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jueves, 12 de enero de 2017

DEMOS GRACIAS A DIOS - por el P. Faber

Reflexiones prácticas sobre el mismo asunto

Pero ya creo que es hora de hacemos las importantes preguntas siguientes: ¿Cuál ha sido hasta aquí nuestra conducta relativa al cumplimiento del deber de la acción de gracias en general? ¿Cuál es nuestro sentimiento habitual acerca de los innumerables beneficios divinos que se nos han otorgado? ¿Cuánto tiempo hemos empleado, aun durante nuestros ejercicios espirituales y otros días de retiro, en contar las divinas larguezas que el Señor, ha tenido la dignación de concedemos a manos llenas? Aconséjanos sabiamente San Ignacio que comencemos todos los días nuestro examen de conciencia contando las misericordias de Dios y dándole luego por ellas infinitas gracias; ¿hemos guardado fielmente siquiera esta pequeña práctica de devoción y agradecimiento? No pocas personas llegan a consagrar ciertas horas del día al cumplimiento de diferentes deberes espirituales: ¿hemos dedicado nosotros algún breve rato á la acción de gracias? Muchos otros cristianos conservan asimismo, en su devocionario, una notita de aquellas cosas y personas por quienes tiene intención de rogar: ¿guardamos nosotros una minuta parecida de los beneficios por los cuales, deseamos rendir diariamente las debidas gracias a nuestro Padre celestial? ¡Cuántas veces, para alcanzar algún especial favor del Cielo, nos hemos estado asediando el trono de la gracia, durante semanas enteras, con padrenuestros, avemarias, misereres, memorares, rosarios, comuniones y hasta penitencias! ¿Cuál es, pues, y en qué proporción ha estado nuestro hacimiento de gracias con las súplicas que elevamos a los pies del Rey de la majestad, luego que el Señor tuvo al fin la dignación de condescender, benigno, a nuestros ruegos importunos? ¿Cuánto tiempo gastamos entonces en la práctica del agradecimiento por el beneficio recibido? ¿En qué consistió semejante ejercicio? ¿Con qué nuevo fervor y aumento de amor divino iba acompañado? ¿Redújose acaso a un solo Te Deum, a un simple y atropellado Deo grafías, lanzándonos en seguida precipitada y descortésmente a tomar afanosos el don que Dios nos ofrecía, arrancándoselo, digámoslo así, de sus benditas manos, cual si fuese un salario, para no volvernos después a acordar jamás de semejante dádiva graciosa, contentándonos con aquel general y vago afecto de agradecimiento que tuvimos al tiempo de recibirla? Sobrados motivos, ¡ay!, existen ciertamente para avergonzamos de esta nuestra mala correspondencia a los beneficios divinos; porque lejos de abrigar en nuestro corazón un espíritu constante de gratitud, un vivo y perpetuo recuerdo de las misericordias divinas, una regularidad amorosa y no interrumpida en nuestras adoraciones y sacrificios de acción de gracias continuamos esperando que el Espíritu Santo toque por sí mismo nuestra voluntad con el sentimiento íntimo de nuestras obligaciones para con Dios, y con la conciencia de nuestra dependencia hacia su divina Majestad, cruzándonos, digámoslo así, de brazos, hasta después que aquel Espíritu consolador ha desempeñado semejante ministerio; y aun así correspondemos fríamente a su divino llamamiento, por manera que dejamos a cargo suyo que El supla nuestro agradecimiento, cuando debiéramos nosotros ofrecérselo de muy buena voluntad y con generoso y abundante amor divino.

