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martes, 9 de abril de 2019

LA PASION DE JESUCRISTO SEGÚN SANTO TOMAS DE AQUINO


CAIDA DE JESÚS RUMBO AL CALVARIO
(Recomiendo encarecidamente lean en la Biblia el salmo 22, el cual no pongo aquí porque no se pudo escanear. Es un salmo puramente mesiánico donde se narran las angustias de Nuestro Señor en la CRUZ)
El sentido mesiánico de este final del salmo es evidente. Una cosa hay en él que no es clara, la relación entre los sufrimientos del salmista y este sentido mesiánico en que vemos a las naciones convertidas a Yavé, y el pueblo nuevo; a quien se publicará la justicia de Dios.  
Así aparece de qué manera los profetas y los justos del Antiguo Testamento, sufriendo por la causa de Dios, vinieron a ser tipos de aquel Varón de dolores que murió en la cruz para dar testimonio de la verdad, Pero no sólo los justos individualmente considerados, también la ciudad de Jerusalén o el pueblo israelita, como pueblo de Yavé y el único que a Dios reconocía y adoraba en medio de las naciones gentílicas, se nos ofrece en los Salmos como paciente por la causa de Dios, oigamos m otra vez al salmista, que dice :

¿Por qué, oh Dios, nos has rechazado del todo?
¿Por qué arde tu furor contra Las ovejas de tu pastizal?..
Acuérdate de tu comunidad, que desde el principio hiciste tuya, la que redimiste para hacerla tu tribu propia:
Del monte Sión, en que pusiste tu morada.
Recorre con tus pies estas completas ruinas:
El enemigo lo destruyó todo en el santuario,
 Rugían tus enemigos en et lagar de tus asambleas,
y pusieron ante tí sus enseñas por trofeos.
Prendieron fuego a tu santuario
Y profanaron, arrasándola, la morada de tu nombre.
Se decían: Destruyámoslos a todos,
Incendiemos todos los santuarios de Dios en La tierra.

En esta desolación del santuario por los enemigos del pueblo, que lo son también de Dios, el salmista, recordando los antiguos prodigios en favor de Israel, eleva la voz al Señor, diciendo:

Mira tú alabanza;
Esta la desdichada tierra llena de violencias.
Que no se vea confuso el afligido,
Y el pobre y el menesteroso alaben tu nombre.
Álzate, ¡oh Dios!, y defiende tu causa. (Salmo 44)
Finalmente para terminar con este apartado del Antiguo Testamento es necesario leer el proto Evangelio del profeta Isaías, por ejemplo el cap. 53 en cuya visión el profeta no da crédito a lo que le pasara al siervo de Yavé, al ungido del Señor. Y otros pasajes más en donde ustedes pueden avivar en sus almas el verdadero espíritu de la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo.

LA PASIÓN PREDICHA EN LOS EVANGELIOS

La revelación de este misterio en el Nuevo Testamento es también gradual.   San Mateo (1,21) dice: “el ángel a José que el niño concebido por María será llamado Jesús, porque El salvará al pueblo de sus pecados; pero no declara de qué modo será esto. En San Lucas, en la anunciación, el ángel se inspira en los vaticinios mesiánicos sobre el Hijo de David. Luego los ángeles que anuncian su nacimiento hablan también del Salvador, pero sin más declaración. Es el bendito Simeón el que comienza a revelar el misterio, cuando dice a la Madre que el niño será blanco de contradicción y que su alma será atravesada por cuchillo de dolor. Cuando Jesús empieza su vida pública, el Precursor lo presenta al pueble como juez que tiene el bieldo en sus manos para limpiar su era, separando el grano de la paja. En San Juan, el Bautista señala a Jesús como
el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo; pero tampoco nos declara cómo ha de realizar esa obra. Después de la confesión de San Pedro, el Salvador comienza a revelar su destino: que sufrirá mucho de parte de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas; que será muerto y que resucitara al tercer día; pero nada nos dice
sobre los fines de esta pasión (Mt. 16,21). El segundo anuncio no añade más luz al pasado (Mt. 17,22), como tampoco el tercero (20, I8s). Ni nos dice nada la parábola de los viñadores, que tan claro habla de la muerte del Hijo heredero y de la reprobación de los, judíos (Mt, 21.2358). Es en
la última cena donde Jesús empieza a descubrir a los discípulos el misterio de su pasión, al decir que su cuerpo es entregado por ellos (Lc. 22, I9) Y que su sangre será derramada por muchos para remisión de los pera pecados
(Mt. 26,29). En San Juan, Jesús habla a Nicodemo de cómo es preciso que el Hijo del hombre sea levantado en alto, Para que todo el que creyere en El alcance la vida eterna (3,145). A los judíos les dice que, cuando, levanten en alto al Hijo del hombre, conocerán quién es El (8,28). En otra ocasión les asegura que El, de su voluntad, entrega su vida para
recobrarla luego (Jon, I7s). En el día de Ramos, oyendo que algunos gentiles querían hablarle, declara llegada la hora de su glorificación, pero que antes deberá morir, como el grano sepultado en la tierra (12,205s). En el sermón de la última cena, Jesús habla de su glorificación, mirando la muerte a través de la resurrección (13,31ss).

LA PASIÓN, EXPLICADA POR LOS APÓSTOLES

El día de Pentecostés, los apóstoles recibieron el Espíritu Santo y en El, el conocimiento de los misterios del reino de Dios, que estaban encargados de pregonar por el mundo. Las Actos de los Apóstoles contienen muchos discursos que no son otra cosa que la afirmación substancial del Evangelio, a saber, que Jesús de Nazaret es el Mesías prometido a
Israel y en quien Dios ha puesto para la salud del mundo. Oigamos, pues, a Pedro, que en el día mismo de Pentecostés proclama ante el pueblo; Jesús de Nazaret, varón aprobado por Dios obro entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo por El en medio de vosotros, como vosotros mismos sabéis, a éste, entregado; según los designios de la
presciencia de Dios, le alzasteis, en la cruz
y le disteis muerte por mano de los infieles; pero Dios; rotas las ataduras, de la muerte, le resucitó, por cuanto no era posible que fuera dominado por ella ... Exaltado a la diestra de Dios y recibida del Padre la promesa del Espíritu Santo, le derramó según vosotros veis y oís ... Tenga, pues, por cierto toda la casa
de Israel que Dios le ha hecho Señor
y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado. Y preguntando el pueble sobre lo que, tenían que hacer, responde el Apóstol: Arrepentíos y bautizaos en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados, y recibiréis el don del. Espíritu Santo (Act, 2,22-38).



lunes, 8 de abril de 2019

LA PASION DE JESUCRISTO SEGÚN SANTO TOMAS DE AQUINO

LA VERONICA ENJUGA EL ROSTRO DE JESUS

pero el segundo, ofrecida por Él la satisfacción plena de la justicia, pide solo misericordia y perdón. A este mismo tenor hemos de interpretar muchos salmos, en que su autor, aunque se reconoce culpable ante el Señor, se nos pinta perseguido de los malvados y, como Jeremías, pide al Señor la defensa de su causa. (Pero entre todos estos salmos, uno se distingue en que el salmista, sin hacer mención alguna


Y, a la vez, Isaac, doblando el cuello para recibir el golpe de su padre, se  unía con el corazón a la obediencia de éste y venía a ser el sacrificador de sí mismo. Los conceptos de víctima y sacrificador aparecen formalmente identificados en este sacrificio, que nos atrevemos a considerar como ejemplar y modelo de todos los sacrificios de la ley. En él tenemos declaradas las palabras del salmista: Sacrificio grato a Dios es el corazón contrito (Ps. 51,59). Y las otras que el salmista dice después de reprobar los sacrificios puramente materiales: Ofrece a Dios sacrificios de alabanza y cumple tus votos al Altísimo. E invócame en el día de la angustia; yo te libraré y tú cantarás mi gloria (Ps. 50,14s).


