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jueves, 7 de abril de 2016

El Peregrino Ruso

Akathistos

LA ORACION CONTINUA REVELA EL SECRETO DE LA SALVACION

¿Cómo puedo salvarme? Esta pregunta surge espontánea en la mente de todo cristiano que conoce la herida y frágil naturaleza humana y todo lo que le queda de su original anhelo a la verdad y a la rectitud. Con apenas un poquito de fe que tengamos en la inmortalidad y en el premio de la vida eterna, cuando volvemos la mirada hacia el cielo nos vemos atrapados sin darnos cuenta por este pensamiento:"¿cómo puedo salvarme?". Si pretendemos resolver el interrogante, preguntaremos a los prudentes y sabios y, siguiendo sus indicaciones, leeremos libros edificantes sobre el tema, libros debidos a escritores espirituales, es forzándonos inflexiblemente por practicar cuanto hemos oído y leído. En todas estas enseñanzas encontramos constantemente, como condiciones indispensables para la propia salvación, una vida devota y los duros trabajos y fatigas espirituales que deben conducir a la decidida negación de sí mismo. Esto le guiará al cumplimiento de las obras y al cumplimiento fiel de los mandamientos de Dios, testimoniando así la firmeza de la propia fe. Aprenderá, además, que todas estas condiciones para la salvación deben ser realizadas conjuntamente y con la más profunda humildad.


Como todas las obras buenas dependen unas de otras, así unas deben sostener a las otras, completadas y estimuladas, lo mismo que los rayos del sol revelan su potencia e iluminan sólo si convergen a través de un cristal en un mismo punto determinado, y viceversa, «el que es infiel en lo poco, lo será también en lo mucho». Además, para convencerle siempre más de la necesidad de esta acción compleja y unitaria, todos los predicadores alaban la belleza de la virtud y censuran la miseria del vicio. Lo imprimen en su mente con la promesa de una copiosa recompensa y felicidad, o de tormentos y miserias terribles en la vida futura. Esto es lo propio y característico de la predicación actual. Siguiendo estos consejos, el que desea ardientemente la salvación se apresta alegremente a poner en práctica lo aprendido y a verificar con la experiencia lo que ha leído y escuchado. Pero, ¡ay!, desde el primer momento se da cuenta de Schimnik No estoy preparado para satisfacer vuestro deseo sobre argumento tan elevado, ya que tengo de él muy poca experiencia. Tengo, no obstante, un cuaderno de apuntes, claros e inteligibles, de un escritor espiritual, precisamente sobre esta materia. Si les parece bien a los demás, puedo leerlos. Todos Hacednos esta gracia, reverendo Padre. No nos privéis de este conocimiento salvador.

LA ORACION CONTINUA REVELA EL SECRETO DE LA SALVACION
Schimnik
¿Cómo puedo salvarme? Esta pregunta surge espontánea en la mente de todo cristiano que conoce la herida y frágil naturaleza humana y todo lo que le queda de su original anhelo a la verdad y a la rectitud. Con apenas un poquito de fe que tengamos en la inmortalidad y en el premio de la vida eterna, cuando volvemos la mirada hacia el cielo nos vemos atrapados sin darnos cuenta por este pensamiento: « ¿cómo puedo salvarrne?». Si pretendemos resolver el interrogante, preguntaremos a los prudentes y sabios y, siguiendo sus indicaciones, leeremos libros edificantes sobre el tema, libros debidos a escritores espirituales, es forzándonos inflexiblemente por practicar cuanto hemos oído y leído. En todas estas enseñanzas encontramos constantemente, como condiciones indispensables para la propia salvación, una vida devota y los duros trabajos y fatigas espirituales que deben conducir a la decidida negación de sí mismo. Esto le guiará al cumplimiento de las obras y al cumplimiento fiel de los mandamientos de Dios, testimoniando así la firmeza de la propia fe. Aprenderá, además, que todas estas condiciones para la salvación deben ser realizadas conjuntamente y con la más profunda humildad. Como todas las obras buenas dependen unas de otras, así unas deben sostener a las otras, completarlas y estimularlas, lo mismo que los rayos del sol revelan su potencia e iluminan sólo si convergen a través de un cristal en un mismo punto determinado. Y viceversa, «el que es infiel en lo poco, lo será también en lo mucho». Además, para convencerle siempre más de la necesidad de esta acción compleja y unitaria, todos los predicadores alaban la belleza de la virtud y censuran la miseria del vicio. Lo imprimen en su mente con la promesa de una copiosa recompensa y felicidad, o de tormentos y miserias terribles en la vida futura. Esto es lo propio y característico de la predicación actual. Siguiendo estos consejos, el que desea ardientemente la salvación se apresta alegremente a poner en práctica lo aprendido y a verificar con la experiencia lo que ha leído y escuchado. Pero, ¡ay!, desde el primer momento se da cuenta de que no logrará conseguir la meta, previendo y experimentando que su naturaleza, herida y flaca, se impondrá. Se da cuenta de que su libertad está condicionada, sus acciones son perversas, y la fuerza de su espíritu es sólo debilidad. Y se pregunta naturalmente si no existe algún medio que le permita cumplir cuanto le pide la ley de Dios y la devoción cristiana le impone; todo aquello, en una palabra, que han vivido hasta el fondo quienes han llegado a la perfección. Se sigue de aquí que para conciliar en sí mismo las exigencias de la razón y de la conciencia con la insuficiencia de las propias fuerzas para realizarla, se vuelve de nuevo a los predicadores de la salvación para preguntarles: « ¿Cómo lograré salvarme? ¿Cómo justificaré esta incapacidad de actuar las condiciones necesarias para la salvación? ¿Son suficientemente fuertes los predicadores para practicar lo que enseñan?»

