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sábado, 12 de diciembre de 2015

"TOMAS DE LA MORA, DE 18 AÑOS, AHORCADO EN 1927 POR NO REVELAR NOMBRES DE SUS JEFES CRISTEROS.'



Nació en Colima, Colima, el domingo 7 de marro de 1909 y murió martirizado el sábado 27 de agosto de 1927. Fue virtuoso alumno -externo- del Seminario Diocesano de Colima; Prefecto de la Congregación Mariana de Nuestra Señora de Guadalupe y de San Luis Gonzaga; distinguido miembro del Apostolado de la Oración; valiente afiliado a la A.C.].M. (Asociación Católica de la Juventud Mexicana); incorporado a la L.N.D.L.R. (Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa) y Jefe Civil, en la ciudad de Colima, representante de Dionisio Eduardo Ochoa, Jefe iniciador, en el Estado de Colima, del movimiento armado en defensa de la libertad religiosa. Por todas estas actividades su vida se hallaba en continuo peligro, pero siempre estaba decidido a darla por defender los derechos de Cristo, por lograr la libertad de la Iglesia y por conservar la pureza de su fe. En la carta que le dirigió a Lupe, su hermana, que residía en la Ciudad de México, el 31 de enero de 1926, terminaba diciéndole:

"A pesar de ser tan tibios y tan poco virtuosos ... , según pienso, esta persecución va a hacer que México brille por la heroicidad de sus Mártires. Tú que estás junto al Santísimo Sacramento [se refiere Tomás a que en la capital de la República aún no se clausuraba el culto público, como ya en ese año estaba clausurado en Colima], pídele que nos dé valor a todos los católicos para no flaquear. Ya no hemos de pedir que cese la persecución, sino que en cada católico haya un héroe, como en tiempo de Nerón".

Y en carta posterior terminaba diciéndole: "Pídele a Dios Que sea un mártir. Tomás de la Mora". "Y este pensamiento del martirio [según leemos en el primer tomo de la obra Los Cristeros del Volcán de Calima] lo llenaba de entusiasmo: en una ocasión, conversando con el Padre Enrique de Jesús Ochoa, capellán de los Cristeros en Colima, decía saltando de alegría y con el rostro iluminado por el contento:

"-Los mártires son santos, ¿verdad?

"-Sí -se le respondió.

"- y si a nosotros nos matan por Jesucristo: ¿seremos mártires?

"-El que da la vida por la Causa de. Jesucristo es mártir
-contesta el sacerdote [el Padre Enrique de Jesús Ochoa].

"- Oh! -dice entonces, y sus ojos brillaban por el regocijo-, cuando por la Causa de Jesucristo Rey nos ahorquen, entonces seremos mártires, entonces seremos santos!".

y el día 15 de agosto, día de la Asunción de la Virgen Santísima, asistió por última vez a la Santa Misa y recibió la Sagrada Comunión. Fue la Misa que celebró el Padre Capellán (cristero) de las Fuerzas Cristeras Colimenses cuando, acompañado de su hermano el General Dionisio Eduardo Ochoa, estuvo en Colima, en la calle Venustiano Carranza Dos semanas más tarde, el sábado 27 de agosto de 1927, habiendo descubierto los perseguidores que él tenía algunas relaciones con los cristeros, fue aprehendido en su propia casa, mientras jugaba con sus hermanitos menores. Desde el principio del Movimiento Cristero, Tomás de la Mora fue autorizado para representar en Colima, como Jefe Civil, al citado jefe militar Ochoa en todo lo que fuere menester, principalmente en lo relativo a suministrar noticias y proveer a los soldados libertadores de lo que para ellos era dable conseguir, fuere con dinero, ropa o municiones.

