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jueves, 21 de julio de 2016

MONSEÑOR DE SÉGUR - EL INFIERNO, SI LO HAY, QUÉ ES, MODO DE EVITARLO.

II
¿QUÉ ES EL INFIERNO?

EL INFIERNO: CONSISTE EN SEGUNDO
LUGAR EN LA PENA HORRIBLE
DEL FUEGO



Hay fuego en el infierno: esto es de fe revelada. Recordad las palabras claras, precisas, formales, del Hijo de Dios: “Apartaos de Mí, malditos; id al fuego, in ignem ]. En la cárcel de fuego éste no se extinguirá nunca. El Hijo del Hombre enviará sus Ángeles, y éstos tomarán a aquéllos que habrán obrado mal para echarlos en el horno de fuego, in caminum ignis”. Palabras divinas, infalibles, que han repetido los Apóstoles y que son la base de la enseñanza de la Iglesia. En el infierno los condenados sufren la pena del fuego. En la historia eclesiástica leemos que los jóvenes que en el siglo tercero asistían a los cursos de la célebre escuela de Alejandría, en Egipto, habiendo entrado un día en una iglesia, en la que un clérigo predicaba sobre el fuego del infierno, burlóse uno de ellos, mientras que el otro, poseído de temor y de arrepentimiento, se convirtió, y poco tiempo después se hizo religioso para mejor asegurar su salvación. Algún tiempo después murió repentinamente el primero, permitiendo Dios que se apareciese a su antiguo compañero y le dijese:

“La Iglesia predica la verdad cuando predica el fuego eterno del infierno. Los eclesiásticos no tienen más que un defecto, y es que dicen cien veces menos de lo que existe” .


EL FUEGO DEL INFIERNO
ES SOBRENATURAL E INCOMPRENSIBLE

¡Ay! ¿cómo expresar y cómo concebir en el mundo las grandes realidades de la eternidad? Por más que hagan los eclesiásticos, su entendimiento y su palabra sucumben bajo este peso. Si del cielo se ha dicho: “El ojo no ha visto, la oreja no ha oído, el entendimiento del hombre no puede comprender lo que reserva Dios a los que le aman”, puede igualmente y en nombre de la justicia infinita decirse del infierno: “No, el ojo del hombre no ha visto, su oreja no ha oído, su entendimiento no ha podido ni podrá jamás concebir lo que la justicia de Dios reserva a los pecadores impenitentes” . “ ¡Yo sufro, sufro cruelmente en estas llamas!” exclamaba desde el fondo del infierno el mal rico del Evangelio. Para penetrar la extensión de esta primera palabra del reprobo: “ ¡Sufro! crucior! Deberíase poder penetrar la extensión de las otras: “En estas llamas, in hac flamma”. El fuego de este mundo es imperfecto, como todo lo del mundo, y nuestras llamas materiales, a pesar de su espantoso poder, no son más que una miserable figura de las llamas eternas de que habla, el Evangelio. ¿Es posible expresar, sin quedar muy por debajo de la verdad, el horror del, sufrimiento que experimentaría un hombre que fuese metido no sólo por algunos minutos en un horno ardiente, suponiendo que en él pudiese vivir? ¿Es esto posible, pregunto yo? Evidentemente no ¿Qué decir, pues, de aquel fuego sobrenatural, de aquel fuego eterno, cuyos horrores no pueden compararse con cosa alguna? No obstante, como estamos en el tiempo y no en la eternidad, hemos de valernos de pequeñas imágenes de este mundo, débiles e imperfectas como son, para elevarnos un poco a las realidades invisibles e inmensas de la otra vida. Por la consideración del indecible sufrimiento que en este mundo causa el fuego terrestre, debemos espantarnos a nosotros mismos, a fin de no caer en los abismos del fuego del infierno.

