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viernes, 26 de agosto de 2016

RUSIA Y EL MUNDO

RUSIA Y EL MUNDO
(CONTINUACIÓN)


B)La primavera árabe: lecciones y conclusiones




Desde hace un año, el mundo se ha visto confrontado a un nuevo fenómeno. Manifestaciones contra los regímenes autoritarios contra los regímenes autoritarios han surgido en numerosos países árabes de forma prácticamente simultánea. Al principio, la primavera árabe era interpretada como portadora de una esperanza de cambios positivos. Los rusos estaban del lado de quienes aspiraban a las reformas democráticas. Sin embargo, rápidamente resultó que en numerosos países la situación no evolucionaba según un escenario civilizado. En vez de fortalecer la democracia y de defender los derechos de las minorías, lo que vimos fue la expulsión del adversario, su derrocamiento, y como se sustituía una fuerza dominante con otra fuerza aún más agresiva. La injerencia externa, aliada a una de las partes en conflicto, así como el carácter militar de dicha injerencia, han contribuido a una evolución negativa de la situación. A tal extremo que ciertos países eliminaron el régimen libio gracias a la aviación, justificándose con eslóganes humanitarios. Y se alcanzó la apoteosis durante la repugnante escena del bárbaro linchamiento de Muammar el Gaddafi.

Hay que impedir que el escenario libio se reitere en Siria. Los esfuerzos de la comunidad internacional deben girar ante todo alrededor de la reconciliación en Siria. Es importante que se logre detener la violencia lo más rápidamente posible, sea cual sea el origen de esta, que se inicie al fin el diálogo nacional, sin condiciones previas, sin injerencia extranjera y respetando la soberanía del país. Ello establecería premisas para la verdadera aplicación de las medidas de democratización anunciadas por el gobierno sirio. Lo más importante es impedir una guerra civil generalizada. La diplomacia rusa ha trabajado y seguirá trabajando en ese sentido.

Después de una experiencia amarga, nos oponemos a la adopción de tales resoluciones por parte del Consejo de Seguridad de la ONU, resoluciones que serían interpretadas como la luz verde a una injerencia militar en los procesos internos de Siria. Es en función de ese enfoque fundamental que Rusia y China bloquearon, a principios de febrero, una resolución que, por su ambigüedad, habría estimulado en la práctica la violencia ejercida por una de las partes en conflicto. En ese sentido, dada la reacción muy violenta y casi histérica ante el veto chino y ruso, quisiera poner a nuestros colegas occidentales en guardia contra la tentación de recurrir al esquema simplificador ya utilizado anteriormente: ante la ausencia de aval del Consejo de Seguridad de la ONU, se forma una coalición con los Estados interesados y… al ataque. La lógica misma de ese tipo de comportamiento resulta perniciosa. Y no conduce a nada bueno. En todo caso, no ayuda a solucionar la situación en un país víctima de un conflicto. Lo peor es que desestabiliza aún más el sistema internacional de seguridad en su conjunto y deteriora la autoridad y el papel central de la ONU. Debemos recordar que el derecho al veto no es un capricho sino parte integrante del orden mundial establecido por la Carta de las Naciones Unidas –por cierto, debido a la insistencia de Estados Unidos. Ese derecho implica el hecho que las decisiones a las que se opone al menos un miembro permanente del Consejo de Seguridad no pueden ser coherentes ni eficaces.

Espero que Estados Unidos y otros países tengan en cuenta esa amarga experiencia y que no traten de desencadenar una operación militar en Siria sin el aval del Consejo de Seguridad de la ONU. No logro entender, por demás, de dónde vienen esos “ímpetus belicosos”. ¿Por qué se carece de paciencia para elaborar un enfoque colectivo apropiado y equilibrado, sobre todo si se tiene en cuenta que ese enfoque ya venía tomando forma en el proyecto de resolución sirio anteriormente mencionado? Sólo faltaba exigir a la oposición armada lo mismo que al gobierno, específicamente el retiro de las unidades armadas presentes en las ciudades. Resulta cínico el no haber querido hacerlo. Si queremos garantizar la seguridad de los civiles, lo cual constituye la prioridad de Rusia, hay que hacer razonar a todas a las partes implicadas en el conflicto armado.

