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jueves, 31 de marzo de 2016

LE DESTRONARON - Del liberalismo a la apostasía La tragedia conciliar.


CAPITULO XIX
EL ESPEJISMO DEL PLURALISMO

De Jacques Maritain a Yves Congar

El liberalismo que se dice católico se lanzó al asalto de la Iglesia bajo el estandarte de pro-greso, como os lo he demostrado en el capítulo precedente. Sólo le faltaba revestirse con el manto de la filosofía, para penetrar con toda seguridad en la Iglesia, que hasta entonces lo anatematizaba. Algunos nombres ilustran esta penetración liberal en la Iglesia hasta las vísperas del Vaticano II.

Jacques Maritain (1882-1973)

No es un error llamar a Jacques Maritain el padre de la libertad religiosa del Vaticano II. Por su parte, Pablo VI se había empapado de las tesis políticas y sociales del Maritain liberal posterior a 1926 y lo reconocía como su maestro... San Pío X había estado por cierto mejor inspirado al elegir como maestro al Card. Pie del cual tomó el texto central de su encíclica inaugural E Supremi Apostolatus y su divisa “Restaurarlo todo en Cristo”. Desafortunadamente, la divisa de Maritain, que será la de Pablo VI, fue más bien “instaurar todo en el hombre”. En reconocimiento hacia su viejo maestro, Pablo VI le remi-te el 8 de diciembre de 1965, día de la clausura del Concilio, el texto de uno de los mensa-jes finales del Concilio al mundo. He aquí lo que declaraba uno de esos textos, el Mensaje a los Gobernantes, leído por el Card. Liénart:

“En vuestra ciudad terrestre y temporal construye El misteriosamente su ciudad espiritual y eterna: su Iglesia. ¿Y qué pide ella de vosotros, esa Iglesia, después de casi dos mil años de vicisitudes de todas clases en sus relaciones con vosotros, las potencias de la tierra, qué os pide hoy? Os lo dice en uno de los textos de mayor importancia de su Concilio: no os pide más que la libertad: la libertad de creer y de predicar su fe; la libertad de amar a su Dios y servirle; la libertad de vivir y de llevar a los hombres su mensaje de vida. No la temáis: es la imagen de su Maestro, cuya acción misteriosa no usurpa vuestras prerrogativas, pero que salva a todo lo humano de su fatal caducidad, lo transfigura, lo llena de esperanza, de verdad, de belleza.”

Era canonizar la tesis de Maritain de la “sociedad vitalmente cristiana”, según la cual, la Iglesia, renunciando a la protección de la espada secular, por un movimiento progresivo y necesario se emancipa de la molesta tutela de los Jefes de Estado católico y en adelante se contenta sólo con la libertad, limitándose a no ser, más que el fermento evangélico escondido en la masa o el signo de la salvación para la humanidad. Esta “emancipación” de la Iglesia, asegura Maritain, va acompañada por una emancipación recíproca de lo temporal respecto a lo espiritual, de la sociedad civil respecto a la Iglesia, por una laicización de la vida pública, que en cierto modo es una “pérdida”. Pero ésta es ampliamente compensada por el progreso que de ella se sigue para la libertad, y por el pluralismo religioso que se instaura legalmente en la sociedad civil. Cada familia espiritual gozaría de un estatuto jurídico propio y de una justa libertad. A lo largo de la histo-ria humana hay una ley que se desprende, la “doble ley de la degradación y de la sobre-elevación de la energía de la historia”: la ley de la conciencia de la persona y de la libertad que emergen y la ley correlativa de la degradación de una cantidad de medios temporales puestos al servicio de la Iglesia y de su triunfalismo:

“Mientras el desgaste del tiempo y la pasividad de la materia disipan y degradan naturalmente las cosas de este mundo y la energía de la historia, las fuerzas creadoras propias del espíritu y la libertad (...) aumentan cada vez más, la cualidad de esta energía. La vida de las sociedades humanas avanza y progresa así, a costa de muchas pérdidas.”

Ya reconocéis la famosa “energía creadora” de Bergson y la no menos famosa “emergencia de la conciencia” de Teilhard de Chardin. ¡Todas estas bellas figuras, Bergson, Teilhard, Maritain, han dominado y corrompido el pensamiento católico durante largas décadas! Pero, y todavía por mucho tiempo Sr. Maritain, ¿qué sucede con el Reino Social de Nuestro Señor en su “sociedad vitalmente cristiana”, si el Estado ya no reconoce a Jesucristo y a su Iglesia? Escuchad bien la respuesta del filósofo: la cristiandad (o el Reino Social de Jesucristo) es susceptible de varias realizaciones históricas sucesivas, esencialmente diversas, pero idénticas analógicamente; a la cristiandad medieval de tipo “sacro” y “teocrático” (¡cuántos equívocos en estos términos!), caracterizada por la abundancia de medios temporales al servicio de la unidad en la fe, debe suceder hoy día una “nueva cristiandad”, caracterizada, como lo hemos visto, por la emancipación recíproca de lo temporal y lo espiritual y por el pluralismo religioso y cultural de la ciudad.

