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lunes, 15 de mayo de 2017

LA VIDA DE MOSNSEÑOR MARCEL LEFEBVRE

CARDENAL BILLOT

Un obstinado fervor tomista

En ese año, que sería el de su sacerdocio, Marcel Lefebvre trabajó sin descanso para obtener su licenciatura en teología. Las clases de la Gregoriana le ofrecían los tratados de Dios, de la creación y de la gracia con el Padre Lennerz, y el Antiguo y Nuevo Testamento completados por el griego bíblico. Pasó el examen de licenciatura o polytatus el 22 de junio de 1929.
En el Seminario, sus compañeros admiraban su gusto por el estudio: «Tenía una inteligencia profunda -decía jéróme Criqui-era aplicado y trabajador. Por la noche teníamos un recreo facultativo, pero él prefería trabajar en su habitación". «Siempre estaba dispuesto a hacer favores en los momentos más difíciles de nuestros estudios -recordaba otro compañero suyo-; tenía una inteligencia de alto nivel teológico y filosófico». Sin embargo -decía un compañero perspicaz-, «no tengo la impresión de que fuese un intelectual; estaba mucho más hecho para la acción»!". Sin ignorar la hermosa disciplina mental de la disputatio escolástica en la que se había ejercitado, Marcel prefería, como el Padre Le Floch, dominar los principios fundamentales de la teología y meditar los aforismos de su querido Santo Tomás, para alimentar su vida espiritual y formar su celo apostólico.
En las «repeticiones» (o clases de apoyo) semanales de teología, contaba un compañero, el hábil dogmático, el Padre Larnicol, nos repetía brevemente y hacía asimilables y a menudo desarrollaba lo que se enseñaba en la Gregoriana. En esas clases, Marcel participaba muy activa mente. Durante las discusiones había frecuentemente opiniones divergentes. Entonces Marcel no aceptaba sino lo que enseñaba Santo Tomás. Llegaba a veces tan lejos que sus compañeros de teología le decían que era «el dogmático petrificado». Le quedó ese nombre, del que él se sentía muy orgulloso. Permanecía fiel a Santo Tomás a fondo.
El calificativo se transformaba a veces en «la sana doctrina petrificada»,  Por supuesto que la suya no era una doctrina petrificada, en el sentido de que era inmediatamente para él una sabiduría de vida cristiana o apostólica; pero es cierto que a Marcel Lefebvre le gustaba asentarse en posturas seguras y probadas, y mantenerlas con tenacidad.
Había tras esa actitud la pizca de malicia de un espíritu superior y finamente irónico, y un rasgo de su carácter del que varios de sus compañeros han dado testimonio retrospectivamente: «Ya en el seminario nos parecía testarudo", decía uno de ellos. Otro declaraba:
Admirable y temible, así nos parece después de tantos años la figura del seminarista Marcel Lefebvre. Admirable por su esmero por la Verdad, tal como se le manifestaba según Santo Tomás de Aquino. Y temible: ¡qué importaba la opinión de los que no compartían su punto de vista! Su fe desafiaba a los aficionados a las sutilezas teológicas. No, no era un temperamento «conciliador». El Señor lo había hecho «así».
Sí, «así» era Marcel Lefebvre. Pero su entusiasmo tomista tenía una raíz mucho más profunda. En Santo Tomás encontraba lo que no descubriría nunca en los manuales: «Todos se inspiran en Santo Tomás -explicaría luego- pero les falta el espíritu, el Espíritu Santo que sopla en Santo Tomás. Con todo, Santo Tomás es bastante árido para leer. A pesar de eso, suele haber una o dos frases bien acuñadas que resumen el aspecto espiritual de la doctrina enseñada y te abren horizontes extraordinarios".
Como Pío XI, el seminarista Marcel «veía realizada en el Doctor angélico, en un grado excepcional, esa unión de la doctrina y de la piedad, de la ciencia y de la virtud, de la verdad y de la caridad»,
tan recomendada en Santa Chiara; y admiraba como el Papa, en su querido Doctor, «lo que San Pablo denominaba "palabra de sabiduría, y esa alianza de las dos sabidurías, la adquirida y la infusa, que siempre van armoniosamente acompañadas de la humildad, el culto de la oración y el amor de Dios»,

