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martes, 12 de septiembre de 2017

LA CIUDAD DE DIOS O LA CAIDA DE UN IMPERIO (ROMANO)


SANTA MONICA Y SAN AGUSTIN

Capítulo XXVIII. De la saludable doctrina de la religión cristiana
Quéjanse, pues, y murmuran los hombres perversos e ingratos y los que están más profunda y estrechamente oprimidos del maligno espíritu de que los sacan mediante el nombre de Jesucristo del infernal yugo y penosa compañía de estas impuras potestades, y de que los transfieren de la tenebrosa noche de la abominable impiedad a la luz de la saludable piedad v religión; danse por sentidos de que el pueblo acuda a las iglesias con una modesta concurrencia y con una distinción honesta de hombres y mujeres, adonde se les enseña cuánta razón es que vivan bien en la vida presente, para que después de ella merezcan vivir eternamente en la bienaventuranza; donde oyendo predicar y explicar desde la cátedra del Espíritu Santo en presencia de todos la Sagrada Escritura y la doctrina evangélica, a fin de que los que obran con rectitud la oigan para obtener el eterno premio, y los que así no lo hacen, lo oigan para su juicio y eterna condenación; y donde cuando acuden algunos que se burlan de esta santa doctrina, toda su insolencia e inmodestia, o la dejan con una repentina mudanza o se ataja y refrena en parte con el temor o el pudor; porque allí no se les propone cosa torpe o mal hecha para verla o imitarla, ya que, o se les enseñan los preceptos y mandamientos del verdadero Dios, o se refieren sus maravillas y estupendos milagros, o se alaban y engrandecen sus dones y misericordias, o se piden sus beneficios y, mercedes.
Capítulo XXIX. Exhortación a los romanos para que dejen el culto de los dioses
Esto es lo que principalmente debes desear, ¡oh generosa estirpe de la antigua Roma! ¡Oh descendencia ilustre de los Régulos, Escévolas, Escipiones y Fabricios! Esto es lo que principalmente debes apetecer; en esto principalmente es en lo que te debes apartar de aquella torpe vanidad y engañosa malignidad de los demonios. Si florece en ti naturalmente alguna obra buena, no se purifica y perfecciona sino con la verdadera piedad, y con la impiedad se estraga y viene a sentir el rigor de la justicia. Acaba ahora de escoger el medio que has de seguir para que seas sin error alguno alabada, no en ti, sino en el Dios verdadero; porque aunque entonces alcanzaste la gloria y alabanza popular, sin embargo, por oculto juicio de la divina Providencia te faltó la verdadera religión que poder elegir. Despierta ya este día como has despertado ya en algunos, de cuya virtud perfecta y de las calamidades que han padecido por la verdadera fe nos gloriamos; pues, peleando por todas partes con las contrarias potestades y venciéndolas muriendo valerosamente, con su sangre nos han ganado esta patria. A ella te convidamos y exhortamos para que acrecientes el número de sus ciudadanos, cuyo asilo en alguna manera podemos decir que es la remisión verdadera de los pecados. No des oídos a los que desdicen y degeneran de ti; a los que murmuran de Cristo o de los cristianos y se quejan como de los tiempos malos buscando épocas en que se pase, no una vida quieta, sino una en que se goce cumplidamente de la malicia humana. Esto nunca te agradó a ti, ni aun por la eterna patria. Ahora, echa mano y abraza la celestial, por la cual será muy poco lo que trabajarás, y en ella verdaderamente y para siempre reinarás, porque allí, ni el fuego vestal, ni la piedra o ídolo del Capitolio, sino el que es uno y verdadero Dios, que sin poner límites en las grandezas que ha de tener, ni a los años que ha de durar, te dará un imperio que no tenga fin. No quieras andar tras los dioses falsos y engañosos; antes deséchalos y desprécialos, abrazando la verdadera libertad. No son dioses, son espíritus malignos a quienes causa envidia y da pena tu eterna felicidad. No parece que envidió tanto Juno a los troyanos, de quienes desciendes según la carne, los romanos alcázares, cuanto estos demonios, que todavía piensas que son dioses, envidian a todo género de hombres las sillas eternas y celestiales. Y tú misma en muchos condenaste a estos espíritus cuando los aplacaste con juegos, y a los hombres, por cuyo ministerio celebraste los mismos juegos, los diste por