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martes, 5 de abril de 2016

"Ite Missa Est"


MARTES
DE LA SEGUNDA SEMANA DESPUES DE PASCUA

LAS LLAGAS DE JESÚS. —- ¿Cuáles son las llagas, oh Mesías, que vemos en tus manos? (Zach.,XIII, 6), exclamaba el profeta Zacarías cinco siglos antes de la Encarnación. El mismo grito respetuoso se escapa de nuestros corazones, cuando, contemplando la gloria de Jesús resucitado, nuestras miradas se concentran en las llagas de que está cubierto su cuerpo radiante. Sus manos y sus pies llevan la marca de los clavos, su costado la de la lanza; llagas profundas como lo eran cuando fué bajado de la cruz. "Mete aquí tu dedo", dijo a Tomás, presentándole sus manos: "mete tu mano en la abertura de mi costado". Acabamos de presenciar esta escena imponente en que la verdad de la resurrección fué hecha más sensible aún por la incredulidad del discípulo; pero este hecho nos enseña al mismo tiempo que Jesús, al salir del sepulcro ocho días antes, había conservado sobre su carne glorificada los estigmas de su pasión. Desde entonces las guardará eternamente, ya que ningún cambio puede haber en su persona; lo que es, eso será por toda la eternidad. No creamos que esos estigmas, que traen a nuestra memoria el Calvario, atenúan en algo su gloria. Si los conserva, es porque lo quiere así, porque las cicatrices, lejos de atestiguar su derrota y su enfermedad, proclaman al contrario su fuerza invencible y su triunfo. Venció a la muerte, y las llagas que adquirió en la lucha son el recuerdo de su victoria. Es preciso, pues, que entre en el cielo el día de su Ascensión, asombrando las miradas de los Ángeles por los rayos que emanan de sus miembros traspasados. A su ejemplo, sus mártires, vencedores también de la muerte, resplandecerán con brillo especial en las partes de sus cuerpos que las torturas taladraren: tal es la doctrina de los santos Padres. (San Agustín: "La ciudad Dios", 1. XXII, c. XXIX; San Ambrosio,1. X, sobre "San Lucas".) ¿No debe Jesús ejercer desde lo alto de su trono la mediación por la que se revistió de nuestra carne, desarmando sin cesar la justísima cólera de su Padre, intercediendo por nosotros, y haciendo descender sobre la tierra las gracias salvíficas de los hombres? La justicia eterna reclama sus derechos, todo es de temer para los pecadores; pero el Hombre-Dios, interponiendo sus miembros marcados con el sello de su pasión, detiene el rayo presto a estallar, y la misericordia triunfa una vez más sobre la justicia. ¡Oh llagas sagradas, obra de nuestros pecados, y convertidas en seguida en nuestro escudo!, después de haberos venerado sangrantes en la compunción de nuestros corazones, os adoramos en el cielo como hermoso adorno del Emmanuel; en todas partes sois nuestra esperanza y nuestra salvaguardia. Vendrá un día en que esos augustos estigmas, sin perder nada de su esplendor a los ojos de los Ángeles, se revelarán a los hombres y serán para muchos objetos de confusión y de espanto. "Verán en ese día al que taladraron." (Zach., XII, 10), nos dice el Profeta. Los dolores de la pasión, las alegrías de la resurrección, desdeñadas, desconocidas, pisoteadas, prepararán la más terrible venganza, la venganza de un Dios que no puede haber sido crucificado en vano, y que no puede resucitar en vano. Se comprenderá entonces este grito de espanto: "¡Montañas, caed sobre nosotros! Rocas, sepultadnos, sustraednos a la vista de esas llagas, que no envían ya sobre nosotros rayos de la misericordia, sino que nos lanzan hoy rayos de una implacable cólera." ¡Oh llagas sagradas de nuestro Señor resucitado!, sed propicias en aquel día temible, a todos los que la Pascua ha vuelto a la vida. ¡Dichosos aquellos que durante estos cuarenta días tuvieron la dicha de contemplaros! ¡Dichosos seremos nosotros mismos, si vivimos amándoos y venerándoos! Apropiémonos los sentimientos de San Bernardo y digamos con él: "¿Dónde podrá nuestra flaqueza hallar un remanso firme y seguro sino en las llagas del Salvador? Yo permanezco allí con tanta mayor confianza cuanto que él es poderosísimo para salvarme. El mundo brama, el cuerpo me oprime, el diablo me tiende lazos; pero no caigo, por estar colocado sobre la piedra firme. Si cometiere alguna gran culpa, mi conciencia me remorderá sin duda, mas no desesperaré por ello, recordando las llagas de mi Señor, pues ha sido cubierto de heridas por nuestros pecados. Lo que no hallo en mi mismo, búscalo confiado en las entrañas del Salvador, rebosantes de bondad y misericordia. Hay aberturas por las cuales llega hasta mí esa misericordia.


Taladrando sus manos y sus pies y abriéndole el costado, me hicieron fácil gustar lo dulce que es el Señor. Quería el Señor hacer las paces conmigo y yo no lo advertía; porque ¿quién conoce el sentir del Señor? Mas estos clavos con que fue traspasado, se han convertido para mí en preciosas llaves que me han abierto el tesoro de sus secretos, a fin de que vea yo la voluntad del Señor. Y ¿quién podrá impedirme ahora el que claramente vea esos secretos y esa voluntad a través de sus llagas? Esos clavos y esas heridas gritan altamente que Dios está verdaderamente en Cristo, y que en él reconcilia al mundo consigo. El hierro cruel atravesó su alma e hirió su corazón, a fin de que supiese compadecerse de mis flaquezas. El secreto de su corazón se está viendo por las aberturas de su cuerpo; podemos ya contemplar ese sublime misterio de la bondad infinita de nuestro Dios. Porque nada hay, Señor, que haga ver que eres suave, manso y de mucha misericordia, como estas heridas".