LA PASIÓN DE LOS JUSTOS
Esta idea del sacrificio espiritual nos lleva al conocimiento de un nuevo misterio del Antiguo Testamento. Los justos son en la tierra los representantes de la causa de Dios. El gobierno divino sobre los hombres está lleno de misterios que los hombres no alcanzan a comprender.  
Los justos, guiados por la fe, los acatan, no sin grave dolor de su alma; pero los malvados toman de ahí ocasión para insultar a la providencia del Señor. Esto engendra una lucha en la que los justos tienen mucho que sufrir y muchas ocasiones de ofrecer al Altísimo el sacrificio de su espíritu atribulado.          
Esta idea del sacrificio espiritual nos lleva al conocimiento de un nuevo misterio del Antiguo Testamento. Los justos son en la tierra los representantes de la causa de Dios. El gobierno divino sobre los hombres está lleno de misterios que los hombres no alcanzan a comprender.
Los justos, guiados por la fe, los acatan, no sin grave dolor de su alma; pero los malvados toman de ahí ocasión para insultar a la providencia del Señor. Esto engendra una lucha en la que los justos tienen mucho que sufrir y muchas ocasiones de ofrecer al Altísimo el sacrificio de su espíritu atribulado.          

El profeta Elías, valiente luchador contra la idolatría fenicia, defendida por la poderosa reina Jezabel, huye al desierto y desfallecido, pide al Señor la muerte: Basta, Yavé, lleva mi alma, que no soy mejor que mis padres. (1 Reg. 19,4).

Jeremías fue suscitado por Dios como su profeta y recibió sobre pueblos: y reinos poder de destruir, arrancar, arruinar y asolar, de levantar, edificar y plantar (I,ID). Esto obliga al profeta a vivir en medio de continuas angustias, que le arrancan tan amargas expresiones como éstas; Tú me sedujiste, ¡oh Yavé, y yo me dejé seducir; Tú eres el más, fuerte y fui vencido. Ahora soy iodo el día la irrisión, la burla de todo el mundo. Siempre que les hablo tengo que gritar, tengo que clamar; “Ruina, devastación” Y todo el día la palabra de Yavé es oprobio y vergüenza para mí. Y aunque me dije: no pensare mas en ello, no volveré a hablar más en tu nombre, hay dentro de mí como fuego abrasador que siento dentro de mis huesos, que no puedo contener ,y no puedo, soportar. Oigo muchas maldiciones y por todas partes me amenazan: «Delatadle, delatémosle. Aun los que eran mis amigo me expían para ver si doy un paso en falso: «A ver si le engañamos, y triunfaremos y nos vengaremos de él», Pero Yavé es para mí un fuerte guerrero; por eso mis enemigos caerán vencidos, no triunfarán y serán eternamente confundidos por su fracaso con perpetua ignominia, que nunca se olvidará (20,7-II).  

Pero, a veces, el profeta experimenta algo así como el abandono del Señor, sufre su Getsemaní y exhala con vehemencia sus dolores; ¡maldito sea et día en que nací! ¡No sea bendito¡ Maldito et hombre que alegre anunció a mi padre: «Un niño, tienes un hijo varón», llenándole de gozo, Sea ese hombre como las ciudades que destruye Yavé sin compasión, donde por la mañana se oyen gritos y al medio día alaridos.
Por qué no me mató en et Seno de mi madre, y hubiera sido mi madre mi sepultura y yo la preñez eterna de sus entrañas ¿Por qué salí del vientre de mi madre, para no ver más que trabajo y dolor y acabar mis días en la afrenta? (20,14-18).

En otra situación semejante exhala el profeta sus quejas: ¡Hay de mí! Madre mía, ¡cual me engendraste! Soy objeto de querella y contienda para todos. A nadie preste, nadie me prestó, y, sin embargo, todos me maldicen. En verdad, ¿soy culpable? ioh Yavé!, ¿soy culpable? En el tiempo del infortunio y de la angustia, ¿no te rogaba por el bien de Los que me odian? ¡Oh Yavé  Ten cuenta de mí, mira por mí y véngame de mis perseguidores. No contengas tu ira; mira que por ti soporto oprobios de parte de los que desprecian tu palabra. Eran para mí tus palabras el gozo y la alegría de mi corazón, porque yo llevo tu nombre ¡oh Yavé Sabaot nunca me senté entre los que se divertían para gozarme con ellos. La acción de tu mano: sobre mí me obligaba a sentarme, en soledad, pues llenaba mi alma tu ira. ¿Ha de ser perpetuo mi dolor? ¿Está gangrena da mi herida y se ha hecho incurable? ¡Ay! ¿Vas a ser para mí arroyo falaz, con cuyas aguas no se puede contar? (15,10-18).
Alguna vez el profeta, sintiéndose el blanco de sus enemigos que atentan a su vida, alza los ojos a Dios y pide justicia al único defensor de su causa: ¡Oh Yavé Sabaot; juez justo, que escudriñas los riñones y et corazón! Que vea yo en ellos tu venganza, pues a ti, te he confiado mi causa. Por eso así dice Yavé de los hombres de Anatot que buscan mi muerte diciendo: No profetices en el nombre de Yavé si no quieres morir a nuestras manos. Por eso, así dice Yavé Sabaot: Yo le voy a pedir cuentas. Los fuertes morirán al filo de la espada; sus hijos sus hijas morirán de hambre. No quedará superviviente, porque yo traeré la desdicha sobre los de Anatot cuando les pida cuentas, '(11, 20-23).

Aquí tenemos vivamente descrito un bien expresivo tipo de Aquel que vino a dar testimonio de la verdad y que murió en la cruz por esta causa (lo. 18,37). Todavía salta a la vista la diferencia entre el tipo y el anti tipo, pues aquél pide a Dios justicia y, castigo para sus perseguidores, mientras que éste, en el momento más solemne de su agonía, pide perdón para los que le habían crucificado. Según el primero, la justicia divina debía cumplirse sobre las espaldas de los pecadores; pero el segundo, ofrecida por Él la satisfacción plena de la justicia, pide solo misericordia y perdón. A este mismo tenor hemos de interpretar muchos salmos, en que su autor, aunque se reconoce culpable ante el Señor, se nos pinta perseguido de los malvados y, como Jeremías, pide al Señor la defensa de su causa. (Pero entre todos estos salmos, uno se distingue en que el salmista, sin hacer mención alguna pero el segundo, ofrecida por Él la satisfacción plena de la justicia, pide solo misericordia y perdón. A este mismo tenor hemos de interpretar muchos salmos, en que su autor, aunque se reconoce culpable ante el Señor, se nos pinta perseguido de los malvados y, como Jeremías, pide al Señor la defensa de su causa. (Pero entre todos estos salmos, uno se distingue en que el salmista, sin hacer mención alguna

