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martes, 13 de septiembre de 2016

LOS MARTIRES MEXICANOS

El Papelerillo Predestinado
Bien entendido que todos los hombres somos creados por Dios para la gloría del cielo y que cualquiera otra predestinación última es un absurdo y grave error, suponerla en la infinita bondad de Dios; es muy cierto que son muy varios los caminos por donde el Señor llama a los hombres a la consecución de su último fin. Entra en los inescrutables y gloriosos designios de su Providencia, esa hermosa variedad de vocaciones, que constelan el cielo de la Iglesia de Jesucristo, con mayor y más fulgurante brillo, que la misma inmensa variedad de las estrellas del firmamento. Todas las actividades del hombre, todos los sentimientos de su corazón, todas las luces de su entendimiento, todas las energías de su voluntad, que son dones del amor divino a su creatina, son solicitadas polla Previdencia amorosa para que concurran libremente a la consecución de su fin último; pero unas de un modo, otras de otro, unas con mayor intensidad, otras más suave y ordinariamente por decirlo así, algunas hasta el heroísmo en su ejercicio, otras por la senda tranquila y humilde de una vida sencilla y sin esplendores ante los ojos de los demás. Y así es como desaparecen esa monotonía y uniformidad que harían de la santidad un espectáculo cansino y empalagoso, que no reflejaría ni mucho menos, la infinita variedad de las perfecciones de aquel Dios a cuya imagen y semejanza fuimos creados por El.

La cuestión está en saber escuchar la voz del Señor, que nos llama por este u otro camino; y para nuestra caridad con el prójimo, el ayudarlo con nuestros consejos, nuestra vigilancia, y si es necesario aun con nuestros medios temporales para que pueda percibir y seguir esa vocación salvadora. Si queremos llamar a la realización de este conjunto de circunstancias una predestinación particular, bien podemos hacerlo, sin olvidar nunca esa predestinación universal a la gloria eterna; y la correspondencia de nuestra libertad, precioso don de Dios, para que en cierto modo hagamos mérito nuestro esa predestinación, gratuita de parte del que con su poder creador nos sacó de la nada para nuestro bien supremo. Tal es el caso particular de Sabás Reyes, un humildísimo hijo de nuestro pueblo mexicano, de cuyo nacimiento y ascendencia ni siquiera se ocupan los relatos históricos que poseemos, acerca de él, hasta ahora, y de cuya infancia sólo sabemos que era uno de esos pobrecitos vendedores de periódicos, que pululan en las ciudades y pueblos de nuestra patria;, niños abandonados, sin hogar, sin comodidades ni cultura de ninguna especie; pobres almitas, quizás predestinadas por Dios a grandes cosas, pero que esperan inconscientemente la mano caritativa que los saque y levante del arroyo, para que puedan oír y seguir esa voz de Dios, cjue los llama, porque los ha elegido en su Providencia, tal vez 'hasta el heroísmo del martirio.

Yo espero en Dios, que cuando se lleguen a hacer las informaciones necesarias y urgentes, en el caso de nuestros mártires mexicanos, se han de conocer los datos más sugestivos y espléndidos de la acción de Dios en esa a Imita del papelerillo Sabás, pues es casi imposible que en ese niño destinado a la gloria del martirio, no se hayan manifestado de algún modo sensible las influencias de la gracia del Señor. Por el momento, tengo que contentarme con estas pobres e insuficientes indicaciones, precursoras del más detallado y preciso relato de su martirio. Porque Sabás debió encontrar esa alma caritativa que lo llevó del abandono de la calle, al santo refugio del Seminario de la Diócesis de Jalisco, en donde, dicen las crónicas que poseo, fue siempre un estudiante modelo, humilde y fervoroso, constante en su vocación sacerdotal, que fue coronada al fin con su ordenación, y después con su destino por el señor Arzobispo, a la parroquia de Tototlán, como vicario del señor cura Vizcarra.

