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lunes, 26 de junio de 2017

MEDIO ORIENTE NO DEJA DE SORPRENDERNOS, AHORA ARABIA SAUDÍ




Mohammed ben Salman toma el poder en Arabia Saudita.
Estimados lectores, no hace mucho hablábamos de Siria en este mismo blog como también de Corea del Norte. Ahora volvemos a donde empezamos, pero no con Siria, ni con Cataar (lo cual lo dejare para otro momento mientras reuno mas información) sino con Arabia Saudí por los grandes acontecimientos que se precipitaron a raíz de la deposición del oficial príncipe heredero y la designación del hijo de tal rey, he aquí el informe:
El rey Salman ben Abdelaziz Al-Saud, de 81 años, depuso de todas sus funciones al príncipe Mohammed ben Nayef Al-Saud, de 57 años, quien hasta ahora ostentaba el título de príncipe heredero así como los cargos de viceprimer ministro y ministro del Interior de Arabia Saudita.
De esta manera, el propio hijo del rey, o sea el príncipe Mohammed ben Salman Al-Saud, de 31 años, se convierte, de hecho, en el nuevo príncipe heredero.
El príncipe Mohammed ben Nayef Al-Saud, quien hizo sus estudios en Oregón (Estados Unidos) y posteriormente se formó en el FBI y en Scotland Yard, estaba considerado como el hombre de Estados Unidos en Arabia Saudita y había obtenido resultados en la lucha contra algunos disidentes de al-Qaeda. Su marginación pone fin a las esperanzas de la rama de los Nayef de alcanzar el trono.
Por su parte, el príncipe Mohammed ben Salman carece de formación académica. Detenta, cuando más, un título de bachiller obtenido en una escuela local pero se ignora si ese título realmente corresponde a la realización de verdaderos estudios. Hizo su debut en política como asistente de su padre, el actual rey, cuando este último fue gobernador de Riad y posteriormente ministro de Defensa.

En 2015, cuando el rey Salman accedió al trono, fue su hijo, el príncipe Mohammed ben-Salman, quien se convirtió en ministro de Defensa e implicó al ejército de Arabia Saudita en la agresión contra Yemen, que está resultando desastrosa para las tropas sauditas. Disponiendo del poder real por procuración, el hijo del rey presentó Visión 2015, un amplio proyecto de reforma política que prevé la privatización de ARAMCO –única fuente de divisas de Arabia Saudita– y desarrollar el reino sin contar para ello con la industria del petróleo.
A pesar de lo anterior, el hijo del rey Salman es conocido sobre todo debido a su trayectoria como miembro de la jet set y por la compra del enorme yate Serene (ver foto) en 500 millones de euros.
Todo indica que el rey Salman tendría que abdicar próximamente dejando a su hijo en el poder. Eso resolvería temporalmente la difícil cuestión de la sucesión en Arabia Saudita, donde hasta ahora el trono pasaba a manos del mayor de los hijos del fundador de la dinastía Saud. El actual rey Salman es el 25º de los 53 hijos de Abdelaziz ben Abderrahman Al-Saud, el primer rey de Arabia Saudita.
En enero de 2015, al morir el rey Abdallah, su medio hermano el príncipe Mukrin ben Abdelaziz Al Saud fue nombrado príncipe heredero. Pero 3 meses después, en abril de 2015, fue separado abruptamente del orden de sucesión –algo que nunca había sucedido antes– y reemplazado por el príncipe Mohammed ben Nayef, que ahora acaba de correr la misma suerte.
Como premio de consolación, la rama de los Nayef obtuvo que sea un yerno del príncipe Mohammed ben Nayef quien reemplace a este último como ministro del Interior. Y si se decidió recurrir a un yerno es porque Mohammed ben Nayef no tiene ningún hijo varón.
El nuevo príncipe heredero, de 31 años, podría reinar alrededor de 50 años. Pero si muriera relativamente joven, su sucesor sería su hijo, incluso si aún fuese menor de edad.

La solución adoptada para resolver el problema de la sucesión en Arabia Saudita recibió la aprobación de Estados Unidos y fue adoptada por 31 de los 34 miembros del Consejo de Fidelidad, que en realidad es un consejo de familia de los Saud.

Con esa solución, la sucesión se salta 2 generaciones. De hecho, el príncipe Mohammed ben Salman está poniendo jóvenes a la cabeza de las diferentes administraciones de Arabia Saudita, país donde la edad media de la población es de 27 años. Que nos espera con este nuevo príncipe enemigo acérrimo de Irán? ¡El Medio Oriente arde y su fuego puede incendiar al mundo¡

VIDA DE MONSEÑOR MARCEL LEFEBVRE

Su Excelencia el Cardenal Obispo de Lille me encarga que le avise que lo autoriza a dejar la parroquia de Marais-de-Lomme a partir del 20 de julio. Se proveerá a su reemplazo en el próximo Consejo episcopal.
Ya que se le había confirmado la voluntad divina, el Padre Lefebvre escribió a la calle Lhomond, de París, a la Casa Madre de la Congregación, para solicitar su admisión en el noviciado de los Padres del Espíritu Santo.

CAPITULO 5

Sacerdote y novicio (1931-1932)

Si de veras busca a Dios...

