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viernes, 24 de junio de 2016

GLORIA DE SAN JUAN BAUTISTA


I. GLORIA DE SAN JUAN BAUTISTA


EL MESÍAS OCULTO. — ¡”Voz del que clama en el desierto: preparad los caminos del Señor; he aquí a vuestro Dios"! ¡Oh! ¿Quién compren - dará, en este siglo resfriado, los transportes de la tierra ante anuncio tan largo tiempo esperado? El Dios prometido no se ha manifestado todavía; pero ya los cielos se han humillado para darle libre paso. ¿Quién descubrirá al Emmanuel bajo los velos de la humildad, en que antes como después de su nacimiento, se ocultará a los hombres su divinidad? ¿Quién, sobre todo, habiéndole reconocido en su misericordioso abatimiento, será capaz de hacer que le acepte un mundo perdido por el orgullo, y quién podrá decir, al mostrar a las turbas al hijo del carpintero: He aquí al que esperaron nuestros padres? Pues éste es el orden establecido por el Altísimo para la manifestación del Mesías: el Dios Hombre no se lanzará por sí mismo a las obras de la vida pública; sino que para la inauguración de su divino ministerio, esperará a que un miembro de la raza que ha llegado a ser suya, a que un hombre, nacido antes que él y dotado para ello de crédito suficiente, le presente a su pueblo.


CONVENIENCIA DE UN PRECURSOR. — ¡Oficio sublime, que hará de una criatura el fiador de Dios, el testigo del Verbo! La grandeza del que había de llenar esta misión, estaba señalada, como la del Mesías, mucho tiempo antes de su nacimiento. Cristo, ciertamente, no tuvo necesidad de ayuda ajena para alumbrar sus pasos; pero durante la noche de espera, habían engañado a la humanidad tantos falsos resplandores, que la luz verdadera no habría sido comprendida si hubiese surgido de súbito, o habría cegado los ojos, incapaces de resistir su fulgor, a causa de las tinieblas precedentes. La Sabiduría eterna había, pues, decretado que, así como el astro del día se anuncia por la estrella matutina, del mismo modo Cristo-luz fuese precedido por un astro precursor y señalado por el brillo de que El mismo revestiría a este fiel mensajero de su venida. Cuando en otro tiempo el Altísimo se dignaba iluminar el porvenir por medio de sus profetas, la luz que a intervalos rasgaba el cielo del Antiguo Testamento, se extinguía sin lograr traer el día; pero el astro cantado por el Salmo, no tendrá ocaso: no siendo por sí mismo, como toda criatura, más que nada y tinieblas, reflejará, sin embargo, tan de cerca la claridad del Mesías, que muchos le tomarán por el mismo Cristo


EL ANUNCIO PROFÉTICO. — La misteriosa conformidad de Cristo y su Precursor, la incomparable proximidad que los unió, está bien indicada en múltiples lugares de los Libros Santos. Si Cristo es el Verbo, la Palabra Eterna del Padre, Juan será la voz portadora de esta Palabra hasta donde deba llegar. Cristo es el Angel de la alianza; pero en el texto en que el Espíritu Santo le da este título tan alentador de nuestra esperanza, aparece que también lleva este nombre de ángel el fiel embajador por quien el mundo conocerá al Esposo: "He aquí que yo envío a mi ángel que preparará el camino ante mí, y luego vendrá a su templo el dominador a quien vosotros buscáis y el Angel del Testamento a quien vosotros deseáis. He aquí que viene, dice el Señor de los ejércitos". Y para dar fin al ministerio profético, de que es el último representante, Malaquías termina sus oráculos por las palabras que hemos oído a Gabriel dirigir a Zacarías al hacerle saber el próximo nacimiento del Precursor


