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viernes, 16 de junio de 2017

LOS MARTIRES MEXICANOS


Un Canónigo, un Presbítero y un Minorista

 

 

Dícese que los pueblos más felices, son los que no tienen historia.

Y en efecto, si no la tienen es porque en ellos la vida es uniforme, apacible, serena, sin ninguna de esas algaradas y conmociones sociales, guerreras, o de otra especie, que dan cuerpo a la historia, y que, si tienen la ventaja de romper la monotonía y la rutina, enervantes a veces, tienen por otra parte las desventajas de traer la inquietud, el dolor y la zozobra destructoras de la paz, que hace la felicidad de la vida.

Un pueblo de estos tranquilos v apacibles, sin historia, era a no dudarlo el pueblecito del estado de Guanajuato llamado Pueblo Nuevo, situado entre la ciudad de Salamanca y la de Abasólo. Pero Dios quiso que entrara, y por cierto gloriosamente, en la historia, a causa de tres de sus hijos, martirizados en la persecución callista en el mes de febrero de 1928.

Quien hubiera visto, en aquella época dolorosa de nuestra vida nacional, en que los sacerdotes tuvieron que disfrazarse para no caer en manos de los verdugos conspiradores contra nuestra santa religión católica, y poder socorrer a los fieles en sus necesidades espirituales, con menor peligro de la vida, de ellos, y de los mismos fieles, al P. Daniel Pérez, hombre robusto y, fornido, vestido de charro, y con unos bigotazos de los llamados de aguacero, retorcidos en las puntas a la moda kaiserina, hubiera pensado encontrarse ante uno de esos militarotes matones y sin conciencia, que pululaban entre las filas de los revolucionarios.

Pero sus convecinos de Pueblo Nuevo, de donde era oriundo y en donde había ejercido con gran celo su ministerio sacerdotal largos años, sabían que por el contrario, aquella especie de fantoche, de tremendo aspecto, era un humilde y caritativo sacerdote, de carácter más bien retraído y amigo de la soledad, cuyas delicias las formaba la instrucción catequística de los niños, a los que dedicaba muchas horas de su ministerio, y de los que se hacía comprender y amar por su paciencia y bondad extraordinaria para con ellos, a ejemplo del Divino Maestro Jesucristo, cuyo ministro era.

Sus actividades en tal época y bajo tal disfraz, eran las de todos los sacerdotes en aquellos días. De ranchería en ranchería, de pueblo en pueblo, iba en busca de almas para confortarlas con los santos sacramentos, bautizando, confesando y dando la Sagrada Comunión y el Viático a los moribundos, después de decir la Santa Misa en alguna habitación particular de las casas de católicos, que la ajuaraban convenientemente, dichosos de ver santificada su morada con el Santo Sacrificio, y convertida su habitación en Oratorio Sagrado.

No se necesitaba ser muy lince para descubrir, como lo descubrieron los perseguidores, que por aquella región, cercana a Salamanca, andaba uno de aquellos sacerdotes ambulantes, que supieron a costa de muchos peligros y penalidades, mantener el espíritu cristiano de nuestra clase campesina; y así se dieron a buscarle con ahínco para darle su merecido. Su merecido digo, que para los verdugos anticristianos era la muerte, y para Dios era la corona del martirio.

Cierto día del mes de febrero de 1928, uno de los agentes de los callistas, andaba por Pueblo Nuevo en busca del sacerdote Pérez, y habló con un buen hombre de la vecindad, preguntando por él. Este, cándidamente, por creer al agente, algún fiel que buscaba al padre para que fuera a auxiliar a un moribundo, lo señaló inmediatamente, pues salía en esos momentos de la población por el extremo de la larga calle, en donde se trabó aquella conversación»

Presurosamente el villano corrió a darle alcance y le intimó la rendición.

El padre Daniel comprendió que estaba perdido, y sin resistencia alguna se entregó luego.