La feliz afluencia de vocaciones misioneras en los Padres del Espíritu Santo (120 candidatos nada más que para el noviciado de futuros sacerdotes al inicio de curso de 1929) había obligado a los espirítanos franceses a dividir en dos su noviciado, repartiendo Ody con Neufgrange, en Lorena.
En Ody se presentó el Padre Marcel Lefebvre el 10 de septiembre de 1931. Situada en la calle Grignon n° 126, en Ody, al sur de París, la propiedad se componía de dos edificios dispuestos en escuadra, de los cuales el principal tenía una planta baja, un primer piso y un segundo piso con habitaciones abuhardilladas. Se le sumaban diversas dependencias y una hermosa y amplia capilla separada, de estilo ojival. Toda la nave de este edificio estaba ocupada por las cuatro filas de asientos de coro enfrentados, y su tribuna elevada contaba con un órgano".
El patio interior, un pequeño jardín y los huertos no dejaban mucho espacio para pasear ni para dejar correr la fantasía, y los campos vecinos sólo se ofrecían para el recreo en los días de paseo. Ése era el entorno austero que acogía al aprendiz de novicio. Orly nos hace pensar en el aeropuerto; pero «entonces no existía todavía el actual aeropuerto -recordaba un novicio del curso 1934-1935-sino sólo una base aérea; sobre nuestras cabezas daban vueltas los "autogiros", antecesores de los helicópteros.
En aquel primer día de septiembre de 1931 el Padre Marcel Lefebvre, acompañado de su joven hermano Joseph, que quería probar la vocación espiritano (pero que no perseveraría en ese camino) llegaba por la tarde a la puerta de «Grignon». Atrajo su atención un grupo de jóvenes sentados sobre el talud de enfrente, que le miraban con ojos burlones. Marcel se dirigió a ellos:
-Buenas tardes... ¿Qué hacen aquí? ¿Hay que llamar?
-¡No vale la pena! No responden.
-¿Y se quedan ahí esperando?
-Sí, estamos esperando.
-¿Y qué esperan?
-¡Anda! Que nos abran.
-y ¿por qué no abren?
-Lo hacen para probamos: ¡puerta cerrada!,
-¡Ah! -dijo Marcel-. Ya veo: es como en la regla de San Benito: «Cuando alguien llega por primera vez para abrazar la vida monástica, no debe ser admitido fácilmente»5.
Solamente que San Benito dice que hay que «perseverar llamando». Y el Padre Marcel siguió llamando con prolongados golpes insistentes; pero todo fue en balde.
-¡Mientras no nos hagan esperar «cuatro o cinco días», como sugiere San Benito! Finalmente, a fuerza de esperar (aunque antes de hacerse de noche) los postulantes vieron que se abría la pequeña puerta. Ahora bien, esa pequeña ducha fría a su llegada les había abierto el apetito; así que, aun tomada en silencio, la sopa caliente reanimó sus corazones y los dispuso a soportar otras pruebas. ¿No es el noviciado, según la expresión consagrada, «el tiempo en que el candidato a la vida religiosa prueba sus fuerzas y su carácter para ver si la comunidad le conviene, y a su vez el maestro de novicios lo estudia y lo prueba para ver si él conviene a la comunidad.
Marcel había leído y releído el capítulo de San Benito que acababa de evocar:
Se les asignará [a los neófitos] -decía el santo Patriarca- un presbítero apto para ganar las almas, que velará por ellos con la máxima atención. Se observará cuidadosamente si de veras buscan a Dios, si ponen todo su celo en la obra de Dios, en la obediencia y en las humillaciones.
Sí, Marcel sólo fue allí para «buscar a Dios». En cuanto a la obediencia y humillaciones, deseaba practicarlas: estaban incluidas en el programa.
Entre los sesenta novicios de todas las procedencias, desde Canadá hasta Polonia y desde Trinidad hasta la isla de Mauricio, había una buena proporción de seminaristas que habían escuchado los llamamientos del Papa a favor de las misiones. Este llamamiento a «lo más perfecto» atrajo igualmente a tres compañeros de Marcel en Santa Chiara", dos de ellos sacerdotes. El primero, Jean Wolff, acababa de pasar dos años como Vicario en Saint-Maixent, y más tarde sería Obispo de Diego-Suárez, en Madagascar. El segundo era Émile Laurent, que entró con Marcel en Santa Chiara en 1923, donde era el estudiante más joven; prolongó un año más sus estudios romanos. Con él, el Padre Lefebvre «reanudó una amistad más estrechas". Otros novicios eran Jean Mouquet, sobrino del decano de Notre-Dame de Tourcoing, futuro «gabonés», y Joseph Michel, noveno hijo de una buena familia bretona de doce hijos que dio a la Iglesia siete consagrados. En diciembre, Gilles Sillard, otro futuro «gabonés», y Gérard de Milleville, futuro Arzobispo de Conakry, se unieron al pequeño grupo, mientras que Robert Dugon, cuyo agitado itinerario ya hemos relatado, terminó su noviciado el 8 de diciembre lo Bendita enseñanza de la vida espiritual El Superior de la casa, el Padre joseph Oster, decano de la Congregación por su edad, había sido Prefecto Apostólico de Saint-Pierre-et-Miquelon. Pero el religioso que estaba en constante relación con los jóvenes candidatos era el Padre Noél Faure, Maestro de novicios, a quien llamaron de Guadalupe en 1929 para que sucediera en el cargo al Padre Henri Nique. Mezcla de austeridad y de bondad, era un fino psicólogo e invitaba a sus novicios a la apertura total del alma. Buen pedagogo, daba un curso apasionante de vida espiritual y religiosa, en el que también trataba las constituciones.
El Padre Gaston Cossé, vicemaestro, había llegado de Loango (Congo) e intentaba curarse de la enfermedad del sueño; daba el curso sobre misiones. En cuanto al Padre Charles Desmats, era el confesor de todo ese pequeño mundo. Aunque enfermo de los ojos, impartía el curso sobre derecho regular!", exposición detallada del estado religioso, insistiendo en el voto de obediencia, «holocausto de la voluntad y fuerza del cuerpo religioso».
Para aliviar al Padre Desmats encargaron a Marcel que diera un curso 14. El cuaderno de apuntes de Sagrada Escritura que tan cuidadosamente había confeccionado fue el texto que empleó como novicio-profesor. En él trataba del Evangelio, de los Hechos de los Apóstoles y de las Epístolas, coronándolo todo con las Bienaventuranzas, que resumen el espíritu de Jesucristo.
El curso de vida espiritual del Padre Faure hizo la dicha de nuestro novicio. Había sentido en Roma la falta de un verdadero curso sobre ese tema, lamentando que la sobrecarga de estudios no le permitiese seguir asiduamente las lecciones de teología espiritual del Padre Joseph de Guibert, S.J., en la Gregoriana: «Nos faltaba -diría luego- este año de reflexión, de oración y de estudio sobre lo que es realmente la vida interior, la vida de perfección», además de que somos «corazones hechos para vivir una vida interior intensa en unión con Nuestro Señor, en la que procuramos adquirir las virtudes necesarias para identificarnos con Nuestro Señor». Esa misma carencia de un curso de doctrina espiritual la había experimentado el Padre Lefebvre mientras fue Vicario en Lomme, cuando quiso «comunicar su ciencia y ponerla verdaderamente al nivel de los fieles que aspiran a la vida interior '".
El Padre Faure se inspiraba en el clásico Compendio de teología ascética y mística de Tanquerey, completado muy armoniosamente con tres retiros predicados por él: retiro de conversión, retiro de oración y retiro de profesión.
El espíritu del venerable Libermann El «retiro de conversión» o retiro mayor tuvo lugar del 25 de noviembre al4 de diciembre de 1931, siguiendo el plan de la «primera semana» de los Ejercicios espirituales de San Ignacio, que pone al alma ante el pecado, «el gran y (puede decirse) único mal», para extirpar sus raíces y realizar en ella «una progresión verdadera y profunda», a condición de que no se quede en el temor servil, sino que se ensanche en el temor filial".
Fue lo que seguramente logró el «retiro de oración», predicado en la siguiente primavera según la doctrina espiritual del Venerable Libermann. Nuestro novicio descubrió los tres movimientos de esa espiritualidad exigente y pacificadora: «Renuncia, paz, unión con Dios». Poco a poco la gracia divina lo estableció en esa unión de manera casi habitual, por medio de una mirada simple y sintética sobre el misterio que, desde Roma, cautivaba su alma: el misterio de Nuestro Señor y de su Cruz, «misterio insondable de la caridad de Dios con nosotros». ¿Cómo no responder a ese don con una caridad recíproca hacia Dios: «Sic nos amantem, quis non redamaret»?.
Marcel Lefebvre no experimentó ese hiato que sienten algunos entre la oración y la acción: «La vida del espiritano -escribía-debe ser la contemplación que se entrega en la acción. En la medida de lo posible hay que eliminar la separación entre la oración y el trabajo. No dejemos a Dios al dado a nuestros hermanos».
Ascesis y purificaciones
En la base de la vida de unión con Dios, Libermann ponía el desprendimiento perfecto y universal de todo y de sí mismo'", que era precisamente el objeto de la ascesis del noviciado. La distribución del tiempo, que no dejaba pasar tres cuartos de hora sin cambiar de ejercicio, y los trabajos imprevistos obligaban a practicar la disponibilidad y la renuncia del propio juicio. Cada semana, en el capítulo de las culpas, cada uno se veía señalar tal o cual falta por algún compañero vigilante. «Por una falta de nada, había que ponerse de rodillas y besar el suelo. Con un poco de sentido común, no nos lo tomábamos a la tremenda». Marcel cumplía con seriedad esos gestos humillantes: siendo sacerdote, tenía que dar ejemplo.
Del mismo modo, no refunfuñaba por tener que darse la disciplina. Esa forma de penitencia, usual en Orly, figuraba entre sus propósitos de fin de noviciado; pero luego no se atuvo a ella. Por lo demás, el Padre Libermann juzgaba que un misionero tenía otras muchas mortificaciones, aunque no fuera más que el calor.
Fue el frío, empero, lo que más puso a prueba a nuestro novicio:
Fue un año frío --contaba-, ¡Dios mío, Dios mío! ¿Cómo se podía hacer sufrir a los novicios de esa manera? ¡Increíble!La sala de comunidad era la única con calefacción; el agua sacada del grifo del pasillo se helaba en las palanganas de aseo; por la noche nos poníamos cuatro, cinco o seis mantas, que pesaban pero no calentaban. ¡Oh, era terrible! No sé cómo no me morí de frío. Y para colmo nos hacían leer a Rodríguez (La perfección cristiana) unos detrás de otros en el patio, afuera. ¡Con el frío terrible que hacía! Ya no sentíamos los dedos que sostenían el libro".
A la ascesis del frío le siguió la prueba de la enfermedad. Desde finales del año 1931 empezó a padecer fuertes dolores de cabeza; luego, tras un momento de calma, se le declaró una fatiga cerebral aguda en junio de 1932.
 Su noviciado --contaba su hermana carmelita- transcurría con la mayor fidelidad para no ser más que una ascensión hacia Dios; todas sus cartas respiraban ese perfume, su experiencia iba profundizándose; sin embargo, su salud declinaba hasta tener que pasar horas en el jardín recostado en una hamaca ... ¡Qué humillación!
Él lo aceptó «con toda sencillez» -añadía-, porque «sabía transformar las pruebas en acción de gracias»22.
La lectura de El Santo Abandono de Dom Vital Lehodey lo ayudó a aceptar la voluntad del beneplácito divino, pero 'como las horas de hamaca no bastaban para «airear su cerebro», enviaron al novicio a respirar el aire de su región natal, o al menos el de una casa de campo donde pudo reunirse con su madre:
Marcel-escribía ella- ha pasado con nosotros quince días de reposo, límite permitido fuera del postulantado [noviciado].
[ ... ] Agradezco a Dios esos momentos, casi de paraíso, que he pasado con él, [ ... ] 




