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sábado, 4 de marzo de 2017

TRATADO DEL AMOR A DIOS LIBRO NOVENO



Cómo la voluntad, una vez muerta a sí misma, vive puramente en la voluntad de Dios.

No dejamos de hablar con propiedad, cuando, en nuestro lenguaje, llamamos tránsito a la muerte de los hombres, significando con ello que la muerte no es más que un paso de una vida a otra, y que el morir no es sino atravesar los límites de esta vida mortal para ir a la inmortal. Ciertamente, nuestra voluntad, como nuestro espíritu, nunca puede morir; pero, a veces, va más allá de los confines de su vida ordinaria, para vivir toda en la voluntad divina, y es entonces cuando ni puede ni quiere querer cosa alguna, sino que se entrega totalmente y sin reservas al beneplácito de la divina Providencia, confundiéndose de tal manera con este divino beneplácito que ya no aparece más, sino que está toda oculta, con Jesucristo, en Dios, donde vive, aunque no ella, sino la voluntad de Dios en ella.
La suma perfección de nuestra voluntad consiste en que esté tan unida con la del soberano Bien como la de aquel santo que decía: “Oh Señor, me habéis conducido y guiado hacia vuestra voluntad”; qué quiere decir que no habrá hecho uso de su voluntad para conducirse a sí mismo, sino Simplemente se había dejado guiar y llevar por la de Dios.
Del ejercicio más excelente que podemos practicar en medio de las penas interiores y exteriores de esta vida, mediante la indiferencia y la muerte de nuestra voluntad.
Bendecir a Dios y darle las gracias por todos los acontecimientos, que su Providencia ordena, es, en verdad, una ocupación muy santa; pero, cuando dejamos a Dios el cuidado de querer y de hacer lo que le plazca en nosotros, sobre nosotros y de nosotros, sin atender a lo que ocurre, aunque lo sintamos mucho, procurando desviar nuestro corazón y aplicar nuestra atención a la bondad y a la dulzura divina, bendiciéndolas, no en sus efectos ni en los acontecimientos que ordenan, sino en sí mismas y en su propia excelencia, entonces hacemos, sin duda, un ejercicio mucho más eminente.
Mis ojos están siempre fijos en el Señor, porque Él ha de sacar mis pies del lazo. ¿Has caído en las redes de las adversidades? No mires tu desventura ni las redes en las cuales estás prendido; mira a Dios, y déjale hacer, y Él tendrá cuidado de ti. Arroja en el seno del Señor tus ansiedades, y Él te sustentará. ¿Por qué te entrometes en querer o no querer los acontecimientos y los accidentes del mundo, pues no sabes lo que debes querer, y sabiendo que Dios siempre querrá por ti todo cuanto tú puedas querer, sin que tengas que vivir con cuidado? Atiende, pues, con sosiego de espíritu a los efectos del beneplácito divino, y que te baste su querer, pues siempre es bueno. Así lo ordenó Él a Santa Catalina de Sena: Piensa en Mí -le dijo - y Yo pensaré en ti.
Es muy difícil expresar bien esta indiferencia de la voluntad humana, así reducida y muerta en la voluntad de Dios; porque no hay que decir, al parecer, que ella presta su aquiescencia a la voluntad divina, pues la aquiescencia es un acto del alma que manifiesta su consentimiento. Tampoco hay que decir que la acepta y la recibe, porque el aceptar y el recibir son ciertas acciones, que en alguna manera se pueden llamar pasivas, por las cuales abrazamos y tomamos lo que nos acontece. Asimismo no hay que decir que permite, porque la permisión es un acto de la voluntad, una especie de querer ocioso, que, verdaderamente, nada quiere hacer, aunque quiere dejar hacer. Me parece, pues, mejor decir que el alma que está en esta indiferencia y que, en lugar de querer cosa alguna, deja a Dios querer lo que le plazca, mantiene su voluntad en una simple y general espera, porque esperar no es hacer u obrar, sino estar dispuesto a cualquier acontecimiento. Y, sí reparáis en ello, veréis que esta espera del alma es verdaderamente voluntaria, y, sin embargo, no es una acción, sino una simple disposición para recibir lo que acaeciere; y, cuando los acontecimientos han llegado y han sido aceptados, la espera queda transformada en un consentimiento o aquiescencia; pero, antes de que ocurran, el alma permanece en una simple espera, indiferente a todo lo que a la divina voluntad pluguiere ordenar.
Nuestro Señor expresa así la extrema sumisión de la voluntad humana a la de su Padre eterno: El Señor Dios -dice- me abrió los oídos, es decir, me dio a conocer su beneplácito acerca de la multitud de trabajos que debo padecer; y Yo -prosigue- no me resistí no me volví atrás 17.
¿Qué quiere decir: y Yo no me resistí, no me volví atrás, sino: mi voluntad permanece en una simple espera y dispuesta a todo lo que Dios ordene, por lo cual entrego mis espaldas a los que me azotarán y mis mejillas a tea que mesarán mi barba preparado para todo cuanto quieran hacer de Mi? Mas te ruego, Teótimo, que consideres que, así como nuestro Salvador, después de la oración resignada que hizo en el huerto de los Olivos, y después de su prendimiento; se dejó atar y conducir según el capricho de los que le crucificaron, con un admirable abandono en sus manos de su cuerpo y de Su vida, del mismo modo puso su alma y su voluntad, por una indiferencia perfectísima, en manos de su Padre eterno; porque, aunque dijo: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?, habló así para darnos a conocer las verdaderas amarguras y penas de su alma, mas no para oponerse a la santa indiferencia, en la cual estaba, como lo demostró enseguida, cerrando toda su vida y su pasión con estas palabras: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.