Verdad es que nunca podremos anticiparnos a sus divinos auxilios, ni siquiera para concebir un solo pensamiento bueno; y así, nuestra falta está únicamente en no corresponder a su primer toque o llamamiento, aguardando a que nos obligue por una fuerte presión interior. Si un hermano nuestro se portase con nosotros según nos conducimos con nuestro Dios y Señor, de seguro que no hallaríamos expresiones con qué ponderar la bajeza de semejante conducta, indigna de un alma, verdaderamente agradecida. Responded, pues, con la mano puesta en el corazón a vuestro Ángel de la Guarda, y decidme luego si todavía creéis que exageraba al aseguraros que la desproporción entre el hacimiento de gracias y la oración es uno de los fenómenos más espantosos de la naturaleza. Y bien: ¿cuál es la causa de semejantes anomalías? Impórtame muy poco repetirlo una y mil veces, hasta el punto de que llegue a causaros fastidio el leerlo, si yo consigo grabarlo profundamente en vuestra memoria. La causa, digo, de conducta tan extraña no es otra más que nuestra perversa obstinación en rehusar mirar a Dios como a nuestro Padre. Prescindiendo de la culpa manifiesta, difícilmente existe una sola miseria de la vida que no proceda de esas severas, tétricas y ruines nociones que nos forjamos en nuestra mente acerca de Dios nuestro Señor: he aquí, pues, la raíz del mal. Así es que si deseáis de todas veras ser muy otros de lo que sois, menester es que la aplaquéis luego la segur; cualquier otro medio no curará vuestras dolencias espirituales, a pesar de vuestra meditación, examen de conciencia, rosario, etc., según ya tantas veces lo habéis experimentado. En efecto: ¿cuántos sujetos no estamos viendo ejercitarse diariamente con admirable constancia en la práctica de la meditación, sin que hayan logrado adelantar un solo paso en el camino de la virtud, ni enfrenado sus malas pasiones, ni suavizado su carácter agreste y desabrido? Tienen el hábito, no el don, de la oración. En su consecuencia, bien podéis hacer cuantas penitencias os agraden, que, lejos de inflamaros en el fuego de un puro y sincero amor de Dios, endurecerán vuestro corazón con el engaño de una humildad llena de vanagloria, y los mismos Sacramentos funcionarán en vuestras almas únicamente cual máquinas descompuestas.

Ora os lamentéis de vuestro escaso aprovechamiento en la vida espiritual; ora deploréis con lágrimas amargas la ausencia de toda devoción sensible; bien os angustie vuestra incapacidad para formar y cumplir resoluciones generosas; que os apesadumbren aquellas molestas reincidencias en imperfecciones indignas de un verdadero cristiano; ya os desconsuele la falta de reverencia en la oración, o la dureza y desabrimiento con que os atrevéis a tratar a vuestros prójimos, semejantes defectos, tenedlo bien entendido, casi siempre nacen de aquellas severas nociones que os habéis formado de Dios nuestro Señor, y, por tanto, si deseáis de todas veras cambiar de vida, menester es que arranquéis de cuajo dichas ideas acerca de la Divinidad; que cultivéis un afecto filial hacia tan cariñoso Dueño; que pidáis con vivas ansias al Espíritu Santo el don de piedad, cuyo oficio especial consiste en producir en el alma de los cristianos semejante afecto devoto; que vuestro culminante y primordial concepto sobre Dios sea de aquel Señor de quien procede toda la paternidad que existe en el cielo y en la tierra; que recordéis que el espíritu de Jesús es el único espíritu verdadero, y el espíritu de adopción por el cual clamamos Abba, Padre. Jamás, repito, lograréis llevar una vida verdaderamente cristiana mientras vuestras nociones de Dios como Padre amoroso no desvanezcan todas las otras nociones que de Él os habéis formado, o a lo menos hasta que estas últimas no se encuentren colocadas en subordinación armoniosa con las primeras, que es lo que constituye la esencia, el alma del Evangelio y la vida misma de las enseñanzas de nuestro Salvador adorable; no podía un hombre hacer obra más excelente que consagrar toda su vida al apostolado de esta única idea: la paternidad compasiva de Dios.

