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sábado, 28 de enero de 2017

La santísima Virgen Maria - según San Francisco de sales

CAPITULO II.
La Natividad.

A perfección cristiana no es otra cosa que una abnegación perfecta del mundo, de la carne y de sí mismo; esta es una máxima que tantas veces ha sido dicha por los Padres antiguos, y con tanta frecuencia se ha repetido en la Sagrada Escritura, que parece innecesario volverla á decir. Casiano, ese gran Padre de la vida espiritual, hablando de la perfección cristiana, dice que la base y fundamento de ella, no es otra cosa que una perfecta abnegación de todas las voluntades humanas; y San Agustín, hablando de los que se consagran á Dios en la Religión para pretender esa perfección, dice que es un ejército y una reunión de personas que van a la guerra y al combate contra el mundo, contra la carne y contra sí mismos, siendo nuestro divino Salvador el jefe, el defensor y e] capitán. Mas, aunque el Padre Eterno haya declarado y establecido al Salvador jefe y director de aquellos, y aunque sea el rey único y soberano, sin embargo, en el corazón de Nuestro Señor hay tanta dulzura y clemencia, que ha querido también que otros participaran de ese honor y cualidad, y de una manera muy particular la Santísima Virgen, cuya natividad consideramos, pues la constituyó y estableció reina y conductora de todo el género humano, y en especial del sexo femenino. Consideremos, pues, cómo ella ha triunfado valientemente del mundo, de la carne y de sí misma, en su santa natividad; pues esta gloriosa Señora nos ha sido propuesta como un espejo y compendio de la perfección cristiana, que debemos imitar.

Por lo que toca á la abnegación del mundo, ella ha hecho la renuncia más completa y perfecta que de él se pueda hacer. ¿Qué es el mundo?—El mundo debe entenderse de aquellos que tienen una afición desarreglada a los bienes, á la vida, á los honores, dignidades, preeminencias, propia estima y semejantes bagatelas tras que corren todos los mundanos, haciéndose idólatras de ellas. En verdad, que no podremos saber cómo ha sucedido que el mundo, ó mejor dicho, la vanidad mundana, hayan entrado por afecto, de tal modo, en el corazón del hombre, que éste se ha convertido en mundo, y el mundo se ha convertido en hombre. Oh! Cuán difícil cosa es, desprenderse bien del mundo! Ordinariamente nuestros afectos están de tal manera sumergidos y comprometidos en el mundo, y nuestro corazón tan aficionado á él, que se necesita un gran cuidado para apartarlo enteramente de allí. Pero la Santísima Virgen, ¡cuán admirablemente ha hecho esa renuncia en su Santa Natividad! Acercaos á su sagrada cuna, considerad lo que ella hace, y veréis que practica todas las virtudes de una manera eminente. Interrogad á los ángeles, á los querubines y á los serafines; preguntadles si igualan á esa pequeña niña, y os responderán que ella les sobrepuja infinitamente en virtud, gracias y méritos. Vedlos al derredor de su sagrada cuna; mirad cómo todos, maravillados de su grande hermosura y de sus raras perfecciones, dicen aquellas palabras del Cantar de los Cantares: ¿Quién es esta que sube del desierto, como una vara de humo, perfumada de mirra, de incienso y de toda clase de perfumes muy aromáticos? (Cant. III. —6.) Y considerándola más de cerca, arrebatados de admiración y de sorpresa, Quién es esta, dicen, que camina como la aurora al levantarse, hermosa como la luna, escogida como el sol, terrible como un ejército en orden de batalla? Esta niña aun no está glorificada, pero ya la gloria le está prometida; ella la aguarda, no en esperanza, como los otros, sino en seguridad. Y así los espíritus celestiales, sorprendidos y admirados, van prosiguiendo en referir sus alabanzas. Y sin embargo, esta Santísima Virgen, permanece en su cuna, practicando todas las virtudes, y de una manera muy admirable, la de la renuncia del mundo. ¡Consideradle bien, en medio de esos aplausos, alabanzas y exaltaciones angélicas! Mirad (cómo, no obstante todo eso, ella se mantiene humilde y abatida, queriendo aparecer pequeña niña como las demás, á pesar de que tuvo el uso perfecto de la razón desde el instante mismo de su concepción. ¿Quién no se admirará, pues, de verla en su cuna, tan colmada de gracias, con el uso perfecto de la razón, capaz de conocimiento y de amor, discurriendo y adhiriéndose á Dios, y en esta adhesión, queriendo ser tenida y tratada como pequeña niña, asemejándose en todo á las demás, de un modo tan encubierto, que de nadie eran conocidas las gracias que en ella residían. Muy agradables son, en verdad, los niños en su inocencia; pues á nada se aficionan, con nada se ligan, no saben lo que son esos puntillos de honor y de reputación, ni de vituperio y desprecio; hacen tanto aprecio del vidrio como del crista!, del cobre como del oro, de un rubí falso como de uno fino, se desprenden de buena gana de cosas preciosas por una manzana: todo esto es amable en los niños, pero no es admirable, puesto que no tienen aun el uso de la razón para obrar de otro modo. Pero la Santísima Virgen, apareciendo pequeña niña, tenía sin embargo, el uso de la razón y del discurso tan perfectamente como cuando murió; y no obstante esto, no dejó de hacer todo lo que los niños hacen. Oh Dios mío! esto es una cosa no solamente amable, sino también muy admirable, y nos hace ver ya cuan perfectamente había renunciado á todo lo que es gloria, fausto y aparato del mundo.

