utfidelesinveniatur

lunes, 30 de octubre de 2017

JUANA TABOR 666. HUGO WAST


MUERTE DE S. S. PIO XII

CAPÍTULO VIII
La Fuga de los Últimos Novicios
Cuando uno miraba al hermano Pánfilo se decía: “Ya lo he visto otra vez”, aunque no lo hubiera visto nunca.
Porque aquel cráneo pelado, aquellas mejillas descarnadas y cetrinas, aquellos ojos sonámbulos que fosforecían entre las cejas hirsutas como dos luciérnagas enredadas en un matorral, los labios apretados y exangües, el haz de tendones de su pescuezo, las manos extáticas, la barba cenicienta nunca bien rasurada, y la cogulla y las sandalias, eran cosas muy vistas en algún famoso cuadro de Zurbarán o de Ribera;
y uno, al hallarse con el lego de cuerpo presente, se creía delante de un viejo conocido.
Había ingresado de monago para ayudar a la misa de los frailes cuando tenía diez años, y hacía ya sesenta que vivía en el convento absorto en sus modestísimos quehaceres, que cada día le pesaban más por ser menos los que le ayudaban y más flacas sus fuerzas.
Cuando entró en el año 1920, huérfano de padre y madre y abandonado de sus parientes, propusiéronle estudiar la carrera eclesiástica; mas por modestia prefirió profesar de hermano lego.
Satisfechas sus ambiciones terrenas y puesta en el cielo su suprema esperanza, había sido enteramente feliz, de no tener ante los ojos la lenta agonía de la orden a la que amaba como a su propia madre.
Recordaba los tiempos en que él y otros cuatro o cinco motilones no daban abasto para ayudar a las misas de los quince o veinte sacerdotes de la comunidad, y tenían que llamar a los coristas, estudiantes de filosofía y aun de teología.
Llegó la hora satánica, y sobre la humanidad cayó una nube de cenizas estériles que sofocó la mayoría de las vocaciones religiosas. Treinta años, cuarenta años. Unos tras otros fueron cerrándose los conventos.
En 1978, cuando los espíritus fuertes celebraban el segundo centenario de la muerte de Voltaire —apoteosis que el desventurado presenció con macabra risa desde el fondo de la eternidad— tuvo lugar la fiesta en que los gregorianos consagraron siete sacerdotes.
Pues bien, de los siete no quedaba en 1990 más que uno, fray Simón de Samaria.
Los otros seis se habían hecho clérigos constitucionales —según se llamaba a los que salían de una orden para atender una parroquia por una pingüe mesada oficial— haciéndose la ilusión de servir a Dios al mismo tiempo que al Gobierno.
Atendían las parroquias que la persecución contra los sacerdotes seculares y las órdenes religiosas dejaba desiertas, oficiaban misas e impartían sacramentos, aunque la Santa Sede había censurado aquel culto, que se realizaba a espaldas de los obispos, y había excomulgado a los sacerdotes constitucionales.
Ahora el hermano Pánfilo, echando las cuentas, no hallaba en su convento más que dos frailes de misa y cuatro coristas próximos a ordenarse, amén de una media docena de sirvientes, de los cuales sólo dos eran legos profesos.
El hermano Pánfilo quería a sus cuatro coristas como a hijos, los mimaba en cuanto la severa regla se lo permitía y hacía la vista gorda a sus pequeñas infracciones.
¡Con qué impaciencia aguardaba el día de la ordenación, que los ataría para siempre a la Iglesia!
El hermano Pánfilo pasaba largas horas rezando ante el Santísimo para que no permitiera la extinción de su orden, pero el Señor, en sus inescrutables designios, no parecía dispuesto a escucharlo.
Una noche se levantó a las once y media como de costumbre, y fue al rincón de la campana con que despertaba a la comunidad.
No la halló. El resplandor del cielo alumbraba muy bien el sitio, permitiéndole ver en el techo el agujero por donde antes pasaba la cuerda. Al anochecer del día anterior él mismo había tañido esa campana, dando al convento la señal de reposo. Si la cuerda se hubiera cortado sola, la encontraría allí, sobre los ladrillos de la galería enroscada como una víbora.
Al no ver señales de ella, presumió que uno de los motilones, por jugarle una mala pasada, la hubiera cercenado y llevándosela. No valía la pena perder tiempo buscándola.
