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lunes, 10 de diciembre de 2018

"INEFFABILIS DEUS" Epístola apostólica de Pío IX 8 de diciembre de 1854 (dos de dos)




9. El Protoevangelio.

Por lo cual, al glosar las palabras con las que Dios, vaticinando en los principios del mundo los remedios de su piedad dispuestos para la reparación de los mortales, aplastó la osadía de la engañosa serpiente levantó maravillosamente la esperanza de nuestro linaje, diciendo: Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya; enseñaron que, con este divino oráculo, fue de antemano designado clara y patentemente el misericordioso Redentor del humano linaje, es decir, el unigénito Hijo de Dios Cristo Jesús, y designada la santísima Madre, la Virgen María, y al mismo tiempo brillantemente puestas de relieve las mismísimas enemistades de entrambos contra el diablo. Por lo cual, así como Cristo, mediador de Dios y de los hombres, asumida la naturaleza humana, borrando la escritura del decreto que nos era contrario, lo clavó triunfante en la cruz, así la santísima Virgen, unida a Él con apretadísimo e indisoluble vínculo hostigando con Él y por Él eternamente a la venenosa serpiente, y de la misma triunfando en toda la línea, trituró su cabeza con el pie inmaculado.

10. Figuras bíblicas de María.

Este eximio y sin par triunfo de la Virgen, y excelentísima inocencia, pureza, santidad y su integridad de toda mancha de pecado e inefable abundancia y grandeza de todas las gracias, virtudes y privilegios, viéronla los mismos Padres ya en el arca de Noé que, providencialmente construida, salió totalmente salva e incólume del común naufragio de todo el mundo; ya en aquella escala que vio Jacob que llegaba de la tierra al cielo y por cuyas gradas subían y bajaban los ángeles de Dios y en cuya cima se apoyaba el mismo Señor; ya en la zarza aquélla que contempló Moisés arder de todas partes y entré el chisporroteo de las llamas no se consumía o se gastaba lo más mínimo, sino que hermosamente reverdecía y florecía; ora en aquella torre inexpugnable al enemigo, de la cual cuelgan mil escudos y toda suerte de armas de los fuertes; ora en aquel huerto cerrado que no logran violar ni abrir fraudes y trampas algunas; ora en aquella resplandeciente ciudad de Dios, cuyos fundamentos se asientan en los montes santos a veces en aquel augustísimo templo de Dios que, aureolado de resplandores divinos, está lleno, de la gloria de Dios; a veces en otras verdaderamente innumerables figuras de la misma clase, con las que los Padres enseñaron que había sido vaticinada claramente la excelsa dignidad de la Madre de Dios, y su incontaminada inocencia, y su santidad, jamás sujeta a mancha alguna.

11. Los profetas.

Para describir este mismo como compendio de divinos dones y la integridad original de la Virgen, de la que nació Jesús, los mismos [Padres], sirviéndose de las palabras de los profetas, no festejaron a la misma augusta Virgen de otra manera que como a paloma pura, y a Jerusalén santa, y a trono excelso de Dios, y a arca de santificación, y a casa que se construyó la eterna Sabiduría, y a la Reina aquella que, rebosando felicidad y apoyada en su Amado, salió de la boca del Altísimo absolutamente perfecta, hermosa y queridísima de Dios y siempre libre de toda mancha.

12. El Ave María y el Magnificat.

Mas atentamente considerando los mismos Padres y escritores de la Iglesia que la santísima Virgen había sido llamada llena de gracia, por mandato y en nombre del mismo Dios, por el Gabriel cuando éste le anunció la altísima dignidad de Madre de Dios, enseñaron que, con ese singular y solemne saludo, jamás oído, se manifestaba que la Madre de Dios era sede de todas las gracias divinas y que estaba adornada de todos los carismas del divino Espíritu; más aún, que era como tesoro casi infinito de los mismos, y abismo inagotable, de suerte que, jamás sujeta a la maldición y partícipe, juntamente con su Hijo, de la perpetua bendición, mereció oír de Isabel, inspirada por el divino Espíritu: Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre.

De ahí se deriva su sentir no menos claro. que unánime, según el cual la gloriosísima Virgen, en quien hizo cosas grandes el Poderoso, brilló con tal abundancia de todos los dones celestiales, con tal plenitud de gracia y con tal inocencia, que resultó como un inefable milagro de Dios, más aún, como el milagro cumbre de todos los milagros y digna Madre de Dios, y allegándose a Dios mismo, según se lo permitía la condición de criatura, lo más cerca posible, fue superior a toda alabanza humana y angélica.

13. Paralelo entre María y Eva

Y, de consiguiente, para defender la original inocencia y santidad de la Madre de Dios, no sólo la compararon muy frecuentemente con Eva todavía virgen, todavía inocente, todavía incorrupta y todavía no engaña a por as mortíferas asechanzas de la insidiosísima serpiente, sino también la antepusieron a ella con maravillosa variedad de palabras y pensamientos. Pues Eva, miserablemente complaciente con la serpiente, cayó de la original inocencia y se convirtió en su esclava; mas la santísima Virgen aumentando de continuo el don original, sin prestar jamás atención a la serpiente, arruinó hasta los cimientos su poderosa fuerza con la virtud recibida de lo alto.

14. Expresiones de alabanza

Por lo cual jamás dejaron de llamar a la Madre de Dios o lirio entre espinas, o tierra absolutamente intacta, virginal, sin mancha , inmaculada, siempre bendita, y libre de toda mancha de pecado, de la cual se formó el nuevo Adán; o paraíso intachable, vistosísimo, amenísimo de inocencia, de inmortalidad y de delicias, por Dios mismo plantado y defendido de toda intriga de la venenosa serpiente; o árbol inmarchitable, que jamás carcomió el gusano del pecado; o fuente siempre limpia y sellada por la virtud del Espíritu Santo; o divinísimo templo o tesoro de inmortalidad, o la única y sola hija no de la muerte, sino de la vida, germen no de la ira, sino de la gracia, que, por singular providencia de Dios, floreció siempre vigoroso de una raíz corrompida y dañada, fuera de las leyes comúnmente establecidas. Mas, como si éstas cosas, aunque muy gloriosas, no fuesen suficientes, declararon, con propias y precisas expresiones, que, al tratar de pecados, no se había de hacer la más mínima mención de la santa Virgen María, a la cual se concedió más gracia para triunfar totalmente del pecado; profesaron además que la gloriosísima Virgen fue reparadora de los padres, vivificadora de los descendientes, elegida desde la eternidad, preparada para sí por el Altísimo, vaticinada por Dios cuando dijo a la serpiente: Pondré enemistades entre ti y la mujer, que ciertamente trituró la venenosa cabeza de la misma serpiente, y por eso afirmaron que la misma santísima Virgen fue por gracia limpia de toda mancha de pecado y libre de toda mácula de cuerpo, alma y entendimiento, y que siempre estuvo con Dios, y unida con Él con eterna alianza, y que nunca estuvo en las tinieblas, sino en la luz, y, de consiguiente, que fue aptísima morada para Cristo, no por disposición corporal, sino por la gracia original.

A éstos hay que añadir los gloriosísimos dichos con los que, hablando de la concepción de la Virgen, atestiguaron que la naturaleza cedió su puesto a la gracia, paróse trémula y no osó avanzar; pues la Virgen Madre de Dios no había de ser concebida de Ana antes que la gracia diese su fruto: porque convenía, a la verdad, que fuese concebida la primogénita de la que había de ser concebido el primogénito de toda criatura.

15. ¡¡Inmaculada!!

Atestiguaron que la carne de la Virgen tomada de Adán no recibió las manchas de Adán, y, de consiguiente, que la Virgen Santísima es el tabernáculo creado por el mismo Dios, formado por el Espíritu Santo, y que es verdaderamente de púrpura, que el nuevo Beseleel elaboró con variadas labores de oro, y que Ella es, y con razón se la celebra, como la primera y exclusiva obra de Dios, y como la que salió ilesa de los igníferos dardos del maligno, y como la que hermosa por naturaleza y totalmente inocente, apareció al mundo como aurora brillantísima en su Concepción Inmaculada. Pues no caía bien que aquel objeto de elección fuese atacado, de la universal miseria, pues, diferenciándose inmensamente de los demás, participó de la naturaleza, no de la culpa; más aún, muy mucho convenía que como el unigénito tuvo Padre en el cielo, a quien los serafines ensalzan por Santísimo, tuviese también en la tierra Madre que no hubiera jamás sufrido mengua en el brillo de su santidad.