 De sus pecados, nos pinte con vi vos colores su pasión y sin acordarse de pedir el castigo de sus perseguidores, acude luego al templo a pregonar ante el mundo entero la misericordia del Señor para con él.




domingo, 7 de abril de 2019

LA PASION DE JESUCRISTO SEGÚN SANTO TOMAS DE AQUINO



 Nota. La pasión de nuestro divino Salvador es la cusa principal de su vida en la tierra, por ella suspiro varias veces durante su vida apostólica y con gran vehemencia deseaba llegar a ese momento, porque en el cumpliría plenamente con la Voluntad Divina y saciaría plenamente nuestra redención. Para la Iglesia su esposa Inmaculada es la esencia del año litúrgico, es donde Ella se explaya manifestando su tristeza y pesar con las lamentaciones del gran profeta Jeremías, lamentaciones que son como gemidos inenarrables que surgen de lo más profundo del corazón de nuestra Madre la Iglesia.
Debería, para nosotros, significar lo mismo y unirnos con gran espíritu magnánimo y generoso a esta pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Con este fin de incentivar nuestras almas para tan gran acontecimiento, que pude ser el ultimo para alguno de nosotros, es que desde este primer domingo del gran tiempo de pasión empezare a mandarles cada día una reflexión sobre el tema sacado de los comentarios a la suma teológica de Santo Tomas que corresponde a la tercera parte de la suma, más concretamente los artículos 46 a 50 que explayan la pasión de nuestro Salvador.

l. De la pasión de Cristo en la Sagrada Escritura, (a.1-3)
Cuando leemos en el Antiguo Testamento los oráculos proféticos sobre el Mesías, echamos de ver que siempre nos lo presentan como un monarca glorioso, que defiende la causa de los humildes contra la violencia de los poderosos, que recibe los homenajes de los pueblos y de los reyes. Esta concepción no podía menos de halagar al pueblo israelita, que acaba por ver en el reino mesiánico una idealización del reino de David, De aquí viene que el pueblo expresara su fe en la dignidad mesiánica de Jesús llamándole Hijo de David y aclarándole en su entrada en Jerusalén con las voces de «Bendito el reino de David, nuestro padre, que llega» (Mc, 11,10). Por esto los apóstoles no entendían las palabras del Salvador cuando les anunciaba su pasión en Jerusalén (Mt. 6,22 s), y los judíos se mostraban desconcertados cuando oían que Jesús les habla de su exaltación de la tierra (lo. 8,32ss).
Sin embargo, no podía ser que el Antiguo Testamento dejase de vaticinar el gran misterio de, la pasión redentora del Hijo de Dios. San Lucas nos cuenta que el Salvador resucitado, al aparecerse a los dos discípulos, que caminaban hacia Emaús, les dijo: iOh hombres sin inteligencia y tardos de corazón para creer todo Lo que vaticinaron Los profetas! ¿No era preciso que el Mesías padeciese esto y entrase en su gloria? Y comenzando por Moisés y por todos los profetas, les fue declarando cuanto a Él se refería en todas Las Escrituras (Lc. 24,25-27).
Pues éste es el programa que nos proponemos desarrollar en esta introducción.

Para conseguirlo tenemos necesidad de recordar que la exégesis judía admitía en la Sagrada Escritura, además del sentido literal histórico, un sentido literal más hondo, que, hoy suelen llamar sentido pleno, y luego el sentido típico. Esto sin contar el sentido acomodado, del que usaban y abusaban los doctores de la Ley. Todos estos sentidos, sin excluir el acomodado, que no es sentido de la Escritura, sino del intérprete de ella, los podemos hallar en los escritos del Nuevo Testamento.

LOS SACRIFICIOS

Entre las fiestas que celebraba el pueblo israelita, ocupa un lugar destacado la Pascua. El día 10 de Nisán, cada familia separará del rebaño un cordero o un cabrito; el 14, al atardecer, lo sacrificarán y lo comerán al ser de noche, asado con panes ácimos y lechugas silvestres.
Sólo a los circuncidados será permitido participar de este banquete.
Este es el sacrificio de la Pascua de Yavé, que pasó de largo por las casas de los hijos de Israel cuando ario a Egipto, salvando nuestras rosas (Ex. 12,27). La Pascua recuerda la liberación de Israel en virtud de las promesas hechas a los patriarcas, confirmadas luego con el pacto del Sinaí. A esas promesas hace, sin duda, referencia el Apóstol cuando dice de Moisés que por la fe celebro la Pascua y la aspersión de la sangre, para que el exterminador no tocase a los primogénitos de Israel; (Hebr. II, 28). La consumación de esta Pascua nos la declara San Pablo escribiendo a los Coriritios: alejad la vieja levadura para ser masa nueva, como sois ácimos, porque Cristo, nuestra Pascua, ya ha sido inmolada (1 Cor. 5,7). El sacrificio pascual, conmemorativo de la liberación de Israel, es, pues, el tipo del sacrificio de Cristo, con que se realizó la liberación del género humano. Por esto San Juan, declarando por qué al Salvador no quebraron las piernas como a los ladrones, trae las palabras del Éxodo en que se mandó no quebrar hueso al cordero pascual (lo. 19,36; Ex. 12,46).
El acto principal del culto es el sacrificio. Los patriarcas, dondequiera que fijaban sus tiendas, levantaban un altar y ofrecían sacrificios al Señor: La víctima sacrificada era el substituto del oferente, que en aquélla se ofrecía y sacrificaba. La oblación de la sangre representaba el alma del que la ofrecía. Por eso, cuando faltaba en el oferente la devoción, por la que se incorporaba a la víctima, el sacrificio no era grato al Señor, y, en cambio, la devoción como quiera que se manifestase, constituía un sacrificio grato al Señor. Mas ya se ve que sola la perfectísima devoción del Hijo de Dios podía ser grata al Padre celestial, y la de los otros, por cuanto participasen de ella.

En el Levítico se nos dan a conocer las diversas clases de sacrificios admitidos por el ritual mosaico: el holocausto, el sacrificio pacífico y el doble sacrificio expiatorio de los pecados (Lev. 1-5). De éstos era mirado como más perfecto el holocausto, porque en él toda la víctima se consumía en obsequio de Dios, sin que ni el oferente ni el sacerdote se reservasen parte alguna. Del sacrificio pacífico se ofrecían a Dios la sangre y las vísceras; las carnes se las repartían el sacerdote y el oferente, que debían comer las en el santuario, en banquete de comunión, ofrecido por Dios mismo, que lo había santificado. Los sacrificios expiatorios se ordenaban a la expiación de los pecados y purificación de las almas. Los sacerdotes solos recibían una porción de ellos, por lo cual se decía que comían los pecados del pueblo: Sola la fe y la devoción hacían gratos todos estos sacrificios, que del sacrificio de Cristo recibían la virtud de agradar a Dios y expiar los pecados. En esto se halla  la razón de tipo que todos ellos tienen para figurar el sacrificio del Calvario
       
