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martes, 16 de agosto de 2016

MONSEÑOR DE SÉGUR - EL INFIERNO, SI LO HAY, QUÉ ES, MODO DE EVITARLO.

EL FUEGO DEL INFIERNO ES UN FUEGO
TENEBROSO.
VISION DE
SANTA TERESA


Al revelarnos que el infierno está en el fuego, Nuestro Señor nos ha dicho igualmente con la autoridad divina e infalible de su palabra, que el infierno está en las tinieblas. En el Evangelio de San Mateo, capítulo vigesimosegundo, da al infierno, el nombre de tinieblas exteriores. “Arrojadlo, —dice hablando del hombre que no está vestido con el traje nupcial, es decir, que no se halla en estado de gracia echadlo en las tinieblas exteriores, in tenebras exteriores”

En otros pasajes del Evangelio y en las Epístolas de los Apóstoles los demonios son llamados príncipes de las tinieblas, potestades de las tinieblas. San Pablo dice a los fieles: “Vosotros sois todos hijos de luz (. . . ) nosotros no somos hijos de tinieblas” .Las tinieblas del infierno serán corpóreas como el mismo fuego, sin que estas dos verdades impliquen contradicción alguna. El fuego, y para hablar con más exactitud, el calórico, que es como el alma y la vida del fuego, es un elemento perfectamente distinto de la luz. En el estado natural, y cuando produce la llama en medio de los gases del aire, el fuego es en verdad siempre más o menos luminoso; pero en el infierno el elemento del fuego, conservando su substancia, será despojado de ciertas propiedades naturales, y adquirirá otras que serán sobrenaturales, esto es, que no posee por sí mismo. Asiles que Santo Tomás , apoyándose en San Basilio el Grande, enseña que por el poder de Dios la claridad del fuego será separada de la propiedad que tiene de quemar, y su virtud combustiva es la que servirá de tormentos a los condenados Además, “en el centro de la tierra, donde está el infierno, añade Santo Tomás , no puede haber sino un fuego sombrío, obscuro y como lleno todo de humo” 5, confirmando plenamente este aserto el que se escapa por la boca de los volcanes. Habrá, pues, en el infierno tinieblas corpóreas, pero con cierto resplandor, que permitirá a los condenados percibir lo que habrá de formar sus tormentos. Verán en el fuego y en la sombra, a la luz de las llamas del infierno, dice San Gregorio el Grande, a los que habrán sido condenados como ellos, y esta vista será el complemento de su suplicio. Por otra parte no debe tenerse en poco, en el castigo de los condenados, el horror mismo de las tinieblas que conocemos por experiencia en la tierra. Lo negro es el color de la muerte, del mal y de la tristeza. Santa Teresa refiere que, estando un día arrebatada en espíritu, Nuestro Señor se dignó asegurarle su eterna salvación, si continuaba sirviéndolo y amándolo como lo hacía; y para aumentar en su fiel sierva el temor del pecado y de los terribles castigos que trae, quiso dejarle entrever el lugar que habría ocupado en el infierno, si hubiese continuado en sus inclinaciones al mundo, a la vanidad y al placer. “Estando un día en oración, dice, me hallé en un punto toda, sin saber cómo, que me parecía estar metida en el infierno. Entendí que quería el Señor que viese el lugar que los demonios allá me tenían aparejado, y yo merecido por mis pecados.

