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viernes, 26 de mayo de 2017

TRATADO DEL AMOR A DIOS




En los celos humanos, tememos que la cosa amada sea poseída por algún otro; pero el celo que tenemos por Dios hace que, al contrario, temamos, ante todo, no ser enteramente poseídos por Él Los celos humanos nos hacen temer no ser bastante amados; los celos cristianos nos infunden el temor de no amar bastante,

 

Aviso sobre la manera de conducirse en el santo celo

 

Siendo el celo como un ardor y vehemencia del amor, necesita ser sabiamente dirigido, pues de lo contrario violaría los términos de la modestia y de la discreción; no porque el divino amor, por vehemente que sea, pueda ser excesivo, ni en sí mismo ni en los movimientos e inclinaciones que imprime en los espíritus, sino porque, en la ejecución de sus proyectos, echa mano del entendimiento, ordenándole que busque los medios para el éxito, y de la audacia o de la cólera para vencer las dificultades, con lo cual acaece, con frecuencia, que el entendimiento propone y hace emprender caminos demasiado ásperos y violentos, y que la cólera o la audacia, una vez excitadas, no pudiendo contenerse en los limites que señala la razón, arrastran el corazón al desorden, de suerte que el celo, de esta manera, se ejerce indiscreta y desordenadamente, lo cual lo hace malo y reprensible. El celo emplea la ira contra el mal, pero le ordena siempre, con gran encarecimiento, que, al destruir la iniquidad y el pecado, salve, si puede, al pecador y al malo. Aquel buen padre de familia que nuestro Señor describe en el Evangelio, sabía bien que los siervos fogosos y violentos suelen ir más allá de las intenciones de su dueño, pues, al ofrecerse los suyos para ir a escardar, a fin de arrancar la cizaña: No - les dijo -porque no suceda que, arrancando la cizaña, arranquéis juntamente el trigo. Ciertamente, Teótimo la ira es un siervo que, por ser fuerte, animoso y muy emprendedor, realiza mucha labor; pero es tan ardiente, tan inquieto, tan irreflexivo e impetuoso, que no hace ningún bien sin que, ordinariamente, cause, al mismo tiempo, muchos males.

El amor propio nos engaña con frecuencia y nos alucina, poniendo en juego sus propias pasiones bajo el nombre de celo. El celo se ha servido alguna vez de la cólera, y ahora la cólera, en desquite, se sirve del nombre del celo, para encubrir su ignominioso desconcierto. Digo que se sirve del nombre del celo, porque no puede servirse del celo en sí mismo, por ser propio de todas las virtudes, sobre todo de la caridad, de la cual depende el celo, el ser tan buenas, que nadie puede abusar de ellas.

Pero hay personas que creen que es imposible tener mucho celo sin montar fuertemente en cólera, y que nada se puede arreglar sin echarlo a perder todo; siendo así que, por el contrario, el verdadero celo nunca se sirve de la cólera; porque, así como el hierro y el fuego no se aplican a los enfermos, sino cuando no queda otro recurso, de la misma manera el santo celo no echa mano de la cólera sino en los casos de necesidad extrema.

 

Que el ejemplo de muchos santos, los cuales, según parece, ejercitaron el celo con cólera, en nada contradice lo dicho en el capítulo precedente

 

Un día en que nuestro Señor pasaba por Samaria, envió a buscar alojamiento en una ciudad; pero sus habitantes, al saber que nuestro Señor era judío de nación y que iba a Jerusalén, no quisieron admitirle. Viendo esto sus discípulos, Santiago y Juan, dijeron: ¿Quieres que mandemos que llueva fuego del cielo y los devore? Pero Jesús, vuelto a ellos, les respondió, diciendo: No sabéis a qué espíritu pertenecéis, El Hijo del hombre no ha venido para perder hombres, sino para salvarlos 41. Santiago y Juan, que querían imitar a Elías haciendo caer fuego del cielo sobre los hombres, fueron reprendidos por nuestro Señor, el cual les dio a entender que su espíritu y su celo eran dulces, mansos y bondadosos, y que no empleaba la indignación y la cólera sino muy raras veces, cuando no había esperanza de poder sacar provecho de otra manera. Santo Tomás, aquel gran astro de la Teología, estaba enfermo de la enfermedad de que murió, en el monasterio de Fosanova, de la orden del Cister, cuando he aquí que los religiosos le pidieron que les hiciese una breve exposición del sagrado Cantar de los Cantares, a imitación de San Bernardo.