Entre los sacrificios expiatorios ocupan lugar preferente los que se ofrecía allá del mes séptimo en la fiesta de la expiación, que muy detalladamente se nos describen en el capítulo 16 del Levítico y que en la Epístola a los Hebreos es declarada en su sentido típico (9-10). Mediante estos sacrificios, el pueblo se creía purificado de sus pecados y plenamente reconciliado con su Dios. Dos cosas hay que distinguir en la virtud de esta fiesta, como en la de los otros ritos mosaicos: la purificación de las impurezas legales, que tenían su origen en la ley misma, y la purificación de los pecados o infracciones de la ley de Dios. Las primeras eran quitadas por los ritos de la misma ley que las ponía; pero las segundas sólo se quitaban por la devoción y la fe en el sacrificio de Jesucristo, por lo cual es tan ponderada esta fe de los patriarcas en la Epístola a los Hebreos (II, 1-40)
Todo esto aparecerá más claro en el sacrificio de Isaac, que la tradición exegética ha mirado siempre como tipo el más expresivo del sacrificio de Jesucristo. Los sacrificios humanos ofrecidos a los dioses falsos eran frecuentes en Canaán, Los padres ofrecían a sus divinidades aquel que más amaban, sus propios hijos. Con , esto pensaban merecer sus gracias ... Que esta bárbara costumbre se introdujo en Israel, nos lo prueba el caso de Jefté, que ofreció su hija a Dios después de la victoria sobre los amonitas ... La intención del autor sagrado al referir el sacrificio de Isaac es, sin duda, mostrar qué es lo que en los sacrificios agrada al Señor… Para entender el sentido de este relato hay que comenzar por hacerse cargo de lo que era Isaac para su padre: el hijo tan deseado, el heredero de las promesas divinas. Pues el Señor se lo exige a Abrahán, y el patriarca se dispone a realizar el sacrificio y, cuando estaba para consumarlo, Dios le revela su voluntad y cómo estaba satisfecho de su obediencia. Abrahán era, a la vez, el sacerdote y la víctima. Al descargar el golpe mortal sobre su hijo, lo descarga sobre su propio corazón.


sábado, 6 de abril de 2019

CONFESIONES. SAN AGUSTÍN


Nota. Estimado/a lector/a te encuentras ante uno de los mayores Padres de la Iglesia que fue verdaderamente candil de la calle como de su casa. También fue uno de los grandes pecadores de la Iglesia, Tenia una de las grandes santas como madre como lo fue Santa Mónica quien nunca se canso de rezar por la conversión de su amado hijo Agustín. El vivió en una época de grandes herejías que amenazaban en hundirlo en la oscuridad mas profunda, herejías a las cuales ataco con la y verdadera Santa doctrina Católica sin desmayo hasta verla libre de esta lacra de herejías.
Si te has perdido los demás artículos de sus confesiones los encontraras en este mismo sitio paginas atrás, vale la pena leerlos.

LIBRO V. (Continuación)
20.De aquí nacía también mi creencia de que la sustancia del mal era propiamente tal [corpórea] y de que era una mole negra y deforme; ya crasa, a la que llamaban tierra; ya tenue y sutil, como el cuerpo del aire, la cual imaginaban como una mente maligna que reptaba sobre la tierra. Y corno la piedad, por poca que fuese, me obligaba a creer que un Dios bueno no podía crear naturaleza alguna mala, imaginábalas como dos moles entre sí contrarias, ambas infinitas, aunque menor la mala y mayor la buena; y de este principio pestilencial se me seguían los otros sacrilegios. Porque intentando mi alma recurrir a la fe católica, era rechazado, porque no era fe católica aquella que yo imaginaba. Y parecíame ser más piadoso, ¡oh Dios!, a quien alaban en mí tus misericordias, en creerte infinito por todas partes, a excepción de aquella porque se te oponía la masa del mal, que no juzgarte limitado por todas partes por las formas del cuerpo humano.
También me parecía ser mejor creer que no habías creado ningún mal - el cual aparecía a mi ignorancia no sólo como sustancia, sino como una sustancia corpórea, por no poder imaginar al espíritu sino como un cuerpo sutil que se difunde por los espacios - que creer que la naturaleza del mal, tal como yo la imaginaba, procedía de ti.
Al mismo tiempo, Salvador nuestro, tu Unigénito, de tal modo le juzgaba salido de aquella masa lucidísima de tu mole para salud nuestra, que no creía de El sino lo que mi vanidad me sugería. Y así juzgaba que una tal naturaleza como la suya no podía nacer de la Virgen María sin mezclarse con la carne, ni veía cómo podía mezclarse sin mancharse lo que yo imaginaba tal, y así temía creerle nacido en la carne, por no verme obligado a creerle manchado con la carne.
Sin duda que tus espirituales se reirán ahora blanda y amorosamente al leer estas mis Confesiones; pero, realmente, así era yo.
XIII, 23. Así que cuando la ciudad de Milán escribió al prefecto de Roma para que la proveyera de maestro de retórica, con facultad de usar la posta pública, yo mismo solicité presuroso, por medio de aquellos embriagados con las vanidades maniqueas que, -de los que iba con ello a separarme, sin saberlo ellos ni yo-, que, mediante la presentación de un discurso de prueba, me enviase a mí el prefecto a la sazón, Símaco.
Llegué a Milán y visité al obispo, Ambrosio, famoso entre los mejores de la tierra, piadoso siervo tuyo, cuyos discursos suministraban celosamente a tu pueblo «la flor de tu trigo», «la alegría del óleo» y «la sobria embriaguez de tu vino» ". A él era yo conducido por ti sin saberlo, para ser por él conducido a ti sabiéndolo.
Aquel hombre de Dios me recibió paternalmente y se interesó mucho por mi viaje como obispo. Yo comencé a amarle; al principio, no ciertamente como a doctor de la verdad, la que desesperaba de hallar en tu Iglesia, sino como a un hombre afable conmigo. Oíale con todo cuidado cuando predicaba al pueblo, no con la intención que debía, sino como queriendo explorar su facundia y ver si correspondía a su fama o si era mayor o menor que la que se pregonaba, quedándome colgado de sus palabras, pero sin cuidar de lo que decía, que más bien despreciaba.