EL ANUNCIO ANGÉLICO. — La presencia de Gabriel en tal ocasión, mostraba como el niño prometido había de ser el íntimo del Hijo de Dios; pues el mismo príncipe de los ejércitos celestiales había de ir en breve a anunciar al Emmanuel. Muchos son los fieles mensajeros que asisten al trono de la Santísima Trinidad, y en la elección de estos augustos enviados se toma en cuenta ordinariamente la grandeza de las instrucciones que por ellos va a transmitir al mundo el Altísimo. Pero convenía que el Arcángel encargado de consumar las sagradas nupcias del Verbo con la humanidad, diese comienzo a esta gran misión preparando la venida de aquel a quien los decretos eternos habían designado como el Amigo del Esposo Seis meses más tarde, enviado a María, apoyaba su mensaje revelando a la Virgen purísima el prodigio que desde entonces hacía madre a la estéril Isabel: primer paso del Todopoderoso hacia una maravilla mayor. Juan no ha nacido todavía; pero sin más tardar inaugurará su oficio, confirmando las promesas del ángel. ¡Inefable garantía la de este niño, oculto aún en el seno materno y testigo de Dios en la negociación sublime que tiene en suspenso el cielo y la tierra! Iluminada por el cielo, María recibe el testimonio y no duda: "He aquí la esclava del Señor, dice al ángel; hágase en mi según tu palabra".


LA SANTIFICACIÓN DEL PRECURSOR. — Gabriel se retiró llevando consigo el secreto divino, que no tenía orden de comunicar al resto del mundo. La Virgen prudentísima tampoco hablará de ello; el mismo José, su virginal esposo, no tendrá noticia del misterio por ella. No importa. Hay uno para quien el Emmanuel no tendrá ni secretos ni retrasos; y sabrá cómo ha de comunicarle la maravilla. Apenas el Verbo tomó posesión del santuario inmaculado en que habitaría los nueve primeros meses entre los hombres. Nuestra Señora, instruida interiormente del deseo de su Hijo, marcha presurosa a la montaña de Judea La primera visita es para el amigo del Esposo, para Juan su primera gracia. Una festividad distinta nos permitirá honrar especialmente el fausto día en que el Niño-Dios, al santificar al Precursor, se revela a Juan por boca de María, y en que la Virgen, revelada por Juan que salta de gozo en el seno materno, proclama las grandezas que el Todopoderoso obró en ella, según la promesa misericordiosa que hizo en otro tiempo a nuestros padres, a Abraham y a su posteridad hasta el fin de los siglos.


NACIMIENTO DEL PRECURSOR. — Por fin ha llegado el tiempo en que, de los niños y de las madres la noticia se extenderá en la comarca, hasta que sea hora de esparcirse por todo el mundo. Juan nace, y, como no puede hablar aún, desatará la lengua de su padre. Hará cesar el mutismo con que había castigado el ángel al anciano sacerdote, imagen de la antigua ley; y Zacarías, lleno del Espíritu Santo, publicará con un nuevo cántico la dichosa visita del Señor Dios de Israel.

II. LITURGIA DE LA FIESTA


LA PIEDAD ANTIGUA. — Todo nos muestra en esta fiesta una de las solemnidades más queridas de la Esposa. ¿Qué seria, si, remontándonos a tiempos mejores, nos fuese dado tomar parte en las antiguas manifestaciones del instinto católico en este día? En los tiempos dichosos en que la piedad de los pueblos seguía dócilmente las inspiraciones de la Iglesia, el espectáculo de las demostraciones que a la fe de todos sugería la vuelta de aniversarios amados, mantenían en cada uno la inteligencia de la obra divina y de las grandes armonías que el Ciclo antiguo sabía reproducir. Hoy, que en la mayoría se ha perdido el espíritu litúrgico, el movimiento tan católico que imprimía en las muchedumbres, no se encuentra, y la falta de guías expertos se deja sentir en la devoción de no pocos. Abandonada ésta y sin la luz de los faros luminosos que la Iglesia dispuso en las encrucijadas de su camino, con frecuencia aparece más sensible a los vientos de las novedades que al soplo del Espíritu Santo; se ve privada del espíritu exquisito que tanto los miembros pequeños como los mayores de la familia cristiana, sacaban de la escuela común del Ciclo sagrado; sin una vista de conjunto, con mucha frecuencia carece de proporciones, y la falta de equilibrio la expone a mil falsos movimientos peligrosos o al menos sin más resultado que una inútil fatiga. Con todo eso, los sobresaltos y extravíos producidos por la insuficiencia de algunos, no hacen zozobrar el navio de la verdadera piedad, porque, contra viento y marea, y en medio mismo de las pérdidas en que se ve obligado a consentir, la mano firme del piloto supremo mantiene constante e idéntica la dirección primera. Están lejos los tiempos en que dos ejércitos enemigos, al encontrarse cara a cara el día de la vigilia de S. Juan, dejaban el combate para el día siguiente a la fiesta A pesar de todo, la Natividad de S. Juan Bautista aparece en el Calendario como doble de primera clase con Octava, y sigue presentándose al fiel instruido, revestida de caracteres que la designan como uno de los más importantes días del año.