Comenzó, pues, a recorrer las celdas para llamar de viva voz a los coristas.
ELECCION DE JUAN XXIII
En la primera no tuvo que despertar a nadie: halló la puerta de par en par y ausente su dueño. La tabla del camastro estaba fría.
Mas dado que fray Palemón, el joven teólogo de la primera celda, era el mejor estudiante del convento y gustaba de levantarse antes de la hora para irse a la rica y silenciosa biblioteca a proseguir sus estudios, el hermano Pánfilo no se alarmó.
La segunda correspondía a fray Nilamón, el dormilón más intrépido que el sacristán hubiese conocido.
Casi siempre, después de haberlo llamado a la puerta, tenía que volver una o dos veces a sacudirlo por los hombros.
Esa vez, empero, no tuvo necesidad de despertarlo. También su celda estaba abierta y frío el camastro.
— ¡Santísima Virgen de Pompeya! —exclamó el lego, santiguándose—. ¿Qué significa esto?
En la tercera celda la misma historia, y en la cuarta no hay para qué decirlo.
Desesperado, recelando que los cuatro coristas hubiesen hecho lo que hicieron otros, que colgaron los hábitos y se largaron sin decir adiós, corrió a avisar del tristísimo asunto, no al superior, con quien no tenía tanta confianza, sino a fray
Plácido.
Descubrió entonces, arrimada a la pared que daba a la calle, una escalera de mano.
Se aproximó y divisó atada al último barrote la punta de la cuerda de su campana, colgando hacia una callejuela del profano mundo.
— ¡Por aquí se han largado! ¡Palemón, Filemón, Nilamón, Pantaleón! ¿Adónde vais, desventurados jóvenes?
Traspasado el corazón de pena, despertó a fray Plácido y le dio la amarga noticia.
El viejo examinó los rastros de los fugitivos y comprendió que no podía pensarse otra cosa. Encomendó al lego que lo dijera al superior y se encerró en su celda. Se desnudó, cogió las feroces disciplinas de tres cuerdecillas con bolitas de plomo en las puntas y las hizo zumbar sobre sus flacas espaldas de noventa años, para que Dios tuviera piedad de aquellos ilusos en quienes se cumplía la dolorida queja de Jehová:
“Dejáronme a mí, que soy fuente de agua viva, para cavar para sí cisternas rotas que no detienen las aguas.”
Acabó acezante la primera tanda de zurriagazos, descansó un par de minutos y reanudó la carnicería, esta vez a fin de que el Señor se apiadara de él mismo y de los que, investidos de autoridad, no habían sabido custodiar la viña que les confió la
Providencia: “Pusiéronme guarda de viñas; mi viña no guardé”, conforme al lamento de la Esposa en el Cantar de los cantares.
Terminó, besó las disciplinas ensangrentadas y las colgó detrás del postigo; se echó el hábito sobre las carnes molidas, y cuidando que ninguna gota de sangre manchara su blancura, ciñóse el cinturón de oro y fuese adonde lo aguardaba el desolado sacristán para ayudarle a celebrar misa. Se revistió con los sagrados ornamentos, y al aproximarse al altar vio el confesionario del superior bloqueado de penitentes, y entre ellos a Juana Tabor con su cinta roja en la frente.
¿Qué hacía de nuevo allí, pues no era católica? A lo menos fray Plácido no tenía noticias de su conversión, como antes la tuvo de sus primeros coloquios.
Dijo su misa, rogando por aquellos cuatro locos: Palemón, Filemón, Nilamón y Pantaleón, que más fatuos que el hijo del asno montés, habían abandonado el santo pesebre para correr al desierto.
Después de la acción de gracias pidió al sacristán que le avisara cuando Fray Simón se dispusiera a recibirle, se fue a su celda donde tenía un receptor de radio, y sintonizó la onda latina del Vaticano.
Ése era su único medio de información acerca de lo que sucedía en el mundo, ya que las otras emisoras solo transmitían en esperanto.
Escuchó un rato. Su imaginación se iba detrás de los fugitivos, siguiéndoles en el camino de la apostasía.
De repente se puso a atender las noticias. La humanidad parecía tocar los umbrales del Apocalipsis. El mundo era una inmensa marmita donde las brujas de Macbeth estaban cocinando la más espantosa mezcolanza de horrores.