Respondióles el Santo: Mis queridos padres, dadme el espíritu de San Bernardo e interpretaré este divino cántico como San Bernardo. Asimismo, si a nosotros, pobres cristianos, miserables, imperfectos y débiles, nos dicen: Ayudaos de la ira y de la indignación en vuestro celo, como Finées, Elías, Matatías, San Pedro y San Pablo, hemos de responder: Dadnos el espíritu de perfección y de puro celo, juntamente con la luz interior de estos grandes santos, y nos llenaremos de ira como ellos. No es patrimonio de todos saber encolerizarse cuándo conviene y cómo conviene.

Estos grandes santos estaban directamente Inspirados por Dios, y, por lo tanto, podían, sin peligro, echar mano de la cólera; porque el mismo espíritu que provocaba en ellos estas explosiones, sostenía las riendas de su justo enojo, para que no fuera más allá de los límites que de antemano le había señalado. Una ira que está inspirada o excitada por el Espíritu Santo no es ya la ira del hombre, y es precisamente la ira del hombre la que hay que evitar, pues, como dice el glorioso Santiago, no obra la justicia de Dios 4", Y, de hecho, cuando estos grandes siervos de Dios se servían de la cólera, lo hacían en ocasiones tan solemnes y por crímenes tan atroces, que no corrían ningún peligro de que la pena excediese, a la culpa,  

Ciertamente, ninguno de nosotros es San Pablo para saber hacer las cosas a propósito. Pero los espíritus agrios, mal humorados, presuntuosos y malicientes, al dejarse llevar de sus inclinaciones, de su humor, de sus aversiones y de su Jactancia, quieren cubrir su injusticia con la capa del celo, y cada uno, bajo el nombre de fuego sagrado, se deja abrasar por sus propias pasiones, El celo por la salvación de las almas hace desear las prelacías, dice el ambicioso; hace correr de acá para allá al monje destinado al coro, dice este espíritu inquieto; es causa de rudas censuras y murmuraciones contra los prelados de la Iglesia y contra los príncipes temporales, dice el arrogante. No hablan estos sino de celo, mas no aparece tal celo, sino tan sólo la maledicencia, la cólera, el odio, la envidia y la, ligereza de espíritu y de lengua.

Se puede practicar el celo de tres maneras: primeramente, realizando grandes actos de justicia, para rechazar el mal; pero esto sólo corresponde a aquellos que, por razón de su oficio, están autorizados para corregir, censurar y reprender públicamente, en calidad de superiores, corno los príncipes, los magistrados, los prelados y los predica lores; mas, por ser este papel respetable, todos quieren desempeñarlo y entrometerse en él. En segundo lugar, se ejercita el celo practicando grandes actos de virtud, para dar buen ejemplo, sugiriendo los remedios contra el mal, exhortando a emplearlos, obrando el bien contrario al mal que se quiere exterminar, lo cual incumbe a todos, si bien son pocos los que lo quieren practicar, Finalmente, se practica el celo de una manera muy excelente padeciendo y sufriendo mucho para impedir y alejar el mal, y casi nadie quiere practicar esta clase de celo.

En verdad, el celo de nuestro Señor se puso principalmente de manifiesto en la muerte de cruz, para destruir la muerte y el pecado de los hombres, en lo cual fue excelentemente imitado por aquel admirable vaso de elección 43 Y de dilección, según lo expresa con palabras de oro el gran San Gregario Nacianceno; porque, hablando de este santo apóstol, dice: "Combate por todos, derrama sus preces por todos, es apasionado de celo por todos, está abrasado por todos y se atreve a mis que todo esto por sus hermanos según la carne, pues llega hasta desear, por caridad, ser apartada, por ellos, de Jesucristo 44.

iOh excelencia de un valor y de un fervor de espíritu increíble! imita a Jesucristo, que se hizo, por nosotros, objeto de maldición 45, cargó con nuestras dolencias y tomó sobre Sí nuestras enfermedades 46; o, mejor dicho, fue el primero, después del Salvador, que no rehusó sufrir y ser reputada por impío por nuestra causa."

El verdadero celo es hijo de la caridad, porque es el ardor de la misma; por esta causa, es, como ella, paciente y benigno, sin turbación, sin altercado, sin odio, sin envidia, y se regocija en la verdad 47.

 N. B. Este articulo es muy importante leerlo porque nos muestra lo mala que es la ira sino esta presidida del celo divino. Dice san pablo: "La ira no obra la justicia de Dios" porque tiene mucho de lo nuestro y nada de Dios.