene el remedio, cuando la llaga es muy vieja (5). Y mucho mejor nos avisa de esto el Espíritu Santo por el profeta David: *Dichoso aquel que cogiere tus pequeñuelos y los desmenuzare en una piedra (l).* Y por su hijo Salomón: * Caladnos las raposas pequeñas, que asuelan las viñas (2).* Cuando las raposillas de las tentaciones son pequeñas, cuando comienzan los pensamientos de juicios, de soberbia, de la aficioncilla, de la amistad y de la singularidad, entonces los habéis de quebrantar en la piedra firmísima, que es Cristo, con su ejemplo y consideración, para que no crezcan y vengan a destruir la viña de vuestra alma. No podemos excusar que nos vengan tentaciones y pensamientos malos; pero bienaventurado aquel que al principio, cuando comienzan a venir, se sabe sacudir de ellos. Así declara San Jerónimo (3) este lugar. Importa mucho resistir a los principios, cuando el enemigo es flaco y tiene pocas fuerzas; porque entonces el resistir es fácil, y después muy dificultoso.
San Crisóstomo declara esto con una comparación: Así como si a un enfermo le viene apetito de comer una cosa dañosa, y vence aquel apetito, se libra del daño que le había de hacer aquella mala comida y sana más presto de la enfermedad; mas si por tomar aquel poco de gusto come el manjar dañoso, agrávasele la enfermedad y viene a morir de ella o a tener muy grande pena en la cura, todo lo cual pudiera excusar con tomar un poco de trabajo en refrenar al principio aquel apetito de gula de comer aquel manjar dañoso; así, dice, si cuando al hombre le viene el mal pensamiento o el deseo de mirar, se vence en eso al principio, refrenando la vista y desechando luego el mal pensamiento, se librará de la molestia y pena de la tentación que de allí se le había de levantar, y del daño en que consintiendo podría caer; pero, si no se vence y refrena al principio, por aquel pequeño descuido y por aquel poquito de gusto que recibió mirando, o pensando, viene después a morir en el alma, o a lo menos, a tener gran trabajo y pena resistiendo. De  manera, que lo que al principio le costara poco o casi nada, le viene después a costar mucho. Y así concluye el Santo que importa grandemente resistir a los principios.
En las vidas de los Padres (1) se cuenta que el demonio se le apareció una vez al abad Pacomio en figura de una mujer muy hermosa, y riñéndole el Santo porque usaba de tanta malicia para engañar a los hombres, le dijo el demonio: si comenzáis a dar alguna entrada a nuestras titilaciones, luego os ponemos mayores incentivos para provocaros más a pecar; empero si vemos que al principio resistís y no dais entrada a las imaginaciones y pensamientos que os traemos, como humo desfallecemos.


jueves, 20 de junio de 2019

AUDI, FILIA, ET VIDE, ETC. SAN JUAN DE AVILA


CAPITULO 18
De otro laso, contrario al pasado, que es la desesperación con que el demonio pretende vencer al hombre; y cómo nos habremos contra él.

Otra arte suele tener el demonio contraria a esta pasada; la cual es, no haciendo ensalzar el corazón, mas abajándolo y desmayándolo, hasta traerlo a desesperación; y esto hace trayendo a la memoria los pecados que el hombre ha hecho, y agravándolos cuanto puede, para que el tal hombre, espantado con ellos, caiga desmayado como debajo de carga pesada, y así se desespere. De esta manera hizo con Judas, que al hacer el pecado le quitó delante la gravedad de él, y después le trajo a la memoria cuan gran mal era haber vendido a su Maestro, y por tan poco precio, y para tal muerte; y así le cegó los ojos con la grandeza del pecado, y dio con él en el lazo, y de allí en el infierno.
De manera que a unos ciega con las buenas obras, poniéndoselas delante y escondiéndoles sus males, y así los engaña con la soberbia; y a otros escondiéndoles que no se acuerden de la misericordia de Dios, y de los bienes que con su gracia hicieron, y tráeles a la memoria sus males, y así los derriba con desesperación.
