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martes, 26 de julio de 2016

Ite Missa Est

26 DE JULIO

SANTA ANA, MADRE DE LA SANTISIMA
VIRGEN MARIA

II Clase – Ornamentos Blancos

Epístola – Prov.; XXXI, 10-31

Evangelio – San Mateo; XIII, 44-52


LA ABUELA DE JESÚS. — Uniendo Ana a la sangre de reyes la de Pontífices, aparece más gloriosa todavía por su incomparable descendencia. Más noble que todas las que han concebido en virtud del "creced y multiplicaos'" termina en ella la ley de la generación de toda carne como llegada a su límite, como ante el vestíbulo de Dios. Es el propio Dios quien debe nacer del fruto de su descendencia, hijo, acá abajo, únicamente de la Virgen bendita y nieto al mismo tiempo de Ana y Joaquín. Antes de haber sido favorecidos con la más alta bendición que unión humana haya podido recibir, los dos santos abuelos del Verbo encarnado conocieron el dolor que purifica al alma. Tradiciones que se remontan a los orígenes del cristianismo, aunque están mezcladas de detalles de escaso valor, nos muestran a los ilustres esposos sumidos en la prueba de una prolongada esterilidad, expuestos por causa de la misma al desdén del pueblo, a Joaquín, rechazado del templo, ocultando su tristeza en el desierto, y a Ana, solitaria, llorando su viudez y su humillación. ¡Qué sentimientos tan exquisitos los de este relato, comparables a los más hermosos que nos han legado los Sagrados Libros! "Cierto día en que se celebraba una gran solemnidad del Señor, Ana, a pesar de su profunda tristeza, despojóse de su vestido de duelo, adornó su cabeza, y se engalanó con sus vestiduras nupciales. Hacia la hora Nona descendió al jardín para pasearse en él. Como viese un laurel, sentóse a su sombra y elevó su plegaria en presencia del Señor Dios, diciéndole: ¡Dios de mis padres, bendíceme y escucha mis súplicas de la misma manera que bendijiste a Sara dándole un hijo! "Y elevando sus ojos al cielo vió sobre las ramas del laurel un nido de paj arillos. Entonces exclamó gimiendo: ¡Ay de mí, desgraciada! ¿Qué seno me ha llevado para ser de esta manera maldición de Israel? "¿Con quién me compararé? No puedo hacerlo con los paj arillos del cielo porque ellos han sido bendecidos por ti, Señor. "¿Con quién me compararé? Tampoco puedo compararme con los animales de la tierra porque también ellos son fecundos ante ti, Señor. "¿Con quién me compararé? No puedo compararme con las aguas porque ellas de ninguna manera son estériles, como yo, en tu presencia, Señor, pues los ríos y los océanos abundantes de peces, te alaban con su oleaje y con su curso apacible. "¿Con quién me compararé? Ni siquiera puedo compararme a la tierra misma porque también ella produce sus frutos a su debido tiempo bendiciéndote de esta manera, ¡oh, Señor!".

NACIMIENTO DE NUESTRA SEÑORA. — "En esto, apareciéndosele un ángel del Señor la dijo: Ana, Dios ha escuchado tu oración; concebirás y darás a luz, y tu fruto será celebrado en toda la tierra habitada. "Llegado que hubo el tiempo del alumbramiento Ana tuvo una hija y exclamó: Mi alma ha sido ensalzada en esta hora. Y púsole por nombre a la niña, María. Y cuando estaba dándole el pecho entonó este cántico al Señor. "Cantaré las alabanzas del Señor mi Dios, porque me ha visitado, ha quitado mi oprobio dándome un fruto Santo. ¿Quién anunciará a los hijos de Rubén que Ana ha dejado de ser estéril. Escuchad, atended vosotras, las doce tribus: ¡Ana está criando!"1. La fiesta de Joaquín, que la Iglesia ha colocado en el segundo día en la Octava de la Asunción de su bienaventurada hija, nos dará ocasión para acabar la delicada exposición de las pruebas y alegrías que él también compartió. Avisado sobrenaturalmente por el cielo para que abandonase el desierto, encontró a su esposa bajo la puerta Dorada que da acceso al templo por la parte de Oriente. No lejos de allí, junto a la piscina Probática, donde los corderos destinados al sacrificio lavaban sus blancos vellones antes de ser ofrecidos al Señor, se levanta en nuestros días la basílica restaurada de Santa Ana, llamada primitivamente Santa María de la Natividad. Allí, en la quietud del paraíso fué donde germinó, sobre la raiz de Jesé, aquel tallo bendito saludado por el Profeta 1 y portador de la flor divina abierta en el seno del Padre antes que comenzasen a existir los siglos. Séforis, ciudad de Ana, y Nazaret, lugar donde vivió María, disputan, es cierto, a la ciudad santa el honor que reclaman en su favor antiguas y constantes tradiciones. Mas nuestros homenajes, ciertamente, no serán perdidos al dirigirlos en este día a la bienaventurada Ana, verdadero campo incontestable de prodigios cuyo recuerdo renueva la alegría de los cielos, el furor de Satanás y el triunfo del mundo.