En materia de progreso espiritual, nuestros intereses se identifican con la gloria divina; y ved aquí otra nueva invención de la caridad ingeniosa del Creador hacia los hombres que inspirará en nuestro ánimo mayor afición a la práctica de la acción de gracias, considerando los beneficios que desde el punto de vista espiritual nos resultan de semejante ejercicio piadoso. El adelantamiento en la santidad no es más que el descenso continuo, sobre nuestras almas, de aquellas gracias que coronan todo acto de correspondencia por nuestra parte a las gracias anteriormente recibidas. Y nada hay, a juicio nuestro, que tanto multiplique en nosotros las gracias, ni que con más eficacia mueva a Dios a abrirnos de par en par las puertas de sus riquísimos tesoros, como la práctica devota de la acción de gracias. Pero no es ésta la única ventaja que nos ofrece el hacimiento de gracias para alcanzar la santidad; es menester que tomemos asimismo en cuenta los efectos maravillosos que semejante devoción produce sobre nuestras almas; no pocas personas se afanan por adelantar en el camino de la virtud, mas no parece sino que una especie de mano oculta las estorba el paso: porque el hecho es, y no lo conocen siquiera que jamás han llegado a convertirse enteramente a Dios; permanecieron muy poco tiempo en la vía purgativa de la virtud cristiana; regatearon con Dios los servicios que de justicia le son debidos; se reservaron ciertos alejamientos poco agradables a los divinos ojos, o desearon despojarse de los hábitos viciosos floja y gradualmente, para de esta suerte evitarse la molestia de una pronta y eficaz conversión. Ahora bien: la acción de gracias, suave, pero imperceptiblemente, cambia nuestra religión en un servicio de amor; indúcenos a mirar todas las cosas desde el punto de vista divino; a ponemos del lado de Dios, aun contra nosotros mismos; a identificarnos con sus intereses hasta cuando parece que se hallan en abierta oposición con los nuestros; a romper, en su consecuencia, más eficazmente con el mundo, renunciando de lleno a todas sus pompas y vanidades; a profundizar hasta el origen y raíz del conocimiento de nuestra propia vileza, la cual es peor todavía que la misma nada en la presencia de Dios; y ¿qué es todo esto sino hacer nuestra conversión más total y completa? Ni es menor el efecto de la acción de gracias sobre nuestro adelantamiento en la santidad; todo progreso en la vida espiritual nace del amor, y el amor es, al mismo tiempo, causa y efecto de la acción de gracias. Lo que el aire y la luz son a las plantas, eso es a las virtudes la presencia de Dios; y la práctica de la acción de gracias es la que hace casi habitual en nuestras almas semejante presencia sensible de Dios, porque continuamente está excitándonos a contemplar las misericordias divinas, que de otro modo no hubiéramos notado, y colocándonos en disposición más conveniente para apreciar su valor, sondeando algunos grados el abismo inconmensurable de la condescendencia de Dios, fuente inagotable de dichas bondades para con los hombres. Muévenos, además, el ejercicio de la acción de gracias a lamentar, con lágrimas amargas, la ausencia de semejante devoción en nuestros hermanos, cuya aflicción y tierno llanto mantienen nuestro amor de Dios en toda su delicadeza y sensibilidad, y engendran en nuestra alma aquel dulce espíritu de reparación, especial prerrogativa del adelantamiento en la santidad. Se dilatan los senos de nuestro corazón mientras estamos engrandeciendo a Dios, dilatación que nos solicita a correr con ligereza por el camino de los divinos mandamientos, que antes andábamos solamente a paso lento y como a remolque. Sentimos asimismo dentro de nosotros una fuerza secreta para vencer los obstáculos que se nos ponen delante, para desvanecer y menospreciar toda suerte de temor; una completa libertad de espíritu en el bien obrar, que anteriormente no solíamos, sentir.

