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lunes, 19 de junio de 2017

TRES MONJES REBELDES


SAN ROBERTO MONJE TRAPENSE

Estos dos agudos sonidos retumbaron en la otrora tranquila habitación y estremecieron visiblemente al joven Roberto, pero, aunque parezca una paradoja, este acto involuntario le proporcionó el control que necesitaba.
Sus brazos se relajaron y aun cuando sus uñas seguían clavadas en las palmas de las manos, la voz y la mirada permanecieron firmes al contestar:
-Quise decir lo que dije, señor. Nunca seré armado caballero, pues conozco una mejor hidalguía.
-¿y cuál es? - preguntó Teodorico, clavando sus negros ojos en los ojos pardos que tenía por delante.
-La más alta hidalguía en este mundo, señor. ¡La hidalguía de ser caballero de Dios! -Al pronunciar estas últimas palabras, la cabeza de Roberto se irguió y sus hombros se cuadraron. Continuaba contemplando a su padre con una mirada que era casi un desafío.
Ermengarda contuvo el aliento al observar el ademán de reto de la cabeza de su hijo y el mentón hundido de su señor. Teodorico lo oyó y, deliberadamente, volvió la espalda tal muchacho. Con todo cuidado empujó, con la punta de su bota, unas brasas caídas del hogar y luego, con forzada calma, se aproximó al respaldo de la silla de su mujer.
-¿Quieres sentarte, hijo, y explicarte mejor? _ preguntó señalando un asiento. Yo conozco una sola hidalguía para los caballeros de Champagne. ¿Cuál es esa más alta hidalguía de que tú hablas? - El tono de su voz era más profundo y suave, pero Roberto, al mirar aquellos ojos negros y penetrantes, observó que su expresión no había cambiado.
 
