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miércoles, 30 de marzo de 2016

El Peregrino Ruso

Madre de Dios de Pocaev

"Cuando la aparición desapareció la huella de su pie derecho había quedado incrustados en la roca y nació una fuente de agua."


Según la tradición, alrededor del año 1340 dC, uno de los monjes ascendió a la cumbre del monte Pochaev a orar, cuando de repente se vio una columna de fuego que ardiente. Llamando a lo demás monjes a unirse a él, se situó en la oración. El fuego también fue visto por unos pastores que estaban cuidando los rebaños de la zona, entre ellos Iván Bosoi [“los descalzos”], que se unió a los monjes en la oración. Se vio rodeada por las llamas y de pie sobre una roca, a la Santísima Theotokos, la Madre de Dios. Cuando finalmente la aparición desapareció, vieron que el lugar de la Theotokos había sido derretido, dejando la huella de su pie derecho incrustado en la roca. Apareció a lo largo de la huella un manantial de agua clara.



¡Pide, busca, llama!


Y sólo me quedo afuera la cabeza y las manos. Después, la inmensa nube pareció bajar sobre la tierra, al tiempo que subía de ella mi viejo abuelo, muerto veinte años atrás: un hombre recto, que durante treinta años había sido guardián de la iglesia del pueblo. Con aire de rabia y amenaza se me acercó y temblé de miedo. Mirando a mí alrededor vi algunos montones de cosas que yo había robado en distintas ocasiones.

Cada vez me sentía con más miedo. El abuelo, cercándose y señalando el primer montón, dijo con un tono terrible: « ¿qué es eso? ¡Pronto!». Inmediatamente comenzó a apretarme la tierra tan fuertemente que, no logrando soportar el dolor y la angustia, grité: « ¡Ten piedad de mi “!  Pero el tormento no cesaba. Después el abuelo, señalando otro montón, dijo en el mismo tono: «y esto, ¿qué es? ¡Más deprisa!»Sentí una congoja y una agonía que no son comparables a cualquier tortura de este mundo. Finalmente, el abuelo me condujo cerca del caballo que había robado el día antes, y gritó: «Y esto, ¿qué es? Responde lo más rápidamente posible.» Me vi atrapado tan horrorosamente por todas partes que no logro describir aquel cruel y horrible suplicio. Era como si me rasgasen la carne. Sentía sofocarme y no era dueño de mí mismo. Y habría perdido los sentidos si esto hubiera durado un poco más. Pero el caballo tiró una coz y me dio en un carrillo, rompiéndomelo.

En aquel momento me desperté aterrorizado y sin fuerzas. Miré a mi alrededor y ya era de día. Me palpé el carrillo y por él corría la sangre Y mi cuerpo yacía dolorido y rígido. Apenas pude ponerme en pie. El carrillo continuó doliéndome durante mucho tiempo. Mira, aún tengo la cicatriz que antes no tenía. Desde aquel momento me he visto con frecuencia presa del terror. Ahora me basta recordar los tormentos del sueño, aquella angustia y desmayo..., para no saber dónde ponerme. Cuanto más pasaba el tiempo, tanto más frecuente se me hacía el recuerdo. Hasta que llegué a tener miedo de la gente y a avergonzarme, como si todos conociesen mí pasado de ladrón. No lograba ni beber, ni comer, ni dormir; me arrastraba como una sombra. Pensé volver a mi regimiento y confesarlo todo, aceptando el castigo que merecía. Quizá así Dios me habría perdonado mis pecados. Pero me faltó fuerza, porque sabía que me habría expuesto a ataques e insultos. Así mi paciencia se acabó y me vino la idea de colgarme. Pensé, sin embargo, que dada mi debilidad, no podía quedarme mucho de vida. Era, pues, lo mismo despedirme de mi tierra y morir allí. Tengo un sobrino. Me dirijo allí, llevo ya seis meses de camino, y la angustia y el miedo continúan atormentándome.

¿Qué piensas, amigo? ¿Qué debo hacer? ¡Ya no puedo más...! Oído este relato, me quedé sorprendido y alabé una vez más la inmensa sabiduría y bondad de Dios que llama a los pecadores por los más diversos caminos. Le dije:

-¡Querido hermano! Cuando te encontrabas no atormenta a los pecadores, sino que tiene piedad de ellos. ¡Gloria a Ti, Señor, gloria a Ti!