Y todo esto es porque la acción de gracias nos ha hecho medir la altura inconmensurable de la bondad infinita de Dios y la profundidad de nuestra vileza, y así, nada nos parece demasiado, nada difícil y grandemente penoso cuando en ello está interesada la gloria del Altísimo; como Areuna, en el tiempo de la pestilencia, ofrecemos al Rey de la majestad ricos presentes, cual suelen hacerlo con nosotros los monarcas de la tierra, esto es, con profusión y a manos llenas, pues, nuestros corazones ciñen la brillante corona de la acción de gracias. Yerran, pues, gravemente todos aquellos que menosprecian las consolaciones y felicidad que se experimentan en la religión, el gozo en los divinos servicios, la dulzura en la oración, la suavidad y alegría en la mortificación y los regalos en la devoción. Verdad es que cuando Dios rehúsa a los fieles semejantes recreaciones espirituales, ciertamente que no siempre lo hace por estar airado con ellos, o en castigo de alguna maldad. Y cualquiera que sea la causa que mueva al Señor a privarnos de dichas consolaciones, nuestra principal obligación es resignarnos humildemente a su dulce aunque inescrutable voluntad divina; pero esto no impide que todas las consolaciones susodichas sean instrumentos muy eficaces para la santidad y la perfección, y en su consecuencia, que no puedan desearse y codiciarse ardientemente, si bien con espíritu humilde y rendido. ¡Cuántas veces no sucede que personas que no gozan de ninguna dicha en la religión, que están continuamente viviendo en sequedad de corazón, privadas de las dulzuras y consolaciones espirituales, llegan a caer en un desmayo o desfallecimiento tal, que no parece sino que todo lo van abandonando; hasta descuidar el mismo cumplimiento de sus más sagradas obligaciones! Aun durante la Misa y las grandes solemnidades de la Iglesia, un tupido velo cubre tan fuertemente el corazón de semejantes sujetos, que ni la música, ni la magnificencia y esplendor del culto, ni la real presencia de Dios son capaces de penetrar ni causar en él la más ligera conmoción; los beneficios divinos les son tan enojosos, como los castigos para la generalidad de los mortales; la oración es una penitencia, la confesión un tormento, la comunión un verdadero suplicio; aquello que Dios bendice por amor suyo, les desazona como una úlcera; lo que Él llena de dulce paz, les incomoda; no apetecen ninguna otra luz más que la lobreguez de su perversa extravagancia, ni gustan oír otra canción que la de su mal humor y propia ridiculez. Indagad, pues, si han poseído alguna vez semejantes personas un espíritu de acción de gracias, y habréis entonces exactamente dado con el hilo de la dificultad; acaso sean convertidos a la santa fe católica quienes obedecieron a la gracia de la vocación con cierta repugnancia; que cuando entraron en el gremio de la Iglesia verían dificultades por todas partes, desde el Papa y Cardenales, hasta el último fiel de la cristiandad; que doquiera les rodearían males imaginarios sin cuento; que de todo criticaban, que nada les parecía bueno, que todo en la Iglesia era, en fin, para ellos desabrido, vulgar, monótono, prosaico. Así es que, sea por lo que sea, estos infelices convertidos han sido verdaderamente unos desgraciados desde el principio de su conversión; ¿y por qué? Encerrados en sí mismos, llenos de amor propio, no buscando más que consolaciones, y hambrientos de simpatías, difícilmente han caído alguna vez de hinojos, cual niños inocentes y candorosos, a los pies del trono de Dios, para darle gracias por el milagro de amor que Él obrara en favor suyo introduciéndoles dentro del seno de la verdadera Iglesia, donde al presente se encuentran viviendo. Un corazón agradecido hubiera recibido gozosa y alegremente todas esas dificultades, propias de principiantes, esto es, de su nueva situación y género de vida, como una penitencia merecida de justicia por la dureza de su corazón, que tanto dio que hacer a la gracia y tan heroicos esfuerzos le ha costado, para ver de ablandarle durante todo el proceso de la conversión. Pero semejantes personas fueron desagradecidas, y así es como no son felices y dichosas en la religión: demos rendidas gracias a Dios por ser tan escaso el número de tales sujetos. Ved aquí, pues, en todo cuanto acabamos de exponer, otro punto que debe tenerse muy en cuenta: la felicidad en la religión nace del espíritu de acción de gracias.