Y por cierto, esta doctrina había penetrado en las mentes y corazones de los antepasados de tal manera, que prevaleció entre ellos la singular y maravillosísima manera de hablar con la que frecuentísimamente se dirigieron a la Madre de Dios llamándola inmaculada, y bajo todos los conceptos inmaculada, inocente e inocentísima, sin mancha y bajo todos los aspectos, inmaculada, santa y muy ajena a toda mancha, toda pura, toda sin mancha, y como el ideal de pureza e inocencia, más hermosa que la hermosura, mas ataviada que el mismo ornato, mas santa que la santidad, y sola santa, y purísima en el alma y en el cuerpo, que superó toda integridad y virginidad, y sola convertida totalmente en domicilio de todas las gracias del Espíritu Santo, y que, la excepción de sólo Dios, resultó superior a todos, y por naturaleza más hermosa y vistosa y santa que los mismos querubines y serafines y que toda la muchedumbre de los ángeles, y cuya perfección no pueden, en modo alguno, glorificar dignamente ni las lenguas de los ángeles ni las de los hombres. Y nadie desconoce que este modo de hablar fue trasplantado como espontáneamente, a la santísima liturgia y a los oficios eclesiásticos, y que nos encontramos a cada paso con él y que lo llena todo, pues en ellos se invoca y proclama a la Madre de Dios como única paloma de intachable hermosura, como rosa siempre fresca, y en todos los aspectos purísima, y siempre inmaculada y siempre santa, y es celebrada como la inocencia, que nunca sufrió menoscabo, y, como segunda Eva, que dio a luz al Emmanuel.

16. Universal consentimiento y peticiones de la definición dogmática.

No es, pues, de maravillar que los pastores de la misma Iglesia y los pueblos fieles se hayan gloriado de profesar con tanta piedad, religión y amor la doctrina de la Concepción Inmaculada de la Virgen Madre de Dios, según el juicio de los Padres, contenida en las divinas Escrituras, confiada a la posteridad con testimonios gravísimos de los mismos, puesta de relieve y cantada por tan gloriosos monumentos de la veneranda antigüedad, y expuesta y defendida por el sentir soberano y respetabilísima autoridad de la Iglesia, de tal modo que a los mismos no les era cosa más dulce, nada más querido, que agasajar, venerar, invocar y hablar en todas partes con encendidísimo afecto a la Virgen Madre de Dios, concebida sin mancha original. Por lo cual, ya desde los remotos tiempos, los prelados, los eclesiásticos, las Ordenes religiosas, y aun los mismos emperadores y reyes, suplicaron ahincadamente a esta Sede Apostólica que fuese definida como dogma de fe católica la Inmaculada Concepción de la santísima Madre de Dios. Y estas peticiones se repitieron también en estos nuestros tiempos, y fueron muy principalmente presentadas a Gregorio XVI, nuestro predecesor, de grato recuerdo, y a Nos mismo, ya por los obispos, ya por el clero secular, ya por las familias religiosas, y por los príncipes soberanos y por los fieles pueblos. Nos, pues, teniendo perfecto conocimiento de todas estas cosas, con singular gozo de nuestra alma y pesándolas seriamente, tan pronto como, por un misterioso plan de la divina Providencia, fuimos elevados, aunque sin merecerlo, a esta sublime Cátedra de Pedro para hacernos cargo del gobierno de la universal Iglesia, no tuvimos, ciertamente, tanto en el, corazón, conforme a nuestra grandísima veneración, piedad y amor para con la santísima Madre de Dios, la Virgen María, ya desde la tierna infancia sentidos, como llevar al cabo todas aquellas cosas que todavía deseaba la Iglesia, conviene a saber: dar mayor incremento al honor de la santísima Virgen y poner en mejor luz sus prerrogativas.

17. Labor preparatoria.

Mas queriendo extremar la prudencia, formamos una congregación, de NN. VV. HH. de los cardenales de la S.R.I., distinguidos por su piedad, don de consejo y ciencia de las cosas divinas, y escogimos a teólogos eximios, tanto el clero secular como regular, para que considerasen escrupulosamente todo lo referente a la Inmaculada Concepción de la Virgen y nos expusiesen su propio parecer. Mas aunque, a juzgar por las peticiones recibidas, nos era plenamente conocido el sentir decisivo de muchísimos prelados acerca de la definición de la Concepción Inmaculada de la Virgen, sin embargo, escribimos el 2 de febrero de 1849 en Cayeta una carta encíclica, a todos los venerables hermanos del orbe católico, los obispos, con el fin de que, después de orar a Dios, nos manifestasen también a Nos por escrito cuál era la piedad y devoción de sus fieles para con la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios, y qué sentían mayormente los obispos mismos acerca de la definición o qué deseaban para poder dar nuestro soberano fallo de la manera más solemne posible.

No fue para Nos consuelo exiguo la llegada de las respuestas de los venerables hermanos. Pues los mismos, respondiéndonos con una increíble complacencia, alegría y fervor, no sólo reafirmaron la piedad y sentir propio y de su clero y pueblo respecto de la Inmaculada Concepción de la santísima Virgen, sino también todos a una ardientemente nos pidieron que definiésemos la Inmaculada Concepción de la Virgen con nuestro supremo y autoritativo fallo. Y, entre tanto, no nos sentimos ciertamente inundados de menor gozo cuando nuestros venerables hermanos los cardenales de la S.R.I., que formaban la mencionada congregación especial, y los teólogos dichos elegidos por Nos, después de un diligente examen de la cuestión, nos pidieron con igual entusiasta fervor la definición de la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios.

Después de estas cosas, siguiendo las gloriosas huellas de nuestros predecesores, y deseando proceder con omnímoda rectitud, convocamos y celebramos consistorio, en el cual dirigimos la palabra a nuestros venerables hermanos los cardenales de la santa romana Iglesia, y con sumo consuelo de nuestra alma les oímos pedirnos que tuviésemos a bien definir el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen Madre de Dios.

Así, pues, extraordinariamente confiados en el Señor de que ha llegado el tiempo oportuno de definir la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios la Virgen María, que maravillosamente esclarecen y declaran las divinas Escrituras, la venerable tradición, el perpetuó sentir de la Iglesia, el ansia unánime y singular de los católicos prelados y fieles, los famosos hechos y constituciones de nuestros predecesores; consideradas todas las cosas con suma diligencia, y dirigidas a Dios constantes y fervorosas oraciones, hemos juzgado que Nos, no debíamos, ya titubear en sancionar o definir con nuestro fallo soberano la Inmaculada Concepción de la Virgen, y de este modo complacer a los piadosísimos deseos del orbe católico, y a nuestra piedad con la misma santísima Virgen, y juntamente glorificar y más y más en ella a su unigénito Hijo nuestro Señor Jesucristo, pues redunda en el Hijo el honor y alabanza dirigidos a la Madre.

18. Definición.

Por lo cual, después de ofrecer sin interrupción a Dios Padre, por medio de su Hijo, con humildad y penitencia, nuestras privadas oraciones y las públicas de la Iglesia, para que se dignase dirigir y afianzar nuestra mente con la virtud del Espíritu Santo, implorando el auxilio de toda corte celestial, e invocando con gemidos el Espíritu paráclito, e inspirándonoslo él mismo, para honra de la santa e individua Trinidad, para gloria y prez de la Virgen Madre de Dios, para exaltación de la fe católica y aumento de la cristiana religión, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, con la de los santos apóstoles Pedro y Pablo, y con la nuestra: declaramos, afirmamos y definimos que ha sido revelada por Dios, y de consiguiente, qué debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles, la doctrina que sostiene que la santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, salvador del género humano. Por lo cual, si algunos presumieren sentir en su corazón contra los que Nos hemos definido, que Dios no lo permita, tengan entendido y sepan además que se condenan por su propia sentencia, que han naufragado en la fe, y que se han separado de la unidad de la Iglesia, y que además, si osaren manifestar de palabra o por escrito o de otra cualquiera manera externa lo que sintieren en su corazón, por lo mismo quedan sujetos a las penas establecidas por el derecho.