infames. Déjate poner en libertad del poder de los inmundos espíritus, los cuales colocaron sobre tus cervices el yugo de su ignominia para consagraría a sí propios y celebrarla en su nombre. A los que representaban las culpas y crímenes de los dioses los excluiste de tus honores y privilegios; ruega, pues, al verdadero Dios que excluya de ti aquellos dioses que se deleitan con sus culpas, verdaderas, que es mayor ignominia, o falsas, que es cosa maliciosa. Si bien, por lo que a ti se refería, no quisiste que tuviesen parte en la ciudad los representantes y los escénicos. Despierta y abre aún más los ojos; de ningún modo se aplaca la Divina Majestad con los medios con que se desacredita y profana la dignidad humana. ¿Cómo, pues piensan tener a los dioses que gustan de semejantes honras en el número de las santas potestades del cielo, pues a los hombres por cuyo medio se les tributan estos honores, imaginaste que no merecían que los tuviesen en el número del más ínfimo ciudadano romano? Sin comparación, es más ilustre la ciudad soberana donde la victoria es la verdad, donde la dignidad es la santidad, donde la paz es la felicidad, donde la vida es la eternidad, mucho menos que no admite en su compañía semejantes dioses, pues tú en la tuya tuviste vergüenza de admitir a tales hombres. Por tanto, si deseas alcanzar la ciudad bienaventurada, huye del trato con los demonios. Sin razón e indignamente adoran personas honestas a los que se aplacan por medió de ministros torpes. Destierra a éstos y exclúyelos de tu compañía por la purificación cristiana, como excluiste a aquellos de tus honras y privilegios, por la reforma del censor, y lo que toca a los bienes carnales, de los cuales solamente quieren gozar los malos, y lo que pertenece a los trabajos y males carnales, los cuales no quieren padecer solos. Y como ni aun en éstos tienen estos demonios el poder que se imagina (y aunque le tuvieran, con todo, deberíamos antes despreciar estos bienes y males, que por ellos adorar a los demonios, y adorándolos, privarnos de poder llegar a aquella gloria que ellos nos envidian; pero ni aun en esto pueden lo que creen aquellos que por esto nos procuran persuadir que se deben adorar); esto después lo veremos, para que aquí demos fin a este libro.
LIBRO TERCERO. CALAMIDADES DE ROMA ANTES DE CRISTO
Capítulo primero. De las adversidades que sólo temen los malos, y que siempre ha padecido el mundo mientras adoraba a los dioses.
Ya me parece que hemos dicho lo bastante de los males de las costumbres y de los del alma, que son de los que principalmente nos debemos guardar y cómo los falsos dioses no procuraron favorecer al pueblo que los adoraba, a fin de que no fuese oprimido con tanta multitud de males; antes, por el contrario, pusieron todo su esfuerzo en que gravemente fuese afligido. Ahora me resta decir de los males que éstos no quieren padecer, como son el hambre, las enfermedades, la guerra, el despojo de sus bienes, ser cautivos y muertos, y otras calamidades semejantes a éstas que apuntamos ya en el libro primero, porque éstas sólo los malos tienen por calamidades, no siendo ellas las que, los hacen malos; ni tienen pudor (entre las Cosas buenas que alaban) en ser malos los mismos que las engrandecen, y más les pesa una mala silla donde descansar que mala vida, como si fuera el sumo bien del hombre tener todas las cosas buenas fuera de sí mismo. Pero ni aun de estos males que solamente temen los excusaron o libraron sus dioses cuando libremente los adoraban, porque, cuando en diferentes tiempos y lugares padecía el linaje humano innumerables e increíbles calamidades antes de la venida de nuestro redentor Jesucristo, ¿qué otros dioses que éstos adoraba todo el Universo, a excepción del pueblo hebreo y algunas personas de fuera de este mismo pueblo, dondequiera que por ocultó y justo juicio de Dios merecieron los tuviese de su mano la divina gracia? Mas por no ser demasiado largo omitiré los gravísimos males de todas las demás naciones, y sólo referiré lo que pertenece a Roma y al romano Imperio, esto es, propiamente a la misma ciudad, y todo lo que las demás, que por todo el mundo estaban confederadas con ella o sujetas a su dominio, padecieron antes de la venida de Jesucristo, cuando ya pertenecían, por decirlo así, al cuerpo de su República.