Expliquemos ahora en dos palabras cómo por medio de la devoción de acción de gracias debemos ejercitar los tres instintos o caracteres de los Santos, es decir, promover la gloria de Dios, fomentar los intereses de Jesús y procurar la salvación de las almas. Primeramente, la gloria de Dios. -Nuestro Dios y Señor, en sus entrañas de misericordia, ha querido que su gloria inefable dependa en gran parte de las alabanzas y acciones de gracias de sus criaturas; la acción de gracias fue uno de los fines que le movieron a crearnos. Así es que no hay cosa alguna que más contribuya a defraudar la gloria del Altísimo que la negligencia y olvido de la acción de gracias; y consiguientemente, nada hay asimismo que Él anhele con tan vivas ansias de sus fieles siervos como la reparación de semejante ultraje con que le están ofendiendo no pocos hijos ingratos en todos los instantes del día y de la noche; porque es imposible tributarle con devota atención las debidas acciones de gracias sin que al propio tiempo estemos promoviendo su mayor honra y gloria. Ya llevo dicho que el gozo resulta de la acción de gracias; y el espíritu de gracias, no sólo parece que acompaña al gozo, fruto especial del Espíritu Santo, sino que se manifiesta claramente en todas aquellas devociones que tienen alguna relación con el gozo. En efecto; aquellos que han profesado una- singular devoción a San Rafael, el ángel del gozo, generalmente han atesorado en su corazón un don más que ordinario de acción de gracias; y prescindiendo ahora de los ejemplos de los Santos que más llegaron a señalarse en la devoción de la, acción de gracias, como San Juan de la Cruz, la Beata Benvenuta, Santa Jacinta Mariscotti y otros, lo vemos hasta en el mismo libro de Tobías -¡Padre!, causóme gozó-: he aquí el carácter que el joven Tobías atribuye a San Rafael. Estando ya este espíritu bienaventurado a punto de darse a conocer, les dijo: «Bendecid a Dios del Cielo y glorificadle delante de todos los vivientes por haberos mostrado su misericordia; porque bueno es ocultar el secreto de un rey. pero es honroso el descubrir y confesar las obras de Dios... Cuando me hallaba con vosotros, estaba por voluntad de Dios; bendecidle; pues, y cantadle alabanzas... Tiempo es ya de que vuelva a Aquel que me envió; mas vosotros bendecid a Dios y publicad todas sus maravillas.» Probablemente, al separarse de ellos les permitió ver una vislumbre o destello de la hermosura angelical que le engalana, pues inmediatamente entraron en un éxtasis de tres horas, y lo que dejó tras sí fue el espíritu de acción de gracias. «Postrándose entonces por tres horas sobre su rostro, bendijeron a Dios, y levantándose; contaron todas las maravillas del Altísimo, y abriendo luego su boca el viejo Tobías, dijo: «Glorificad al Señor, hijos de Israel: ved lo que ha hecho por nosotros, y alabadle con temor y temblor, y ensalzad al Rey de los siglos. Bendecid al Señor todos sus escogidos, celebrad días de alegría y glorificadle. Jerusalén, ciudad de Dios, glorifica al Señor en tus bienes.» Y ¡cuán dulces y regalados no fueron los últimos días del santo anciano, desde que el Ángel le adornó con el rico ropaje del gozo y las vistosas galas de la acción de gracias! «Pasó en gozo el resto de su vida, y con grande aprovechamiento en el santo temor de Dios, descansó y partió de este mundo en paz.»