Deleitábame con la suavidad de sus sermones, los cuales, aunque más eruditos que los de Fausto, eran, sin embargo, menos festivos y dulces que los de éste en cuanto al modo de decir; porque, en cuanto al fondo de los mismos, no había comparación, pues mientras Fausto erraba por entre las fábulas maniqueas, éste enseñaba saludablemente la salud eterna. Porque lejos de los pecadores anda la salud, y yo lo era entonces. Sin embargo, a ella me acercaba insensiblemente y sin saberlo.
XIV,24.Y aun cuando no me cuidaba de aprender lo que decía, sino únicamente de oír cómo lo decía -era este vano cuidado lo único que había quedado en mí, desesperado ya de que hubiese para el hombre algún camino que le condujera a ti-, veníanse a mi mente, juntamente con las palabras que me agradaban, las cosas que despreciaba, por no poder separar unas de otras, y así, al abrir mi corazón para recibir lo que decía elocuentemente, entraba en él al mismo tiempo lo que decía de verdadero; mas esto por grados.
Porque primeramente empezaron a parecerme defendibles aquellas cosas y que la fe católica -en pro de la cual creía yo que no podía decirse nada ante los ataques de los maniqueos-podía afirmarse y sin temeridad alguna, máxime habiendo sido explicados y resueltos una, dos y más veces los enigmas de las Escrituras del Viejo Testamento, que, interpretados por mí a la letra, me daban muerte. Así, pues, declarados en sentido espiritual muchos de los lugares de aquellos libros, comencé a reprender aquella mi desesperación, que me había hecho creer que no se podía resistir a los que detestaban y se reían de la ley y los profetas.
Mas no por eso me parecía que debía seguir el partido de los católicos, porque también el catolicismo podía tener sus defensores doctos, quienes elocuentemente, y no de modo absurdo, refutasen las objeciones, ni tampoco por esto me parecía que debía condenar lo que antes tenía porque las defensas fuesen iguales. Y así, si por una parte la católica no me parecía vencida, todavía aún no me parecía vencedora.
25. Entonces dirigí todas las fuerzas de mi espíritu para ver si podía de algún modo, con algunos argumentos ciertos, convencer de falsedad a los maniqueos. La verdad es que si yo entonces hubiera podido concebir una sustancia espiritual, al punto se hubieran deshecho aquellos artilugios y los hubiera arrojado de mi alma; pero no podía.
Sin embargo, considerando y comparando más y más lo que los filósofos habían sentido acerca del ser físico de este mundo y de toda la Naturaleza, que es objeto del sentido de la carne, juzgaba que eran mucho más probables las doctrinas de éstos que no las de aquéllos [maniqueos] .
Así que, dudando de todas las cosas y fluctuando entre todas, según costumbre de los académicos, como se cree, determiné abandonar a los maniqueos, juzgando que durante el tiempo de mi duda no debía permanecer en aquella secta, a la que anteponía ya algunos filósofos, a quienes, sin embargo, no quería encomendar de ningún modo la curación de las lacerías de mi alma por no hallarse en ellos el nombre saludable de Cristo.
En consecuencia, determiné permanecer catecúmeno en la iglesia católica, que me había sido recomendada por mis padres, hasta tanto que brillase algo cierto a dónde dirigir mis pasos.
LIBRO SEXTO
I, 1. ¡Esperanza mía desde la juventud! ¿Dónde estabas para mí o a qué lugar te habías retirado? ¿Acaso no eras tú quien me había creado y diferenciado de los cuadrúpedos y hecho más sabio que las aves del cielo? Mas yo caminaba por tinieblas y resbaladeros y te buscaba fuera de mí, y no te hallaba, ¡oh Dios de mi corazón!, y había venido a dar en lo profundo del mar, y desconfiaba y desesperaba de hallar la verdad.
Ya había venido a mi lado la madre, fuerte por su piedad, siguiéndome por mar y tierra, segura de ti en todos los peligros tanto, que hasta en las tormentas que padecieron en el mar era ella quien animaba a los marineros-siendo así que suelen ser éstos quienes animan a los navegantes desconocedores del mar cuando se turban-, prometiéndoles que llegarían con felicidad al término de su viaje, porque así se lo habías prometido tú en una visión.
Me hallo en grave peligro por mi desesperación de encontrar la verdad. Sin embargo, cuando le indiqué que ya no era maniqueo, aunque tampoco cristiano católico, no saltó de alegría como quien oye algo inesperado, por estar ya segura de aquella parte de mi miseria, en la que me lloraba delante de ti corno a un muerto que había de ser resucitado, y me presentaba continuamente en las andas de su pensamiento para que tú dijeses al hijo de la viuda: Joven a ti te digo: levántate, y reviviese y comenzase a hablar y tú lo entregases a su madre.
Ni se turbó su corazón con inmoderada alegría al oír cuánto se había cumplido ya de lo que con tantas lágrimas te suplicaba todos los días le concedieras, viéndome, si no en posesión de la verdad, sí alejado de la falsedad. Antes bien, porque estaba cierta de que le habías de dar lo que restaba -pues 1e habías prometido concedérselo todo-, me respondió con mucho sosiego y con el corazón lleno de confianza, que ella creía, en Cristo
que antes de salir de esta vida me había de ver católico fiel.
II,2. (...) cuando me encontraba con él [Ambrosio] solía muchas veces prorrumpir en alabanzas de ella, felicitándome por tener tal madre, ignorando él qué hijo tenía ella en mí, que dudaba de todas aquellas cosas y creía era imposible hallar la verdadera senda de la vida.




