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sábado, 17 de junio de 2017

EL CORAZÓN ADMIRABLE DE LA MADRE DE DIOS



Pues mientras el niño permanece, en el seno de su madre, el corazón de ésta es totalmente fuente de la vida del niño, como de su misma vida. ¡Oh Corazón real de la Madre del amor, del que dispuso el Rey de vivos y muertos que su vida estuviese dependiendo por -espacio de nueve meses! ¡Oh incomparable Corazón, que no tienes sino una sola y única vida, con el que es vida del Padre eterno y fuente de toda vida! ¡Oh admirable Corazón, principio de dos vidas tan nobles y tan preciosas: principio de la santísima vida de una Madre de Dios y principio de la vida humanamente divina y divinamente humana de un Hombre-Dios! Mas no sólo ha sido principio este maravilloso Corazón de la vida de Jesús, durante los nueve meses que permaneció en el seno virginal, sino que también contribuyó a lo largo de muchos años a la conservación de esta vida tan digna y tan importante, formando y produciendo en los sagrados pechos de la Virgen Madre la purísima leche con que se nutrió este Niño adorable.

La cuarta prerrogativa de este amabilísimo Corazón es la señalada en las palabras de la Esposa a su divino Esposo -María a Jesús- su hijo y su Padre, su Hermano y esposo a la vez: "nuestro tálamo está cubierto y embalsamado de flores" (30). ¿Cuál, sino su Corazón, es este lecho, sobre el que el divino Niño Jesús ha reposado dulcemente? Es un aventajado privilegio el del discípulo predilecto de Jesús el haberse reclinado sólo una vez sobre su adorable pecho, del que sacó maravillosas ilustraciones y secretos. Mas ¡cuántas veces no se reclinó el divino Salvador en el seno y en el Corazón de su queridísima Madre! i Qué abundancia de ilustraciones, de gracias y bendiciones volcaría este sol eterno -fuente de luces y gracias-, en aquel Corazón maternal sobre el que reposó centenares de veces! ¡En aquel Corazón que jamás ofreció obstáculo a la gracia divina; en aquel Corazón que estaba siempre presto a recibirlas; en aquel Corazón al que amaba por encima de todos los corazones, y del que recibía más amor que de todos los corazones de los Serafines! ¡Qué unión, qué comunicaciones, qué correspondencias, qué abrazos entre estos dos Corazones, entre estas dos hogueras de amor inflamadas de continuo al soplo divino del Espíritu Santo! ¡Oh Salvador mío!; paréceme oír vuestra invitación a toda alma fiel a que os ponga como sello sobre su corazón!, como vuestra Madre hizo excelentemente, grabándoos sobre su corazón como imagen viviente de vuestra vida, de vuestras costumbres y virtudes. Y no contento con esto, Vos mismo habéis querido poneros como sello sobre su Corazón, para cerrarlo a cuanto no seáis vos, y constituiros en absoluto soberano y dueño único suyo. Vos mismo habéis quedado impreso sobre este Corazón maternal de una manera digna del amor de tal Hijo al Corazón de tal Madre. Que os amen y bendigan eternamente todos los espíritus del cielo y de la tierra, por los incontables favores con que habéis colmado a este Corazón admirable.

 

LAS PASIONES DEL CORAZÓN DE MARÍA

 

§. 5 LAS PASIONES DEL CORAZÓN DE MARÍA

Y aquí tenemos la quinta prerrogativa de este Corazón divino: ser altar santo donde se realiza un grande y perenne sacrificio de todas las pasiones naturales que en el corazón tienen asiento, donde se halla la parte concupiscible del alma junto con la irascible, de que ha dotado Dios al hombre y demás animales para ayudarles y estimularles a odiar, temer, huir, combatir y destruir las cosas que les son contrarias y perjudiciales; y a amar, desear, esperar, buscar y perseguir cuanto les sea conveniente y provechoso.

Estas dos partes o dos pasiones capitales encierran otras once, que vienen a ser otros tantos soldados a las órdenes de dos capitanes, o si preferís, otras tantas armas e instrumentos de que ellos se sirven para los des fines indicados.

Cinco pertenecen a la parte irascible: la esperanza y la desconfianza, el ardimiento y el temor, y la ira.

Las seis restantes se refieren a la parte concupiscible y son: el amor, el odio, el deseo, la fuga, la alegría y la tristeza.