¡Qué más!, si aún llegó el gozo a sobrevivirle, supliendo en su muerte el oficio del llanto, pues dícese que habiendo cumplido noventa y nueve años en el temor del Señor, le sepultaron con gozo, puntualmente, como sucede con demasiada frecuencia en las casas religiosas, luego que Dios llama para Sí a alguno de la comunidad, gozo que no raras veces es motivo de escándalo para aquellos que no comprenden el rendido y celestial espíritu del claustro. En segundo lugar, ofrécenos igualmente la práctica devota de la acción de gracias medios eficaces para fomentar los intereses de Jesús. ¿Qué había sobré la tierra que él Salvador anhelase con más vehemencia que la gloria de su Padre? Aunque de Él se dice que penetraba en el interior de los hombres, y que no quería fiarse de ellos, con todo eso, tuvo la dignación de aparecer sorprendido viendo que sólo uno de los diez leprosos volvía a dar gracias a Dios por el beneficio recibido. ¡Y cuán lleno de misterio no está asimismo aquel exabrupto suyo de acción de gracias cuando agradeció a su Padre y le confesó por qué había escondido sus misterios a los sabios y prudentes y revelándoselos a los párvulos!

Ahora bien: existe un método especialísimo para promover los intereses de Jesús de una manera fácil y gustosa, que yo me atrevería a aconsejaros, el cual consiste en asumir un pequeño apostolado para extender la práctica de la acción de gracias; porque, ciertamente, apenas habrá uno solo de entre nosotros que no ejerza alguna influencia sobre sus prójimos, ora sean hijos, criados o bien conocidos y amigos. Enseñémosles, pues; a practicar frecuentes, metódicas y fervorosas acciones de gracias por los beneficios recibidos; dejemos discretamente caer de nuestros labios, siempre que se nos ofrezca la ocasión, alguna palabra en favor de semejante ejercicio. Si cada uno de los cuarenta mil miembros de la Confraternidad de la Preciosa Sangre tuviese la dicha incomparable de persuadir a cinco personas, en honra de las cinco llagas de nuestro Señor Jesucristo, el ejercicio diario de la acción de gracias; si estos cinco, a su vez, lograsen asimismo extender semejante devoción piadosa entre otros tantos hermanos suyos, como se extienden las ondas sobre la superficie de un lago, y estos últimos a otros, y así sucesivamente, ¿cuánto no se regocijaría entonces Jesús en este riquísimo tesoro de gloria divina, que, cual oloroso perfume, ofrecían a los pies del trono del Altísimo, aunque no fuesen más que las primeras doscientas mil personas, practicando cada día un solo acto de agradecimiento, un simple Deo gratias nada más, pronunciado, si no con los labios, con la lengua del corazón? Ponderad la gracia, y el mérito, y la gloria, y la adoración, y la honra, y el júbilo, y la alabanza que envuelve un solo Deo gratias dicho con devota intención; y esto no obstante, la Confraternidad, con tan brevísima jaculatoria, podría presentar anualmente a la Majestad ultrajada del Rey de la gloria setenta y tres millones de actos sobrenaturales de acción de gracias.