Aprehendido lo llevaron los esbirros hasta Irapuato, y allí entre insultos y amenazas de muerte lo encerraron en la cárcel, en donde comenzó a ser el objeto de las burlas y sarcasmos de la soldadesca revolucionaria, a los que daba pie para su villanía el contraste entre su facha tremebunda y la mansedumbre con que, en recuerdo de la noche en que Jesucristo Nuestro Señor sufrió semejantes afrentas en la casa de Caifás, recibía todos aquellos insultos y malos tratos. Tirábanle del bigotazo, se reían de sus estremecimientos de dolor, colmábanle de injurias, y sólo obtenían de él el grito odiado para ellos, de ¡Viva Cristo Rey!; hasta que cansados de oírle repetir ese entusiasta y bendito estribillo, le cortaron la lengua, y poco después lo sacaron al atrio de la Iglesia de San José convertida en 327 cuartel por los revolucionarios, y sin más ni más lo fusilaron, dándole así la palma del martirio.

Mientras tanto los habitantes de Pueblo Nuevo reunidos, se presentaron al jefe militar Jaime Carrillo, pidiéndole la libertad de su pastor.

Este les dijo que lo soltaría si pagaban por él una multa de quinientos pesos. Los vecinos corrieron presurosos al pueblo para reunir el dinero, y volvieron jadeantes a Irapuato para entregarlo al militar.

¡Ay!, mientras tanto los soldados habían fusilado al sacerdote, y el jefe, recibidos los quinientos pesos, dijo a los vecinos: "Ahora vayan a buscarlo al cajón de la basura...”

En efecto, después del fusilamiento, su cadáver había sido enterrado rápidamente en el atrio de la parroquia, y alguno de los soldados, más humano y compasivo, fue en busca de algunas flores que regó sobre la tumba.

Súpolo inmediatamente el jefe, y furioso por aquel homenaje al muerto glorioso, mandó castigar al culpable o culpables de él y desenterrar el santo cadáver, y atado con una soga, llevarlo arrastrando hasta un lugar de la población convertido en basurero.

Fueron allá los atribulados vecinos para rescatar el cadáver y darle honrosa sepultura; pero los soldados vigilantes impidieron que los fieles le quitaran alguna reliquia para llevarla a sus casas y venerarla. Sólo el encargado del panteón, a donde llevaron el cuerpo pudo apoderarse de la soga con que le habían arrastrado, y después, limpiándola con un lienzo nuevo, de la sangre que aún la manchaba, la entregó piadosamente a la familia del mártir. Era el 6 de febrero de 1928.

Al día siguiente otra tragedia vino a conmover dolorosamente los ánimos de los hasta entonces pacíficos habitantes de Pueblo Nuevo.

Ocupaba en León un lugar distinguido en la Curia de la Catedral el señor Canónigo Dr. D. Angel Martínez, hombre cultísimo, de fácil palabra, y de celo sacerdotal reconocido por todos, con una piedad y amor al Sagrado Corazón de Jesús, que en León, donde tan devotos son del mismo Corazón Divino, se distinguía por ello.

Nacido en Pueblo Nuevo, de muy humilde cuna y de padres muy pobrecitos, pero muy piadosos, desde niño se sintió llamado al sacerdocio, y sólo Dios sabe con cuántas dificultades y estrecheces, pero al mismo tiempo con cuánta constancia y fervor, pudo seguir sus estudios, llegando a ser, como he dicho, un sacerdote cultísimo.

En busca de mayor cultura aún hizo un viaje de estudios, por las capitales de Europa; y después de haber servido en varias parroquias, su prelado consciente de su mucho valer, le dio una Canonjía en el Cabildo de la Catedral de León, y ocupado en los deberes que ella le imponía, fue sorprendido por la persecución.

Comprendiendo sus amigos y conocidos, no menos que sus compañeros de sacerdocio, que un hombre de tanto viso como él no escaparía a los desmanes de los desnaturalizados perseguidores, le rogaron intensamente saliera del país, para librarse de ellos; pero él, aunque temeroso de una catástrofe, comprendió que su deber sacerdotal le exigía quedarse en México, para no abandonar a la grey cristiana, en tan angustiosa situación.

Mas fueron tales las instancias, que le hicieron, que se determinó a refugiarse en su pueblo natal, en el rancho de San Guillermo, donde vivía un hermano suyo, Agustín, de mayor edad que él. El señor Canónigo tenía 70 años y su hermano, a su mayor edad, añadía una multitud de achaques.

