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miércoles, 2 de marzo de 2016

MODOS DE LA PASION DEL SEÑOR - Santo Tomás de Aquino

LA REDENCION DE DE CRISTO.

En la antigüedad era el hombre objeto de tráfico. Y no solo el individuo, también en las Escrituras lo es también el pueblo en masa. Los vencidos eran, por derecho, en todas partes recibido, esclavos del vencedor, que los podía vender como una parte del botín de guerra. En el Deuteronomio (28.68), amenazando a Israel con el castigo de sus prevaricaciones, se dice. “Acabara Yave por haceros volver en naves a Egipto por el camino de que te había dicho: no volverás mas por él. Allí seréis ofrecidos a vuestros enemigos en venta, como esclavos y esclavas,  y no habrá quien os compre”. El esclavo no podía jurídicamente recobrar su libertad sino pagando el debido rescate a su dueño. Los profetas se valen de esta imagen para explicar la conducta de Dios con Israel. Isaías hace hablar a Yave en esta forma: “o ¿Cuál es aquel de mis acreedores a quien os haya vendido yo? Por vuestros crímenes fuisteis vendidos” (50.1ss). Y el salmista se queja al Señor diciendo: “Has vendido de balde a tu pueblo; no subiste mucho su precio” (44,13). Y en el cantico del Deuteronomio: “Como puede uno solo perseguir a mil, y los ha entregado?”(32,30). En oposición a esta, Isaías habla en la segunda parte de su libro del “Redentor de Israel, que dice: “Por vosotros mande yo contra Babilonia y rompí los cerrojos de vuestra cárcel, y los caldeos fueron atados en cuerdas” (43,14). Antes había hablado con más respeto de los caldeos sobre su pueblo diciendo: “Yo di el Egipto por rescate tuyo, doy por ti a Etiopia y Seba. Porque eres a mis ojos de muy grande estima, de gran precio, y te amo, y entrego por ti reinos y pueblos  a cambio de tu vida” (43,38) es la interpretación providencialista de la conquista de Egipto por Nabucodonosor hacia el fin de su reinado (604-561).

La redención o rescate supone, naturalmente, la servidumbre del rescatado o la esclavitud del diablo. Los apóstoles hablaban con frecuencia de Cristo, “que había venido a sernos, de parte de Dios, justicia, santificación y redención, para que, según esta escrito, el que se gloria gloríese en el Señor” (1 Cor. I,30). Y más adelante: “Habéis sido comprados a precio; no os hagáis siervos de los hombres” (7,13). Este precio que por nosotros se dio, no es orto que Cristo, “que se entrego a si mismo par redención de todos” (1 Tim. 2,6). Y concretando mas, es la sangre, es decir, la virtud de su sangre.”No con oro ni plata, que son corruptibles, dice San Pedro, habéis sido rescatados sino con la sangre preciosa de Cristo” (1 Petr. 1,18ss). Y San Juan dice que el cordero degollado fue quien “compro con su sangre hombres de toda tribu, lengua, pueblos y naciones, y nos hizo para nuestro Dios reino y sacerdotes” (Apoc. 5.9ss).san Pablo, que había sentido, en su vida de fariseo, todo el peso de la ley y que estimaba en tanto el hallarse libre de ella, dice a los Gálatas: “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, haciéndose por nosotros maldición, pues está escrito: “maldito todo el que es colgado del madero” (3.13-44ss).


Santo Tomas remata de forma admirable lo que venimos leyendo:

“Dice San Pedro, no fuisteis rescatados de la vana conversación, heredada de vuestros padres, con oro o plata corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, cordero inmaculado e incontaminado", y San Pablo a los gálatas: "Cristo nos redimió de la maldición de la ley, haciéndose por nosotros maldición". Se dice haberse hecho maldición por nosotros, en cuanto que por nosotros padeció en la cruz, según se dijo atrás. Luego Cristo nos redimió por su pasión.


Respuesta. De dos maneras estaba el hombre obligado por el pecado: primero, por la servidumbre del pecado; pues, según se lee en San Juan, "quien comete el pecado es siervo del pecado". Y en San Pedro: "Cada uno es siervo de aquel que le venció". Pues, como el diablo venció al hombre induciéndole a pecar, quedó el hombre sometido a La servidumbre del diablo. Segundo, por el reato de la pena con que el hombre queda obligado según la divina justicia, y esto es cierta servidumbre, a la cual pertenece que uno sufra lo que no quiere, siendo propio del hombre libre el disponer de sí mismo. Pues, como la pasión de Cristo fue satisfacción suficiente y sobreabundante por el pecado y por el reato de la pena del pecado del género humano, fue su pasión algo a modo de precio, por el cual quedamos libres de una y otra obligación. Pues la misma satisfacción que uno ofrece por sí o por otro, se dice cierto precio con que a si o a otro rescata del pecado y de la pena, según aquello de Daniel: "Redime tus pecados con limosnas". Pues Cristo satisfizo, no entregando dinero o cosa semejante, sino dando lo que es más, entregándose a sí mismo por nosotros. Die este modo se dice que la pasión de Cristo es nuestra redención.






