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martes, 16 de mayo de 2017

RUSIA Y LA IGLESIA UNIVERSAL





 
XIII. LAS TRES HIPÓSTASÍS DIVINAS. SENTÍDO DE SUS NOMBRES.
 
Los posee la existencia positiva y completa; El es el Dios vivo. Quien dice vida, dice reproducción. La reproducción o generación es la causalidad por excelencia, la acción propia del ser completo y vivo. En esta causalidad perfecta, la causa productora debe, en primer lugar, contener en sí a su producto o efecto, porque si no lo tuviera en sí misma sólo podría ser causa ocasional y no causa verdadera del producto. Esta primera fase de la vida absoluta, en que el efecto vivo aparece

absorbido en la unidad necesaria de ía segunda, la de la producción actual, en que el producente se distingue actu de su producto, lo engendra efectivamente.

Pero queda probado que, no admitiendo otra causa secundaria o participante que hubiera alterado la pureza de la acción productora, el producto inmediato del ser absoluto es necesariamente ía reproducción totalmente adecuada de la causa primera. De modo que el proceso eterno de la vida divina no puede detenerse en el segundo término, en la diferenciación o desdoblamiento del ser absoluto como productor y como producido.

Su igualdad y la identidad de su sustancia hacen que la manifestación de su diferencia actual y relativa (en el acto de la generación) termine, necesariamente, en una nueva manifestación de su unidad.

Y esta unidad primordial, en que la causa absoluta encierra y absorbe en sí a su efecto. Puesto que éste es actualmente manifestado y resulta ser igual al producente, ambos deben entrar, necesariamente, en relación de reciprocidad. Como tal reciprocidad no existe en el acto de la generación (en el cual el que engendra no es engendrado y viceversa), exige necesariamente un nuevo acto, determinado a la vez por la causa primera y por su producto consustancial. Y puesto que se trata de una relación esencial al Ser divino, ese nueno acto no puede ser un accidente o estado pasajero, sino que está de toda eternidad, fijo o hipostasiado en un tercer sujeto que procede de los dos primeros y representa su unidad actual y viva en la misma sustancia absoluta.

Después de estas explicaciones, fácil será ver que los nombres Padre, Hijo y Espíritu, dados a las tres hopóstasis del ser absoluto, lejos de ser metáforas, encuentran en la Trinidad divina aplicación propia y completa, al paso que en el orden natural dichos términos no pueden ser empleados más que imperfecta y aproximadamente.

En cuanto a los dos primeros, ante todo, cuando decimos Padre e hijo no queremos significar con ello otra idea que la de una relación de entera intimidad entre dos hipóstasis de la misma naturaleza, esencialmente iguales entre sí, pero de las cuales la primera da únicamente la existencia a la segunda y no la recibe de ella, y la segunda recibe únicamente su existencia de la primera y no se la da. El padre, en cuanto padre, no se distingue del hijo sino en que lo ha producido, y el hijo, en cuanto hijo, no se distingue del padre sino en que es producido por él.

Esto es todo lo que está contenido en la idea de la paternidad como tal. Pero es evidente que esta idea determinada, tan clara y distinta, no puede ser aplicada en su pureza y totalidad a ninguna especie de ios seres creados que conocemos. No en su totalidad, puesto que en el orden natural el padre no es más que causa parcial de la existencia de su hijo, y el hijo recibe sólo en parte su existencia del padre. No en su pureza, puesto que, aparte de la distinción específica de haber dado y no haber recibido la existencia, hay entre los padres y los hijos, en el orden natural, diferencias individuales innumerables, por entero extrañas a ¡a idea misma de paternidad y filiación. Para encontrar la Verdadera aplicación de esta idea hay que remontarse hasta el Ser absoluto. En El hemos visto la relación de paternidad y de filiación en su pureza, porque el Padre es la sola y única causa del Hijo. En él hemos visto la relación en su totalidad, porque el Padre da toda la existencia al Hijo, y el Hijo no tiene en sí nada más que lo que recibe del Padre. Entre ellos hay distinción absoluta en cuanto al acto de existir y unidad absoluta en todo lo demás. Siendo dos, pueden unirse en una relación actual y producir juntos otra manifestación de la sustancia absoluta. Pero como esta sustancia les pertenece en común y exclusivamente, el producto de su acción recíproca no puede ser más que la afirmación explícita de la unidad que surge victoriosamente de su diferencia actual.