¡Pídelo a Dios, ora a Dios, invócale para que te ayude! ¿No habría sido más fructuoso, concluye diciéndose el devoto demandante, si desde el principio y en todas las circunstancias hubiese profundizado en el estudio de la oración, que tiene el poder de realizar todo lo que exige la devoción cristiana y es camino de salvación? Y así es como pasa al estudio de la oración: lee, medita, reflexiona sobre las enseñanzas de quienes han escrito acerca de este tema. Realmente encuentra en ellos muchos pensamientos hermosos, profundo conocimiento y palabras de gran poder. Uno razona bellamente sobre la necesidad de la oración; otro escribe sobre su poder, sus efectos benéficos, de la oración como un deber, o de que para orar se necesita celo, atención, fervor de corazón, pureza de pensamiento, reconciliación con los propios enemigos, humildad, contrición y demás condiciones necesarias para la oración. Pero, ¿qué es realmente la oración y cómo uno puede orar actualmente? A estas preguntas fundamentales y urgentes es rarísimo encontrar respuestas precisas y comprensibles a todos. Y así quien desea ardientemente llegar a la oración se encuentra de nuevo frente a un velo de misterio. Como resultado de sus lecturas recordará algún aspecto que, aunque devoto, es puramente exterior, y llegará a la conclusión de que para orar es preciso ir a la iglesia, hacer la señal de la cruz, hacer inclinaciones, arrodillarse, recitar salmos, cánones y Akathistos (2)

En general, esta es la idea que tienen acerca de la oración quienes no conocen los escritos de los santos Padres sobre la oración interior y sobre la contemplación. A la larga, el que busca acabará descubriendo el libro llamado Filocalía, en el que 25 santos Padres han expuesto de forma accesible todo lo que conocían sobre la esencia de la oración del corazón. Esto será el comienzo de la aclaración del misterio de salvación y de la oración. Comprenderá así que orar significa realmente dirigir a Dios continuamente la memoria y el pensamiento, caminar en su divina presencia, redespertar conscientemente a su amor, y unir el Nombre de Dios con la propia respiración y con el latido del propio corazón. Pronunciará el santísimo Nombre de Jesús con los labios, o dirá la oración a Jesús continuamente, en todo momento, en todo lugar y durante cualquier ocupación. Estas luminosas verdades, que esclarecen la mente y abren el camino al estudio y cumplimiento de la oración, le impelen a poner en práctica lo antes posible estos sabios preceptos.



Sin embargo, en sus intentos no les faltarán las dificultades hasta que un guía espiritual experto no les revele, siguiendo la Filocalía, la verdad completa. Y ésta es, que el único medio con que perfeccionar la oración del corazón y salvar el alma es la oración continua e incesante. Es precisamente esta frecuencia de la oración la base sobre la que se apoya y en la que se unifica todo el sistema de actividad que exige la salvación. Como dice Simeón el Nuevo Teólogo: «el que ora constantemente reúne, en un único acto, todo lo bueno». Para completar la verdad de tal revelación, el guía espiritual desarrollará este concepto de la forma siguiente: para la salvación del alma es indispensable, en primer lugar, la verdadera fe.

Dice la Escritura: «sin fe es imposible agradar a Dios» (Hebr 11, 6). El que no tiene fe, será juzgado. Pero de la misma Escritura se desprende que el hombre solo no puede engendrar en sí mismo la fe, aunque fuese tan pequeña como un grano de mostaza; se desprende también que la fe no es nunca obra nuestra, sino que es don de Dios. La fe es un don espiritual y nos es dado por el Espíritu Santo.


(2) Cánticos e himnos, respectivamente, de particular importancia en la liturgia ortodoxa. Por más que el akathistos mariano sea el más conocido, no debe limitarse a este himno a la Virgen, sino que los hay también a los santos.

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