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viernes, 9 de junio de 2017

EL CONCILIO VATICANO II. ¿FUE UN CONCILIO CATOLICO?


Sostener que esta condena no debe tener ya lugar significa propugnar, por un lado, una concepción mutilada del magisterio de la Iglesia; por el otro, sustituir el diálogo con el que yerra, que la Iglesia Siempre ha procurado, por el diálogo con el error. Todo ello configura un error doctrinal, que en el texto susomentado de Juan XXIII se manifiesta en el peligroso puerto que tocan sus ideas al final, donde parece latir, el  pensamiento de que la demostración de la "validez de la doctrina es incompatible con la "renovación de las condena" como si tal validez hubiera de imponerse únicamente gracias a la fuerza de su propia lógica interna. Pero si fuera así, la fe no sería ya un don de DIOS y no necesitaría, ni de la gracia para llegar a ser y fortalecerse ni el ejercicio del principio de autoridad -encarnado por la Iglesia catatólica para sostenerse. Y aquí es donde radica propiamente el error que se esconde en la frase de Juan XXIII: una forma de pelagianismo, característico de toda concepción racionalista de la fe, condenada multitud de veces por el magisterio.

La demostración de la validez de la doctrina y la condena de los errores se han implicado siempre necesaria y recíprocamente en la historia de la Iglesia; y las condenas fulminaban no sólo las herejías y los errores teológicos en sentido estricto, sino, además y de manera Implacable, todo concepto del mundo que no fuese cristiana (no tan solo las contrarias a la fe, sino también las distintas de ella, religiosas o no, por poco que lo fuesen), porque, al decir de Nuestro Señor, quien no recoge conmigo, dispersa" (Mt 12, 30). La heterodoxa toma de posición de Juan XXIII, mantenida por el concilio y el pos concilio hasta hoy, derrocó por tierra -se nota ya en los textos conciliares- la típica y férrea armazón conceptual de la Iglesia, muy admirada otrora hasta por sus enemigos, algunos de los cuales incluso la apreciaban sinceramente: «El sello intelectual de la Iglesia es, en esencia, el rigor inflexible con que se tratan los conceptos y los juicios de valor como consolidados, como eternos»

(Nietzche).

 

2° ERROR: LA CONTAMINACIÓN DE LA DOCTRINA CATÓLICA CON

EL "PENSAMIENTO MODERNO",

INTRINSECAMENTE ANTICATÓLICO

 

La otra conocidísima y gravísima afirmación de Juan XXIII repetida por él a los cardenales el 13 de enero de 1963, en el discurso del día de su cumpleaños, se relaciona con la renuncia pregonada a herir el error con la siguiente abdicación inaudita: «El espíritu cristiano, católico y apostólico de todos espera que se dé un paso adelante hacia una penetración doctrinal y una formación de las conciencias que esté en correspondencia más perfecta con la fidelidad a la auténtica doctrina, estudiándola Y poniéndola en conformidad con los métodos de la investigación Y con la expresión literaria que exigen los métodos actuales. Una cosa es la sustancia del depositum fidei, es decir, de las verdades que contiene nuestra venerada doctrina, y otra la manera como se expresa; y de ello ha de tenerse gran cuenta, con paciencia, si fuese necesario, ateniéndose a las normas Y exigencias de un magisterio de carácter prevalentemente pastoral».       

Estos conceptos los repitió expresamente el concilio en el decreto Unitatis Redintegratio sobre el ecumenismo, arto 6 1.

El principio, otrora formulado por los liberales y los modernistas, según el cual la doctrina antigua debía revestirse de una forma nueva sacada del "pensamiento moderno, habla sido ya condenado expresamente por san Pío X.  Y por Pío XII 3. De ahí que el Papa Roncalli propusiera una doctrina ya condenada formalmente como herética por sus predecesores (en cuanto característica de la herejía modernista).

En efecto, no es posible aplicar a la doctrina católica las categorías del "pensamiento moderno"! el cual niega a priori, en todas sus formas la existencia de una verdad absoluta, y para el cual todo es relativo al Hombre único valor absoluto que reconoce, al que diviniza en todas sus manifestaciones (desde el instinto a la "conciencia de sí"). Se trata, pues, de un pensamiento intrínsecamente opuesto a todas las verdades fundamentales del cristianismo, comenzando por la idea de un Dios creador, de un Dios viviente, que se reveló y encarnó, y terminando por el modo de entender la ética y la política. Al proponer tamaña contaminación Juan XXIll se revelaba discípulo del metodo" de la Nouvelle Théoiogie neomodernista, condenada antaño por el magisterio. Si al concilio le hubiese preocupado de veras satisfacer a las necesidades de los tiempos, referidas a la misión salvífica de la Iglesia católica, habría debido investigar a fondo las condenas del pensamiento moderno que los Papas habían formulado en el pasado (desde Pío IX a Pío XII), en lugar de encarecer que la doctrina "auténtica" y "antigua" se "estudiara y expresara" en función del dicho pensamiento moderno.