Mas así como el remedio de lo primero fue, queriéndonos él vanamente alzar en el aire, asirnos nosotros más a la tierra, considerando, no nuestras plumas; de pavón, mas nuestros lodosos pies de pecados que hemos hecho, o haríamos, si por Dios no fuese, así  es otro engaño es el remedio quitar los ojos de nuestros pecados, y ponerlos en la misericordia de Dios y en los bienes que por su gracia hemos hecho. Porque en el tiempo que nuestros pecados nos combaten con desesperación, muy bien hecho es acordarnos de los bienes que hemos hecho o hacemos, según tenemos ejemplo en Job (13, 18), y en el rey Ezequías (4 Reg., 20, 3). Y esto, no para poner confianza en nuestras buenas obras en cuanto son nuestras, porque no caigamos en un lazo huyendo de otro, mas para esperar en la misericordia de Dios, qué pues Él nos hizo merced de que hiciésemos el bien con su gracia, Él nos lo galardonará, aun hasta el jarro de agua que por su amor dimos; y que, pues nos ha puesto en la carrera de su servicio, no nos dejará en la mitad de ella; pues sus obras son acabadas (Deut., 32, 4), como Él lo es; y más hizo en sacarnos de su enemistad, que en conservarnos en su amistad. Lo cual nos enseña San Pablo diciendo (Rom., 5, 10): Si cuando éramos enemigos fuimos hechos amigos con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más ahora que somos hechos amigos, seremos salvos en la vida de Él.
Cierto, pues su muerte fue poderosa para resucitar a los muertos, también lo será su vida para conservar en vida a los vivos. Si nos amó desamándole nosotros, no nos desamará, pues le amamos. De manera, que osemos decir lo que dice San Pablo (Philip., 1, 6): Confío que Aquel que comenzó en nosotros el bien, lo acabará hasta el día de Jesucristo. Y si el demonio nos quisiere turbar con agravarnos los pecados que hemos hecho, miremos que ni él es la parte ofendida, ni es tampoco el juez que nos ha de juzgar. Dios es a quien ofendimos cuando pecamos, y Él es el que ha de juzgar a hombres. Y, por tanto, no nos turbe que el acusador acuse; mas consolémonos, que el que es parte y Juez, nos perdona y absuelve, mediante nuestra penitencia, y sus ministros y Sacramentos. Esto dice San Pablo así (Rom., 8): Si Dios está con nosotros, ¿quién será contra nos? El cual a su propio Hijo no perdonó, mas por todos nosotros lo entregó. ¿Pues cómo es posible que dándonos a su Hijo, no nos haya dado con Él todas las cosas? ¿Quién acusará contra los escogidos de Dios? Dios es el que justifica; ¿quién habrá que condene? Todo esto dice San Pablo. Lo cual bien considerado, debe esforzar a nuestro corazón a esperar lo que falta, pues tales prendas de lo pasado tenemos.
Ni nos espanten nuestros pecados, pues el Eterno Padre castigó por ellos a su Unigénito Hijo, para que así viniese el perdón sobre quien merecía el castigo, si el tal hombre se dispusiere a recibirlo. Y pues Él nos perdona, ¿qué le aprovecha al demonio que dé voces pidiendo Justicia? Ya una vez fue hecha justicia en la cruz de todos los pecados del mundo; la cual cayó sobre el inocente Cordero, Jesucristo nuestro Señor, para que todo culpado que quisiere llegarse a Él y gozar de su redención por la penitencia, sea perdonado. Pues ¿qué justicia seria castigar otra vez los pecados del penitente con infierno, pues ya una vez fueron suficientemente castigados en Jesucristo? Y digo castigar con infierno, porque hablo del penitente bautizado, que por vía del Sacramento de la Penitencia recibe perdón y la gracia perdida, conmutándosele ordinariamente la pena del infierno, que es eterna, en pena temporal, que en esta vida satisfaga con buenas obras, o en el purgatorio padeciendo las penas de allá. Mas no piense nadie que no quitarse toda la pena, sea por falta de la redención del Señor, cuya virtud está y obra en los Sacramentos; porque copiosa es, como dice Santo Rey y Profeta David (Ps., 129, 7); mas es por falta del penitente, que no llevó disposición para más. Y tal dolor y vergüenza puede llevar, que de los pies del confesor se levante perdonado de toda la culpa y de toda la pena, como si recibiera el santo Bautismo, que todo esto quita a quien lo recibe aun con mediana disposición. Sepan todos que el óleo que nos dio nuestro grande Elíseo (4 Reg., 4, 1-7), Jesucristo nuestro Señor, cuando nos dio su Pasión, que obra en sus Sacramentos riquísimos, es para poder pagar con él todas nuestras deudas, y vivir en vida de gracia, y después de gloria.