Tras la rebelión del hombre contra los mandamientos de Dios, las pasiones todas se volvieron contra él, precipitándose en tal desorden que en lugar de quedar sometidas enteramente a la voluntad, reina de todas las facultades anímicas, la hacen corrientemente esclava suya; y en vez de ser centinelas del corazón, en que moran, y conservar la paz y tranquilidad, son de ordinario tan viles verdugos que llegan a dilacerarle y llenarle de turbación y guerra.

No ocurre así con las pasiones del Corazón de la Reina de los ángeles, siempre sometidas a la razón y a la divina voluntad, que dominaba soberanamente sobre todas las partes de su cuerpo y alma.

Y, si fueron deificadas estas mismas pasiones en el Corazón divino de N. S. Jesucristo, también fueron santificadas en eminente modo en el Corazón de su preciosísima Madre. Tanto más cuanto que el sagrado fuego del divino amor que ardía día y noche en el horno ardiente de este corazón virginal, ha sido de tal forma purificado, consumido y transformado en sí mismo a las antedichas pasiones que, como dicho celeste fuego no tenía otro objeto que a sólo Dios, hacia el cual se abalanzaba incesantemente con un ardor y una impetuosidad sin igual; en la misma forma tales pasiones estaban siempre orientadas hacia Dios, ni se ocupaban más que en Dios, ni eran empleadas más que para servicio de Dios, que las poseía, invadía, las animaba y abrasaba maravillosamente, haciendo de ellas un perenne sacrificio a la Santísima Trinidad.

Porque a mí se me aparece el purísimo cuerpo de la Madre de Dios, como un templo sagrado, el templo más augusto que existir haya podido, después del templo de la santa humanidad de Jesús. Para mí su Corazón virginal es el altar santo de este templo. El amor divino, el gran sacerdote que ofrece a Dios sacrificios agradabilísimos a su divina Majestad. La Voluntad divina le procura las víctimas innúmeras que en este altar han de ser sacrificadas; entre las cuales paréceme distinguir las once pasiones, sacrificadas por la espada flamígera que este gran sacerdote sostiene en su mano, es decir, por la virtud del amor divino; allí, en el celeste fuego que arde sobre este altar, son consumidas y transformadas, siendo así a la par inmoladas a la Santísima Trinidad en sacrificio de alabanzas, de gloria y de amor.

Allí se consume y transforma el amor humano en amor divino, cuyo único objeto es sólo Dios.

Allí es destruido y transformado el humano y natural odio hacia cualquier creatura, en un odio sobrenatural y divino orientado contra el pecado y cuanto al pecado respecta.

Allí es aniquilado todo deseo, y convertido en un simple y purísimo deseo de cumplir en todo y por encima de todo la Voluntad divina.

En este altar se aniquila toda aversión a cosas que el amor propio, la sensualidad, el orgullo del hombre rechazan, como la mortificación, la privación de comodidades de la vida, el desprecio y la abyección, quedando transformada en una diligente huida de las ocasiones de ofender a Dios, junto con los honores, las alabanzas, las satisfacciones sensuales, y cuanto puede satisfacer a la ambición, al amor propio y a la propia voluntad.

En él queda muerta toda vana alegría por las cosas caducas y perecederas de este mundo, y por los éxitos que tanto colman la inclinación del hombre, viéndose transformada en una alegría santa por todo cuanto es conforme al beneplácito divino.

En él son reprimidas las tristezas nacidas de cosas contrarias a la naturaleza y a los sentidos, trocándose en una saludable tristeza que se origina tan sólo de cuanto es ofensa a Dios.

En él se extinguen toda esperanza y pretensión de riquezas, placeres y honores de la tierra, y toda confianza en sí mismo o en cualquier otra cosa criada, y se trueca en la esperanza única de bienes eternos y en la sola confianza en la bondad divina.

En este altar se aniquila totalmente toda desconfianza del poder divino, de su bondad, de la verdad de las palabras y fidelidad a sus promesas, viéndose trocada en una gran desconfianza de sí mismo y de cuanto no sea Dios, que hace que la Virgen fidelísima jamás se apoye en sí misma ni en cosa alguna creada, sino en el solo poder y misericordia de Dios.

 
EL CORAZON ADMIRABLE DE LA MADRE DE DIOS