En aquella parroquia se hizo querer mucho de los feligreses, precisamente por su humildad, su apacibilidad y celo en el desempeño de su ministerio, y la veneración y obediencia al señor cura, hasta la abnegación, como veremos; por lo que puedo suponer, sin que tenga yo datos sobre ello, que fue ese mismo señor cura, la mano caritativa de que he hablado y su protector durante sus estudios sacerdotales. A principios de abril de 1927, las tropas callistas, perseguidoras y sedientas de sangre de mártires, entraron en busca de víctimas en la pacífica villa de Tototlán, y naturalmente su primer intento fue saciar su encono anticristiano en el párroco de la ciudad. Pero el señor cura Vizcarra había sido llevado a tiempo por sus feligreses a lugar seguro, y los verdugos no pudieron dar con él, ni tampoco con el padre Sabás, refugiado en una casa de los vecinos católicos. Pero sí encontraron en la casa parroquial a una sirvienta, buena mujer, pero muy tímida de carácter. Aprehendiéronla los verdugos, y comenzaron a maltratarla y a exigirle que declarara dónde se encontraban los sacerdotes que buscaban con tanta saña y furor anticristiano. Negóse en un principio la mujer a decir nada, pero el capitancito de la tropa aprehensora, la amenazó con que si no revelaba el refugio de los sacerdotes, Ja pasearían desnuda por toda la población. La infeliz no pudo resistir ante tan infame amenaza, pues bien sabía que no se quedaría en solas palabras, dado el salvajismo de aquellos criminales, y no sabiendo dónde se encontraba el señor cura, reveló la casa en que se refugiaba el padre Sabás, que era lo único que conocía. Hay que disculpar a la pobre mujer.

Ni tardos ni perezosos, los esbirros se dirigieron a la casa señalada, y en efecto, en un cateo a todas luces ilegal, encontraron al sacerdote refugiado allí. Como una jauría de perros rabiosos, entre golpes y denuestos lo llevaron a la plaza del pueblo, y allí el capitancito, asumiendo el carácter de juez le interrogó amenazador:

— ¿Dónde está el cura Vizcarra? ,
Pero el padre Sabás, con la entereza y serenidad propia de un ministro
de Jesucristo, le contestó:

—No lo sé, y aunque lo supiera no lo diría. Quitáronle la sotana, rasgaron sus vestiduras interiores y semidesnudo, lo llevaron a empellones, hasta el pórtico de la iglesia parroquial y le ataron fuertemente a una de las columnas, de manera que apenas tocara el pavimento con la punta de los pies, para hacer más dolorosas las ligaduras apretadas con que lo sostenían a la columna. . . Y nuevamente, como un estribillo de dementes, le hicieron una y cien veces la pregunta: ¿Dónde está el cura Vizcarra? Pero a su silencio, comenzaron a darle piquetes dolorosos, con la punta de las bayonetas, repitiendo siempre al causarle la herida, por donde ya vertía su generosa sangre: ¿Dónde está el cura Vizcarra? Al cabo de algunas horas, ya su cuerpo era una llaga de los pies a la cabeza…

Una vez más les respondió: "Ya os he dicho que no lo sé y aunque
lo supiera no lo diría…

—A ver si ahora no lo dices… —repitió el mismo capitancito que se había dignado venir al lugar del suplicio—, y con su espada repetía la macabra hazaña de los soldados.

— ¡Ni ahora ni nunca...! Pero yo sé, que no es tanto por el deseo que tenéis de encontrar al señor cura. . . sino porque soy sacerdote del Dios vivo, que os ha de juzgar, por lo que me maltratáis así. . . Lo siento por vosotros, que os cargáis de un gravísimo pecado. En cuanto a mí nada mejor me podía suceder que morir por eso. . . ¡Viva Cristo Rey! Y así llegó la noche. . . Un piquete de unos cuantos soldados, recibieron orden de quedarse en la plaza, de centinelas junto al cuerpo ensangrentado del padre Sabás, mientras otros iban al cuartel a dormir; para volver a la mañana siguiente a remudarlos. Los soldados arrebujados en sus zarapes, se dispusieron a dormitar a los pies de aquel despojo humano, y si alguno de ellos despertaba por algún ruido en medio del silencio de la noche, en seguida se levantaba y con la bayoneta de su arma, repetía la pregunta, con su herida correspondiente. El bendito padre Sabás estaba desfallecido... el fresco de la noche hacía temblar su desnudo cuerpo. . . sus labios sedientos. . . el insomnio de la fiebre le impedía cerrar los ojos ... las cuerdas de sus ataduras se habían introducido en su carne, inflamándola horriblemente ; pero él . . . oraba.