19. Sentimientos de esperanza y exhortación final.

Nuestra boca está llena de gozo y nuestra lengua de júbilo, y damos humildísimas y grandísimas gracias a nuestro Señor Jesucristo, y siempre se las daremos, por habernos concedido aun sin merecerlo, el singular beneficio de ofrendar y decretar este honor, esta gloria y alabanza a su santísima Madre. Mas sentimos firmísima esperanza y confianza absoluta de que la misma santísima Virgen, que toda hermosa e inmaculada trituró la venenosa cabeza de la cruelísima serpiente, y trajo la salud al mundo, y que gloria de los profetas y apóstoles, y honra de los mártires, y alegría y corona de todos los santos, y que refugio segurísimo de todos los que peligran, y fidelísima auxiliadora y poderosísima mediadora y conciliadora de todo el orbe de la tierra ante su unigénito Hijo, y gloriosísima gloria y ornato de la Iglesia santo, y firmísimo baluarte destruyó siempre todas las herejías, y libró siempre de las mayores calamidades de todas clases a los pueblos fieles y naciones, y a Nos mismo nos sacó de tantos amenazadores peligros; hará con su valiosísimo patrocinio que la santa Madre católica Iglesia, removidas todas las dificultades, y vencidos todos los errores, en todos los pueblos, en todas partes, tenga vida cada vez más floreciente y vigorosa y reine de mar a mar y del río hasta los términos de la tierra, y disfrute de toda paz, tranquilidad y libertad, para que consigan los reos el perdón, los enfermos el remedio, los pusilánimes la fuerza, los afligidos el consuelo, los que peligran la ayuda oportuna, y despejada la oscuridad de la mente, vuelvan al camino de la verdad y de la justicia los desviados y se forme un solo redil y un solo pastor.

Escuchen estas nuestras palabras todos nuestros queridísimos hijos de la católica Iglesia, y continúen, con fervor cada vez más encendido de piedad, religión y amor, venerando, invocando, orando a la santísima Madre de Dios, la Virgen María, concebida sin mancha de pecado original, y acudan con toda confianza a esta dulcísima Madre de misericordia y gracia en todos los peligros, angustias, necesidades, y en todas las situaciones oscuras y tremendas de la vida. Pues nada se ha de temer, de nada hay que desesperar, si ella nos guía, patrocina, favorece, protege, pues tiene para con nosotros un corazón maternal, y ocupada en los negocios de nuestra salvación, se preocupa de todo el linaje humano, constituida por el Señor Reina del cielo y de la tierra y colocada por encima de todos los coros de los ángeles y coros de los santos, situada a la derecha de su unigénito Hijo nuestro Señor Jesucristo, alcanza con sus valiosísimos ruegos maternales y encuentra lo que busca, y no puede, quedar decepcionada.

Finalmente, para que llegué al conocimiento de la universal Iglesia esta nuestra definición de la Inmaculada Concepción de la santísima Virgen María, queremos que, como perpetuo recuerdo, queden estas nuestras letra apostólicas; y mandamos que a sus copias o ejemplares aún impresos, firmados por algún notario público y resguardados por el sello de alguna persona eclesiástica constituida en dignidad, den todos, exactamente el mismo crédito que darían a éstas, si les fuesen presentadas y mostradas.

A nadie, pues, le sea permitido quebrantar esta, página de nuestra declaración, manifestación, y definición, y oponerse a ella y hacer la guerra con osadía temeraria. Mas si alguien presumiese intentar hacerlo, sepa que incurrirá en la indignación de Dios y de los santos apóstoles Pedro y Pablo.

Dado el 8 de diciembre de 1854. Pío IX.

domingo, 9 de diciembre de 2018

La SSPX, sus sacramentos de "reunión" ... y sus futuros obispos




Publicamos un análisis muy interesante de CMS  que puede iluminar a aquellos que no entienden todos los eventos actuales entre los Superiores de la SSPX y Roma.


Todos los años, los sacerdotes del distrito francés de la Fraternité Saint-Pie X se reúnen para asistir a sesiones sobre diversos temas. Este año el tema elegido fue el episcopado. Los abades Portail y Boivin fueron los oradores principales. Asombroso no es así?

Al mismo tiempo, parece que Roma otorgaría a la actual fraternidad uno o dos obispos. Se confirma el ruido.

Esto explicaría los recientes pasos romanos de la Fraternidad, que siente la necesidad de nuevos obispos debido a su presencia en los cuatro rincones del mundo, y a quienes les gustaría legitimar a tales santos mediante un acuerdo de Roma.

En esta lógica, la SSPX está haciendo lo necesario para no enojarse con la autoridad y corre el riesgo de ser excomulgada de nuevo por la misma: por lo tanto, es forzada, voluntariamente, a moverse en la dirección de Una estandarización canónica. Y el papa lo sabe ...

¡Más que nada, ahora se presenta a sí misma como una buscadora, una buena doctrina dentro de la Iglesia conciliar y buenos obispos fieles al Arzobispo Lefebvre (nombrado por Francisco!) - ¡mala posición para una "negociación"!

No se deje engañar: que el Superior General vaya a Roma también significa y, sobre todo, ¡pero no lo diremos! - que la Casa general no tiene la intención de renunciar a la jurisdicción "conciliar" recibida en 2015-2017 ( confesiones , orden y matrimonios ).

Sin embargo, un desafío oficial sería la única manera de sacar a la fraternidad de la trampa de un "pre-rally" sobre los sacramentos , que el Papa le extendió y en el que cayó por culpa del obispo Fellay, paralizando así definitivamente. Su libertad para consagrar a los obispos.

Para ahorrarle al ex Superior General (ahora "consejero" del Consejo), no podemos volver a los actos principales de su gobierno, que lo rechazarán públicamente, y abrirán una grave crisis al frente de la SSPX.

Por lo tanto, para enmascarar su enfoque, en lugar de reconocer con humildad sus errores ("a cualquier error ... ¡piedad!"), La Fraternidad establece una maniobra de desvío: la reanudación de las discusiones doctrinales abandonadas en 2011.

Pero, habiendo fracasado en 2011 bajo el pontificado de Benedicto XVI, ¿cómo podrían terminar estas discusiones en 2018, 2019, o ... el día griego del pontificado de Francisco? ¿Sería más "perfectamente católico" que su predecesor, según el requisito del propio Arzobispo Lefebvre en 1987?

Como para imaginar que el Papa de Amoris laetitia aceptará conceder a la fraternidad la libertad total para profesar la religión "antes de 1962" (dogma, eclesiología, derecho canónico, liturgia, disciplina, sacramentos, etc.), que conviviría entonces pacíficamente con "la religión del Vaticano II" bajo la autoridad de la misma autoridad ... ¡es una construcción pura del espíritu, o más bien una mala broma!

¿Y la jurisdicción, en cuanto a hacer, proviene del difunto Papa Pío XII?

La respuesta católica es esta: no puede haber un espacio pastoral seguro para la Tradición dentro de la llamada Iglesia "conciliar", y no puede haber obispos de la Tradición fieles al Arzobispo Lefebvre, quien ¡Ser nombrado con el acuerdo del Papa Francisco!

Por lo tanto, estas "discusiones doctrinales" son solo una pantalla para "fumar" a los fieles legítimamente alarmados. También son una buena excusa para neutralizar a los sacerdotes de la "resistencia interna", siempre desconfiando de un acercamiento de alto riesgo con la Roma conciliar.

Pero querer hacer amigos-amigos con sus enemigos, o jugar a los más inteligentes con más astucia que uno mismo, ¡uno termina un día para poner los pies en la alfombra!