Existe también otro aspecto. Resulta que en los países que han vivido la primavera árabe, al igual que en Irak en otra época, las empresas rusas pierden las posiciones ganadas en los mercados locales a lo largo de décadas y pierden importantes contratos comerciales. Y los espacios vacíos son ocupados por los actores económicos de los países que contribuyeron al derrocamiento de los regímenes que se hallaban en el poder. Pudiera pensarse que, en cierta medida, esos trágicos acontecimientos no tuvieron como causa la preocupación por el respeto de los derechos humanos sino el deseo de redistribuir los mercados. Como quiera que sea, no podemos quedarnos de brazos cruzados. Y tenemos la intención de trabajar activamente con los nuevos gobiernos de los países árabes para restablecer rápidamente nuestras posiciones económicas. Los acontecimientos en el mundo árabe resultan, en su conjunto, muy instructivos. Están demostrando que la voluntad de instaurar la democracia mediante el uso de la fuerza puede conducir y a menudo conduce al resultado contrario. Vemos el surgimiento de fuerzas, incluso de extremistas religiosos, que tratan de cambiar la dirección misma del desarrollo de los países y la naturaleza laica de su administración. Rusia siempre ha mantenido buenas relaciones con los representantes moderados del Islam, cuya ideología se aproxima a las tradiciones de los musulmanes rusos. Y estamos dispuestos a desarrollar esas relaciones en las actuales condiciones. Estamos interesados en dinamizar lazos políticos, comerciales y económicos con todos los países árabes, incluyendo, y lo reitero, a aquellos que acaban de atravesar periodos de desorden. A mi entender, existen además condiciones reales que permiten que Rusia conserve intactas sus posiciones de líder en la escena del Medio Oriente, donde tenemos numerosos amigos.

En lo tocante al conflicto israelo-árabe, sigue sin aparecer la “receta milagrosa” que permitiría resolver la situación. En todo caso, no podemos cruzarnos de brazos. Dada la proximidad de nuestras relaciones con el gobierno israelí y con los dirigentes palestinos, la diplomacia rusa seguirá contribuyendo activamente al restablecimiento del proceso de paz de forma bilateral y en el marco del Cuarteto para el Medio Oriente, coordinando sus acciones con la Liga Árabe. La primavera árabe también ha puesto de relieve el uso particularmente activo de las tecnologías avanzadas de la información y la comunicación en la formación de la opinión. Puede decirse que Internet, las redes sociales, los teléfonos celulares, etc. Se han convertido, junto a la televisión, en una herramienta eficaz tanto de la política nacional como de la política internacional. Es un nuevo factor que exige reflexión, sobre todo para que mientras se sigue promoviendo la excepcional libertad de comunicación en la web, se reduzca también el riesgo de su uso por parte de terroristas y criminales.

Se usa cada vez más la noción de “poder suave” (softpower), un conjunto de herramientas y métodos que permiten alcanzar objetivos de política exterior sin recurrir a las armas, gracias a herramientas informativas y de otros tipos. Desgraciadamente, esos métodos a menudo se usan para estimular y exacerbar el extremismo, el separatismo, el nacionalismo, la manipulación de la conciencia de la opinión pública y la injerencia directa en la política nacional de los Estados soberanos. Es importante establecer claramente la diferencia entre, por un lado, la libertad de expresión y la actividad política normal y, por el otro, el uso de herramientas ilegítimas del poder suave. No podemos más que saludar el trabajo civilizado de las organizaciones humanitarias y caritativas no gubernamentales, incluso cuando emiten críticas a las autoridades establecidas. Sin embargo, resultan inaceptables las actividades de las “seudoONGs” y de otros organismos cuyo objetivo es desestabilizar, con apoyo extranjero, la situación en tal o más cual país.

Quiero referirme a los casos en que la actividad de una organización no gubernamental no estaba motivada por los intereses (y recursos) de los grupos sociales locales, sino financiada y mantenida por fuerzas exteriores. Existen actualmente en el mundo numerosos “agentes de influencia” de las grandes potencias, de las alianzas y las corporaciones. Cuando actúan abiertamente, se trata simplemente de formas de cabildeo civilizado. Rusia también tiene ese tipo de instituciones, como la agencia federal Rosotrudnitchestvo, la fundación Ruskimir (Mundo ruso), y nuestras principales universidades, que amplían la búsqueda de estudiantes talentosos en el exterior. Pero Rusia no utiliza las ONGs nacionales de otros países, ni tampoco financia esas ONGs y las organizaciones políticas extranjeras con vistas a promover sus propios intereses. Tampoco lo hacen China, la India y Brasil. Para nosotros, la influencia en la política nacional y sobre la opinión pública en otros países debe ser únicamente abierta. De esa forma, la acción de los actores será lo más responsable posible.

Continuará...