En los últimos cuatro o cinco años las naciones habían hecho febriles preparativos para la próxima guerra, que a la menor chispa podía estallar y que sería no sólo universal —porque ni la fría Groenlandia ni la ardiente Liberia se salvarían de ella—sino la última guerra, que aniquilaría toda cultura, toda belleza y todo sentimiento.
Por eso las gentes vivían espiando los signos anunciadores de la definitiva catástrofe.
Esa noche dos noticias fijaron la atención de fray Plácido. Primeramente la Vaticana que dijo que el papa estaba enfermo. Era el Pastor Angélico.
Cualquier flaqueza en la salud de aquel anciano más que centenario tenía que alarmar a los fieles.
La vacancia de la silla pontificia presentábase llena de peligros, por la tendencia de los emperadores y reyes a inmiscuirse en la elección del sucesor.
La otra noticia que le alarmó fue la de que en el Cáucaso había aparecido un joven príncipe que se hacía pasar por descendiente de David y se decía destinado a restaurar el templo y el trono de Israel.
Ya no era uno de tantos impostores como en los veinte siglos del cristianismo han explotado la credulidad del pueblo, desde Bar-Kosibá hasta Sabbatai-Ceví.
El nuevo Mesías presentábase con caracteres tan extraordinarios de inteligencia y de hermosura que en pocos años había soliviantado regiones enteras del Asia.
Realizaba curaciones portentosas, resucitaba muertos, hablaba a aquellas poblaciones primitivas en su idioma local y les prometía el paraíso en la tierra si lo adoraban.
Millares y millares de hombres y mujeres aguardaban días y meses de rodillas al borde de los caminos, esperándole.
Fray Plácido, vencido por la fatiga y el sueño, se durmió en su sillón de vaqueta.
A eso de las cuatro de la mañana, según la hora antigua, el hermano Pánfilo le avisó que el superior se encontraba ya en su celda.
Era el mes de tischri. En las alquerías de la campaña cantaban los gallos al alba fresca que venía salpicando de diamantes las arboledas y los sembrados.
Fray Plácido golpeó con los nudillos la secular puerta de algarrobo, que armonizaba con las gruesas paredes de adobe y la pesada estructura del convento.
Nadie le contestó. Golpeó más fuerte y aguardó unos instantes. Bien distraído debía de hallarse el de adentro para no sentir aquel llamado.
Por la memoria del viejo pasó el amoroso reproche del Señor: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo.”
Pero ¿cómo podía escuchar ningún llamado aquel para quien todos los rumores del mundo, aun la voz de la conciencia, se apagaban bajo la pequeñísima voz de su radio que le hablaba a él solo? Fray Simón de Samaria había introducido en la ranura del aparato un film rojo, y escuchaba el alado mensaje.
Dos días antes había estado en la quinta de Martínez y comentado con Juana Tabor el capítulo XXI del Evangelio de San Juan, donde el Señor pregunta a su discípulo: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”, y él responde: “Señor, vos sabéis que yo os amo.”
Al atardecer de ese mismo día un mensajero trajo al superior no un film sino una carta que olía a rosas de Estambul, con esta sola pregunta: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”
Era la letra de Juana Tabor, firme y exótica tal como ella. En ese tiempo, personas de su posición ni leían ni escribían, pero ella era instruida y amaba el estudio y los libros.
Fray Simón sintió como un vahído. Aquella impetuosa pregunta exigía respuesta inmediata.
El mensajero aguardaba a la puerta, en su avión marcado con el emblema de Juana Tabor sobre la cifra de moda: 666.
Fray Simón se fue a su celda y en el mismo papel, abajo de la pregunta, escribió nervioso esta palabra:
“El hijo de Juan respondió: ‘Señor, tú sabes que sí te amo.’ En cambio yo no respondo nada. Pero sí yo le respondo: Si usted intentara hacerse católica, no por el solo amor de Dios, sino por otro amor, yo la despreciaría.”
UN ASPECTO DEL CONCILIO VATICANO II
Al ir a cerrar el sobre se detuvo, y lentamente agregó estas líneas para endulzar la dureza de la contestación: “Si usted no ha comprendido mis palabras, jamás comprenderá mi angustia.”
Ensobró de nuevo el papel y fue en persona a entregarlo al mensajero.
