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miércoles, 24 de agosto de 2016

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24 DE AGOSTO

SAN BARTOLOME, APOSTOL

Epístola – I Cor; XII, 27-31
Evangelio – San Lucas; VI, 12-19


El Evangelio de San Juan, desde sus primeras páginas, nos presenta al Apóstol cuya fiesta celebra hoy la Iglesia. Su verdadero nombre es Natanael, que significa don de Dios. Mas parece que por costumbre se le designaba únicamente con el nombre de Bartolomé, que quiere decir hijo de Tolima. Natanael fué verdaderamente un don de Dios para los innumerables paganos a los que, con peligro de su vida, llevó la buena nueva de la salvación.

LA VOCACIÓN DE SAN BARTOLOMÉ. — Formó parte del grupo de los cinco Apóstoles privilegiados que Jesús reunió antes de comenzar su vida pública y que fueron testigos de su primer milagro. Jesús, en efecto, estando todavía cerca del lugar de su bautismo, había retenido junto a si a Juan y a Andrés, que el Bautista le había enviado; a Pedro, llevado por su hermano, y a Felipe, a quien había llamado El mismo. Y parece que fué entonces, de camino para las bodas de Caná, cuando Felipe, ardiendo ya en el deseo de ganar almas a Jesucristo, presintió la vocación de su amigo Natanael, a quien, «en viéndole, habló del Mesías en estos términos: "Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley y los profetas, a Jesús, Hijo de José de Nazaret". Esta profesión de fe, tan sencilla pero tan firme, no llegó a convencer al piadoso Natanael, aunque procedía de un amigo en quien no podía tener duda. El nombre de Nazaret le disgustó. Nazaret era una pequeña ciudad de mala fama. Escéptico, respondió: "¿Puede salir algo bueno de Nazaret"? Felipe entonces tuvo el arranque de todo verdadero discípulo de Jesús. En vez de entrar en discusiones, invitó a su amigo a juzgar por sí mismo: "Ven y verás." Ningún corazón recto que encuentre a Jesús puede permanecer indiferente. Al momento queda conquistado. Los Apóstoles mejor que nadie lo pudieron comprobar. Sabían que su actividad para nada valía si no iba acompañada de la de Cristo. No hay hombre que pueda hacer nacer la fe sobrenatural o el amor divino en el corazón de otro hombre. Eso es obra de Dios solo. El Señor es el único autor de la gracia. Únicamente pide a los Apóstoles que le traigan las almas y El las hará hijas de Dios. El Apóstol, servidor dócil y fiel, desaparece humildemente ante su Maestro. Sabe que una vez que ha dicho: "Ven y verás", ha cumplido todo su ministerio.