¿Por qué, pues, no ensayamos siquiera este medio, que procuraría a Dios un riquísimo tesoro de gloria? ¡Oh; qué homenaje de amor a Jesús no sería este fácil apostolado de acción de gracias! ¡A la obra; pues, hermanos míos! ¡Comencemos luego a trabajar en tan santa empresa!, ¡hoy!, ¡ahora mismo!, ¡que el tiempo vuela, y harto hemos hecho estar esperando a la gloria de Dios nuestro Señor! En las escuelas, en los Seminarios y en el seno de las familias, especialmente en aquellas donde hay muchos jovencitos; de cuyas bocas puras ha Dios ordenado su alabanza, podrán también establecerse pequeñas asociaciones para que cada uno de sus miembros dijese en particular, todos los días, alguna breve jaculatoria de acción de gracias; y donde se creyese oportuno, no sería inútil mandar que hiciesen en común algún pequeño acto de agradecimiento, para de esta suerte animar y esforzar a los tiernos niños y demás jovencitos a poner mayor atención en las oraciones que suelen decirse antes y después de la comida. Semejantes asociaciones podrían tener por objeto el dar gracias a Dios por todas las misericordias que ha otorgado a sus criaturas, señaladamente por el beneficio inestimable de la Encamación y por aquella singular largueza que movió sus entrañas de bondad a regalarnos a María para que fuese nuestra Madre igualmente que suya. Supongamos, pues, por un momento, que los niños de una escuela cristiana se reuniesen mañana y tarde para practicar un breve acto de gracias por el don singularísimo de la santa fe católica, apostólica, romana; los jovencitos entonces, a la vez que obrando así, bendecirían a Dios por la fe nacional de su país y repararían las apostasías, adquirirían también para sí un hábito que les serviría de eficaz preservativo contra las tentaciones que experimentarán en lo por venir. Dichas asociaciones, si se juzgase conveniente, podrían asimismo tener por objeto la devoción a los santos Ángeles, cuya incesante ocupación en el Cielo es una canción no interrumpida de melodiosas alabanzas y acciones de gracias; y de esta suerte la virtud de la santa pureza, don especial de la devoción a los espíritus bienaventurados, crecería y echaría hondas raíces en las almas inocentes de los jóvenes asociados.

Si profesamos una grande estimación a la gloria de Dios; en una palabra, si amamos entrañablemente a nuestro Padre Celestial, no nos parecerán livianas todas estas cosas ni insignificantes sus resultados; y trataremos de recobrar en lo posible con tan ingenioso artificio de acción de gracias aquel tiempo precioso que hemos malamente perdido. ¡Oh, qué rico tesoro de gloria no podría un hombre solo ganar para nuestro Señor dulcísimo, consagrándose de todas veras a tan santa ocupación! Cuando San Jerónimo vivía en el Oriente, oyó con frecuencia entonar a los monjes la doxología Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, y se quedó tan prendado de semejante doxología, que se resolvió a pedir al Papa San Dámaso que se dignase establecerla en la Iglesia Occidental, donde, humanamente hablando, a no ser por los ruegos del santo Doctor, difícilmente hubiera llegado a usarse jamás. Ahora bien: ¿quién es capaz de contar los millones y millones de veces que los fieles de Occidente han rezado o cantado, con amorosa y devota intención, semejante doxología? Cada vez que Santa María Magdalena de Pazzi recitaba o entonaba tan regalada canción, acompañábala con la ofrenda mental de sí misma en olor de la Beatísima Trinidad, doblando al propio tiempo el cuello al golpe del hacha, cual si estuviese ya a punto de ser matirizada en defensa de la fe católica.

Dícese de San Alfonso de Ligorio que, en su vejez, apenas llegaba a sus oídos alguna noticia o buena nueva favorable a la gloria de Dios o prosperidad de la Iglesia, exclamaba, inundado de alegría: Gloria Patri, et Filio, el Spiritui Sancto. Se cuentan igualmente maravillas de la devoción del Beato Pablo de la Cruz hacia esta doxología. devoción que el siervo de Dios estaba sin cesar inculcando a todos sus religiosos; y las Vidas de los Santos, ¿cuántos ejemplos no podrían asimismo ofrecernos de muchas otras devociones de amor heroico, estrechamente ligadas con semejante canción gloriosa? Pues bien: si San Jerónimo no hubiese rogado un día al Papa San Dámaso que la introdujese en la Iglesia Occidental, claro está que se hubieran entonces perdido para Dios todos estos riquísimos tesoros de gloria; cuando los hombres ejecutan alguna buena obra, por liviana que sea. a la mayor gloria de Dios, jamás llegan a conocer hasta dónde alcanzará su eficacia ni qué número de maravillas podrá obrar, en honra y alabanza del Altísimo, en el transcurso de los siglos.