Mas es menester que nosotros, como la otra viuda, llevemos vasos de buenas disposiciones, conforme a los cuales recibirá cada uno el efecto de su sagrada Pasión, que, en sí misma, bastantísima es, y aun sobrada.

CAPITULO 19
Da lo mucho que nos dio el Eterno Padre en darnos a Jesucristo nuestro Señor; y cuánto lo deberíamos agradecer y aprovecharnos de esta merced, esforzándonos con ella para no admitir la desesperación con que el demonio suele combatirnos.

Mucha razón tiene Dios de quejarse, y sus pregoneros para reprender a los hombres, de que tan olvidados estén de esta merced, digna que por ella se diesen gracias a Dios de noche y de día. Porque, como dice San Juan (3, 16): Así amó Dios al mundo, que dio a su Unigénito Hijo, para que todo hombre que creyere en Él y le amare, no perezca, más tenga la vida eterna. Y en esta merced están encerradas las otras, como menores en la mayor, y efectos en causa. Claro es que quien dio el sacrificio contra los pecados, perdón de pecados dio cuanto es de su parte; y quien el Señor dio, también dio el señorío; y, finalmente, quien dio su Hijo, y tal hijo dado a nosotros, y nacido para nosotros (Nobis datus, nobis natus: Hymno --- Pange, lingua), no nos negará cosa que necesaria nos sea. Y quien no la tuviere, de sí mismo se queje, que de Dios no tiene razón. Que para dar a entender esto, no dijo San Pablo: Quien el Hijo nos dio todas las cosas NOS DARÁ con Él; mas dijo: Todas las cosas NOS HA DADO con Él; porque de parte de Dios todo está dado, perdón, y gracia y el cielo. ¡Oh hombres!, ¿por qué perdéis tal bien, y sois ingratos a tal Amador y a tal dádiva, y negligentes a aparejaros para recibirla? Cosa sería digna de reprensión que un hombre anduviese muerto de hambre y desnudo, lleno de males; y habiéndole uno mandado en su testamento gran copia de bienes, con que podía pagar, y salir de sus males, y vivir en descanso, se quedase sin gozar de ellos por no ir dos o tres leguas de camino a entender en el tal testamento. La redención hecha está tan copiosa, que, aunque perdonar Dios las ofensas que contra Él hacen los hombres, sea dádiva sobre todo humano sentido, mas la paga de la Pasión y muerte de Jesucristo nuestro Señor excede a la deuda del hombre en valor, mucho más que lo más alto del cielo y a lo más profundo del suelo. Como dice San Agustín: «Azotes debía el hombre culpado, y ser preso, y escarnecido y muerto; ¿pues no os parece que están bien pagados con azotes y tormentos y muerte de un hombre, no sólo justo, mas que es hombre y Dios? Inefable merced es que adopte Dios por hijos los hijos de los hombres, gusanillos de la tierra. Mas para que no dudásemos de esta merced, pone San Juan (I, 14) otra mayor, diciendo: La palabra de Dios es hecha carne.