jueves, 4 de abril de 2019

Los Sueños De San Juan Bosco Sobre El Infierno.



Pronto me encontré en medio de ellos. Mientras los observaba veo que de repente, ora uno ora otro, comienzan a caer al suelo, siendo arrastrados por una fuerza invisible que los llevaba hacia una horrible pendiente que se veía aún en lontananza y que conducía a aquellos infelices de cabeza a un horno.
— ¿Qué es lo que hace caer a estos jóvenes?— pregunté al guía.
—Acércate un poco— me respondió.
Me acerqué y pude comprobar que los jóvenes pasaban entre muchos lazos, algunos de los cuales estaban al ras del suelo y otros a la altura de la cabeza; estos lazos no se veían. Por tanto, muchos de los muchachos al andar quedaban presos por aquellos lazos, sin darse cuenta del peligro, y en el momento de caer en ellos daban un salto y después rodaban al suelo con las piernas en alto y cuando se levantaban corrían precipitadamente hacia el abismo. Algunos quedaban presos, prendidos por la cabeza, por una pierna, por el cuello, por las manos, por un brazo, por la cintura, e inmediatamente eran lanzados hacia la pendiente. Los lazos colocados en el apenas visibles, semejantes a los hilos de la araña y, al parecer, inofensivos. Y con todo, pude observar que los jóvenes por ellos prendidos caían a tierra.
Yo estaba atónito, y el guía me dijo: — ¿Sabes qué es esto?
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—Un poco de estopa— respondí.
—Te diría que no es nada —añadió—
El respeto humano, simplemente. Entretanto, al ver que eran muchos los que continuaban cayendo en aquellos lazos, le pregunté al desconocido:
— ¿Cómo es que son tantos los que quedan prendidos en esos hilos? ¿Qué es lo que los arrastra de esa manera?
Y él dijo: —Acércate más; obsérvalo bien y lo verás.
Lo hice y añadí: —Yo no veo nada.
—Mira mejor— me dijo el guía.
Tomé, en efecto, uno de aquellos lazos en la mano y pude comprobar que no daba con el otro extremo; por el contrario, me di cuenta de que yo también era arrastrado por él. Entonces seguí la dirección del hilo y llegué a la boca de una espantosa caverna. Y he aquí que después de haber tirado mucho, salió fuera, poco a poco, un horrible monstruo que infundía espanto, el cual mantenía fuertemente cogido con sus garras la extremidad de una cuerda a la que estaban ligados todos aquellos hilos. Era este monstruo quien apenas caía uno en aquellas redes lo arrastraba inmediatamente hacia sí.
Entonces me dije: —Es inútil intentar hacer frente a la fuerza de este animal, pues no lograré vencerlo; será mejor combatirlo con la señal de la Santa Cruz y con jaculatorias. Me volví, por tanto, junto a mi guía, el cual me dijo: — ¿Sabes ya quién es?
— ¡Oh, sí que lo sé!, —le respondí—.
Es el Demonio quien tiende estos lazos para hacer caer a mis jóvenes en el infierno. Examiné con atención los lazos y vi que cada uno llevaba escrito su propio título: el lazo de la soberbia, de la desobediencia, de la envidia, del sexto mandamiento, del hurto, de la gula, de la pereza, de la ira, etc. Hecho esto me eché un poco hacia atrás para ver cuál de aquellos lazos era el que causaba mayor número de víctimas entre los jóvenes, y pude comprobar que era el de la deshonestidad (impureza), la desobediencia y la soberbia.
A este último iban atados otros dos. Después de esto vi otros lazos que causaban grandes estragos, pero no tanto como los dos primeros. Desde mi puesto de observación vi a muchos jóvenes que corrían a mayor velocidad que los demás.
Y pregunté: — ¿Por qué esta diferencia? —
Porque son arrastrados por los lazos del respeto humano— me fue respondido. Mirando aún con mayor atención vi que entre aquellos lazos había esparcidos muchos cuchillos, que manejados por una mano providencial cortaban o rompían los hilos. El cuchillo más grande procedía contra el lazo de la soberbia y simbolizaba la meditación. Otro cuchillo, también muy grande, pero no tanto como el primero, significaba la lectura espiritual bien hecha. Había también dos espadas. Una de ellas representaba la devoción al Santísimo Sacramento, especialmente mediante la comunión frecuente; otra, la devoción a la Virgen María. Había, además, un martillo: la confesión; y otros cuchillos símbolos de las varias devociones a San José, a San Luis, etc., etc. Con estas armas no pocos rompían los lazos al quedar prendidos en ellos, o se defendían para no ser víctimas de los mismos. En efecto, vi a dos jóvenes que pasaban entre aquellos lazos de
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forma que jamás quedaban presos en ellos; bien lo hacían antes de que el lazo estuviese tendido, y si lo hacían cuando éste estaba ya preparado, sabían sortearlo de forma que les caía sobre los hombros, o sobre las espaldas, o en otro lado diferente sin lograr capturarlos. Cuando el guía se dio cuenta de que lo había observado todo, me hizo continuar el camino flanqueado de rosas; pero a medida que avanzaba, las rosas de los linderos eran cada vez más raras, empezando a aparecer punzantes espinas. Habíamos llegado a una hondonada cuyos acantilados ocultaban todas las regiones circundantes; y el camino, que descendía cada vez de una manera más pronunciada, se hacía tan horrible, tan poco firme y tan lleno de baches, de salientes, de guijarros y de piedras rodadas, que dificultaba cada vez más la marcha. Yo continué adelante. Cuanto más avanzaba más áspera era la bajada y más pronunciada, de forma que algunas veces me resbalaba, cayendo al suelo, donde permanecía sentado un rato para tomar un poco de aliento. De cuando en cuando el guía acudía en mi auxilio y me ayudaba a levantarme. A cada paso se me encogían los tendones y me parecía que se me iban a descoyuntar los huesos de las piernas.
Entonces dije anhelante a mí guía: —Querido, las piernas se niegan a sostenerme.
Me encuentro tan falto de fuerzas que no será posible continuar el viaje. El guía no me contestó, sino que, animándome, prosiguió su camino, hasta que al verme cubierto de sudor y víctima de un cansancio mortal, me llevó a un pequeño promontorio que se alzaba en el mismo camino. Me senté, lancé un hondo suspiro y me pareció haber descansado suficientemente. Entretanto observaba el camino que había recorrido ya; parecía cortado a pico, cubierto de guijarros y de piedras puntiagudas.
Consideraba también el camino que me quedaba por recorrer, cerrando los ojos de espanto, exclamando: —Volvamos atrás, por caridad.
Si seguimos adelante, ¿cómo haremos para llegar al Oratorio? ¡Es imposible que yo pueda emprender después esta subida!
Y el guía me contestó resueltamente: —Ahora que hemos llegado aquí, ¿quieres quedarte solo?
Ante esta amenaza repliqué en tono suplicante: — ¿Sin ti cómo podría volver atrás o continuar el viaje?
—Pues bien, sígueme— añadió el guía.
Me levanté y continuamos bajando. El camino era cada vez más horriblemente pedregoso, de forma que apenas si podía permanecer de pie. Y he aquí que al fondo de este precipicio, que terminaba en un oscuro valle, aparece un edificio inmenso que mostraba ante nuestro camino una puerta altísima y cerrada. Llegamos al fondo del precipicio. Un calor sofocante me oprimía y una espesa humareda, de color verdoso, se elevaba sobre aquellos murallones recubiertos de sanguinolentas llamas de fuego. Levanté mis ojos a aquellas murallas y pude comprobar que eran altas como una montaña y más aún.