ANA, SANTUARIO DE LA INMACULADA. — Aureolada con la incomparable paz que la circunda, saludemos en ella también la tierra victoriosa que eclipsa los campos de batalla más famosos. Verdadero santuario de la Inmaculada Concepción, en él fué reanudada por nuestra humillada raza la gran batalla2 iniciada junto al trono de Dios por las escuadras celestiales. Allí, el infernal dragón arrojado de los cielos vió aplastada su cabeza, y Miguel, sobrepujado en gloria, pone gustoso el mando de los ejércitos del Señor en manos de la que desde el principio de su existencia, se declaraba amable Soberana. ¿Qué boca humana podrá narrar el pasmo de los principados angélicos, cuando la serena complacencia de la Trinidad Santísima, pasando desde los radiantes Serafines hasta las últimas categorías de los nueve coros angélicos, inclinó su mirada de fuego a la contemplación de la santidad que súbitamente ha nacido en el seno de Ana? El Salmista había dicho de la ciudad gloriosa cuyos fundamentos se ocultan en la que antaño fue estéril: "Sus fundamentos están puestos sobre los montes santos'"; y las celestiales jerarquías que están en las cimas de las colinas eternas descubren desde allí alturas insospechadas que jamás alcanzarán, cumbres tan inmediatas a la divinidad que se apresta a asentar allí su trono. Como Moisés en presencia del zarzal en llamas sobre el Horeb, han sido presas de un santo temor al reconocer sobre el desierto de nuestro mundo despreciable la montaña de Dios, y comprender que la aflicción de Israel en breve cesará2. María aunque oculta por la nube que la esconde todavía, es ya desde este momento en el seno de Ana la montaña bendita cuya base, (el punto de partida de la gracia) aventaja la cumbre de los montes en donde las santidades creadas más altas hallan su consumación en la gloria y el amor.

SANTIDAD DE ANA. — ¡Oh, con cuánta razón Ana, cuyo nombre significa gracia, por espacio de nueve meses fué el lugar de las complacencias del Altísimo, el éxtasis de los espíritus purísimos y la esperanza de toda carne! Sin duda fué María, la hija y no la madre, la que con su fragante perfume atrajo los cielos poderosamente a nuestras humildes regiones. Es propio del perfume impregnar de sí, ante todo, el vaso que la contiene, y aún cuando ya no le contenga, dejar en él su aroma. Acostumbrase, pollo demás, a que este vaso sea también preparado de antemano con un cuidado exquisito, a que se le escoja de una materia tanto más pura y noble, a que se le realce con tantos más ricos adornos cuanto más rara y exquisita sea la esencia que en él se pretende conservar. Así María, la de Betania, encerró su nardo precioso en alabastro. No creamos que el Espíritu Santo que asiste a la composición de los perfumes celestiales, pudo haber tenido de todo esto menos cuidado que los hombres.

DESTINO MATERNO DE ANA. — Ahora bien, el oficio de la bienaventurada Ana estuvo lejos de limitarse, como lo hace el vaso respecto del perfume, a contener pasivamente el tesoro del mundo. De su propia carne tomó un cuerpo aquella de quien Dios tomó carne a su vez y la alimentó con su propia leche; asimismo las primeras nociones prácticas de la vida las recibió de su boca, aún cuando estuviese inundada directamente de la luz divina. Ana tuvo en la educación de su ilustre hija la misma parte que tienen las demás madres. No solamente dirigió los primeros pasos de María al abandonar sus rodillas, sino que fue plenamente la cooperadora del Espíritu Santo en la formación de esta alma y en la preparación de sus incomparables destinos.

PATROCINIO DE ANA.Sic fingit tabernaculum Deo, de esta manera construyó ella un tabernáculo para Dios. Fué esta la divisa que llevaban, en torno de la imagen de Ana cuando instruía a María, las insignias de la antigua corporación de ebanistas y carpinteros que, considerando la confección de los tabernáculos de nuestras iglesias en donde Dios se digna habitar como su obra más elevada, había adoptado a Santa Ana como modelo y augusta patrona. ¡Dichosos tiempos aquellos en que lo que hoy se ha dado en llamar la ingenua sencillez de nuestros padres, progresaba bastante más en el conocimiento práctico de los misterios que la estúpida infatuación de sus hijos se gloría de ignorar! Los trabajos de hilandería, tejidos, costura y bordados, los menesteres de la administración doméstica, patrimonio de la mujer fuerte, exaltada en el libro de los Proverbios pusieron con toda naturalidad también en estos tiempos a las madres de familia, amas de casa, modistas, etc..., bajo la protección directa de la santa esposa de Joaquín. Más de una vez sucedió que aquellas a quienes el cielo hacía pasar por la dolorosa prueba que, bajo el nido de pajarillos, había dictado su conmovedora oración, experimentaron la poderosa intercesión de la dichosa madre de María, recibiendo ellas también la bendición del Señor Dios que había recibido Ana.