fue en brevísimo espacio; mas aunque yo viviese muchos años, me parece imposible olvidárseme. Parecíame la entrada a manera de un callejón muy largo y estrecho, a manera de horno muy bajo y obscuro y angosto. El suelo me parecía de una agua como lodo muy sucio y de pestilencial olor, y muchas sabandijas malas en él. Al cabo estaba una concavidad metida en una pared, a manera de una alacena, adonde me vi meter en mucho estrecho. Todo esto era delicioso a la vista en comparación de lo que allí sentí: esto que he dicho va mal encarecido. “Esto otro me parece que aun principio de encarecerse cómo es; no lo puede haber, ni se puede entender; mas sentí un fuego en el alma, que yo no puedo entender cómo poder decir de la manera que es, los dolores corporales tan incomportables, que por haberlos pasado en esta vida gravísimos, y según dicen los médicos, los mayores que se pueden acá pasar, porque fue encogérseme todos los nervios, cuando me tullí, sin otros muchos de muchas maneras que he tenido, y aun algunos, como he dicho, causados del demonio, no es todo nada en comparación de lo que allí sentí, y ver de que había de ser sin fin y sin jamás cesar. Esto no es, pues, nada en comparación del agonizar del alma, un apretamiento, un ahogamiento, una aflicción tan sensible, y con tan desesperado y afligido descontento, que yo no sé cómo lo encarecer; porque decir que es un estarse siempre arrancando el alma, es poco; porque ahí parece que otro os acaba la vida, mas aquí el alma misma es la que se despedaza. El caso es que yo no sé cómo encarezca aquel fuego interior, y aquel desesperamiento sobre tan gravísimos tormentos y dolores. No veía yo quien me los daba, mas sentía me quemar y desmenuzar, a lo que me parece, y digo que aquel fuego y desesperación interior es lo peor. Estando en tan pestilencial lugar tan sin poder esperar consuelo, no hay sentarse, ni echarse, ni hay lugar, aunque me pusieron en este como agujero hecho en la pared, porque estas paredes, que son espantosas a la vista, aprietan ellas mismas, y todo ahoga: no hay luz, sino todo, tinieblas oscurísimas. Yo no entiendo cómo puede ser esto, que con no haber luz, lo que a la vista ha de dar pena todo se ve. No quiso el Señor entonces viese más de todo el infierno; después he visto otra visión de cosas espantosas, de algunos vicios el castigo: cuanto a la vista muy mas espantosas me parecieron; mas como no sentía la pena, no me hicieron tanto temor, que en esta visión quiso el Señor que verdaderamente yo sintiese aquellos tormentos y aflicción en el espíritu, como si el cuerpo lo estuviera padeciendo. Yo no sé como ello fue, más bien entendí ser gran merced, y que quiso el Señor que yo viese por vista de ojos de dónde me había librado su misericordia; porque no es nada oírlo decir, ni haber ya otras veces pensado diferentes tormentos, aunque pocas (que por temor no se llevaba bien mi alma ), ni que los demonios atenazan, ni otros diferentes tormentos que he leído, no es nada con esta pena, porque es otra cosa: en fin, como de dibujo a la verdad, y el quemarse acá es muy poco en comparación de este fuego de allá. Yo quedé tan espantada, y aún lo estoy ahora escribiéndolo, con que ha casi seis años, y es así, que me parece el calor natural me falta de temor, aquí donde estoy; y así no me acuerdo vez, que tenga trabajo ni dolores, que no me parezca nonada todo lo que acá se puede pasar; y así me parece en parte que nos quejamos sin propósito. Y así torno a decir, que fue una de las mayores mercedes que el Señor me ha hecho; porque me ha aprovechado muy mucho; así para perder el miedo a las tribulaciones y contradicciones de esta vida, como para esforzarme a padecerlas y dar gracias al Señor, que me libró, a lo que ahora me parece, de males tan perpetuos y terribles. “Después acá, como digo, todo me parece fácil, en comparación de un momento que se ha de sufrir lo" que yo en él allí padecí. Espántame cómo habiendo leído muchas veces libros, donde se da algo a entender de las penas del infierno, cómo no las temía, ni tenía en lo que son.

¿Adónde estaba? ¿Cómo me podía dar cosa descanso de lo que me acarreaba ir a tan mal lugar? Seáis bendito, Dios mío, por siempre, y como se ha parecido que me quería les Vos mucho más a mí, que yo me quiero. ¡Qué de veces, Señor, me libraste de cárcel tan temerosa, y cómo me tornaba yo a meter en ella contra vuestra voluntad! De aquí también gané la grandísima pena que me da las muchas almas que se condenan, de estos luteranos en especial (porque eran ya por el bautismo miembros de la Iglesia), y los ímpetus grandes de aprovechar almas, que me parece cierto a mí, que por librar una sola de tan gravísimos tormentos, pasaría yo muchas muertes muy de buena gana” .


Supla la fe en cada uno de nosotros la visión, y que el pensamiento de las “ tinieblas exteriores” , donde serán echados los condenados como basura y escoria de la tentación, nos detenga en las tentaciones y haga de nosotros verdaderos hijos de la luz!