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domingo, 12 de febrero de 2017

Padre Luis de La Palma




La Pasión del Señor

Estimados lectores con mucha pena dejaremos de subir los artículos del ITE MISA EST., porque el autor de estos artículos, por causas de fuerza mayor ya no podrá seguir con sus artículos. No puedo ocultar la emoción que estos me ocasionaron y el fruto que produjo en todas vuestras almas y eso sea para mayor gloria de Dios Nuestro Señor Jesucristo. No me pareció dejar ese lugar vacio y, después de tanto cavilar, pensé en poner en su lugar, cuando menos hasta semana Santa, LA PASION DE NUESTRO Señor JESUCRISTO escrita por el Padre Luis de la Palma místico español de los tiempos de fray Luis de Granada. La diferencia entre los dos, al tratar sobre este tema, es que el Padre la Palma es un místico realista porque sin perder su sentido místico nos narra la pasión tal y como la haya visto uno de nosotros. Hace Mucho tiempo, quien esto escribe, la leí y quede muy reconfortado con el hermosos y a la vez trágico de la pasión de nuestro divino Salvador, quiera Dios surta el mismo efecto en sus almas y ya para despedirme de esta pequeña introducción, solo quisiera afirmar que solo saldrá los domingos hasta semana Santa después si les gusto seguiremos subiendo sus artículos al blog, pero como condición es si fue de vuestro agrado. Arturo Vargas Meza Pbro.