El sacerdote, religioso de Dios Padre

El culto de la oración, eso es lo que Marcel Lefebvre comprendía bien al oír las conferencias espirituales del Padre Frey. Ese alsaciano obeso, con el pelo corto y tieso como un cepillo, lleno de energía, permaneció en Santa Chiara desde 1906 hasta su muerte en 1939 sin interrupción. Fue el brazo derecho del Padre Le Floch, y sucedió al Padre Berthet en 1933. Desde 1925 fue secretario de la Pontificia Comisión Bíblica, donde debía a veces condenar tendencias erróneas.
Sus conferencias espirituales trataban de la virtud de religión según Santo Tomás: la religión -decía-, no es un gusto que le damos a Dios ni un favor que le hacemos, sino un deber de estricta justicia; por el hecho de que se lo debemos todo a Dios, debemos referido todo a Él.
La criatura espiritual -afirmaba- es religiosa por definición, si no está depravada. ¿Puede imaginarse un sacerdote que no tuviese ese espíritu de religión, de continua presencia de Dios, de adoración interior?, Marcel Lefebvre quedaría impregnado de ese espíritu y lleno de religión. Amaba los gestos litúrgicos que expresaban la adoración interior hacia Dios, así como el respeto de quienes participan de su autoridad o son, por la gracia, templos del Espíritu Santo. Aprendía que la civilización cristiana es la civilización del respeto. Su religión estaba centrada en Nuestro Señor Jesucristo y en su «gran oración», que es el Santo Sacrificio de la Misa.
La mejor escuela práctica de la virtud de religión fue para él la del Padre Joseph Haegy, prefecto de ceremonias en el Seminario. Ese hombrecito de marcado acento alsaciano, de pequeño pero rápido paso y acostumbrado a mover las manos con movimientos bruscos y simétricos cuando tenía que hacer alguna observación, imponía frecuentes ensayos que él mismo presidía, ayudado de sus maestros de ceremonias, uno de los cuales era Marcel. Exigía puntualidad y exactitud en los detalles: «La piedad de un sacerdote -decía- no se mide por la larga pausa de sus mementos, sino por su grado de obediencia a las rúbricas». “A través de su esmero por la perfección -escribía el seminarista Lefebvre en el año 1931-, percibíamos su profunda fe en la presencia del Divino Huésped. Sabía por experiencia que los ritos tradicionales se ven reemplazados con frecuencia por prácticas arbitrarias".
Cuando se invitaba al Seminario a ir a la ciudad, sea para una Misa pontifical, sea para la recepción de un Cardenal, el Padre elegía a los mejores seminaristas porque «el honor del Seminario estaba en juego», y se adelantaba con ellos al lugar para ensayar previamente la ceremonia, con el fin de «no dejar nada al azar».
Marcel fue ceremoniero mayor de 1927 a 1930, teniendo entre sus predecesores a Alfred Ancel y Lucien Lebrun, futuros Obispos.
Fue el último ceremoniero mayor del Padre Haegy, cuya salud declinaba y se apoyaba cada vez más en el seminarista Lefebvre. «Tenía que ir a darle cuenta -decía este último- después de cada ceremonia, si todo había salido bien, si el celebrante no había "metido la pata. Nos hacía reír» con sus originalidades; pero, a fin de cuentas, inculcaba excelentes principios a sus alumnos, sobre todo el de conocer las rúbricas con el fin de eclipsarse ante el ordenamiento de la Iglesia, para que el sacerdote no pusiera nada de sí mismo, sino que dejara que se expresara la acción de Cristo y de la Iglesia, Las fichas en las cuales el seminarista Marcel resumía los movimientos de cada uno de los ministros de la Misa solemne o pontifical son admirables por su precisión; los ensayos tenían el mismo cuidado, y «con gran dignidad y mucha seguridad desempeñaba las funciones de maestro de ceremonias», ya en el seminario, ya frecuentemente fuera de él: «Lo hacía a la perfección”.
Nos gustaba -diría Monseñor Lefebvre en el sermón de sus bodas de oro sacerdotales- preparar el altar y preparar las ceremonias; y para nosotros era una gran alegría la víspera de un día en que una gran ceremonia iba a celebrarse en nuestros altares. Así pues, siendo jóvenes seminaristas, aprendimos a amar el altar+".
Sus compañeros lo recuerdan como un seminarista «muy piadoso, de una gran piedad hacia la Virgen», miembro de la Asociación de la Santísima Virgen que congregaba regularmente en la galería a los seminaristas deseosos «de ayudarse mutuamente a amar y hacer amar a la Santísima Virgen". Por otra parte, «con el primer sacristán (Louis Ferrand) el seminarista Lefebvre formaba un dúo que gozaba de toda la confianza de la autoridad-+".
Era muy edificante -contaba la madre Marie Christiane- ver que nunca hubo (hecho único) discusiones entre el maestro de ceremonias y el sacristán mientras trabajaron juntos".

