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viernes, 11 de agosto de 2017

KAHAL ORO. HUGO WAS

                                                                 

Provincia de entre Rios, Argentina
En la Argentina se han creado colonias judías, copiosamente regadas por las subvenciones del Barón Hirsch. Entre Ríos, Corrientes, la Mesopotamia argentina, estuvo a punto de ser la nueva Mesopotamia judía. Pero al cabo de pocos años, el colono abandonó el arado, se transformó en comerciante, y dejó en su lugar, en la tierra desdeñada, a un italiano, a un español, que serian sus mejores clientes.
La colonización judía en la Argentina ha fracasado.
No en vano aconseja así el Talmud: "El que tiene 100 florines en el comercio, come carne y bebe vino todos los días; el que los tiene en la agricultura come pasto."
"El que quiera hacer agricultores de los judíos, dice Teodoro Herzl, comete un extraño error." (1)
"El instinto mismo de la propiedad, que, por otra parte resulta del apego a la tierra, no existe en los semitas, esos nómades que nunca han poseído el suelo y no quisieron poseerlo. De ahí sus tendencias comunistas innegables, desde la más remota antigüedad." (1)
La sola riqueza indiscutible para el judío es el oro, que seadhiere a su dueño y lo acompaña en sus avatares, y se puede guardar indefinidamente, esconder y transportar.
Mientras los otros pueblos manejaban la espada, el judío, arrinconado en el ghetto, aprendía los secretos del oro.
Y a medida que lo acaparaba, y a fin de aumentar su valor, sus financistas iban haciendo penetrar en las universidades y en los libros cristianos, una doctrina que les convenía, y que el mundo ha aceptado, como un dogma económico, pero de la cual se mofarán los siglos futuros: "No puede haber moneda sana, que no tenga por garantía el oro."
Fetichismo funesto, verdadera trampa judía.
Es imposible apoderarse de toda la riqueza de un país. Pero no tan difícil controlar sus negocios, para quien logra controlar su moneda.
La riqueza de una nación vale cien mil millones. ¿Quién posee cien mil millones para comprar una nación?
¡No es necesario! La moneda de esa nación no pasa de mil millones. El que se apodere de esos mil millones en dinero líquido, se habrá apoderado del país.
Pero tampoco es necesario. Esa moneda es papel, cuya garantía son quinientos millones en oro.
Bastaría adueñarse de ese oro, aunque se lo dejara dormir en las cajas de sus bancos, para dominar los negocios y poseer prácticamente la riqueza entera de la nación.
                                                              

Teodoro Herzl,
5. Una doctrina económica que es una trampa judaica.-"Se compra oro".-Esta crisis, vasta maniobra de los financistas judíos.-La crisis prepara la revolución.-El judío es revolucionario.-La Argentina lo atrae especialmente.-La apatía criolla.-Buenos Aires, futura Babilonia
La doctrina del oro, como súper moneda universal, conduce al súper reinado de Israel sobre el mundo.
Este es el sentido en que debe interpretarse el famoso manifiesto de Adolfo Crémieux, fundador de la Alianza Israelita Universal, que ya en 1860 se dirige a Moisés Montefiere y le dice: "…8°-No está lejano el día en que todas las riquezas de la tierra pertenezcan a los hebreos."
Ciertamente, no lograrán nunca apoderarse de todos los campos, de todas las fábricas, de todos los ferrocarriles, de todas las empresas cristianas; pero al apoderarse del oro, tendrán en sus manos todos los medios de pago de la humanidad, que se fundan en el oro.
Podrán provocar crisis y encender guerras y preparar por ellas la revolución mundial, que allanará el camino del Anticristo, su Mesías.
En el capítulo V de la segunda parte de esta novela, el banquero judío Blumen dice a los financistas consternados por la noticia de que un alquimista ha descubierto la manera: de producir oro artificial, al precio del jabón:
“Algún día la humanidad se asombrará de que haya habido una época en que ella misma se dejó encerrar en esta prisión israelita del prejuicio del oro. Hallará inconcebible una crisis, como la actual, en que el mundo, conservando y hasta aumentando sus fuerzas productoras, ha vivido pereciendo de miseria, por carecer de medios de pago, a causa de que el oro, del que nuestros sabios han sabido hacer la base de las monedas universales, ha sido retirado de la circulación, en grandes masas por nosotros mismos…”
Nunca había el mundo presenciado la avidez por el oro, que actualmente se observa. En todas las calles de esta ciudad y en todas las ciudades de la República y del mundo han aparecido sugestivos letreros: "Se compra oro" "Compramos oro". "Oro, oro, oro, pagamos el mejor precio."