Como quien dice: No dejéis de creer que los hombres nacen de Dios por espiritual adopción, mas tomad, en prendas de esta maravilla, otra mayor, que es el hijo de Dios ser hecho hombre, e hijo de una mujer.
También es cosa maravillosa que un hombrecillo terrenal esté en el cielo gozando de Dios, y acompañado de ángeles con honra inefable; mas mucho más fue estar Dios puesto en tormentos y menosprecios de cruz, y morir entre dos ladrones; con lo cual quedó la Justicia divina tan satisfecha, así por lo mucho que el Señor padeció, como principalmente por ser Dios el que padeció, que nos da perdón de lo pasado, y nos echa bendiciones con que nuestra esterilidad haga fruto de buena vida y digna del cielo; figurada en el hijo que fue dado a Sara (Gen., 18, 10), vieja y estéril. Porque el becerro cocido en la casa de Abraham (Gen., 18, 7), que es Jesucristo, crucificado en el pueblo que de Abraham venía, fue a Dios tan gustoso, que de airado se tornó manso y la maldición conmutó en bendición, pues recibió cosa que más le agradó, que todos los pecados del mundo le pueden desagradar. Pues ¿por qué desesperas, hombre, teniendo por remedio y por paga a Dios humanado, cuyo merecimiento es infinito? Y muriendo, mató nuestros pecados, mucho mejor que muriendo Sansón murieron los filisteos (Judi., 16, 30). Y aunque tantos hubieses hecho tú como el mismo demonio que te trae a desesperación, debes esforzarte en Cristo, Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo (Jn., 1, 29); del cual estaba profetizado que había de arrojar todos nuestros pecados en el profundo del mar (Mich., 7, 19), y que había de ser ungido el Santo de los santos, y tener fin el pecado, y haber sempiterna justicia (Dan., 9, 24). Pues si los pecados están ahogados, quitados y muertos, ¿qué es la causa por qué enemigos tan flacos y vencidos te vencen, y te hacen desesperar?


miércoles, 19 de junio de 2019

EL CREDO COMENTADO. SANTO TOMAS DE AQUINO


90. —En tercer lugar, difiere en cuanto al fruto y la eficacia, porque todos resucitan por el poder de la resurrección de Cristo. Mt 27, 52: "Muchos cuerpos de santos difuntos resucitaron". Dice el Apóstol en I Cor 15, 20: "Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron".
Pero notad que por la pasión Cristo llegó a la gloria.
Luc 24, 2ó: "¿No era necesario que Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?". Así nos enseña cómo podemos nosotros llegar a la gloria: Hechos 14, 21: "Es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios".
91.—En cuarto lugar, difiere en cuanto al tiempo: porque la resurrección de los otros hombres es diferida hasta el fin del mundo, si no es que a algunos por privilegio se les concede antes, como a la Santísima Virgen, y, como piadosamente se cree, a San Juan Evangelista; pero Cristo resucitó al tercer día. Y la razón de ello es que la resurrección y la muerte y la natividad de Cristo fueron por nuestra salvación, por lo cual El quiso resucitar cuando nuestra salvación se cumpliera. Por lo cual, si hubiese resucitado al instante, no se habría creído que hubiese muerto. De la misma manera, si hubiese tardado mucho, los discípulos no habrían permanecido en la fe, y así ninguna utilidad habría en su pasión. Salmo 29, 10: "¿Qué utilidad hay en mi sangre si desciendo a la corrupción?". Por lo cual resucitó al tercer día, para que se creyera que había muerto y para que los discípulos no perdieran la fe.
92. —Pues bien, de todo lo anterior podemos sacar cuatro consecuencias para nuestra ilustración.
En primer lugar, que hemos de aplicarnos a resucitar espiritualmente de la muerte del alma, en la que incurrimos por el pecado, a la vida de justicia, que se adquiere por la penitencia. Dice el Apóstol en Ef 5, 14: "Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará". Y esta es la primera resurrección. Apoc 20, 6: "Bienaventurado el que tiene parte en la primera resurrección".