El Papa, la romanidad y la Ciudad Santa

Esa confianza de la autoridad fue tal que Marcel Lefebvre pudo permitirse ir a visitar al Cardenal Billot en su humilde retiro.
Se sabe que el Cardenal, lamentando no haber podido evitar que Pío XI condenase la Acción Francesa, había renunciado finalmente a la púrpura romana en septiembre de 1927. La obediencia había confinado al «Padre Billot» en el Noviciado de Galloro, a orillas del lago Nemi, en el campo romano. Marcel «sintió una gran alegría» por esta visita, decía Aloís Amrein que lo acompañó". Rendir homenaje a un hombre de Iglesia sin miedo y sin reproche y darle una alegría al exiliado, eso es lo que quería Marcel; pero su compañero sabía bien «que estimaba a Pío XI y lo veneraba».
Monseñor Lefebvre manifestará ante sus seminaristas de Écone su veneración por el Papa Pío XI:
Cada año teníamos la alegría, nosotros los del Seminario Francés, de ser recibidos por el Santo Padre. Nos dirigía una pequeña alocución. Reverenciábamos al Santo Padre. [...] ¡Bien sabe Dios cuánto habíamos aprendido a amar al Papa, al Vicario de Cristo!
En la audiencia del 3 de diciembre de 1927 Pío XI, antiguo estudiante romano, había confiado a los seminaristas que él mismo consideraba «como una de las mayores gracias de Dios haber podido respirar, durante algún tiempo, esa atmósfera llena de fe y de espíritu católico, esa romanidad que es el alma de la misma fe católica».
En esa fuente de la romanidad bebió Marcel Lefebvre abundantemente y para toda su vida. «En Roma -diría más adelante- se tenía la convicción de estar en una escuela de la fe: las estaciones de cuaresma, los santuarios de los apóstoles y de mártires». Le gustaba ir a San Marcelo, iglesia de su Santo patrono, para esperar el crucifijo milagroso que se sacaba en procesión con gran concurso de gente; atendían la iglesia los servitas, enteramente dedicados al culto de la cruz y de la Compasión de Nuestra Señora, doble devoción que se le hizo muy querida". Estaban también las audiencias del Papa y las ceremonias de canonización en San Pedro.
Tuve la alegría -decía- de asistir a la canonización de Santa Teresita del Niño Jesús y del Santo Cura de Ars. Fueron ceremonias magníficas. Nos sentíamos transportados. Quien, de paso por Roma, no hubiese aumentado la vivacidad y el fervor de su fe católica, no habría comprendido nada de la Ciudad de Roma.



MONS. LEFEBVRE SEMINARISTA