domingo, 25 de junio de 2017

DOMINGO III DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

“Mira Señor y ten compasión de mí, porque estoy solo y pobre. Mira mi bajeza y mis trabajos y perdona todos mis pecados”
Estas palabras sentidas están tomadas del introito de este domingo y son como las que nos marcan el camino para nuestro siguiente sermón del presente domingo.
Esta frase es una de las tantas utilizadas por las Escrituras Sagradas cuyo fin es avivar en nosotros y mover el engranaje espiritual de nuestro alma partiendo desde un principio real y eficaz para todas las almas espirituales.
“Mira señor, y ten compasión de mi”, se pone de manifiesto, en estas palabras, la inutilidad de la criatura respecto a su creador, del siervo asía su señor, del esclavo asía su amo y del desgraciado a quien todo lo puede. Y, a la verdad estas palabras nacen de un corazón abatido, de un corazón humillado y de un corazón sincero, no hay nada más hermoso a los ojos de Dios que la disposición de este corazón ni nada imposible que Él pueda hacer por el alma de estos hombres espirituales. Dicha petición no nace sino del conocimiento de SI MISMO, DE SU IMPOTENCIA Y DE SU NADA, es decir de un corazón vacio de sí mismo y de la luz derramada por Nuestro Señor con el fin de hacerle conocer su nada y su miseria. Es imposible que, quien se encuentra saturado de sí mismo, saque una súplica semejante porque piensa insensatamente no necesitar nada de Dio y engañase a si mismo porque entonces es la criatura más miserable del mundo, para estas almas no hay posibilidad de obtener de Dios las riquezas insondables de su Sacratísimo Corazón afirma esto el himno sublime cantado por la bienaventurada virgen Maria en su magníficat , en donde dice con suma claridad: Esurientes implevit bonis et divites dimisit inanes””A los pobres los llena de bienes y a los ricos los despide vacios” entiéndase bien cuando habla de ricos no hace alusión exclusiva a los ricos propiamente hablando sino a todo género de alma ya soberbia, ya vanidosa, ya, en fin, llena de los pecados capitales que proporcionan una “riqueza odiosa a los ojos de Nuestro buen Dios a toda esta caterva de “ricos” están dirigidas la frase del Mafnificat.
Hoy más que nunca la cizaña de esta calaña está muy entrelazada con el trigo en el campo del mundo, somos humildes a NUESTRO MODO, decimos ser sabios a NUESTRA MANERA y otras tantas cosas como que si Dios aprobara esa conducta, pero dime hermano, cuando la injuria injusta te ataca o cuando alguien señala tus defectos, pregunto, donde está tu humildad? Cuando alguien te dice ignorante donde está tu cordura espiritual? Entonces no están dirigidas a ti las palabras primeras del introito de este dia. Bienaventurados los corazones a quien el Señor visita arrancando de los mas profundo de sus almas esta primera petición.
“Porque estoy solo y pobre” Esta es estimados hermanos el lamentable estado permanente de nuestra alma cuando esta alejada de Dios y añora su presencia la cual le da verdadero sentido a su alma y desata en ella u deseo enorme de tenerlo como uno de sus principales comensales, pero no lo tiene. Razón de sobre tiene para lamentarse de tamaña soledad porque al fin sus ojos del alma descubren tan enorme ausencia, podrá estar rodeado de muchas criaturas, podrá tener muchas cosas, pero ellas no le proporcionan lo único más importante al ser supremo a Dios quien lo es todo en todos y sin Él gime como una miserable tórtola sin consuelo sin escuchar la voz de su amado y o paradoja está rodeada de todo, pero se siente muy sola y, a la vez muy pobre por más de que sus arcas estén rebosando de oro. Esta soledad es un escalón más en el conocimiento de Dios como principio de nuestras almas y como fin de ella. Por fin comprendió que las criaturas sean racionales o de cualquier otra índole so son sino estorbos cuya presencia le impiden adentrarse más en el conocimiento de si mismo y de Dios en donde se encuentra la verdadera sabiduría de la cual se nutrieron los grandes sontos tanto del Antiguo como del nuevo testamento. La sabiduría para Dios es no saber nada de la que el mundo, demonio y carne nos ofrecen y ser un analfabeta ante Nuestro Buen Dios quien se constituye en nuestro verdadero Maestro porque “sus palabras tiene vida eterna” así lo afirmo san Pedro cuando lo dejaron solo por una gran verdad dicha;: “Acaso también vosotros queréis dejarme?” “Señor, dice San Pedro, a quien iremos, TÜ solo tienes palabras de vida eterna.
Santa Teresa de Jesús nos señala cual es nuestra verdadera riqueza cuando dice: “…Quien a Dios tiene, nada le falta solo Dios basta. Este es el tesoro que nos saca de la pobreza, nos aleja de la falsa pobreza y nos cimenta en la verdadera riqueza imperecedera y, por la cual, dejamos de ser pobres, por eso dice la Santísima Virgen: “A los pobres llena de bienes”, donde esta entonces la pobreza? Los bienes como bien sabéis no son materiales sino espirituales, pero, no por ellos los otros dejan de venir porque este buen Padre cuida mucho que nada nos falte. Y finalmente dice:
“Mira mi bajeza y mis trabajos y perdona todos mis pecados”
Cuando Adán y Eva salieron del paraíso, en donde todo tenían, al principio no captaron la profundidad del castigo fulminado por Dios no fue sino cuando este castigo comenzó a surtir “efecto fue ahí donde comprobaron lo estéril de sus labores, lo extenuado de sus trabajos y ello les mostro la bajeza en la cual habían caído de tenerlo todo en el paraíso a no tener nada en la tierra de maldición, agravo más de lo imaginado la muerte de su estimado hijo Abel y la maldición fulminada contra el hijo homicida, ¡Que desgracia irreparable! Y nadie podía mitigar sus dolores ni hacer más ligeros sus trabajos. Ya era tarde para enmendar el error o el pecado cometido ya no se podía volver atrás era necesario resignarse a la voluntad divina y llevar su cruz hasta el fin de sus vidas y, si se pudiera decir, aun mas allá de la muerte  por la triste herencia dejada a la humanidad representada por ellos. Quien no ve en ello la bajeza de nuestra condición? De HIJOS A ESCLAVOS, de comensales a mendigos y menesterosos, en fin una, bajeza sin nombre delante de Dios y es esta la que clama al señor: “Mira mi bajeza” y al final menciona la palabra clave para salir de todos sus infortunios: “y perdona todos mis pecados”  He aquí el núcleo de esta hermosa oración del introito de esta Misa, he aquí en donde el soberbio, vanidoso y amante de este siglo no obtiene dicho perdón de sus pecados y con ello la gracia inestimable de ser ya no esclavos del pecado y enemigos de Dios sino hijos y herederos de la vida eterna manifestada en Nuestro Señor Jesucristo, ¡cuán tan difícil es confesar nuestros pecados? ¡Cuán tan difícil es doblar nuestra cerviz ante la omnipotencia divina! ¡Cuán tan pocos, en la actualidad, reciben el fruto hermoso de ser consolados por nuestro buen Padre, gozar de su incomparable compañía y sentir que nuestros pecados nos son perdonados!
Quiera Dios en su infinita bondad, sea uno de ellos en este tercer domingo después de Pentecostés.