LA DESTRUCCION DE TROYA
Capítulo II. Si los dioses a quienes los romanos y griegos adoraban de un mismo modo tuvieron causas para permitir la destrucción de Troya
Primeramente la misma Troya o Ilion, de donde trae su origen el pueblo romano (porque no es razón que lo omitamos o disimulemos, como lo insinué en el libro primero, capítulo IV), teniendo y adorando unos  mismos dioses, ¿por qué fue vencida, tomada y asolada por los griegos? Príamo, dice Virgilio, pagó el juramento que quebrantó su padre Laomedonte; luego es cierto que Apolo y Neptuno sirvieron a Laomedonte por jornal, pues aseguran les prometió pagarles su trabajo y que se lo juró falsamente. Me causa admiración que Apolo, famoso adivino, trabajase en una obra tan grande, y no previese que Laomedonte no había de cumplirle lo pactado; aunque no era justo que tampoco Neptuno, su tío, hermano y rey del, mar, ignorase las cosas futuras, pues a éste le introduce Homero presagiando gloriosos sucesos de la descendencia de Eneas, cuyos sucesores vinieron a ser los que fundaron a Roma, habiendo vivido, según dice el mismo poeta, antes de la fundación de aquella ciudad, a quien también arrebató en una nube, como dice, porque no le matase Aquiles; deseando, por otra parte, trastornar desde los fundamentos los muros de la fementida Troya que había fabricado con sus manos, como confiesa Virgilio. No sabiendo, pues, dioses tan grandes, Neptuno y Apolo, que Laomedonte les había de negar el premio de sus tareas, edificaron graciosamente a unos ingratos los muros de Troya. Adviertan no sea peor creer en tales dioses que el no haberles guardado el juramento hecho por ellos, porque eso, ni aun el mismo Homero lo creyó fácilmente, pues pinta a Neptuno peleando contra los troyanos y a Apolo en favor de éstos, diciendo la fábula que el uno y el otro quedaron ofendidos por la infracción del juramento. Luego si creen en tales fábulas, avergüéncense de adorar a semejantes dioses, y si no las creen, no nos aleguen los perjurios troyanos, o admírense de que los dioses castigasen a los perjuros troyanos y de que amasen a los romanos. Porque, ¿de dónde diremos provino que la conjuración de Catilina, formada en una ciudad tan populosa como relajada, tuviese asimismo tan grande número de personas que la siguiesen, si no de la mano y la lengua que sustentaba la fuerza de la conspiración, con el perjurio o con la sangre civil? ¿Y qué otra cosa hacían los senadores tantas veces sobornados en los juicios, tantas el pueblo en los sufragios o en las causas que ante él pasaban, por medio de las arengas que les hacían, sino perjurar también? Porque en la época en que florecían costumbres tan detestables se observaba el antiguo rito de jurar, no para guardarse de pecar con el miedo o freno de la religión, sino para añadirles perjurios al crecido número de los demás crímenes.
Capítulo III. Que no fue posible que se ofendiesen los dioses con el adulterio de Paris, siendo cosa muy usada entre ellos, como dicen.
Así que no hay causa legítima por la cual los dioses que sostuvieron, como dicen, aquel Imperio, probándose que fueron vencidos por los griegos, nación más poderosa que ellos, se finjan enojados contra los troyanos porque no les guardaron el juramento: ni tampoco (como algunos los defienden) se irritaron por el adulterio de Paris para dejar a Troya, en atención a que ellos suelen ser autores y maestros (no  vengadores) de los más horrendos crímenes. <La ciudad de Roma (dice Salustio), según yo lo he entendido, la fundaron y poseyeron al principio los troyanos, que, fugitivos de su patria con el caudillo Eneas, andaban vagando por la tierra sin tener aún asiento fijo>; luego si los dioses creyeron conveniente vengar el adulterio de Paris fuera razón que le castigaran antes los troyanos o también en los romanos, supuesto que la madre de Eneas fue la que cometió este crimen: ¿y por qué motivo condenaban en Paris aquel pecado los que disimulaban en Venus su crimen con Anquises, que produjo el nacimiento de Eneas? ¿Fue acaso porque aquél se hizo contra la voluntad de Menelao, y éste con el beneplácito de Vulcano? Pero yo creo que los dioses no son tan celosos de sus mujeres, que no gusten de comunicarlas a los hombres. Acaso parecerá que voy satirizando las fábulas y que no trato con gravedad causa de tanto momento; luego no creamos, si os parece, que Eneas fue hijo de Venus, y esto es lo que os concedo, con tal que tampoco se diga que Rómulo fue hijo de Marte; y si éste lo es, ¿por qué no lo ha de ser el otro? ¿Por ventura es ilícito que los dioses se mezclen con las, mujeres de los hombres, y es lícito que los hombres se mezclen con las diosas? Dura e increíble condición que lo que por derecho de Venus le fue lícito a Marte, esto, en su propio derecho, no lo sea lícito a la misma Venus. Con todo, lo uno y lo otro está admitido y confirmado por autoridad romana, porque no menos creyó el moderno César era Venus su abuela, que el antiguo Rómulo ser Marte su padre.