PREÁMBULO

DESPUÉS DE LA RESURRECCIÓN DE LÁZARO

La Pasión y Muerte con que nuestro Rey y Salvador Jesucristo dio fin a su vida y predicación en el mundo es la cosa más alta y divina que ha sucedido jamás desde la creación. Vivió, padeció y murió para redimir a los hombres de sus pecados y darles la gracia y la salvación eterna. Por cualquier parte que se mire es así, por parte de la persona que padece o mirando la razón por la que sufre es tan grande el misterio que nada igual puede ya suceder hasta el fin del mundo.
Para mayor claridad, me parece conveniente exponer antes de un modo breve el motivo por el que los pontífices y fariseos determinaron en consejo dar una muerte tan humillante a un Señor que, aunque no se quisiera ver lo demás, fue, innegable mente, un gran profeta y un gran bienhechor de su pueblo.
Fue tan evidente y se divulgó de tal modo el milagro de la resurrección de Lázaro, fue tanta su luz, que aquellos judíos acabaron por volverse ciegos del todo.
Aunque «muchos creyeron», otros, movidos, por la envidia, fueron a Jerusalén (Jn 11,46) para contar y murmurar de lo que en Betania había sucedido. Por este motivo «se reunieron los pontífices y fariseos en consejo», y decidieron poner fin a la actuación del Señor porque, de no hacerla así, «todos creerían en El», y los romanos podrían pensar que el pueblo se amotinaba y se rebelaba contra ellos y, en represalia, «destruirían el Templo y la ciudad».
Con este miedo, o quizá disimulando su envidia y su odio hacia Jesús con falsas razonas de interés público, no encontraron otro camino para atajar aquellos milagros que acabar con Él y, así, decidieron dar muerte al Salvador. El Espíritu Santo movió a Caifás, por respeto a su oficio y dignidad de sumo sacerdote, quien promulgó la resolución a que había llegado el Consejo: «Es conveniente que muera un hombre solo para que
no sea aniquilada toda la nación». «y este dictamen no lo dio él por cuenta propia, sino que, como era pontífice aquel año, profetizó que Cristo nuestro Señor había de morir por su pueblo; y no solamente por el pueblo judío, sino también por reunir a las ovejas que estaban disgregadas» (v. 51) y llamar a la fe a los que estaban destinados a ser «hijos de Dios». Desde este día estuvieron ya decididos a matarle; y como si fuera un enemigo público, hicieron un llamamiento general diciendo que «todos los que sepan dónde está lo digan, para que sea encarcelado» (v. 56) y se ejecute la sentencia.
Queda bien patente la maldad de estos llamados jueces, porque primero dieron la sentencia, y sólo después hicieron el proceso. Dieron la sentencia de muerte en este Consejo y el acusado estaba ausente, no le
tomaron declaración ni le oyeron en descargo del delito que se le imputaba; y es que solamente les movía la envidia por los milagros que el Señor hacía, y el miedo a perder su posición económica y su poder político y religioso.
Después, en el proceso, aunque hubo acusadores y testigos, y le preguntaron sobre «sus discípulos y su doctrina», todo fue un simulacro y una comedia: forzaron las cosas de tal modo que coincidieran con la sentencia tomada de antemano. Así suelen ser muchas veces nuestras decisiones: nacen de una intención torcida, y luego intentamos acomodar la razón para que    coincida con ella.           
Al saber el Salvador esta sentencia y el tipo de orden de encarcelamiento que los pontífices dieron contra Él para que cualquiera tuviera obligación de acusarle, «se escondió, por la parte cercana al desierto, en una Ciudad llamada Efrén, y allí se estuvo con los discípulos» (v. 54). Quiso dar tiempo a que llegara el día señalado por su Padre Eterno; con esto nos dio también ejemplo a nosotros de que es necesario prepararse antes de morir. Estos días el Salvador pensaría en su muerte, ya tan cercana para Él. SUS discípulos se entristecerían, y Él les hablaría del Cielo y les animaría a tener fe.
Llegó el día señalado, y el Señor salió del desierto y de Efrén hacia la Ciudad Santa, para padecer y morir en ella (Mt 20, 17). Y caminaba con tanta prisa y decisión que «llevaba a todos la delantera», de modo que los mismos discípulos «estaban admirados» de su comportamiento, porque ellos tenían miedo (Mt. 10, 32).
Durante el viaje reunió a los doce y, en privado y a solas, les hizo saber las injurias, la tortura y la muerte que le esperaban en Jerusalén.
Poco después escuchó la petición de la madre de los hijos de Zebedeo (Mt 20, 20), que pretendía para ellos los dos mejores puestos en el reino de Dios.
Siguieron caminando y, al llegar a Jericó, dio la vista a un Ciego que se lo pedía a gritos (Lc 18, 35). Entraron en la Ciudad y fue a hospedarse a casa de Zaqueo (Le 19, 2), invitándose Él mismo; se dio a conocer a aquel hombre que tanto deseaba conocerle y convidarle, y, con su presencia, «trajo la salvación a toda aquella casa», pues Zaqueo, pecador y jefe de publicanos, se convirtió. Al salir de Jericó le seguía mucha gente y, como de paso, sanó a otros dos Ciegos que desde el borde del camino, al oír que pasaba, le suplicaban a gritos que se compadeciese de ellos (Mt 20, 29). Mientras iba a padecer y a morir, por cualquier lugar donde pasara hacía favores, se compadecía de todos, dejaba señales y huellas de quien era.
Terminado su viaje, llegó a Betania «seis días antes de la Pascua» (Jn 12, 1). El Señor solía hospedarse habitualmente en este pueblo, donde tenía muchos conocidos y amigos; por otra parte, como era tan reciente el milagro de la resurrección de Lázaro, todos deseaban convidarle y agradecérselo; pero era sábado.