"INEFFABILIS DEUS" Epístola apostólica de Pío IX 8 de diciembre de 1854 (primera de dos)





SOBRE LA INMACULADA CONCEPCIÓN

1. María en los planes de Dios.

El inefable Dios, cuya conducta es misericordia y verdad, cuya voluntad es omnipotencia y cuya sabiduría alcanza de límite a límite con fortaleza y dispone suavemente todas las cosas, habiendo, previsto desde toda la eternidad la ruina lamentabilísima de todo el género humano, que había de provenir de la transgresión de Adán, y habiendo decretado, con plan misterioso escondido desde la eternidad, llevar al cabo la primitiva obra de su misericordia, con plan todavía más secreto, por medio de la encarnación del Verbo, para que no pereciese el hombre impulsado a la culpa por la astucia de la diabólica maldad y para que lo que iba a caer en el primer Adán fuese restaurado más felizmente en el segundo, eligió y señaló, desde el principio y antes de los tiempos, una Madre, para que su unigénito Hijo, hecho carne de ella, naciese, en la dichosa plenitud de los tiempos, y en tanto grado la amó por encima de todas las criaturas, que en sola ella se complació con señaladísima benevolencia. Por lo cual tan maravillosamente la colmó de la abundancia de todos los celestiales carismas, sacada del tesoro de la divinidad, muy por encima de todos los ángeles y santos, que Ella, absolutamente siempre libre de toda mancha de pecado y toda hermosa y perfecta, manifestase tal plenitud de inocencia y santidad, que no se concibe en modo alguno mayor después de Dios y nadie puede imaginar fuera de Dios.

Y, por cierto era convenientísimo que brillase siempre adornada de los resplandores de la perfectísima santidad y que reportase un total triunfo de la antigua serpiente, enteramente inmune aun de la misma mancha de la culpa original, tan venerable Madre, a quien Dios Padre dispuso dar a su único Hijo, a quien ama como a sí mismo, engendrado como ha sido igual a sí de su corazón, de tal manera que naturalmente fuese uno y el mismo Hijo común de Dios Padre y de la Virgen, y a la que el mismo Hijo en persona determinó hacer sustancialmente su Madre y de la que el Espíritu Santo quiso e hizo que fuese concebido y naciese Aquel de quien él mismo procede.

2. Sentir de la Iglesia respecto a la concepción inmaculada.

Ahora bien, la Iglesia católica, que, de continuo enseñada por el Espíritu Santo, es columna y fundamento firme de la verdad, jamás desistió de explicar, poner de manifiesto y dar calor, de variadas e ininterrumpidas maneras y con hechos cada vez más espléndidos, a la original inocencia de la augusta Virgen, junto con su admirable santidad, y muy en consonancia con la altísima dignidad de Madre de Dios, por tenerla como doctrina recibida de lo alto y contenida en el depósito de la revelación. Pues esta doctrina, en vigor desde las más antiguas edades, íntimamente inoculada en los espíritus de los fieles, y maravillosamente propagada por el mundo católico por los cuidados afanosos de los sagrados prelados, espléndidamente la puso de relieve la Iglesia misma cuando no titubeó en proponer al público culto y veneración de los fieles la Concepción de la misma Virgen. Ahora bien, con este glorioso hecho, por cierto presentó al culto la Concepción de la misma Virgen como algo singular, maravilloso y muy distinto de los principios de los demás hombres y perfectamente santo, por no celebrar la Iglesia, sino festividades de los santos. Y por eso acostumbró a emplear en los oficios eclesiásticos y en la sagrada liturgia aún las mismísimas palabras que emplean las divinas Escrituras tratando de la Sabiduría increada y describiendo sus eternos orígenes, y aplicarla a los principios de la Virgen, los cuales habían sido predeterminados con un mismo decreto, juntamente con la encarnación de la divina Sabiduría.

Y aun cuando todas estas cosas, admitidas casi universalmente por los fieles, manifiesten con qué celo haya mantenido también la misma romana Iglesia, madre y maestra de todas las iglesias, la doctrina de la Concepción Inmaculada de la Virgen, sin embargo de eso, los gloriosos hechos de esta Iglesia son muy dignos de ser uno a uno enumerados, siendo como es tan grande su dignidad y autoridad, cuanta absolutamente se debe a la que es centro de la verdad y unidad católica, en la cual sola ha sido custodiada inviolablemente la religión y de la cual todas las demás iglesias han de recibir la tradición de la fe. Así que la misma romana Iglesia no tuvo más en el corazón que profesar, propugnar, propagar y defender la Concepción Inmaculada de la Virgen, su culto y su doctrina, de las maneras más significativas.

3. Favor prestado por los papas al culto de la Inmaculada.

Muy clara y abiertamente por cierto testimonian y declaran esto tantos insignes hechos de los Romanos Pontífices, nuestros predecesores, a quienes en la persona del Príncipe de los Apóstoles encomendó el mismo Cristo Nuestro Señor el supremo cuidado y potestad de apacentar los corderos y las ovejas, de robustecer a los hermanos en la fe y de regir y gobernar la universal Iglesia. Ahora bien, nuestros predecesores se gloriaron muy mucho de establecer con su apostólica autoridad, en la romana Iglesia la fiesta de la Concepción, y darle más auge y esplendor con propio oficio y misa propia, en los que clarísimamente se afirmaba la prerrogativa de la inmunidad de la mancha hereditaria, y de promover y ampliar con toda suerte de industrias el culto ya establecido, ora con la concesión de indulgencias, ora con el permiso otorgado a las ciudades, provincias y reinos de que tomasen por patrona a la Madre de Dios bajo el título de la Inmaculada Concepción, ora con la aprobación de sodalicios, congregaciones, institutos religiosos fundados en honra de la Inmaculada Concepción, ora alabando la piedad de los fundadores de monasterios, hospitales, altares, templos bajo el título de la Inmaculada Concepción, o de los que se obligaron con voto a defender valientemente la Concepción Inmaculada de la Madre de Dios. Grandísima alegría sintieron además en decretar que la, festividad de la Concepción debía considerarse por toda la Iglesia exactamente como la de la Natividad, y que debía celebrarse por la universal Iglesia con octava, y que debía ser guardada santamente por todos como las de precepto, y que había de haber capilla papal en nuestra patriarcal basílica Liberiana anualmente el día dedicado a la Concepción de la Virgen. Y deseando fomentar cada día más en las mentes de los fieles el conocimiento de la doctrina de la Concepción Inmaculada de María Madre de Dios y estimularles al culto y veneración de la misma Virgen concebida sin mancha original, gozáronse en conceder, con la mayor satisfacción posible, permiso para que públicamente se proclamase en las letanías lauretanas, y en él mismo prefacio de la misa, la Inmaculada Concepción de la Virgen, y se estableciese de esa manera con la ley misma de orar la norma de la fe. Nos, además, siguiendo fielmente las huellas de tan grandes predecesores, no sólo tuvimos por buenas y aceptamos todas las cosas piadosísima y sapientísimamente por los mismos establecidas, sino también, recordando lo determinado por Sixto IV, dimos nuestra autorización al oficio propio de la Inmaculada Concepción y de muy buen grado concedimos su uso a la universal Iglesia.

4. Débese a los papas la determinación exacta del culto de la Inmaculada

Mas, como quiera que las cosas relacionadas con el culto está intima y totalmente ligadas con su objeto, y no pueden permanecer firmes en su buen estado si éste queda envuelto en la vaguedad y ambigüedad, por eso nuestros predecesores romanos Pontífices, qué se dedicaron con todo esmero al esplendor del culto de la Concepción, pusieron también todo su empeño en esclarecer e inculcar su objeto y doctrina. Pues con plena claridad enseñaron que se trataba de festejar la concepción de la Virgen, y proscribieron, como falsa y muy lejana a la mente de la Iglesia, la opinión de los que opinaban y afirmaban que veneraba la Iglesia, no la concepción, sino la santificación. Ni creyeron que debían tratar con suavidad a los que, con el fin de echar por tierra la doctrina de la Inmaculada Concepción de la Virgen, distinguiendo entre el primero o y segundo instante y momento de la concepción, afirmaban que ciertamente se celebraba la concepción, mas no en el primer instante y momento. Pues nuestros mismos predecesores juzgaron que era su deber defender y propugnar con todo celo, como verdadero Objeto del culto, la festividad de la Concepción de la santísima Virgen, y concepción en el primer instante. De ahí las palabras verdaderamente decisivas con que Alejandro VII, nuestro predecesor, declaró la clara mente de la Iglesia, diciendo: Antigua por cierto es la piedad de los fieles cristianos para con la santísima Madre Virgen María, que sienten que su alma, en el primer instante de su creación e infusión en el cuerpo, fue preservada inmune de la mancha del pecado original, por singular gracia y privilegio de Dios, en atención a los méritos de su hijo Jesucristo, redentor del género humano, y que, en este sentido, veneran y celebran con solemne ceremonia la fiesta de su Concepción. (Const. "Sollicitudo omnium Ecclesiarum", 8 de diciembre de 1661).