Y así llegó otra vez la mañana. Los soldados se remudaron, y con nuevos bríos repitieron muchas veces la pregunta y los golpes torturadores pero, con deliberada intención, no mortales. El sol entonces de aquella espléndida mañana con su luz brillante vino a iluminar aquel cuadro de horror y de heroísmo inauditos, pero al mismo tiempo con sus ardores quemaba el llagado cuerpo. ¡Ni un sorbo de agua. . . ! ¡ ni un pedazo de pan . . . para el exhausto mártir de Cristo! ¿Cómo pudo resistir sin perder los sentidos en tan duro tormento, si no fue por un sostén especial de Cristo Rey, que le daba fuerzas para que pudiera engrandecer su corona? El capitán, desesperado, venía a contemplar el espectáculo y a repetir sus denuestos, sus necias preguntas, y sus golpes de espada, de una espada que no debe ceñir un militar sino para desenvainarla en ¡defensa del derecho y de la patria . . . ! Y volvió la noche... y se repitió punto por punto la terrible escena de la noche anterior. . . Y un segundo día siguió a aquél, y si los criminales persistían en su obra nefanda, el padre Sabás sediento, hambriento, exangüe, persistía por su parte en su heroico silencio. Los vecinos de Tototlán aterrados, se agolpaban en las orillas de la plaza de donde no les permitían pasar los verdugos, para que no llevaran ni el más mínimo socorro a su sacerdote. Todos lloraban en silencio. . . las mujeres se arrodillaban para orar, por su padre Sabás, a quien tanto habían querido y a quien veían con ojos desorbitados por el espanto sufrir en silencio tan atroz suplicio, levantar sus ojos al cielo en actitud de súplica, y fijarlos después en aquellos sus fieles amigos y ovejas, como indicándoles que oraba también por ellos. . .

La tercera mañana, el capitán decidió, ebrio de furor al considerarse vencido, dar fin al asunto con un último esfuerzo . . . Llegó a la plaza con un bote de gasolina y ordenó a los soldados que empaparan los pies del mártir en el inflamable líquido y le prendieran fuego ... ¡ Y los bárbaros así lo hicieron! Algunas de las mujeres, que contemplaban aquello se desmayaron. . . pero el invicto mártir de Cristo. . . ¡oraba en silencio con los ojos clavados en el cielo, como si ya viera abrirse para él las puertas de la eterna morada de los justos! Consumióse la gasolina con que le habían untado los pies; pero el charco que de ella se formó en el suelo en torno, continuó algunos minutos ardiendo y tostando las carnes del padre Sabás. El olor de carne asada se difundió por los ámbitos de la plaza. . . El capitancillo dio entonces la orden de desatar al mártir que libre de sus ligaduras se desplomó casi sin vida. Pero aun la conservaba y la ofrecía fervorosamente en holocausto a Jesucristo su Rey y su Señor, y Rey y Señor de la patria mexicana quiéranlo o no, los miserables verdugos que así la deshonraron. . . A empellones y puntapiés le hicieron levantarse y casi arrastrándole le llevaron caminando con aquellos pies abrasados y deformes por las ampollas de las terribles quemaduras, hasta el cementerio en donde ya habían preparado una fosa. Y junto a ella, de un tiro en la nuca, costumbre que como sabemos, es propia de los comunistas europeos, hermanitos de los nuestros, le quitaron por fin el último resto de aquella vida empleada siempre en el servicio de Dios, y coronada con esa muerte gloriosa.

Era el 14 de abril de 1927. Y nosotros... ¿cómo es que callamos por tan largo tiempo...? ¿Cómo es que no hemos removido cielo y tierra para pedir la glorificación en la tierra de ese heroico sacerdote mexicano, humilde y bueno. . . el papelerillo de su infancia, el ministro de Dios de su juventud, el mártir glorioso de Cristo Rey. . .? No, no; eso debe cesar. . . Ya es hora de que cese.