 V. Eficacia de la pasión de Cristo (a.5-6)

La necesidad de explicar el lenguaje de la Escritura, en la cual ya se atribuye la obra de la redención a Dios Padre, ya a Cristo, hace a Santo Tomás proponer una cuestión sobre si el ser redentor es exclusivo de Cristo. La respuesta es sencilla. Dios Padre es la causa primera o principal de la redención humana, como lo es de todas las cosas, y porque Cristo, en cuanto Hijo de Dios, es una cosa con el Padre y con el Espíritu Santo, siguese que la redención, así considerada, es obra de la Santísima Trinidad, del Dios trino y uno, como lo son todas las obras ad extra. Pero Dios puso la obra de esa, redención en las manos de Cristo, Hijo del hombre, exigiendo por ella su pasión, su sangre y su vida, siendo verdad lo que decía San Pedro, que no hay otro nombre, otra persona por la cual podamos se¡ salvos (Act.4,12).

El articulo postrero sirve para proponer otra nueva cuestión sobre el modo de obrar Cristo la salud de los hombres, Distinguen los filósofos cuatro causas, dos internas a las cosas, porque entran en la constitución de ellas, que son la material y la formal; otras dos externas a las cosas, que son la final, que obra como atracción hacia sí, y la eficiente, que obra como impeliendo, tal la máquina que empuja o arrastra el tren, es causa eficiente de su movimiento. A esta causa eficiente física se reduce la causa moral, el consejo, el mandato, el ejemplo. ¿Cómo se realiza esto en la pasión de Cristo? Volviendo al principio antes indicado, hay que ver en Jesús la divinidad y la humanidad. La primera es la causa principal de la salud humana; la humanidad, la instrumental; las dos eficientes, pero subordinadas, puesto que el instrumento no obra si no es movido por la causa principal, la pluma por la mano del escribiente. Pero la principal, todo cuanto hace, lo hace valiéndose del instrumento. De otro modo no sería causa principal, sino causa única. La aplicación de esta doctrina a estas cosas divinas suele tener su dificultad, puesto que sólo por analogía se pueden aplicar las doctrinas humanas a la declaración de los misterios divinos. Por eso no es extraño que no concuerden las sentencias de los teólogos en explicar esta cuestión que aquí propone el Aquinatense. Veamos de hacer lo apoyándonos en sus palabras. Hay en Cristo dos naturalezas, la divina y la humana, siendo la humana el instrumento de la divina; aquélla obra, sufre y muere por la salud del mundo; pero sus obras, sufrimientos y muerte reciben la virtud de obrar la salud humana de la naturaleza divina. La flaqueza, humana se hace fuerte por la virtud de la divinidad. Cuando el alma fiel, movida por Dios, se une a la pasión y muerte de Cristo mediante la fe, la divinidad obra comunicándole los frutos de la pasión y muerte de Cristo, que son frutos de salvación. «La pasión de Cristo, aun siendo corporal, posee, sin embargo, virtud espiritual, derivada de le divinidad, a que está unida, y así, por el contacto espiritual alcanza su eficacia, a saber, por la fe y los sacramentos de la fe, según aquellas palabras del Apóstol a los Romanos: A quien (Cristo) ha puesto Dios como sacrificio de propiciación mediante la fe en su sangre (3,25). Es éste un misterio demasiado divino para que lo alcance la razón humana, Por esto, los teólogos protestantes, que pretenden medir las cosas divinas por la pequeñez de su razón, reducen la eficiencia de la redención de Cristo a una causa moral, el ejemplo de abnegación, de sacrificio, de entrega a Dios Padre, que en su vida y en su .pasión nos dejó J. RIVTERE, Le dogme de la Redemtion, p. 15ss). Muy otro es el sentir de Santo Tomás, intérprete fiel de la verdad católica. Santo Tomás en el art. 5 y 6 da las razones de porque a Cristo le es propio ser redentor; y si esta pasión fue la causa eficiente de nuestra salud, he aquí sus palabras: Por otra parte, dice el Apóstol a los gálatas: "Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose maldición por nosotros". Prs.610 Cristo se hizo maldición por nosotros; luego sólo Cristo debe decirse redentor.