Capítulo IV. Del parecer de Varrón, que dijo era útil se finjan los hombres nacidos de los dioses.
Dirá alguno: ¿y crees tú esto?, y yo respondo que de ninguna manera lo creo. Pues aun su docto Varrón, aunque no lo afirma con certeza, con todo, casi confiesa que es falso. Dice que interesa a las ciudades que las personas de valor, a pesar de ser falso, se tengan por hijos de los dioses, para que de este modo el corazón humano, como alentado con la confianza de la divina estirpe, emprenda con mayor ánimo y denuedo las acciones grandes, las examine con más madurez y eficacia y con la misma seguridad las acabe más felizmente. Este dictamen de Varrón, referido como pude con mis palabras, ya veis cuán grande portillo abre a la falsedad, cuando entendamos que se pudieron ya inventar y fingir muchas ceremonias sagradas, y como religiosas, cuando pensemos que aprovechan e importan a los ciudadanos romanos las mentiras aun sobre los mismos dioses.
Capítulo V. Que no se prueba que los dioses castigaron el adulterio de Paris, pues en la madre de Rómulo le dejaron sin castigo
Pero si pudo Venus con Anquises parir a Eneas, o Marte de la unión con la hija de Numitor engendrar a Rómulo, dejémoslo por ahora, porque casi otra semejante cuestión se origina igualmente de nuestras Escrituras, cuando se pregunta si los ángeles prevaricadores se juntaron con las hijas de los hombres, de donde nacieron unos gigantes, esto es, unos hombres de estatura elevada y fuertes, con que se pobló entonces la tierra. Pero, entre tanto, nuestro discurso abrazará lo uno y lo otro; porque si es cierto lo que entre ellos se lee de la madre de Eneas y del padre de Rómulo, ¿cómo pueden los dioses enfadarse de los adulterios de los hombres, sufriéndolos ellos entre sí con tanta conformidad? Y si es falso, tampoco pueden enojarse de los verdaderos adulterios humanos los que se deleitan aun de los suyos fingidos, y más que si el crimen de Marte no se cree, tampoco puede creerse el de Venus. Así que con ningún ejemplo divino, se puede defender la causa de la madre de Rómulo, en atención a que Silvia fue sacerdotisa vestal, y por eso debieran los dioses vengar antes este crimen sacrílego contra los romanos que el adulterio de Paris contra los troyanos. Era, pues, un delito tan execrable entre los antiguos romanos éste, que enterraban vivas a las sacerdotisas vestales, convencidas de deshonestidad; y a las mujeres adúlteras, aunque las afligían lo bastante, con todo, no era con ningún género de muerte cruel, pero acostumbraban a castigar con más rigor a los que pecaban contra los sagrarios divinos, que no a los que manchaban los lechos humanos.
Capítulo VI. Del parricidio de Rómulo, no vengado por los dioses
Y añado otra circunstancia, y es que, si tanto se irritaron los dioses de los pecados de los hombres, que ofendidos del rapto de Paris asolaron a Troya a sangre y fuego, pudiera moverles. Más contra los romanos la muerte impía del hermano de Rómulo, que contra los troyanos la burla hecha al esposo griego: sin duda más debía irritarles el parricidio cometido en una ciudad recién fundada, que el adulterio de la que ya reinaba, cuya investigación nada importa para el asunto que ahora tratamos; esto es, si el asesinato le mandó hacer Rómulo, o si le ejecutó él mismo, lo cual muchos lo niegan sin reflexión, otros por vergüenza lo ponen en duda, y algunos de pena disimulan. Y para que no nos detengamos en averiguar con demasiada diligencia esta circunstancia, atendiendo a los testimonios de tantos escritores, consta claramente que mataron al hermano de Rómulo, no los enemigos, ni los extraños, sino el mismo Rómulo, que ejecutó por sí mismo el fratricidio, o mandó se hiciese; y aun cuando así fuese, parece tuvo mejor derecho para decretarlo, pues Rómulo era el primer jefe y legislador de los romanos, y Paris no lo era de los troyanos. ¿Por qué razón provocó la ira de los dioses contra los troyanos aquel que robó la mujer ajena y Rómulo, que mató a su hermano, excitó y convidó a los mismos dioses a que tomasen sobre sí la tutela y amparo de los romanos? Y si este delito ni le cometió ni le mandó ejecutar Rómulo, no obstante que la trasgresión era digna de castigo, toda la ciudad fue la que le hizo, porque toda pasó por él y no hizo caso de él; y no mató precisamente a su hermano, sino lo que es más notable, a su mismo padre; en atención a que el uno y el otro fue su fundador, y quitando al uno alevosamente la vida no le dejaron reinar, creo que no hay para qué insinuar el castigo que mereció Troya para que la desamparasen los dioses, y así pudiese perecer, y el bien que mereció Roma para que hiciesen en ella asiento los dioses y pudiese creer, a no ser que digamos que, vencidos, huyeron de Troya y se vinieron a Roma para engañar también a estos nuevos fundadores de la República romana; sin embargo, de que es más cierto el que se quedaron en Troya para engañar, como suelen, a los que habían de ir a vivir en aquellas tierras, y ejercitando en Roma los mismos artificios de sus retiradas seducciones, fueron ensalzadas con mayores glorias, siendo adorados con extraordinarios honores.