LA FIESTA DEL 29 DE AGOSTO. — Otra nueva fiesta reclamará, a fines de agosto, nuestros homenajes al hijo de Zacarías e Isabel: la festividad de su glorioso martirio y nacimiento para el cielo. Pero, aunque veneranda para nosotros, según expresión de la misma Iglesia en el día de la degollación de S. Juan Bautista, no gozará del esplendor de ésta. Es porque, en realidad, la solemnidad de este día se dirige menos a Juan que a Jesús, a quien aquél anuncia; mientras que la Degollación, más personal para nuestro Santo, no presenta en el plan divino la importancia que tenía su nacimiento, preludio del del Hijo de Dios.


LA NAVIDAD DE VERANO. — Jesús es la luz, la luz sin la que este mundo permanecería en la muerte; y Juan no es otra cosa que el hombre enviado por Dios, sin el que la luz quedaría desconocida '. Mas, siendo Jesús inseparable de Juan como el día de su aurora, no hay que extrañarse de que la alegría del mundo en el nacimiento de Juan participe de la que excitará a su tiempo la venida del Salvador. Es la Navidad de verano. Desde el principio Dios y la Iglesia tuvieron cuidado, como lo veremos, de señalar por mil concomitancias la dependencia y parecido de ambas solemnidades.


PRECURSOR DE LOS MÁRTIRES. — Dios, cuya providencia procura siempre la glorificación del Verbo hecho carne, juzga a los hombres y a los siglos en la medida en que éstos dieron testimonio de Cristo. Y he aquí por qué Juan es tan grande. Pues de Aquel de quien los profetas anunciaron que vendría, de quien los apóstoles predicaron como venido ya, solamente él, profeta y apóstol al mismo tiempo, dijo señalándole: ¡Héle aquí! Juan, pues, siendo el testigo por antonomasia, convenía que presidiese al período glorioso en que, durante tres siglos, la Iglesia tributaría al Esposo el testimonio de la sangre, que da el primer lugar en su reconocimiento a los mártires después de los Apóstoles y profetas, sobre cuyos cimientos está edificada '. Diez veces se abrieron en la inmensidad del imperio romano las venas de la Esposa; y la Sabiduría eterna quiso que la décima y última persecución acabara el 25 de Diciembre de 303, en Nicomedia2, uniéndose así al nacimiento del Hijo de Dios cuyo triunfo aseguraba. Pero, si la Natividad del Emmanuel señala en los fastos sagrados el fin de las grandes tribulaciones, la de Juan convenía señalase los principios. En el año 64 fué cuando la Roma pagana abrió por vez primera sus arenas a los soldados de Cristo; y el 24 de Junio es cuando la Iglesia hace majestuosa mención de ello en su Martirologio por la memoria que sigue al anuncio de la Natividad del Precursor; "En Roma, la conmemoración de muchísimos santos mártires, los cuales en tiempo del emperador Nerón, acusados falsamente de haber puesto fuego a la ciudad, fueron cruelmente martirizados con diversos suplicios: unos, cubiertos con pieles de fieras, fueron echados a los perros para que los despedazasen; otros crucificados; otros prendidos a modo de antorchas para que sirviesen de luces durante la noche. Todos estos, discípulos de los Apóstoles, fueron las primicias escogidas que la Iglesia Romana, campo fértil en mártires, ofreció al cielo antes de la muerte de los Apóstoles del Señor."


PRECURSOR DE LOS MONJES. — La solemnidad del 24 de Junio esclarece, pues, doblemente los orígenes del cristianismo. Por muy turbulentos que fuesen los días de la Iglesia no hubo un solo año en que no se cumpliese la predicción del ángel: Muchos se alegrarán en el nacimiento de Juan con la alegría, su palabra, sus ejemplos, su intercesión daban ánimo a los mártires. Después del triunfo alcanzado por el Hijo de Dios sobre la negación pagana, cuando al testimonio de sangre sucedió el de la confesión en obras y alabanzas, Juan conservó su oficio de Precursor de Cristo en las almas. Guía de monjes, los conduce lejos del mundo y los fortifica en los combates de la soledad; amigo del Esposo, continúa formando a la Esposa, preparando al Señor un pueblo perfecto.