Y, ante todas cosas, fue costumbre también entre los mismos predecesores nuestros defender, con todo cuidado, celo y esfuerzo, y mantener incólume la doctrina de la Concepción Inmaculada de la Madre de Dios. Pues no solamente no toleraron en modo alguno que se atreviese alguien a mancillar y censurar la doctrina misma, antes, pasando más adelante, clarísima y repetidamente declararon que la doctrina con la que profesamos la Inmaculada Concepción de la Virgen era y con razón se tenía por muy en armonía con el culto eclesiástico y por antigua y casi universal, y era tal que la romana Iglesia se había encargado de su fomento y defensa y que era dignísima que se le diese cabida en la sagrada liturgia misma y en las oraciones públicas

5. Los papas prohibieron la doctrina contraria.

Y, no contentos con esto, para que la doctrina misma de la Concepción Inmaculada de la Virgen permaneciese intacta, prohibieron severamente que se pudiese defender pública o privadamente la opinión contraria a esta doctrina y quisieron acabar con aquella a fuerza de múltiples golpes mortales. Esto no obstante, y a pesar de repetidas y clarísimas declaraciones, pasaron a las sanciones, para que estas no fueran vanas. Todas estas cosas comprendió el citado predecesor nuestro Alejandro VII con estas palabras:"Nos, considerando que la Santa Romana Iglesia celebra solemnemente la festividad de la Inmaculada siempre Virgen María, y que dispuso en otro tiempo un oficio especial y propio acerca de esto, conforme a la piadosa, devota, y laudable práctica que entonces emanó de Sixto IV, Nuestro Predecesor: y queriendo, a ejemplo de los Romanos Pontífices, Nuestros Predecesores, favorecer a esta laudable piedad y devoción y fiesta, y al culto en consonancia con ella, y jamás cambiado en la Iglesia Romana después de la institución del mismo, y (queriendo), además, salvaguardar esta piedad y devoción de venerar y celebrar la Santísima Virgen preservada del pecado original, claro está, por la gracia proveniente del Espíritu Santo; y deseando conservar en la grey de Cristo la unidad del espíritu en los vínculos de la paz (Efes. 4, 3), apaciguados los choques y contiendas y, removidos los escándalos: en atención a la instancia a Nos presentada y a las preces de los mencionados Obispos con los cabildos de sus iglesias y del rey Felipe y de sus reinos; renovamos las Constituciones y decretos promulgados por los Romanos Pontífices, Nuestro Predecesores, y principalmente por Sixto IV, Pablo V y Gregorio XV en favor de la sentencia que afirma que el alma de Santa María Virgen en su creación, en la infusión del cuerpo fue obsequiada con la gracia del Espíritu Santo y preservada del pecado original y en favor también de la fiesta y culto de la Concepción de la misma Virgen Madre de Dios, prestado, según se dice, conforme a esa piadosa sentencia, y mandamos que se observe bajo las censuras y penas contenidas en las mismas Constituciones.

Y además, a todos y cada uno de los que continuaren interpretando las mencionadas Constituciones o decretos, de suerte que anulen el favor dado por éstas a dicha sentencia y fiesta o culto tributado conforme a ella, u osaren promover una disputa sobre esta misma sentencia, fiesta o culto, o hablar, predicar, tratar, disputar contra estas cosas de cualquier manera, directa o indirectamente o con cualquier pretexto, aún examinar su definibilidad, o de glosar o interpretar la Sagrada Escritura o los Santos Padres o Doctores, finalmente con cualquier pretexto u ocasión por escrito o de palabra, determinando y afirmando cosa alguna contra ellas, ora aduciendo argumentos contra ellas y dejándolos sin solución, ora discutiendo de cualquier otra manera inimaginable; fuera de las penas y censuras contenidas en las Constituciones de Sixto IV, a las cuales queremos someterles, y por las presentes les sometemos, queremos también privarlos del permiso de predicar, dar lecciones públicas, o de enseñar, y de interpretar, y de voz activa y pasiva en cualesquiera elecciones por el hecho de comportarse de ese modo y sin otra declaración alguna en las penas de inhabilidad perpetua para predicar y dar lecciones públicas, enseñar e interpretar; y que no pueden ser absueltos o dispensados de estas cosas sino por Nos mismo o por Nuestros Sucesores los Romanos Pontífices; y queremos asimismo que sean sometidos, y por las presentes sometemos a los mismos a otras penas infligibles, renovando las Constituciones o decretos de Paulo V y de Gregorio XV, arriba mencionados.

Prohibimos, bajo las penas y censuras contenidas en el Índice de los libros prohibidos, los libros en los cuales se pone en duda la mencionada sentencia, fiesta o culto conforme a ella, o se escribe o lee algo contra esas cosas de la manera que sea, como arriba queda dicho, o se contienen frase, sermones, tratados y disputas contra las mismas, editados después del decreto de Paulo V arriba citado, o que se editaren de la manera que sea en lo porvenir por expresamente prohibidos, ipso facto y sin más declaración."

6. Sentir unánime de los doctos obispos y religiosos.

Mas todos saben con qué celo tan grande fue expuesta, afirmada y defendida esta doctrina de la Inmaculada Concepción de la Virgen Madre de Dios por las esclarecidísimas familias religiosas y por las más concurridas academias teológicas y por los aventajadísimos doctores en la ciencia de las cosas divinas. Todos, asimismo, saben con qué solicitud tan grande hayan abierta y públicamente profesado los obispos, aun en las mismas asambleas eclesiásticas, que la santísima Madre de Dios, la Virgen María, en previsión de los merecimientos de Cristo Señor Redentor, nunca estuvo sometida al pecado, sino que fue totalmente preservada de la mancha original, y, de consiguiente, redimida de más sublime manera.

7. El concilio de Trento y la tradición,

Ahora bien, a estas cosas se añade un hecho verdaderamente de peso y sumamente extraordinario, conviene a saber: que también el concilio Tridentino mismo, al promulgar el decreto dogmático del pecado original, por el cual estableció y definió, conforme a los testimonios de las sagradas Escrituras y de los Santos Padres y de los recomendabilísimos concilios, que los hombres nacen manchados por la culpa original, sin embargo, solemnemente declaró que no era su intención incluir a la santa e Inmaculada Virgen Madre de Dios en el decreto mismo y en una definición tan amplia. Pues con esta declaración suficientemente insinuaron los Padres tridentinos, dadas las circunstancias de las cosas y de los tiempos, que la misma santísima Virgen había sido librada de la mancha original, y hasta clarísimamente dieron a entender que no podía aducirse fundadamente argumento alguno de las divinas letras, de la tradición, de la autoridad de los Padres que se opusiera en manera alguna a tan grande prerrogativa de la Virgen.

Y, en realidad de verdad, ilustres monumentos de la venerada antigüedad de la Iglesia oriental y occidental vigorosísimamente testifican que esta doctrina de la Concepción Inmaculada de la santísima, Virgen, tan espléndidamente explicada, declarada, confirmada cada vez más por el gravísimo sentir, magisterio, estudio, ciencia y sabiduría de la Iglesia, y tan maravillosamente propagada entre todos los pueblos y naciones del orbe católico, existió siempre en la misma Iglesia como recibida de los antepasados y distinguida con el sello de doctrina revelada.

Pues la Iglesia de Cristo, diligente custodia y defensora de los dogmas a ella confiados, jamás cambia en ellos nada, ni disminuye, ni añade, antes, tratando fiel y sabiamente con todos sus recursos las verdades que la antigüedad ha esbozado y la fe de los Padres ha sembrado, de tal manera trabaja por limarlas y pulirlas, que los antiguos dogmas de la celestial doctrina reciban claridad, luz, precisión, sin que pierdan, sin embargo, su plenitud, su integridad, su índole propia, y se desarrollen tan sólo según su naturaleza; es decir el mismo dogma, en el mismo sentido y parecer.