Sorprendido y alegre le pedí que me contase exactamente lo que le había sucedido.

-Esto me ha sucedido. Apenas me había dormido, vi el mismo prado en que sufrí aquellas torturas. En un principio estaba aterrado, pero después, en lugar de la nube, vi salir un sol espléndido que inundaba de luz el prado en el que descubrí flores y hierba. De pronto se me acercó mi abuelo: una cara más dulce que nunca, que me saludaba tiernamente diciéndome: ve a Zitomir, a la iglesia de San Jorge, te acogerán bajo protección oficial. Permanece allí hasta el final de tus días y ora sin cesar. El Señor será clemente contigo. Dicho esto, hizo sobre mí la señal de la cruz y desapareció. Experimenté una alegría indescriptible, como si me quitase un peso de encima y volase al cielo. Me desperté de improviso, con la mente aliviada y el corazón lleno de gozo.

¿Qué haré ahora? Saldré inmediatamente para Zitornir, como me indicó el abuelo. ¡Me será fácil llegar, con la oración!

-Un momento, querido hermano. ¿Cómo puedes ponerte en camino en plena noche? Quédate para Maitines; reza y parte después con la bendición de Dios.

No creas que nos fuimos a dormir después de esta conversación; nos fuimos a la iglesia. El estuvo rezando durante todos los Maitines con intenso fervor y con lágrimas en los ojos. Me dijo que se sentía tranquilo y feliz y que la oración a Jesús brotaba en él dulcemente. Al final de la misa comulgó y, después de haber comido algo, le acompañé al camino de Zitomir, donde nos despedimos llorando de alegría. Después comencé a pensar en mis propios problemas. ¿Adónde iría ahora? Decidí finalmente volver a Kiev. Los sabios consejos de mi padre espiritual me empujaban allí y, además, pensaba que quizá allí pudiese encontrar un bienhechor dispuesto a ponerme camino de Jerusalén, o, al menos, del Monte Athos. Así permanecí otra semana en Pocaev, donde pasé el tiempo recordando los instructivos encuentros tenidos durante esta peregrinación y anotando muchas cosas edificantes. Después me preparé al viaje; cogí la mochila y me fui a la iglesia para encomendar mi viaje a la Madre de Dios.

Me disponía a partir después de la Misa. Estaba en el fondo de la iglesia cuando entró un hombre, de noble aspecto aunque vestido bastante pobremente, y me preguntó dónde se vendían las velas. Se lo indiqué. La Misa había terminado y me entretuve orando ante la Huella de la Madre de Dios. Una vez que hube acabado, me puse en camino. Llevaba un rato de camino cuando divisé en una casa a un hombre que leía un Libro junto a una ventana abierta. Era el mismo que me había preguntado en la iglesia por el lugar donde se vendían las velas. Me quité el gorro, y él me llamó diciendo:

-Sospecho que tienes que ser peregrino, ¿no?

-Sí -le respondí-enseñaban cómo obtener la salvación, daban este consejo: «recógete en una habitación y lee y relee el Evangelio». Esta es la razón por que el Evangelio es mi única preocupación.

Me gustaron estas reflexiones y su deseo de oración, y continué preguntándole:

-¿De qué evangelio en particular has sacado la enseñanza sobre la oración?

-De los cuatro -me respondió-o Es decir, de todo el Nuevo Testamento, leyéndolo por orden.

Lo he leído durante largo tiempo, y, meditándolo, he descubierto una gradualidad y una ilación sistemática en la enseñanza sobre la oración a lo largo de todo el Evangelio, comenzando por el primer evangelista y continuando hasta el final. Por ejemplo: se comienza con una introducción, se sigue con su forma, o sea, la expresión vocal. Más adelante encontramos las condiciones indispensables para la oración, los medios para aprenderla y los ejemplos; y por último, la secreta doctrina sobre la incesante oración interior y espiritual en el Nombre de Jesucristo, que nos es presentada como más elevada y saludable que la oración formal. Después se habla de su necesidad y sus benditos frutos, etc. En una palabra, en el Evangelio se encuentra el pleno y minucioso conocimiento de la práctica de la oración expuesta sistemáticamente de principio a fin. Oída esta explicación, pensé pedirle algunos ejemplos concretos, y así le dije:

-Porque lo que más amo es oír hablar de la oración y conversar sobre este tema, me gustaría mucho ver esta cadena secreta de enseñanzas sobre la oración en toda su particularidad. Por amor de Dios, indícame todo esto en el Evangelio.