sábado, 24 de junio de 2017

EL CORAZÓN ADMIRABLE DE LA MADRE DE DIOS


En este altar se aniquila totalmente toda desconfianza del poder divino, de su bondad, de la verdad de las palabras y fidelidad a sus promesas, viéndose trocada en una gran desconfianza de sí mismo y de cuanto no sea Dios, que hace que la Virgen fidelísima jamás se apoye en sí misma ni en cosa alguna creada, sino en el solo poder y misericordia de Dios. Pues tiene bien conocidas aquellas palabras: "Desgraciados los que se abandonan a la dejadez y descorazonamiento, en vez de confiar en Dios, pues se hacen indignos de su amparo" (31).
En él son destruidas la osadía y la intrepidez por emprender cosas relacionadas con el mundo, o, tratándose de cosas buenas, pero lo verifican sin el designio de Dios, y sin haberlo consultado ni haber tomado consejo su espíritu, pasando a ser una fuerza divina que le impele a combatir denodadamente y vencer triunfalmente las dificultades y los obstáculos que se le opongan en el cumplimiento del mandato de Dios.
Todo temor de pobreza, de dolor, de menosprecio, de muerte y de todos los otros males temporales que los hombres de carne y sangre suelen experimentar; como también todo temor de un Dios mercenario y servil, es ahogado y cambiado en el sólo temor amoroso y filial de desagradarle por poco que sea, o de no hacer algo para agradarle más.
Toda cólera e indignación sea contra cualquier creatura y para cualquier motivo (sujeto), es  extinguida completamente y transformada en una justísima y divina cólera contra toda especie de pecado, que le pone en disposición de convertirse en polvo y ser sacrificada mil veces para aniquilar el menor de todos los pecados, si tal fuera el agrado de Dios.
Así este gran sacerdote, que es el amor divino, sacrifica a la adorabilísima Trinidad, sobre el santo altar del Corazón de María, todas sus pasiones, inclinaciones y sentimientos de amor, de odio, de deseo, de fuga o de aversión, de alegría, de tristeza, de esperanza, de desconfianza, de atrevimiento, de temor y de cólera.
Y este sacrificio se realiza desde el primer instante en que este santo Corazón ha comenzado a moverse en su pecho virginal, es decir desde el primer instante de la vida de esta Virgen inmaculada; y continúa incesantemente hasta el último suspiro realizándose siempre, cada vez con más amor y santidad. ¡Oh grande y admirable sacrificio, y maravillosamente agradable al Dios de los corazones! ¡Oh bienaventurado Corazón de la Madre del amor, por haber servido de altar a este divino sacrificio! ¡Bienaventurado Corazón por no haber amado ni deseado nada más que a Aquél que es únicamente amable y deseable! ¡Bienaventurado Corazón, por haber puesto toda su alegría y todo su contentamiento en amar y honrar a Aquél que es sólo capaz de contentar el corazón humano; y por no haber tenido nunca más tristeza que la que se originaba de las ofensas que sabía se hacían contra su divina Majestad! Bienaventurado Corazón que nunca odió nada, ni huyó nada, ni temió nada más, que podía herir los intereses de su Bien-amado; y que nunca se encolerizó más que contra lo que se oponía a su gloria! ¡Bienaventurado Corazón, que de tal manera ha sido cerrado a todas las pretensiones de la tierra y del propio interés que nunca ninguna tuvo lugar en él; que no ha tenido menos confianza en Dios que desconfianza en sí mismo; y que, estando armado de la firme esperanza que tenía en la divina Bondad, y de una santa generosidad, nunca ha cedido a las dificultades y obstáculos que el infierno y el mundo le han suscitado para impedirle avanzar en las vías del amor sagrado; sino que los ha superado siempre con una fuerza invencible y una constancia infatigable! ¡Bienaventurados los corazones de los verdaderos hijos de María, que procuran conformarse al Corazón santísimo de su buenísima, Madre! ¡Bienaventurados los corazones que son otros tantos altares sobre los que el amor divino realiza un continuo sacrificio de todas sus pasiones consumiéndolas en su fuego y transformándolas en las de Jesús y María; es decir, haciendo que estos mismos corazones sepan amar Y odiar, desear y huir, alegrarse y entristecerse, desconfiar y confiarse, ser atrevidos y temerosos, y tener indignación y cólera, no al modo de los hijos del siglo y de los hombres de carne y sangre; sino al modo del Hijo de Dios, de la Madre de Dios, y de sus verdaderos hijos. ¡Oh Jesús, hacednos esta gracia, yo os conjuro por el amabilísimo Corazón de vuestra dignísima Madre y por todas las bondades de vuestro adorable Corazón!