Con toda entereza cristiana, Tomasito, al ver invadida su casa por los soldados callistas, dijo a su madre: "i Mamá, me van a matar!". Su rostro, habitualmente pálido, se cubrió de mayor palidez. Su madre lo tomó entonces de la mano y lo acompañó en medio de la escolta de diez soldados en el cateo que hacían éstos por encontrar algo comprometedor. Cuando estuvo cerca de su cama, tornó de allí la medalla de su querida Congregación Mariana. La besó y, con grande afecto, la colgó a su pecho. En estos momentos recobró su valor heroico. Ya no dio muestras de temor. La turba de soldados nada encontró delictuoso. Pero se llevaron a Tomasito a presencia del General Flores, Jefe de la Guarnición. Flores era en Colima duro e impío. A los católicos los trataba con rigidez más que militar: con notoria inhumanidad. La madre, al ver a su hijo en manos de los perseguidores, empezó a dar gritos de angustia. Pero Tomasito, con admirable valor y serenidad, le dijo, con grande ternura: "No te aflijas, mamá, dame tu bendición, y si no nos vemos en esta vida, nos veremos en el Cielo". Se arrodilló y le pidió su bendición por última vez. y aquella afligida madre vio partir a su hijo en medio de los soldados. De su casa fue conducido al ex Seminario, donde él había estudiado, convertido a la sazón en cuartel, donde, lleno de santa alegría, porque se cumplían sus deseos de ser mártir de Cristo, prorrumpía con frecuencia en exclamaciones de agradecimiento y alabanza ferviente a Dios. Esta es la casa, decía, donde juré ser fiel a Jesucristo. Aquí le prometimos a Cristo -él y sus compañeros de vida y de ideal- morir primero que verlo desterrado de México. En presencia del General Flores, que lo juzgaba, se portó tan intrépidamente como aquellos célebres mártires de los primeros tiempos del Cristianismo. He aquí, resumido, el interrogatorio:

¿Usted tiene correspondencia con los católicos que están rumbos armas?
-Mientras no se me demuestre con pruebas, no soy responsable --contestó.
-Aquí tiene esta carta: la letra y la firma son de usted.
-Es mía -dice Tomás sin vacilar un momento al reconocer su letra.
-Eres un mocoso -le dijo el militar-, tú no eres capaz de nada; tienes que decimos quién es el que te aconseja.
-No diga usted -respondió Tomás de la Mora- que soy un chiquillo, porque sé muy bien lo que hago: nadie me aconseja.

Tan enérgica y cristiana respuesta le aumentó el odio sectario al dicho General Flores, que se vio confundido por un niño. Ordenó entonces que se le diera "una calentadita", o sea, que le dieran bofetones y guantazos. Después de tan bárbara maltratada, volvió Tomás, con la cara amoratada por los golpes, a la presencia del impío General que se gozaba en atropellar y hacer sufrir a su adolescente víctima. Y al verlo éste en aquel estado de humillación, pensando que el tormento había doblegado su firmeza, le dice de nuevo:

-Mira, dime todo lo que sabes sobre esos cristeros y te dejaré libre.
-Es inútil, mi General. No diré nada, y si me da usted la libertad, mañana me voy al Volcán a unirme a los cristeros en la lucha por Cristo Rey. Me comunicaré con ellos y les diré lo que me pasa. Acepto la muerte.

-Eres un mocoso, tú no sabes lo que es la muerte -dice ya irritado el General-; di lo que te pregunto. -Tomás recobró su carácter festivo y le dijo sonriendo:

-Pues, en eso, mi General, estamos iguales. Porque usted tampoco sabe lo que es la muerte. Porque nunca se ha muerto. Pero yo con gusto moriré porque muero por Cristo Rey.

-No pierdas tiempo, muchacho -le dijo el militar.

-No lo pierda usted, General -contestó el santo joven- Ya le dije que no diré nada. Estoy dispuesto a sufrir la muerte, antes que ser traidor a la causa de los que luchan por Cristo. Y fueron vanas todas las tentativas, amenazas, halagos y pro- mesas para quebrantar su voluntad. Muy larga fue la discusión. Se trató de intimidarlo. No aceptó ninguna oferta. Entonces el General, iracundo, dio la orden de ahorcarlo esa misma noche.