93. —En segundo lugar, que no hemos de diferir para la hora de la muerte el resucitar (del pecado), sino rápidamente, porque Cristo resucitó al tercer día. Eccli 5, 8: "No te tardes en convertirte al Señor, y no lo difieras de un día para otro", porque agobiado por la debilidad no podrás pensar en las cosas que pertenecen a la salvación, y también porque pierdes parte de todos los bienes que se hacen en la Iglesia, e incurres en muchos males por la perseverancia en el pecado.
Además, el diablo, dice San Beda, cuanto por más tiempo posee, tanto más difícilmente deja.
94. —En tercer lugar, que hemos de resucitar a una vida incorruptible, de tal suerte que no volvamos a morir, o sea, con tal propósito, que no pequemos más. Rom ó, 9: "Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte no tiene ya señorío sobre él". Y más abajo (1 1-13): "Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús. No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que obedezcáis a sus concupiscencias. Ni ofrezcáis vuestros miembros como armas de iniquidad al pecado, sino más bien ofreceos a Dios como quienes, muertos, han vuelto a la vida".
95. —En cuarto lugar, que hemos de resucitar a una vida nueva y gloriosa, de tal suerte que desde luego evitemos todo aquello que antes haya sido ocasión y causa de muerte y de pecado. Rom 6, 4: "Así como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva". Y esta vida nueva es la vida de justicia, que renueva el alma y la conduce a la vida de la gloria. Así sea.
Artículo 6
ASCENDIÓ A LOS CIELOS, Y SE SENTÓ A LA DIESTRA
DE DIOS PADRE OMNIPOTENTE
96. —Tras de creer en la resurrección de Cristo es necesario creer en su ascensión, por la cual ascendió al Cielo a los cuarenta días. Y por eso se dice: "Ascendió a los cielos".
Acerca de su ascensión debes notar tres cosas.
Primeramente fue a) sublime, b) racional y c) útil.
97. —a) Fue sublime porque ascendió a los cielos. Y esto se explica de tres maneras.
Primero, por encima de todos los cielos materiales.1 Dice el Apóstol en Ef 4, 10: "Subió por encima de todos los cielos". Cristo fue el primero en realizar tal cosa. Antes, en efecto, el cuerpo terreno no existía sino en la tierra, tanto que aun Adán estuvo en un paraíso terrenal.
En segundo lugar, ascendió por encima de todos los cielos espirituales. Ef I, 20-22: "Sentándole a su diestra en los cielos, por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación y de todo cuanto tiene nombre no sólo en este mundo sino también en el venidero; y bajo sus pies sometió todas las cosas".
En tercer lugar, ascendió hasta el trono del Padre. Dan 7, 13: "Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre, y llegó hasta el Anciano de los días"; y Marc 16, 19: "Y el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo, y se sentó a la diestra de Dios".
98. —Pero no debemos entender lo de "diestra de Dios" de una manera corporal, sino metafóricamente: porque se dice que se sentó a la derecha del Padre, en cuanto Dios, esto es, por su igualdad con el Padre; y en cuanto hombre se sentó a la derecha del Padre, esto es, con los bienes más excelentes. Pero esto afectó al diablo: Is 14, 13: "Al cielo voy a subir, por encima de las estrellas de Dios alzaré mi trono, y me sentaré en el monte de la Alianza, en el extremo norte. Subiré por encima de la altura de las nubes, me asemejaré al Altísimo". Pero no llegó allí sino Cristo, por lo cual se dice: "Subió a los cielos, y está sentado a la diestra del Padre". Salmo 109, I: "Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi diestra".
