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jueves, 27 de octubre de 2016

Ite Missa Est

27 DE OCTUBRE
VIGILIA DE LOS SANTOS
SIMON Y JUDAS,
APOSTOLES

El mejor modo de prepararnos a celebrar a estos santos Apóstoles sería releer la corta Epístola Católica de San Judas y retener la grave lección que quiso dar a los fieles del siglo primero. Hoy es más oportuno que nunca. "Deseando vivamente escribiros acerca de nuestra común salud, decía el Apóstol, he sentido la necesidad de hacerlo exhortándoos a combatir por la fe, que una vez para siempre ha sido dada a los santos", a vosotros y los demás cristianos. Consideremos con toda atención fórmulas como ésa, en las cuales se funda la teología. Debemos considerar íntegra, una y siempre la misma, la fe que nos transmitieron y recibimos una vez para siempre. Nada contrario a la doctrina que los Apóstoles nos comunicaron se puede considerar como venido de la mano de Dios. La economía cristiana es definitiva.

"LOS VALORES ESPIRITUALES". — Aquí están nuestros "valores espirituales" para emplear una fórmula que está hoy de moda. Esta expresión, que tanto se usa, la tomamos nosotros aquí en su verdadero sentido que no estará demás declarar. Sabemos que existe en el orden natural un orden espiritual, pero no encuentra su fin en sí mismo, puesto que el hombre fué creado para la gracia y la vida eterna. Estas son dones de Dios a los que la naturaleza no tiene derecho, la cual tampoco se puede elevar por su propio esfuerzo hasta ellos. Dios crió la gracia desde el principio y una vez que la naturaleza ha sido elevada al orden sobrenatural, fuera de la vida de la gracia, no hay más que desorden. Cuando desaparece por el pecado esta vida, el orden espiritual Permanece en la naturaleza, pero se inclina infaliblemente hacia lo temporal, lo terreno, lo earn al y en eso está el desorden. La vida espiritual del hombre sólo logra desarrollarse en la vida Como acogimos con alborozo en 1951 la beatificación y en 1954 la canonización de Pío X, de quien somos contemporáneos, cuya vida y obras nos son tan conocidas, cuya fotografía hemos visto tantas veces y de cuyas reliquias repartidas a millares hacemos tanto aprecio; como nos alegró la beatificación y la canonización de Pío X, a quien muchos de los que todavía viven hoy, vieron en Roma, a cuyas enseñanzas asentimos filialmente y cuya muerte sentimos todos, al comenzar la guerra mundial, cual si fuese la de un familiar nuestro; así: No debemos olvidar el agradecimiento que debemos a sus lejanos predecesores, a todos los Papas y sobre todo a los que honra la Iglesia con un culto especial por razón de su santidad y a veces de su martirio. Honor singular es para un hombre verse elevado a la Silla de San Pedro; es, sobre todo, un peso aplastante el aceptar el cuidado de todas las Iglesias del mundo; es temible la responsabilidad de llevar a Dios las almas de todos los hombres que viven en la tierra. Aceptar esta carga implicó a veces de un modo infalible aceptar de antemano el martirio. Era, al menos, aceptar el dolor y el sacrificio y, a pesar de lo alto de esa dignidad, "hacerse el siervo de los siervos de Dios." De suerte que, si debemos celebrar y amar a todos los santos, sepamos dar una preferencia y profesar una devoción especial a los Papas santos que la Iglesia propone a nuestro culto. Hoy en particular, sepamos honrar al que gobernó la Iglesia en los días en que murió el último Apóstol; él, por decirlo así, la preparó a emprender la larga peregrinación que no terminará hasta el último día. La fe y la confianza de Evaristo merecieron pronto para la Iglesia las gracias de que tenía necesidad, las cuales nunca la faltaron en el curso de su historia.

VIDA. — Nacido en Grecia de padre judío, Evaristo llegó a ser Papa en el consulado de Valente el año 96, y murió el año 108. El Líber Pontificalis no nos dice que dió su sangre por Jesucristo; señala únicamente que fué enterrado junto a San Pedro en el Vaticano. Es, con todo, honrado como mártir, de igual modo que todos los primeros Papas. A él se debe la distribución de los títulos de la ciudad entre los sacerdotes romanos: determinó que, cuando predicase el Papa, le acompañasen siete diáconos "en atención a su elevada dignidad". Dispuso ademáis que el matrimonio se celebrase públicamente y fuese bendecido por un sacerdote.

PLEGARIA. — Fuiste el primer Pontífice a quien la Iglesia se vió confiada al desaparecer los últimos que conocieron al Señor. El mundo podía decir ahora en cierto sentido: Aun cuando hemos conocido según la carne a Cristo, ahora ya no lo conocemos así". El destierro era cada vez más absoluto para la Esposa; y en aquella hora en que no faltaban ni peligros ni dolores, el Esposo se dignaba encargarte de enseñarla a sobrenatural, qué procede de Cristo y de su Iglesia. Llega esta vida de un modo visible a los que participan de los Sacramentos, y de mañera invisible a las almas de buena voluntad que no son de lo que tiene de visible la Iglesia, pero pertenecen a su alma. El hombre tiene un solo fin y por eso no hay más que una moral. Para' nosotros la vida espiritual es la vida del Espíritu Santo en las almas fieles. Los valores espirituales son valores sobrenaturales.


CONSERVAR LA FE.—Hoy, del mismo modo que en tiempo de San Judas, el único remedio es yal fe íntegra, inviolable, una y siempre la misma* es volver no sólo al espíritu, cómo dicen, sinocal Dios y al Evangelio; eso es consistente y eso permanecerá. Ya lo anunciaba solemnemente San Pedro desde los orígenes de la Iglesia ante el Sanedrín: "Este Jesús es la piedra que habéis desechado del edificio y se ha convertido én . piedra angular. Y en ningún otro se encuentra la salvación". En el mundo actual, no cabe duda, hay talentos, inteligencias con prodigalidad; pero el mundo está vacío de Dios. A ve: ees contribuyen a su esclavitud las victorias de la inteligencia. Sólo en la gracia existe la libertad verdadera y sólo en la santidad se da la verdadera grandeza. Las fórmulas que se usan, son equívocas, ambiguas; tal vez se construyeron a la medida del laicismo que está de moda. Antiguamente, en los siglos de fe, se hablaba del retorno a Dios, de la vuelta a la fe. Hoy las fórmulas son menos exigentes; así es que se da cierta conformidad de palabras que contenta algunas veces a los que la advierten, pero a quien principalmente alegran es al diablo. Es necesario tener el espíritu de Dios. Estemos prendidos en él. Conservemos la integridad de las exigencias de nuestra fe y de nuestro cristianismo. No hay salvación más que en Jesucristo, Camino, Verdad y Vida.