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martes, 13 de septiembre de 2016

LA MISA NUEVA - Mons.Marcel Lefebvre

De la misa evangelica de Lutero al novus ordo missae
(Fin del artículo)


Cuando el cardenal Willebrands fue al Consejo Ecuménico de Iglesias, en Ginebra, declaró: "Debemos rehabilitar a Lutero". ¡Y lo dijo como enviado de la Santa Sede! Veamos la Confesión. ¿En qué se ha convertido el Sacramento de la Penitencia con esa absolución colectiva? Esa manera de de cír a los fieles: "Os hemos dado la absolución colectiva, podéis comulgar, y cuando tengáis ocasión, si tenéis pecados graves, iréis a confesaras en los próximos seis meses, o dentro de un año...", ¿quién puede decir que esa manera de obrar sea pastoral? ¿Qué idea podremos forjarnos del pecado mortal? El sacramento de la Confirmación también se encuentra en análoga situación. Ahora hay una fórmula corriente: "Te signo con la Cruz y recibe el Espíritu Santo". Deben aclarar cuál es la gracia especial del Sacramento por el cual se da el Espíritu Santo. Si no se dice: "Ego te confirmo in nomine Patris... ", ¡no hay Sacramento! También lo dije a los cardenales porque me afirmaron: "¡Dais la confirmación en donde no tenéis derecho a hacerlo!". Lo hago porque los fieles tienen miedo de que sus hijos ya no tengan la gracia de la Confirmación, porque tienen dudas sobre la validez del Sacramento que se da ahora en las, iglesias. Para tener al menos la seguridad de recibir verdaderamente la gracia, me piden dar la Confirmación. Lo hago porque me parece que no puedo rehusarme a los que me piden la Confirmación válida, aun cuando no sea lícita. Porque estamos en una época en la que el derecho divino natural y sobrenatural se impone al derecho positivo eclesiástico cuando éste se le opone en lugar de ser su canalización.

Nos encontramos en una crisis extraordinaria. No podemos seguir esas reformas. ¿Dónde están los buenos frutos que han dado? ¡Eso es lo que me pregunto, en verdad! La reforma litúrgica, la reforma de los seminarios, la reforma de las congregaciones religiosas... ¡Todos esos capítulos generales! ¿Dónde han puesto ahora a esas pobres congregaciones? Todo desaparece. .. ¡Ya no hay novicios, ya no hay vocaciones! ... El Cardenal-Arzobispo de Cincinnati lo reconoció asimismo en el Sínodo de Obispos en Roma: "En nuestros países -representaba a todos los países de habla inglesa- ya no hay vocaciones porque ya no se sabe qué es el sacerdote". Por lo tanto, debemos permanecer en la Tradición. Sólo la Tradición nos da verdaderamente la gracia, nos da verdaderamente la continuidad en la Iglesia. Si abandonamos la Tradición, contribuiremos a la demolición de la Iglesia.

También le dije a los cardenales: "¿No veis en el Concilio que el esquema sobre la libertad religiosa es un esquema contradictorio? En su primera parte se dice: "Nada ha cambiado en la Tradición" y en el contenido de ese esquema todo es contrario a la Tradición. Es contrario a lo que dijeron Gregorio XVI, Pío IX y León XIII".  "Entonces, ¡hay que elegir! O estamos de acuerdo con la libertad religiosa del Concilio y en ese caso nos oponemos a lo que dijeron esos Papas; o estamos de acuerdo con esos Papas y en ese caso no estamos de acuerdo con lo que se dice en el esquema de la libertad religiosa. Es imposible estar de acuerdo con las dos cosas. Y agregué: Optó por la Tradición, estoy por la Tradición y no por esas novedades, que son el liberalismo Nada menos que ese liberalismo que condenado por todos los Pontífices durante un siglo y medio. Ese liberalismo ha entrado en la Iglesia a través del Concilio la libertad la igualdad y la fraternidad".  La libertad: la libertad religiosa; la fraternidad: el ecumenismo; la igualdad: la colegialidad. Y ésos son los tres principios del liberalismo, que provino de los filósofos del siglo XVI y desembocó en la Revolución francesa. Ésas son las ideas que han entrado en el Concilio por medio de palabras equívocas y ahora vamos a la ruina, la ruina de la Iglesia, porque esas ideas son absolutamente contra natura y contra la fe. No hay igualdad entre nosotros, no hay verdadera igualdad. Ya lo dijo muy bien y con toda claridad el Papa León XIII en su encíclica sobre la libertad.