martes, 2 de abril de 2019

AUDI, FILIA, ET VIDE, ETC. SAN JUAN DE ÁVILA


"Como me ves te veras como te vez me vi"
CAPITULO 11

De algunas causas, allende de las dichas, por las cuales vienen algunos a perder la castidad, para que huyamos de ellas si no la queremos perder; y con qué medios nos debemos animar a ello.
Ningún cuidado ni trabajo que por la guarda de esta limpieza se ponga debe parecer demasiado, si sabe estimar el precio y mérito de ella y su galardón. Y pues que nuestro Señor os ha dado a entender el valor de ésta joya, y os ha dado gracia para que la eligieras y prometieras, no será menester tanto deciros la excelencia de ella, cuanto daros avisos de cómo no la perdáis; enseñándoos algunas causas más de las ya dichas por donde algunos la pierden, para que sabidas, las evitéis, porque no la perdáis, y vos seáis perdida con ella.
Unos la pierden por tener recias inclinaciones naturales contra ella; y por no ser importunados, ni pasar guerra contra sí mismos tan cruel y durable, se dan maniatados a sus enemigos con miserable consejo, no entendiendo que el propósito del cristiano ha de ser morir o vencer, con la gracia de Aquel que ayuda a los que por su honra pelean.
Otros hay que aunque no son muy tentados, tienen una vileza y pequeñez natural de corazón, inclinada a cosas bajas. Y como ésta sea una de las más viles y bajas, y que más a mano se les ofrece, encuentran luego con ella, y se dan a ella como a cosa proporcionada con la bajeza y vileza de su corazón, que no se levanta a emprender aún vida de hombres regidos por razón natural; con la cual enseñado uno, dijo que en los deleites carnales no hay cosa digna de magnánimo corazón. Y otro dijo que la vida según los deleites carnales es vida de bestias. Porque no sólo la lumbre del cielo, mas aun la de la razón natural, condena a los que en esta vileza se ocupan como a gente que no vive según hombres, cuya vida ha de ser conforme a razón, mas según bestias, cuya vida es por apetito. Y si bien se mirase, podrían con mucha justicia quitar a estos tales el nombre de hombres, pues, teniendo figura de hombres, viven vida de bestias, y son verdadera deshonra de hombres. Y no sería cosa poco monstruosa, ni que diese pequeña admiración a los que la viesen, traer una bestia enfrenado a un hombre, llevándole adonde ella quisiese, rigiendo ella a quien la había de regir.
Y hay tantos de éstos, regidos por el freno de apetitos bestiales, bajos y altos, que no sé si por ser muchos, no hay quien eche de ver en ello. O, lo que más creo, es porque hay pocos que tengan lumbre para mirar qué miserable está una ánima muerta con deleites carnales, debajo de un cuerpo especialmente hermoso y de fresca edad: ¡ Oh, a cuántas ánimas de éstos y de otros tiene abrasados este fuego infernal, y ni hay quien eche lágrimas de compasión sobre ellos, ni quien diga de corazón: A Ti, Señor, daré voces, porque el fuego ha comido las cosas hermosas del desierto. (Joel, 1, 19).
Que, cierto, si hubiese viudas en Naim que amargamente llorasen a sus hijos muertos, usaría Cristo de su misericordia para resucitarlos en el alma, como lo usó con el hijo de la otra en el cuerpo, de quien el Evangelio (Lc., 7, 13) hace mención. No debe dormirse el que en la Iglesia tiene oficio de orar e interceder por el pueblo con afecto de madre, porque no castigue Dios al orador (orador: el que tiene oficio de orar) y su pueblo, diciendo (Ezech., 22, 30): Busqué entre ellos varón que se pusiese por muro, y se pusiese contra Mí, porque no destruyese la tierra, y no lo hallé: y derramé sobre ellos mi enojo; en el fuego de mi ira los consumí.
Guardaos, pues, vos de tener corazón tan pequeño y envilecido, que os parezcan bien y os contenten estas vilezas. Y acordaos de lo que San Bernardo dice: «Que si bien si consideraras el cuerpo y lo que sale de él, es un muladar muy más vil que cualquiera que hayáis visto.»
Despreciadlo de corazón con todos sus deleites, atavíos y flor, y haced cuenta que ya está en la sepultura, convertido en un poco de tierra. Y cuando algún hombre o mujer viéredes, no miréis mucho su faz ni su cuerpo; y si lo vieras, sea para tener asco de él; mas enderezad vuestros ojos interiores al ánima que está encerrada y escondida en el cuerpo, en las cuales no hay diferencia de hombre a mujer; y aquella alma engrandeced, como cosa criada de Dios; cuyo valor de una sola es mayor que de todos los cuerpos criados y por criar.
Y así despedida de la bajeza de los cuerpos, buscad grandes bienes y emprended nobles empresas, y no menores que aposentar a Dios en vuestro cuerpo y vuestra ánima con entrañable limpieza de corazón.
Miraos con estos ojos, pues dice San Pablo (1 Cor., 3, 16): ¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Y en otra parte (1 Cor., 6, 19) dice: ¿No sabéis que vuestros miembros son templo del Espíritu Santo que en vosotros está, el cual Dios os lo ha dado, y que no es vuestro? Y pues sois comprados por precio grande, honrad a Dios en vuestro cuerpo. Considerad, pues, que cuando recibisteis el santo Bautismo fuisteis hecha templo de Dios, y consagrada vuestra ánima a Él por su gracia, y vuestro cuerpo, por ser tocado con el agua santa; y de alma y de cuerpo se sirve el Espíritu Santo, como un señor de toda su casa, moviendo a buenas obras a ella y a él. Y por eso se dice que también nuestros miembros son templo del Espíritu Santo. Grande honra nos da Dios en querer morar en nosotros, y honrarnos con verdad y nombre de templo; y grande obligación nos echa para que seamos limpios, pues a la casa de Dios conviene limpieza. (Ps., 92.) Y si mirases que fuisteis comprada, como dice San Pablo, con precio grande, que es con la vida de Dios humanado que por vos se dio, veréis cuánta razón es honrar a Dios y traerlo en vuestro cuerpo, sirviéndole con él, y no haciendo cosa en él que sea para deshonra de Dios y daño vuestro. Porque verdadera y justa sentencia es (1 Cor., 3, 17) que quien ensuciare el templo de Dios lo ha de destruir Dios; y que no ha de haber en su templo sino cosa de su honra y de su alabanza. Y acordaos de lo que dijo San Agustín: «Después que entendí que me había Dios redimido y comprado con su sangre preciosa, nunca más me quise vender.» Y añadid vos: Cuanto más por vilezas de carne.
Obra habéis comenzado de gran corazón, pues queréis tener en la carne corruptible incorrupción; y tener por vía de virtud lo que los Ángeles tienen por naturaleza; y pretender particular corona en el cielo y ser compañera de las vírgenes, que cantan el nuevo cantar, y acompañar al Cordero doquiera que va. (Apoc, 14, 4.)
Mirad vuestro título que de presente tenéis, que es ser esposa de Cristo, y el bien que esperáis en el cielo cuando vuestro Esposo os ponga en su tálamo allá; y amaréis tanto la limpieza de la virginidad, que de buena gana perdáis la vida por ella, como lo hicieron muchas vírgenes santas, que por no dejarlo de ser, pasaron martirio, y con grandeza de corazón: la cual procurad de tener, porque es muy necesaria para conservar el grande estado en que Dios os ha puesto.