99. —b) En segundo lugar, la ascensión de Cristo fue conforme a razón, porque fue hasta los cielos; y esto por tres motivos: Primeramente porque el cielo se le debía a Cristo a causa de su naturaleza. En efecto, lo natural es que cada ser vuelva al lugar de donde es originario. Pues bien, el principio del origen de Cristo está en Dios, que es por encima de todo. Juan 16, 28: "Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo el mundo y voy al Padre". Juan 3, 13: "Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo". Y aunque los santos suben al cielo, sin embargo esto no es como sube Cristo; porque Cristo sube por su propio poder, y los santos, atraídos por Cristo. Cant 1 ,3: "Llévame en pos de ti". Pero puede decirse que nadie sube al cielo sino Cristo, porque los santos no ascienden sino en cuanto son miembros de Cristo, que es la cabeza de la Iglesia. Mat 24, 28: "Donde esté el cadáver, allí se juntarán las águilas".
En segundo lugar, se le debía a Cristo el cielo por razón de su victoria. Porque Cristo fue enviado al mundo para luchar contra el diablo, y lo venció, y por lo mismo mereció ser exaltado por encima de todo. Apoc 3,21: "Yo vencí, y me senté con mi Padre en su trono".
En tercer lugar, a causa de su humildad. En efecto, ninguna humildad es tan grande como la de Cristo, que siendo Dios quiso hacerse hombre, y siendo Señor quiso tomar la condición de siervo, haciéndose obediente hasta la muerte, como se dice en Filip 2, y descendió hasta los infiernos, por lo cual mereció ser exaltado hasta el cielo, al trono de Dios. Porque la humildad es el camino de la exaltación. Luc 14, II: "El que se humilla será exaltado"; Ef 4, 10: "Este que bajó es el mismo que subió por encima de todos los cielos".
100. —c) En tercer lugar, la ascensión de Cristo fue útil, por tres motivos.
Primeramente por razón de conducción, porque ascendió para conducirnos. Pues nosotros ignorábamos el camino, pero El mismo nos lo mostró. Miqueas 2, 13: "Ascendió, abriendo camino adelante de ellos". Y para darnos la seguridad de la posesión del reino celestial.
Juan 14, 2: "Voy a prepararos un lugar".
En segundo lugar, por razón de la seguridad que nos da. Pues subió al cielo para interceder por nosotros.
Hebr 7, 25: "Ya que está siempre vivo para interceder por nosotros". I Juan 2: "Tenemos a uno que abogue ante el Padre, a Jesucristo".
En tercer lugar, para atraer nuestros corazones hacia El. Mt 6, 21: "Donde está tu tesoro, allí está también tu corazón"; y para que despreciemos las cosas temporales.
El Apóstol en Colos 3, I: "Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios; gustad de las cosas de arriba, no de las de la tierra".

martes, 18 de junio de 2019

EL MISTERIO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO


Jesucristo y la samaritana
INTRODUCCION
Yo quisiera, en la medida que Dios me lo permita y me dé los medios para hablaros, ¡oh! no con tanta elocuencia como lo hizo san Pablo ni con tanta elocuencia como lo hicieron oradores como san Juan Crisóstomo y los grandes doctores de la Iglesia, intentar someter vuestra inteligencia, someter vuestro corazón y someter vuestra alma al Misterio de Nuestro Señor Jesucristo. Pues, en definitiva, Nuestro Señor Jesucristo siempre es el centro y el corazón de toda nuestra vida y lo será para la eternidad. Por El y en El podemos vivir de la gracia, podemos vivir de la caridad, y vivir y preparar nuestra eternidad. No hay otro camino.
Cuando consideramos lo que somos, pobres pecadores tentados de favorecer siempre más el desorden que el orden, por todas las tentaciones y por nuestras debilidades, como ya os he dicho, por las heridas que nos ha hecho el pecado original, tenemos la necesidad de encontrar no sólo a nuestro modelo sino también al que es la causa del orden que tenemos que restablecer en nosotros. Nuestro Señor Jesucristo no sólo es nuestro modelo sino también la causa de nuestra resurrección, y la causa de nuestra santificación, y en El hallamos realmente todo lo que necesitamos para nuestra santificación.