SU CULTO EN ORIENTE. — Oriente precedió a Occidente en el culto público de la abuela del Mesías. Hacia mediado el siglo vi, Constantinopla le dedicó una iglesia. El Typicon de San Sabas pone su conmemoración litúrgica hasta tres veces al año: el 9 de Septiembre, en compañía de su Esposo San Joaquín; el 9 de Diciembre en que los griegos, que retrasan un día más que los latinos la solemnidad de la Concepción Inmaculada de Nuestra Señora, celebran esta fiesta bajo un título que recuerda más directamente la parte de Ana en el misterio; finalmente el 25 de Julio, que es llamado Dormición o muerte preciosa de Santa Ana, madre de la santísima Madre de Dios. Estas son las expresiones que debía adoptar por consiguiente el martirologio romano.

EL CULTO EN OCCIDENTE. — Si Roma, siempre más reservada, solo autorizó mucho más tarde la introducción en las iglesias latinas de una fiesta litúrgica de Santa Ana, sin embargo de eso no aguardó para obrar de esa suerte a que la piedad de los fieles la animase. Desde tiempos de San León III1 y por orden expresa del ilustre Pontífice, representaba se la historia de Ana y de Joaquín sobre los ornamentos sagrados destinados a las más nobles basílicas de la Ciudad Eterna. La Orden Carmelitana contribuyó poderosamente, mediante su venturosa transmigración a nuestras comarcas, al desarrollo creciente de un culto exigido, por otra parte, como naturalmente por el progreso de la devoción de los pueblos a la Madre de Dios. Esta estrecha relación de los dos cultos es recordada, en efecto, en los términos de la concesión por la que, el 28 de Julio de 1378, Urbano VI daba satisfacción a los deseos de los fieles de Inglaterra y autorizaba para este reino la fiesta de la bienaventurada Ana. En el siglo precedente, la Iglesia de Apt, en Provenza, estaba en posesión de esta solemnidad: prioridad que se explica en ella por el hecho de pretender hallarse en posesión de su cuerpo, que le habrían traído los Cruzados de Tierra Santa. La Iglesia de Apt hizo más tarde donación de estas reliquias a numerosas iglesias, y notablemente, a la insigne Basílica de San Pablo Extramuros. El 1 de Mayo de 1584 Gregorio XIII ordenó la celebración de la fiesta del 26 de Julio a todo el orbe con rito doble. León XIII fue quien debía en nuestros días (1879) elevarla, junto con la de San Joaquín, a la dignidad de las solemnidades de segunda Clase. Mas ya antes, el 1622, Gregorio XV, curado por Santa Ana de una grave enfermedad, había colocado su fiesta entre las de precepto importando la abstención de trabajos serviles.

ALABANZAS A LA ABUELA.— ¡Oh Santa Ana!; más feliz tú, que la esposa de Elcana, cuyo nombre llevas, y que fue figura tuya por las mismas pruebas, cantarás desde este momento las grandezas del Señor2. ¿Dónde está ahora la altiva sinagoga que te despreció? La descendencia de la estéril es hoy innumerable. Y todos nosotros, conducidos por nuestra Madre, venimos gozosos a presentarte en este día nuestras ofrendas. ¡Qué fiesta hay más enternecedora que la de la abuela, en la que, como hoy se le acercan los nietos a darle sus respetos y amor!


PLEGARIA POR LA MUJER. — ¡Oh madre, acoge benigna nuestros cantos y bendice nuestros anhelos! Séanos propicia siempre, cuando elevemos nuestras súplicas desde este valle de lágrimas. Escucha a las madres y a las esposas en sus deseos, en sus dolorosas confidencias. Mantén las tradiciones del hogar cristiano. Mas, por desgracia, ¡cuán numerosas son ya las familias por donde ha pasado el hálito devastador del siglo, destruyendo la seriedad de la vida, debilitando la fe, sembrando solo la impotencia, la frivolidad y la laxitud, si no son cosas peores, en lugar de las alegrías fecundas y auténticas de nuestros padres! Si el sabio volviese a habitar de nuevo entre nosotros sin duda exclamaría: "¡Quién hallará a la mujer fuerte!'". Sólo ella, en efecto, dado su ascendiente, puede conjurar todos estos males; mas a condición de no olvidar en dónde está el secreto de su poder, a saber, en los más humildes quehaceres domésticos, realizados por ella misma, silenciosa y abnegadamente; en las prolongadas vigilias, en la previsión de cada momento, en todos esos trabajos de costura, lana, punto. Todos estos trabajos le ganan la admiración y confianza de su esposo y el ascendiente sobre los demás; le aseguran la abundancia en el hogar, la bendición del pobre socorrido por sus manos, el aprecio de los extraños, el respeto de los hijos y ella adelanta en el temor de Dios, en nobleza da, dignidad y bondad lo mismo que en fortaleza, prudencia, dulzura, gozo y confianza para el día postrero de su vida.