Todo ello hacía suponer, que los perseguidores, no habrían de molestar a aquellos dos buenos viejos, pertenecientes ambos a la clase eclesiástica, aunque Agustín, no sé por qué, no había continuado la carrera sacerdotal, después de recibidas las Ordenes Menores.

Pero la furia anticristiana de los militares callistas no distinguía, en su ceguedad, ni edades, ni cultura, ni méritos de ninguna especie. Ellos buscaban como el lobo a la oveja, al sacerdote católico y a sus allegados, porque tenían por consigna el exterminio del catolicismo en México.

Así que, aquella mañana del 6 de febrero en que habían echado la garra sobre el P. Daniel Pérez, hacia las cuatro de la mañana, cuando en el rancho de San Guillermo todos dormían aún, muy quitados de la pena se presentaron los esbirros en busca de los dos ancianos, y a medio vestir, los sacaron a empellones y los condujeron a Pueblo Nuevo, que distaba del rancho una hora y media, a pie y entre insultos y golpes cobardes; (porque es inaudita cobardía golpear, hombres armados y fuertes, a dos inermes ancianos, inocentes de todo crimen, y de más a más uno de ellos enfermo al punto de casi tener que ir arrastrado, por su dificultad en caminar a pie)

Llegados al pueblo los encerraron en la sacristía de la iglesia, hasta el atardecer, en espera de órdenes de sus jefes.

Y a las cinco de la tarde los subieron a un camión, hicieron correr la noticia de que los llevaban a Salamanca, donde los pondrían en la cárcel; porque si hubieran manifestado las órdenes reales, que tenían, el pueblo entero, indignado, se les hubiera echado encima y la habrían pasado mal.

En efecto las órdenes eran de asesinarlos. Así que a poco de haber salido del pueblo los hicieron bajar del camión y emprender otra vez a pie la caminata, hacia el cerro vecino. El señor Canónigo, compadecido de su achacoso y exhausto hermano, apoyado en su brazo y hombro, casi lo llevaba en peso, animándole a sufrir por Jesucristo. Pero no pudo evitar, que en un momento dado, tropezara y cayera de bruces, lo que visto por los soldados, entre una sarta de injurias, uno de ellos le atravesó con la bayoneta por entre las caderas saliéndole el arma por el bajo vientre.

Su hermano entonces, viéndole expirante, le dio la última absolución sacramental, y se despidió de él diciéndole: "Animo, Agustín, pronto nos veremos en el cielo"; y no pudiendo él contestar más, el señor Canónigo, a vista de su moribundo hermano, se irguió para lanzar el grito de victoria, que tantas veces oyeron con terror en nuestros campos los perseguidores: ¡Viva Cristo Rey, y mueran los perseguidores de la Iglesia! Hiciéronle avanzar entonces los soldados un poco más y formaron el cuadro precursor del asesinato. El Canónigo se arrodilló para orar unos momentos, y levantándose luego bendijo a los soldados y los perdonó en voz alta. . . ¡Y cayó atravesado por las balas!

La mañana del 7 de febrero los habitantes de Pueblo Nuevo, recibieron con horror, la noticia de la muerte del P. Pérez en Irapuato y a poco la del vil asesinato de los hermanos Martínez, sumiéndoles en un estupor doloroso.

Reaccionaron al fin, y sabiendo que los cadáveres de los Martínez no se encontraban muy lejos, salieron en masa a buscarlos para traerlos al cementerio de la aldea. Iban provistas las mujeres de lienzos para empaparlos en la sangre de los mártires, y lo lograron. Los hombres, armando unas parihuelas, trajeron a los dos cadáveres entre las aclamaciones, los llantos y las súplicas de todos, pidiendo a gritos la intercesión de sus gloriosos hermanos, para con Dios, a fin de que cesara en México la injusta y malvada persecución.

¡Pueblo Nuevo había entrado en la sangrienta historia de México con las palmas y coronas de tres de sus hijos martirizados, por el honor y realeza de Cristo Rey!
Los Martires Mejicanos