La segunda renuncia que debemos aprender de la Santísima Virgen, es la de la carne. Es indudable que esta renuncia es más difícil que la primera, siendo de un grado más elevado. Muchos abandonan al mundo y retiran de él sus afectos; pero tienen mucho trabajo en desprenderse de la carne: por eso el gran Apóstol nos advierte que estemos en guardia contra ese enemigo que nunca nos abandona, sino en la muerte: Guardaos, dice, de que él os seduzca. Ese enemigo de que habla el Apóstol, no es otro que la carne, el cual llevamos siempre con nosotros; sea que bebamos, comamos ó durmamos, siempre nos acompaña y trata de engañarnos. No deja de ser cierto que este es el más desleal y pérfido enemigo que podamos imaginar, y la continúa renuncia que de él necesitamos hacer, es muy difícil. Por eso se requiere buen valor para emprender combatirlo, y para animarnos á ello, debemos fijar la vista en nuestro Soberano Señor y en nuestra gloriosa Señora la Santísima Virgen. ¡Y cuan perfectamente ha obrado ella esta renuncia, desde su Santa Natividad, en su cuna y durante su infancia! Cierto es que los niños en su tierna edad, practican mil actos de ese desprendimiento, pues se les obliga á hacerlos en todas ocasiones, y el gran cuidado que con ellos se tiene, hace que casi nunca se atienda á sus afectos é inclinaciones. Mirad, os ruego, á esos pobres y pequeños niños: quieren extender sus bracitos. Y se los encojen; quieren mover sus pequeños pies, y se los ligan con vendas; quieren ver la luz, y los tapan para que no la vean; desean estar despiertos y se quiere que duerman; en una palabra, se les contraría en todas las cosas. Y á pesar de todo esto, los niños no son dignos de alabanza al sufrir esas mortificaciones, supuesto que no pueden obrar de otro modo, por carecer del uso de la razón para gobernarse por sí mismos. Pero la Santísima Virgen, que tenía el uso de la razón de una manera perfectísima, ha practicado maravillosamente la renuncia de la carne, al sufrir todas esas contradicciones y mortificaciones voluntariamente.

En cuanto á la tercer renuncia que debemos hacer, y que es la más importante, á saber, la renuncia de sí mismos, debemos advertir que es mucho más difícil que las otras dos, pues ellas pueden más fácilmente alcanzarse; mas cuando se trata de dejarse y renunciarse á sí mismo, esto es, á su propio espíritu, su propio juicio y voluntad, aun en aquellas cosas que son buenas y que nos parecen mejores que las que nos ordenan, y sujetarse en todo á la dirección de otro, ciertamente que en ello es donde hay gran dificultad. Mas ah! ¡Cuán excelentemente bien hizo la Santísima Virgen esta última renuncia en su Natividad, no reservándose nada de su libertad, á pesar de tener el uso de su razón! Mirad todo el curso de su vida, y observareis en toda ella una continua sujeción. Muy cierto es, pues, que no hay mejor medio para asegurar nuestra salvación, que crucificarnos con nuestro Señor, renunciando al mundo, á la carne y á nosotros mismos; según el ejemplo de nuestra gloriosa Señora en su santa Natividad. Hagámoslo así fielmente, y Dios nos colmará de gracias en este mundo, y nos coronará con su gloria en el otro.

¡Dios mío! ¿Cuándo nacerá nuestra Señora en nuestro corazón? En cuanto á mí, bien veo que en manera alguna soy digno de ello, y lo mismo pensará cada uno de sí mismo. Y no obstante, su hijo nació en un establo: valor, pues! Hagamos lugar á esta Santa niña: ella no ama sino Tos lugares hechos profundos por la humildad, abatidos por la sencillez y ampliados por la caridad. Arrojemos flores sobre la cuna de esta Santísima Virgen; flores de Santas caléndulas de bien imitarla, de pensamientos de servirla para siempre, y sobre todo de azucenas y rosas de pureza y ardiente caridad, juntamente con las violetas de la muy santa y muy deseable humildad y sencillez.

(Sermón de la Natividad.—Cartas.)