EL ACTO DE FE DE SAN BARTOLOMÉ. — El amigo de Felipe, tocado ya en el fondo de su corazón por la llamada del Padre "que lleva las almas al Hijo" y preso de una profunda conmoción, se acercó a Jesús. Y Jesús, al verle llegar, le saludó jubilosamente: "He aquí un verdadero Israelita, en quien no hay dolo." ¡Magnífica declaración de parte del Supremo Juez, cuya mirada penetra los más íntimos repliegues de las conciencias! Por entonces, téngalo presente el lector, la casuística farisaica había cambiado en muchos puntos la moral natural y había convertido a los Judíos en ergotistas, falsos, hipócritas; por lo cual, la lealtad profunda de Natanael era ya una virtud rara en el pueblo de Dios. Y se explica la explosión de alegría en el Mesías al encontrar, en medio de su pueblo corrompido, un verdadero Israelita. Pero Bartolomé era además una alma humilde. Aquel elogio público y repentino le asustó; tal vez hasta le desagradó. Buscó el modo de aminorarle discutiendo su verdad: "¿De qué me conoces"?, replicó; ¿cómo puedes saber lo que valgo? Y Jesús, mirándole con una mirada divina y humana que penetraba en lo más hondo de las almas para saciarlas en su sed de Dios le respondió sencillamente: "Antes de llamarte Felipe, cuando estabas bajo la higuera, te vi." Misteriosa respuesta que sólo podía darla el que lee en las conciencias. La continuación del diálogo nos deja entrever a qué preocupaciones secretas de Natanael debió de responder el Señor. Poco antes, oculto en la sombra de una higuera, Bartolomé se había puesto en oración. Como buen Israelita, había pedido a Dios que salvase a su pueblo de la esclavitud y cumpliese la profecía de Daniel enviando al "Hijo del hombre", a quien el profeta habla visto caminar sobre las nubes, rodeado de Angeles, y a quien se le había dado "el señorío, la gloria y el imperio" sobre todos los pueblos, por toda la eternidad Había también pedido la venida tan deseada del verdadero rey de Israel. Entonces, en contacto con el Señor, a la mirada divina de sus ojos, se sintió comprendido y atendido en las pocas palabras de su respuesta. Su primera duda se desvaneció para dar lugar al borbotar de la fe y del amor, y de lo más profundo de su ser, exclamó entregándose por completo: "Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel". Esta es la gloria auténtica de San Bartolomé. Nos dió un ejemplo de fe cristiana, aun antes que el mismo San Pedro, si bien es cierto que de una manera menos solemne y menos completa. Su espontaneidad, su arranque, a la vez que la delicadeza de su docilidad a los primeros toques de la gracia, todo nos revela un alma entregada totalmente a la voluntad divina. Y Jesús recompensó al instante la fe de Natanael con magnificas promesas. "¿Porque te he dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Verás cosas mayores." Y, en efecto, presenciará los milagros de la vida pública del Mesías, en su predicación, en su resurrección y en su ascensión. Luego, volviéndose Cristo hacia los otros discípulos y dirigiéndose en ellos a todos los que después habían de creer en El, añadió: "En verdad, en verdad os digo que veréis abrirse el cielo y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo de hombre." Jesús afirmaba así bien claramente que El era el Mesías esperado. Cupo, pues, a San Bartolomé, el insigne privilegio de dar origen con su acto de fe al primer testimonio que el Mesías dió de sí mismo y que nos ha conservado el Evangelio. Luego de haber referido circunstanciadamente la vocación de Natanael, las Escrituras no vuelven a decir nada de este Apóstol; pero lo dicho es bastante para hacerle amar y, por eso, la Iglesia celebrará con gratitud su memoria hasta el fin de los tiempos.

VIDA. — San Bartolomé era oriundo de Caná de Galilea, compatriota de San Simón y amigo de San Felipe. Los Evangelios dicen poco de él: se sabe tan sólo que tomó parte en la última pesca milagrosa, después de la resurrección del Señor. Desplegó su apostolado en Armenia y probablemente en Persia también. Tal vez de aquí llevasen sus discípulos más lejos su predicación, esto es, a Etiopía y aún a las Indias! Tradiciones antiguas afirman que murió desollado vivo' y que fué decapitado por orden de Un rey pagano.' En el siglo vi se encuentran sus reliquias en Daras, en Mesopotamia. En el IX se veneran en el mediodía de Italia: primeramente en Lipari y luego en Benevento. Por fin, en el siglo xi, se las trasladó a Roma. San Bartolomé es el patrón de Armenia. En Occidente también le - reconocen por patrono las corporaciones de carniceros, curtidores y encuadernadores.


ORACIÓN POR LA UNIDAD. — Enséñanos, oh gran Apóstol, a dejarnos guiar en todo por el espíritu de fe. Del mismo modo que tú respondiste con docilidad a Felipe, que te invitaba a acercarte a Jesús y dar su vida por El, alcánzanos que seamos también nosotros dóciles a los sucesores de los Apóstoles, a la Iglesia, al Papa, que con sus enseñanzas y sus mandatos nos guían a Cristo, nos enseñan a vivir en su amor, a recibirle en los sacramentos, de forma que un día podamos contemplar en el Cielo la gloria de nuestro Redentor. Y tú, de quien Roma se gloría por guardar tus restos preciosos, lleva a Pedro ' las naciones que evangelizaste; justifica las esperanzas de universal unión que en nuestros días se van reavivando; ayuda a los esfuerzos que hace el Vicario del Hombre-Dios para juntar bajo, del cayado del pastor a los rebaños disidentes, cuyos pastos secó el cisma. Todos unidos, podamos disfrutar en común de los tesoros de nuestras tradiciones concordes e ir a Dios a costa de todas las privaciones, por el procedimiento a la vez tan amplio y tan sencillo que
nos enseñan tu sublime teología y tus ejemplos.