Capítulo VII. De la destrucción de Ilion, asolada por Fimbria, capitán de Mario
Y para explicarnos con más sencillez, decimos que, cuando ya pululaban las guerras civiles, ¿en qué había pecado la miserable ciudad de Ilion para que Fimbria, hombre facineroso del bando y parcialidad de Mario, la asolase con mayor fiereza e inhumanidad que antiguamente lo hicieron los griegos? Entonces al menos escaparon muchos huyendo, y muchos hechos cautivos a lo menos vivieron, aunque en servidumbre; pero Fimbria mandó, ante todo promulgar un bando por el cual ordenaba que a ninguno se perdonase, y así quemó y abrasó toda la ciudad y sus moradores. Este impío decreto se mereció la ciudad de Ilion, no por mano de los griegos, a quienes había irritado con sus maldades, sino por la de los romanos, a quienes había propagado con sus calamidades, no favoreciendo para estorbar tantas desgracias los dioses que los unos y los otros comúnmente adoraban, o lo que es más cierto, no pudiendo ayudarles en infortunio tan grave. ¿Acaso entonces, desamparando sus sagrarios y aras se habían ausentado todos los dioses que sostenían en pie aquel lugar después que los griegos le quemaron y asolaron? Y si se habían ido, deseo saber la causa; y cuanto más la examino, hallo que tanto mejor es la de los ciudadanos cuanto es peor la de los dioses; porque los habitantes cerraron las puertas a Fimbria sólo por conservar la ciudad a Sila, y él, enojado, les puso fuego, los abrasó y destruyó del todo; hasta entonces Sila era capitán de la mejor parte civil, y hasta entonces procuraba con las armas recobrar la República; pero de estos buenos principios aún no hablan llegado a experimentarse los malos fines. ¿Qué deliberación más justa y concertada pudieron tomar en tal apuro los vecinos de aquella ciudad? ¿Cuál más honesta? ¿Cuál más fiel? ¿Qué acción más digna de la amistad y parentesco que tenían con Roma que conservar la ciudad en defensa de la mejor causa de los romanos y cerrar las puertas a un parricida de la República romana? Pero en cuán grande ruina y destrucción suya se les convirtió esta generosa acción, véanlos los defensores de los dioses que desamparasen éstos a los adúlteros y que dejasen Ilion en poder de las llamas griegas, para que de sus cenizas naciese Roma más casta, sea enhorabuena; pero, ¿por qué causa desampararon después la ciudad cuna, de los roma nos, no rebelándose contra Roma su noble hijo, sino guardando la fe más constante y piadosa al que en ella tenía mejor causa? Y, sin embargo, la dejaron para que la asolase, no a los más valientes griegos, sino al hombre más torpe de los romanos. Y si no agradaba a los dioses la parcialidad de Sila, que es para quien los infelices moradores guardaban su ciudad cuando cerraron las puertas, ¿por qué prometían tantas felicidades al mismo Sila? Con esta demostración se conoce igualmente que son más lisonjeros de los felices que protectores de los desdichados: luego no fue asolado entonces ya Ilion porque ellos le desampararon; ya que los demonios, que están siempre vigilantes para engañar, hicieron lo que pudieron; pues habiendo arruinado y quemado con el lugar todos los ídolos, sólo el de Minerva, dicen, como escribe Livio, que en una ruina tan grande de sus templos quedó entero, no porque se dijese en su alabanza: <¡Oh dioses patrios, bajo cuyo amparo está siempre Troya!> Sino porque no se dijese para su defensa que se habían ido todos los dioses, desamparando sus sagrarios y aras, en atención a que se les permitió pudiesen conservar aquel ídolo, no para que por este hecho se probase que eran poderosos, sino para que se viese que les eran favorables.