DEL DOMINGO DE RAMOS AL MIÉRCOLES SANTO

Al día siguiente, domingo, salió el Salvador de Betania y fue a Jerusalén (v. 12), donde se le tributó aquel solemne recibimiento de los ramos, y se le aclamó como hijo de David. Toda la gente «iba diciendo cómo resucitó a Lázaro cuando estaba en la sepultura, y ésta fue la razón por la que salieron a recibirle» (v. 17). Cerca ya de Jerusalén, «al ver la ciudad, lloró sobre ella» (Le 19, 41), y anunció la destrucción que iba a sufrir como castigo, por no saber a tiempo lo que de verdad le hubiera traído la paz.
Con el alboroto y ruido de esta entrada solemne del Señor «toda la ciudad se puso en pie»; y se preguntaban unos a otros: « ¿Quién es éste?» (Mt 21, 10). Jesús, que había sido aclamado como rey, entró en el Templo y, como Rey de Misericordia, «curó a todos los ciegos y cojos que allí estaban» (v. 14). También esto fue un nuevo motivo de disgusto e indignación por parte de sacerdotes y escribas: le acusaban de que permitiera a los niños vitorearle como hijo de David, de que no hiciera callar a los que creían en Él y le llamaban rey de Israel. El Salvador no les hizo caso; les dijo que, aunque callaran los hombres, «las mismas piedras hablarían» (Le 19, 40). El Señor oía complacido las voces de los niños porque «de su boca saca Dios las alabanzas» Mt 21, 16). Después de toda esta fiesta, «como era ya tarde, mirándolos a todos» y no habiendo nadie que le invitase a cenar ni a dormir, se volvió con sus discípulos a Betania aquella noche.
Al día siguiente, lunes, salió el Señor de Betania por la mañana para volver a Jerusalén. «Sintió hambre», y vio a lo lejos una higuera junto al camino, toda verde y llena de hojas, se acercó «por si veía algo que comen) y no encontró más que hojas. Entonces maldijo a la higuera: «Que nunca más des fruto y nadie coma ya de ti» (Me 11, 14), Y los discípulos lo oyeron. Llegó a la Ciudad, entró en el Templo, y «echó de allí a los que vendían y compraban, y tiró las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas», e impidió con gran energía «que cruzase nadie con ninguna cosa por el Templo» (v. 16). No pudieron vencer la fuerza y majestad con que había actuado, pero redoblaron su odio contra Él y «buscaban el modo de quitarle la vida
porque estaban asustados de que tanta gente del pueblo le siguiera, y escuchara su doctrina con admiración» (v. 18). «Al hacerse tarde, salió de la Ciudad (v. 9) y fue al Monte de los Olivos» (Le 21,37), como solía hacer por las noches. Luego fue a Betania, que está en la falda de este monte.

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«Al día siguiente por la mañana», martes, volvió a la Ciudad. Pasó por el mismo camino de antes, y los discípulos vieron que la higuera maldita se había secado (Me 11, 20). El Señor no maldijo la higuera en un momento de ira ni tampoco lo hizo como castigo, «porque no era tiempo de higos»; el Señor lo hizo simbolizando con; eso a la sinagoga judía, llena de verdes hojas de apariencias y ceremonias, pero sin el fruto que esperaba de ella el que la plantó; y era tiempo ya, y tenía obligación de llevar fruto, por eso quedó maldita y seca para no dar fruto nunca jamás.
Llegó al Templo y le rodearon los escribas, fariseos, sacerdotes y ancianos. Le hicieron preguntas y les respondió; lo que había ocurrido con la higuera se lo aplicó a ellos, y les dio a entender que iban a ser maldecidos por Dios (Mt 21 y 22). Luego, con mucha claridad, les reprendió duramente por sus abusos y pecados (23).
y se despidió de ellos con unas palabras muy tristes: «Vuestra casa quedará desierta», que es lo mismo que decir: vuestro Templo se quedará muy pronto sin morador, porque Dios se irá de él, y, como toda casa abandonada y vacía, se vendrá abajo. «Os digo de verdad, que no me veréis ya más hasta que digáis: Bendito sea el que viene en nombre del Señor»: les emplazó para el último día del juicio, donde, por grado o por fuerza, todos reconocerán la divinidad de Jesucristo. Después los
dejó y se fue del Templo. Era el martes por la tarde.  
Quizá saliera del Templo indignado ante la dureza de la gente de su pueblo; los discípulos, que habían estado presentes y oído todo, «se acercaron» suavemente al Señor y «le enseñaban» e indicaban que mirase el imponente edificio del Templo y su riqueza (Mt 24, 1).

El Salvador les respondió otra vez que sería destruido, «y no quedará ni una piedra sobre otra». Siguieron caminando y, «sentados en el Monte de los Olivos», de cara a la Ciudad y al Templo, «le volvieron a preguntar sobre el tiempo en que todo eso iba a suceder, y también por las señales de su última venida». El Salvador les habló del juicio final y de los signos anunciadores de aquel día (Mt 24 y 25). Terminó su explicación diciendo: «Dentro de dos días» me matarán en la cruz (Mt 26,2).