CAPÍTULO IV

El Corazón espiritual de la bienaventurada

Virgen

El Espíritu Santo, que acostumbra a comprender muchas cosas en pocas palabras, al hacer una descripción favorable y honrosa de las principales facultades tanto del cuerpo como del alma de su divina Esposa, la bienaventurada Virgen, y al querer hacer el panegírico de su Corazón, emplea muy pocas palabras, pero que contienen una infinidad de cosas. No dice más que estas tres palabras: QUOD INTRINSECUS LATET": lo interiormente oculto"'. Pero estas tres palabras comprenden todo lo que se puede decir y todo lo que se puede pensar de más grande y más admirable de este corazón real.

Porque ellas nos declaran que es un tesoro oculto a todos los ojos más esclarecidos del cielo y de la tierra, y que está lleno de tantas riquezas celestiales que no hay otro sino sólo Dios, que tenga un conocimiento perfecto de él. Notad que el Espíritu Santo no pronuncia estas palabras una sola vez, sino dos veces en un mismo capítulo, tanto para grabarlas más en nuestro espíritu, y obligarnos a considerarlas con más atención, como para designarnos el Corazón corporal de la Reina del cielo, del que acabamos de hablar en el capitulo anterior, y su Corazón espiritual, del que vamos a hablar aquí.


§ 1. QUE ES EL CORAZÓN «ESPIRITUAL»


¿Qué es el corazón espiritual? Para que lo entendáis es necesario saber que aunque no tengamos más que un alma, puede sin embargo ser considerada en tres estados diferentes.

El primero y más bajo es el del alma vegetativa, que tiene mucha semejanza con la naturaleza de las plantas porque el alma en este estado no tiene otro empleo que el de alimentar y conservar el cuerpo.


El segundo es el estado del alma sensible, que nos es común con las bestias. En este estado, hay dos partes principales: la parte sensitiva y la parte afectiva.

Hemos visto arriba cómo esta última parte contiene todas las afecciones y pasiones naturales.

La sensitiva comprende los cinco sentidos exteriores que son bastante conocidos, y los interiores que son cuatro.

El tercer estado de esta misma alma es el de la parte intelectual, que es una substancia espiritual como los ángeles, que no está sujeta a ningún órgano corporal, como son los sentidos y las pasiones, y que comprende la memoria intelectual, el entendimiento y la voluntad, con la parte suprema del espíritu que los teólogos llaman la punta, la cima o eminencia del espíritu, la cual no se conduce por la luz del discurso y del razonamiento, sino por una simple visión del entendimiento y por un sencillo sentimiento de la voluntad por los que el espíritu se somete a la verdad y a la voluntad de Dios.

Es esta tercera parte del alma, la que se llama espíritu, la porción mental, la parte superior del alma, que nos hace semejantes a los ángeles, y que lleva en sí, en su estado natural la imagen de Dios y en el estado de gracia su divina semejanza.

Esta parte intelectual es el corazón y la parte más noble del alma. Porque primeramente es el principio de la vida natural del alma racional, que consiste en el conocimiento que puede tener de la Verdad suprema, por la fuerza de la luz natural de su entendimiento, y en el amor natural que tiene para la soberana Bondad. Al mismo tiempo estando animada del espíritu de la fe y de la gracia, es, con él, el principio de la vida sobrenatural del alma, que consiste en conocer y amar a Dios por una luz celestial y por un amor sobrenatural: "ésta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, solo Dios verdadero" (2).

En segundo lugar esta misma parte intelectual es el corazón del alma, porque en ella se encuentra la facultad y la capacidad de amar, pero de una manera mucho más espiritual, más noble y más elevada, y con un amor incomparablemente más excelente, más vivo, más activo, más sólido y más duradero que el que procede del corazón corporal y sensible.

Y es la voluntad esclarecida por la luz del entendimiento y la antorcha de la fe, la que es principio de este amor. Cuando se conduce solamente por la luz de la razón humana, y cuando no obra más que por su virtud natural, no produce más que un amor humano y natural que no es capaz de unir al alma con Dios; pero cuando sigue a la antorcha de la fe, y se mueve empujada por el espíritu de la gracia, es fuente de un amor sobrenatural y divino que hace al alma digna de Dios.

viernes, 23 de junio de 2017

CONTEMPLACIÓN DEL AMOR DEL CORAZÓN DE JESÚS





CARTA ENCÍCLICA

HAURIETIS AQUAS

DE SU SANTIDAD

PÍO XII

SOBRE EL CULTO AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

(EXTRACTO DE LA CARTA ENCICLICA)

 

III. CONTEMPLACIÓN DEL AMOR DEL CORAZÓN DE JESÚS

 

17. Ahora, venerables hermanos, para que de estas nuestras piadosas consideraciones podamos sacar abundantes y saludables frutos, parémonos a meditar y contemplar brevemente la íntima participación que el Corazón de nuestro Salvador Jesucristo tuvo en su vida afectiva divina y humana, durante el curso de su vida mortal. En las páginas del Evangelio, principalmente, encontraremos la luz, con la cual, iluminados y fortalecidos, podremos penetrar en el templo de este divino Corazón y admirar con el Apóstol de las Gentes «las abundantes riquezas de la gracia [de Dios] en la bondad usada con nosotros por amor de Jesucristo» [57].

18. El adorable Corazón de Jesucristo late con amor divino al mismo tiempo que humano, desde que la Virgen María pronunció su Fiat, y el Verbo de Dios, como nota el Apóstol, «al entrar en el mundo dijo: "Sacrificio y ofrenda no quisiste, pero me diste un cuerpo a propósito; holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: Heme aquí presente. En el principio del libro se habla de mí. Quiero hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad..." Por esta "voluntad" hemos sido santificados mediante la "oblación del cuerpo" de Jesucristo, que él ha hecho de una vez para siempre» [58].

De manera semejante palpitaba de amor su Corazón, en perfecta armonía con los afectos de su voluntad humana y con su amor divino, cuando en la casita de Nazaret mantenía celestiales coloquios con su dulcísima Madre y con su padre putativo, san José, al que obedecía y con quien colaboraba en el fatigoso oficio de carpintero. Este mismo triple amor movía a su Corazón en su continuo peregrinar apostólico, cuando realizaba innumerables milagros, cuando resucitaba a los muertos o devolvía la salud a toda clase de enfermos, cuando sufría trabajos, soportaba el sudor, hambre y sed; en las prolongadas vigilias nocturnas pasadas en oración ante su Padre amantísimo; en fin, cuando daba enseñanzas o proponía y explicaba parábolas, especialmente las que más nos hablan de la misericordia, como la parábola de la dracma perdida, la de la oveja descarriada y la del hijo pródigo. En estas palabras y en estas obras, como dice san Gregorio Magno, se manifiesta el Corazón mismo de Dios: «Mira el Corazón de Dios en las palabras de Dios, para que con más ardor suspires por los bienes eternos» [59].