Respuesta. Dos cosas se requieren para la redención: el acto de la entrega del rescate y el rescate entregado. Si uno entrega un rescate que no es suyo, sino de otro, ese tal no puede decirse redentor ¡principal; esto corresponde a aquel cuyo es el rescate. Ahora 'bien, el precio de nuestra redención es a sangre de Cristo, o sea, su vida corporal, que "está en la sangre", la cual el mismo Cristo entregó. De manera que una y otra cosa pertenecen inmediatamente a Cristo en cuanto hombre, y a toda la Trinidad, como a causa primera y remota, cuya era la vida misma de Cristo, como primer autor, y de la cual procede la inspiración del mismo Cristo para que padeciese por nosotros. De manera de ser inmediatamente redentor es propio de Cristo en cuanto hombre, aunque la misma redención se puede atribuir a toda la Trinidad como a causa primera. Por otra parte, dice el Apóstol a los corintios: "La ¡palabra de la cruz es el poder divino para los que se salvan". Mas el poder divino es causa eficiente de nuestra salud; luego la pasión de Cristo obró eficientemente nuestra salud.

Respuesta. La causa eficiente es de dos maneras: ¡principal e instrumental. La causa principal de nuestra salud es Dios. Pero como la humanidad .de Cristo es instrumento de la divinidad, según se dijo atrás, por esto todas las acciones y padecimientos de Cristo mientes de Cristo obran instrumentalmente, en Virtud de la divinidad, la salud humana. Y, según esto, la pasión de Cristo causa es eficiente de salud.


VI. María, corredentora



Esta cuestión exige para su complemento un breve apéndice sobre la parte que a la Virgen María corresponde en esta obra de la salvación humana, ya que es común apellidar a María corredentora y universal mediadora. Lo de corredentora parece referirse a la obro de Jesucristo en su vida y pasión; la mediación, a la distribución de su gracia a las almas en el curso de la historia hasta el fin de los siglos. Para ver cómo esto conviene a María, es preciso sentar algunos principios indispensables para la recta solución de una verdad que se hallan tan grabada en el, corazón de los fieles y que, la teología mariana toma muy a pecho estudiar y definir. Jesucristo, Hijo de Dios e Hijo del hombre, es el único en quien, puso Dios la salud del mundo. El ofreció a la justicia divina una satisfacción plenísima por los pecaos; El nos mereció de rigurosa justicia el perdón de los pecados, la gracia de Dios, el don de la filiación divina y Ia gloria eterna; El es la cabeza del cuerpo místico, que es la Iglesia, y nadie puede alcanzar de Dios la menor gracia que no sea por su mediación. Tal es la doctrina cristiana, la enseñanza fundamental de la fe. Pero este Hijo de Dios, paro venir a ser Hijo del hombre, nació de madre virgen, que El mismo escogió tal como le plugo, y, en consideración a sus propios merecimientos, la preservó del pecado original, la enriqueció plenísimamente de todo género de gracia y se la incorporó a la obra que El venía a cumplir en la tierra y como El había de cumplir esa obra con su vida, su pasión y su muerte, así la Madre, incorporada a esta vida, pasión y muerte, viviese la suya en intimidad con su Hijo y por los mismos fines que El, la salud del mundo. Este último punto pertenece a la enseñanza actual del magisterio de la Iglesia, mientras que los precedentes son otros tantos dogmas de fe. Pues, siendo la Virgen santa y exenta de todo pecado, ofreció sus obras, sus plegarias, sus dolores, por las intenciones de su Hijo, o sea, por la salud del mundo, y esta ofrenda fue gratísima en la presencia de Dios, mereciendo ella; por su parte de condigno, al decir de los teólogos, lo que el Hijo merecía, por la suya de rigurosa justicia.

Para entender mejor esta intimidad de vida, conviene recordar un episodio evangélico y señalar su hondo sentido. Jesucristo, desde el primer instante de su ser natural humano, conoció plenamente y hasta en sus ínfimos detalles su destino; por consiguiente, su vida, su pasión y su muerte. Desde entonces se abrazó con todo esto y así vivió llevando siempre  la cruz ante sus ojos. Pues, para que la Madre se asemejase al Hijo y viviera unida a Él en la cruz, el anciano Simeón, ilustrado por el Espíritu Santo, anunció a María el triste destino de su Hijo y la parte que ella tendría en ese destino :. Puesto está para caída y levantamiento de muchos en Israel y, para blanco de contradicción. Y una espada traspasara tu, corazón para que se descubran los pensamientos de muchos (Luc. 2,3   S).Estas palabras, dictadas Dar el Espíritu Santo, fueron recibidas por quien gozaba de abundantísima luz pera entenderlas en su más hondo sentido, siendo esta inteligencia causa continua de profecía, hasta ver realizado en el Calvario el sentido pleno de aquella profecía. Con esto la Madre, como Abrahán, ofreció, en el altar de su corazón, el sacrificio de su Hijo, asociándose íntimamente a la oblación de Jesús. Tal ofrenda de María fue en los ojos del Padre celestial sumamente grata, y por ella mereció también de su parte lo que el Hijo, con mayor derecho, merecía de la suya.

De esta suerte quedó la Madre incorporada a la obra redentora del Hijo, cooperando a ella en la medida que su condición de pura criatura le permitía. Pero también con la eficacia que le daba su dignidad de Madre de Dios y la riqueza de su gracia y santidad. Tal es la razón de su título de corredentora y mediadora.