¡Qué habilidad en el uso del concepto filosófico de la analogía para renegar sencillamente del Reino Social de Nuestro Señor Jesucristo! Ahora bien, es evidente que la cristiandad se puede realizar de manera diferente en la monarquía de San Luis y en la república de García Moreno; pero, lo que rechazo absolutamente es que la sociedad de Maritain, la ciudad pluralista “vitalmente cristiana”, sea aún una cristiandad y realice el Reino Social de Jesucristo. Quanta Cura, Immortale Dei y Quas Primas me enseñan, al contrario, que Jesucristo no tiene muchas maneras de reinar sobre la sociedad: El reina “informando” y modelando las leyes civiles según Su ley divina. Una cosa es tolerar una sociedad en la que de hecho hay una pluralidad de religiones como por ejemplo en el Líbano, y hacer lo posible para que Jesucristo sea de todos modos su “eje”, y otra cosa es pregonar el pluralismo en una sociedad que en su mayoría es aún católica y querer, para colmo, bautizar ese sistema con el nombre de cristiandad. ¡No! la “nueva cristiandad” imaginada por Jacques Maritain no es sino una cristiandad moribunda que ha apostatado y rechazado a su Rey.

En realidad, Jacques Maritain quedó cautivado por la civilización de tipo abierta-mente pluralista de los Estados Unidos de América, en cuyo seno la Iglesia católica, gozan-do del régimen de la sola libertad, vió un desarrollo notable en el número de sus miembros y de sus instituciones. Pero, ¿acaso es éste un argumento suficiente a favor del principio del pluralismo? Pidamos una respuesta a los Papas. León XIII en la Carta Longiqua Oceani del 6 de enero de 1895, elogia el progreso de la Iglesia en los Estados Unidos. He aquí su juicio al respecto:

“Pues, sin oposición por parte de la Constitución del Estado, sin impedimento alguno por parte de la ley, defendida contra la violencia por el derecho común y por la justicia de los tribunales, le ha sido dado a vuestra Iglesia una facultad de vivir segura y desenvolverse sin obstáculos. Pero, aun siendo todo eso verdad, se evitará creer erróneamente, como alguno podría hacerlo partiendo de ello, que el modelo ideal de la situación de la Iglesia hubiera de buscarse en Norteamérica o que universalmente es lícito o conveniente que lo político y lo religioso estén disociados y separados al estilo norteamericano. Pues que el catolicismo se halle incólume entre vosotros, que incluso se desarrolle prósperamente, todo eso se debe atribuir exclusivamente a la fecundidad de que la Iglesia fue dotada por Dios y a que, si nada se le opone, ni encuentra impedimentos, ella sola, espontáneamente, brota y se desarrolla; aunque dará más y mejores frutos si, además de la libertad, goza del favor de las leyes y de la protección del poder público.”

Más recientemente Pío XII señala, como León XIII, que el pluralismo religioso puede ser una condición favorable suficiente para el desarrollo de la Iglesia y subraya incluso que en nuestro tiempo hay una tendencia al pluralismo:

“La Iglesia sabe también, que, desde hace un tiempo, los acontecimientos evolucionan acaso en otro sentido, es decir, hacia la multiplicidad de las confesiones religiosas y de las concepciones de la vida en una misma comunidad nacional, en donde los católicos constituyen una minoría más o menos fuerte. Puede ser interesante y aún sorprendente para la historia, el encontrar un ejemplo, entre otros, en los Estados Unidos de América, de la manera cómo la Iglesia logra expandirse aún en las situaciones más dispares.”

¡Pero el gran Papa se cuidó bien de deducir que por eso había que precipitarse hacia donde sopla el “viento de la historia” y en adelante promover el principio del pluralismo! Por el contrario, reafirma la doctrina católica: “El historiador no debería olvidar que, si bien la Iglesia y el Estado conocieron horas y años de lucha, hubo también, desde Constantino el Grande hasta la época contemporánea e incluso hasta nuestros días, períodos tranquilos, a menudo prolongados, durante los cuales colaboraron, dentro de una plena comprensión, en la educación de las mismas personas. La Iglesia no disimula que en principio considera esta colaboración como normal y que mira como ideal la unidad del pueblo en la verdadera religión y la unanimidad de acción entre Ella y el Estado.”