El secreto del amor, por tanto, consiste en estar constantemente ejecutando obras a la mayor gloria de Dios, sin cuidarnos para nada de su grandeza o pequeñez: «Echa tu pan -dice el Sabio- sobre las aguas que corren, pues al cabo de mucho tiempo lo hallarás. Por la mañana siembra tu simiente, y no permitas que por la tarde cese tu mano, porque no sabes si nacerá antes esto o aquello; y si ambos a la vez, ignoras cuál será lo mejor» Últimamente, el ejercicio devoto de la. acción de gracias es-un poderoso auxiliar para la salvación de las almas. En efecto: nosotros mismos, practicando semejante devoción, gozaríamos de un valimento tan señalado para con Dios nuestro Señor, que nos habilitaría para impetrar gracias que sobrepujasen a nuestros deseos y al alcance de la pobreza de nuestras actuales oraciones; veríamos abrirse delante de nuestros ojos los riquísimos tesoros de las misericordias divinas; correrían por doquiera ríos caudalosos de gracias; se ablandarían los corazones más empedernidos; lloverían raudales de bendiciones sobre toda la Iglesia; desagraviaríamos a Dios por las ofensas con que los pecadores le están ultrajando con su ingratitud y negligencia; aplacaríamos la cólera del justo Juez y detendríamos el brazo del Rey airado, levantado ya para descargar contra ellos rayos de castigos espirituales y temporales. ¡Con cuánta muchedumbre, pues, de medios indirectos no nos permite Dios, en su infinita misericordia, cooperar a la salvación de las almas, solicitándonos incesantemente, con entrañas de caridad; a ser más ingeniosos que hasta aquí en buscarlos, y muy solícitos, una vez adquiridos, en ponerlos luego al punto en ejecución!

¡Oh pobrecitas almas desgraciadas, que con tanta frecuencia os hemos escandalizado con nuestras maldades! ¡Pluguiera al Cielo que nuestros ruegos actuales y acciones de gracias llegasen siquiera a igualar el número de escándalos que os hemos dado con descaro inconcebible, porque nos parece imposible que sea enteramente nuestra la preciosa Sangre de Jesucristo hasta tanto que no os hagamos a vosotras igualmente participantes de ese riquísimo tesoro! ¡No olvidemos, pues, nunca, hermanos míos, que acaso existan sobre la tierra algunas almas cuya salvación perdurable habrá Dios vinculado a nuestro celo y oraciones! ¡No perdamos jamás de vista que quizá haya en el mundo un alma querida a quien el Altísimo amó desde toda la eternidad, decretando sacarla de la nada con preferencia a millones de almas que pudo haber criado en lugar suyo! ¡Un alma querida cuyo nombre tuvo Jesús grabado en su mente soberana aun estando pendiente en la Cruz! ¡Un alma querida por cuya compañía esté suspirando María en la gloria del Cielo! ¡Un alma querida cuya felicidad sempiterna, esto es, el ver a Dios cara a cara, y ser por toda una eternidad feliz y dichosa, y hallarse adornada con una belleza incomparable, y coronada con bellísimos dones y esclarecidas gracias sobrenaturales, y hermosamente engalanada con los preciosos atavíos de la Jerusalén celestial, y anegada en un mar inmenso y perdurable de dulzuras, y de gozo, y de deleites, que sobrepujan a todo humano encarecimiento!


¡Acaso se halle todo esto, repito, por un especial arrojo, permítasenos la expresión, y un adorable atrevimiento del amor divino, pendiente y como colgado, sin que lo conozcamos, de cualquiera de nuestras oraciones! ¡Oh, qué posibilidad ésta tan espantosa a la vez que arrebatadora! ¡Señor!, ¿cuándo os vimos hambriento, y no os alimentamos; sediento, y no os dimos de beber? ¡Ojalá que no cese nunca de resonar en nuestro oído el eco espantoso de aquella su contestación: Cuando no lo hicisteis con el más pequeñuelo de estos mis hermanos, ni a mí lo hicisteis!