Del ejercicio más excelente que podemos practicar en medio de las penas interiores y exteriores de esta vida, mediante la indiferencia y la muerte de nuestra voluntad

Bendecir a Dios y darle las gracias por todos los acontecimientos, que su Providencia ordena, es, en verdad, una ocupación muy santa; pero, cuando dejamos a Dios el cuidado de querer y de hacer lo que le plazca en nosotros, sobre nosotros y de nosotros, sin atender a lo Que ocurre, aunque lo sintamos mucho, procurando desviar nuestro corazón y aplicar nuestra atención a la bondad y a la dulzura divina, bendicíéndolas, no en sus efectos ni en los acontecimientos que ordenan, sino en sí mismas y en su propia excelencia, entonces hacemos, sin duda, un ejercicio mucho más eminente.
Mis ojos estarán siempre fijos en el Señor, porque Él ha de sacar mis pies del lazo. ¿Has caído en las redes de las adversidades? No mires tu desventura ni las redes en las cuales estás prendido; mira a Dios, y déjale hacer, y Él tendrá cuidado de ti. Arroja en el seno del Señor tus ansiedades, y Él te sustentará. ¿Por qué te entro metes en Querer o no querer los acontecimientos y los accidentes del mundo, pues no sabes lo que debes querer, y sabiendo que Dios siempre querrá por ti todo cuanto tú puedas querer, sin que tengas que vivir con cuidado? Atiende, pues, con sosiego de espíritu a los efectos del beneplácito divino, y que te baste su querer, pues siempre es bueno. Así lo ordenó Él a Santa Catalina de Sena: Piensa en Mí -le dijo - y Yo pensaré en ti. Es muy difícil expresar bien esta indiferencia “por lo cual entregó mis espaldas y mis mejillas a los que mesaban mi barba” por lo cual entrego mis espaldas a los que me azotarán y mis mejillas a lo; que mesarán mi barba” o preparado para todo cuanto quieran hacer de Mí. Mas te ruego, Teótimo, que consideres que, así como nuestro Salvador, después de la oración resignada que hizo en el huerto de los Olivos, y después de su prendimiento, se dejó atar y conducir según el capricho de los que le crucificaron, con un admirable abandono en sus manos de su cuerpo y de Su vida, del mismo modo puso su alma y su voluntad, por una indiferencia perfectísima, en manos de su Padre eterno; porque, aunque dijo: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?, habló así para darnos a conocer las verdaderas amarguras y penas de su alma, mas no para oponerse a la santa indiferencia, en la cual estaba, como lo demostró enseguida, cerrando toda su vida y su pasión con estas palabras: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.