Asintió de buena gana, y me dijo:

«Abre tu Evangelio, lee y señala lo que te vaya diciendo -y me dio incluso el lápiz-o Echa una mirada a estas mis notas. Bien, busca en primer lugar el capítulo 6 de Mateo y lee los versículos 5 al 9. Aquí tenemos la preparación e introducción a la oración; se nos enseña que hemos de comenzar a orar no por vanagloria y ruidosamente, sino en la paz de un lugar solitario: orar sólo para obtener el perdón de los pecados y la unión con Dios, evitando peticiones superfluas por las diversas necesidades de la vida, como hacen los paganos. Lee, después, más adelante, en el mismo capítulo, desde el versículo 9 hasta el 14. Aquí se nos presenta la forma de la oración, es decir, las palabras que tenemos que usar. En estas palabras está concentrado, con extremada sabiduría, todo lo que es indispensable y deseable para nuestra vida. Sigue adelante y lee los versículos 14 y 15 del mismo capítulo y verás las condiciones para que tu oración sea eficaz. En efecto, si no perdonamos a quienes nos ofenden, el Señor no nos perdonará nuestros pecados.

Pasando al capítulo 7 encontrarás en los versículos 7-12 lo que tienes que hacer para que tu oración obre y sean audaces tus esperanzas:

«Pide, busca, llama». Estas fuertes palabras se refieren a la frecuencia de la oración y a la urgencia de su constante ejercicio, a fin de que no sólo acompañe todas nuestras acciones, sino que tenga también precedencia sobre ellas. Esta es la principal prerrogativa de la oración. Un ejemplo lo encuentras en Marcos, capítulo 14, versículos 32-39, donde el mismo Jesucristo, en Getsemaní, repite más de una vez, orando, las mismas palabras. Otro ejemplo parecido sobre la reiteración de la oración lo ofrece también Lucas 11, 5-13, en la parábola del amigo que se presenta a media noche y también en la de Lucas 18, 1-8, sobre la insistente petición de la viuda importuna, iluminando el mandato de Jesucristo según el cual hay que orar siempre, en todo tiempo y lugar, sin desanimarse, es decir, sin emperezar.

Después de esta preciosa enseñanza descubrimos en Juan la doctrina fundamental sobre la oración secreta e interior del corazón. Está expuesta primeramente en el profundo relato del coloquio de Jesús con la Samaritana, donde se le revela la adoración "en espíritu y en verdad", que Dios mismo desea y que es la verdadera e incesante oración, "el agua viva que salta hasta la vida eterna", de la que Juan habla en el capítulo 4, desde el versículo 5 al 25. Más adelante, en el capítulo 15, del versículo 5 al 8, se manifiestan aún más claramente el poder y la necesidad de la oración interior, es decir, la presencia del Espíritu en Cristo en un incesante recuerdo de Dios. Y lee, por último, en el capítulo 16 del mismo evangelista, los versículos s 23-25. Aquí se revela el misterio. Aquí ves la fuerza inmensa que tiene la oración en el Nombre de Jesús, o, la así llamada, oración a Jesús -es decir, "Señor, Jesucristo, ten piedad de mí"-, si la repites con frecuencia y constancia, y cómo abre con facilidad sorprendente el corazón llenándolo de luz.

Este es claramente el caso de los Apóstoles, que llevaban ya más de un año como discípulos de Jesús, habían recibido de El su oración, el Padre nuestro, que nos han legado, y sin embargo, al final de su existencia terrena Jesucristo les reveló el misterio que aún ignoraban, para que su oración fuese realmente eficaz. Les dijo: "hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre. Yo os aseguro: lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dará" (Jn 16, 24 Y 23). Y así fue. Cuando los Apóstoles aprendieron a ofrecer oraciones en el Nombre del Señor Jesucristo, ¡qué obras tan maravillosas llevaron a cabo y cuánta luz obtuvieron! ¿Ves ahora la concatenación, la progresiva y completa enseñanza sobre la oración, encerrada con tanta profundidad en el Santo Evangelio? Y si pasas a las cartas apostólicas encuentras también en ellas la misma enseñanza sistemática sobre la oración.