-Prefiero estar de pie, señor, si me lo permites contestó el muchacho, separándose de la mesa y avanzando hacia la chimenea. Allí se dio vuelta y enfrentó a sus padres. Las inquietas llamas reflejaban sombras en sus fracciones contraídas.
Teodorico, al contemplar ese rostro, se apercibió de pronto que no hablaba con un niño, sino con un hombre.
Su hijo parecía haber envejecido ante sus ojos. Miró a Ermengarda, que conservaba las manos cruzadas sobre su regazo. Toda su actitud irradiaba absoluta calma. Se alegró de haberla mirado porque su serenidad lo tranquilizó.
Al levantar sus ojos hacia su hijo, un momento después, no le sorprendió descubrir en su rostro la sombra de una sonrisa.
-¿Bien? -dijo Teodorico, al ver que Roberto parecía aguardar una invitación para continuar.
-Señor, soy corpulento y fuerte como mi primo Jacques, ¿no es así? -Su padre asintió. Sé montar tan bien como el primo Jacques, ¿no es verdad? -Teodorico volvió a asentir. La voz del muchacho era vibrante. En las justas puedo competir con él muy bien. Lo he demostrado dos veces en torneo aquí, en nuestro propio patio.
Teodorico se limitó a asentir por tercera vez, preguntándose adónde iría a parar su hijo. El primo Jacques fue armado caballero en Troyes la semana pasada. Esta tarde lo hemos celebrado con un banquete para rendirle homenaje y demostrarle nuestra alegría. Señor, no estoy celoso de mi primo. No temo ni a la caballería ni a todo lo que con ella se relaciona. Pero hay dos razones por las cuales no he sido armado caballero la semana pasada. Una, mi edad. La otra está aquí. Su mano se alzó hasta el corazón. Entonces, todo su semblante se iluminó y exclamó:
- Señor, quiero ser caballero de Dios. Quiero ser monje.
-¿Ser qué? -bramó Teodorico y su voz de trueno llenó la habitación.
Roberto se sonrojó, pero sus ojos mantuvieron la mirada firme. Esperaba esta reacción. Esta última semana había suplicado a su madre que no dijera nada a su padre hasta fin de año. Y, ahora, a principios de noviembre ya lo sabía. A pesar de su ansiedad, el muchacho experimentó un alivio. Antes que su padre tuviera tiempo de reponerse, continuó:
-Señor, he sido educado por los monjes. Pero de ellos he aprendido mucho más que trivium (1).
He aprendido lo que es la alta hidalguía. Tú has dado mucho a los pobres y a los hambrientos durante estos tres años de escasez. Tío León, del otro lado del Sena, también ha dado mucho. Me siento justamente orgulloso de la sangre que llevo. -Su voz cobró más vehemencia al exclamar: -Pero, señor,  ¡los monjes han dado más! -Teodorico aguardó. Nunca había oído a su hijo expresarse así.
El muchacho estaba arrebatado, durante estos últimos tres años, la puerta de Saint Pierre de la Celle ha estado abarrotada de hambrientos -dijo Roberto-. Ni un solo siervo se alejó de esa puerta con las manos vacías. ¡Para eso, los monjes pasaron hambre! ¿Oyes, señor? ¡Ellos sufrieron hambre!        .
Roberto hizo una pausa y añadió: -Fue entonces cuando comencé a comprender que no era necesario llevar coto de malla o enarbolar el hacha de combate para ser valiente. Fue entonces cuando supe que hay una hidalguía más alta que la caballería misma.
Su voz era más grave: -Desde entonces, he rezado y consultado. Los monjes están dispuestos a recibirme. Mi madre no se opone a que me vaya. Confieso que he sido un cobarde al no decirte antes todo esto, señor, pero ahora te ruego que me perdones, me bendigas y me des tu consentimiento.
Las últimas palabras salieron a borbotones. Era el discurso más largo que Roberto había pronunciado delante de su padre. Comprendía que su confesión había sido temeraria y se sentía satisfecho de sí mismo y, también, un poco avergonzado. La tentación de solicitar auxilio a su madre era muy fuerte, mas decidió defenderse solo y en su propio terreno. Los oscuros y penetrantes ojos de su padre no vacilaron un momento y el muchacho creyó ver que sus labios se contraían tras la poblada barba, pero no estaba seguro de ello. Apretó los puños y esperó.
Alejándose de la silla de Ermengarda, Teodorico señaló a Roberto un almohadón a los pies de su mujer, y se instaló frente a la chimenea.
-Siéntate cerca de tu madre, Roberto –ordenó, necesito más explicaciones que las que acabas de darme.
-El muchacho se maravilló de la serenidad de su padre y de la calma de su voz, dices que Dios puso esa idea en tu cabeza. ¿Puede saberse cuándo?
-Es muy difícil" precisarlo, señor. Creo que siempre ha habido una inclinación.
-¡Oh! ¿De modo que no es más que una inclinación? Dios no hace manifestaciones directas, personales, ¿no es verdad? Bien: eso cambia la cuestión por completo. Roberto intentó levantarse, pero la mano de su madre, apoyada sobre su hombro, lo contuvo.
-Ten calma, hijo mío -le aconsejó- Tu padre tiene razón. El debe preguntar.
- -¿Tú no sabes, hijo mío -empezó Teodorico-, que, prácticamente, todo el mundo tiene esa fantasía en alguna época de su juventud? El noble se balanceó varias veces sobre sus pies, añadiendo:
-pero, si hasta yo mismo me sentí inclinado y, con una sonora carcajada, y no creo que tu madre pueda negar que eso fue pura fantasía.
¿Puedes imaginarme monje, acaso? -Y, de nuevo, su risa se expandió por el salón.
Ermengarda sonrió, pero Roberto se levantó, intranquilo, de su asiento. Teodorico lo contemplaba atentamente. Había esperado ver dibujarse una sonrisa en el rostro de su hijo. Se impacientó, Teodorico nunca había soportado oposición y ésta se le había presentado muy contadas veces en su vida. Sus siervos obedecían siempre y los nobles, sus amigos, le respetaban. La actitud de su hijo lo hirió profundamente.
Desde el momento que Dios no había efectuado manifestaciones especiales, estaba seguro de que la atracción que sentía su hijo por el claustro era sólo una ilusión pasajera, propia de su juventud. Era, pues, necesario terminar la entrevista antes de que adquiriera más importancia.
(1)En las escuelas medievales, nombre dado a las primeras tres artes liberales Gramática, Retórica y Lógica.
Roberto crecería y olvidaría sus fantasías y, en el futuro, sería su orgullo, convertido en leal caballero de Champagne. Manteniendo su tono de chanza, dijo: -Tus hombros son demasiado anchos y tus muslos demasiado fuertes para ser ocultados por un hábito, hijo mío. Dios te bendijo en un cuerpo de guerrero. ¡Has nacido para cabalgar un brioso corcel, con el mazo o el hacha de combate en tu mano! ¿Es el claustro sólo para los enclenques? preguntó Roberto en son de desafío.
-No, no -contestó rápidamente Teodorico, pero los verdaderos guerreros son para el mundo. -Y, tratando de despertar la vanidad del muchacho, añadió. Y tú llegarás a ser un verdadero guerrero. Tus ojos me lo demuestran. Tienes algo más que un físico magnífico.
¡Tienes fuego! La expresión de Roberto, que denotaba despego por estas cosas, le demostró que nada ganaría prosiguiendo tales argumentos. De modo que, en un tono de confiada autoridad, ordenó, pero se está haciendo tarde. Es hora ya de que los jóvenes se acuesten. Esta ilusión pasará.
-Señor -prorrumpió Roberto, saltando de su sitio, a pesar de que la mano de su madre intentó detenerle. No es una ilusión. No pasará. ¡Ya no soy un niño! El muchacho temblaba y su rostro se había enrojecido más aún. Permaneció erguido frente a su padre, con los puños crispados y los ojos llameantes.
Teodorico nunca había visto a su hijo en ese estado y el espectáculo lo sobresaltó. Observó que sus labios temblaban y sus manos se estremecían, y comprendió que había llevado a Roberto a un paroxismo de furia. Por un momento se quedó desorientado, Una palabra poco oportuna podía desatar esa ira próxima a estallar; un gesto torpe, herir ese corazón joven y fuerte. Se contentó con sostener la ardiente mirada con la suya, firme y serena.
Ermengarda, que había dejado su silla al levantarse Roberto, se acercó a él y, rodeándole los hombros con sus brazos, dijo con una sonrisa. -Tu padre se olvida de que el tiempo vuela, hijo: pero si sigues comportándote así, nunca te perdonará que hayas dejado de ser niño.
Ni siquiera la influencia de Ermengarda consiguió acercarlos.
-Padre -dijo Roberto, con tono serio y grave, siento haber llegado hasta la irreverencia. Pero, señor -y el mismo tono de implacable determinación volvió a resonar en la voz del muchacho-, deseo que recuerdes que soy tres años mayor que Theophylactus, quien según dijo tío León, será coronado Papa.
Roberto no pudo haber elegido peor argumento. Si hubiera desenvainado la espada y atacado directamente al su padre, no lo hubiera herido tan profundamente como con esa alusión al Papado.