El Padre De Bussy y el joven libertino

Esto es lo que un día quiso hacer tocar con el dedo a un joven libertino un santo misionero de principios de este siglo, célebre en toda Francia por su apostólico celo, su elocuencia y sus virtudes, y un poco también por sus originalidades. El P. de Bussy daba, en no sé qué importante ciudad del sur de Francia, una interesante Misión que conmovió a toda la población. Era en lo más crudo del invierno; aproximábase Navidad, y hacía un frío riguroso. En el aposento en que el Padre recibía a los hombres había una estufa con mucho fuego. Un día vio el Padre llegar un joven que le había sido recomendado a causa de sus desórdenes y de sus impías fanfarronadas. El P. de Bussy comprendió entonces que sería del todo inútil cuanto haría por él. “Venid acá, mi buen amigo, le dijo alegremente; no tengáis miedo; yo no confieso a nadie contra su voluntad. Venid, sentaos aquí y platiquemos un poco, mientras nos calentamos” Abre la estufa, y viendo que la leña iba a consumirse pronto: “Antes de sentaros, traedme uno o dos troncos”, dice al joven. Éste, algo sorprendido, hace sin embargo lo que le pedía el Padre. “Ahora, añade éste, metedlo en la estufa, allá muy adentro” . Y como el otro introdujese la leña en la puerta de la estufa, el P. de Bussy le toma de improviso el brazo, y se lo mete hasta el fondo. El joven da un grito y retrocede.

“ ¡Ah! —exclamó—, ¿estáis loco? ¡ibais a quemarme!

“ ¿Qué tenéis, querido 'mío?, replica el Padre tranquilamente; ¿acaso no tenéis que acostumbraros? En el infierno, a donde iréis si continuáis viviendo como vivís, no será sólo la punta de los dedos que arderá en el fuego, sino todo vuestro cuerpo; y este pequeño fuego es nada en comparación del otro. Vamos, vamos, mi buen amigo, valor; es menester acostumbrarse a todo” . Quiso volver a tomarle el brazo, pero se resistió el joven, como puede pensarse. “Pobre hijo mío, —le dice entonces el P. de Bussy cambiando de tono—, reflexionadlo un poco: ¿no vale más renunciar al pecado que arder eternamente en el infierno? Y los sacrificios que Dios os pide para evitaros tan espantoso suplicio, ¿no son en realidad bien poca cosa?”

El joven libertino se marchó pensativo. Reflexionó, en efecto, y lo hizo tan bien, que no tardó en volver a casa del misionero, quien le ayudó a descargarse de sus pecados y a entrar en el buen camino. Doy por sentado que entre mil o diez mil hombres que viven alejados de Dios, y por consiguiente en camino del infierno, no habría quizás uno solo que resistiese “ a la prueba del fuego” . No hay uno solo que fuese bastante loco para aceptar el siguiente trato: “Durante todo el año podrás entregarte impunemente a todos los placeres, saciarte de voluptuosidades, satisfacer- todos los caprichos, con la sola condición de pasar un día, únicamente un día, o bien una hora en el fuego” .

Lo repito, ni uno solo aceptaría la propuesta. ¿Queréis una prueba? Escuchad.

Los tres hijos de un viejo usurero

Un padre de familia, que se había enriquecido a fuerza de irritantes injusticias, había caído enfermo de peligro. Sabía que tenía ya en sus llagas la gangrena, y con todo no podía decidirse a restituir. “ Si restituyo, decía, ¿qué será de mis hijos?” . Su párroco, hombre de talento, para salvar aquella pobre alma recurrió a una curiosa estratagema. Le dijo que si quería curarse le indicaría un remedio muy sencillo, pero caro, muy caro.

—Mas que cueste mil, dos mil, diez mil francos;
¿qué importa? —responde con viveza el anciano—; ¿en qué consiste?

—Consiste en hacer fundir en los puntos gangrenados la grasa de una persona viva. No se necesita mucho: si halláis alguna que por diez mil francos quiera dejarse quemar una mano durante un cuarto de hora escaso, habrá bastante.

—¡Ay! —dijo el pobre hombre suspirando—, temo no encontrar nadie que quiera aceptar.