Como la unidad sintética del Padre y del Hijo, manifestados como tales, no puede ser representada por el Padre como tal ni por el Hijo como tal, debe necesariamente expresarse en una tercera hipóstasis, a la cual conviene perfectamente el nombre de Espíritu bajo dos aspectos. Primeramente el ser divino, en esta tercer hipóstasis, por su desdoblamiento interior (en el acto de la generación) llega a la manifestación dé su unidad absoluta, vuelve a sí, se afirma verdaderamente infinito, se posee y goza de sí mismo en la plenitud de su conciencia. Y este es el carácter específico del espíritu, en su sentido interior, metafísico y psicológico, en cuanto se lo distingue del alma, de la inteligencia, etc. Y, por otra parte, al alcanzar la divinidad su cumplimiento interior en la tercer hipóstasís, es en ésta particularmente en la que Dios posee la libertad de obrar fuera de sí mismo y de poner en movimiento un medio exterior. Pero, precisamente, es la libertad perfecta de acción o de movimiento lo que caracteriza ai espíritu en el sentido exterior o físico de 3a palabra pneuma, spiritus, es decir, soplo, respiración.

Y puesto que en ningún ser creado podría hallarse tal posesión perfecta de sí mismo, ni tal libertad absoluta de acción exterior, se puede afirmar, con pleno derecho, que ningún ser del orden natural es espíritu en el sentido pleno de la palabra y que el único espíritu, propiamente dicho, es el de Dios : el Espíritu Santo.

Si es indispensable admitir tres modos hipostasiados en el desarrollo interior de la vida divina, es imposible admitir más. Tomando como punto de partida la plenitud de la existencia que es necesariamente propia de Dios, debemos decir que no basta a Dios existir simplemente en sí, sino que le es necesario mamanifestar para sí dicha existencia, y que tampoco esto basta si El no goza de esa existencia manifestada, afirmando su identidad absoluta, su unidad inalterable que triunfa en el acto mismo del desdoblamiento interior. Pero, dada esta última afirmación, este gozo perfecto de su ser absoluto, el desarrollo inmanente de la vida divina queda cumplido. Poseer su existencia como acto puro en sí, manifestarla para sí en una acción absoluta y gozarla perfectamente, es todo cuanto Dios puede hacer sin salir de su interior.

Si El hace algo más ya no será en el dominio de su vida inmanente, sino fuera de sí, en un sujeto que no es Dios.

Antes de considerar este nuevo sujeto, nótese bíen que el desarrollo trinitario de la vida, fijado eternamente en las tres hípóstasis, lejos de alterar la unidad del ser absoluto o la Monarquía suprema, no es más que su expresión completa, y esto por dos razones esenciales. En primer lugar, la monarquía divina es expresada por la unidad indivisible y el lazo indisoluble entre las tres hipóstasis, que en modo alguno existen separadamente. No sólo el Padre no es sin el Hijo y el Espíritu, así como el Hijo no es sin el Padre y el Espíritu, ni éste sin los dos primeros; sino que además debe admitirse que el Padre no es Padre-, o primer principio, sino en cuanto engendra al Hijo y es, con éste, causa de la procesión .del Espíritu Santo.

En general, el Padre no es hipóstasis distinta, y especialmente primera hipóstasis, sino en la relación trinitaria y en virtud de esta relación. El no podría ser causa absoluta si no tuviera su efecto absoluto en el Hijo y si no volviera a encontrar en el Espíritu la unidad recíproca y sintética de la causa y el efecto.