3ER. ERROR: EL FIN DE LA IGLESIA ES

LA "UNIDAD DEL GÉNERO HUMANO"

El tercer error estriba en la erección de la unidad del género humano en fin propio de la Iglesia: «Venerables hermanos: esto es lo que se propone el concilio ecuménico Vaticano II, el cual, mientras agrupa las mejores energías de la Iglesia y se esfuerza en hacer que los hombres acojan con mayor solicitud el anuncio de la salvación, prepara y consolida ese camino hacia la unidad del género humano, que constituye el fundamento necesario para que la ciudad terrenal se organice a semejanza de la ciudad celeste, en la que, según san Agustin, reina la verdad, dicta la ley de la caridad y cuyas fronteras son la eternidad (cf. S. Agustín, Epist. 138, 3)>>.

A la "unidad del género humano" se la considera aquí como fundamento necesario (párese mientes en el adjetivo "necesario")para que la "ciudad terrestre" se asemeje cada vez más a la "celeste"; pero lo cierto es que nunca se había enseñado en el pasado que la expansión de la Iglesia en este mundo necesitara de dicho fundamento, tanto más que la consecución de la unidad del género humano -unidad afirmada simpliciter por el Papa- es una idea maestra de la filosofía de la historia elaborada por el pensamiento laicista a partir del siglo XVIII, una componente esencial de la religión de la Humanidad, no de la religión católica.

El error consiste aquí en mezclar la visión católica con una idea ajena a ella tomada del pensamiento laicista, que la niega y contradice ex sese, puesto que el pensamiento en cuestión no aspira ciertamente a extender el reino de Dios (es decir, su parte visible en la tierra o Iglesia militante), sino que anhela suplantar a la propia Iglesia por la Humanidad, convencido como está de la dignidad del hombre en cuanto hombre (porque no cree en el dogma del pecado original) y de sus presuntos "derechos".

Así que los efectos deletéreos de la negativa a condenar los errores del siglo se hicieron sentir también, como por una especie de némesis, en el discurso que la propuso, visto que éste contiene con certeza uno de los errores del siglo por lo menos en compañía de otros dos, más propiamente teológicos.

 

HERRORES DEN EL MENSAJE

DE LOS PADRES CONCILIARES AL MUNDO

 

El mensaje al mundo transmitido en la inauguración del concilio (Monseñor Lefebvre fue uno de los pocos en criticarlo), contiene en miniatura la pastoral que se desarrollará ad abundantiam en la Gaudium et Spes, una pastoral en la cual el puesto principal se reserva para los "bienes humanos", la "dignidad del hombre" en cuanto hombre, la "paz entre los pueblos" (invocada para no tener que convertirlos a Cristo): «y puesto que de los trabajos del concilio confiamos que aparezca más clara e intensa la luz de la fe, esperamos también una renovación espiritual, de la que proceda Igualmente un impulso fecundo que fomente los bienes humanos, tales como los inventos de las ciencias, los adelantos de la técnica y una más dilatada difusión de la cultura».

Los "bienes humanos" están representados aquí por el progreso de la ciencia, del arte, de la técnica, de la cultura (entendida a la manera del siglo, según se infiere de Gaudium et Spes, arts. 6.0 a 62 J).

¿Debía el concilio preocuparse de eso? ¿Había de desear el incremento de tales "bienes", meramente terrenales, caducos, a menudo falaces, en lugar de anhelar el aumento de los eternos, fundados en valores perennes enseñados por la Iglesia a lo largo de los Siglos? ¿Cómo asombrarse de que, por efecto de una pastoral de tal género, se abriera la grave crisis que todavía perdura, en vez de verificarse un nuevo "esplendor" de la fe? El error teológico en sentido propio se manifiesta después, en la conclusión del mensaje, allí donde se escribe: «Por eso, humilde y ardientemente, invitamos a todos, no sólo a nuestros hermanos, a quienes servimos como pastores, sino también a todos los hermanos que creen en Cristo y a todos los hombres de buena voluntad [prescindiendo por ello de su religión personal] [...] a que colaboren con nosotros para instaurar en el mundo una sociedad humana más recta y más fraterna», puesto que «el designio divino es tal que por la caridad brille ya de alguna manera el reino de Dios como prenda del reino eterno». Esta no es la doctrina católica, para la cual "la prenda del reino eterno" en este mundo la constituye sólo y exclusivamente la Iglesia católica, la Iglesia visible, docente y discente, miembros terrenales del cuerpo místico de Cristo, que crece (con lentitud, pero lo hace) a pesar de la oposición del "príncipe de este mundo": la Iglesia, no es la unión de "todos los hombres de buena voluntad", de todo el género humano, bajo el estandarte del "progreso".