Con amor aun mayor latía el Corazón de Jesucristo cuando de su boca salían palabras inspiradas en amor ardentísimo. Así, para poner algún ejemplo, cuando viendo a las turbas cansadas y hambrientas, dijo: «Me da compasión esta multitud de gentes» [60]; y cuando, a la vista de Jerusalén, su predilecta ciudad, destinada a una fatal ruina por su obstinación en el pecado, exclamó: «Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que a ti son enviados; ¡cuántas veces quise recoger a tus hijos, como la gallina recoge a sus polluelos bajo las alas, y tú no lo has querido!» [61]. Su Corazón palpitó también de amor hacia su Padre y de santa indignación cuando vio el comercio sacrílego que en el templo se hacía, e increpó a los violadores con estas palabras: «Escrito está: "Mi casa será llamada casa de oración"; mas vosotros hacéis de ella una cueva de ladrones» [62].

19. Pero particularmente se conmovió de amor y de temor su Corazón, cuando ante la hora ya tan inminente de los crudelísimos padecimientos y ante la natural repugnancia a los dolores y a la muerte, exclamó: «Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz» [63]; vibró luego con invicto amor y con amargura suma, cuando, aceptando el beso del traidor, le dirigió aquellas palabras que suenan a última invitación de su Corazón misericordiosísimo al amigo que, con ánimo impío, infiel y obstinado, se disponía a entregarlo en manos de sus verdugos: «Amigo, ¿a qué has venido aquí? ¿Con un beso entregas al Hijo del hombre?» [64]; en cambio, se desbordó con regalado amor y profunda compasión, cuando a las piadosas mujeres, que compasivas lloraban su inmerecida condena al tremendo suplicio de la cruz, las dijo así: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos..., pues si así tratan al árbol verde, ¿en el seco qué se hará?»[65].

Finalmente, colgado ya en la cruz el Divino Redentor, es cuando siente cómo su Corazón se trueca en impetuoso torrente, desbordado en los más variados y vehementes sentimientos, esto es, de amor ardentísimo, de angustia, de misericordia, de encendido deseo, de serena tranquilidad, como se nos manifiestan claramente en aquellas palabras tan inolvidables como significativas: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» [66]; «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» [67]; «En verdad te digo: Hoy estarás conmigo en el paraíso» [68]; «Tengo sed» [69]; «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» [70].

 


Eucaristía, María, Cruz

 

20. ¿Quién podrá dignamente describir los latidos del Corazón divino, signo de su infinito amor, en aquellos momentos en que dio a los hombres sus más preciados dones: a Sí mismo en el sacramento de la Eucaristía, a su Madre Santísima y la participación en el oficio sacerdotal?

Ya antes de celebrar la última cena con sus discípulos, sólo al pensar en la institución del Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre, con cuya efusión había de sellarse la Nueva Alianza, en su Corazón sintió intensa conmoción, que manifestó a sus apóstoles con estas palabras: «Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer» [71]; conmoción que, sin duda, fue aún más vehemente cuando «tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a ellos, diciendo: "Este es mi cuerpo, el cual se da por vosotros; haced esto en memoria mía". Y así hizo también con el cáliz, luego de haber cenado, y dijo: "Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que se derramará por vosotros"» [72].

Con razón, pues, debe afirmarse que la divina Eucaristía, como sacramento por el que El se da a los hombres y como sacrificio en el que El mismo continuamente se inmola desde el nacimiento del sol hasta su ocaso [73], y también el Sacerdocio, son clarísimos dones del Sacratísimo Corazón de Jesús.

Don también muy precioso del sacratísimo Corazón es, como indicábamos, la Santísima Virgen, Madre excelsa de Dios y Madre nuestra amantísima. Era, pues, justo fuese proclamada Madre espiritual del género humano la que, por ser Madre natural de nuestro Redentor, le fue asociada en la obra de regenerar a los hijos de Eva para la vida de la gracia. Con razón escribe de ella san Agustín: «Evidentemente Ella es la Madre de los miembros del Salvador, que somos nosotros, porque con su caridad cooperó a que naciesen en la Iglesia los fieles, que son los miembros de aquella Cabeza» [74].

Al don incruento de Sí mismo bajo las especies del pan y del vino quiso Jesucristo nuestro Salvador unir, como supremo testimonio de su amor infinito, el sacrificio cruento de la Cruz. Así daba ejemplo de aquella sublime caridad que él propuso a sus discípulos como meta suprema del amor, con estas palabras: «Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos» [75]. De donde el amor de Jesucristo, Hijo de Dios, revela en el sacrificio del Gólgota, del modo más elocuente, el amor mismo de Dios: «En esto hemos conocido la caridad de Dios: en que dio su vida por nosotros; y así nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos» [76]. Cierto es que nuestro Divino Redentor fue crucificado más por la interior vehemencia de su amor que por la violencia exterior de sus verdugos: su sacrificio voluntario es el don supremo que su Corazón hizo a cada uno de los hombres, según la concisa expresión del Apóstol: «Me amó y se entregó a sí mismo por mí» [77].

 

Iglesia, sacramentos

 

21. No hay, pues, duda de que el Sagrado Corazón de Jesús, al ser participante tan íntimo de la vida del Verbo encarnado y, al haber sido, por ello asumido como instrumento de la divinidad, no menos que los demás miembros de su naturaleza humana, para realizar todas las obras de la gracia y de la omnipotencia divina [78], por lo mismo es también símbolo legítimo de aquella inmensa caridad que movió a nuestro Salvador a celebrar, por el derramamiento de la sangre, su místico matrimonio con la Iglesia: «Sufrió la pasión por amor a la Iglesia que había de unir a sí como Esposa» [79]. Por lo tanto, del Corazón traspasado del Redentor nació la Iglesia, verdadera dispensadora de la sangre de la Redención; y del mismo fluye abundantemente la gracia de los sacramentos que a los hijos de la Iglesia comunican la vida sobrenatural, como leemos en la sagrada Liturgia: «Del Corazón abierto nace la Iglesia, desposada con Cristo... Tú, que del Corazón haces manar la gracia» [80].

De este simbolismo, no desconocido para los antiguos Padres y escritores eclesiásticos, el Doctor común escribe, haciéndose su fiel intérprete: «Del costado de Cristo brotó agua para lavar y sangre para redimir. Por eso la sangre es propia del sacramento de la Eucaristía; el agua, del sacramento del Bautismo, el cual, sin embargo, tiene su fuerza para lavar en virtud de la sangre de Cristo» [81]. Lo afirmado del costado de Cristo, herido y abierto por el soldado, ha de aplicarse a su Corazón, al cual, sin duda, llegó el golpe de la lanza, asestado precisamente por el soldado para comprobar de manera cierta la muerte de Jesucristo.