8. Sentir de los Santos Padres y de los escritores eclesiásticos.

Y por cierto, los Padres y escritores de la Iglesia, adoctrinados por las divinas enseñanzas, no tuvieron tanto en el corazón, en los libros compuestos para explicar las Escrituras, defender los dogmas, y enseñar a los fieles, como el predicar y ensalzar de muchas y maravillosas maneras, y a porfía, la altísima santidad de la Virgen, su dignidad, y su inmunidad de toda mancha de pecado, y su gloriosa victoria del terrible enemigo del humano linaje.





viernes, 7 de diciembre de 2018

CONFESIONES. SAN AGUSTÍN



Y así, aun a ti, vida de mi vida, te imaginaba como un Ser grande extendido por los espacios infinitos que penetraba por todas partes toda la mole del mundo, y fuera de ellas, en todas las direcciones, la inmensidad sin término; de modo que te poseyera la tierra, te poseyera el cielo y te poseyeran todas las cosas y todas terminaran en ti, sin terminar tú en ninguna parte. Sino que, así como el cuerpo del aire-de este aire que está sobre la tierra-no impide que pase por él la luz del sol, penetrándolo, no rompiéndolo ni rasgándolo, sino llenándolo totalmente, así creía yo que no solamente el cuerpo del cielo y del aire, y del mar, sino también el de la tierra, te dejaban paso y te eran penetrables en todas partes, grandes y pequeñas, para recibir tu presencia, que con secreta inspiración gobierna interior y exteriormente todas las cosas que has creado. De este modo discurría yo por no poder pensar otra cosa; mas ello era falso. Porque si fuera de ese modo, la parte mayor de la tierra tendría mayor parte de ti, y menor la menor. Y de tal modo estarían todas las cosas llenas de ti, que el cuerpo del elefante ocuparía tanto más de tu Ser que el cuerpo del pajarillo, cuanto aquél es más grande que éste y ocupa un lugar mayor; y así, dividido en partículas, estarías presente, a las partes grandes del mundo, en partes grandes, y pequeñas a las pequeñas, lo cual no es así.
Pero entonces aún no habías iluminado mis tinieblas.
II, 3. Me bastaba, Señor, contra aquellos engañados engañadores y mudos charlatanes-porque no sonaba en su boca tu palabra-, bastábame, ciertamente, el argumento que desde antiguo, estando aún en Cartago, solía proponer Nebridio, y que todos los que le oímos entonces quedamos impresionados.
«¿Qué podía hacer contra ti-decía-aquella no sé qué raza de tinieblas que los maniqueos suelen oponer como una masa contraria a ti, si tú, no hubieras querido pelear contra ella?»
III, 4. Pero tampoco yo, aun cuando afirmaba y creía firmemente que tú, nuestro Señor y Dios verdadero, creador de nuestras almas y de nuestros cuerpos, y no sólo de nuestras almas y de nuestros cuerpos, sino también de todos los seres y cosas, eras incontaminable, inalterable y bajo ningún concepto mudable, tenía por averiguada y explicada la causa del mal. Sin embargo, cualquiera que ella fuese, veía que debía buscarse de modo que no me viera obligado por su causa a creer mudable a Dios inmutable, no fuera que llegara a ser yo mismo lo que buscaba.
Así, pues, buscaba aquélla, mas estando seguro y cierto de que no era verdad lo que decían aquéllos [los maniqueos], de quienes huía con toda el alma, porque los veía buscando el origen del mal repletos de malicia, a causa de la cual creían antes a tu sustancia capaz de padecer el mal, que no a la suya capaz de obrarle.
5. Ponía atención en comprender lo que había oído de que el libre albedrío de la voluntad es la causa del mal que hacemos, y tu recto juicio, del que padecemos; pero no podía verlo con claridad. Y así, esforzándome por apartar de este abismo la mirada de mi mente, me hundía de nuevo en él, e intentando salir de él repetidas veces, otras tantas me volvía a hundir.
Porque levantábame hacia tu luz el ver tan claro que tenía voluntad como que vivía; y así, cuando quería o no quería alguna cosa, estaba certísimo de que era yo y no otro el que quería o no quería; y ya casi, casi me convencía de que allí estaba la causa del pecado; y en cuanto a lo que hacía contra voluntad, veía que más era padecer que obrar, y juzgaba que ello no era culpa, sino pena, por la cual confesaba ser justamente castigado por ti, a quien tenía por justo.
Pero de nuevo decía: «¿Quién me ha hecho a mí? ¿Acaso no ha sido Dios, que es no sólo bueno, sino la misma bondad? ¿De dónde, pues, me ha venido el querer el mal y no querer el bien? ¿Es acaso para que yo sufra las penas merecidas? ¿Quién depositó esto en mí y sembró en mi alma esta semilla de amargura, siendo hechura exclusiva de mi dulcísimo Dios? Si el diablo es el autor, ¿de dónde procede el diablo? Y si éste de ángel bueno se ha hecho diablo por su voluntad, ¿de dónde le viene a él la mala voluntad por la que es demonio, siendo todo él hechura de un creador bonísimo?»
Con estos pensamientos me volvía a deprimir y ahogar, si bien no era ya conducido hasta aquel infierno del error donde nadie te confiesa, al juzgar más fácil que padezcas tú el mal, que no sea el hombre el que lo ejecuta.
IV,6. Así, pues empeñábame por hallar las demás cosas, como ya había hallado que lo incorruptible es mejor que lo corruptible, y por eso confesaba que tú, fueses lo que fueses, debías ser incorruptible. Porque nadie ha podido ni podrá jamás concebir cosa mejor que tú, que eres el bien sumo y excelentísimo. Ahora bien: siendo certísimo y verdaderísimo que lo incorruptible debe ser antepuesto a lo corruptible, como yo entonces lo anteponía, podía ya con el pensamiento concebir algo mejor que mi Dios, si tú no fueras incorruptible (...).
V,7. (...) ¿De dónde, pues, procede éste, puesto que Dios, bueno, hizo todas las cosas buenas: el Mayor y Sumo bien, los bienes menores; pero Criador y criaturas, todos buenos? ¿De dónde viene el mal? ¿Acaso la materia de donde las sacó era mala y la formó y ordenó, sí, mas dejando en ella algo que no convirtiese en bien? ¿Y por qué esto? ¿Acaso siendo omnipotente era, sin embargo, impotente para convertirla y mudarla toda, de modo que no quedase en ella nada de mal? Finalmente, ¿por qué quiso servirse de esta materia para hacer algo y no más bien usar de su omnipotencia para destruirla totalmente? ¿O podía ella existir contra su voluntad? Y si era eterna, ¿Por qué la dejó por tanto tiempo estar por tan infinitos espacios de tiempo para atrás y le agradó tanto después de servirse de ella para hacer alguna cosa? O ya que repentinamente quiso hacer algo, ¿no hubiera sido mejor, siendo omnipotente, hacer que no existiera aquélla, quedando él solo, bien total, verdadero, sumo e infinito? Y si no era justo que, siendo él bueno, no fabricase ni produjese algún bien, ¿por qué, quitada de delante y aniquilada aquella materia que era mala, no creó otra buena de donde sacase todas las cosas? Porque no sería omnipotente si no pudiera crear algún bien sin ayuda de aquella materia que él no había creado».
Tales cosas revolvía yo en mi pecho, apesadumbrado con los devoradores cuidados de la muerte y de no haber hallado la verdad. Sin embargo, de modo estable se afincaba en mi corazón, en orden a la Iglesia católica, la fe de tu Cristo, Señor y Salvador nuestro; informe ciertamente en muchos puntos y como fluctuando fuera de la norma de doctrina; mas con todo, no la abandonaba ya mi alma, antes cada día se empapaba más y más en ella.
VI, 8. Asimismo había rechazado ya las engañosas predicciones e impíos delirios de los matemáticos.
¡Confiésete, por ello, Dios mío, tus misericordias desde lo más íntimo de mis entrañas! (...) sólo tu procuraste remedio a aquella terquedad mía con que me oponía a Vindiciano, anciano sagaz, y a Nebridio, joven de un alma admirable, los cuales afirmaban-el uno con firmeza, el otro con alguna duda, pero frecuentemente-que no existía tal arte de predecir las cosas futuras y que las conjeturas de los hombres tienen muchas veces la fuerza de la suerte, y que diciendo muchas cosas acertaban a decir algunas que habían de suceder sin saberlo los mismos que las decían, acertando a fuerza de hablar mucho.
VII, 11. Ya me habías sacado, Ayudador mío, de aquellas ligaduras; y aunque buscaba el origen del mal y no hallaba su solución, mas no permitías ya que las olas de mi razonamiento me apartasen de aquella fe por la cual creía que existes, que tu sustancia es inconmutable, que tienes providencia de los hombres, que has de juzgarles a todos y que has puesto el camino de la salud humana, en orden a aquella vida que ha de sobrevenir después de la muerte, en Cristo, tu hijo y Señor nuestro, y en las Santas Escrituras, que recomiendan la autoridad de tu Iglesia católica.
Puestas, pues, a salvo estas verdades y fortificadas de modo inconcuso en mi alma, buscaba lleno de ardor de dónde venía el mal. Y ¡qué tormentos de parto eran aquellos de mi corazón!, ¡qué gemidos, Dios mío! Allí estaban tus oídos y yo no lo sabía. Y como en silencio te buscara yo fuertemente, grandes eran las voces que elevaban hacia tu misericordia las tácitas contriciones de mi alma.
Tú sabes lo que yo padecía, no ninguno de los hombres. Porque ¿cuánto era lo que mi lengua comunicaba a los oídos de mis más íntimos familiares? ¿Acaso percibían ellos todo el tumulto de mi alma, para declarar el cual no bastaban ni el tiempo ni la palabra? Sin embargo, hacia tus oídos se encaminaban todos los rugidos de los gemidos de mi corazón y ante ti estaba mi deseo; pero no estaba contigo la lumbre de mis ojos, porque ella estaba dentro y yo fuera; ella no ocupaba lugar alguno y yo fijaba mi atención en las cosas que ocupan lugar, por lo que no hallaba en ellas lugar de descanso ni me acogían de modo que pudiera decir: «¡Basta! ¡Está bien!»; ni me dejaban volver a donde me hallase suficientemente bien. Porque yo era superior a estas cosas, aunque inferior a ti; y tú eras gozo verdadero para mí sometido a ti, así como tú sujetaste a mí las cosas que criaste inferiores a mí. Y éste era el justo temperamento y la región media de mi salud: que permaneciese a imagen tuya y, sirviéndote a ti, dominase mi cuerpo. Mas habiéndome yo levantado soberbiamente contra ti y corrido contra el Señor con la cerviz crasa de mi escudo, estas cosas débiles se pusieron también sobre mí y me oprimían y no me dejaban un momento de descanso ni de respiración.