La Iglesia Católica nos presenta a este hombre perfecto en Nuestro Señor Jesucristo. De este modo, cuanto más meditemos sobre la persona de Nuestro Señor Jesucristo más nos acercaremos a Nuestro Señor por todos los medios que Nuestro Señor ha puesto a nuestra disposición: la Santa Iglesia, el santo sacrificio de la Misa, los sacramentos y toda la liturgia, y particularmente la sagrada Eucaristía. Cuanto más usemos de estos medios más penetraremos en este misterio de Nuestro Señor Jesucristo.
¡Se trata, pues, de un gran misterio! San Pablo lo repite constantemente. Es lo que enseña de un modo particular a todos los que había sido enviado. En su epístola a los Efesios, en el capítulo 3º dice así:
«A causa de esto, yo Pablo, el prisionero de Cristo por amor a vosotros los gentiles... puesto que habéis oído la dispensación de la gracia de Dios a mí conferida en beneficio vuestro cuando por una revelación me fue dado a conocer el misterio que brevemente antes os dejo expuesto. Por su lectura podéis conocer mi inteligencia en el misterio de Cristo (potestis legentes intelligere prudentiam meam in mysterio Christi), que no fue dado a conocer a otras generaciones, a los hijos de los hombres, como ahora ha sido revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: Que son los gentiles coherederos y miembros de un mismo cuerpo, copartícipes de las promesas en Cristo Jesús mediante el Evangelio, cuyo ministro fui hecho yo por don de la gracia de Dios a mí otorgada por la acción de su poder. A mí, el menor de todos los santos, me fue otorgada esta gracia de anunciar a los gentiles la insondable riqueza de Cristo e iluminar a todos acerca de la dispensación del misterio oculto desde los siglos en Dios, creador de todas las cosas, para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora notificada por la Iglesia a los principados y potestades en los cielos, conforme al plan eterno que El ha realizado en Cristo Jesús, Nuestro Señor» (Efes. 3, 1-11).
Para San Pablo, como podéis ver, la gran preocupación es la de hacer conocer a los Gentiles el misterio de Cristo. En efecto, todos sabemos, por supuesto, y lo profesamos en nuestra fe, que Nuestro Señor Jesucristo es hombre y que Nuestro Señor Jesucristo es Dios, es el Hombre Dios. En el misterio de esta unión de Dios con la naturaleza humana es evidente que hallamos muchas cosas para meditar. Este hombre, pues, que andaba por Palestina, que vivió en Nazaret durante 30 años, este hombre, pues, era Dios. Parece evidentemente extraordinario. Difícilmente podemos imaginar lo que podía ser. Porque en definitiva, ¿cómo puede estar Dios en el cuerpo de un hombre, en una simple alma humana limitada? ¿Es algo evidente que Dios pueda pasarse de la persona humana y asumir directamente por sí mismo un alma y un cuerpo? Se trata, por supuesto, de un misterio, porque nunca llegaremos a comprender con exactitud esta realidad absolutamente asombrosa, la Encarnación de Dios. Sin embargo es este el misterio en el que se halla contenida nuestra salvación. ¡En este misterio se halla incluso contenida toda la razón de ser de la creación! Vamos a procurar, en la medida que se pueda, hablar del misterio de Nuestro Señor Jesucristo.
CAPITULO I: HIJO DE DIOS
El mismo San Pablo dice que le pide a Dios que le inspire las palabras adecuadas para hablar de este misterio, de modo que no cabe duda que vamos a tratar un tema verdaderamente misterioso pero tan real y tan importante que, en definitiva, constituye el corazón de nuestra vida, el tema de nuestras meditaciones y la fuente de nuestra santificación.
Por la fe creemos en la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo y asimismo en su humanidad. Creemos y afirmamos que es Dios y hombre. Así que resulta provechoso leer algunos textos de la Sagrada Escritura que tratan de este tema de una manera muy explícita para penetrarnos bien de este pensamiento que Nuestro Señor Jesucristo es verdaderamente Dios y Hombre. Son textos tan hermosos y conmovedores que merecen ser leídos.