Por ello, durante el curso de los siglos, la herida del Corazón Sacratísimo de Jesús, muerto ya a esta vida mortal, ha sido la imagen viva de aquel amor espontáneo por el que Dios entregó a su Unigénito para la redención de los hombres, y por el que Cristo nos amó a todos con tan ardiente amor, que se inmoló a sí mismo como víctima cruenta en el Calvario: «Cristo nos amó, y se ofreció a sí mismo a Dios, en oblación y hostia de olor suavísimo» [82].

 


Ascensión

 

22. Después que nuestro Salvador subió al cielo con su cuerpo glorificado y se sentó a la diestra de Dios Padre, no ha cesado de amar a su esposa, la Iglesia, con aquel inflamado amor que palpita en su Corazón. Aun en la gloria del cielo, lleva en las heridas de sus manos, de sus pies y de su costado los esplendentes trofeos de su triple victoria: sobre el demonio, sobre el pecado y sobre la muerte; lleva, además, en su Corazón, como en arca preciosísima, aquellos inmensos tesoros de sus méritos, frutos de su triple victoria, que ahora distribuye con largueza al género humano ya redimido. Esta es una verdad consoladora, enseñada por el Apóstol de las Gentes, cuando escribe: «Al subirse a lo alto llevó consigo cautiva a una grande multitud de cautivos, y derramó sus dones sobre los hombres... El que descendió, ese mismo es el que ascendió sobre todos los cielos, para dar cumplimiento a todas las cosas» [83].

 


Pentecostés

 

23. La misión del Espíritu Santo a los discípulos es la primera y espléndida señal del munífico amor del Salvador, después de su triunfal ascensión a la diestra del Padre. De hecho, pasados diez días, el Espíritu Paráclito, dado por el Padre celestial, bajó sobre los apóstoles reunidos en el Cenáculo, como Jesús mismo les había prometido en la última cena: «Yo rogaré al Padre y él os dará otro consolador para que esté con vosotros eternamente» [84]. El Espíritu Paráclito, por ser el Amor mutuo personal por el que el Padre ama al Hijo y el Hijo al Padre, es enviado por ambos, bajo forma de lenguas de fuego, para infundir en el alma de los discípulos la abundancia de la caridad divina y de los demás carismas celestiales. Pero esta infusión de la caridad divina brota también del Corazón de nuestro Salvador, «en el cual están encerrados todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia» [85].

Esta caridad es, por lo tanto, don del Corazón de Jesús y de su Espíritu. A este común Espíritu del Padre y del Hijo se debe, en primer lugar, el nacimiento de la Iglesia y su propagación admirable en medio de todos los pueblos paganos, dominados hasta entonces por la idolatría, el odio fraterno, la corrupción de costumbres y la violencia. Esta divina caridad, don preciosísimo del Corazón de Cristo y de su Espíritu, es la que dio a los Apóstoles y a los mártires la fortaleza para predicar la verdad evangélica y testimoniarla hasta con su sangre; a los Doctores de la Iglesia, aquel ardiente celo por ilustrar y defender la fe católica; a los Confesores, para practicar las más selectas virtudes y realizar las empresas más útiles y admirables, provechosas a la propia santificación y a la salud eterna y temporal de los prójimos; a las Vírgenes, finalmente, para renunciar espontánea y alegremente a los goces de los sentidos, con tal de consagrarse por completo al amor del celestial Esposo.

A esta divina caridad, que redunda del Corazón del Verbo encarnado y se infunde por obra del Espíritu Santo en las almas de todos los creyentes, el Apóstol de las Gentes entonó aquel himno de victoria, que ensalza a la par el triunfo de Jesucristo, Cabeza, y el de los miembros de su Místico Cuerpo sobre todo cuanto de algún modo se opone al establecimiento del divino Reino del amor entre los hombres: «¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el riesgo, la persecución?, ¿la espada? ... Mas en todas estas cosas soberanamente triunfamos por obra de Aquel que nos amó. Porque seguro estoy de que ni muerte ni vida, ni ángeles ni principados, ni lo presente ni lo venidero, ni poderíos, ni altura, ni profundidades, ni otra alguna criatura será capaz de separarnos del amor de Dios que se funda en Jesucristo nuestro Señor» [86].

 


Sagrado Corazón, símbolo del amor de Cristo

 

24. Nada, por lo tanto, prohíbe que adoremos el Corazón Sacratísimo de Jesucristo como participación y símbolo natural, el más expresivo, de aquel amor inexhausto que nuestro Divino Redentor siente aun hoy hacia el género humano. Ya no está sometido a las perturbaciones de esta vida mortal; sin embargo, vive y palpita y está unido de modo indisoluble a la Persona del Verbo divino, y, en ella y por ella, a su divina voluntad. Y porque el Corazón de Cristo se desborda en amor divino y humano, y porque está lleno de los tesoros de todas las gracias que nuestro Redentor adquirió por los méritos de su vida, padecimientos y muerte, es, sin duda, la fuente perenne de aquel amor que su Espíritu comunica a todos los miembros de su Cuerpo Místico.

Así, pues, el Corazón de nuestro Salvador en cierto modo refleja la imagen de la divina Persona del Verbo, y es imagen también de sus dos naturalezas, la humana y la divina; y así en él podemos considerar no sólo el símbolo, sino también, en cierto modo, la síntesis de todo el misterio de nuestra Redención. Luego, cuando adoramos el Corazón de Jesucristo, en él y por él adoramos así el amor increado del Verbo divino como su amor humano, con todos sus demás afectos y virtudes, pues por un amor y por el otro nuestro Redentor se movió a inmolarse por nosotros y por toda la Iglesia, su Esposa, según el Apóstol: «Cristo amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola con el bautismo de agua por la palabra de vida, a fin de hacerla comparecer ante sí llena de gloria, sin mancha ni arruga ni cosa semejante, sino siendo santa e inmaculada» [87].

Cristo ha amado a la Iglesia, y la sigue amando intensamente con aquel triple amor de que hemos hablado [88], y ése es el amor que le mueve a hacerse nuestro Abogado para conciliarnos la gracia y la misericordia del Padre, «siempre vivo para interceder por nosotros» [89]. La plegaria que brota de su inagotable amor, dirigida al Padre, no sufre interrupción alguna. Como «en los días de su vida en la carne» [90], también ahora, triunfante ya en el cielo, suplica al Padre con no menor eficacia; y a Aquel que «amó tanto al mundo que dio a su Unigénito Hijo, a fin de que todos cuantos creen en El no perezcan, sino que tengan la vida eterna» [91]. El muestra su Corazón vivo y herido, con un amor más ardiente que cuando, ya exánime, fue herido por la lanza del soldado romano: «Por esto fue herido [tu Corazón], para que por la herida visible viésemos la herida invisible del amor» [92].