La nueva lucha de clases en Europa




"El mundo que nosotros queremos para el siglo XXI no es el de quienes utilizan vehículos de gasoil y fuman sin parar". Frase, del portavoz del Gobierno francés, Benjamin Grivaux, resume el desprecio de clase del que se acusa a las élites europeas y que tiene como respuesta los movimientos antisistema que se extienden del Norte al Sur de Europa.
Francia está viviendo una revuelta inusual. Los llamados "chalecos amarillos", por el color de la prenda obligatoria que debe utilizarse fuera del automóvil cuando uno se detiene al borde de la ruta, han boqueado diferentes autopistas, centros comerciales o gasolineras y amenazan con cerrar la capital, París este 17 de noviembre.
La chispa que encendió la protesta fue el aumento de las tasas del gasoil y el consiguiente aumento del precio de este combustible, el más utilizado por los automovilistas menos pudientes. La subida de la tasa estaba justificada por el gobierno como parte de las necesidades de la transición energética hacia una sociedad más ecológica. El problema es que lo recibido por el Estado irá a parar, en un 80%, a otros apartados alejados del medio ambiente.
​En realidad, "los chalecos amarillos", aglutinan el enfado generalizado por las dificultades que viven obreros, empleados, campesinos, o trabajadores independientes ante los aumentos constantes de impuestos y el descenso de su poder adquisitivo desde hace ya años.
Emmanuel Macron está centrando los ataques de esta nueva clase de ciudadanos que se sientes desprotegidos social, económica y culturalmente. Pero la protesta en Francia, definida por muchos analistas —quizá interesados políticamente—, como una nueva lucha de clases, no es un fenómeno exclusivo francés.
Insultados en EEUU, Francia o Alemania
Innumerables análisis sociológicos se han publicado ya sobre los norteamericanos que se decantaron por el discurso electoral de Donald Trump. Basta mirar un mapa de Estados Unidos para cerciorarse de que no fueron precisamente los habitantes de las grandes ciudades, ni de las regiones más ricas, los que se decantaron por el candidato republicano.
Basta también echar un vistazo a la sociología regional del voto que apoyó el Brexit en el Reino Unido, y se comprueba cómo regiones desindustrializadas y fuera de los focos de la actualidad confiaron más en cerrarse a la globalización y a la apertura de fronteras, antes que seguir dependiendo, en parte, de decisiones tomadas por una estructura supranacional.
Fenómenos similares se viven en países tan valorados económica y socialmente como Suecia y Alemania, con las consecuencias electorales ya conocidas: aumento del voto nacionalpopulista en las zonas rurales o menos desarrolladas (Alemania del Este) y rechazo a una apertura al mundo abierto que auguraba un porvenir brillante gracias a la globalización.
Hillary Clinton llamó "despreciables" a los votantes de Donald Trump. El portavoz del gobierno de Macron les desprecia a su manera, uniéndose a los que en su país considera la protesta de los "chalecos amarillos" como una revuelta de "palurdos".
Estos palurdos son los ciudadanos que no pueden pagarse un alquiler en el centro de las ciudades, los nuevos centros de producción de riqueza tras la agonía de las industrias locales. Son los ciudadanos a los que se les dijo en su día que era mejor comprar un automóvil movido por gasoil. A los que se les exige pagar el elevado coste social de Francia, mientras las zonas periféricas o rurales se vacían de hospitales, centros postales u otras instituciones estatales, además, claro está, de transportes públicos que les ayuden a paliar el gasto en combustible.

Ahora se les insulta por su inaptitud ecológica. Portavoces del gobierno y del partido de Emmanuel Macron (La Repúbica En Marcha) les conminan a comprar automóviles eléctricos, o incluso híbridos, cuando no solo el precio de estos es inalcanzable para quien sigue pagando el plazo del coche de gasoil comprado hace diez años, sino que, además, no existe una infraestructura suficiente para cargar las baterías de esos nuevos adelantos que disfrutan los buenos ciudadanos preocupados por el aire puro del centro de la ciudad donde viven.
Quinoa versus tocino
Palurdos son para los urbanitas enganchados a la economía del nuevo mundo los que no se desplazan en coche eléctrico, aunque vivan a más de 50 kilómetros de su centro de trabajo. Palurdos los que fuman y se quejan del aumento brutal del precio del tabaco decidido por el gobierno. Palurdos los que desconocen los benéficos efectos de la quinoa u otros alimentos comprados en mercados, donde vendedores con uniforme hípster aconsejan sobre las virtudes de los granos y plantas frente al peligro del tocino. Palurdos, en fin, si han perdido la evolución del patinete impulsado por piernas hacia el eléctrico.
A esa nueva clase de tarados de la modernidad no solo se les aumentan los impuestos de los productos contaminantes que consumen. Además, se les exigirá un óbolo para permitirles la entrada de sus autos contaminantes en las nuevas ciudadelas verdes.
Las élites progresistas urbanas consideran a estos "subciudadanos" como antiecologistas.
En primer lugar, no es cierto; pero, además, convertir a la ciudadanía en defensores del medio ambiente a base de impuestos puede reconvertir al más ilustre ecologista en un climaescéptico radical. Nadie acepta envenenarse ni envenenar a sus descendientes, pero unos lo tienen más fácil que otros.