En primer lugar, es Nuestro Señor Jesucristo mismo quien lo afirma. Es cierto que Nuestro Señor no reveló desde el principio de su vida pública que era el Hijo de Dios, pero no es correcto decir, como dicen ahora los modernistas, que no tenía conciencia de que era verdadero Hijo de Dios, consustancial con el Padre y con el Espíritu Santo, sino simplemente de su calidad particular de hijo de Dios y esto sólo al final de su vida pública, por una especie de toma de conciencia de sí mismo. Evidentemente, esto es totalmente falso 6. Demos algunos ejemplos en san Mateo, capítulo 26. No cabe duda de que al final de su vida es cuando Nuestro Señor proclamó su divinidad, ante Caifás.
«Los príncipes de los sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban falsos testimonios contra Jesús para condenarle a muerte, pero no los hallaban, aunque se habían presentado muchos falsos testigos» (versículos 59-60).
«Al fin se presentaron dos, que dijeron: Este ha dicho: Yo puedo destruir el templo de Dios y en tres días reedificarlo. Levantándose el Pontífice, le dijo: ¿Nada respondes? ¿Qué dices a lo que estos testifican contra ti?» (versículos 61-62).
«Jesús callaba y el pontífice le dijo: Te conjuro por Dios vivo a que me digas si Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios». (versículo 63).
«Jesús le dijo: Tú lo has dicho. Y yo os digo que un día veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo» (versículo 64).
«Ellos respondieron: Reo es de muerte» (versículo 66).
Está claro: cuando Nuestro Señor proclamó públicamente su divinidad, el sumo sacerdote juzgó que se trataba de una blasfemia y que este hombre que se hacía Dios merecía la muerte.
Es una afirmación solemne por parte de Nuestro Señor, que dijo que El es verdaderamente el Hijo de Dios y que un día se le verá venir sobre las nubes del cielo.
En el capítulo 17 hay otro pasaje, no menos significativo, que es el de la Transfiguración.
«Seis días después, escribe san Mateo, tomó Jesús a Pedro, a Santiago y a Juan, su hermano, y los llevó aparte, a un monte alto y se transfiguró ante ellos».
Tenemos que pensar y creer que la Transfiguración tendría que haber sido un estado normal para Nuestro Señor. Lo anormal es que no estuviese transfigurado de manera habitual, ya que Nuestro Señor tenía la visión beatífica. Tenía la visión beatífica desde el momento de su nacimiento y desde que su alma había sido creada. Así que las consecuencias de la visión beatífica tendrían que haberse manifestado en su cuerpo y en su ser, como en los elegidos. Los elegidos son gloriosos en este momento (por lo menos para el cuerpo de la Santísima Virgen: cuando los cuerpos se reúnan a las almas bienaventuradas, serán transfigurados). Estos cuerpos tendrán todas las propiedades de los cuerpos resucitados: serán luminosos y brillarán como el sol. Esta es una de las consecuencias de la visión beatífica y de la gloria de Dios en las almas. Gozando de la visión beatífica, Nuestro Señor normalmente hubiese tenido que tener un cuerpo transfigurado. Pero, por un milagro, Nuestro Señor quiso vivir como los demás hombres y no tener habitualmente un cuerpo transfigurado.
«Se transfiguró ante ellos; brilló su rostro como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías hablando con El. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, una para Moisés y otra para Elias”

6 ¡Ya san Fulgencio, obispo de Ruspe (468-533) denunciaba esta herejía, en la cual reinciden los modernistas! Así escribía: «Es totalmente imposible y ajeno a la fe decir que el alma de Cristo no tuvo conocimiento pleno de su divinidad, con la cual creemos que no formaba naturalmente más que una persona» (Carta 12, cap. 3, nº 26).
«Mientras que la divinidad se conocía como tal por ser naturalmente tal, el alma conocía toda la divinidad sin ser ella misma la divinidad. Así pues, la divinidad naturalmente es su propio conocimiento, mientras que, por el contrario, el alma de Cristo recibió de la divinidad el conocimiento de la divinidad que conoció» (Carta 14, cap. 3, nº 31).