-Está bien, mi General -contestó Tomás de la Mora-; sola- mente concédame una hora para prepararme a morir y que yo escoja el lugar de mi ejecución.

Y aquella hora la pasó de rodillas y orando. Sólo Dios sabe lo que oró el héroe y los sentimientos de su corazón. Mas la lucha no cesaba. Varias veces, estando él de rodillas en su cálida deprecación, se le acercó uno de los oficiales y le hizo nuevas proposiciones, en nombre del General. Pero al momento las rechazaba contestando a las insistencias y fingidas dulzuras del General Flores:

-Tenga la bondad de dejarme. No me quite usted el tiempo. ¿No ve que me queda muy poco tiempo de vida? Hágame el favor de retirarse y dejarme solo y en paz. Me estoy preparando para la muerte. Era ya cerca de la medianoche cuando lo sacaron del cuartel, o sea, del ex Seminario Diocesano convertido en cuartel. Los soldados que lo conducían iban malhumorados, convertidos por capricho del General Flores, de soldados en verdugos de aquel jovencito héroe de Cristo Rey. Llevaban orden de ahorcarlo donde él quisiera. La escolta cumplía las órdenes y Tomasito marchaba valientemente al patíbulo custodiado por los soldados. Al fin llegaron, por la calle Zaragoza, a la calzada Pedro A. Galván, o de la Piedra Lisa, como es más comúnmente llamada por el pueblo. Se ubica en las afueras de la ciudad de Colima. Allí, al pie de uno de los árboles, hizo alto la escolta. Dicho árbol se hallaba al cerrarse la mencionada calle de Zaragoza por el lado oriente de la calzada. Se trataba de un árbol histórico y considerado por los liberales como una especie de reliquia. Bajo él, en una piedra que se conserva, se sentó a descansar, en cierta ocasión, Benito Juárez, la encarnación misma del liberalismo mexicano y uno de los más encarnizados enemigos de la Iglesia. Al llegar cerca de dicha pie- dado para echarle la soga al cuello [tocándolo], le dijo: 'No me toque, porque me mancha'. '¿Por qué?' -le respondió el sol- dado-o 'Porque ustedes son soldados del demonio y nosotros de CRISTO REY". "Deme la soga" y él mismo se la echa al cuello y añade: "Ustedes se han propuesto pelear con Dios y a Dios no le vencen; porque Dios es triunfador”. [Antes, el soldado le dijo que mismo se pusiera la soga y Tomasito -sonriendo como San Lorenzo en la parrilla- le respondió que él no sabía cómo se ponía la soga porque era la primera vez que lo ahorcaban.

"_ ¿Tienes que pedir alguna gracia o arreglar algún asunto? -le dice el jefe de la escolta-o -Ningún negocio me queda por arreglar en esta vida. Todo lo tengo listo para la marcha. Ante Dios tengo muchos asuntos que arreglar: primero, pedirle que les quite la venda que ciega a ustedes; segundo, pedir por mis afligidos padres; y tercero, pedir por la Iglesia y por mi Patria.

El jefe, burlándose del mártir, le dice: -Para ti, pides, o no tienes que pedir. -Nada para mí. Cristo tiene méritos adelantados para salvar millones, y sé que El me sal- va. Porque soy de los suyos y muero por El. Terminadas estas sublimes palabras, exclama: j Viva CRISTO REY! j Viva la Santísima Virgen de Guadalupe!

"El jefe ordena a los soldados que tiren de la cuerda y el mártir glorioso vuela al cielo triunfante, llevando la blanca es- tola de la inocencia y ostentando sobre su frente pura la corona del martirio. Era como la una de la mañana.


"Es imposible leer esta bellísima página del Martirologio Mexicano sin exclamar:  Gloria a la Iglesia Católica de México, que en pleno siglo XX, ha renovado los hechos más gloriosos de la Iglesia de las catacumbas!".