—He aquí un medio, —dice tranquilamente el párroco: haced venir a vuestro hijo mayor, el cual os ama y ha de ser vuestro heredero. Decidle: Querido hijo mío, puedes salvar la vida a tu anciano padre si consientes en dejarte quemar una mano, tan sólo durante un cuarto de hora escaso. Si rehúsa, podéis hacer la proposición al segundo, obligándoos a instituirlo heredero en lugar de su hermano mayor. Si éste rehúsa a su vez, el tercero aceptará sin duda. Hizo sucesivamente la proposición a los tres hermanos, quienes uno tras otro la rechazaron horrorizados. Entonces el padre les dijo:

—¡Qué! ¡para salvarme la vida os espanta un momento de dolor, cuando yo para procuraros vuestro bienestar iré al infierno a arder eternamente! ¡En verdad sería muy loco!

Y se apresuró a restituir cuanto debía, sin considerar lo que sería de sus hijos. Y tuvo razón, y sus tres hijos también. Dejarse quemar una mano durante un cuarto de hora, aun para salvar la vida a su padre, es un sacrificio superior a las fuerzas humanas. Pero ¿qué es esto, como ya lo hemos dicho, en comparación de los ardientes abismos del fuego del infierno?

¡Hijos míos, no vayáis al infierno!

Conocí en 1844, en el señiinario de San Sulpicio, en Issy, cerca de París, a un profesor de ciencias sumamente distinguido, y cuya humildad y mortificación admiraban todos. Antes de ordenarse, el Padre Pinault había sido uno de los más eminentes profesores de la Escuela politécnica. En el seminario daba la clase de física y química. Un día, durante un experimento, se prendió el fuego, no sé como, con el fósforo que manipulaba, y en un instante se encontró su mano rodeada de llamas. Auxiliado por sus discípulos, el pobre profesor intentaba en vano apagar el fuego que devoraba su mano, la cual en pocos minutos era una masa informe, incandescente, y de la que habían desaparecido ya las uñas. Vencido por el exceso del dolor, el desgraciado había perdido el conocimiento. Se le metió la mano y el brazo en un cubo de agua fría, para ver de templar algún tanto la violencia de aquel martirio. Durante todo el día y toda la noche fue el suyo un continuo grito, irresistible, desgarrador, y cuando a intervalos podía articular algunas palabras, decía y repetía a tres o cuatro seminaristas que lo asistían:

“ ¡Hijos míos!. . . ¡hijos míos! ¡no vayáis al infierno!. . . ¡no vayáis al infierno!

El mismo grito de dolor y de caridad salió en 1867 de los labios, o mejor, del corazón de otro eclesiástico en una circunstancia análoga. Cerca de Pontivy, diócesis de Vanne, un joven vicario llamado Laurent se había arrojado en medio de las llamas de un incendio para salvar a una desgraciada madre y dos hijos pequeños; dos o tres veces se precipitó con un valor y una caridad heroicos hacia el lado de donde salían los gritos, y había tenido la dicha de sacar sanos y salvos a los dos pobres pequeñuelos. Pero quedaba la madre, y nadie se atrevía a afrontar la violencia de las llamas que iba creciendo por minutos. No atendiendo más que a su caridad, el vicario Laurent se precipitó una vez más a través de la hoguera, llega a agarrar a la desgraciada madre, casi loca de terror, y la tira, por decirlo así, fuera de los alcances del fuego. Al mismo instante, se hunde el techo; el santo clérigo, derribado, rueda en medio de los restos inflamados; pide auxilio, y a duras penas pueden arrancarlo a una muerte inminente. ¡Ay! era demasiado tarde. El pobre sacerdote había sido mortalmente atacado, había aspirado las llamas; el fuego empezaba a quemarlo interiormente, y lo devoraban indecibles sufrimientos. En vano los buenos habitantes de la parroquia se esmeraban en auxiliarlo: todo era inútil, el fuego interior continuó sus estragos, y en pocas horas el mártir de la caridad había ido a recibir en el cielo el premio de su heroica conducta. Durante su terrible agonía, decía también a los que lo rodeaban:

“ ¡Amigos míos, hijos míos!. . . ¡no vayáis al infierno!.. . ¡es espantoso!... ¡de este modo deben quemarse en el infierno!..