Luego no puede haber duda alguna de que ante las súplicas de tan grande Abogado hechas con tan vehemente amor, el Padre celestial, que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros [93], por medio de El hará descender siempre sobre todos los hombres la exuberante abundancia de sus gracias divinas.

jueves, 22 de junio de 2017

AVISOS ESPIRITUALES DE SANTA TERESA DE JESUS


NINGUNA IMAGEN PUEDE ENCERRAR ALGO INSIGNIFICANTE DEL CIELO
NI HAY MAS DE UNA GLORIA Y ESTA ES ETERNA

 NO TIENES MAS QUE UN ALMA...

En los anteriores artículos la santa se empeño asiduamente en mostrarnos las terribles realidades que encierra el novísimo del infierno, con el fin de detestar el pecado y obrar el bien o, si se quiere, cuando menos temer a DIOS y sus castigos y, por medio de ello, conducirnos al temor filial. Ahora se esforzara por definir algo del otro novísimo como lo es el cielo para mostrarnos que todos nuestros sufrimientos aquí en la tierra tiene su premio en el cielo. En donde todo es lo contrario de lo que nos acontece en la tierra. En esta otra entrega consolemos nuestra alma y movamos nuestra voluntad a obrar lo mejor que podamos para ganar no solo la eternidad sino el amor de DIOS que es nuestro fin, nuestro máximo trofeo y nuestra suprema felicidad

 

221.- Ni los ojos vieron, ni los oídos oyeron, ni en corazón de hombre cupo lo que preparó DIOS para los que le aman. Tan crecido, dice S. Agustín, es aquel premio, que ni los ojos ni los oídos, ni el corazón humano, son capaces de comprender su grandeza; porque todo lo visible es corto, y cuanto se oye de aquella gloria es poco, y lo que se piensa no iguala con su grandeza.

222.- Tal es y tan soberana, que ni alcanza la imaginación a representarla como es, ni el entendimiento a conocerla, ni se podrá entender, hasta que desnudos de este cuerpo mortal tire DIOS la cortina y eleve con la luz de su gloria nuestro corto caudal a conocer su grandeza.

223.- Hágase mi ramillete, dice S. Agustín, de todas las cosas gustosas y honrosas que hay en lo visible, y sacada una quinta esencia de ellas es nada respecto de una sola gota de la bienaventuranza con que premia DIOS a los suyos.

224.- Conforme a lo cual dijo S. Gregario aquella sentencia: si consideramos cuántos y cuáles son los bienes que nos son prometidos en el cielo, despreciaremos por viles cuantos hay en la tierra; porque todo lo terreno comparado con lo celestial y eterno, por rico, que sea, es nada, y por deleitoso que parezca es carga, no alivio, nada satisface, nada consuela, todo lo de acá deja el corazón vacío. En tu gloria, Señor, hay hartura sin fatiga, y gozo sin temor, satisfacción sin límite, alegría sin tristeza, descanso sin sobresalto, paz con seguridad, salud sin enfermedad, consuelo sin lágrimas, vida sin muerte, eternidad sin fin, amor sin dolor, en una palabra: posesión de DIOS, sin perderle jamás, en que se dice todo.

225.- Porque DIOS es el Sumo Bien en quien están todas las felicidades juntas, y su vista es la bienaventuranza, .con que tiene un alma la suma felicidad, semejante en todo a El: cuando se manifestare seremos semejantes a DIOS, porque le veremos como es. Más gloria ha de tener el menor de todos los bienaventurados, que cabe en todo el mundo junto, y sólo ver y comunicar al menor de todos es de mayor gozo que poseer todo lo terreno.

226.- Escribe Ludovico Blosio que, regalando un día DIOS a Santa Mectildis, le dijo: porqué conozcas más mí piedad te quiero mostrar el menor de mis Bienaventurados. Abrió los ojos la Santa y vio cerca de sí un varón de inexplicable hermosura, coronado como Rey, y con tal majestad, que sólo mirarle era de mayor deleite que gozar de cuanto tiene el mundo.

227.- Preguntóle Santa Mectildis: ¿quién sois vos, Señor, y cómo llegasteis a tan soberana felicidad? Yo soy, respondió, el menor de los Cortesanos del cielo. Cuando viví entre los hombres fui un ladrón, que me ejercité en robar. Más porque obraba por ignorancia y mal natural heredado de mis padres, la Majestad de DIOS tuvo piedad de mí, y me dio gracia y lugar de penitencia.

Rematé en ella mi vida, y después de haber purgado mis pecados por espacio de 100 años en el Purgatorio, vine a la felicidad que ves, la cual ni puede tener fin, ni tiene comparación.

228.- Pues si tales la gloria del menor de los Bienaventurados, ¿cuál será la de los mayores? Y ¿cuáles los premios que DIOS tiene apercibidos para los que le temen? Allí, dice S. Cipriano, cesarán todos los males y serán consumados los bienes. Allí no habrá frío, ni calor, hambre ni sed; allí habrá hartura que no canse, satisfacción que no empalague, gozo que llene, consuelo que alegre, compañía que regocije.

229.- Allí se cumplirán los deseos, tendrán satisfacción los apetitos, la carne estará deificada, y en suma concordia con el espíritu. Allí cada sentido tendrá su propio y cumplidísimo gozo, los ojos viendo cosas tan gloriosas, los oídos oyendo la música de los Ángeles, el tacto regalado con aquel temple celestial, el olfato con la suavidad del cielo, el gusto paladeado con aquella dulzura inefable.

230.- Las potencias del alma tendrán el pasto a satisfacción de su capacidad, entendiendo, cómo es DIOS, recreándose perpetuamente con su memoria, alegrándose con su vista, y uniéndose la voluntad con El íntimamente, satisfaciendo en uno todos los deseos; y esto no por Un día o por una semana, ni por un año o un siglo, SINO POR UNA ETERNlDAD, para mientras DIOS fuere DIOS.

231.- Verdaderamente que, como dice S. Agustín, es tal aquella felicidad que, por un solo día de gloria se habían de pasar innumerables penas, i Y SE COMPRARLA BARATA!

232.- S. Juan Crisóstomo añadió lo que parece encarecimiento, y no lo es, conviene a saber, que es de tan subidos quilates aquella felicidad, que, si fuera necesario padecer todos los días gravísimos tormentos, y los del mismo infierno por algún tiempo; los debiéramos sufrir, por ver y gozar de DIOS, en compañía de sus Ángeles.

233.- Aquí parece que tiró el Santo la barra a todo cuanto se puede decir, porque ninguna cosa de las penosas tiene comparación con el infierno, así por la acerbidad de las penas, como por la crueldad de los verdugos, y la compañía de los atormentados, y horribilidad del lugar, que cada cosa de por sí es terrible de llevar- y la bienaventuranza es de tan subido precio, que todo es poco, y nada en su comparación.

234.- Considera, pues, tú, ahora, que Reino te espera, que Paraíso te tiene DIOS preparado, y para qué felicidad te crió, mira con atención la silla que tienes señalada en el cielo, la cual está prevenida para tu descanso; medita despacio en la grande anchura y longitud de aquel lugar, la luz inaccesible que le baña, la hermosura y variedad de sus moradores, la hermandad de sus vecinos, la paz y quietud que gozan, la tranquilidad interior, el gozo inexplicable que llena sus corazones poseídos por la bondad de DIOS.
...SALVA TU ALMA