No es una simple casualidad: es el indicio claro de una política no menos clara, aunque se dirige desde la sombra: la política del Kahal, que por un lado incita a los judíos a acaparar el oro, y por el otro difunde en libros, periódicos y universidades la doctrina económica que ha dado al metal amarillo un privilegio insensato.
Con el andar del tiempo se verá que esta crisis ha sido una vasta maniobra de financistas, para quienes los mejores semilleros de negocios son las crisis y las guerras.
Esta crisis prepara la guerra que acabará en una colosal revolución e introducirá el caos en las naciones. Del caos saldrá lo que el Talmud promete a Israel.
"El Mesías dará a los judíos el imperio del mundo al cual estarán sometidos todos los pueblos·" (Trat. Schabb f. 120 c.l.) ¿El Mesías? ¿Acaso los judíos esperan el advenimiento del Mesías? Es posible que algunos judíos, de ésos que todavía lloran al pie del muro de las lamentaciones en la Ciudad Santa, conserven la esperanza de un Mesías personal, que vendrá como un rey omnipotente a realizar las profecías.
Pero la inmensa mayoría, inclusive sus teólogos de más autoridad, han abandonado hace tiempo esa interpretación.
No creen en el Mesías, pero creen en la misión mesiánica Israel.
Y se apoyan en las palabras de Moisés, en la última asamblea general de su nación (Deuter. XXX, 1-9), donde, a manera de un testamento, predice la futura grandeza del pueblo escogido.
"En esta profecía-observa el gran rabino y teó1ogo" Weill- no hay ninguna mención directa, ni indirecta, de un Mesías personal. .. Ningún vestigio de un rey, príncipe e personaje cualquiera, encargado de esta misión reparadora, Moisés no conoce o al menos no anuncia al Mesías personal. Predice una regeneración, un renacimiento nacional… Este mesianismo se resume en una restauración moral y religiosa." (1)
Tan restringida interpretación de las profecías, concuerda muy bien con la religiosidad judía, deísmo vago o inanimado, pequeño par de alas de su nacionalismo pesado, vigoroso y materialista.
El judío encuentra insustancial la esperanza del cielo. No sabe ni quiere saber de las cosas del otro mundo. Cree en el paraíso terrenal.
No siempre es ateo, pero siempre es anticristiano.
"Habría que examinar, dice B. Lazare, cuál ha sido la contribución del espíritu judío al terrible anticlericalismo del siglo XVIII." (2)
Sabido es que de ese anticlerica1ismo brotó el liberalismo del siglo XIX, pesado Mar Muerto en cuyas aguas plúmbeas ninguna vida espiritual subsiste, filosofía taimada, que encendió las luchas religiosas y políticas de aquel siglo, y atiza la guerra social del presente.
Dejemos otra vez la palabra al autor de L' Antisemitisme. “En la historia del liberalismo moderno en Alemania, en Austria, en Francia, en Italia el judío ha desempeñado un gran papel” "El liberalismo ha marchado a la par del anticlericalismo.
El judío ha sido ciertamente anticlerical; él ha provocado el Kulturkampt, en Alemania: él ha aprobado las leyes Ferry en Francia. Es justo decir que los judíos liberales han descristianizado, o a lo menos han sido los aliados de los que fomentaban esta descristianización, y para los antisemitas conservadores, descristianizar es desnacionalizar." (1)
Recojamos esta preciosa confesión: el judío es un poderoso factor antinacional.
Por el apego que tiene a sus tradiciones, por su espíritu de economía, por su admirable patriotismo, se nos presenta como un tenaz conservador.
Y lo es, pero conservador de sus propias instituciones. Sumergido en un ambiente cristiano, resulta insocial, inasimilable y revolucionario.
Citemos otro testimonio insospechable.
Oigamos de nuevo a Teodoro Herzl, en una estupenda confesión: "Abajo nos volvemos revolucionarios proletarizándonos y constituimos los suboficiales de todos los partidos subversivos. Al mismo tiempo que se agranda arriba nuestra temible potencia financiera." (2)
"El judío tiene espíritu revolucionario; consciente o no, es un agente de revolución", dice B. Lazare. Y más adelante agrega esta observación: "El día en que el judío ocupó una función civil, el estado cristiano se puso en peligro… En ese gran movimiento que conduce cada pueblo a la armonía de los elementos que lo componen, los judíos son los refractarios, la nación de la dura cerviz." (3)
Palpita en las entrelíneas de estos escritores el orgullo de la raza, porque esa condición de revolucionario y de insociable que confiesan, es toda una definición: El judaísmo no es una nacionalidad, no es una religión, es un nacionalismo, mejor todavía, un imperialismo.