PRECURSOR DE LOS FIELES. — En todos los estados, en todos los grados de la vida cristiana se hace sentir su benéfica y necesaria influencia. "Precursor en su nacimiento, precursor en su muerte, S. Juan, dice delante del Señor. Y acaso más de lo que nosotros pensamos, su acción misteriosa tiene su parte en nuestra vida presente en el día de hoy. Cuando comenzamos a creer en Cristo, hay como cierta virtud de Juan que nos atrae; él dirige hacia la fe los caminos de nuestra alma; endereza los caminos tortuosos de esta vida, hace así derecha la vía de nuestra peregrinación para que no caigamos en los abismos del error; hace que todos nuestros valles se llenen de frutos de virtudes, y que todo respeto humano se humille ante el Señor'".


PATRONO DE LOS BAUTISTERIOS. — Pero si el Precursor tiene parte en cada progreso de la fe acercando las almas a Cristo, mucho más interviene en todo bautismo que hace crecer a la Iglesia. Los bautisterios le están dedicados. El bautismo que derramaba sobre las turbas a orillas del Jordán, nunca tuvo, es cierto, el poder del bautismo cristiano; pero, al sumergir al Hombre- Dios en las aguas, dotó a éstas de la virtud fecundante que, salida de ese Hombre-Dios, completaría hasta el fin de los tiempos, con la incorporación de nuevos miembros, el cuerpo de la Iglesia unida a Cristo.


PATRONO DE PUEBLOS E IGLESIAS. — La fe de nuestros antepasados conocía los grandes bienes de que eran deudores a Juan los pueblos y los particulares. Tantos neófitos recibían su nombre en el bautismo, y tan eficaz era para conducir a la santidad la ayuda que prestaba a sus fieles devotos, que no hay día en el calendario, en que no se pudiese celebrar el nacimiento de algunos de ellos para el cielo. Patrono en otro tiempo de Lombardía, lo es hoy del Canadá francés. Pero así en Oriente como en Occidente ¡quién podrá contar las comarcas, las ciudades, las abadías, las iglesias puestas bajo su poderoso patrocinio! ¡Desde el templo que, reinando Teodosio, reemplazó en Alejandría al antiguo Serapeon, famoso por sus misterios, hasta el santuario erigido sobre las ruinas del altar de Apolo, en el Monte Casino por el Patriarca de los monjes! ¡desde las quince iglesias que Bizancio tenía consagradas dentro de sus muros al Precursor, hasta la majestuosa basílica de Letrán, que en la capital del universo católico es la madre y maestra de todas las iglesias de la Ciudad y del mundo! Dedicada primitivamente al Salvador, muy pronto a este sagrado vocablo asoció, como inseparable, el del Amigo del Esposo.


SOLEMNIDAD DE LA VIGILIA. — La Vigilia de San Juan no es ahora de precepto; antes, sin embargo, no sólo era de ayuno obligatorio el día próximo a la Natividad del Precursor, sino que una cuaresma entera evocaba, en su duración y prescripciones, el Adviento del Señor. De este modo, cuanto más severas habían sido las exigencias de la preparación, tanto más estimada y mejor se comprendía la fiesta. Después de haber igualado la penitencia de la cuaresma de Juan a las austeridades de la de Navidad, nadie se admiraba de que la Iglesia asemejase en su Liturgia ambas Natividades.