Ignorando qué impresión habría producido su respuesta, pasó el día siguiente en una cruel incertidumbre.
Dos o tres veces se encontró con los cuatro coristas que andaban desazonados y ansiosos de hablarle, pero no los atendió. Su pobre corazón lo torturaba. Ya se encogía al temor de algo que podría sobrevenir; ya se dilataba con una esperanza loca sin nombre, sin definición, sin substancia.
Quiso rezar y pasó una hora ante el Santísimo. Pero su imaginación voló hasta la arboleda de la antigua quinta de los jesuitas.
Se encerró después en su celda y escribió en su diario:
“Me siento más unido a esta alma en las cosas religiosas que al alma de muchos católicos cuya intransigencia me repugna ¡Cómo asimila ella las lecciones del Evangelio! Y sin embargo, ni siquiera es bautizada.
“Ayer le he hecho llegar una palabra de la que casi me arrepiento. Pero no podía ser de otro modo.
“¡Oh, mujer misteriosa y milagrosa, de quien está escrito que mi mano te bautizará! Vuelvo a pensar que nuestra amistad es un milagro que muestra la desaparición de los afectos impuros.
“Tengo la conciencia de que llevo conmigo un principio suficiente para vivificar razas enteras, para transformar la Iglesia y la humanidad. ¡Todas las energías de una Iglesia nueva! La renovación del viejo catolicismo existe ya en este germen.”
Esa misma noche, mientras él escribía eso, colgaron sus hábitos los cuatro últimos coristas gregorianos; y cuando al alba, después de una noche de abrumadoras visiones, en vez de leer su breviario se puso a hojear un libro que ella le diera, halló adentro un film.
Puso la pequeña lámina de baquelita en la ranura de su radio y escuchó la voz que acallaba todas las voces de la tierra y del cielo. Decíale así:
“El otro día, cuando usted almorzó conmigo, hablamos de una profecía de un monje del siglo XII, Joaquín Flora, que anunciaba tres Iglesias. La primera, la de San Pedro o de la Autoridad (Edad Media). La segunda, la de San Pablo o de la Libertad (Reforma). La tercera, la de San Juan o de la Caridad (los últimos tiempos).
Yo pienso que el apóstol de la Iglesia de San Juan será usted. Acuérdese de esta profecía que le hago: Usted será el próximo pontífice de la Iglesia Romana. Y usted realizará, por fin, la unión de las almas en la tierra. Eso es la Iglesia de Jesucristo.
“La Iglesia está en usted y en mí.”
Fray Simón detuvo un momento la máquina, ahogado por la emoción.
Luego la puso otra vez en movimiento y escuchó estas palabras exquisitas:
“El otro día, bajo los árboles de mi parque, hablábamos del nombre nuevo que será dado al vencedor según este pasaje del Apocalipsis: ‘Al que venciere le daré una piedrita blanca y en ella esculpido un nombre nuevo, que nadie lo sabe sino el que lo recibe.’ Y yo le dije a usted, padre mío y mi amigo: ‘He tenido la idea de que yo todavía no he recibido mi verdadero nombre.’ Y usted me contestó: ‘Algún día yo la bautizaré y la llamaré Estrella de la Mañana.’ Y por ese espíritu de contradicción que a veces me mueve, le repliqué: ‘Si me bautizara, perdería el derecho de usar mi cifra de platino (666) Nunca me bautizará.’ A lo que usted, que ha aprendido de ese viejo fray Plácido todos los profetas, me contestó con un versículo de uno de ellos, Oseas:
‘Yo la conduciré al desierto y le hablaré al corazón.’ “¡Bueno, sí! Condúzcame al desierto y hábleme al corazón; bautíceme y llámeme Estrella de la Mañana.
“Yo no sabía lo que era un amor virginal y cristiano antes de haber conocido su alma. Y ahora yo le pregunto si de veras piensa usted que algún día nuestras oraciones se elevarán perfectamente unidas en el templo de la naturaleza —donde yo rezo— o en el templo más santo de la Iglesia —donde reza usted—.”

Con esto cesó la voz. Fray Simón quedó como en éxtasis, y ése fue el momento del primer llamado de fray Plácido, que iba a conversarle sobre la fuga de los coristas, Sólo al tercer golpe lo oyó y lo hizo pasar.