(1)        Th. Herzl: "L'Etat Juif", pág. 77.
(2)        (1) Kadmi Cohen: “Nómades”, p. 85.
(1) Lazare: "Op. cit,", t. II, p. 224.
(2) Th. Herzl: "L'Etat Juif", París, Librairie Lipschutz, 1926, pág. 84.
(3)        (3) Lazare: "Op. cit, t. II, pp. 182, 225, 269.
 Y esto es lo que sintieron dos mil años antes de Cristo los primeros antisemitas de la historia, los Faraones de Egipto, y después todos los pueblos de todos los siglos.
No podía nuestra joven patria ser una excepción, y ya tiene también su conflicto.
El judío argentino no es generalmente el personaje antipático, que han caricaturizado los escritores europeos.
Por de pronto no es mezquino. Nosotros conocemos otros pueblos que son característicamente cicateros y miserables.
El judío no. Cuando pobre, es económico hasta el heroísmo. Pero cuando rico es generoso y gran señor, como nadie.
No es áspero ni prepotente. Por el contrario, sus maneras son civiles y afables.
Nadie sonríe como él; nadie es complaciente como él.
Añádase que es dúctil, tenaz e inteligente, y suple con sagacidad y perseverancia las condiciones de fuerza o de genio que pueden faltarle.
Los argentinos no hemos inventado la cuestión judía. Existía fuera de aquí y mucho antes que nosotros. Ahora existe aquí, porque los judíos mismos la han planteado. Recordemos las palabras ya citadas de su gran apóstol Herzl: "Tenemos que hacer de la cuestión judía una cuestión mundial."
Debemos creer que la Argentina tiene para ellos una atracción especial. Y aun hubo un tiempo en que pensaron seria mente hacer de una porción del territorio argentino (tal vez la provincia de Entre Ríos o el norte de Santa Fe) la tierra prometida, donde se cumplirían las profecías de sus libros santos.
Les parecía fácil lograr de nuestro gobierno una cesión de territorio, que transformarían en nación independiente. Y hasta llegaban a creer que nos halagaría mucho su preferencia.
Esta no es una Suposición gratuita. He aquí las palabras del gran sionista ya citado, Teodoro Herzl: "La República Argentina tendría el mayor interés en eso demos parte de su territorio. La actual infiltración judía ha producido allí, es verdad, cierta inquietud. Sería, pues, necesario explicar a la República Argentina la diferencia esencial de la nueva emigración judía."
A la apatía criolla, que es una forma de la generosidad petrificada en el preámbulo de la Constitución, todavía no le inquieta la infiltración judía en nuestro comercio, en nuestra finanza, en nuestras leyes, en nuestra enseñanza, en nuestra política y en nuestro periodismo.
No le damos importancia al descanso del sábado, porque le llamamos sábado inglés.
No nos preocupa la multiplicación de esas escuelas misteriosas, en que se enseña a los niños argentinos, no solamente una lengua, sino un alfabeto extraño, que hace poco menos que imposible vigilar el espíritu de esa enseñanza palabras de Bernardo Lazare, cuyo testimonio es irrecusable: "El día en que el judío ocupó una función civil, el estado cristiano se puso en peligro."
Buenos Aires, cabeza enorme de una república de población escasa, palanca de dirección omnipotente de este país sin tradiciones, densamente extranjerizado, puede ser la Babilonia incomparable, la capital del futuro reino de Israel.
Ni Nueva York, ni Varsovia, podrían disputarle el honor de ser la cuna o la metrópoli del Anticristo.
Nuestros judíos no creen, seguramente, en el Mesías, pero sí en la misión mesiánica de Israel, que un día tendrá a todas las naciones a sus pies.
Nadie como el judío está armado para esta conquista universal, que no se realizará por la espada, sino por el oro, el arma de los tiempos modernos.
En muchos pueblos se está librando ya la gran batalla financiera, que primero conduce a la crisis, luego a la guerra y, finalmente, a la revolución.
El judío la fomenta, la dirige, la subvenciona y cuando ha hecho tabla rasa del estado cristiano, la sofoca y se instala en el Capitolio vacío, a gobernar bajo la inspiración del Kahal, precursor del Anticristo. La Revolución rusa es un ejemplo actual y completo.
Y ésta es la razón por la que en todos los pueblos, el grito contra el que se ha levantado constante y enérgicamente la voz de los Papas: “¡muera el judío!” haya querido ser sinónimo de "¡viva la Patria!"
Porque dos naciones no pueden coexistir en la misma nación.
Buenos Aires, 22 de abril de 1935.