HOGUERAS DE SAN JUAN. —Tres misas solemnizaban la Natividad de Juan, como la de Aquel a quien él dió a conocer a la Esposa: La primera, por la noche, recordaba su título de Precursor; la segunda, al alba, honraba su bautismo; la tercera, a la hora de Tercia, exaltaba su santidad'. Así como antiguamente hubo dos Maitines en la noche de Navidad, Durando de Mende dice, siguiendo a Honorio de Autun, que muchos celebraban en la festividad de S. Juan doble Oficio. El primero se iniciaba al caer la tarde; no tenía alleluia, para significar el tiempo de la Ley y de los Profetas, que duró hasta Juan. El segundo comenzaba a media noche y finalizaba a la aurora; se cantaba con Alleluia, para hacer resaltar la llegada del tiempo de la gracia y del Reino de Dios La alegría, carácter propio de esta fiesta, se desbordaba fuera de los sagrados lugares y llegaba hasta los mismos infieles musulmanes. Sí en Navidad el rigor de la estación hacía recluirse en sus hogares las tiernas expansiones de la piedad privada, la nitidez de las noches de estío de Juan ofrecía ocasión de desquite a la fe viva de los pueblos. Por eso completaba lo que la parecía insuficiencia en las demostraciones hacia el Niño-Dios, con los honores tributados al Precursor en su cuna. Apenas se habían extinguido los últimos rayos del sol, cuando, desde Oriente hasta Occidente, sobre la haz del mundo entero, inmensas llamaradas surgían de las montañas, e iluminábanse súbitamente las ciudades, las aldeas y aun los más pequeños caseríos. Eran las hogueras de S. Juan, testimonio auténtico, constantemente renovado, de la verdad de las palabras del ángel y de la profecía, que anunciaba la alegría universal que saludaría el nacimiento del hijo de Isabel. Como una lámpara ardiente y luciente, según la expresión del Señor, había aparecido en la noche interminable, y la sinagoga había querido gozarse en sus destellos por algún tiempo '; mas, desconcertada por su fidelidad, que le impedía hacerse pasar por Cristo y por la luz verdadera, irritada a la vista del Cordero a quien aquél indicó como salud del mundo y no solamente de Israel, la sinagoga pronto volvió a las tinieblas, y ella misma se tapó los ojos con la venda que la hace permanecer en las tinieblas hasta nuestros días. La gentilidad, agradecida a aquel que no quiso ni rebajar, ni engañar a la Esposa, le exaltó tanto más cuanto más se abatió él; recogió los sentimientos que debía haber conservado la repudiada sinagoga, y manifestó por todos los medios de que era capaz, que, sin confundir el resplandor propio del Sol de justicia con la luz recibida del Precursor, saludaba con no menor entusiasmo aquella luz que fué para la humanidad la aurora de las alegrías nupciales.


ANTIGÜEDAD DE LAS HOGUERAS DE SAN JUAN. — Podría decirse de las hogueras de S. Juan que se remontan casi a los orígenes del cristianismo. Al menos aparecen desde los primeros años de la paz, como fruto de la iniciativa popular, y no sin excitar la atención de los Padres y los concilios, cuidadosos de desterrar toda idea supersticiosa en las manifestaciones que reemplazaban, por otra parte felizmente, las fiestas paganas de los solsticios. Pero la necesidad de combatir algunos abusos, tan posibles hoy como entonces, no impidió a la Iglesia fomentar tal género de demostraciones, que también respondía al carácter de la fiesta. Las hogueras de San Juan completaban felizmente la solemnidad litúrgica; mostraban unidas en un mismo pensamiento a la Iglesia y a la ciudad terrena. Pues la organización de estos regocijos estaba a cargo de los ayuntamientos, y los municipios cargaban con todos los gastos. Por eso, el privilegio de encender las hogueras quedó reservado, ordinariamente, a las autoridades civiles. Los mismos reyes, tomando parte en las alegrías comunes, tenían a gala dar esta señal de alegría a sus pueblos.

LA RUEDA ARDIENTE. — En ciertos lugares la rueda ardiente, disco inflamado que rodaba sobre sí mismo y recorría las calles de las ciudades o descendía de las cimas de las montañas, representaba el movimiento del sol que se remonta a lo más alto de su curso para pronto volver a descender; evocaba la palabra del Precursor respecto del Mesías: Es necesario que El crezca y yo disminuya El simbolismo se completaba con el uso de quemar los despojos y restos de toda clase en este día, que anunció el final de la antigua ley y el principio de los nuevos tiempos, según las palabras de la Escritura: Rechazaréis lo que sea viejo, cuando alcancéis los nuevos bienes. ¡Dichosos los pueblos que conservan todavía algo de las costumbres, de las que nuestros padres, en su sencillez, sacaban una alegría sin duda más verdadera y más pura que las deseadas por sus descendientes en las fiestas en que el alma no toma parte alguna!