Mantengamos firmemente esta doctrina y desconfiemos del espejismo del pluralismo. Si el viento de la historia parece soplar actualmente en esa dirección, ciertamente no es por el soplo del Espíritu divino, sino más bien del viento glacial del liberalismo y la Revolución, a través de dos siglos de trabajos por socavar la cristiandad.

Yves Congar y otros

El Padre Congar no está entre mis amigos. Teólogo experto en el Concilio, fue el autor principal junto a Karl Rahner de los errores que desde entonces no he dejado de combatir. Escribió, entre otros, un librito titulado la Crise dans l’Eglise et Mons. Lefebvre [la Crisis de la Iglesia y Mons Lefebvre]. Ya veréis cómo, a ejemplo de Maritain, el Padre Congar nos inicia en los arcanos de la evolución del contexto histórico y del viento de la historia: “No se puede negar, dice, que un texto semejante [la Declaración conciliar sobre la libertad religiosa] diga materialmente otra cosa que el Syllabus de 1864, y aún casi lo contrario que las proposiciones 15, 77, 79 de ese documento. Es que el Syllabus defendía un poder temporal al que considerando una nueva situación, el Papado renunció en 1929. El contexto histórico-social en que la Iglesia es llamada a vivir y a hablar ya no era el mismo, los acontecimientos nos lo habían enseñado. Ya en el siglo XIX ‘algunos católicos habían comprendido que la Iglesia encontraría un apoyo mejor para su libertad en la firme convicción de los fieles que en el favor de los príncipes’.”Desgraciadamente para el Padre Congar, esos “católicos” no son sino los católicos liberales condenados por los Papas; y la enseñanza del Syllabus, lejos de depender de circunstancias históricas pasajeras, constituye un conjunto de verdades deducidas lógicamente de la revelación, y tan inmutables como la fe. Pero nuestro adversario prosigue e insiste:

“La Iglesia del Vaticano II, por la Declaración sobre la libertad religiosa, por Gaudium et Spes, la Iglesia en el mundo actual – ¡significativo título! – se ha situado netamente en el mundo pluralista de hoy; y sin renegar de lo que hubo de grande, cortó las cadenas que la habrían mantenido anclada en la Edad Media. ¡Nada puede quedar estancado en un momento de la historia!”

¡Aquí esta! El sentido de la historia empuja hacia el pluralismo: dejemos ir la barca de Pedro en esa dirección y abandonemos el Reino Social de Jesucristo en las riberas leja-nas de un tiempo que ha quedado atrás... Estas mismas teorías se encuentran en el Padre John Courtney Murray, sacerdote jesuita, otro experto conciliar, que osa escribir con aire doctoral que solo iguala su suficiencia, que la doctrina de León XIII sobre la unión de la Iglesia y el Estado es estrictamente relativa al contexto histórico en que fue expresada: “León XIII estaba muy influenciado por la noción histórica del poder político personal ejercido de modo paternalista sobre la sociedad considerada como una gran familia.”

Así la trampa está tendida: a la Monarquía sucedió por doquier el régimen del “Estado constitucional democrático y social”, el cual, asegura nuestro teólogo y lo repetirá en el Concilio Mons. De Smedt, “no es una autoridad competente para juzgar la verdad o la falsedad en materia religiosa” .Dejemos continuar al Padre Murray: “Su obra propia está marcada por una fuerte conciencia histórica. El conocía el tiempo en que vivía y escribía para él con admirable realismo histórico y concreto. (...) Para León XIII la estructura conocida bajo el nombre de Estado confesional católico (...) nunca fue más que una hipótesis.”


¡Ruinoso relativismo doctrinal! ¡Con semejantes principios se puede relativizar toda verdad apelando a la conciencia histórica de un momento fugitivo! ¿Acaso Pío XI al escribir Quas Primas era prisionero de concepciones históricas? ¿Y del mismo modo, San Pablo, cuando afirma de Jesucristo: “es necesario que El reine”? Creo que habéis comprendido la perversidad del relativismo doctrinal histórico en Maritain, Yves Congar y compañía. Tratamos con personas que no tienen ninguna noción de la verdad, ni la menor idea de lo que puede ser una verdad inmutable. Es gracioso comprobar que esos mismos liberales relativistas que fueron los verdaderos autores del Vaticano II, ahora llegan a dogmatizar ese Concilio que sin embargo habían declarado pastoral, y quieren imponernos las novedades conciliares como doctrinas definitivas e intocables. Y se enfadan cuando les digo: “Ah, ¡vosotros decís que el Papa ya no escribiría hoy Quas Primas! ¡Vaya! yo os digo: tampoco se escribiría ya hoy vuestro Concilio; ya está superado. Vosotros os aferráis a él porque es vuestra obra; pero yo me atengo a la Tradición porque es obra del Espíritu Santo.”