El movimiento de los "chalecos amarillos", se originó en las redes sociales y es independiente de partidos políticos y sindicatos, pero mientras estos últimos ven con cierto temor la revuelta, los partidos se han apresurado a recuperar la protesta en beneficio propio.
La extrema izquierda sueña con una nueva revolución, con un "bloqueo al gobierno" a través de una huelga general, con una "coagulación de la ira" que abofetee al presidente francés en los comicios europeos de mayo.
La extrema derecha fue la primera en subirse al carro amarillo. El movimiento plasmaba lo que Marine Le Pen pretende defender: la revuelta del pueblo contra unas élites de las que, curiosamente, ella no se siente parte. La derecha tradicional (Los Republicanos) se decidió a apoyar la ola amarilla viendo que Macron centraba personalmente la ira de los manifestantes.
La protesta de los "chalecos amarillos" querría ser interpretada por algunos como el germen de un nuevo movimiento político, aunque, de momento, se trata de una convergencia heteróclita de cabreos y exigencias dispares.
Algunos ya hablan de una versión francesa del Movimiento 5 Stelle italiano. Otros prefieren ver similitudes con el partido "Alternativa para Alemania", porque, aseguran, a la inseguridad económica se le une la cultural.

Y esa misma explicación de la nueva sociología urbana explica cómo los obreros que sobran ante la falta de industrias y fábricas dentro de las ciudades son reemplazados en la concesión de viviendas sociales por inmigrantes, los trabajadores de bajos salarios que necesitan la urbes y que ocupan en Francia los barrios adjuntos al centro, las "banlieues" conectadas por trenes de cercanías al centro del mundo, 'high-tech' y cosmopolita.
Por eso, a los "palurdos" no solo se les reprocha ser antiecológicos y antimodernos, sino también ser racistas y xenófobos. Y con esos argumentos, los que se consideran progresistas y liberales están convencidos de frenar lo que describen, alarmados, como nacionalismo populista en Europa. O, dicho de otro modo, oponerse al conflicto entre las dos clases sociales que se perfilan en el, cada día más, Viejo Continente: la de los "palurdos" y la de los beneficiados con la globalización.

LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DEL BLOG


jueves, 6 de diciembre de 2018

SAN BERNARDO: DE LAUDE NOVAE MILITIAE AD MILITES TEMPLI.



V. El templo.
9. Hay un templo en la ciudad de Jerusalén en el que todos estos caballeros viven juntos, que no es, la verdad, tan magnífico en su estructura como el famoso y antiguo templo de Salomón, pero que tampoco le cede en nada en cuanto al esplendor de su gloria. Porque toda la magnificencia del primero consistía únicamente en la materia corruptible del oro y la plata con que estaba enriquecido, en las perfectamente encuadradas piedras y en la diversidad de las maderas con que estaba fabricado. Pero la gran piedad y el excelente modo de vida de los que habitan éste conforman todo su ornamento. Aquél era admirable por la variedad de sus colores, éste es venerable por las muchas virtudes y acciones santas que se practican en él. También la santidad es el verdadero ornamento de la casa de Dios, que no se complace tanto de pulidos mármoles como de las buenas costumbres y prefiera las almas puras mucho más que las paredes doradas. Toda la fachada de este templo está adornada de armas, no de piedras preciosas. En lo relativo a las coronas de oro con las que estaban cubiertos los muros del antiguo, lo de éste están cargados de escudos que cuelgan de todas partes. Y la casa está provista de buenos arneses, de protecciones para caballos, de frenos y de lanzas, en lugar de los candelabros, incensarios y copas litúrgicas. Todas estas cosas hacen ver claramente que nuestros caballeros están animados del mismo celo por la casa de Dios que manifestó en otro tiempo el gran Capitán de los ejércitos cuando, encolerizado y con la mano armada de hierro, sino de un azote hecho de cuerdas, entró en el templo y echó del a los vendedores de palomas, juzgando que era una cosa enteramente indigna el profanar la casa de la oración con esta clase de negocios y tráficos temporales. Así, nuestros piadosos caballeros, animados por este ejemplo de su Rey y viendo que los lugares santos eran manchados por los infieles de una manera más indigna e intolerable que por los antiguos mercaderes del templo, vinieron a establecerse en la casa de la santidad con sus caballos y armas. Y, después de haber expulsado de esta morada y de los demás santos lugares toda la inmunda y tiránica prepotencia de los infieles, desempeñan día y noche en este mismo lugar ocupaciones útiles y honestas. Honran con una santa emulación el templo de Dios por los servicios que aquí hacen asiduamente y con sinceridad de corazón, sacrificando todos los días con una devoción constante no la carne de las bestias, a la manera de los antiguos judíos, sino las víctimas verdaderamente pacíficas de una caridad fraterna, de una devota obediencia, de una pobreza voluntaria.
10. Estas cosas que están sucediendo en Jerusalén animan al mundo entero. Las islas escuchan estas noticias, los pueblos más remotos las escuchan y hierven todos, desde oriente a occidente, como un torrente que inunda de gloria a las gentes, como un río que se desborda y que alegra la ciudad de Dios. Pero lo más agradable y lo más útil es que entre esa gran multitud de personas que vienen a este lugar veréis muy pocos que no sean malhechores, impíos, ladrones, sacrílegos, homicidas, perjuros o adúlteros. De manera que, así como su viaje produce un doble bien, igualmente resulta de él una doble alegría, pues se regocijan por su partida los del país de donde salen y por su llegada estos a los que vienen a socorrer. Así, son de utilidad a los unos y a los otros; a éstos, presentándose para defenderlos, y a aquellos, cesando en su opresión. Por una parte, Egipto se llena de alegría por su partida; por otra, Sión y las hijas de Judá se llenan de gozo por la protección que reciben en su llegada. Egipto presume de estar libre de sus manos y Sion se ve más segura por la fuerza de su brazo. Aquél pierde con agrado a los que le robaban con crueldad y esta recibe alegre a los que vienen a defenderla con fidelidad, siendo la misma causa de la desolación saludable de Egipto y del dulce consuelo de Jerusalén. Así sabe Cristo vengarse perfectamente de sus enemigos; así suele triunfar no sólo de ellos mismos, sino por ellos mismos, tanto más gloriosamente cuanto lo hace más poderosamente. En lo cual no se encuentra menos placer que provecho, pues comienza a tener por protectores a los mismos que por tanto tiempo le habían sido opuestos y hace un fiel soldado de su propio enemigo, como en otro tiempo hizo de un Saulo perseguidor un Pablo predicador. Por eso no me asombro de que, según la expresión del Salvador, la corte celestial manifieste más alegría por la conversión de un pecador que hace penitencia que por la perseverancia de muchos justos que no tienen necesidad de ella. Porque la conversión de un pecador y de un impío es para muchos más ventajosa que nociva la mala vida que llevaban antes.
11. Salve, pues, ciudad santa que el Hijo del Altísimo santificó para morada suya con el fin de obrar en ti la salvación de todas las naciones de la tierra. Salve, ciudad del gran Rey, en la que se manifestaron al mundo tan nuevos y tan agradables prodigios en todos los tiempos desde su principio. Salve, soberana de las naciones, princesa de las provincias, posesión de los patriarcas, madre de los profetas y los apóstoles, origen de la fe, gloria y honor de todo el pueblo cristiano. Dios permitió que fueras fácilmente combatida a fin de que tú misma fueras para nuestros valientes guerreros ocasión de salvación, como también de esfuerzo y valor. Salve, tierra de promisión que, habiendo en otro tiempo manado leche y miel en beneficio de tus primeros habitantes, presentas ahora a todos los pueblos del universo los alimentos de la vida, los remedios de la salvación. Tierra, vuelvo a decir, buena y excelentísima que, recibiendo en tu seno fecundo el grano celestial del arca del corazón paterno, produjiste de esta divina simiente un número crecido de santos mártires; que, como un terrón más fértil que todas las tierras, aún produjiste el treinta, sesenta y hasta el ciento por uno en todos los estados de la vida cristiana. Por tanto, plenamente saciados y abundantemente nutridos de la riqueza de tu dulzura, todos los que te vieron proclaman por todo el mundo el recuerdo de tus abundantes fragancias que van a hablar, por los confines de la tierra, a cuantos no te han visto, y pregonar la magnificencia de tu gloria y de las maravillas que se hacen en tí. ¡Qué pregón tan hermoso para ti, ciudad de Dios!. Pero ahora digamos nosotros también alguna cosa de estas grandes delicias de que gozas en honor y gloria de tu nombre.