Después, la fraternidad. Si no hay un padre, ¿adónde iremos a buscar la fraternidad? Si no hay Padre, si no hay Dios, ¿cómo vamos a ser hermanos? ¿Cómo podemos ser hermanos sin un padre común? ¡Imposible!  ¿Tenemos que abrazar a todos los enemigos de la Iglesia, a los comunistas, a los budistas, a todos los que están contra la Iglesia?, ¿a los masones? y ese decreto fechado hace una semana que dice que ahora ya no hay excomunión para un católico que entra en la masonería.  ¿La masonería que destruyó a Portugal?, ¿que estuvo en Chile con Allende, y ahora en Vietnam del Sur? Hay que destruir a los Estados católicos:¡Los masones quieren la destrucción de los países católicos! ¿Qué Austria durante la Primera Guerra mundial, Hungría, Polonia... pasará dentro de un año en España, en Italia, etcétera? ¡Ah, ¿Por qué la Iglesia abre los brazos a toda esa gente que son enemigos de la Iglesia? Cuánto debemos rezar, rezar! Presenciamos un ataque del demonio contra la Iglesia como jamás se vio. Debemos rezar a Nuestra Señora la Santísima Virgen María; para que venga en nuestra ayuda, porque verdaderamente no sabemos qué ocurrirá mañana... ¡Es imposible que Dios tolere todas esas blasfemias; esos sacrilegios, que se hacen a su gloria, a su majestad! Pensemos en las leyes del aborto, que vemos en tantos países, en el divorcio en Italia, toda esa ruina de la ley moral, esa ruina de la verdad. ¡Resulta difícil creer que todo eso pueda ocurrir sin que un día Dios hable y castigue al mundo con penas terribles!

Por eso debemos pedir a Dios misericordia para nosotros y para nuestros hermanos; pero debemos luchar, combatir. Combatir para mantener la Tradición y no tener miedo. Mantener, por sobre todo, el rito de nuestra santa misa, porque es el fundamento de la Iglesia y de la civilización cristiana.  Si ya no hubiera una verdadera misa en la Iglesia, la Iglesia desaparecería. Debemos, pues, conservar ese rito, ese Sacrificio. Todas nuestras iglesias se construyeron para esa misa, no para otra: para el Sacrificio de la misa, no para una cena, para una comida, para un memorial, para una comunión. ¡No! ¡Fue para el Sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo que continúa sobre nuestros altares! ¡Por eso nuestros antepasados construyeron esas iglesias hermosas, no para una Cena ni para un memorial, nol

Confío en vuestras oraciones para mis seminaristas, para hacer de ellos verdaderos sacerdotes, que posean la fe y que así puedan dar los verdaderos sacramentos y el verdadero Santo Sacrificio de la Misa. Muchas gracias.


(Conferencia pronunciada en Florencia el 15 de febrero de 1975).


*P. D. Estimados lectores no quise agregar otro artículo al fin de este porque me parece una pequeña joya engarzada en la VERDAD absoluta aunque el Sacrificio de la Santa Misa en sí mismo lo es todo para Dios. Este el verdadero y autentico de Monseñor Lefebvre no le conocí otro, era claro, profundo y vehemente daba la sensación de que él sentía un VERDADERO dolor por lo que estaba y está sucediendo en la Iglesia y algunas veces lloro cuando nos hablaba a nosotros sus seminaristas sobre estos temas. Parecía como que quería infundir en nuestras almas el verdadero espíritu de lucha que a él le movía, la verdad no parecía sino que quería que fuéramos como él pues no tenía ninguna envidia en que alguno de sus alumnos lo superase heredando este valiente espíritu, pero en honor a la verdad, entre sus más allegados, sobre todo los obispos consagrados por él, ninguno a sabido o no ha querido imitar cabal y en todo cuanto se hubiera querido a Monseñor Lefebvre. Mientras brillo esta lámpara no tuvimos miedo al enemigo, sus palabras hacían vibrar nuestros corazones, cuando menos hablo del mío, y sus expresiones nos daban la certeza absoluta de estar diciendo la VERDAD objetiva que es Dios en absoluto. Cuando la lámpara se apago entonces se apodero de muchos, incluido quien esto escribe, un miedo difícil de definir, sentí que había perdido a un PADRE que nunca tuve, me refiero a lo biológico, pero en él encontré a ese PADRE. He perdido muchos y queridos parientes, pero por ninguno de ellos he llorado y en la muerte de Monseñor di rienda suelta al llanto porque, por un lado, lloraba al Maestro y Padre y, por otro  lado, veía como se extinguió esta lámpara y en el lejano horizonte no se veía una luz que tomara la llama de la lámpara que se extinguió, fue una verdadera e irreparable pérdida para mí su muerte. Me queda el consuelo de tener un protector en el cielo y el consuelo de volverlo a encontrar en la patria eterna. Desde esta pérdida terrible sus libros escritos son como mi paraguas contra las hordas modernistas y liberales que azotan sin clemencia a aquellos pocos católicos que queremos seguir firmes en la tradición de siempre. Sinceramente, cuando corregía este texto no pude evitar evocar aquellos tiempos cuando nos estremecía con sus platicas y nos hacia vibrar de emoción que no era de este mundo, es decir, natural sino sobrenatural.


R.P Arturo Vargas*

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