lunes, 1 de abril de 2019

El santo cura de Ars y el Demonio



Otro testimonio
Pero aquí tenemos, siempre en la biografía escrita por el abate Monnin, un segundo testimonio.
En 1842 —por tanto trece años después de la visita del abate Bibot — llegó a Ars un penitente, pero que vacilaba aún en su resolución de confesarse con el santo cura de Ars. Se trataba de un antiguo militar convertido en gendarme, en el departamento del Ain.
Se había, como todos los demás, levantados en plena noche para esperar a la puerta de la iglesia la llegada del confesor tan famoso que todos veneraban.
Mientras tardaba en llegar, el hombre dio unos pasos alrededor de la iglesia, junto al presbiterio. Había sufrido recientemente aflicciones y le quedaba como una impresión a la vez de tristeza, de inquietud y de terror religioso, todo ello mal analizado, en el fondo de sí mismo. La verdad cristiana lo atraía y le daba miedo. Quería confesarse, pero se libraba aún un tremendo combate en su espíritu, alrededor de su decisión de convertirse
Fue en el transcurso de esta lucha que tantos otros han conocido, ya sea en Ars, ya sea en otra parte, que oyó súbitamente un ruido extraño que le pareció provenir de la ventana del presbiterio.
"Escucha —escribe el abate Monnin— una voz fuerte, aguda y estridente, como debe ser la de los condenados; esa voz repite varias veces estas palabras que llegan claramente a sus oídos: «¡Vianney! ¡Vianney! ¡Ven pues! ¡Ven pues!» Este grito infernal lo hiela de horror. Se aleja presa de una extrema agitación. En ese momento, en el gran reloj del campanario suena la una. Pronto aparece el señor cura con una lámpara en la mano. Encuentra al hombre todavía presa de una viva emoción, lo tranquiliza, lo conduce hasta la iglesia y, antes de haberlo interrogado y haber oído la primera palabra de su historia lo deja atónito con éstas palabras: «Amigo mío, tiene usted penas; acaba de perder a su mujer como consecuencia de un parto. Pero tenga confianza; Dios vendrá en su ayuda. . . Es menester primero poner orden en su conciencia; pondrá usted después más fácilmente orden en sus asuntos.»
"—No traté de resistir — cuenta el gendarme — caí de rodillas, como un niño, y empecé mi confesión. En mi perturbación apenas podía ligar una idea con la otra, pero el buen cura me ayudó. Pronto había penetrado en el fondo de mi alma; me reveló cosas que no pudo haber conocido y que me asombraron más allá de toda expresión.
No creía yo que se pudiera leer así en los corazones."
A propósito de este nuevo testimonio, no está, sin duda, fuera de lugar subrayar que uno de los rasgos que será menester destacar en el capítulo que deseamos consagrar a la posesión diabólica y a sus signos reveladores, es justamente el del conocimiento de hechos ocultos. Y en nuestros capítulos ulteriores, en varias ocasiones tendremos que dar ejemplos de este conocimiento de las conciencias por parte de Satán.
¿Qué quiere decir? ¡No era por el demonio, ciertamente, que el santo cura de Ars poseía el don de leer en las almas! Lo que Satán conoce, podemos casi asegurarlo, surge de sus dones de espíritu angélico, aunque sea un ángel caído. En el abate Vianney, por el contrario, el conocimiento del secreto de las conciencias era el más admirable de los carismas, aquel por el cual conseguía los más grandes resultados para la conversión de los pecadores. La declaración del gendarme que acabamos de anotar no es más que un ejemplo entre miles.
Testimonio del médico
Estamos ahora en posición de rechazar las explicaciones demasiado sumarias según las cuales se trata de atribuir los hechos diabólicos consignados aquí a los ayunos excesivos del abate Vianney o a una tendencia en él a ver lo sobrenatural en todo lo que le acontecía.
Sus colegas habían empezado por ahí. Pronto hicieron marcha atrás. Habían terminado, todos, por rendir homenaje a su serenidad robusta y sana, al realismo tranquilo de sus relatos sobre Satán. Efectivamente, él hablaba de todo ello sin hacerse rogar. A menudo, hacía bromas al respecto. Catherine Lassagne ha anotado muchas veces lo que les decía sobre este asunto a quienes lo rodeaban. Era también, lo hemos visto, una de sus réplicas al demonio: "¡Les diré lo que haces para que se burlen de ti! . . ."
Pero no dejemos de oír sobre este tema lo que pensaban sus médicos.
Quienes lo han conocido dijeron, todos, que era un hombre dotado de un perfecto equilibrio físico y moral.
Cuando interrogaron a su médico* habitual, M. J. B. Saunier, precisamente sobre las infestaciones, y como se atrevieron a pronunciar delante de él la palabra "alucinación", este respondió categóricamente: "Sólo tenemos una palabra que decir en lo tocante a las llamadas explicaciones psicológicas de los fenómenos de este tipo. Si es que estas explicaciones pueden ser admitidas cuando se trata de informar sobre hechos rodeados de circunstancias patológicas concomitantes, que descubren su naturaleza y que en general nunca dejan de producirse — estupidez, convulsiones, signos de demencia —, se torna imposible atribuirles la misma causa cuando se hallan unidos, como en el caso del señor Vianney, al cumplimiento regularísimo de todas las funciones del organismo, a esa serenidad de ideas, a esa delicadeza de percepción, a esa seguridad de juicio y de miras, a esa plenitud de posesión de sí mismo, al mantenimiento de esa salud milagrosa que no conocía casi desfallecimientos en medio de la incesante serie de tareas que absorbieron semejante existencia." Este médico tiene razón. Los dones sobrenaturales con que Dios honró al cura de Ars se hallaban injertados en cualidades de naturaleza que la historia comprueba sin esfuerzo. Más que ningún otro sacerdote de su diócesis, y quizá de su tiempo, tenía las aptitudes necesarias para ejercer con ventaja las funciones de exorcista. Su obispo, monseñor Devie, el que un día dijo, para cerrarles la boca a ciertos críticos: "No sé si el cura de Ars es instruido, pero sé que es un iluminado", estaba tan convencido de ello que le había dado un permiso general para usar sus poderes de exorcista todas las veces que se le presentara la ocasión. Lo veremos actuar en otro capítulo de nuestro libro.
Pero antes es necesario que continuemos nuestro estudio sobre los ataques del demonio en esta vida de un santo de nuestra época.
La más grande de las tentaciones
En el gran panegírico de san Jean-Marie Vianney que monseñor Fourrey, obispo de Belley, expuso en Nuestra Señora de París en el año del centenario, el 12 de abril de 1959, las infestaciones diabólicas estaban descritas en estos términos: "No me explayaré en evocar aquí los tormentos extraños que, repetidos a lo largo de treinta y cinco años, hubieran ineluctablemente paralizado el ministerio de cualquier otro sacerdote. En cuanto hubo discernido el origen diabólico de ellos, él se tranquilizó: el Señor que él servía era más fuerte que el Adversario. Llegó hasta regocijarse cuando los fenómenos nocturnos se hicieron particularmente aterradores: era para él la señal que al día siguiente grandes pecadores — «peces gordos», como él decía — llegarían hasta su confesionario, prisioneros de la gracia."
Pero el elocuente prelado añadió en seguida, indicando el rasgo más importante, a su juicio, de las persecuciones demoníacas, en esta vida de un gran santo.
"Deseo señalar — dijo el obispo — el juego más sutil del espíritu maligno, tratando de hundirlo en la desesperación, luego de separarlo — so pretexto de una más alta santidad —, de la función que la Iglesia le había encomendado.
"La obsesión de la salvación de las almas que colmaba el corazón del cura de Ars iba a convertirse en la pasión santa de la cual — paradójicamente — el enemigo de todo lo bueno iba a servirse para cegarlo. Iba a encerrar al hombre de Dios en el drama íntimo más desgarrador que pueda concebirse. Al querer salvar las almas ¿no arriesgaba él, ignorante, incapaz, de conducirlas a la perdición y de condenarse junto con ellas?' Su verdadero deber ¿no era hacerse a un lado ante un sacerdote de valor y ocultar en- el retiro, la oración, la penitencia, su inmensa miseria? Pero he aquí el desgarramiento que hace presa de él: el jefe de la diócesis le ordena permanecer en su puesto, continuar en sus funciones, esa función superior a sus fuerzas que tiene miedo de traicionar."
Nada más conmovedor que este drama. ¡El demonio ha atacado al santo por lo que podíamos llamar su "punto débil" y ese "punto débil" es en realidad su "punto fuerte!" ¡Es el sacerdote fiel, es el que ama, que desea servir! Pero es el que conoce su nada, que se humilla ante su Jesús. ¡Y el demonio entra en su juego, se apodera de esta humildad para llevarla a cierto exceso que, de una virtud muy grande haría el más temible de los peligros para el alma del santo! ¿Puede concebirse una maniobra más hábil ni más peligrosa para aquel contra el cual estaba dirigido? Agreguemos que lo que reforzaba al santo cura en sus designios de retiro, era su creencia, como lo han creído muchos santos sacerdotes antes que él, y aun mismo de su época, que conviene poner un poco de espacio entre el ejercicio del ministerio y la muerte para reparar en la penitencia, todas las insuficiencias de la acción en el transcurso de una vida.
"El Maligno —prosigue monseñor Fourrey— trata de atrapar al cura de Ars en la única trampa en la cual puede caer. Lo empuja por un camino que no es el que Dios le ha trazado, poniendo en juego la angustia de conciencia en la cual se debate.
"Escuchemos al hermano Athanase: «El servidor de Dios tenía muchas penas interiores. Estaba particularmente atormentado por el deseo de soledad: hablaba de ello con frecuencia. Era como una tentación que lo obsesionaba durante el día y más aún por la noche.» «Cuando no duermo a la noche — me decía —, mi espíritu viaja siempre: estoy en la Trapa, en la Cartuja; busco un rincón donde llorar mi pobre vida y hacer penitencia por mis pecados.» Decía también a menudo que no comprendía cómo, al ver sus miserias, no se entregaba a la desesperación. Tenía un terror muy grande de los juicios de Dios; cada vez que hablaba de esto temblaba; lloraba y decía que su mayor aprensión era la de caer en la desesperación en el momento de su muerte. Temía y llevaba con miedo su carga pastoral. No quería morir siendo cura. Fue este temor, lo confiesa, la causa de su segunda tentación de evasión. «Quise — me dijo— poner a Dios contra la espada y la pared, con el fin de hacerle ver que si muero en mi cargo de cura es muy a pesar mío y porque El lo quiere.»"