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sábado, 30 de julio de 2016

LOS MARTIRES MEXICANOS

MARTIR DE ZACATECAS

Y en efecto el señor Azanza fue llamado a la presencia del jefe, quien le comunicó la hazaña de Fidel, y que estaba dispuesto a dar a él y a su hija la libertad pero que tendrían que pagar como multa (¿por qué crimen?) cierta cantidad. Azanza, en vista de su hija, ofreció pagar la dicha multa, pero doblándola si al mismo tiempo daban la libertad al generoso Fidel.

El jefe aceptó gozoso, y recibió la doble cantidad que había señalado, poniendo inmediatamente en libertad a los dos Azanza, y prometiendo que al cabo de algunos días saldría libre también Fidel. ¡Felonía inconcebible en un militar mexicano! porque éstos siempre han tenido, fueran cuales fueran sus ideas, en grande estima su palabra de honor militar. Pero ¡ de todo hay en la viña del Señor! Fidel fue recluido en la penitenciaría y su tercer encarcelamiento que había de durar veintiséis días, sólo terminó con su martirio.

Los señores Azanza, profundamente amargados por tantos males, se expatriaron a los Estados Unidos, donde pronto murió la señora Doña María Sánchez Gordoa de Azanza, consumida por los pesares. Fidel en su prisión volvió a ser martirizado espantosamente. Algo de sus tormentos se supo por una compañera católica de prisión, que refirió cómo, sin piedad, lo dejaban días enteros sin alimento, ni agua para calmar su sed. Y cuando ya muerto, se pudo ver su cuerpo, se le encontró con las espaldas horriblemente llagadas y quemadas con resistencias eléctricas. Pero la misma compañera de prisión refirió que nunca se quejaba y siempre parecía contento esperando la hora del martirio. Y ésta llegó al fin.


Otra vez el traidor, sea quien sea, pero el mismo de antes, presentó otra denuncia al general Turrubiates; en virtud de la cual se arrestó a tres jóvenes menores de 22 años, Dionisio Avalos, Nicolás Acosta y Odilón Osorio, que había tomado el nombre de Alberto Balderas para ocultarse mejor de los enemigos, y además a dos antiguos jefes cristeros, José Belén Cárdenas y Fiacro Sánchez Serafín, y a Mauro Balderas.

El 14 de agosto fueron alojados en la penitenciaría, acusados de ser "agentes de los rebeldes" y a ellos unieron bajo la misma acusación a Fidel, para someterlos a todos a un juicio sumarísimo que ya sabemos lo que significaba: esto es la pena de muerte. Los familiares de los presos pretendieron interponer un amparo. ¡ Un amparo en aquellos días!... ¡Pobre del juez que se hubiera atrevido a respetarlo! La sentencia no se hizo esperar: "los siete individuos, basándonos en los documentos que obran en nuestro poder, serán pasados por las armas". Eran las tres y media de la madrugada del 15 de agosto de 1928 cuando en la farsa del juicio, se firmó la tal sentencia. Fidel, al ser presentado a los jueces, dio una nueva prueba de su hombría y su fe cristiana. —"Sé —dijo a los que le interrogaban— todo eso que me preguntáis, pero hice juramento a Dios de no decir cosa alguna de los negocios de la Liga y muero fiel a mi promesa".

Encapillaron a los siete gloriosos confesores de Cristo en la celda número 5 de la penitenciaría, por unos minutos, y luego los llevaron al paredón fatal. ¡Siete víctimas que con su sangre, iban a matizar los esplendores de aquel día de la gloriosa Asunción de Nuestra Señora a los cielos!, dice el relator testigo de muchos de los sucesos que he referido y que se ha servido comunicármelos. Los presos solicitaron el permiso de escribir a sus familiares y se les concedió: "Somos inocentes de todo otro delito, escribieron, pero si nuestro delito es ser católicos declaramos que morimos por la fe en Dios".

A las cinco de la mañana estaban alineados todos ante el paredón. El primero en caer fue Fiacro Sánchez, el antiguo cristero... ¡En esos mismos momentos una hijita suya hacía su Primera Comunión. . .! El segundo fue Fidel, quien avanzó sereno y abriendo los brazos en cruz gritó el consabido "Viva Cristo Rey" que selló sus labios para siempre en la tierra. . .

Luego siguieron Dionisio Avalos, José Belén Cárdenas, Nicolás Acosta, Mauro Balderas y por último Odilón Osorio. Pocos minutos después llegaron los familiares y recogieron los cadáveres para darles honrosa sepultura. . .Sólo quedó tirada toda la mañana, ante el paredón, el cadáver de Fidel Muro, porque su pobre hermana, la única que pudiera reclamarlo. . .estaba presa. Al fin la señora Guadalupe Huerta, pudo sacar casi clandestinamente del hospital a donde había sido llevado a las tres de la tarde, el cadáver -del "Mártir de Zacatecas" como se le comenzó a llamar desde entonces. Llevólo a la casa de otra excelente señora, Doña Elena Soto, quien lo tendió para velarlo en una mesa que formaba parte de los muebles del obispado, que ella guardaba. Y sucedió entonces algo extraordinario. . .35 horas habían pasado de la muerte de Fidel, y había estado tendido en el patio de la penitenciaría y luego en una plancha del hospital; ni una mancha de sangre escapó de sus heridas en aquellos dos sitios, pero al colocarlo en la mesa del obispado, comenzó a manar de su cadáver sangre fresca, roja y abundante; tanto que las personas que acudieron a honrar el cadáver pudieron mojar en ella algodones, y aun se pudo reunir en una botellita algo de aquélla, que hasta la fecha se conserva líquida y roja esta reliquia estuvo en poder del Sr. Obispo de la Mora a quien se la entregó la madre Guadalupe; pasó después de la muerte del prelado a manos de los señores padres de Fidel en Zacatecas, y finalmente volvió a San Luis y después de 15 años, siempre fresca, la tuvo en el obispado de San Luis el Excmo. Sr. Obispo.

En el cementerio de San Luis se puede ver ahora una modesta tumba que levantó la Srita. María Azanza, sobre los restos del mártir, con esta inscripción:

“A la memoria del señor Fidel Muro —fusilado en la penitenciaría de San Luis Potosí— el 15 de agosto de 1928 a la edad de 25 años”.


Descansa en paz el que supo ofrendar su vida —que su sangre y la de sus compañeros que como él cayeron, al ser acepta a Dios Nuestro Señor nos obtenga la libertad que anhelamos.

FIN